La historia del paralítico en Lucas 5 nos confronta con una verdad incómoda: muchas veces llegamos a Jesús buscando que cambie nuestras circunstancias, cuando nuestra necesidad más urgente es que perdone nuestros pecados. Este hombre fue llevado por cuatro amigos que rompieron literalmente el techo de una casa para colocarlo delante de Jesús. Su fe no era teórica: cargaron al paralítico, sortearon la multitud y no se rindieron ante los obstáculos. Jesús vio esa fe y respondió, pero no de la manera que todos esperaban. Antes de sanar sus piernas, le dijo: "Tus pecados te son perdonados." Fue directo a la raíz.
El pastor Veloz subraya que Jesús no ignora el sufrimiento, pero tampoco está dispuesto a remover un mal terrenal dejando intacto un mal eterno. Restaurar las piernas de este hombre sin atender su corazón habría sido insuficiente. Por eso, antes de ordenarle que se levantara, le devolvió la dignidad y la reconciliación con Dios. Como señaló el puritano Jeremiah Burroughs: "hay más mal en el pecado más pequeño que en la aflicción más grande".
La reacción de los fariseos expone otro peligro igualmente real: es posible conocer mucho acerca de Dios y estar lejos de él. Ellos tenían la teología correcta —solo Dios perdona pecados— pero no pudieron reconocer que tenían a Dios delante. Jesús respondió a su incredulidad con un acto que demostraba su autoridad divina sobre el cuerpo y sobre el alma. El asombro que siguió era genuino, pero el asombro no es lo mismo que la fe. Admirar el poder de Cristo no equivale a rendirse ante él. La pregunta que este texto deja abierta es personal: ¿hemos confiado plenamente en aquel que tiene toda autoridad para sanar y perdonar?
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Hermanos, buenas tardes. El Señor les bendiga. Qué bueno verles. La verdad que hay momentos que me encantaría que ustedes pudieran ver lo que yo veo aquí. La verdad que poderles ver aquí, poder verles esperando escuchar la palabra del Señor, porque eso es lo que anhelamos: que el Señor pueda hablar en el día de hoy. Yo no sé si tú vienes con la motivación correcta en el día de hoy, pero mi anhelo es que a través del mensaje de hoy tú puedas encontrarte con Dios y que tú puedas conocer un poco más acerca de su carácter, acerca de su favor, acerca de quién Él es.
Así que vamos a empezar en el día de hoy, hermanos. Como ustedes saben, hay historias que uno lee, historias que uno escucha, que de una u otra manera cautivan el corazón, que hacen que tú te sumerjas en ella a tal punto que tú sientes que eres parte de ella. Y esa, en cierto sentido, es la grandeza del cine. La grandeza del cine, de una buena película, es que tú puedes verla y por momentos a ti se te olvida que estás sentado en una sala. Tú estás concentrado viendo lo que está pasando. Hay momentos que tú escuchas el sonido de las olas del mar, los vientos, y tú sientes que estás ahí. Inclusive hay momentos que tú ves alimentos y tú puedes saborear lo que las personas están comiendo. Y hay otros casos inclusive en que aquellos que son un poco más emocionales pueden sentir hasta los sentimientos de esa pareja que se enamora. Ese sentimiento, esa tensión, tú puedes sentirla; tú eres parte de eso.
Recientemente mi esposa y yo estábamos viendo una película que quizás alguno de ustedes ya han visto, una película reciente de un director que ha hecho buenas películas, películas que hacen que tú te sumerjas en ellas. El director se llama Christopher Nolan, quizás algunos de ustedes lo conocen. Hizo una película nueva que se llama La Odisea. Y es interesante porque él tomó una historia que tiene años y años; inclusive se entiende que la historia de la Odisea se escribió 700 años antes de Jesús y ha pasado por diferentes cambios probablemente, pero él logró adaptar esa historia y hacer que el que estaba viendo la película sintiera: "Wow, yo estoy ahí."
En el momento en que yo estaba ahí, sentía que estaba en el barco, en la embarcación con Odiseo; sentía que los gigantes podían atacarnos. Y muchas veces me preguntaba: "Pero, ¿llegará este hombre? ¿Terminará su viaje? ¿Podrá llegar a casa, podrá estar con su amor, con Penélope?" Hay historias que te cautivan.
Y mi deseo en el día de hoy, hermanos, es que veamos una historia, pero no una historia que fue escrita por hombres, sino una historia que fue escrita y que nos muestra el poder de Dios. Una historia que Dios dejó en su Palabra, no para que nosotros simplemente la tengamos ahí como una historia más, sino para que al leerla podamos contemplar la grandeza de Dios y el poder de Cristo. Eso es lo que nosotros anhelamos hacer en el día de hoy. Así que yo quiero invitarte, con eso en mente, a que me acompañes al evangelio de Lucas, capítulo 5. Estaremos leyendo del versículo 17 al versículo 26. Y esta es la Palabra de nuestro buen Dios.
"Y un día que Él estaba enseñando, estaban allí sentados algunos fariseos y maestros de la ley, que habían venido de todas las aldeas de Galilea y Judea y de Jerusalén, y el poder del Señor estaba con Él para sanar. Y unos hombres trajeron en una camilla a un hombre que estaba paralítico y trataban de meterlo y ponerlo delante de Jesús. No hallando cómo introducirlo debido a la multitud, subieron a la azotea y lo bajaron con la camilla a través del techo, poniéndolo en medio, delante de Jesús. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo: 'Hombre, tus pecados te son perdonados.' Entonces los escribas y fariseos comenzaron a razonar diciendo: '¿Quién es este que habla blasfemia? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?' Conociendo Jesús sus pensamientos, les respondió: '¿Por qué razonan en sus corazones? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, dijo al paralítico: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a casa."' Al instante, hermanos, al instante se levantó delante de ellos, tomó la camilla en que había estado acostado y se fue a su casa glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios y se llenaron de temor diciendo: 'Hoy hemos visto cosas extraordinarias.'"
