Fabio Rossi • 13 octubre, 2025
Enójense, pero no pequen. Esta instrucción de Efesios 4 revela algo fundamental: el enojo es parte de la experiencia humana, pero la mayoría de nuestras explosiones de ira no tienen nada de santas. La ira justa existe, pero es extraordinariamente rara. Para que sea genuinamente santa, debe reaccionar contra el pecado tal como Dios lo define, enfocarse en la gloria de Dios y no en nuestro ego herido, y mantenerse bajo completo autocontrol produciendo frutos piadosos.
El pastor Fabio Rossi ilustra cómo desde niño la ira lo dominaba, recordando cuando a los cuatro años buscó el machete de su padre para ayudar a su hermano en una pelea callejera. A través de ejemplos bíblicos como Caín, Acab y Amnón, el sermón expone las raíces de la ira pecaminosa: deseos de control insatisfechos, posesiones frustradas, placeres no cumplidos y reputación amenazada. El patrón es claro: deseos legítimos que se convierten en demandas ilegítimas.
Richard Baxter identificó cinco excusas que usamos para justificar nuestra ira: así soy yo, cualquiera se hubiera enojado, fue muy repentino, me arrepentí de inmediato, y nadie es perfecto. Hemos normalizado la ira hasta convertirla en lo que Jerry Bridges llama un pecado respetable.
La solución no está en técnicas de manejo de ira ni en contar hasta diez. El problema reside en el corazón, y solo Cristo puede transformarlo. La pregunta no es qué pasos dar para controlar la ira, sino a quién acudir para que cambie este corazón pecaminoso. Dios ofrece darnos un corazón nuevo para que podamos reflejar su carácter: lento para la ira y grande en misericordia.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Como ustedes saben y lo he mencionado antes, yo nací en Colombia, en la costa. Y como buenos niños costeños, salíamos a jugar con nuestros amiguitos del barrio, de la calle. Salíamos un grupazo de niños y todas las aventuras habidas y por haber. Eso ya no se ve tanto, pero uno antes salía a la calle y jugaba todo el día.
Resulta que salí con mis hermanos. Yo tengo tres hermanos, y en medio de una de esas salidas, uno de mis hermanos se vio envuelto en una pelea con otro de los niños del barrio. La pelea se empezó a calentar cada vez más y cada vez más, y yo me empecé a enojar por lo que estaba pasando con mi hermano. Yo tenía como 4 o 5 años, me dice mi mamá. Les prometo, yo no me acuerdo de eso, pero mi mamá dice que así fue. Y dice que yo salí corriendo de la pelea, fui corriendo a la casa, no para buscar a mi papá o a mi mamá. Yo fui a buscar el machete de mi papá.
Y dice la leyenda que yo agarré el machete de mi papá, iba arrastrándolo por toda la casa porque era muy pequeño y no podía cargarlo. Iba arrastrándolo por toda la casa gritando: "¡Toma, Alex, para que le pegues con el machete!" El Señor me ha cambiado, hermanos. Yo ya no soy el mismo.
Pero escucha lo que dice Proverbios 29:11: "El necio da rienda suelta a toda su ira." El necio da rienda suelta a toda su ira. Y tú sabes que esa frase, "da rienda suelta", literalmente significa sacar todo, dejar salir sin restricción. Eso es como cuando alguien abre las compuertas y deja que todo fluya, fluya, fluya, sin control, sin filtros, sin cuidado, sin pensar, sin proporción. Simplemente abres y fluye.
Y por eso, Proverbios 29, pero ahora el versículo 22, dice que la persona enojada comienza pleitos y que el que pierde los estribos con facilidad comete todo tipo de pecados. Eso es una realidad. Cuando tú y yo somos dominados por nuestro enojo, por nuestra ira, fácilmente cometemos todo tipo de pecados. Y yo estoy seguro de que todos aquí o lo hemos vivido en carne propia o hemos visto eso en otros a nuestro alrededor.
Hay una explosión de ira donde tú dices cosas que no debiste haber dicho, donde tú haces cosas que no debiste haber hecho. Como dice Proverbios, abres las compuertas y permites que salga todo lo que tenía que salir en ese momento.
Pero hay otros que no explotan; hay otros que implosionan, colapsan hacia adentro, se encierran en su silencio, en el resentimiento, y eso riega un árbol gigantesco con raíces profundas de amargura en el corazón. Y entonces, cuando toda esa tormenta de emociones, de enojo, de ira, pasa, la marea baja, la razón que estaba perdida en ese momento vuelve a tomar el timón de tu vida y de mi vida. Cuando nosotros empezamos a decir: "Wow, ¿por qué dije eso? No debí haber hecho esto."
Y cuando tú estás en medio de esa conversación interna, entonces aparece el abogado de la carne con una maleta llena de justificaciones sobre tu enojo y tu ira. Justificaciones que el puritano Richard Baxter resumió en cinco excusas que tú y yo regularmente usamos en medio de nuestra explosión o nuestra implosión de ira.
Escucha las excusas. La primera es: "Así soy yo." ¿Sabes qué? Yo tengo un carácter fuertísimo. Tú sabes, yo soy así. Como si un temperamento fuerte o apasionado justificara o exonerara mi responsabilidad.
