En medio de la incertidumbre y las manos vacías, la pregunta más urgente no es qué nos falta, sino si Dios sigue obrando. El libro de Rut responde esa pregunta a través de dos viudas que regresan a Belén sin recursos, sin herederos y sin saber qué les espera. Lo que parece una historia de escasez es, en realidad, el escenario donde la providencia de Dios se despliega con precisión y ternura, aunque ninguna de ellas pueda verlo.
Rut, la moabita, sale a espigar sin saber a qué campo llegará ni cómo la tratarán. El pastor Rossi señala que esta diligencia no compite con la gracia de Dios: confiar en él no significa quedarse de brazos cruzados. Rut hace lo que le corresponde, y "casualmente" llega al campo de Booz, pariente de Elimelec. El autor sagrado usa esa ironía para mostrar que bajo la soberanía de Dios no existen las casualidades, sino diosidencias. Lo que Rut veía como migajas, Dios lo veía como el primer paso de una historia mucho más grande.
La gracia que Rut recibe de Booz —protección, dignidad, agua, mesa, provisión abundante— excede todo lo que ella esperaba o creía merecer. Como la ilustración de Los Miserables lo retrata, cuando se espera rechazo y condenación, la gracia desborda. Pero el sermón advierte que las espigas son solo una expresión de la gracia; la manifestación suprema es Cristo, que siendo rico se hizo pobre para que los indignos fuesen recibidos delante de Dios.
El cambio en Noemí al final del capítulo lo dice todo: sus circunstancias no habían cambiado, pero sí la lente con la que leía su historia. Refugiarse bajo las alas de Dios no garantiza que las tormentas cesen de inmediato, sino que en medio de ellas existe un refugio real donde es posible descansar y confiar.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Hoy estamos de pie aquí, Señor, es por tu gracia. Tu gracia nos ha rescatado, pero nos ha convocado aquí esta mañana, y queremos ser sorprendidos por ti esta mañana, por tu gracia, Señor. Habla a nuestro corazón. Tú conoces cada una de las personas que tú trajiste hoy aquí para escuchar tu palabra, y tú conoces con detalle perfecto cada mente y cada corazón y cada circunstancia aquí, y tu palabra es viva y eficaz para hablar a cada uno de nosotros en esta mañana.
Habla a nuestros corazones, Señor. Habla a nuestra duda, a nuestra incredulidad, a nuestro temor, a nuestro fracaso, a nuestro alejamiento, a nuestro dolor. Háblanos, Señor. Transfórmanos por tu palabra, consuélanos, y que hoy podamos salir de aquí, Señor, diciendo: "Hoy el Señor estuvo en medio nuestro. Hoy el Señor me habló." Nos encomendamos, Señor, al poder de tu palabra en Cristo Jesús. Amén.
Fue hace casi justo un año que yo tuve la oportunidad de predicar Rut capítulo 1. Y recuerdo que en diferentes ocasiones algunos hermanos se acercaron y me preguntaron cuándo íbamos a seguir con Rut capítulo 2. Así que yo te invito a que abras tu Biblia. Traemos las Biblias, hermanos, porque vamos a estudiar la palabra del Señor. Yo sé que los versículos aparecen aquí atrás en la pantalla, pero no hay nada como tú tener tu Biblia y leerla. Si lo que tienes es tu celular, puedes abrirlo también y abrir Rut capítulo 2.
Pero antes, porque no quiero asumir que todos conocen el relato de Rut, vamos a hacer un muy breve repaso de lo que pasa en el capítulo 1, que es importante porque es el contexto para que podamos seguir todo el hilo de la historia.
Este relato se desarrolla en la ciudad de Belén. Curiosamente, Belén significa "la casa del pan". Y resulta que en la casa del pan se acabó el pan, porque vino una gran hambruna que azotó aquella ciudad. En aquella ciudad vivía una familia compuesta por Elimelec, Noemí, Mahlón y Quelión, los dos hijos. Esa familia, en medio de la hambruna, tomó la decisión de buscar el sustento, y dijeron: "Vamos a ir a los campos de Moab", una nación pagana, enemiga histórica del pueblo de Dios. Y lo que entonces comenzó como una búsqueda de provisión terminó convirtiéndose en una gran tragedia.