Señor, mientras nosotros nos presentamos delante de Ti para exponer tu Palabra, yo quiero rogarte, Señor, que hoy tu presencia manifiesta inunde este lugar, de manera tal que por el poder de tu Espíritu los que aquí estamos, que somos tuyos, podamos escuchar tu voz. Padre, no nos dejes salir igual. Permítenos conocer más de la gracia, la misericordia y el favor de nuestro Señor Jesucristo, quien es Rey y Señor por los siglos de los siglos. Y es en su nombre que oramos. Amén.
Y amén. Hermanos, no sé si cuando leímos esta historia ustedes pudieron sentir un poco lo que se estaba viviendo ahí, pero mi anhelo es que tú puedas sentirlo, porque esta historia que acabamos de leer es una historia importante en la narrativa bíblica, a tal punto que en tres de los cuatro evangelios podemos ver que esta historia está. Lo vemos en Mateo 9:1-8, en Marcos 2:1-12 y en el texto que acabamos de leer, Lucas 5:17-26.
Lo interesante de esto es que cuando tú vas a cada uno de esos evangelios, te das cuenta de que hay detalles en cada uno que pueden complementar mejor esta historia y hacernos entender mejor lo que el Señor ha revelado. En primer lugar, cuando tú vas al evangelio de Marcos, te das cuenta de que Marcos trata de ubicarnos un poco más en el tiempo y en el lugar donde nos encontramos. Por ejemplo, Marcos 2:1 dice: "Cuando Jesús entró de nuevo en Capernaúm, varios días después se oyó que estaba en casa." Lucas no nos dice dónde estaba Jesús. Marcos sí. Marcos nos dice que Jesús había regresado a Capernaúm.
Probablemente la ciudad de Capernaúm fue el lugar donde Jesús decidió hacer, en cierto sentido, una base ministerial; fue la ciudad que más pudo disfrutar del ministerio de Jesús. Y Jesús había regresado, y dice el texto que en este momento estaba en casa. No sabemos de quién era la casa. No sabemos si era una casa que Jesús había alquilado, no sabemos si es la casa de una persona cercana a Jesús, no sabemos si Jesús estaba simplemente de paso en esa casa. El texto no nos da esa respuesta. Lo que sí nos dice es que Jesús está en una casa enseñando.
Y yo quiero que tú entres por un momento en la historia. Estamos ahí en Capernaúm, una ciudad pequeña, una ciudad cerca del mar de Galilea, una ciudad que era caracterizada por estar rodeada de pescadores y comerciantes. Y en esa ciudad, en esa pequeña casa, una casa probablemente de piedra, con vigas de madera, con un techo plano al que se podía acceder por afuera y uno podía subir a él, está Jesús ahí enseñando. Y entre los que Él está enseñando, dice el versículo 17, estaban los fariseos y maestros de la ley. Ellos estaban ahí escuchando, todo el mundo atento, escuchando lo que Jesús está compartiendo.
Y en ese proceso de Jesús enseñar, la historia nos gira un poco y nos saca de Jesús y nos enfoca en esto que acabamos de leer. Llegan unos hombres cargando a otro en una camilla y su intención era ponerlo delante de Jesús. Ellos llegan a la casa, pero ¿qué pasa? El texto dice que no había espacio. Ellos suben a la azotea, bajan al paralítico delante de Jesús, y ahí está este hombre delante de Jesús, con los fariseos sentados ahí, una gran multitud que les rodea, unos hombres mirando desde el techo esperando qué va a hacer Jesús.
Y es interesante aquí, hermanos, que vemos cuatro formas de ver esta historia de forma distinta. En primer lugar vemos a los amigos mirando y diciendo: "Wow, lo logramos. Llegamos, estamos aquí delante de Jesús, lo trajimos." Vemos al paralítico, que probablemente dice: "Esta es mi esperanza; este puede sanarme." Vemos a los religiosos esperando: "¿Y qué va a hacer? ¿Qué hará este hombre? Yo quiero ver si es verdad que va a sanarlo o no." Y la multitud probablemente también está observando: "¿Realmente tiene el poder para sanar a un paralítico?" Todos están viendo lo mismo, pero todos observan y desean cosas distintas.
En el mismo sentido, también está Cristo. Ahí está Cristo de pie viendo a este hombre, y no simplemente viendo a un hombre paralítico, no simplemente viendo a un hombre necesitado de sanación: está viendo a un hombre necesitado de perdón.
Y en el día de hoy, mis hermanos, yo quisiera que de una u otra manera, al estudiar este pasaje, nosotros pudiéramos ver que esta historia que hemos leído es más que un simple milagro. Y es por eso que yo he titulado mi mensaje de hoy: "Más que un milagro." Porque lo que vamos a ver no es simplemente la sanación de un hombre. Lo que vamos a ver aquí en el día de hoy es a un hombre que fue buscando sanidad física, pero se fue habiendo hallado reconciliación con Dios. Es ver a un hombre que pensaba que iba a estar delante de un maestro, pero que se encontró delante de Cristo, el único con autoridad para sanar y perdonar pecados.