La segunda la usamos no solo para nosotros mismos, sino también para justificar a los demás, y es esta: "Cualquiera se hubiera enojado en esa situación." Te hicieron eso y reaccionaste, ¿no? Pero es que cualquiera hubiera hecho eso. Con lo que te hicieron, yo hubiese hecho tres veces más de lo que tú hiciste. Como si maximizar o agrandar la ofensa que hemos recibido fuera una excusa o una justificación a nuestra reacción pecaminosa.
La tercera excusa es que fue muy repentino: "Yo no pude controlarme." Todo pasó tan rápido, y entonces empezamos a mezclar las excusas: "Todo pasó tan rápido, y tú sabes que yo tengo un carácter fuerte; además, eso que me hicieron... o sea, cualquiera hubiera reaccionado así. Pero yo no tuve ocasión para pensar." Como que la ira me tomó por sorpresa y no tuve ninguna alternativa.
La cuarta excusa: "Pero yo me arrepentí ahí mismo." Yo me arrepentí inmediatamente. "Ay, yo sé. Yo le dije todas sus verdades. Dios sabe que yo no hubiera querido decirle eso que le dije, pero era necesario. Tuve que sacarlo. Pero yo ahí mismo le pedí perdón después." Como si eso justificara nuestro proceder.
Y la quinta, yo diría que es el rey o la reina de las excusas: "Nadie es perfecto." O sea, nadie es perfecto. Dime, ¿quién no se enoja? Nadie es perfecto. Tú mira la Biblia: Moisés se enojó, ¿sí o no? Ah, bueno. Jesús se enojó, ¿sí o no? ¿Qué esperas tú de mí? Nadie es perfecto. O sea, yo me voy a enojar también. Hasta los mejores se enojan.
Y el problema es que estamos tan acostumbrados a justificar nuestra ira, a silenciar nuestra conciencia, a callar el Espíritu Santo, que hemos aprendido a convivir con la ira en el día a día. Como dice el autor Jerry Bridges, la ira ha llegado a ser un pecado respetable. Es un pecado respetable porque no es tan escandaloso como el adulterio, la fornicación, la hechicería y otro montón de cosas de las que uno dice: "No, yo jamás. Ahí yo no me meto." Pero la ira aparece en las mismas listas que todas esas, y con la ira uno dice: "Bueno, eso es una reacción normal a ciertas situaciones de la vida." La hemos normalizado, la hemos justificado, la hemos adoptado y hemos aprendido a convivir con ella.
Y tal vez estás en este punto y te estás preguntando: "¿Y entonces yo no me puedo enojar, pastor? ¿Ya no me puedo enojar más nunca?" De hecho, te estás enojando ahora por lo que yo estoy diciendo. "O sea, que si mi hijo es desobediente, ya no me puedo enojar. O sea, que si hay imprudencia en el tráfico, un moto se me atraviesa, ya no me puedo enojar tampoco. O si alguien comete una injusticia contra mí, entonces ya no me puedo enojar porque el enojo es pecado."
Bueno, para responder a estas preguntas tenemos que ir a la Palabra de Dios. Y mientras escudriñamos sus páginas, yo quiero invitarte a un recorrido donde vamos a aprender cómo combatir la ira pecaminosa, y cómo tú y yo podemos crecer para reflejar el carácter de un Dios que se llama a sí mismo lento para la ira.
Lento para la ira. Dios se describe así: "Yo soy lento para la ira y grande en misericordia." Ese es el título del sermón esta mañana: "Lentos para la ira." Y es mi anhelo que podamos, a la luz de la Palabra, aprender cómo combatir la ira pecaminosa y reflejar el carácter de Dios.
Así que yo quiero pedirte que me acompañes por un recorrido de tres estaciones. La primera es que veamos la naturaleza de la ira: necesitamos ir a la Palabra para ver qué dice la Biblia acerca de la ira, del enojo, no como tú y yo lo pensamos ni como lo define la RAE, sino cómo Dios define el enojo. La segunda es la corrupción de la ira: ¿en qué momento la ira se vuelve pecaminosa? Y la tercera es la santificación de la ira: ¿cómo es que tú y yo podemos reflejar el carácter de este Dios que dice que es lento para la ira? Tú y yo podemos llegar a ser lentos para la ira también. Vamos a caminar en esa dirección.
Vamos a ir viendo diferentes pasajes. Yo sé que a veces aparecen en la pantalla, pero si tienes tu Biblia, yo te animo a que también los busques. Si estás tomando notas, hoy es un buen día para hacerlo, porque quiero ver cuántos de ustedes se enojaron esta semana.
Entonces, este es un sermón que te interesa. Eso es algo que el Señor quiere que tú y yo reflexionemos.
El primer texto que vamos a abrir es Efesios capítulo 4, versículos 26 al 32. Y dice de la siguiente manera: "Enójense, pero no pequen. No se ponga el sol sobre su enojo, ni den oportunidad al diablo. El que roba no robe más, sino más bien que trabaje haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad. No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan. Y no entristezcan al Espíritu Santo de Dios, por el cual fueron sellados para el día de la redención. Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo."
¿Cuál es la naturaleza de la ira? O sea, ¿qué es la ira y cómo debemos entenderla? Efesios 4 nos enseña algo muy importante acerca de la naturaleza de la ira. Yo quiero que tú veas otra vez el versículo 26, pero míralo ahí en tu Biblia. ¿Qué dice Efesios 4:26? "Enójense, pero no pequen."
