Integridad y Sabiduria
Sermones

No ignores a quienes Dios ama

Fabio Rossi 16 agosto, 2026

Ignorar a quien Dios ama es una ceguera que el bullicio del mundo —y de nuestros propios corazones— hace muy fácil. El Salmo 68:1-6 abre con un himno de victoria, pero hace algo inesperado: antes de celebrar los ejércitos derrotados o las ciudades conquistadas, detiene el desfile para señalar al huérfano, la viuda, el solitario y el oprimido. David revela así que el poder de Dios no se mide por lo que ha conquistado, sino por quienes ha restaurado. Su cuidado por los débiles no es una mención de paso, sino un compromiso profundo: él los ve, escucha su clamor y actúa en su favor.

El versículo 6 declara que Dios ubica a los solitarios en familias. La palabra "solitario" no describe al introvertido que busca silencio, sino al que no tiene red de apoyo, al que, si falta, nadie lo nota. Y el verbo no es de deseo desde lejos —Dios no dice "ojalá te vaya bien"—, sino causativo: él los saca de su soledad y los planta en una familia. Esa familia hoy es la iglesia. Pablo lo confirma en Efesios 2: la morada de Dios ya no es el arca ni el templo de Jerusalén, sino su pueblo reunido. Lo que el Salmo 68 dice que Dios hace desde su santa morada, ahora lo hace a través de nosotros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Señor, nuestro anhelo al venir hoy y reunirnos como tu pueblo es escuchar tu voz, es escucharte hablar. Y yo te pido, Padre, que tú, con el poder de tu palabra y el poder de tu Espíritu, puedas hablar a nuestros corazones hoy, de modo que cuando salgamos no haya duda alguna de que tú estuviste en medio nuestro y que no salgamos iguales.

Señor, háblanos de tal manera que tú sacudas todo nuestro interior, nos hagas reflexionar, pero no solo eso, sino que renueves mi forma de pensar y transformes nuestra vida, que este encuentro contigo y con tu palabra pueda ser transformador. Y Señor, que en medio de mi debilidad esta mañana, con síntomas gripales, quizás con no la mejor voz, que en medio de mi debilidad se pueda apreciar aún más tu poder y tu gracia. Nos encomendamos en tus manos en Cristo Jesús. Amén.

Era el día de la carrera. Mariley Paulino estaba a punto de correr la famosa carrera de los 400 m, la velocista más aclamada, más conocida en estos días de República Dominicana, y ella iba a competir por la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Ese estadio, hermano, estaba a reventar. Yo no sé, quiero ver alguno de ustedes que estuvo ahí. Quiero ver algunas manos. No, ninguno. Sí, algunos por aquí. Ese estadio estaba reventado, el ambiente era festivo. Había una gran emoción. Nosotros fuimos con mi esposa y mis hijos. Habíamos llegado un poco temprano esa tarde porque sabíamos que iba a ir mucha gente. Así que fuimos temprano con el fin de poder ubicar nuestros lugares, sabiendo la idiosincrasia de nuestro pueblo, que cuando uno compra un asiento no significa que tú vas a tener un asiento.

Así que nos fuimos temprano para poder tomar nuestro asiento. Nos ubicamos allí. Vimos otras competiciones en la tarde, juegos que había ahí mismo en la pista. Mientras nosotros esperábamos, vimos que llegó una señora con una chica, una señorita en silla de ruedas, y con esfuerzo la logró cargar y la sentó justamente al lado de nosotros, en la misma fila nuestra. Vimos que la señora acomodó la silla de ruedas en un rinconcito, ahí la puso y se fue. Asumimos, porque llevaba cierto atuendo, que ella quizás trabajaba ahí en el estadio y tenía alguna clase de responsabilidad o de trabajo, pero la cuestión es que ella sentó a su hija y la dejó allí con nosotros, y ella se fue.

En la medida en que se acercaba la carrera de Mariley, el estadio se llenaba cada vez más y más. Incluso había personas que, como nos enseñó el pastor Pepe, lograron asientos con ganancias deshonestas; o sea, se pusieron donde no debían ponerse, se ubicaron donde no era asiento. De modo que ustedes se pueden imaginar la multitud, la gente hombro con hombro, todo el mundo sonando esas cornetas plásticas que venden ahí, todo el mundo gritando, una gran emoción, algarabía.

Para ese momento habían corrido los hombres, que también hubo triunfo de parte dominicana. La gente estaba superemocionada, expectante, había mucha bulla, el cielo negro, empezaban a caer las primeras gotas. Y ustedes saben lo que eso significa en República Dominicana: que cuando dice lluvia no son unas goticas. Se acabó la carrera de los hombres y en medio de todos esos gritos y toda la algarabía y toda la gente puesta de pie, emocionada, empezó ese aguacero, se abrió el cielo y cayó todo el agua que debía caer.