Yo he dividido mi mensaje de hoy en cuatro enseñanzas que quisiera compartir con ustedes. En primer lugar, que podamos ver la fe que carga a otros. En segundo lugar, que podamos ver la necesidad del paralítico. En tercer lugar, que podamos ver la confrontación de los religiosos. Y en cuarto lugar, que podamos ver a Cristo mostrando su autoridad.
Enseñanza número uno: la fe que carga a otros. Luego que Jesús está enseñando, lo que vemos a continuación es esta escena en la que unos hombres llevan a un paralítico delante de Jesús. Y no sé a ti, pero a mí me sorprende esto. Me sorprende la fe, la valentía y el amor de estos hombres.
El evangelio de Lucas no nos dice cuántos hombres eran. En cambio, cuando tú vas a Marcos, nos dice que eran cuatro hombres. Cuatro hombres que se dispusieron a llevar a otro delante de Jesús. El texto no nos dice sus nombres. El texto no nos dice la relación que tenían con él, si eran amigos, si eran familiares, o simplemente era alguien que quería ayudar a este paralítico. Lo que sí está claro es que estos hombres tenían algo en común: ellos confiaban en que Cristo podía sanar a esta persona. Ellos estaban convencidos de que si lograban poner a esta persona delante de Jesús, Jesús podía sanarles.
Y eso es una fe, hermanos, que vale la pena resaltar. Es muy probable que para este momento ya ellos habían escuchado de la obra de Jesús. Es muy probable que para esta altura ya ellos habían visto milagros hechos por Jesús. Marcos nos dice en el capítulo 1, versículo 33 y 34, que ya Jesús era conocido por las obras que hacía. Mire lo que dice el texto: toda la ciudad se había amontonado a la puerta. ¿Cuál ciudad? La ciudad de Capernaún. Se había amontonado a la puerta, y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y expulsó muchos demonios. Es probable que ellos sabían de Jesús, habían escuchado de la fama de Jesús, y habían concluido: si esta persona tiene oportunidad de ser sanada, solamente es a través de Jesús. Hagamos lo que tengamos que hacer.
Y así se dispusieron. Fueron, lo buscaron, prepararon un plan, buscaron una camilla, lo acomodaron en ella y dijeron: "Vamos a cargarlo, vamos a llevarlo." Y cada uno tomó una esquina y fue caminando a donde estaba Jesús. Imagínese el proceso para eso. Imagínese el llegar ahí. El texto no nos dice qué distancia era, no nos dice si era cerca, si era lejos. Lo que sí sabemos es que cargar a un hombre adulto, independientemente de cuál sea la distancia, no era una tarea fácil. Pero estos hombres estaban dispuestos a pagar el precio.
Ellos llegan a la casa, ¿y qué pasa? Se encuentran con un gran problema. ¿Cuál es el problema? Que dice el versículo 19 que no hallaban cómo introducirlo debido a la multitud. La casa estaba llena, la puerta estaba bloqueada, la multitud les impedía entrar. Seguramente en esa casa había personas sentadas adelante, a los pies de Jesús. Había personas paradas en las puertas, algunos en las ventanas, otros tratando de escuchar, y ellos al llegar allá no pueden entrar.
¿Y qué hicieron? Se pusieron creativos. Utilizaron la creatividad. Dice el texto: "Subieron a la azotea y lo bajaron con la camilla a través del techo." Ellos no dijeron: "Bueno, hermano, lo intentamos, hicimos lo que pudimos, te trajimos hasta aquí, pero ya la entrada estaba llena, está bloqueada. Quizás en otro momento tú te puedes encontrar con Jesús." No, no, no, no. Ellos no vieron esto como un obstáculo. Ellos estaban convencidos: tenemos que llegar a Jesús. E hicieron todo cuanto estaba a su alcance.
Hay un detalle importante, hermanos, que el texto de Lucas no nos da, que Marcos sí nos da. No fue simplemente que ellos subieron al techo, fue que ellos hicieron una abertura en el techo para bajar a este hombre. Marcos 2:4: "Como no pudieron acercarse a Jesús a causa de la multitud, levantaron el techo encima de donde él estaba, y cuando habían hecho una abertura, bajaron la camilla en que estaba acostado el paralítico." Esta gente rompió el techo, y no fue que le hicieron un hoyito, fue un hoyo para que cupiera una persona en una camilla.
Yo no sé qué pensó el dueño de la casa cuando vio el techo, pero estas personas estaban dispuestas, inclusive, a ir a la cárcel si era necesario, a tener que pagar la reposición del techo. No importa, yo quiero que esta persona llegue a los pies de Jesús. Y usted pregunta: ¿por qué? Porque ellos sabían que podían cargarlo, pero no podían sanarlo. Ellos podían abrir el techo, ellos podían ir a la cárcel si era necesario, pero el único que tenía el poder para cambiar su condición era aquel que estaba ahí enseñando.
Eso nos recuerda, hermanos, que Dios muchas veces usa personas como estos hombres para acercar a otros a Cristo. La verdadera fe no solamente desea que alguien llegue a Jesús —yo estoy orando por él, yo estoy clamando—, no. La verdadera fe hace todo cuanto esté a su alcance para que esa persona llegue a Cristo. Si yo tengo que cargarte, te cargo, pero vamos a llegar a Cristo.
