Jesús no es simplemente un buen ejemplo ni un camino entre varios: es la fuente de eterna salvación. Hebreos 5:1–10 lo afirma con claridad, y toda la carta lo explica: sin un sumo sacerdote perfecto, ningún creyente podría llegar al final del camino. El autor de Hebreos escribe a personas bajo presión de persecución, tentadas a abandonar la fe, y les señala que la respuesta no es resistencia propia, sino Cristo mismo. Su sacerdocio no es accidental ni autoproclamado; fue constituido por Dios, así como Aarón fue designado de manera sobrenatural mediante una vara que floreció en una noche y produjo almendras maduras.
La humanidad de Cristo no fue un ornamento, sino una necesidad. Para representarnos ante Dios, tuvo que ser tomado de entre nosotros. Vivió expuesto al rigor humano, se codeó con ignorantes y extraviados, y lloró con los que lloraban. A diferencia de Aarón, no tuvo que ofrecer sacrificio por sus propios pecados antes de ofrecerlo por el pueblo, porque entró y salió de este mundo sin pecado. Su sacerdocio tampoco tiene límite de tiempo: es para siempre, según el orden de Melquisedec.
El momento más revelador de lo que este sacerdocio costó es Getsemaní. Allí, con gran clamor y lágrimas, Cristo oró al Padre. No era temor ordinario: era el peso de cargar con la ira infinita de Dios por todos los pecados de todos sus elegidos. El pastor Núñez lo dice sin rodeos: no tenemos idea de cuán horrible es el pecado para Dios. Por eso el sacrificio tuvo que ser tan agónico. Y es precisamente ese sacrificio, cumplido con obediencia perfecta hasta la muerte, lo que hace de Cristo la fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Padre, gracias por nuestro gran sumo sacerdote. Aún esas últimas palabras me recuerdan que Jesús no solamente intercede por mí cuando estoy en problemas o en tentación. Yo creo firmemente que en este momento tú, Jesús, intercedes por mí para la predicación de tu palabra. Hemos cantado acerca del Cordero que venció, hemos cantado del Dios de gloria, hemos cantado que te exaltamos en lo alto. Te exaltamos, Jesús.
Yo quiero exaltarte en el púlpito. Yo quiero que tu iglesia te exalte en medio de la congregación de los santos. Señor, nosotros cantamos canciones preciosas. Algunas de ellas hoy volvieron y me hicieron llorar, pero nos percatamos tan poco de cuánto te requirió hacer, sufrir, humillarte para que estas canciones pudieran reflejar la gloria de lo que hiciste. Perdónanos cuando no tenemos los ojos, el corazón, la mente, el entendimiento para aquilatar tu obra.
Perdóname, pero yo te pido, Dios, que a través de la predicación de toda esta carta a los Hebreos tú cambies esa realidad, que verdaderamente nosotros podamos tener una pasión y un fuego y una dedicación y deseo de seguirte, de amarte, de imitarte, de obedecerte, de exaltarte, de ser guiados por ti, de decirle a otros acerca de ti. Usa la predicación de esta mañana para hacer algo como eso y mucho más allá. Ayúdame a predicar un mensaje muy superior al que yo preparé. Dame aquello que no tengo, como siempre te pido, para hacer algo que no puedo, y es mover la gente de donde está a donde tú quieres que estén, para tu gloria. Cristo Jesús, y su pueblo dice: "Amén."
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Capítulo 5 de la carta a los Hebreos. Donde nos quedamos, ahí seguimos. Te cuento una historia que vino a mi mente ahora, realmente porque acabo de decir "donde nos quedamos, ahí seguimos." Juan Calvino estaba en Ginebra predicando. Creo que fue en el año 1539 que la ciudad lo expulsó por las reformas que él estaba tratando de crear. Y tres años después se dieron cuenta de que habían cometido un error, y entonces lo llamaron, lo regresaron otra vez a la iglesia, porque se dieron cuenta de que lo necesitaban por el liberalismo que se estaba distribuyendo en aquella ciudad.
La razón por la que vino a mi mente es porque, creación o no, donde él había terminado tres años antes en la carta donde estaba predicando, cuando él volvió tres años después, sin decir absolutamente nada, siguió en el próximo versículo que seguía. Impresionante. Un hombre que verdaderamente creyó en la exposición continua, versículo a versículo, de la Palabra de Dios. Y con eso te invito a que estés ahí en Hebreos 5. Nosotros comenzamos esta mañana este capítulo. Vamos a cubrir, Dios mediante, hasta el versículo 10.
Una vez más, este texto tiene que ver con la obra de Cristo, la persona de Cristo, el sacerdocio de Cristo. Y mencioné la semana anterior que la temática acerca del sacerdocio de Cristo de alguna manera se va a seguir extendiendo hasta el capítulo 10. Realmente toda la carta de Hebreos tiene que ver con Él. Y yo reflexionaba anoche acerca de la abundancia de lo que Dios tiene que decir en su Palabra, en una carta que dice más que cualquier otro libro o carta del Nuevo Testamento.
Y pensaba: bueno, si Dios Padre quiso dedicar toda una carta del Nuevo Testamento para exaltar a su Hijo, pero también para que yo entienda mucho mejor lo que Él hizo por mí, entonces es mi deber rumiar esta carta, estudiar esta carta, escudriñar esta carta, amar esta carta, pero sobre todo amar al personaje Jesús. Yo espero que lo que está pasando en mí al rumiar esta carta esté pasando en ti. El autor lo que está tratando de ayudarme a entender es lo necesario que Cristo es como Salvador, pero al mismo tiempo lo importante y tan crucial que Él es como sumo sacerdote después de que soy salvo. Yo no voy a llegar al final si no tengo un sumo sacerdote con estas condiciones, estas características, y de ahí su esfuerzo.
La realidad es, y eso ha sido dicho por mucha gente —yo creo que ha sido mi experiencia—, que mientras más tú conoces a Jesús, más le amas. Mientras más le amas, más le obedeces de manera natural, más quieres obedecerle. Eso fue exactamente lo que Cristo dijo: "Si me amas, obedecerás mis mandamientos." En otras palabras, mis mandamientos no son tan difíciles; lo que es difícil es amarme. Porque si me amas, vas a obedecer mis mandamientos.