Toda la gente se empezó a poner de pie buscando sus sombrillas, sus capas, pero no se perdió la alegría ni la emoción. La gente simplemente, en medio de la incomodidad de la lluvia, se puso de pie, todos de pie, porque ya iba a salir Mariley. Nosotros pensamos que iban a cancelar la carrera porque esa agua estaba demasiado fuerte. No, la carrera iba porque iba, ya estaban ahí, ya estaban saliendo. Y toda la gente de pie, emocionada, con la mirada puesta en la pista, todos tratando de ver lo que podían ver.

Y en medio de esa escena de la bulla, de la lluvia, de las multitudes aglutinadas, de todos mojados, todos tratando de cubrirse de la lluvia, estaba la chica, la señorita, sentada en silencio, con la mirada como hacia el suelo. Pareció invisible. Nadie se percató de que ella no podía ponerse de pie. Nadie notó que ella no tenía paraguas. Nadie consideró que ella quizás había ido a la carrera porque quería ver a Mariley también.

Y ese relato me recordó una escena en Lucas capítulo 18, de un ciego que estaba junto al camino de Jericó y de repente escuchó que Jesús iba a pasar por allí, pero había tantas multitudes, tanta gente alrededor de Jesús, que no había manera en que él pudiera acercarse a Él. ¿Te imaginas el montón de gente alrededor de Jesús, la bulla, y un pobre hombre tirado en el piso queriendo acercarse a Jesús y no podía hacerlo? De modo que la única manera que él logró acercarse a Jesús y llamar su atención fue gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!" Gritaba y gritaba, y la gente le decía: "Cállate."

Tú sabes, aquella señorita en el estadio también gritaba en su silencio, pero el bullicio era tanto en nuestros corazones que impedía que la escucháramos, porque estamos ciegos, estamos sordos, en medio de nuestras vanidades, de nuestro pecado. Pero gracias sean dadas a Dios por su corazón compasivo, porque Él sí escucha tu clamor.

Y en ese camino a Jericó, dice Lucas 18, en medio de las multitudes y de los gritos y de la gente, Jesús escuchó el clamor de aquel ciego, se detuvo, ordenó que lo trajeran, y cuando estuvo cerca le preguntó: "¿Qué deseas que haga por ti?"

¿Qué deseas que haga por ti, hermano? Jesús no estaba en un estadio esperando ver a su velocista favorita. De hecho, unos versículos antes de ese texto dice que Jesús le había revelado a sus discípulos que Él iba camino a la cruz. Él les dijo: "Yo voy para entregarme. Yo voy a morir. Yo voy camino al evento más importante de toda la humanidad y de toda la historia de la redención." Pero tú sabes que eso no lo detuvo a Él. Eso no hizo que Él siguiera de largo. La misericordia del Señor lo impulsó para oír el clamor de un hombre insignificante y ciego que las multitudes querían callar.

Y ese gesto tan sencillo, pero tan significativo, revela un aspecto profundo del carácter de nuestro Dios. Porque cuando tú lees la Biblia de principio a fin, te das cuenta de que hay cuatro grupos de personas que Dios tiene en su corazón. Siempre hay cuatro grupos que Dios tiene en la mira y que constantemente los menciona, y no es una mención de paso: son el huérfano, la viuda, el extranjero y el oprimido.

Y cada vez que estos grupos se mencionan y aparecen en la Palabra, Dios se compromete con ellos. No es una mención solo de "ahí están, pobres de ellos", no. Dios dice que Él los defiende, que Él les provee, que Él está por ellos, que Él se para al frente y dice: "Yo les haré justicia." Es un compromiso profundo de Dios por estos grupos.

Con eso en mente, yo quiero invitarte a que me acompañes al Salmo 68. Abre tu Biblia al Salmo 68, donde vamos a explorar no solo el corazón de Dios por los vulnerables, sino también cómo ese corazón de Dios debe dar forma a mi corazón y a tu corazón. Y por eso es que titulamos este sermón: "No ignores a quien Dios ama." Tú y yo no podemos ignorar a aquel a quien Dios ama. Y por eso hoy es un llamado a que tú y yo podamos ver, detenernos y actuar por los vulnerables.

Pero antes de entrar al Salmo 68 de lleno y ver algunos de estos versículos, yo quiero darte un poco de contexto, porque el Salmo 68 tiene una fama especial entre los comentaristas de ser uno de los salmos más difíciles de todo el Salterio. Y en parte la dificultad está en que no se le puede relacionar con un evento específico, con una persona específica, con una época específica. Ustedes saben que hay algunos salmos que cuando se escribieron, se escribieron dentro de un contexto. El Salmo 51, si yo te digo el Salmo 51, quizás muchos de ustedes logran ubicarlo.