Y esto no fue algo que pasó desapercibido para Jesús. Él no vio solamente un techo roto. Cuando Él los ve, Él vio una fe perseverante. Él no vio una interrupción. Él vio hombres que habían hecho todo lo posible para ayudar a su amigo. Cuando yo pienso en esto, hermano, yo veo la diferencia de mi corazón con el de Jesús. Porque es muy probable que nosotros, al ver algo como eso, empezando por mí —yo estoy predicando, enseñando, y de un momento a otro abren un techo y bajan un hombre—, lo probable es que lo que yo haga sea: "¿Y qué es esto? ¿Y cómo ustedes hacen algo así?" Y enfocarme en la interrupción. Pero Jesús no se enfoca en la interrupción. Jesús no está pensando en el techo roto, está pensando en la necesidad de este hombre.
Muchas veces nosotros nos enfocamos en el problema: ¿cómo ustedes van a arreglar eso?, ¿quién va a pagar ese techo? Pero Jesús no está enfocado en el problema, está enfocado en ayudar a este que está delante de Él. Es por eso que el versículo 20 dice que al ver Jesús la fe de ellos, Jesús vio su fe. Lo que ellos hicieron evidenciaba que estaban convencidos de que Jesús podía sanar. Ellos habían creído.
Y tú te preguntarás: ¿mi fe pueden verla otros? ¿Pueden otros ver mi vida y concluir: eso es un hombre, una mujer de fe? La forma como vivimos, como servimos, como empujamos a otros a Cristo, muestra realmente que nosotros confiamos en Cristo. Aleluya. Realmente lo muestra, lo evidencia. Porque la fe de estos hombres no se vio simplemente en que ellos hicieron algo. La fe de estos hombres se vio en que su acción estaba enfocada en llegar a Jesús. No era una fe teórica; era una fe que cargaba, era una fe que abría techos, era una fe que descendía a la persona que necesitaba llegar donde Jesús.
Yo quiero preguntarte a ti en el día de hoy: ¿quién está en tu vida esperando que tú tomes una esquina de su camilla? ¿Quién está en tu vida hoy, necesitado, quizás clamando en silencio, para que tú tomes una esquina de su camilla y le lleves a Cristo? Quizás es tu esposo, tu esposa, quizás es un hijo, quizás un familiar cercano, un hermano de la iglesia. Una de las bendiciones de poder ser iglesia, de poder tener a otros que en determinado momento nos carguen y nos apoyen a llevar nuestras cargas.
Porque, hermanos, nosotros de una u otra manera tenemos la responsabilidad delante de Dios de ayudar a otros a llegar más cerca de Jesús, teniendo en cuenta que nosotros no podemos cambiar su corazón, nosotros no podemos producir fe en esa persona, no podemos producir arrepentimiento en esa persona, no podemos quitar sus luchas. Solamente Dios puede hacerlo. Pero nosotros podemos hacer cosas por ellos: podemos orar por ellos, podemos hablarles de Cristo, podemos acompañarles, podemos animarles, confrontarles en amor. Hermano, hay muchas cosas que podemos hacer para apoyar a esa persona para que llegue más cerca de Cristo.
Hermanos, hoy es un buen día para nosotros replantearnos estas cosas. ¿Quién está en tu vida que necesita que tú tomes una esquina de su camilla, le levantes y le empujes a Cristo?
Punto número dos: la necesidad del paralítico. Muchas veces nosotros leemos esta historia y la entendemos en nuestro contexto. Un paralítico es una persona que tiene imposibilidades para caminar, tiene dificultad para transportarse, para moverse, hermanos. Pero en la época de Jesús no había sillas de ruedas. En el primer siglo, un paralítico no era simplemente una persona que no podía moverse bien, que no podía ir de un lugar a otro; un paralítico era una persona que no podía ni siquiera trabajar.
Y más en una ciudad como Capernaún, que era una ciudad de pescadores, una ciudad comercial. Un paralítico era un marginado, era una persona que muchas veces estaba apartada, era una persona respecto a quien muchos entendían que su condición no se debía meramente a una lesión, una caída o algo de nacimiento, sino que se debía a un pecado. Muchos entendían que estas condiciones podían deberse a una maldición de parte de Dios.
Es por esto que cuando nosotros vamos al evangelio de Juan, capítulo 9, versículo 2, vemos que uno de los discípulos le pregunta a Jesús: "Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?" Para los judíos, una condición como esta muchas veces representaba una maldición de parte de Dios. Y nosotros conocemos la respuesta de Cristo. Cristo le dice: "Ni él ni sus padres han pecado. Él nació de esta manera para que la gloria de Dios se pueda ver en su vida, para que él pueda glorificar al Señor." Pero solo el hecho de ver esta pregunta nos permite ver cómo esta gente pensaba y cómo el paralítico vivía.
No era solamente un problema de piernas; era un problema que afectaba el corazón y el alma. Ellos vivían con vergüenza, con rechazo, con humillación. Y así se encontraba este hombre en este momento. Pero es interesante, hermanos, y es algo que podemos inferir del texto, que durante años la condición que para este hombre pudo ser una desgracia, aquello que limitaba su vida, aquello que le hacía depender de otro y lo mantenía al margen, en ese día se convirtió en la mayor bendición que este hombre podía recibir. ¿Por qué? Porque fue esa enfermedad la que le llevó delante de Cristo, fue ese padecimiento el que le llevó delante de Jesús.
Bendita aflicción cuando Dios la utiliza para conducirnos a Él. Bendita aflicción cuando Dios la utiliza para conducirnos a Él.