Hermanos, la realidad es esa. Nuestras desobediencias están directamente relacionadas a cuánto yo amo al personaje Jesús. Otros lo han dicho, yo lo he experimentado en mi propia vida, y esta es una gran realidad, y Cristo lo dijo en su propia Palabra: "Si me amas, obedeces de manera natural."
Déjame decirte lo que Juan Calvino escribió acerca de esta carta a los Hebreos: "En efecto, no hay ningún libro de las Sagradas Escrituras que hable con tanta claridad del sacerdocio de Cristo, que exalte tanto la virtud y la dignidad del único sacrificio verdadero que ofreció con su muerte, que trate con tanta amplitud el uso de las ceremonias y su abolición, y que, en una palabra, explique tan plenamente que Cristo es el fin de la ley. Por tanto, no permitamos que la iglesia de Dios ni nosotros mismos seamos privados de tan gran beneficio. Más bien, defendamos firmemente su posesión."
La posesión de Cristo en nosotros, nosotros con Cristo, o la posesión de esta carta. El autor tenía claro por qué escribió sobre este gran sumo sacerdote a un grupo de personas que estaban bajo una inmensa presión de persecución, de manera que estaban tentados a dejar el camino, a no pagar el precio de lo que sería el sacrificio o la muerte. Y él escribió diciéndoles: "Si tú quieres saber cómo llegar, cómo no desviarte, cómo permanecer, Cristo es la respuesta."
Con ese lente yo quiero que abras —bueno, si ya la tienes abierta o la enciendes, y si no, como dice el pastor, que la traigas en su forma impresa— Hebreos 5:1-10. Nótese el porqué de manera que lo que hablamos la semana anterior sobre Cristo continúa:
"Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados. Puede obrar con benignidad para con los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está sujeto a flaquezas. Por esta causa está obligado a ofrecer sacrificio por los pecados, tanto por sí mismo como por el pueblo. Nadie toma ese honor para sí mismo, sino que lo recibe cuando es llamado por Dios, así como lo fue Aarón. De la misma manera, Cristo no se glorificó a sí mismo para hacerse sumo sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo: 'Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy,' como también dice en otro pasaje: 'Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.' Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció. Y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, siendo constituido por Dios como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec."
Ese texto, en inglés dirían que está pregnant with meaning, preñado de significado. Leemos un texto y siempre es bueno tratar de ver cuál es el centro de gravedad del texto, cuál es la razón de todo lo que se dice ahí. ¿Cuál es la razón de lo que se dice ahí? Y el centro de gravedad es el versículo 9, sin lugar a dudas, donde se nos dice que Cristo es la fuente de eterna salvación. Todo lo que ahí está es una explicación de por qué Él es la fuente de eterna salvación. Y el título de mi mensaje no podía ser otro que ese mismo: Jesús, la fuente de nuestra eterna salvación.
Para hacer la enseñanza más digerible, que la pueda seguir mejor —la enseñanza se complica a mitad de camino, pero por ahora no es tan complicada—, veamos primero la necesidad de la humanidad de Jesús. O sea, Jesús vino y se encarnó, pero eso fue necesario. Eso no fue simplemente algo agradable; fue necesario que Él se encarnara. Porque eso nos va a ayudar, número uno, a establecer las similitudes con el sacerdocio del Antiguo Testamento, y también nos va a ayudar a entender otras cosas.
De manera que el autor de esta carta, desde el inicio, nos deja ver que el sumo sacerdote —los anteriores y Cristo también— tenía la función de representar a los hombres, y que por tanto, dice el versículo 1, era necesario que fuera escogido de entre los hombres, obviamente, porque no puede representar a alguien si no forma parte de ellos. Entonces él sería el encargado de ofrecer sacrificios y ofrendas. Escucha el versículo 1 otra vez: "Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres." ¿Oíste? A favor de los hombres. Con relación a las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados.
Pensemos por un momento, a manera de ilustración. Si el presidente de la República Dominicana nos va a representar, tiene que ser escogido entre los dominicanos, porque ninguna otra persona de cualquier otro lugar va a poder entendernos tan bien como un dominicano que haya nacido aquí, crecido aquí. Él tiene que entender nuestra historia, nuestra idiosincrasia, nuestra cultura, nuestras deficiencias como país, las cosas que tienen que ser arregladas, que están mal.
Bueno, de esa misma manera los sacerdotes del Antiguo Testamento tenían que ser escogidos entre los hombres del pueblo hebreo con quien Dios estaba caminando. Ellos tenían flaquezas, debilidades; eran hombres caídos, todos destituidos de la gloria de Dios, pero habían sido escogidos por Dios para llevar a cabo una función, un rol vital. Y Jesús mostró eso.
Él tuvo que encarnarse, vivir entre ellos 33 años. Vivió en medio del pueblo. Se codeó con altos, ricos, gente de poder, pero sobre todo con aquellos destituidos de la sociedad, como nosotros estamos destituidos de la gloria de Dios. Y aunque Jesús no heredó una naturaleza pecadora, sí adquirió, para poder representarnos, una naturaleza humana, y eso lo expuso al rigor de esta vida, de este lado de la gloria.
Entonces ahora comenzamos a entender la necesidad de la humanidad de Jesús. El punto número dos. Veamos la necesidad de Jesús, y por consiguiente del sumo sacerdote anterior, de identificarse con esas debilidades humanas. Jesús no fue la excepción. Versículo 2: "Puede el sumo sacerdote, por ser humano, obrar con benignidad para con los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está sujeto a flaquezas."