Sí, ese es el Salmo de David cuando pecó contra ¿quién? Contra Betsabé, y entonces él nace de allí. Pero los eruditos bíblicos no han llegado a un consenso con respecto al Salmo 68. Sin embargo, una de las lecturas tradicionales más probables es que este salmo era un canto de victoria.

Cuando Dios saca a Israel de Egipto, le dio instrucciones muy puntuales acerca de ciertas cosas y le pidió que construyera un objeto: el arca del pacto, que era un cofre de madera recubierto de oro en donde se guardaba —¿qué recuerdas?— una porción del maná, la vara de Aarón que había florecido y las tablas de los diez mandamientos. Pero el arca no era simplemente una caja fuerte de documentos religiosos, no. El arca era donde la presencia misma de Dios se manifestaba al pueblo. Era algo así como el trono visible de Dios en medio de su pueblo. Donde estaba el arca, ahí estaba la presencia de Dios. Esa era la idea.

Y David acababa de hacer algo muy importante en esta época. Él había tomado la ciudad de Jerusalén, de modo que Jerusalén ya era como la capital política, pero faltaba algo importante. ¿Qué faltaba? El arca. Y probablemente un canto como este, el del Salmo 68, era el que se entonaba como en un desfile, con el ejército de Israel marchando detrás del arca, trasladándola hacia Sion. Entonces, imagínate como un desfile de estado en donde van todos en una gran procesión con el arca delante, cantando un canto de victoria de todo lo que Dios ha hecho a favor de su pueblo.

Ahora, en el mundo antiguo, estas canciones y estos poemas de victoria principalmente elogiaban las hazañas militares, los enemigos derrotados, cuántas ciudades se habían conquistado, las riquezas y el botín acumulado. Y también buscaban estos cantos resaltar el aspecto compasivo de sus reyes, pero se mencionaba ahí entre líneas, de modo que quedaba escondido entre todas las hazañas y los logros de los reyes. Y por eso lo que distingue al Salmo 68 es el orden de sus elementos, porque los primeros versículos inician como se esperaba: una exaltación del poder de Dios.

Y yo quiero que leamos los primeros cuatro versículos:

"Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos y huyan delante de él los que lo aborrecen. Como se disipa el humo, disípalos. Como la cera se derrite delante del fuego, así perezcan los impíos delante de Dios. Pero alégrense los justos, regocíjense delante de Dios. Sí, que rebosen de alegría. Canten a Dios, canten alabanzas a su nombre. Abran paso al que cabalga por los desiertos, cuyo nombre es el Señor. Regocíjese delante de él."

Un canto de victoria de todo lo que Dios ha hecho. Pero de repente, al inicio de la prosa, aparece algo que es un poco inesperado para ese momento del canto. Versículos 5 y 6:

"Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en su santa morada. Dios prepara un hogar para los solitarios, conduce a los cautivos a prosperidad, y solo los rebeldes habitan en una tierra seca."

Ahora resulta interesante —y este es uno de los aspectos interesantes del Salmo 68— que en un himno de victoria, David no resalta primero la fuerza de Dios, ni cuántos carros de guerra tiene, ni cuántos enemigos ha derrotado. Eso lo va a mencionar él: si tú ves el versículo 14, si tú tienes tu Biblia ahí, mira el versículo 14 o mira el versículo 17. Él menciona esas cosas, pero hasta más adelante. Lo primero que David se detiene a resaltar de Dios es el cuidado que él tiene por los que no tienen voz.

Y yo quiero que tú te detengas un momento en eso, porque nuevamente, en un himno de victoria uno espera que se alaben todas las grandezas del rey, todos los logros que él ha acumulado, todas las ciudades que ha conquistado, todo el botín que ha logrado acumular. Pero es como si en ese desfile David dijera: "Vamos a parar aquí. Callen las trompetas. Miren a esta viuda, miren a este huérfano. Ellos son una evidencia del gran poder de nuestro Dios. No estas ciudades, no estas riquezas, no todos estos reyes que hemos derrotado, no. Es cómo Dios cuida de ellos. Este es el poder de Dios. Esta es una manifestación y una evidencia del poder de Dios."

Y eso nos dice algo profundo del carácter de Dios, y es que su poder se manifiesta no primeramente en sus victorias, sino en su cuidado por los débiles. El mundo mide el poder por todo lo que ha conquistado, pero Dios mide su poder por todos aquellos a quienes él ha restaurado.