Porque hay sufrimientos que nosotros solamente quisiéramos que Dios quitara, pero Él en su misericordia los utiliza para llevarnos a Él, para acercarnos a Él y para que podamos conocerle.
Y ahí está ese paralítico con problemas para caminar, con un corazón quebrantado, marginado. Dice el versículo 20 que al ver Jesús la fe de ellos, dijo: "Tus pecados te son perdonados. Tus pecados te son perdonados."
Lo que es bueno resaltar aquí es que muchas veces nosotros podemos erróneamente interpretar el texto. Podemos interpretar que esa porción, cuando Cristo dice "viendo la fe de ellos", se limitaba a los cuatro amigos, que al ver Cristo la fe de los amigos, sanó a este hombre. Pero no. Cuando Cristo se refiere a la fe de ellos, se refería a la fe de ellos incluyendo al paralítico. El paralítico no era un objeto pasivo en la historia. Él se dispuso a ir cuando vinieron donde él, o cuando él llamó a sus amigos para que lo llevaran, porque la historia no lo dice. Él estaba interesado en llegar donde Jesús. Él había escuchado de Jesús y tenía fe en Jesús. Él dijo: "Me van a montar en una camilla, vamos. Me van a subir en un techo, vamos. Ustedes me van a bajar por ahí, no hay tema, bájenme. Yo lo que necesito es estar delante de aquel que puede sanarme."
Y viendo la fe de él y la fe de sus amigos, Jesús le dice: "Hombre, tus pecados te son perdonados."
Hay algo aquí, hermanos, que yo quisiera resaltar también brevemente, que pudiéramos pasar por alto, y es ver cómo Lucas utiliza esta palabra, o cómo Cristo llama a este hombre. Lucas dice que Él le decía "hombre". Cuando tú vas al evangelio de Marcos, Marcos no dice que Cristo le dice "hombre". Marcos dice que Cristo le dice "hijo": "Tus pecados te son perdonados." Es interesante porque en el relato Lucas utiliza la palabra que en el griego es ánthrope, para "hombre", y Marcos usa la palabra teknón, que es para "hijo". Y muchas veces vemos esto y decimos: "¿Hay una contradicción?" No, probablemente no. Probablemente Cristo utilizó ambas palabras.
Sin embargo, el autor del evangelio de Marcos quería resaltar la ternura de Jesús, la compasión de Jesús, que ve a este hombre y le dice: "Hijo, hijo." Pero el autor del evangelio de Lucas no quería resaltar la compasión y la ternura de Jesús; quería resaltar a Cristo devolviéndole la dignidad a este hombre, y le dice: "Hombre." Imaginemos esto: este hombre que era marginado se encuentra con Jesús, y Jesús le dice: "Hombre." ¿Qué quiere decir eso? Que era un hombre. Tú eres portador de la imagen de Dios. Tú tienes dignidad, hombre. Yo te digo que tus pecados te son perdonados.
Antes de devolverle su sanidad física, Jesús sabía que parte del proceso de sanar era sanar el corazón de este hombre. Por eso lo levanta en su dignidad: "Tú eres digno. Tú eres un hombre." Y posterior a eso le dice las palabras más hermosas, hermanos, las palabras más hermosas que tú y yo pudiéramos escuchar: "Tus pecados son perdonados."
La mayor necesidad de este hombre no era su problema en las piernas. Su mayor necesidad no era ser levantado para que pudiera caminar. Su mayor necesidad era que él necesitaba perdón. Él, al igual que tú y yo, era culpable delante de Dios, merecedor de la condenación eterna. Es por eso que Cristo, antes de sanarle, va directo a la raíz y dice: "Oye, tu mayor problema no es tu incapacidad física, es tu pecado."
El puritano inglés Jeremiah Burroughs dijo una vez: "Hay más mal en el pecado más pequeño que en la aflicción más grande." Hermanos, la mentirita piadosa más chiquita, que nadie ve, que nadie sabe, que nadie oye; ese pensamiento orgulloso que yo tengo; ese gustico que yo me voy a dar, que yo sé, Señor, pero tú me perdonas; es más abominable delante de Dios que la mayor aflicción en esta tierra. Es por eso que Jesús, que pesa el alma, como decía anteriormente, va a la raíz.
Hermanos, leer esto, escuchar esto, debería confrontarnos. Nosotros podemos identificar muchas cosas que queremos que Jesús cambie en nuestra vida. Quizás nosotros no tenemos problemas en las piernas. Nosotros podemos identificar hoy muchas cosas que queremos que el Señor restaure. Podemos decir: "Señor, cambia mis circunstancias. Mira, Señor, esta dolencia que tengo, que tiene cercano a mí." Podemos decir: "Señor, tú sabes esas heridas del pasado que yo tengo ahí, que no me dejan avanzar; esa relación rota que quiero restaurar." Podemos pedir al Señor: "Señor, cambia esto."
Pero, hermanos, Jesús no va a tratar primero estas cosas hasta que no trate nuestro corazón, porque Él está más interesado en sanar nuestro corazón, en hacernos más como Él. Y no malinterpreten: esto no significa que a Jesús no le importa nuestro sufrimiento, nuestras luchas, nuestras circunstancias. No, no. Él le importa, le duele. Él nos pide: "Ven, acércate para hallar oportuno socorro. Ven a mí, trae tus necesidades delante de mí. Yo soy compasivo." Pero Jesús no quiere remover un sufrimiento, un problema, un mal terrenal, dejándonos con un mal eterno dentro del corazón. Es por esa razón que Él va a lo profundo, perdona sus pecados y restaura su relación con Dios.