Son poquitos versículos. El inicio del capítulo 1 nos relata una gran tragedia, porque ellos llegan a Moab y se muere Elimelec, la cabeza de la familia. No sabemos exactamente cuánto tiempo después, posiblemente algún par de años, mueren también los hijos de Elimelec, Mahlón y Quelión. Ellos ya se habían casado con mujeres moabitas. Y entonces la situación de esta familia, que era precaria al inicio, ahora es peor, porque hay tres viudas en medio de un pueblo en donde ellas no tienen tierra, ni herederos, ni nadie que pueda defenderlas.
Así que en medio de esa condición, Noemí toma la decisión de regresar a Belén, que es su casa, es su pueblo. Dice: "Voy a regresar a Belén." Y prácticamente le ruega a sus nueras y les dice: "Por favor, no me sigan. Quédense aquí en Moab. Esta es su tierra. Ustedes son tan jóvenes, se pueden casar otra vez, pueden rehacer su vida. No me sigan, yo me voy a regresar a Belén." El consejo que cualquiera, creo yo, de nosotros le daría a estas señoritas.
Orfa, una de las viudas, toma el consejo de Noemí y con lágrimas se despide de ellas y se queda en Moab. Pero Rut decide acompañar a Noemí, y ante su insistencia, Rut responde con una de las declaraciones más hermosas de la Biblia. Rut capítulo 1, versículo 16, le dice Rut a Noemí: "No insistas, Noemí, no me insistas que te deje o que deje de seguirte, porque a donde tú vayas, yo iré, y donde tú mores, yo moraré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios." Wow.
Y fue así como Rut dejó atrás su tierra, sus dioses, su familia, para seguir detrás de una viuda amargada. Noemí era una viuda amargada, sin saber cómo iba a ser su futuro. Y de hecho, cuando llegan finalmente a Belén, los vecinos apenas reconocen a Noemí. Mira lo que dice en capítulo 1, versículo 20. Noemí les dice: "No me llames Noemí, que significa 'placentera'. No me llames placentera. Llámame Mara, 'amarga', porque el trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura."
Y una frase interesante al final del capítulo 1 nos abre paso a lo que vamos a estar estudiando hoy. Mira el versículo 22: "Y llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada." Aparentemente, esta hambruna que había azotado Belén estaba terminando, y estas mujeres con las manos vacías llegan a Belén justamente cuando comenzaba la siega de la cebada. Esa es la puerta por la cual vamos a entrar al capítulo 2.
Rut capítulo 2 empieza a responder una pregunta que posiblemente estaba en la mente de estas mujeres. Yo sé que es difícil tratar de meternos en los zapatos de Noemí y de Rut, pero yo quiero que hagamos el intento. Piensa en dos mujeres en esa época, viudas. En el caso de Rut, una extranjera ahora en Belén, viuda. Tú sabes más o menos las condiciones que las viudas vivían en esa época: no tenían mucho que hacer. Ellas posiblemente no saben dónde van a vivir, no saben de qué van a vivir, cómo se van a sustentar. Y posiblemente la pregunta que está en su mente es: ¿y ahora qué? ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer?
Piensa: si tú tuvieses que migrar a otro país por cualquier razón, una guerra, y llegas a un país completamente nuevo, una cultura completamente nueva, ¿qué te preguntarías tú? ¿Y ahora qué hacemos? ¿De qué vamos a vivir? ¿Qué va a pasar? Esa es la situación en la que ellas se encuentran.
Y tú sabes que esa es muchas veces la misma pregunta que nosotros nos hacemos en momentos de prueba y dificultad. Cuando nosotros estamos atravesando dificultades, tormentas en la vida, muchas veces la pregunta que viene a nuestra mente es: ¿qué vas a hacer tú, Dios? ¿Qué estás haciendo con esto? ¿Qué estás haciendo en medio de esta situación por la que yo estoy pasando? ¿Por qué tú permitiste esto? ¿Qué es lo que tú quieres lograr con esta enfermedad? ¿Por qué tú no me hablas? ¿Por qué este silencio? ¿Por qué tú estás haciendo esto en mi vida? ¿Qué es lo que tú estás haciendo? ¿Qué es lo que voy a hacer yo? ¿Qué vas a hacer tú con estas manos vacías?