El sumo sacerdote creció entre el pueblo. Él sabe que hay gente que no conoce lo que Dios ha revelado, son ignorantes, al igual que hoy en día. De manera que el inconverso que tú conoces, tu primo, tu amigo, tu familiar, aún tu prójimo, hermano, no lo rechaces. Él no sabe, y no sabe que no sabe. Tú necesitas relacionarte con él, porque en algún momento tú fuiste ignorante, y hoy en día, después de conocer, sigues ignorando muchas cosas acerca de lo que aquí está. El sumo sacerdote podía identificarse con los ignorantes, pero podía también identificarse con los que estaban extraviados.
Jesús pasó por este mundo y se codeó con ignorantes y se codeó con extraviados. Sin lugar a duda, vivió sometido a las debilidades de la naturaleza humana, pero sin pecar, obviamente. Hermano, quiero, a manera de ilustración, usarme a mí mismo, porque tengo varios meses experimentando por qué me he vuelto tan llorón, por así decirlo. Después de más de 30 años, si cuento mis años de anciano en Estados Unidos, en la labor de anciano pastor, después de estar con mucha gente en medio de su dolor, de escuchar sus angustias, de escuchar sus pérdidas, y aún en medio de su pecado con consecuencias enormes, yo puedo testificar que soy mucho más paciente y benigno con el otro, y mucho más llorón, como fruto de mi exposición a las debilidades humanas: primero en mi propia carne, y luego en otros.
Debilidades que he visto en otros, por las cuales yo no he pasado, pero puedo entenderlas mucho mejor. Puedo llorar escuchando la historia de alguien que vino a consejería a contar esa historia. De esa misma manera, cuando Cristo vino, eso fue lo que le pasó. Él se encarnó, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y lloró con Marta y María. Se compadeció de las multitudes, las vio como ovejas sin pastor, las vio angustiadas, abatidas. Se conmovió, dice uno de los evangelistas, profundamente al ver las multitudes. Y nosotros vemos las multitudes, o a veces la persona solitaria que está en la calle, y ni siquiera nos inmutamos.
El sumo sacerdote podía ser paciente con los ignorantes, los que no sabían, y con los extraviados, los que se salieron del camino. Y la segunda persona de la Trinidad también: Él compartió nuestra humanidad sin compartir nuestra pecaminosidad, pero le sirvió. Ese es el punto que el autor de Hebreos está tratando de hacer. Hermanos, para Él llegar a ser tu Salvador tenía que bajar a ese nivel, tenía que experimentar el dolor humano del pecado, la perdición, la corrupción, las pérdidas. Y eso le agregó algo a su naturaleza humana.
Número tres: también había diferencias entre el antiguo sacerdocio del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento, porque a partir del versículo 3, el autor comienza a mostrarnos algunas de esas diferencias. Recuerda que Cristo vino, se encarnó, y era verdadero hombre y verdadero Dios. De manera que entró en este mundo y salió de este mundo sin pecado. Eso es una enorme diferencia. Y esta diferencia es lo que explica el versículo 3. Escucha: "Por esa causa, el sumo sacerdote está obligado a ofrecer sacrificio por los pecados, tanto por sí mismo como por el pueblo."
Antes de que el sumo sacerdote pudiera ofrecer sacrificios por el pecado del pueblo, tenía que ofrecer sacrificio por su propio pecado. Yo estaba ahí sentado adorando y me acordé de esto, y le decía a Dios: "Gracias, porque yo al subir aquí al púlpito no tengo primero que ofrecerte un sacrificio para poder predicar, no sea que fuera a contaminar el sacrificio que te voy a ofrecer, que es mi propia predicación." Este no fue el caso de Jesús. Jesús no tuvo que ofrecer ningún sacrificio por sus propios pecados, pero Él ofreció el sacrificio que puso fin a todos los demás sacrificios, de manera que ahora yo pueda acercarme a Dios con confianza al trono de la gracia, al trono de la misericordia, sin necesidad de ofrecer ningún sacrificio, porque el sacrificio de los sacrificios fue ya ofrecido por mi Sumo Sacerdote. Entonces, los versículos 1, 2 y 3, fácil. Vamos bien, ¿cierto?
Cuarto punto de enseñanza: el criterio para elegir al sumo sacerdote. Versículo 4: "Nadie toma ese honor para sí mismo, sino que lo recibe cuando es llamado por Dios, así como lo fue Aarón." Quizás no estás familiarizado con la manera en que Dios lo llamó y lo seleccionó. Dios llamó a Moisés, habló con él en el tabernáculo, frente al arca del pacto. En Levítico 8 tú puedes ver todo lo que se requirió para la consagración de Aarón: 36 versículos dedicados a entender esa consagración.
Pero Dios quiso dejar claro, visiblemente, que estaba otorgando una autoridad especial a Aarón como sumo sacerdote. De manera que en otro de los libros del Pentateuco, el libro de Números, capítulo 17, voy a estar usando brevemente la Nueva Traducción Viviente para decirte algunas cosas, para que puedas entender cómo Aarón, y cómo el pueblo, entendieron que Dios lo había llamado y que debían respetarlo y honrarlo. Capítulo 17 de Números, versículo 2: Dios le ordena a Moisés: "Dile a los hijos de Israel que traigan 12 varas de madera, una por cada jefe de las tribus de los antepasados de Israel, y escribe el nombre de cada jefe en su propia vara." Israel tenía 12 tribus; el pueblo debía traer, a través de sus jefes de tribu, una vara por cada tribu, y a cada vara le pusieron el nombre correspondiente. A la vara de Aarón le pusieron el nombre Aarón.
Números 17, versículo 5: "De la vara del hombre que yo elija saldrán brotes." 12 varas: 11 se van a quedar como un simple pedazo de madera, pero la del hombre que Dios elija va a florecer y brotar. Tres versículos más abajo, Números 17:8: "Al día siguiente, Moisés entró en el tabernáculo del pacto y encontró que la vara de Aarón, que representaba la tribu de Leví, había retoñado, echado brotes, florecido y producido almendras maduras." En una sola noche floreció, brotó, produjo almendras, y ya estaban maduras. Este es el hombre que Dios escogió. Así fue constituido Aarón. Aarón no se autodenominó sumo sacerdote.