Y yo quiero que tú veas un detalle en el versículo 6. Dios dice —la Nueva Traducción Viviente— "Dios ubica a los solitarios en familias." Ahora, la palabra "solitario" aquí no está describiendo a alguien que es introvertido. Tal vez tú dices: "Yo soy introvertido y me gusta la soledad. Yo recargo mis baterías yo solito, con mi soledad, en mi casa." Pero esta no es la palabra "solitario" en el salmo. Esta palabra "solitario" que aparece allí es la misma que aparece en Génesis 22:2, cuando Dios le dice a Abraham: "Toma a tu hijo, a tu único hijo."

Ese "único" —ese solitario— es el que no tiene otro igual, el que no tiene una red de apoyo, el que no tiene a nadie que lo levante si se cae, el que no tiene a nadie que note su ausencia. Es decir, si tú faltas, si tú te enfermas y tú mueres, nadie supo, nadie se enteró, porque no hay nadie contigo. Estás solo. Esa es la palabra que usa el salmista acá.

Y yo quiero hacer una pausa aquí para hacer una pregunta. Si tú te sientes solo hoy, tal vez diversas circunstancias de la vida te han llevado al lugar donde tú te encuentras hoy, sin nadie en quien apoyarte, sin nadie que te levante cuando tú tropiezas. Tal vez tú te sientes así esta mañana, o tal vez te has sentido así por un tiempo, de que si tú faltas, nadie nota tu ausencia, nadie siente tu dolor, nadie ve tu enfermedad.

Y si tú te sientes de esa manera esta mañana, yo quiero que tú me escuches con atención, porque a veces es difícil asimilarlo con nuestro corazón y con nuestra mente esta verdad del evangelio. Yo te quiero recordar a ti que, aunque tú te sientas así de esa manera, el Señor te dice: "Tú no estás solo. Tú no estás solo." El Señor quiere recordarte esta mañana que él sí ve tu necesidad, que él sí oye tu clamor, que él sí actúa en tu favor, aunque tú no lo sientas de esa manera.

Si tú eres su hijo y por diversas circunstancias de la vida hoy estás caminando solitario, él quiere recordarte esta verdad: "Aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá. El Señor protege a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, y frustra el camino de los impíos. El Señor es un refugio para los oprimidos, un lugar seguro en tiempos difíciles. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido." Ese es tu Dios.

Y así como aquel hombre ciego en el camino de Jericó, Dios se detiene para ver tu soledad. Y Dios se detiene para escuchar tu clamor, y está dispuesto a acercarse y a inclinarse a ti para preguntarte hoy: "¿Qué quieres que haga por ti? ¿Qué deseas que haga por ti?" Y en medio de la soledad, tal vez la petición más sencilla en nuestro corazón es: "Yo no quiero sentirme solo, yo no quiero seguir caminando solo."

Y si esa es tu oración, entonces escucha la respuesta del Señor en el versículo 6. Mira lo que él dice que hace: "Dios ubica a los solitarios en familias." Mira el verbo que acompaña la palabra "solitario", porque es significativo. ¿Qué es lo que Dios hace con el solitario? Lo ubica. Y el original da la idea de que él lo hace habitar. Es un verbo causativo. Es decir, él no simplemente le desea el bien desde lejos. Dios no simplemente ve al solitario y dice: "Wow, ojalá te vaya bien en la vida. Ojalá encuentres a alguien que te ame. Ojalá encuentres a alguien que camine contigo." No, ese no es nuestro Dios. Dios dice: "Yo actúo por ti."

Tú sabes qué voy a hacer por ti. Te voy a sacar de esta soledad y te voy a plantar en una familia. Tú te sientes solo hoy. El Señor te dice: "Mira a tu alrededor, porque yo te he sacado de tu soledad y te he puesto aquí en medio de una familia, en medio de mi pueblo, y por tanto no estás solo."

Pero yo quiero que escuches esto con atención, iglesia, porque esta es una verdad que el solitario debe abrazar. Si yo me siento solo, yo necesito abrir mis ojos para reconocer la bondad de Dios y reconocer las promesas de Dios y ver lo que Él está haciendo en mi favor. Yo necesito abrazarlo. Pero hay un mensaje para ti, iglesia. Tú también eres llamada aquí a hacer algo. Es una misión que tú y yo debemos cumplir, porque no se trata simplemente de que el solitario crea la verdad del evangelio, sino que la iglesia obedezca el mandato de Dios.

Y por eso yo quiero que tú y yo leamos nuevamente el versículo 5, y que tú y yo observemos desde dónde es que Dios actúa y desde dónde es que Dios hace lo que Él dice que va a hacer. Dice: "Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en su santa morada."

La morada de Dios es el punto de partida. La morada de Dios es de donde fluye esta bendición hacia el mundo. ¿Y eso por qué es importante? Bueno, yo quiero decirte por qué esto es importante para ti y para mí esta mañana.