En Rut capítulo 2 vamos a encontrar respuesta a esas preguntas, porque aprenderemos que aunque tú no puedas ver lo que Dios está haciendo, tú sí puedes refugiarte bajo sus alas. Rut no podía verlo. Noemí no podía verlo. Tal vez tú, en medio de tus circunstancias, en medio de tus tormentas, tú no puedes verlo tampoco. Pero tú sabes qué: Dios está obrando. De eso puedes estar seguro. Dios está obrando aunque tú no puedas verlo.
Y eso es lo primero que yo quiero que veamos en este capítulo: esta verdad importante y fundamental para tu vida. Dios está obrando su propósito, aunque tú no puedas verlo.
Mira cómo comienza el capítulo 2, versículo 1. El texto nos presenta un personaje nuevo, que no ha aparecido en el capítulo 1; es la primera vez que se nos está introduciendo a este hombre. Dice el versículo 1: "Noemí tenía un pariente de su marido, un hombre de gran riqueza, de la familia de Elimelec, el cual se llamaba Booz." Tú ves ahí dos detalles fácilmente identificables. Primero, nos dice que Booz era un hombre que tenía dinero, riquezas, tenía tierras, tenía cierta influencia dentro de la comunidad. Ese es un dato que el autor del libro nos deja ahí para que nosotros lo tomemos. Y el otro es acerca de su genealogía: es pariente de Elimelec. No nos dice por qué es importante, simplemente nos suelta el detalle para que tú lo apuntes ahí.
Una nota al pie de página: Booz es pariente de Elimelec. Acuérdate de eso porque eso va a ser importante más adelante. Ahora nosotros sabemos eso, pero Rut no sabía nada de eso. ¿Qué era lo único que sí sabía Rut? Que era viuda, que era moabita y que tenían que comer.
Así que en el versículo 2 nosotros vemos lo que entonces Rut hace. Dice Rut, versículo 2, Rut la moabita le dijo a Noemí: "Te ruego que me dejes ir al campo a recoger espigas en pos de aquel a cuyos ojos halle gracia."
Ahora nosotros lo hemos hablado aquí, lo hemos enseñado aquí. Posiblemente tú lo sabes, que en aquellos tiempos Dios había establecido una ley para cuidar del vulnerable. Dios había establecido que las personas que eran dueñas de campos, a la hora de cosechar, no debían cosechar todo el campo. Debían dejar una parte del campo que estaba reservada para cuidar de las viudas, de los huérfanos y de los extranjeros, todos los vulnerables que llegaban a ese campo a espigar de lo poquito de lo que sobraba.
Ahora, para añadir un poco de drama e incertidumbre a todo lo que ya está pasando aquí, tú debes saber que aunque existía una ley de parte de Dios para que las personas permitieran que los vulnerables cosecharan, eso no era una garantía de que iba a pasar. Tú y yo sabemos eso de primera mano, porque aquí en Santo Domingo, cuando tú ves un letrerito, esos bonitos que ponen en la calle que dice "no estacionar", ¿qué garantía es esa? Ninguna. Alto, y se estacionan ahí. No, no es garantía.
Aunque hay una ley, no es garantía de que se va a cumplir. Dios había dicho: "Deben dejar este espacio del campo para los vulnerables." Eso no es garantía. Entonces tú tienes a una mujer que va a un campo sin saber a dónde va a llegar, apelando a una ley que Dios ordenó, pero que no sabe qué es lo que va a resultar de todo esto, especialmente en la época en la que se desarrolla esta historia.
Ahora, como tú tienes tu Biblia ahí abierta y Rut es un libro chiquito, estamos en el capítulo 2, pero mira rápidamente el capítulo 1, versículo 1. Dime en qué tiempo se desarrolla esta historia: "Y aconteció que en los días que gobernaban..." ¿quiénes? Los jueces. Y yo creo que tú sabes, y si no lo sabes, lo vas a aprender aquí. Hay un refrán muy famoso que define cómo se vivían los días de los jueces: cada quien hacía lo que bien le parecía a sus ojos.