Ahora yo imagino la escena. Piensen en esta escena: el paralítico ahí, Cristo perdonando sus pecados. Eso debió ser un mar de alegría. Pero no fue eso. Lo que debía ser un canto de gozo, tristemente lo que trajo fue ira y contienda en los maestros de la ley. Este es nuestro punto número tres: la oposición.
Versículo 21: "Entonces los escribas y fariseos comenzaron a razonar diciendo: '¿Quién es este que habla blasfemia? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?'"
Al escuchar las palabras de Jesús, estos hombres no pudieron recibirlas de la manera correcta. Estos hombres eran los maestros de la ley. Estos hombres eran aquellos que dirigían los rituales ceremoniales, los que predicaban y enseñaban la Palabra, aquellos que de una u otra manera estaban más capacitados para entender la revelación de Dios. Pero ellos no podían entender que Jesús compartiera estas palabras. Ellos habían venido de muy lejos, como dice el versículo 17, habían venido desde Galilea y Judea, habían venido de Jerusalén, de diferentes aldeas, para ver a Jesús, para escuchar a Jesús. Pero cuando Jesús dijo estas palabras, ellos no pudieron soportarlas.
¿Qué fue lo primero que concluyeron? "Este es un blasfemo. Él está usurpando una autoridad que a él no le pertenece. Solamente Dios puede perdonar pecados." Es interesante, hermanos, que la conclusión de ellos en esa última pregunta era correcta. Ellos se preguntan: "¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?" Claro, su teología era correcta. Solo Dios puede perdonar pecados. El problema de ellos es que estaban delante de Dios y no lo estaban viendo. Ellos no podían entender que la segunda persona de la Trinidad, el Hijo de Dios encarnado, estaba delante de ellos con el poder de Dios, y por eso su conclusión natural fue: "Este es un blasfemo."
Y desde ese momento hasta el final de la vida de Jesús, esta fue la acusación que los maestros de la ley tuvieron en contra de Él. Para los judíos la blasfemia no era poca cosa. Para los judíos, la blasfemia probablemente era uno de los peores males que alguien podía cometer, porque de una u otra manera estaba haciendo una afrenta directa contra Dios, estaba tomando una posición que solo a Dios le pertenece.
Y tres años después, estos hombres que hoy razonaban acerca de que Jesús era un blasfemo, tres años después fueron los mismos que causaron, si podemos verlo así, su muerte. Marcos 14:61-64: cuando Cristo está hablando con el sumo sacerdote antes de ser crucificado, dice el texto que él le preguntó: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?" Jesús le contestó: "Yo soy, y verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder, viniendo con las nubes del cielo." Entonces el sumo sacerdote, rasgando sus ropas, dijo: "¿Qué necesidad tenemos de más testigos? ¿Han oído la blasfemia? ¿Qué les parece?" Y todos lo condenaron diciendo que era digno de muerte. La acusación que comenzó en una casa en Capernaúm terminaría siendo la misma acusación que llevaría a Cristo a la muerte.
Sin embargo, hermanos, lo que vemos aquí no es simplemente un problema de los fariseos; es el problema del corazón humano. El corazón alejado de Dios tiene una incapacidad para entender y ver la revelación de Dios, tiene una incapacidad para ver a Dios como Él es. Y lo que Lucas está aquí presentándonos es que el problema mayor en esta historia no es la condición del paralítico; es la condición del corazón. Nos muestra que hay otro tipo de parálisis: la parálisis que tenían los fariseos y los maestros de la ley, que conocían información acerca de Dios, que veían sus milagros, que escuchaban la verdad revelada, y aun así no podían reconocer su condición ni la necesidad que ellos tenían de Él. El paralítico no podía mover sus piernas, sí es cierto, pero los fariseos y maestros de la ley no podían mover su fe y su corazón hacia Dios.
Y esto es una advertencia también para ti y para mí, hermanos, porque nosotros podemos estar cerca de las cosas de Dios, como estaban los fariseos y los maestros, y al mismo tiempo estar lejos de Dios. Yo voy a repetir eso: nosotros podemos estar cerca de las cosas de Dios y al mismo tiempo estar lejos de Dios.
Yo puedo conocer la Escritura, yo puedo recitar versículos, yo puedo ser un apologeta que se doctrima y defiende la doctrina con cualquiera. "Yo soy un escatólogo; de los últimos tiempos yo soy el que más sé", así pudiera decir alguien. Yo puedo conocer muchas cosas y aun así estar lejos de Cristo. Los fariseos y los maestros de la ley no podían aceptar quién era Jesús, no podían aceptar su autoridad. Es por esto que ahora Cristo les va a demostrar quién Él es.
Ustedes quieren saber que yo soy, yo le voy a demostrar. Y este es el punto número cuatro y último punto de nuestro sermón de hoy.
Versículo 22. Conociendo Jesús sus pensamientos, le respondió: "¿Por qué razonan en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir 'tus pecados te son perdonados' o decir 'levántate y anda'?"
Al parecer, hermanos, viendo este pasaje, las objeciones de los fariseos y maestros de la ley no fue lo que ellos hicieron de manera pública, fue lo que ellos hicieron de manera privada. Ellos en sus mentes, en sus corazones, habían concluido que Jesús era un blasfemo. Habían concluido que él no tenía el poder para perdonar pecados.