Y el texto dice que Jesús tampoco. El versículo 5 dice: "De la misma manera, Cristo no se glorificó a Él mismo para hacerse Sumo Sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo: 'Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy.'" En el Nuevo Testamento, no se supone que los pastores se autoeligen, como vemos tan frecuentemente hoy. De hecho, Pablo les habla a los ancianos de Éfeso y les dice que ellos son pastores escogidos por el Espíritu Santo para pastorear ovejas compradas a precio de sangre. Somos escogidos por el Espíritu Santo, y hay una forma como Dios hace eso. De manera que Dios no ha cambiado su forma de hacer su elección para dirigir a su pueblo.
Cristo no se eligió a sí mismo, no se autodenominó, y Él mismo dio testimonio de lo que estoy hablando. Escucha cómo Juan lo dice en el capítulo 8, versículo 54, cuando Cristo estaba discutiendo con judíos que vinieron a argumentar con Él y a oponérsele. Juan 8:54: "Jesús respondió: 'Si yo mismo me glorifico, mi gloria no es nada.'" Oyeron bien, hermano. Si yo trato de glorificarme, de tocar mi propia trompeta, Cristo dice: "Si yo trato de glorificarme, mi gloria no es absolutamente nada. Es mi Padre el que me glorifica, de quien ustedes dicen: 'Él es nuestro Dios.'" Hey, ustedes dicen que Él es su Dios, pero resulta que ese su Dios es el que me glorifica. Si no, vayan y pregúntenle a Juan el Bautista, que ustedes lo tienen por profeta, cómo los cielos se abrieron, cómo la voz bajó y se oyó desde los cielos: "Este es mi Hijo amado, en quien yo tengo complacencia." Amén.
De hecho, de acuerdo a las leyes rabínicas, debieron haber aceptado a Jesús, porque según los rabinos, para llegar a ser un rabino o un maestro, se necesitaban dos testigos que te autentificaran. Y Jesús los tuvo: Juan el Bautista, a quien tenían por profeta, y Dios, que testificó desde los cielos: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia."
Luego Jesús sigue viviendo, llega al final, horas antes de su muerte, y está en el aposento alto, justo cuando compartía la última cena. En Juan 17:1, el primer versículo de esas últimas palabras, de esa oración final a su Padre, Jesús dice: "Estas cosas habló Jesús, y alzando los ojos al cielo dijo: 'Padre, la hora ha llegado. Glorifica a tu Hijo para que Él te glorifique a ti.'" Cristo no buscó su propia gloria. Cristo habló con el Padre, dejó que el Padre glorificara a su Hijo, y eso es exactamente lo que este texto de la Biblia hace.
El autor de Hebreos entonces nos dice en este versículo que estamos viendo, que Dios dice en su palabra: "Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy." Ya esa cita apareció en el capítulo 1:5 de esta carta. "Hijo mío, yo te he engendrado hoy." Es una cita que viene del Salmo 2, versículo 7.
Con esto el texto no está diciendo que Jesús fue creado como hijo en algún momento del pasado, de la eternidad. Tampoco está diciendo que Jesús no era hijo antes de encarnarse y que después que se encarnó, entonces pasó a ser hijo y Dios Padre llegó a ser Padre. Eso no es lo que el texto está diciendo.
Entonces, ¿qué es lo que está diciendo? Bueno, es un texto confuso, pero como la Palabra interpreta la Palabra, lo que vamos a hacer es irnos a otro texto del libro de los Hechos, donde Pablo está hablando y donde Pablo usa esa expresión, para ver cómo él la conecta. Hechos 13, versículo 33: "Dios ha cumplido" —se refiere a la promesa— "la ha cumplido a nuestros hijos, al resucitar a Jesús, como también está escrito en el Salmo segundo: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy."
Interesante. Pablo dice que Dios resucitó al Hijo, y ahí lo conecta con que Dios dijo: "Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy." ¿Qué pudiera ser esto? Bueno, recuerda: Cristo no tenía un cuerpo humano antes de la encarnación. Él adquiere una naturaleza humana. Cuando él se va de este mundo, no dejó la naturaleza humana aquí abajo. Al día de hoy Cristo continúa con una naturaleza humana glorificada y una naturaleza divina, con un cuerpo como el que resucitó tres días después. De manera que ahora él es algo que antes no era.
Él es ahora un Cristo con una doble naturaleza: indivisible, inseparable, para el resto de la eternidad. En ese contexto, Pablo dice básicamente que Dios está hablando de cuando ese Cristo murió en la carne y resucitó con un cuerpo glorificado. Ahora, cuando tú asciendes y te vuelves Sumo Sacerdote, yo te proclamo Sumo Sacerdote. Yo puedo hablar de que tú eres mi Hijo —que siempre lo has sido—, pero puedo hablar de que te he engendrado hoy, de esa otra manera que Pablo lo conecta. Quizás esa idea nos ayuda a entender lo que el texto de Hebreos nos está diciendo. Pero sigamos avanzando.
Hay diferencias. Primero, el autor de Hebreos trata de ayudarnos a entender las similitudes del antiguo sacerdocio con el de Cristo, porque hay una continuación y una discontinuación. Luego nos ayuda a entender las diferencias. En la segunda parte de este versículo 5 se nos dijo que Cristo fue declarado Hijo de Dios: "Hijo mío eres tú." Bueno, Aarón no era eso. Podría ser hijo en el sentido general, pero no Hijo con H mayúscula. De manera que aquí hay una diferencia enorme entre Aarón y Cristo.
El versículo 6 sigue con las diferencias: "Como también dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec." Como si el pasaje no estuviera ya un tanto confuso, ahora se introduce otra cosa. Ningún sacerdote del Antiguo Testamento era sacerdote para siempre; todos eran temporales. Y esa cita acerca de Melquisedec viene del Salmo 110:4.