Así que este es el panorama: Rut llega con la intención de espigar apelando a la ley de Dios, pero eso no es garantía de absolutamente nada. Rut sale sin saber a qué campo, sin saber quién va a ser el dueño, sin saber cómo la van a tratar, sin saber si va a encontrar alimento o no. Ella no sabe cómo va a terminar toda su historia. Pero tú sabes qué, ella sale a trabajar, ella sale a buscar.
Y ese es un detalle pequeño, pero yo me quiero detener aquí, porque nosotros muchas veces confundimos confiar en Dios con quedarnos de brazos cruzados. Dicho de otra manera, la diligencia no compite con la gracia de Dios. Rut no dijo: "Yo soy viuda. Dios es el defensor de las viudas, así que yo me voy a quedar esperando aquí a ver que Dios va a resolver mi situación." No. Rut sabe que es viuda, sabe que Dios es su defensor, pero ella sale, ella sale a buscar el sustento. No se queda sentada esperando a que aparezca quizás un príncipe azul que venga a resolverle todos sus problemas.
No se queda esperando a que venga alguien a proponerle la mejor propuesta de trabajo para que ellas puedan salir adelante. No, otra vez yo te digo, es difícil ponernos en los pies de ellas, y uno dice que salieron a espigar a un campo y como que no termina de entender. Bueno, yo creo que quizás esta figura tú sí la vas a entender mejor. Tú has visto a una persona sin trabajo, sin seguridad económica, que ha tenido que salir a recoger latas de refresco. ¿Tú has visto gente recogiendo latas de refresco o chatarra? ¿Cuánto crees tú que le pagan a una de esas personas por vender x libras de ese material? ¿Tú crees que eso es para sustento? ¿Tú crees que eso le da para vivir, para pagar una renta, para comer?
No. Eso es lo que está pasando. En un sentido, ella está saliendo a recoger de lo que hay, no para vivir abundantemente, sino para apenas sostenerse. Pero ella sale a trabajar, ella sale a trabajar con esfuerzo, ella sale a ese trabajo, a espigar en un campo, seguramente con sudor, con lágrimas, con dolor, con maltrato, porque tú lees el texto y te das cuenta que en medio de esos campos posiblemente había hombres que oprimían o maltrataban y abusaban de los vulnerables. Pero Rut sale ahí, sale para hacer su parte y ser fiel en lo que Dios había puesto delante de ella.
Y eso es importante que tú y yo lo entendamos, porque a veces tú y yo confundimos confiar en Dios con quedarnos de brazos cruzados. Quizás tú estás desempleado y estás orando que Dios te provea. Sí, eso es bueno: "Estoy desempleado, Dios, provéeme." Pero, ¿estás dispuesto a hacer cualquier trabajo, o eso lo consideras de aquí para arriba? Hay personas que aun cuando hay una necesidad profunda en su hogar y hay carencias profundas, no están dispuestos a espigar, no están dispuestos a hacer lo que les corresponde hacer.
Quizás tú estás atravesando un conflicto en tu matrimonio, estás orando: "Dios, por favor, cambia a mi esposo, cambia su corazón, cambia el corazón de mi esposa, su mente, su forma de pensar." Sí, pero mientras oras, ¿qué estás haciendo tú? ¿Estás amando? ¿Estás escuchando? ¿Estás perdonando? ¿Estás viviendo una vida piadosa para él o para ella? ¿Estás pidiendo perdón y concediendo perdón con gracia?
Muchas veces decimos: "Señor, yo estoy esperando en ti." Y el Señor dice: "Sí, espera en mí, pero mientras esperas, sé fiel en lo que yo te he dado. Esfuérzate, sé valiente, ve y haz lo que tienes que hacer." Y eso fue lo que Rut hizo. Ella no sabía cómo terminaría su día, pero sabía lo que tenía que hacer. Rut se levantó y salió a espigar.