Enójense, pero no pequen. La forma como está escrito ese verbo ahí, "enójense", es un imperativo, pero es un imperativo especial, porque no es una orden que Pablo te está diciendo: "Tú te tienes que enojar, enójate." Lo que Pablo está tratando de decir es que el enojo es parte de la experiencia humana, es parte de cómo Dios nos creó a nosotros, porque las emociones son parte de ser creados a la imagen de Dios.
Cuando tú vas a la Biblia, tú ves que la Biblia le asigna a Dios algunas de esas emociones. Dios tiene gozo, por ejemplo. Dios muestra amor y es amor. Pero la Biblia también dice que Dios se enoja. La Biblia dice que Dios tiene ira. Entonces, no podemos concluir que el pecado creó el enojo o la ira. Pero lo que sí podemos concluir es que el pecado distorsiona estas emociones. Y por eso la exhortación de Pablo en el versículo 26 podría traducirse así: "Cuando te enojes, no peques. O si te enojas, no peques."
Eso quiere decir que podemos enojarnos sin pecar. Yo sé que algunos están en cortocircuito en el cerebro: ¿cómo así que es posible que yo me pueda enojar sin pecar? Bueno, eso es lo que comúnmente se denomina la ira santa o la ira justa. Y tal vez algunos están con el codo, dicen: "Mira, eso es lo que yo siempre muestro en la casa. Lo que pasa es que no sabía cómo se llamaba, pero lo que yo siempre muestro es ira santa, ira justa." No, no vayas tan rápido, porque la ira santa o la ira justa es muy difícil de encontrar, es muy extraña en verdad.
De hecho, cuando nosotros vemos en el Antiguo Testamento la palabra que se usa para ira, refiriéndose a la ira en el contexto de las relaciones humanas —no a Dios, sino entre los hombres—, es una palabra que aparece 47 veces. ¿Tú sabes cuántas de esas 47 hacen alusión a una ira pecaminosa? 42. O sea, de las 47, 42 son alusiones a ira pecaminosa.
Pero aunque la ira justa o la ira santa es extraña o es difícil de encontrar, hermanos, hay una buena noticia: es posible practicarla, es posible tenerla, es posible vivirla, porque Dios no te va a pedir nada para lo cual él mismo no te haya capacitado. Dios no te va a decir en su Palabra "cuando te enojes, no peques" si eso no fuera posible, pues él no nos lo hubiera dicho. Él nos está diciendo: "Es posible que tú y yo podamos expresar enojo o ira sin llegar a pecar."
Ahora, la pregunta es: ¿cómo puedo saber yo si mi ira es justa? El Dr. Robert Jones, que es un conocido escritor y consejero bíblico, comparte al menos tres características fundamentales de la ira santa o justa. Si tú estás apuntando, esto es importante, porque la ira justa o santa tiene estas tres cualidades.
La primera es que es una ira que reacciona contra el pecado. No es una reacción hacia algo que a mí me incomoda, no es hacia algo que a mí me resulta inconveniente, no es algo que está contrario a mi parecer. Es una ira que reacciona contra lo que Dios ha dicho que es pecado, tal y como él lo define. No se trata de mí, sino de él.
Y ese es el segundo punto: la ira santa se enfoca en Dios y su gloria, no en mí y en mi reputación. No se trata de mí. Estamos enojados porque Dios ha sido ofendido, no porque mi ego ha sido herido. Tú ves la diferencia. Yo me enojo porque Dios ha sido ofendido, su ley ha sido quebrantada, lo que él ha dicho que es pecado está siendo violentado. Él está siendo ofendido, no mi ego.
Y tercero, la ira santa está acompañada de autocontrol y produce frutos piadosos. Es decir, siempre mantiene el control de pensamientos, de deseos, de emociones. Cuando habla, habla verdad. Cuando expresa su indignación, lo hace de formas que no son pecaminosas.
Entonces, tal vez algunos de ustedes están pensando: "Muy interesante, pero ¿y qué me dices de Jesús? ¿Jesús no fue el que cuando se enojó fue a botar las mesas y a volcarlas? Es como que se le fue un poquito la mano a Jesús, perdió un poquito el control." ¿Qué piensas tú? Es una pregunta válida.
Pero Jesús mantuvo completo autocontrol. Y déjame explicarte por qué. Piensa en un juez: un juez que dicta sentencia contra un criminal, un juez que manda apresar a los malos, que incauta propiedades, que manda a quemar las drogas que se recopilan, que encarcela al culpable. ¿Tú crees que ese es un juez que perdió el control? Es un juez que está actuando de una manera legítima y está haciendo justicia. Y Jesús actuó como ese juez justo, ejecutando un juicio justo contra un sistema que profanaba la casa de su Padre.
Jesús no golpeó personas. Tú no lees en el pasaje que él fue a golpear personas. Él no maldijo a las personas, no actuó impulsivamente. De hecho, todos nosotros somos testigos —y lo hemos vivido— que cuando nuestros padres, tíos o el vecino, digamos para no decir que pasó en nuestra casa, estaba enojado y le iban a pegar a alguien pero no tenía la correa o el cinturón, estaba buscando con qué le pegaba a ese muchacho, y lo primero que encontraba era el zapato, la chancleta, un palo, la escoba. Así es como se pierde el control.