No sé si se han percatado, pero cada pasaje que vemos tiene cita del Antiguo Testamento. Claro. ¿Cómo se llama esta carta? A los Hebreos. Esta audiencia conocía el Antiguo Testamento mejor que tú y que yo. Y la primera diferencia que el versículo 6 trae a colación es que el sacerdocio de Cristo no tendría fin: "Tú eres sacerdote para siempre." Esa frase "para siempre" en conexión con el sacerdocio de Cristo aparece seis veces en la carta a los Hebreos: en Hebreos 5:6, que lo acabamos de ver; en 6:20; y las otras cuatro en el capítulo 7, versículos 17, 21, 24 y 28.
Como él es el Sumo Sacerdote para siempre, así mismo, como veremos más adelante, él es la fuente de eterna salvación. Pero ahora se nos dice que Cristo es según el orden de Melquisedec. Aarón era del orden de Leví. Recuerda que de la tribu de Leví viene Aarón como descendiente, pero Cristo no era de la tribu de Leví. Cristo era de la tribu de Judá. O sea, técnicamente él no podía tener el mismo sacerdocio de Aarón; no vienen de la misma descendencia. No es que Cristo representa simplemente otro sacerdocio del mismo orden.
Ahora se nos dice que Cristo es según el orden de Melquisedec. ¿Y este personaje, quién es? Yo te voy a decir un par de cosas y seguimos, simplemente porque el capítulo 7 va a hablar de este personaje en detalle. ¿Qué sabemos por ahora? Bueno, que él era rey de Salem —dice Génesis 14— y sacerdote del Dios Altísimo. Este es un personaje peculiar porque no solamente era rey, sino también sacerdote del Dios Altísimo. Pero él no era descendiente de Leví tampoco. Y es un personaje que es introducido en el capítulo 7 como sin principio ni fin, pero no voy a llegar ahí todavía.
Abraham se encuentra con él. Abraham ha librado a Lot a través de unas batallas, viene con gran botín de la guerra que ganó y se encuentra con Melquisedec. Y es de tanto honor este personaje para Abraham, que él le dio el diezmo de todo el botín a Melquisedec. Y Melquisedec bendijo a Abraham. La pregunta es: ¿quién fue este hombre? Vuelve y regresa cuando lleguemos al capítulo 7; ahí podemos hablar un poco más en detalle.
Entonces, estamos hablando de las diferencias entre Cristo y Aarón en su sacerdocio. Por un lado, vimos las similitudes: ambos compartieron una humanidad. Ambos representaron al pueblo delante de Dios. Ambos pudieron empatizar con las flaquezas y debilidades humanas. Ambos fueron seleccionados por Dios.
Pero hay diferencias muy grandes. Cristo compartió una humanidad con Aarón, pero no su pecaminosidad. Por eso Aarón y los demás sacerdotes tuvieron que ofrecer sacrificio por sus propios pecados antes de ofrecer sacrificio por los pecados del pueblo, pero Cristo no tuvo que hacer eso. Aarón asumió su sacerdocio en el desierto y terminó en el desierto. Cristo asumió su sacerdocio después que ascendió a la diestra del Padre. Cristo ejerce su sacerdocio como Hijo desde la diestra del Padre, no aquí abajo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre. El sacerdocio de Aarón fue temporal; el de Cristo es para siempre. El sacerdocio de Aarón fue de acuerdo al orden de Leví; el de Cristo, según el orden de Melquisedec.
Y ahí tú puedes ver que aunque hay una continuidad con el sacerdocio, también hay una discontinuidad de ese sacerdocio del Antiguo Testamento, para exponernos, darnos y regalarnos un nuevo sacerdocio en Cristo.
Ahora, ya vimos que Cristo tenía que ser seleccionado entre los hombres. Tenía que ser así porque tenía que empatizar con nosotros, con nuestras debilidades y flaquezas. Tenía que ser seleccionado por Dios. Pero vamos ahora a la necesidad del sufrimiento de Cristo.
Versículo 7: "Cristo en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarlo de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente." No sé si tú alguna vez has orado con gran clamor. Eso no es: "Padre, gracias." Eso no es como yo oro en el día de hoy. Gran clamor y lágrimas al que podía librarlo de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente.
¿Cuándo fue eso? Porque el texto dice que durante los días de su carne. Bueno, la gran mayoría de los teólogos —digo mayoría porque a lo mejor son todos los teólogos ortodoxos, pero no los he leído a todos— están de acuerdo en que este es un texto que hace referencia a su oración en Getsemaní. Escucha lo que está diciendo: él ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte; él está frente a la muerte en unas pocas horas.
Las otras ocasiones en que nosotros leemos cómo oró Cristo, no fue con esta intensidad, con lágrimas y dolor. Y la verdad es que la experiencia de Getsemaní nos muestra mucho de lo que la humanidad de Cristo le permitió experimentar, para que él pueda hoy empatizar con nosotros de una mejor manera. Pero nosotros sabemos —el texto no está diciendo que Cristo ofreció oraciones con lágrimas y súplicas para que lo librara de la muerte—; dice "al que lo podía librar", porque tú y yo sabemos cómo él oró: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." En otras palabras: Padre, si es posible que yo no tenga que llegar a la cruz, pero yo no quiero hacer eso si esa no es tu voluntad; que se haga tu voluntad y no la mía.
Hermanos, esto está ahí para que tú y yo sepamos cómo orar y cómo entender la voluntad de Dios. Para que podamos entender de una vez y para siempre que la oración no es para torcerle el pulso a Dios, que él haga lo que yo deseo que ocurra, no. La oración es para entrar en los propósitos de Dios. Señor, si tú me puedes librar de esta copa, amén. Pero al final, yo estoy aquí orándote para ser preparado para entrar en tu propósito. De manera que si la cruz es el propósito, para allá yo voy.
Lucas nos dice eso en 22:42, y unos versículos más adelante: "Y estando en agonía, oraba con mucho fervor. Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre." Lucas es el único que anota eso. Era médico. No sabemos qué tanta medicina se practicaba entonces, pero era médico, y apuntó, anotó, se percató de que sudó gotas de sangre que caían sobre la tierra. Y hoy nosotros sabemos —te lo he mencionado en otras ocasiones— que eso es posible en condiciones de estrés físico y emocional de extrema intensidad.