Mira lo que dice el versículo 3: "Partió pues, y espigó en el campo en pos de los segadores, y fue a parar a la parte del campo que pertenecía a Booz, que era de la familia de Elimelec."
Yo me quiero detener aquí porque la expresión en el hebreo es muy curiosa. El autor lo que está diciendo se podría traducir como: "Y sucedió que por casualidad fue a la parte que le pertenecía a Booz." El autor de Rut está usando una expresión irónica porque él quiere que tú y yo veamos algo más profundo y más importante. No lo está diciendo porque crea que fue suerte o casualidad. Lo que quiere que tú veas es que bajo la soberanía de Dios no existen las casualidades.
Yo no sé si tú eres supersticioso, pero bajo la soberanía de Dios eso no existe. Bajo la soberanía de Dios no hay suerte, hay "diosidencias." Bajo la soberanía de Dios no hay casualidades ni suertes. Escucha como dice Proverbios 16:33, tal vez lo has leído: "Podremos tirar los dados, pero es el Señor quien decide cómo caen."
Hermano, la providencia de Dios está obrando detrás de los acontecimientos de la vida para que Él cumpla sus propósitos eternos en tu vida, aunque los que estamos involucrados en esa historia no nos damos cuenta o no entendemos lo que está pasando. Lo que para Rut parecía una casualidad, para Dios es providencia. Rut veía un campo con migajas, pero Dios estaba viendo una historia completa que iba mucho más allá de Rut.
Y esto es algo importante también para ti, hermano, porque a veces nosotros pensamos que Dios solo obra en los milagros grandes. Como que nosotros pensamos que la gracia de Dios se manifiesta únicamente en las cosas grandísimas que suceden en nuestra vida. "¡Wow, Dios abrió el mar!"
Dios resucitó a esa persona de entre los muertos, y si uno piensa que ahí está manifestada la gracia de Dios, no, Él también obra en los detalles ordinarios de tu vida: en una joven que sale de su casa esforzadamente a trabajar y a buscar sustento, en una decisión que parece un poco aleatoria para ella, en un encuentro inesperado, en un día normal de trabajo. Porque aunque tú y yo no podamos verlo, Dios está obrando.
El problema es que a veces tú y yo, nuestra mirada se nubla en medio de las dificultades. Cuando tú y yo tenemos manos vacías, cuando tú y yo estamos en medio de las pruebas y las dificultades y los problemas, nuestra visión se nubla y empezamos a enfocarnos únicamente en lo que no tengo: en la prueba, en la puerta que se cerró, en lo que Dios no me dio, en el tiempo de espera, en el silencio. Nos enfocamos allí, pero Dios ve mucho más allá y mucho mejor que tú y que yo. Cuando tú ves un campo vacío con migajas, Dios ve toda tu historia, Dios ve el propósito que tiene para ti y Dios sabe lo que está haciendo en tu vida.
Pero quiero que tú escuches con atención esto. Yo no estoy diciendo que tú puedes interpretar cada cosa que pasa en tu vida. Nosotros no podemos, muchas veces, interpretar con precisión qué es lo que Dios está haciendo, pero eso no significa que la mano de Dios está ausente. Dios está obrando aunque tú y yo no podamos verlo. Y eso es lo que nosotros empezamos a ver en este relato de Rut: cómo se empieza a desplegar esta historia de la soberanía y la providencia de Dios.
Así que yo quiero que tú recuerdes eso: Dios está obrando aunque tú no puedas verlo. Pero también Dios muestra su gracia aunque tú y yo no la merecemos y aunque muchas veces tú y yo no la entendemos. Él está mostrando su gracia para nosotros.
Mira el versículo 4. Dice que casualmente —¿te das cuenta?— casualmente apareció un tal Booz en el campo donde estaba Rut. Mira todas las casualidades de esta historia. Dos viudas llegan casualmente cuando era el tiempo de la siega de la cosecha, y de repente casualmente Rut llega a un campo de un hombre que se llamaba Booz, y cae la casualidad de que justamente ese día que Rut estaba ahí, llegó Booz. Casualidad, ¿cierto?