Cuando tú ves el pasaje de Jesús botando las mesas, recuerda qué es lo que él hace: él entrelaza un látigo. Lo prepara, y eso requiere tiempo y eso requiere deliberación. No fue un acto de descontrol, fue un juicio. Y cuando él terminó ese acto de juicio, se detuvo. Y eso es ira santa: tener el control total de tu motivación, un control total de la proporción en la que tú te manifiestas.
¿Por qué Jesús actúa de esa manera? Porque la ofensa a Dios era grande. La ofensa que representaba ese templo convertido en un mercado necesitaba una acción de tal semejanza. Pero la ira santa mantiene un control completo de por qué te enojas.
Y yo quiero que tú pienses en eso mientras vamos hablando de todo esto. Piensa: ¿por qué te enojas? ¿Te enojas porque Dios ha sido ofendido o porque tu ego ha sido ofendido? ¿Cuánto te enojas? ¿Esa manifestación y esa explosión de ira es proporcional al pecado cometido o es una exageración? Porque a veces nos pasa que hay una ofensa pequeñita y nosotros incendiamos un bosque por algo mínimo. Entonces, ¿cuánto te enojas y cómo lo expresas? Esas son señales de si tu ira es justa o no. Cuando tú lo expresas, ¿lo haces sin pecar, lo haces con palabras de verdad?
La realidad es que la mayoría de nosotros no podemos decir que hemos actuado así. Nuestras reacciones de ira no se parecen nada a eso. Piensa por un momento en esta ilustración.
Tú vas en el carro y vas para una cita muy importante, y entonces vas en el tráfico de Santo Domingo, que ya no te lo tengo que explicar. Y adelante tuyo va un hombre manejando a 30 por hora, lento, lento, lento. Y tú tienes una prisa por llegar a ese lugar para atender esa cita, y tú no encuentras manera de rebasar a ese hombre. Le subes las luces, le bocinas, haces de todo, y como quiera ese hombre no se inmuta, sigue en su rollo a la misma velocidad.
De repente tú encuentras una oportunidad y lo rebasas. Cuando lo rebasas, miras por el espejo y ves que el hombre va en su celular riéndose, escuchando música. Y tú vas, dicen acá, quillado, molesto, enojado. Tu ira explota. Pero pregúntate —yo quiero que hagas una pausa ahí—: ¿qué es lo que está siendo violentado ahí? ¿Es la gloria de Dios o es mi agenda? ¿Hay un pecado real allí, o es que mis planes están siendo interrumpidos?
Yo sé que es frustrante, muy frustrante. Una situación así puede ser muy frustrante. Pero nuestra ira desproporcionada, ¿qué me dices de los insultos que empezamos a gritar dentro del carro con los vidrios arriba? El hombre ni se enteró de todo lo que nosotros dijimos. El gesto obsceno que casi haces, y los siguientes 20 minutos que pasaste furioso contándole a todos en la oficina cómo es posible que casi pierdes la cita por culpa de un hombre desconsiderado, por decir menos. Eso no es ira justa; eso es pecado disfrazado de indignación.
¿Tú ves la diferencia? Nosotros explotamos por ofensas triviales: si alguien nos interrumpe, si alguien no me saludó, si se olvidó de mi cumpleaños. Decimos palabras hirientes, actuamos por orgullo, guardamos resentimiento por semanas, y luego lo llamamos indignación, indignación justa. Entonces, lamentablemente, la ira justa es muy escasa. La mayoría de veces nuestra ira es pecaminosa.
Y eso nos lleva a nuestra segunda pregunta: ¿cuándo es que se convierte la ira en pecado? ¿Cuándo es que se corrompe la ira? Bueno, la respuesta sencilla es cuando se dejan de cumplir esas tres cláusulas que mencioné y compartí con ustedes antes. Pero yo quiero que lo veamos de manera más concreta, a través de ejemplos bíblicos que nos muestran al menos cuatro facetas de la ira pecaminosa. Son cuatro facetas de la ira pecaminosa. ¿Cuándo fluye la ira pecaminosa? ¿Cuándo se corrompe nuestra ira?
La primera es que la ira pecaminosa brota de deseos de control insatisfechos. La ira pecaminosa brota de deseos de control insatisfechos. Tú vas a recordar esta historia. Génesis capítulo 4 nos presenta el primer caso de ira pecaminosa en la historia humana. Te acuerdas de Caín y Abel, ¿sí? Ellos van y presentan una ofrenda. ¿Cuál recibe Dios? La de Abel. Y rechaza la de Caín.
Escucha lo que dice Génesis 4, versículos 4 y 5: "El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda. Caín se enojó mucho y su semblante se demudó."
¿Por qué se enojó Caín? Porque las cosas no salieron como él esperaba. Caín se molestó porque las cosas no salieron como él esperaba. Él quería que Dios aceptara su ofrenda así como aceptó la de su hermano. Y cuando Dios actuó de una manera distinta a la que él quería, cuando él pierde el control de esa situación, entonces brota ira en su corazón. Pero mira la respuesta de Dios. Dios no le dice: "Sí, Caín, está bien que estés enojado." Ni le dice: "Caín, cuenta hasta 10, no te enojes mucho."
No. Dios va directo al corazón y le hace una pregunta que lo confronta a él, y que te confronta a ti y a mí cuando estamos molestos. La pregunta está en el versículo 6: "¿Por qué estás enojado?" Mira cómo continúa el versículo: "El pecado está a la puerta, al acecho, ansioso por controlarte, pero tú debes dominarlo y ser su amo." Dios le está diciendo a Caín: "Tu enojo revela algo que hay en tu corazón." Y lo mismo es cierto para ti y para mí: tu enojo y mi enojo muestran algo, revelan algo de mi corazón.