La razón por la que estoy mencionando esto es para que tú puedas entender no solamente lo que implicó para Cristo llegar a la cruz, sino el sacrificio agónico antes de llegar a la cruz, al que ya Cristo estaba sometido.
Como tú y como yo. Porque es muy fácil hablar de Getsemaní y la parte bonita de Getsemaní, que se haga tu voluntad y no la mía. No lo que Getsemaní costó y reveló. En Marcos 14:34, hablando de Getsemaní: "Mi alma está muy afligida hasta el punto de la muerte." Esas palabras no son ligeras cuando la segunda persona de la Trinidad es quien está hablando. Y este no fue un momento cualquiera en Getsemaní.
Yo estaba meditando sobre cuál era toda la agonía, pero no quiero quedarme simplemente en algo que es real, que es humano, porque yo creo que está mucho más allá. Bueno, él sería abandonado por sus amigos más cercanos. De hecho, ya después que lo arrestaron, todos desaparecieron. El que se quedó lo negó tres veces. Él tenía por delante 39 latigazos. Tenía por delante los clavos aquí en la muñeca. El dedo índice mío es más o menos el grosor de uno de los clavos que se usaban, en la otra muñeca, los dos pies.
Pero cuando está ahí en el madero, para respirar, él tenía que mover la espalda. La espalda está toda lacerada de 39 latigazos. Tan profundos eran que un cuerpo, no de él, pero de otro que se encontró crucificado, reveló que había latigazos que literalmente no solamente revelaban los músculos, sino que los desgarraban. Ahí estaba Jesús. Él tenía eso por delante, pero eso no fue lo peor.
Lo peor fue algo que tú y yo jamás vamos a entender. Es el peso de la ira de Dios que caería sobre sus hombros. Y la ira de Dios tenía que caer con todo el peso sobre sus hombros porque él iba para allá a cargar con el peso de toda la ira de Dios que debió haber caído sobre cada pecador, por cada pecado, desde el más pequeño hasta el más grande, de todos los elegidos de Dios en todas las edades: los pasados, los presentes en aquella época y los futuros. Él tenía que ser sometido a eso o no nos iba a poder representar y sacar del atolladero.
La separación del Padre, tú puedes decir: "Bueno, pero él sabía que iba a ser por unas horas." No, no. Oye, si lo piensas así, tú no estás entendiendo. Tú tienes que detenerte y pensar. La segunda persona de la Trinidad, Dios mismo, está colgando en un madero y le dice a su Padre: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" En otras palabras, durante el tiempo que Cristo estuvo ahí, no tuvo sentido de la presencia de Dios en lo más mínimo. No es que Dios no está presente, porque Dios es omnipresente. Es dejarte sentir lo que va a sentir cada persona por el resto de la eternidad si se va a la condenación eterna. Es una ausencia total, pesada, desgarradora, en la que no hay nada que recuerde a Dios. Si él nos iba a sacar del infierno, él tenía que pasar por ese infierno.
Y de ahí sus palabras. Es rumiar esto, pensar sobre esto, lo que abona tu amor por Cristo. Si tú has oído de los puritanos alguna vez, ellos tenían características. Michael Reeves, puritano de nuestros días, habla de sus características y comienza con que tenían cierto grado de excentricismo, es verdad, a la luz nuestra. Pero esta gente amaba a Cristo, amaba locamente a Cristo, racionalmente pero apasionadamente a Cristo. Esta gente rumió el sacrificio de Cristo, la humillación de Cristo, la experiencia de Getsemaní, la experiencia de la cruz.
Escucha otra vez. Esto es Getsemaní. Versículo 7: "Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente." Tú podrías decir: "¿Cómo que fue oído? Él murió." Sí, pero él no le dijo que lo librara de la muerte. Le ofreció las oraciones al que lo podía librar y le dijo: "Que se haga tu voluntad." Y fue oído.
Porque aunque él no sentía la presencia de Dios, Hebreos 9:14, no hemos llegado ahí, les voy a decir que él se ofreció en la cruz y fue sostenido por el Espíritu eterno. La administración, el sostenimiento del Espíritu en los peores momentos estuvo ahí. Y además ya había sido prometido que Dios no dejaría que su carne, sus huesos, se pudrieran en el sepulcro. Y él fue levantado de entre los muertos por el mismo Espíritu. De manera que su oración fue oída a causa de su temor reverente, a causa de su sumisión reverente.
Hermano, ¿sabes lo que Cristo estaba diciendo? Lo que tú y yo debiéramos decir en todas nuestras oraciones: "Señor, lo que tú quieras. Esto es lo que yo deseo, pero lo que tú quieras está bien con mi alma." Y que tú le puedas decir eso tan contento como si te concediera lo que estás pidiendo. Porque si tú conocieras lo que Dios conoce, él no te daría muchas veces lo que estás pidiendo. Si Dios no te da lo que estás pidiendo, eso es exactamente lo que tú harías si tú conocieras lo que Dios conoce acerca de ti, de lo que pide de tu presente y de tu futuro. ¿Me entendiste?
La razón por la que seguimos pidiendo lo que queremos no es simplemente que somos egocéntricos, es que no conocemos lo que Dios está entretejiendo. No conozco por qué yo necesito no tener respuesta a mi favor en esa oración. No conozco por qué otros también lo necesitan. No conozco el daño que me haría si Dios responde mis oraciones como le estoy pidiendo. No conozco absolutamente nada. Por eso, oraciones así: "Señor, este es mi deseo, pero lo que tú quieras está bien con mi alma."
Alguien pudiera preguntar: "Pastor, ¿y por qué tenía que ser tan horripilante el sacrificio de Cristo?" ¿Sabes por qué nos hacemos la pregunta? Porque tú y yo no tenemos la más mínima idea de lo horrible, lo odioso que es el pecado para Dios. Jamás lo vamos a tener, por lo menos de este lado de la gloria. Si tú y yo vivimos pecando, y somos pecado, y tenemos pecado todo el tiempo. Hermanos, el pecado, tu pecado, tú lo cometes contra un Dios infinito, contra un Dios infinitamente santo. Si Dios va a ser justo, la paga del pecado tiene que ser igual al crimen.