Cuando nosotros como familia llegamos a República Dominicana, nos recibió un hogar hermoso, un lugar precioso que Dios había preparado para nosotros, un apartamento amueblado, porque nosotros veníamos por tres a seis meses. Ya vamos a cumplir cuatro años aquí, pero veníamos por tres a seis meses. Y cuando nosotros llegamos a ese apartamento hermoso, vimos toda la belleza en la decoración: unos jarrones preciosos de colores, unos platitos, unos cuadros, una mesa de vidrio. Y nosotros íbamos con dos niños, uno de seis y uno de ocho. Ya ustedes saben qué fue lo que nosotros empezamos a hacer cuando llegamos y dijimos: "Si vamos a vivir aquí, yo no quiero romper ninguno de estos jarrones. Yo no sé ni dónde los voy a conseguir." Así que lo que empezamos a hacer fue agarrar esos jarroncitos, ponerles papel periódico; todas las cositas que nosotros veíamos en peligro de extinción, las guardamos. Y nuestra presencia en ese apartamento reordenó las cosas.

Algo similar sucede en el Antiguo Testamento cuando Dios le dice a Moisés en Éxodo 25: "Haz que los israelitas me construyan un santuario para que yo habite en medio de ellos." Dios no le estaba pidiendo un lugar simbólico para decir que Él habita ahí. No, Dios quería habitar de una manera viva, real y activa en medio de su pueblo. Y la habitación de Dios, o la presencia de Dios en medio de su pueblo, tenía un impacto profundo en la manera como el pueblo vivía.

Déjame compartirte al menos dos ejemplos de esto. En Levítico capítulo 19 encontramos varias ordenanzas, varias leyes, entre ellas Dios le dice: "Los agricultores deben dejar una esquina de su campo sin cosechar para que los pobres, los huérfanos, las viudas y los vulnerables puedan ir y cosechar de allí." No era una buena idea, no era una excelente recomendación, era una orden de Dios. Dios le dijo: "Cuando tú coseches, tú vas a dejar una parte del campo sin cosechar para que el vulnerable pueda tomar provecho de esa provisión." ¿Tú te acuerdas de una historia en el Antiguo Testamento en donde se ve esa ley aplicada? La historia de Rut. Y tú ves a Rut justamente siendo bendecida por esta ley, esta ordenanza de Dios, porque Dios tiene algo que decirte sobre tu trabajo y sobre la manera en que Él quiere usar tu trabajo para bendecir al vulnerable.

En Deuteronomio 14 encontramos instrucciones acerca del diezmo, y allí Dios ordena que cada tres años deben apartar una porción entera del diezmo para el huérfano, la viuda y el extranjero. Porque la presencia de Dios reordena la manera en que el pueblo administraba las ofrendas. Es decir, Dios tiene algo que decirnos a nosotros sobre nuestras ofrendas y la manera en que la iglesia administra sus recursos para bendición del vulnerable en medio nuestro. ¿Te das cuenta cómo la presencia de Dios iba transformando y reordenando la vida del pueblo? Cómo cosechaban, cómo organizaban sus calendarios, cómo administraban las ofrendas. ¿Por qué? Porque tú y yo no podemos separar estas dos cosas.

No podemos adorar al Dios del Salmo 68, el que cuida al vulnerable, y al mismo tiempo dejar al vulnerable sin pan. En otras palabras, el cuidado del vulnerable es un fruto visible de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El cuidado del vulnerable es un fruto visible de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

¿Qué tiene que ver eso contigo? Tiene todo que ver contigo. Porque el apóstol Pablo, escribiéndole a los efesios mil años después, nos revela algo muy importante: que la morada de Dios ya no es el arca del pacto, que la morada de Dios ya no es un santuario en Jerusalén. Escucha con atención Efesios capítulo 2, versículos 19 al 22: "Así pues, ustedes, iglesia, ya no son extranjeros ni extraños, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en Cristo. También ustedes son juntamente edificados para hacer morada de Dios en el Espíritu."

Lo que el Salmo 68 está diciendo que Dios hace desde su santa morada, Efesios dice: "Ahora Dios lo hace a través de ti y de mí, que somos la morada de Dios en el Espíritu." Hay una frase que siempre se me quedó grabada en el corazón, porque nosotros creemos que la iglesia tiene una misión. Y el teólogo Christopher Wright decía: "No, no es que la iglesia tiene una misión; es que Dios tiene una iglesia para cumplir su misión en el mundo." Dios tiene una misión, y para esa misión Dios tiene una iglesia, que eres tú y que soy yo.

Dios no diseñó un club social para servir al solitario. Dios diseñó a la iglesia para ser la familia del que está solo. Dios no diseñó un orfanato para el huérfano. Dios diseñó a su iglesia para el huérfano. Dios no diseñó un programa de asistencia social para atender a las viudas, no. Dios diseñó una iglesia para ser la familia de la viuda.