Dios le dice a Caín: "Tú no estás molesto porque yo te rechacé la ofrenda. Tú estás molesto porque tú perdiste el control." Y la advertencia es clara: si tú no dominas ese pecado, ese pecado te va a dominar a ti. Y es una realidad. Si tú y yo no dominamos el pecado de la ira, ese pecado nos domina, y domina a muchos de nosotros hoy. Pero lamentablemente Caín no escuchó. Mira el versículo 8: "Y Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató."
Porque la ira que no es controlada siempre escala. La ira siempre escala, la ira siempre destruye. ¿Y cuántas veces tú y yo no hemos actuado de la misma manera que Caín? Un esposo que se enoja con su esposa porque ella no hace las cosas como él espera y como él quiere que se hagan. O una esposa que se enoja con su esposo porque él no escucha sus consejos. O un joven que se enoja porque sus planes no salen como esperaba. En cualquier caso, la raíz es la misma: es un deseo de control insatisfecho. Cuando tú y yo perdemos el control de una situación, es muy probable que reaccionemos con una ira pecaminosa.
Segunda faceta. La ira pecaminosa brota de deseos de posesión frustrados. Primera de Reyes, capítulo 21. Una famosa historia. El rey Acab —tal vez la han escuchado, tal vez no— tenía un palacio, y cerca de su palacio había un pequeño terreno o solar que él quería para poner ahí un huerto. Resulta que ese pequeño solar le pertenecía a alguien más que se llamaba Nabot. Entonces él va a hablar con Nabot y le dice: "Nabot, yo quiero que me des tu terreno porque yo quiero poner aquí un huerto, pues está cerca de mi palacio; y si tú quieres, te doy otro más grande o mejor." Y Nabot le dice: "No, yo no te lo puedo dar, porque esa es la herencia de mis padres. No te lo puedo dar."
Escucha cómo respondió Acab. Primera de Reyes, capítulo 21, versículo 4: "Entonces Acab regresó a su casa enojado, de mal humor por la respuesta de Nabot, y se acostó de cara a la pared y no quiso comer." ¿Te suena familiar? Cuando estás tan enojado que hasta el hambre se te quita. Me encierro, no quiero hablar con nadie. Aquí tenemos a un rey, un rey poderoso, haciendo un berrinche porque no pudo conseguir lo que quería, y está tan enojado que hasta el hambre se le fue, no se quiere levantar de la cama.
Pero tristemente esta historia tampoco termina bien, porque su amada esposa, una mujer terrible y malvada, Jezabel, se idea un plan, busca falsos testigos para acusar a Nabot, lo apedrean, lo matan, y entonces ahí Acab se levanta de la cama para ir a poseer la viña.
Ahora, estas historias parecen extremas. Yo sé, Caín mató a su hermano Abel, Acab mató a Nabot. Y tú dices: "Wow, yo pues me enojo, pero tampoco voy a matar a nadie." Pero tú sabes que la raíz es la misma. La ira homicida de Acab y nuestra ira muchas veces tienen la misma raíz: son deseos insatisfechos. Nos enojamos porque nuestros planes son frustrados, porque las cosas no salen a mi ritmo. Nos enojamos con nuestro cónyuge porque no nos da la atención que queremos, o con nuestros hijos porque no hacen lo que nosotros esperamos que hagan. Puede ser que no matemos a nadie, pero el veneno es el mismo en el corazón.
Tercera faceta. La ira pecaminosa brota de deseos de placeres insatisfechos. Placeres insatisfechos. Segundo de Samuel, capítulo 13. Una de las historias más perturbadoras de la Biblia. No vamos a entrar en los detalles porque ustedes ya los conocen seguramente, pero tenemos aquí a los hijos del rey David. Amnón, que se obsesiona con su medio hermana Tamar, la engaña y abusa de ella. Pero escucha, Segundo de Samuel, capítulo 13, versículo 15: "Y Amnón la aborreció con un odio muy grande, porque el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado."
¿Cómo es posible que este hombre pase del amor a un odio tan intenso? ¿Tú sabes por qué? Porque no era amor en absoluto lo que él tenía por ella; era lujuria, era un deseo egoísta y pecaminoso.
Él creyó que teniendo a su medio hermana iba a tener placer, el placer que él anhelaba. Pero cuando él satisface momentáneamente ese deseo, descubre que estaba corriendo detrás del viento, que lo que él perseguía era una mentira. Y en lugar de arrepentirse y de reconocer su pecado, él se enoja y culpa a Tamar, porque ella no cumplió o no satisfizo sus deseos retorcidos. Y eso pasa constantemente en nuestras familias.
Piensa conmigo por un momento. Un esposo se enoja porque su esposa no responde a sus avances románticos de la manera como él esperaba. O una esposa que se enoja porque su esposo no la hace sentir amada según sus expectativas. La ira brota cuando el placer que buscamos no se materializa como yo me lo imaginaba.
Y la cuarta faceta: la ira pecaminosa brota del deseo de reputación amenazada. Esta es una historia que también todos conocemos. ¿Recuerdan o les suena el nombre de Balaam? Balaam, un profeta, un profeta que viajaba para encontrarse con los príncipes de Moab. El Señor envía un ángel que obviamente Balaam no puede ver, pero que la burrita sí puede ver. Entonces, cuando van en el viaje, la burra se detiene. Balaam se molesta y empieza a golpear a la burra, y la golpea tres veces.