De manera que si el pecado es contra un Dios infinitamente santo, la paga del pecado tendría que ser igualmente infinita. Esa es la explicación del infierno. La paga del pecado es muerte, pero tiene que ser en proporción al crimen cometido. Por eso Cristo tuvo que sufrir lo infinito por un periodo de tiempo corto, que no es la realidad del infierno, pero tuvo que sufrirlo hasta el punto en que Cristo se desesperó. Eso era lo que él tenía en mente. Los latigazos, otra gente pasó por eso, personas crucificadas. Es doloroso, no hay duda. Pero lo horripilante es sufrir el peso de la ira de Dios, de todos los pecados, de todos sus elegidos, pasados, presentes y futuros, todo a un tiempo. ¡Wow!
Este es el problema. Richard Phillips, en su comentario, dice: "Dios requiere santidad perfecta para entrar al reino de los cielos." Y esto es un grave problema para nosotros. Realmente lo es. Es peor de lo que tendemos a reconocer. Escucha: nuestro problema no es que seamos moralmente defectuosos, no. Sino que somos moralmente corruptos de principio a fin, through and through, moralmente corruptos. No es que nuestras vestiduras no sean del todo blancas, sino que están terriblemente sucias.
A la gente le cuesta creerlo hoy en día, pero la Escritura lo enseña claramente. Pablo lo dice con claridad: "No hay justo, ni siquiera uno." Déjame ampliar la cita. Romanos 3:10 al 12: "Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno." Con razón Cristo dijo: "Cuando lo haya hecho todo, lo único que puedes decir es: siervos inútiles somos." O sea, que Cristo fue a la cruz para rescatar personas tan horriblemente pecaminosas.
¿Qué fue lo que vio? Es como que yo tengo que ir a la cruz a rescatar cerdos, por así decirlo, y no sé si eso se compara ni siquiera. Escuche el veredicto de Isaías, 700 años antes de Cristo, Isaías 64:6: "Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas." Espérate, espérate. ¿Como trapo de inmundicia nuestras obras justas? En serio. "Todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades como el viento nos arrastran." ¡Wow!
Hermanos, nosotros realmente consideramos como pecados horribles, y hoy en día probablemente ni eso, las cosas sexualmente inmorales, las drogas, quizás una violación. No. Isaías no está diciendo eso. Isaías está diciendo: "Oye, nosotros estamos tan perdidos que nuestras mejores obras, las que consideramos justas, son como trapo de inmundicia."
¿Tú sabes por qué hay que rumiar sobre esto? Porque los pecados aceptables, respetables, como les llama Jerry Bridges en su libro, las cosas que hacemos todos los días, incluso el no darle a Dios el honor y la honra, el no tenerlo en primer lugar, el no ser mi prioridad, el no ser lo que más pasión genera en mí, esas son cosas que se consideran normales. "Ay, pastor, deje eso, que usted vive en otro mundo." Bueno, no vivo en otro mundo. Yo todavía estoy muy lejos de lo que Cristo es. Yo necesito la santidad perfecta de Cristo si voy a entrar a la presencia de Dios.
Tú has oído a gente, quizás tú lo has pensado: "Bueno, pastor, sí, yo reconozco, pero yo no creo que yo soy tan malo, ¿no?" Eso es parte del pecado tuyo, que no creas que eres tan malo. Decía Steve Brown en una ocasión, lo escuché yo, todavía ni siquiera vivía aquí, pero lo voy a traducir al español, aunque para los que entienden inglés puede que sea más fácil capturar el peso de lo que está diciendo.
Él estaba predicando. Yo estoy haciendo una ilustración de algo que él dijo. De repente, este padre estaba predicando a 5000 líderes y pastores reformados y les dice: "You know what, you not…", lo que les está diciendo es: "Sabes que tú no eres la gran cosa, ni yo soy la gran cosa tampoco." Y ahora que lo sabemos, podemos hablar. Esta es la realidad.
Por eso Cristo tenía que venir para que yo entrara al reino de los cielos. Yo no necesitaba la cruz solamente. Para eso Cristo viene el miércoles de Semana Santa, como le llamamos nosotros, pasa por el jueves, tiene la última cena, se crucifica el viernes y acabamos. No, no, no. Él tenía que venir y cumplir la ley de Dios a cabalidad, porque eso fue lo que Adán y Eva no hicieron, y nadie ha hecho desde entonces.
Eso es obediencia activa. Yo requiero eso. Él tenía luego que ir a la cruz porque la paga del pecado es muerte, y alguien iba a tener que morir por mí si mi pecado iba a ser perdonado. Tenía que asumir mi culpa, tenía que asumir el peso de la ira de Dios sobre él. Y de ahí que Pablo dice en 2 Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él."
Escucha: no fue que en la cruz Cristo se volvió pecaminoso. No, no, no, no. Él no conoció pecado nunca, pero en la cruz tomó el peso del pecado de todos los elegidos de Dios. Y en ese sentido fue hecho pecado, o sea, fue hecho digno de la ira de Dios descargada sobre él. No abrió su boca. Esa es obediencia pasiva.
Yo necesito su obediencia activa y su obediencia pasiva para entrar a la gloria de Dios. Con la cruz solamente, sin la vida de Cristo cumpliendo la ley de Dios, me ponen neutro, pero tengo que comenzar de cero otra vez como Adán y Eva. Yo necesito ambas cosas. Y todo lo anterior lo califica para ser la fuente de eterna salvación.
Versículo 9, que es el centro de gravedad del texto entero: "Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció, y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen." ¿Qué implica que aprendió obediencia? ¿Que antes de todo esto era desobediente? Claro que no. Lo que él no había experimentado en la eternidad pasada era tener una comunión con Dios, como la mantuvo siempre, en presencia de una humanidad añadida que no tenía.