Y tal vez tú te preguntas: "Pastor, ¿y entonces qué lugar ocupan los orfanatos, las organizaciones, las fundaciones y los gobiernos?" El gobierno y los programas de ayuda tienen un rol que la Biblia misma reconoce y que la misma Biblia honra. De hecho, yo te invito a que cuando salgas leas el Salmo 72. El Salmo 72 es una oración precisamente para que los gobernantes defiendan al pobre y al huérfano, una oración que tú y yo deberíamos hacer más a menudo. El problema es cuando la iglesia, que es la morada de Dios en el Espíritu, se conforma y delega lo que Dios la mandó hacer, que es dar una familia, dar un apellido y dar un lugar en la mesa para el vulnerable.

Lo que el solitario, el huérfano, la viuda y el extranjero necesitan no es simplemente un programa de asistencia que les brinde comida, techo y sustento. Todo eso es valioso, todo eso es necesario, pero el mayor y último interés de Dios no es simplemente alimentarlos y darles un techo.

Lo que el Salmo 68 nos dice es que el mayor interés en el corazón de Dios es reubicarlos y darles una familia. Y ningún programa de asistencia, ninguna fundación, por muy bueno que sea, por muchos recursos que tenga, va a poder darle al vulnerable lo que solo la iglesia de Cristo puede darle, que es una familia en el Señor.

En un pequeño pueblo de Texas vivía un pastor que se llamaba Martín, y su esposa Dona. Lamentablemente, la madre de Dona murió y ella entró en una tristeza muy profunda. En medio de esta tristeza profunda, Dona, en la búsqueda de sanidad de su corazón y en conversar con Dios, el Señor de alguna manera la hizo reflexionar acerca de lo que ella había tenido con su madre, la relación tan hermosa y tan profunda que ella había tenido con ella. Y Dios usó ese dolor para mostrarle cuán bendecida había sido con una madre, aún en medio de muchas carencias que habían tenido en su niñez.

Y Dios usó esa tristeza para reenfocar el corazón de Dona y la llevó a mirar a los niños vulnerables del condado donde ella vivía. Dona no se quedó con ese sentimiento. Empezaron a acercarse al sistema social de acogida, empezaron a hacer todas las entrevistas, los exámenes, todas las averiguaciones, y al final de ese proceso, Martín y Dona adoptaron cuatro niños. Pero ellos no podían dejar de pensar en todos los niños que se habían quedado atrás, especialmente los niños que los trabajadores sociales identifican y catalogan como los más difíciles de reubicar: los niños mayores.

Ustedes saben que siempre que alguien se acerca con intenciones de adoptar, ¿qué es lo que busca? Usualmente bebés, niños chiquitos de 2, 3, 4 años. Pero ya los niños de 6, 7, 8 no son tan fáciles de ubicar. Menos los niños de 15, 16, 17, y menos si tienen alguna enfermedad o alguna afección física. Esos son los difíciles de ubicar.

Así que un domingo, en esta pequeña comunidad de Texas, el pastor Martín se subió al púlpito de su pequeña iglesia de unos 100 miembros, tomó unos platillos en su mano y los empezó a sonar y a sonar y a sonar mientras predicaba. Primera de Corintios 13, donde el Señor dice: "Si pudiera hablar todos los idiomas del mundo y de los ángeles, pero no amo a los demás, soy como un metal ruidoso, un címbalo que resuena, porque hablar del amor sin actuar es ruido." Amén.

Y él le dijo a su iglesia: "¿Estás dispuesta, iglesia, a abrir tu casa para recibir a estos niños que han sido identificados como los más difíciles de reubicar?" Y tú sabes qué sucedió en 1996 en ese pequeño pueblo de Texas: toda la iglesia respondió de una manera milagrosa, y los 77 niños que habían sido identificados como los más difíciles de ubicar fueron todos adoptados por 22 familias de la iglesia. No dejaron ni uno atrás.

¿Qué está insinuando usted, pastor? ¿Que yo debo salir de aquí pensando en adopción? Si el Señor te ha inquietado esta mañana para adoptar o ser un hogar de acogida, lo mejor que tú puedes hacer es orar y actuar. Pero yo quiero que tú escuches dos cosas. Primero, la adopción no es la única manera de amar al huérfano. Y el huérfano no es el único vulnerable en medio nuestro.

Mi mayor oración por ti esta mañana es que podamos ver. Que podamos ver. La esposa de este pastor estuvo dispuesta a ver más allá, más allá de su dolor, más allá de su necesidad, porque así es como comienza el evangelio: con una mirada. Acuérdate de Jesús. Él vio las multitudes, las vio y tuvo compasión de ellas porque estaban angustiadas y abatidas.