Y entonces el Señor abre la boca de la burra para que la burra hable. Mira lo que dice. Números capítulo 22, versículo 28. Está la burra hablando, diciéndole a Balaam: "¿Qué te he hecho yo que me has golpeado estas tres veces?"
Pero eso no es todo. Aquí, que la burra habló, pasa a un segundo plano. Mira la respuesta de Balaam. Números 22, versículo 29. "¿Por qué me has golpeado?" Aquí está la respuesta: "Porque te has burlado de mí. Y ojalá, ojalá tuviera una espada, que aquí mismo te mataría."
Tú ves lo que está pasando otra vez acá. Balaam realmente no está enojado con la burra. Él está enojado porque su reputación como profeta, como un profeta importante, está siendo humillada por un animal delante de otras personas. Su imagen, su prestigio, su honor está siendo amenazado.
Tú sabes cuántas veces nosotros hemos actuado de la misma forma. Cuando nuestro hijo nos contradice o nos desafía en público, los papás dicen entre dientes: "Espérate que lleguemos a la casa." Cuando un colega te cuestiona delante del equipo tus capacidades y tus competencias, te enojas. Cuando tu esposo o tu esposa te corrige delante de otros amigos, te enojas. La ira brota porque el orgullo ha sido herido, porque mi reputación ha sido amenazada, porque me hiciste quedar mal. No sé si en Colombia o en Guatemala dicen: "Me hiciste quedar como un zapato tirado por los suelos."
Tú ves el patrón en todas estas historias y te das cuenta de que, ya sea control, posesión, placeres o reputación, la causa es la misma: son deseos legítimos que se convierten en demandas ilegítimas. Deseos legítimos que se convierten en demandas ilegítimas. Robert Jones lo describe muy acertadamente y dice —escucha esto—: "La raíz de la ira reside en los 'yo quiero' insatisfechos." La raíz de la ira reside en los "yo quiero" insatisfechos, en demandas no cumplidas y en ídolos de un corazón caído.
Tener deseos no es malo, no es pecado. Pero cuando esos deseos se convierten en demandas que tienen que ser cumplidas, entonces la ira pecaminosa es inevitable. Y nosotros necesitamos entender esto, hermano. Esto es fundamental. Si tú y yo queremos combatir la ira, necesitamos entender que la ira no es causada por las circunstancias externas.
Eso nos cuesta mucho entenderlo, porque tú y yo creemos que nos estamos enojando por esa persona que me ofendió, por el tráfico, por esta circunstancia, por este jefe, por este amigo, por mi esposo, mi esposa, mi hijo. Y el Señor dice: "No son las circunstancias. Tu ira no tiene raíz en esas circunstancias externas." El conductor imprudente no es la causa de tu ira, es solo parte del escenario en donde florece tu deseo de orden o de control. Tu pareja, tu esposo, tu esposa, tu jefe, no es la causa de tu ira. Sus palabras, eso que él te dijo, que ella te dijo, es solo el escenario que hace que fluya ese deseo de ser respetado.
Y eso nos lleva a la pregunta final. Entonces, ¿cómo lidiamos con esto? ¿Cómo batallamos con esto? ¿Cómo podemos cultivar una vida y un carácter que se asemeja al de Cristo? Eso es la santificación de la ira. Ustedes saben que el manejo de la ira se ha convertido en un negocio en la sociedad. Hay cursos, hay terapias, hay aplicaciones, hay diferentes tipos de recursos que prometen ayudarnos a controlar nuestra ira.
Ciertamente no podemos negar que hay sabiduría en algunos de esos programas. Si te dicen: "Mira, hacer ejercicio te va a ayudar", seguramente te puede ayudar. Dormir lo suficiente —claro, si no duermes estás más irritable, más propenso a enojarte— bueno, eso puede ayudar, también hay algo de sabiduría en eso. O pensar de antemano cuando vas a tener conversaciones difíciles, eso también es un buen consejo. Evitar el sarcasmo, contar hasta diez, respirar, los ejercicios de respiración. Respira, respira y te vas oxigenando. Hay sabiduría. Toda esa sabiduría proverbial compartida por la cultura, gracia común de Dios, puede hacer algo de bien.
Pero yo quiero que tú escuches esto, porque hemos llegado a este último punto y quizás tú estás esperando: "Fabio, dame los cinco tips para manejar mi ira, por favor, que ya me quiero ir a almorzar." La solución no está en qué hacer. La solución no está en cómo hacerlo. La solución está en a quién acudes. La pregunta no es: "¿Qué pasos debo dar yo para controlar mi ira?" No. La pregunta es: "¿A quién acudo yo para que transforme este corazón pecaminoso?"
Y ese es el primer paso, hermanos. Ese es el primer paso realmente para que tú y yo podamos cultivar un corazón lento para la ira. Nosotros tenemos que reconocer en dónde está el problema. Y Jesús lo dijo de manera clara. Marcos capítulo 7, versículos 21 al 23. Escucha:
"Porque de adentro, del corazón de los hombres, de tu corazón, de mi corazón, salen malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaño, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo, insensatez. Todas estas maldades de adentro salen y contaminan al hombre."