Y entonces Booz le pregunta al encargado, versículo 5, y le dice: "¿De quién es esta joven?" Y el encargado, versículo 6, le dice: "Esa joven moabita que regresó con Noemí, que ha estado trabajando todo el día." Y entonces Booz se acerca a Rut y le habla. Y yo quiero que tú y yo leamos los versículos 8 y 9 y nos detengamos en algunos detalles que hay allí.
Versículo 8: "Oye, hija mía", le dice Booz, "no vayas a espigar a otro campo. Tampoco pases de aquí. Quédate con mis criadas. Fíjate en el campo donde ellas siegan y síguelas, pues le he ordenado a los siervos que no te molesten. Y cuando tengas sed, ve a las vasijas y bebe del agua que sacan los siervos."
¡Qué maravillosa gracia está experimentando esta mujer! Una mujer que vive en una situación precaria, que había salido a buscar sin saber dónde ni cómo iba a resultar su día, sin saber lo que le esperaba, empieza a recibir un trato inesperado. Como yo te dije, parece que era común que los trabajadores molestaran a los vulnerables que se acercaban, los oprimieran y abusaran de ellos. Y ella se encuentra con un hombre que se acerca y, primero, mira cómo la llama: "Oye, hija mía."
No la trata con desprecio, no la rechaza. Él se acerca y le habla con ternura y con dignidad y le dice: "Oye, hija mía." Le da instrucciones a sus criadas y le da instrucciones a los trabajadores para que no la molesten, y le ofrece del agua de sus trabajadores. Eso no era agua para todo el mundo que llegaba ahí; no era el agua para los que trabajaban en ese campo. Y le dice: "Tú puedes tomar de esa agua también." Esta mujer que salió a recoger sobras se encuentra con un hombre que le provee, la protege y la trata con dignidad y con honra.
Sorprendida por la gracia, mira cómo responde Rut. Versículo 10: "Así que ella bajó su rostro y se postró en tierra y dijo: '¿Por qué he hallado gracia ante sus ojos para que se fije en mí, siendo yo extranjera?'"
Yo quiero resaltar eso último que está diciendo Rut, porque no solo Rut lo sabe. El autor del libro ha dicho repetidamente a lo largo del libro —cuando tú lo lees todo, son cuatro capítulos no más— el autor se encarga de hacerte saber, y de que tú no olvides, que Rut es la moabita. Rut la moabita. Rut la moabita. Seis o siete veces a lo largo del capítulo, cuando él hace alusión a Rut, dice eso: Rut, no te olvides, la moabita, la extranjera, la viuda, la que no pertenece, la que en medio de esta sociedad es la última, la que le toca el último turno. A ella es a la que tú estás hablando: la que necesita mendigar para el sustento.
Y ella no entiende por qué Booz se ha fijado en ella y por qué recibe un trato que, desde su perspectiva, ella no tiene por qué recibirlo. Y tú sabes que muchas veces —y yo no sé si aquí hoy hay alguien que se acerca al Señor de esa manera hoy, como Rut— sintiéndote indigno, sintiéndote inmerecedor, pensando que tu pecado te ha dejado en una condición tan irreconciliable con Dios que tú no eres digno ni de estar aquí, ni de llamar a Dios tu Padre, ni de ser merecedor ni recibidor de su gracia y de su perdón.
Quizás tú estás aquí porque crees que tus circunstancias son tan complejas que no tienen solución ni salida. O tal vez tú estás aquí sintiéndote un fracaso, que todo lo que tú has hecho en la vida no vale mucho, no has logrado mucho y estás estancado, que tu vida depende de las migajas que caen de una mesa y que tú no mereces más que eso. Yo no sé si tú estás aquí luchando con una tristeza profunda en tu corazón, con confusión, con frustraciones, con ansiedades. Tú crees que tu vida no tiene valor.
Tú crees que tu situación no tiene otra solución más que la que tú estás pensando y considerando hacer, que tu caso no tiene perdón de Dios, que tu condición es irremediable, irreconciliable. Y si tú te sientes hoy así, yo quiero que por favor tú me escuches por un momento. Tu fracaso no es demasiado grande para la gracia de Dios. Tu pecado no es demasiado oscuro para el perdón de Dios. Tu situación no está fuera de su providencia. Hermano, tu vida no carece de valor delante de Dios. Tú eres amado y tú eres valioso para Dios, y su gracia puede alcanzarte allí donde tú crees que la gracia de Dios no puede llegar. Y ese Dios de gracia es el que te dice hoy: "Ven, no corras, ven, acércate a mí y refúgiate bajo mis alas."