Y eso es lo que implica la palabra compasión. Es un estremecimiento interno, es una conmoción profunda en el corazón. Porque Jesús no solo vio con los ojos físicos, Él vio con el corazón. Y ese es el mayor desafío que tú y yo tenemos, porque estamos ciegos. Estamos ciegos. Vemos y seguimos de largo. Vemos, pero no sentimos. Vemos y a veces sentimos lástima, pero no hacemos nada, porque la lástima es diferente a la compasión.

La lástima te hace sentir pena por un rato, pero la compasión te lleva a actuar. Los pobres, los solitarios, los marginados, los abusados, los extranjeros, los oprimidos están a tu lado. La pregunta es si tú los ves. La pregunta es si tú te has detenido a ver a la persona que trabaja contigo en tu casa, si te has detenido a hablar con la persona que cuida tu edificio, la persona en tu oficina, en tu vecindario, en la calle por la que pasas todos los días. ¿Te has detenido a ver? ¿Los ves? ¿Te has detenido a escucharlos? ¿Estarías dispuesto a detenerte por lo menos un momento para acercarte a ellos y preguntar: "¿Qué quieres que haga por ti?"

Pero nos hemos vuelto ciegos funcionales, tal como ocurrió en la parábola del buen samaritano. ¿Tú recuerdas la historia? Un hombre cayó en manos de malhechores que le robaron todo lo que tenía y lo dejaron gravemente herido en el suelo. Dos hombres religiosos pasaron a su lado, un levita y un sacerdote, lo vieron, se pasaron al otro lado del camino y siguieron de largo.

Pero un tercer hombre pasa por aquel camino, un samaritano a quien los judíos despreciaban. Y este hombre vio aquella persona en el suelo y, siendo movido a misericordia, se detuvo para ayudarlo. Si yo te preguntara a ti: "¿Con cuál de estos personajes de la parábola tú te identificas?", si tuvieras que evaluar hoy tu propio corazón y decir: "Yo me parezco más a este o a este," ¿qué dirías? ¿Serás como el sacerdote? ¿Serás como el levita? ¿Serás como el buen samaritano?

Déjame decirte algo. Tú no eres ninguno de ellos. Tú no eres ninguno de ellos. Tú no eres ni el levita, ni el sacerdote, ni el buen samaritano. ¿Tú sabes quién eres tú? El hombre tirado en el piso, el que ha sido golpeado y ultrajado, el vulnerable e impotente, el huérfano abandonado, el moribundo herido sin probabilidades de sobrevivir. Pero Dios, pero Dios, rico en misericordia, por causa del gran amor con que te amó, aun cuando tú estabas muerto en tus delitos, cuando tú eras huérfano, cuando tú estabas solo, cuando eras completamente vulnerable, Él te dio vida juntamente con Cristo, y con Él te resucitó y te sentó en lugares celestiales en Cristo Jesús.

Iglesia, no olvides quién eras. No sé qué tan alto has llegado en la vida ni en qué lugar estás. No olvides quién eras. No olvides de dónde te recogió el Señor. Porque recordar quién eras y apreciar la misericordia de Dios que te ha sido concedida en su gracia te va a ayudar a cultivar la mirada de Jesús, la mirada de Jesús para un mundo necesitado.

¿Recuerdas la historia de la chica con discapacidad en el estadio? Marilady ya estaba en la pista, el aguacero. Estábamos mojados todos, completamente mojados. La gente toda de pie en algarabía, las bocinas, las cornetas, todo el mundo gritando, vitoreando. La chica, sentada. Pero en un momento, cuando Carol y yo nos dimos vuelta, nuestra hija Isabela estaba sentada al lado de ella con una sombrilla. Carol y yo nos vimos a los ojos, todo esto en cuestión de segundos, y fue como si el Señor nos hubiera hablado inmediatamente y puesto en nuestro corazón ese mismo sentir.

Carol se acercó a la niña y le dijo: "¿Quieres que te carguemos para que veas la carrera? ¿Qué quieres que haga por ti?" Y en el momento en que Carol le preguntó eso a la niña, su rostro se iluminó. Así que yo la tomé en mis brazos, la cargué justo antes de que iniciara la carrera, y en medio de la lluvia, en medio de los gritos de celebración, todos vimos a Marilady romper un récord en la prueba de los 400 metros.

¿Cuántos hay ahí afuera como esta chica que necesitan que tú te acerques? No importa si está lloviendo, si te mojas, si te cuesta. Va a ser costoso. Va a ser costoso, porque Cristo dio su vida por ti. La compasión no es gratis. Va a costar.

Tenemos que estar dispuestos a imitar a nuestro Señor, pero tenemos que estar dispuestos a detenernos. Y así como ella, hay muchos que necesitan que tú los cargues para que puedan ver, no a Mary Lady, pero que puedan ver a Cristo.