¿Dónde está el problema? En mi corazón. Y tú y yo pensamos que nos enojamos por lo que hizo alguien, cuando el Señor dice: "Mira todo lo que sale del corazón." Y Agustín de Hipona hizo una pregunta profunda que nos va encaminando en esa misma dirección, porque él decía: "La pregunta no es si un alma piadosa está enojada, es por qué estás enojado." Él dice: "No es si estás triste. ¿Por qué estás triste? Esa es la pregunta." No es si tienes miedo, es a qué le temes. Esa es la pregunta.
Y eso no significa que entonces vamos a ignorar o a minimizar el entorno y lo que otra persona dice o hace, o las circunstancias. Ciertamente hay personas que actúan en maldad contra nosotros. Sí, yo reconozco eso: que hay conductores imprudentes, jefes terribles, relaciones conflictivas, palabras hirientes, muchas de esas cosas. Tú pudiste haber tenido un día terrible en la oficina, puede ser que no has dormido bien durante todos estos días, etcétera, etcétera. Todo eso puede ser cierto, pero debemos reconocer que nuestra respuesta de ira surge de mi corazón.
No es causada en última instancia por el comportamiento del otro o por las circunstancias. Viene de adentro hacia afuera, de lo que mi corazón demanda con intensidad. Y cuando ese deseo es frustrado, entonces cuando tú y yo explotamos.
La buena noticia, hermano, viene con una mala primero. La mala es que si el problema es un problema del corazón, tú no lo puedes arreglar. Ve a hacer todos los cursos que encuentres para el manejo de ira y vas a llegar al mismo punto. Porque no es un asunto de qué ni de cómo, es de a quién tú vas. Tú y yo no podemos resolver el problema en nuestro corazón. Esa es la mala noticia. Entonces, ¿qué hacemos?
Hay una buena noticia, y es que el Señor dice: "Yo quiero darte un nuevo corazón. Yo quiero restaurar tu corazón. Yo quiero cambiar la forma como tú piensas." Es una buena noticia. Hay esperanza en el Señor.
Escucha lo que dice Santiago, capítulo 1, versículos 18 al 21. Porque este es uno de los pasajes más comunes que hemos escuchado sobre la ira, pero yo quiero que lo veamos en su contexto. Dice: "En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuéramos las primicias de sus criaturas. Esto saben, mis amados hermanos, pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, reciban ustedes con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar sus almas."
Tal vez tú y yo no habíamos leído este pasaje sobre la ira viendo su contexto completo. Cuando dice en el versículo 19: "Sean prontos para oír, tardos para hablar, tardos para airarse." No lo habíamos visto dentro del contexto. Si tú te das cuenta, el versículo 18 dice que el Señor nos hace nacer por su palabra. El versículo 21 dice que la palabra implantada en nuestro corazón produce fruto para salvación. Y en medio de ese sandwichito tú encuentras el versículo 19.
"Sean prontos para oír, tardos para hablar, tardos para airarse." ¿Y qué tiene que ver ese "tardos para airarse" con la palabra de Dios que está aquí? Hermano, tiene todo que ver. ¿Tú sabes por qué? Porque cuando la palabra de Dios te confronta a ti y a mí, cuando la palabra de Dios actúa como un espejo que te muestra tu necesidad y tu pecado, cuando la palabra de Dios nos está diciendo: "Olvídate, la causa de tu ira no es tu esposo, no son las circunstancias", tú y yo nos quedamos como: "¿Y ahora de dónde me agarro yo?" Si siempre había culpado eso.
¿Cómo reaccionamos nosotros usualmente cuando alguien nos confronta? Con una resistencia airada. Piénsalo. Cuando tu esposo, tu esposa, tu amigo, tu hermano, tu pastor, tu líder te confronta con un pecado que tú tienes, la primera reacción de nuestro corazón y de nuestra carne es una resistencia airada. ¿Y tú sabes qué es lo que está diciendo Santiago? No hagas eso. No hagas eso.
Sé pronto para oír la palabra. Sé lento para hablar en tu defensa. Sé lento para la ira contra lo que Dios te está diciendo. Porque tu ira humana no va a producir la justicia que Dios desea en ti. Tú quieres ser lento para la ira: escucha lo que Dios te está diciendo. Escucha cómo Dios constantemente te está hablando a través de su palabra, a través de su Espíritu Santo que ha puesto dentro de ti.
Él quiere santificarte. Jesús lo dijo en Juan, capítulo 17, versículo 17: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." ¿Cómo es que tú y yo somos santificados? Por la palabra de Dios. En la medida en la que tú y yo nos acercamos a Dios con un corazón contrito, humillado, que reconoce: "Señor, yo he pecado. Yo he aprendido a convivir con la ira todo el tiempo. He pecado contra ti. Perdóname. Quiero caminar en obediencia a ti." Y cuando la palabra de Dios es implantada en tu corazón, va a echar raíces que van a empezar a florecer y va a cambiar tu forma de pensar. Porque en lugar de enojarte porque has perdido el control, tú vienes y se lo cedes a Cristo y dices: "Señor, yo no tengo el control. Tú tienes todo el control. Nunca lo has perdido, es tuyo."
El Señor transforma la manera como nosotros vemos las cosas, lo que valoramos, lo que deseamos. Tú vas a ver que en la medida en que tú te rindes al Señor, eso que antes tanto te enojaba te va a dejar de molestar, en la medida en que el Señor y la palabra implantada echen raíces en ti.