Pero Jesús aquí muestra una vez más a lo que él va a enseñar a los que están ahí: "Ustedes dudan de que yo soy Dios. Yo no necesito que ustedes hablen para conocer lo que hay dentro de ustedes. Yo les voy a mostrar que yo soy Dios. Yo conozco hasta sus pensamientos." Y con esto Jesús está revelando algo que ellos necesitaban entender: Jesús es Dios, y aquí está mostrando su omnisciencia. Su omnisciencia quiere decir que él lo conoce todo. Esto quiere decir que Jesús conoce los pensamientos, la intención, la realidad interior. Él no necesitaba que ellos hablaran ni que lo confrontaran públicamente. Él sabía lo que había en sus corazones.
Hermanos, esto es el poder de Dios en acción. Y cuando nosotros leemos los evangelios, nos damos cuenta de que Jesús, de manera soberana, decidió en algunos momentos utilizar sus atributos divinos, y en otros momentos, de forma voluntaria, decidió someterse al Padre y vivir como un hombre. Pero en este momento, donde él se encontraba delante de estos maestros de la ley al inicio de su ministerio, él iba a demostrar que él era Dios. "¿Ustedes quieren ver dónde está mi autoridad? Vamos a empezar por decirles lo que ustedes están pensando, demostrándoles que yo conozco sus pensamientos."
Hermanos, yo no sé cómo fue ese momento. Yo no sé qué dijeron ellos, pero yo me imagino esa conversación entre los que estaban al lado: "¿Cómo él sabe lo que yo estoy pensando? ¿Acaso fue que yo lo dije? ¿Se me salió? ¿Cómo él sabe lo que nosotros pensamos en nuestro corazón?" Hermano, si solamente este hecho debió haber humillado sus corazones y hacerse la pregunta: ¿pero quién es este hombre?
Ellos ya habían escuchado a Jesús enseñar, ya habían escuchado de los milagros de Jesús. Ahora ven que él puede inclusive saber lo que están pensando. Tú te preguntarás: ¿qué más necesitaban ellos para rendir sus corazones a Jesús? ¿Qué más? Y es que una vez más, hermano, yo quiero resaltar esto, porque una vez más podemos cometer el error de ver esto y decir: "¡Qué dureza de los fariseos! ¡Qué malos eran esa gente!" Eran duros, hermano, pero nosotros no somos tan diferentes. Nosotros hemos podido ver, leer y estudiar la revelación de Dios. Hemos visto los milagros de Dios, y aun así no le creemos, aun así dudamos, aun así no nos sometemos a él. Aun así, cuando estudiamos algo que Dios ha revelado y que va en contra de lo que nosotros creemos, lo defendemos, lo justificamos y llegamos al punto de decir: "No, eso no es así."
Hermanos, cuando nosotros leemos esto, debemos tener la convicción de entender: yo soy un pecador, yo necesito que Dios me hable. Y pedirle al Señor: "Señor, no solamente háblame a través de tu Palabra; dame la humildad para escucharte." Porque esos hombres necesitaban humildad para escuchar a Cristo, para conocer a Cristo, para someterse a Cristo, y porque tú y yo también necesitamos esa humildad.
Hermanos, uno de los peores males que nos pueden pasar, y a lo que yo le tengo mucho temor como pastor, es que la forma como nosotros enseñemos a la iglesia haga que las personas conozcan acerca de Jesús, pero no conozcan a Jesús. Y estos hombres conocían acerca de Dios, pero no conocían a Dios. No podían ver a Dios, no podían adorar a Dios, no podían aceptar que Jesús tenía autoridad.
Y Jesús, en lugar de simplemente ignorar esto, seguir enseñando y seguir sanando a este hombre, decide utilizar esto para enseñar. Y dice: "¿Qué es más fácil? Díganme ustedes, ¿qué es más fácil? ¿Decir 'tus pecados te son perdonados' o decir 'levántate y anda'?" Dígame, maestro de la ley, para ustedes, ¿qué supone que es más sencillo, ¿perdonar pecados o sanar la condición de este hombre?
Nosotros podemos decirlo en pocas palabras, porque las palabras uno puede decir cualquier cosa. El tema es ver la evidencia de eso que estamos diciendo. Cualquiera puede decir "tus pecados te son perdonados" y la persona queda ahí condenada. Cualquiera puede decir "levántate y anda" y la persona se queda postrada ahí. La diferencia estaba en que de estas dos cosas, perdonar pecados o sanar, una era visible, pero la otra no podía verse. Si Jesús decía "tus pecados te son perdonados", ¿cómo yo lo sé? Bueno, cuando lleguemos a la presencia del Señor, vamos a ver si estaba ahí. Pero sanar sus piernas, eso era visible. Ellos podían verlo.
Y Jesús aquí está diciendo, en pocas palabras: "Vengan acá, espérense. Si ustedes entienden que yo puedo sanar sus pies para levantarlo, quiere decir que yo tengo autoridad para hacerlo, porque solamente Dios puede sanarlo. Es decir, que si yo tengo autoridad para sanar sus pies, tengo autoridad para perdonar sus pecados." Había una contradicción en ellos mismos que Jesús quería aclarar. Spurgeon, predicando sobre este texto, dijo una vez: "El que puede hacer una cosa puede hacer la otra. Si puede ordenar que se levante y camine, también puede con esa misma autoridad divina perdonar sus pecados." El argumento de Jesús era sencillo: si yo puedo sanar, puedo perdonar pecados.