El Señor hoy nos manda, iglesia, a detenernos y a ver, abrir un lugar en tu mesa, abrir un espacio en tu familia para el último, para el pequeño, para el pobre, para la viuda, para el solitario, para el extranjero, para el vulnerable, por quien Cristo también derramó su preciosa sangre.

Quiero invitarte a que inclines tu rostro. Vamos a orar. Señor, tu palabra ha sido clara en esta mañana para nosotros. Ayúdanos a ver. Ayúdanos a ver.

Quiero que permanezcas así por un momento, con tu rostro inclinado, porque yo quiero saber si esta mañana hay alguien entre nosotros que está caminando solo, que siente que no hay nadie por ti, que sientes que posiblemente tú eres un huérfano, tal vez tú eres una viuda, viudo, eres un extranjero, y hoy tú quieres que oremos por ti, porque tú sientes que estás caminando solo, que no hay nadie con quien tú te puedes apoyar, que no hay nadie que si tú tropiezas te levante, que no hay nadie que si tú faltas se dé cuenta de que tú estás ausente. Y si tú te sientes así esta mañana, yo quiero invitarte a que simplemente te pongas de pie donde tú estás. Yo quisiera orar por ti esta mañana.

Señor, mira a tu pueblo. Tú hoy nos has recordado tu evangelio, y es nuestra oración en esta mañana por estos hermanos y hermanas, por estas personas que hoy se acercan a ti con un corazón vulnerable, con dolor, con cargas. Recuérdales en su corazón que tú eres su Padre, que tú eres su Dios, que tú tienes cuidado de ellos, que tú eres el protector, el proveedor, que eres el Dios que ve, y que ellos puedan encontrar gozo en esta verdad.

Pero que tú, Señor, muevas a esta iglesia y muevas a tu pueblo aquí esta mañana para obedecer tu mandato de ser familia, de amar al vulnerable, de dar un lugar al solitario en nuestra casa, de abrazarlo, de hacerlo sentir familia.

Yo quiero invitarte a que, si tú trabajas con personas vulnerables, quizás tú sirves en un ministerio, en una organización que atiende a personas vulnerables, niños, niñas, adolescentes, adultos, yo te invito a que tú te pongas de pie. Yo quisiera orar por ti esta mañana.

Señor, mira a este pueblo que tú has levantado, a quien tú ya has dado una convicción de servirte en medio de esta población vulnerable de nuestro país. Gracias porque tú les has despertado para ver, para detenerse y para actuar. Pero sabemos que la batalla es dura y que hay mucho camino por recorrer, y que a veces las fuerzas faltan y que a veces los sacrificios son grandes. Señor, anímalos con tu palabra y con la promesa de que tú estás con nosotros, y que en este camino de victoria tú vas delante. Tú vas delante. Nosotros simplemente te estamos siguiendo a ti, pero tú eres un rey victorioso, el padre de huérfanos, el defensor de las viudas, el proveedor. Y en ese poder es que nosotros descansamos, y que podamos encontrar aliento y fortaleza en medio de esto.

Si tú eres hijo de Dios y has escuchado este llamado que el Señor hace a tu corazón esta mañana, si tú hoy quieres reafirmar con el Señor un compromiso de detenerte y ver y actuar, yo te invito a que tú te pongas de pie esta mañana.

Señor, ayúdanos a ver como tú ves. Quita nuestra mirada de la vanidad. Quita nuestra mirada de nosotros mismos. Ayúdame a ver. Ayúdame a tener la misma compasión que tú. Ayúdame a ver con claridad las personas a las cuales tú quieres que yo cargue para que te vean a ti, Señor, para apuntarlas a ti, para mostrarles tu amor.

No nos dejes iguales, Señor. No queremos ser como el oidor olvidadizo que salió de este lugar para seguir construyendo su propio reino y su propia casa sobre un terreno que se destruirá. Ayúdanos a construir nuestras vidas sobre ti, sobre Cristo y sobre el ejemplo de su misericordia y su compasión. Danos tus ojos para ver a un mundo que te necesita. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

Fabio Rossi

Fabio Rossi

Fabio Rossi es colombiano y vivió en Guatemala desde su juventud, donde completó una Licenciatura en Biblia y Teología con especialidad en Música Sacra y sirvió durante diez años como parte del equipo pastoral de su iglesia local. Obtuvo una Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y se desempeñó como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Actualmente vive en la República Dominicana con su esposa Carol y sus dos hijos, donde sirve como pastor en la Iglesia Bautista Internacional, asistente ejecutivo del pastor Miguel Núñez y director de contenido y desarrollo para Ministerios Integridad & Sabiduría.