Y entonces, ahora en medio de las flaquezas de la humanidad, de la naturaleza humana que adquirió, de las debilidades de esa humanidad, en medio de las tentaciones que en el cielo nunca tuvo, en medio de las distracciones que en el cielo nunca tuvo, Él obedeció perfectamente, cabalmente. En ese sentido, aprendió una obediencia que nunca antes había sido ni siquiera necesaria. Experimentó el obedecer en medio de todo eso. Eso lo capacita para empatizar conmigo mucho mejor, sobre todo porque yo tengo una naturaleza pecadora.
Por otro lado, cuando el texto nos dice que Jesús aprendió obediencia por lo que padeció y habiendo sido hecho perfecto, ¿qué implica? ¿Que antes era imperfecto? No, espérate, espérate. El texto está hablando de otra cosa. Si miramos el contexto entero, a través de todo lo que padeció, compartió la naturaleza humana. Todo lo que yo he venido diciendo, eso lo hizo el mediador, el sumo sacerdote perfecto: alguien que es hombre, alguien que es Dios, alguien que no pecó pero fue expuesto al pecado, alguien que no se dio a la tentación pero fue expuesto a la tentación, alguien que sufrió por mi pecado, alguien que conoce lo que verdaderamente el pecado cuesta, pero sin mancha a la hora de morir.
Todo eso es lo que lo convierte en la fuente de eterna salvación. "Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció y vino a ser…", o sea, que no era todavía fuente de eterna salvación. Claro, no lo era porque no era mi sumo sacerdote, no lo era porque no había ofrecido todavía el sacrificio perfecto, no lo era porque todavía no había cumplido la ley. Una vez que cumplió la ley, una vez que se ofreció el sacrificio, una vez que entró y salió sin pecado, entonces vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen.
¿Tú escuchaste esta última frase? "Para todos los que le obedecen." Dos errores. Error número uno: "Ah, entonces la salvación es por obras." No, eso no es lo que está hablando. Error número dos: "Ah, entonces es por fe." Sí, es por fe, a través de la obra y la persona de Cristo. Entonces, ¿cuál es la gran cosa de la obediencia? Cristo espera que tú le obedezcas, literalmente, para todos los que le obedecen.
Él lo habló, él lo dijo más de una vez. Lucas 6:46: "¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo les digo?" Yo no creo que eso sea suficiente para llamarlo Señor. Mateo 7:21: "No todo el que me dice: 'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos." O sea, que yo entiendo que me llaman Señor, Señor, pero eso no quiere decir que van para el cielo. No, no, no, no. "Sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos."
La salvación no es por obras, pero mis obras testifican de si soy o no salvo. Si vivimos en pecado, escucha bien selectivamente las palabras, si vivimos en pecado, celebramos el pecado, disfrutamos el pecado y ocultamos el pecado, las posibilidades son muy altas de que no haya salvación. El cristiano peca; no se supone que lo viva disfrutando. Bueno, lo disfruté un día, una semana, no sé, eso pasa. Yo sé, soy como uno de ustedes. Yo no puedo estar celebrando el pecado, y no puedo estar ocultándolo porque pequé. Yo tengo que hablar con Dios, traté de ocultárselo incluso a Él, pero yo tengo que hablar, tengo que arrepentirme.
"Para todos los que le obedecen." Cristo espera, escucha lo que Cristo espera de ti, literalmente, después que Él me regala la salvación. Es como: no tienes dinero, aquí está el dinero. No tienes salvación, tienes condenación, aquí está mi salvación. ¿Y cuáles son los requisitos? Bueno, mira, Él espera que tú honres la salvación, que valores su sacrificio, que imites su obediencia, que no consideres que cualquier demanda que Él te haga es muy radical o muy sacrificial, porque al lado de la cruz eso no existe. No existe una demanda tan alta, tan sacrificial, cuando la pones al lado de la cruz.
De hecho, Cristo lo dijo: "¿Quieres seguirme? Muérete, muérete a ti mismo." Cuando los discípulos quisieron pararlo, porque Cristo les estaba hablando de que tendría que llegar a Jerusalén y ser crucificado, y querían que no hablara de eso, Él les habló de la cruz de ellos: "Toma tu propia cruz todos los días."
Finalmente, el versículo 10 nos dice que Él fue, dado todo lo que hemos dicho, constituido por Dios como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Continuará en el próximo episodio, capítulo 7, Melquisedec, constituido por Dios según ese orden, para siempre. O sea, esa no es una función que va a parar; es una función que Él tiene para siempre.
Hermano, yo deseo, yo espero, yo anhelo, yo oro que a través de estas exposiciones verdaderamente tu amor por Cristo aumente y que todo lo demás palidezca. Que todo lo demás palidezca, que tu entrega y consagración a Cristo aumenten. Que todo lo demás sea, como Pablo dijo, como basura. Que no haya nada en tu vida que compita con tu amor a Cristo, con tu pasión por Cristo. Que perezca tal pensamiento, como decía alguien por ahí. Eso es muy radical, muy excesivo, ¿y Dios no requiere eso? No, lo único que Dios requiere es que te mueras y que tomes tu cruz. Fuera de ahí, Él no requiere nada más. Pero, ¿cómo así, pastor? Porque si me muero, se mueren junto conmigo mis deseos, mis sueños, mis ambiciones, lo que busco, lo que quiero.
Padre, no importa cuánto tiempo yo hable, siempre me voy a quedar corto de tu gloria, de lo que tu Hijo vale, de lo que Tú como Trinidad eres. Me voy a quedar corto de lo que Tú has hecho por nosotros. De manera que perdona mi deficiencia, carencia e inhabilidad de poner en palabras la gloria de tu ser, la gloria de tu Hijo, la gloria de los siglos.
Señor, nosotros estamos tan perdidamente perdidos, con la repetición intencional, tan corruptamente dañados, que yo te necesito no solamente cuando estoy mal. Yo te necesito cuando estoy muy bien. Te necesito igual todo el tiempo, pero sobre todo cuando sé que he fallado. Ayúdanos a sellar este mensaje diciéndote justamente eso: Señor, yo te necesito en Cristo Jesús. Amén.
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