"Ahora ustedes quieren ver que yo puedo hacerlo. Yo les voy a mostrar." Versículo 24. "Pues para que sepan..." ¿Okay? Lo que yo voy a hacer ahora es para ustedes. "Oyeron, fariseos, para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados." Dijo al paralítico: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a casa." Y qué pasó: al instante se levantó delante de ellos, tomó la camilla en que había estado acostado y se fue a su casa glorificando a Dios.
Amados, no pasemos por alto los detalles. Dice el versículo 25: al instante. No fue que después de que Jesús le pidiera que se parara tuvo que llevarle una terapia o darle unos masajes. No, no, no. Al instante sus músculos de las piernas tomaron forma, cobraron fortaleza. El hombre se puso de pie. La camilla que durante años había sido el símbolo de su incapacidad, ahora estaba en sus manos como evidencia de la autoridad de Cristo.
Hermanos, cuando tú lees la Escritura, te das cuenta de que a través de sus páginas ves a Dios hablando, al Salvador hablando, y a todo sometiéndose delante de él. Las enfermedades no podían resistir su mandato: "Sana, ve, eres curado." "Jairo, no te apures, está sana." La parálisis tuvo que ceder ante su palabra. Los demonios no podían oponérsele: "¿Qué tienes que ver con nosotros, Hijo del Dios viviente?" Cuando Cristo habla, hasta los demonios tiemblan. Amén.
Los vientos: en un momento Cristo está en una barca con los discípulos, hay una gran tormenta y gran temor. Cristo se levanta y dice: "¡Vientos, cálmense y sosiéguense!" ¿Y qué hicieron? La muerte misma: Lázaro tiene cuatro días en una tumba y llega Jesús, y no llega con rituales. "Lázaro, ven fuera." Hermano, ni aun la muerte puede retenerse a la voluntad de Cristo.
La pregunta entonces, hermanos, no es si Jesús tiene autoridad, porque la tiene. La pregunta para nosotros hoy es: ¿confiamos nosotros en aquel que tiene toda autoridad? No solo en domingo, sino en el día a día, ¿confiamos nosotros en aquel que tiene toda autoridad?
Este hombre se puso de pie, salió glorificando al Señor, y los que estaban ahí fueron maravillados por esto. Miren cómo Lucas termina el relato, versículo 26: "Al ver esto, todos los que estaban ahí glorificaban a Dios y se llenaron de temor." Hermanos, ¿qué quiere decir todos? ¿Qué quiere decir todos? Ah, pues hasta los fariseos que estaban ahí se sorprendieron. Ustedes dudaban de mí, y hasta los fariseos se asombraron de ver esto. ¿Y qué hicieron? Glorificaron a Dios y temieron. Adoraron a Dios.
Señor, tú eres más grande que nosotros. Tú eres digno de gloria. Pero al mismo tiempo temieron, tuvieron temor en su corazón al ver su pequeñez delante de aquel que tenía el poder para sanar. Hermanos, ellos conocieron algo, vivieron algo que al final les llevó a concluir: "Hoy hemos visto cosas extraordinarias."
¿Por qué encontramos algo, hermano, que yo no quiero que tú pases desapercibido? No confundas esto. El asombro no es lo mismo que la fe. Una persona puede quedar impresionada por el poder de Jesús y aun así no rendirse delante de él.
En el Nuevo Testamento vemos casos de personas que vieron los milagros de Jesús, escucharon sus enseñanzas, se maravillaron con él, pero no respondieron verdaderamente como debían. Ustedes conocen la historia de los diez leprosos. Estos diez leprosos no solamente vieron, recibieron, fueron beneficiados del poder de Dios. Solo uno regresó a glorificar a Dios y a dar gracias. Judas duró tres años caminando con Cristo, tres años viendo sus obras, sus milagros, y aun así no le creyó, aun así no rindió su corazón a él.
Porque cuando leemos esta historia, tú te das cuenta de que es posible admirar a Cristo, es posible clamar a Cristo, entender que él tiene poder, y aun así no rendirnos a él. Es por eso que yo quisiera invitarte a que, al salir de aquí en el día de hoy, tú puedas preguntarte: ¿Te has rendido por completo a Jesús? ¿Confías plenamente en Jesús? ¿Estás convencido de que solamente él tiene autoridad para sanar y perdonar pecados? ¿Has llegado a la conclusión en tu corazón de que él es la única esperanza, de que si vale la pena vivir por algo, es vivir para él y por él?
Hermanos, lo que vimos hoy, esta historia, este relato, no es una historia que nos habla simplemente de un hombre que fue sanado. No, no. Esta historia nos habla de un hombre que recibió la misericordia, el favor de Dios, la compasión de Cristo. Una historia que nos habla del poder de Dios puesto de manifiesto, pero que al mismo tiempo nos habla del peligro de un corazón que puede conocer mucho, pero que no está dispuesto a rendirse a él.
Que el Señor nos ayude a vivir una vida que muestre que somos de él, y que muestre el poder de Dios a tal punto que otros, cuando vean nuestra vida, cuando vean lo que Dios hace en nosotros, puedan decir: "¡Wow, cosas extraordinarias ha hecho Dios en Carlos, en María, en Juan, en Joan!"
Hoy yo quiero alabarte, Padre. Gracias, gracias por tu palabra, gracias por esta historia que nos recuerda y nos empuja a ver a Cristo como Rey y Señor, a recordar quién él es y quiénes somos nosotros. Yo te pido por nuestra iglesia, que tú nos ayudes a vivir una vida digna de tu llamado, en el nombre de Jesús. Amén.
Señor les bendiga, hermanos. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.