Hermano, ser lento para la ira no es simplemente suprimir tu rabia. Es ser transformados por el evangelio. Es ser transformados de adentro. Es quitar las excusas.
Pero para concluir, no quiero que te vayas sin algunos consejos que te pueden ayudar. No ignores el fundamento: el problema es tu corazón, y el Señor te quiere dar un nuevo corazón. Pero hay cosas que tú y yo podemos hacer ciertamente.
El primer consejo es: detén la chispa antes de que se convierta en un incendio. Cuando tú estés enojado, detenlo ahí, chiquitico, antes de que explote. Escucha, Proverbios 16:32: "Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad."
Segundo consejo: practica el silencio, retrasa tu respuesta. Cuando tú estés enojado, practica el silencio. Retrasa tu respuesta. No cuentes hasta diez; cuenta hasta cien si es necesario. Escucha lo que dice Proverbios 29:11: "El necio da rienda suelta a toda su ira." Fue el que leímos al inicio. Pero mira cómo termina: "Más el sabio la reprime." El sabio la domina, la controla.
Consejo número tres: reemplaza las palabras hirientes con respuestas suaves. Proverbios, capítulo 15, versículo 1, dice: "La suave respuesta aparta el furor, pero la palabra hiriente suscita la ira." Aviva la ira. Baja el volumen de la voz cuando sientes ganas de gritar. Evita el sarcasmo, evita los insultos, evita las palabras absolutas: "tú siempre", "tú nunca." Habla verdad. Habla verdad.
Consejo número cuatro: no dejes que el sol se ponga. Busca reconciliación. Efesios 4:26: "No se ponga el sol sobre su enojo." ¿Por qué? ¿Qué pasa cuando tú y yo dejamos que el enojo reine en nuestra vida? Das lugar al diablo. ¿Tú quieres darle lugar al diablo en tu matrimonio, en tu familia, en tus relaciones? Entonces deja que el enojo fluya.
Número cinco: memoriza la Escritura y recítala en medio de la tentación. Salmo 119:11: "En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti." Memoriza la palabra. Que la palabra implantada eche raíz y tenga fruto para transformar la manera como tú piensas, para transformar tus deseos y tus anhelos, y que tú puedas orar: "Señor, tú eres lento para la ira. Hazme como tú. Hazme como tú."
Y esa es mi oración, hermanos, por mi vida y por todos nosotros: que esta palabra pueda echar raíces profundas en nuestros corazones. Permite que Él cambie tus deseos, tus anhelos, y que Él te santifique por completo. Sé pronto para escuchar al Señor. Sé tardo para hablar en tu defensa. Sé lento para airarte contra Él y contra lo que Él te está mostrando. Recíbelo con un corazón humilde, y tú vas a descubrir que Cristo va a empezar a crear en ti un nuevo ser: uno que, como Dios mismo, es lento para la ira y grande en misericordia.
Te invito a que te pongas de pie.
Vamos a tener un momento de oración al Señor.
Nuestro buen Dios, gracias por tu palabra. Gracias por hablar tu verdad a nuestro corazón, porque lo necesitamos. Este es el pan que necesitamos todos los días. Que tú nos hables con tu ternura y tu firmeza al mismo tiempo, para mostrarme mi pecado, pero también para darme la esperanza y decir: "Señor, entonces, ¿a dónde iré? Voy a ti, porque solo tú tienes la palabra de vida". Y hoy venimos a ti, Señor.
Yo no sé cuántos de los que estamos acá quizás hoy reconocen que han luchado por muchos años con corazón airado. Quizás es la forma que más les caracteriza. Quizás a lo largo de los años han hecho y han dicho cosas de las cuales hoy sentimos vergüenza. Pero tú hoy confrontas nuestro pecado y nos dices: "Quítate el enojo, quita de tu vida la ira, quita de tu vida los gritos, quita de tu vida toda maledicencia, toda malicia, toda amargura".
Señor, hoy venimos para confesar todo eso, para pedirte perdón, porque hemos aprendido a convivir con el pecado, y para pedirte que, así como tu palabra promete, tú nos perdones y nos limpies de nuestra maldad. Que nuestra vida pueda ser caracterizada por la bondad, la misericordia y la gracia que hemos recibido de ti, la que tú nos modelaste en Cristo.
Porque Él, teniendo todas las razones del mundo para molestarse, después de haber sido ofendido, acusado falsamente, escupido, maltratado, asesinado, no abrió su boca. Se humilló, y se humilló hasta lo más bajo, y dio su vida, para que nosotros, que éramos hijos de ira, hoy podamos ser hijos de nuestro Padre amoroso, lleno de gracia y de bondad.
Ayúdanos, Señor, por el poder de tu Espíritu, a vivir para ti y para tu gloria, y a reflejarte a ti: Dios lento para la ira, pero de grande, grande misericordia, en Cristo Jesús. Amén.
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Fabio Rossi es colombiano y vivió en Guatemala desde su juventud, donde completó una Licenciatura en Biblia y Teología con especialidad en Música Sacra y sirvió durante diez años como parte del equipo pastoral de su iglesia local. Obtuvo una Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y se desempeñó como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Actualmente vive en la República Dominicana con su esposa Carol y sus dos hijos, donde sirve como pastor en la Iglesia Bautista Internacional, asistente ejecutivo del pastor Miguel Núñez y director de contenido y desarrollo para Ministerios Integridad & Sabiduría.