Los Miserables es una novela del escritor francés Víctor Hugo, y esa novela cuenta la historia de un hombre, Jean Valjean, que había estado en prisión por muchos años. Este hombre finalmente sale de la prisión y está tratando de buscar un lugar donde hospedarse. La noche empieza a tocar puerta tras puerta, y todas las puertas que él toca se cierran porque él es un exconvicto. Nadie quiere recibir a un hombre que acaba de salir de prisión.
Hasta que finalmente él toca la puerta del obispo Myriel, el obispo de la ciudad. Toca la puerta, ese hombre le abre, lo ve, le da la bienvenida a su casa, le permite que pase, lo sienta a la mesa, le ofrece comida, le muestra una habitación y le permite que pase la noche. Y esclavo de su pecado y de sus hábitos de la vida pasada, durante la noche agarra parte de la cubertería del obispo —cubertería de plata—, la empaca y sale huyendo durante la noche.
La policía agarra a Jean Valjean afuera, y él sabe que cuando lo lleven a la casa del obispo y el obispo lo acuse, no va a pasar unos años en la cárcel, sino que va a pasar el resto de su vida en la cárcel. Y cuando le dicen al obispo: "Este hombre se robó estas cosas de su casa..."
Ustedes saben qué hizo el obispo. "No, él no se las robó, yo se las regalé." Y le dice: "Valjean, de hecho, se te olvidaron estos dos candelabros que yo tengo aquí." Y se los dio.
Cuando esperaba el rechazo, encontró un hogar. Cuando merecía condenación, recibió misericordia. Es lo que la Biblia dice, que cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia del Señor.
Y Rut se sentía abrumada por tanta benevolencia de este hombre. "A mí, a mí, una extranjera." Como que si ella le dijera: "Tú sabes quién soy yo. Yo no soy nadie para recibir tanto de ti." Pero lo que Rut no sabía era la manera en que la gracia de Dios se iba a desbordar sobre su vida. Y yo quiero que tú veas los versículos 14 al 16.
"A la hora de comer, Booz le dijo a Rut: 'Ven para acá para que comas del pan y mojes tu pedazo de pan en el vinagre.' Así que ella se sentó junto a los segadores y Booz le sirvió grano tostado, y ella comió hasta saciarse y aún le sobró. Y cuando ella se levantó para espigar, Booz le dijo a sus siervos: 'Déjenla espigar aún entre las gavillas, no la avergüencen. Y también sacarán a propósito un poco de grano de los manojos y los dejarán caer para que ella los recoja. No la reprendan.'"
¡Wow! Si lo anterior era gracia, ¿cómo se llama esto? Este hombre desbordando esta gracia extravagante sobre la vida de una mujer que no se creía digna de recibir nada.
No solo le permite espigar, no solo la invita a la mesa, no solo la deja comer hasta saciarse, sino que cuando ella vuelve a espigar les dice a sus trabajadores: "No, ella no va a recoger solo de las orillas. Déjenle caer un poco de lo que ustedes han recogido, mis trabajadores, para que ella recoja." Esa es la gracia de Dios que se desborda sobre pecadores como tú y como yo.
Yo sé que Rut, y cualquiera de nosotros, se hubiese sentido satisfecho solo con que Booz hubiese dicho: "Hija mía, tú puedes espigar aquí. No te preocupes, nadie te va a molestar. Ya yo hablé con los trabajadores, nadie te va a molestar. Puedes trabajar, y con eso ya es suficiente." Nos hubiésemos sentido agradecidos profundamente.
Pero tú sabes qué es lo que pasa. Yo quiero que tú me sigas acá en este argumento que te quiero compartir. Porque a veces tú y yo nos sentimos igual que Rut. Cuando Dios en su providencia nos da un trabajo, nos abre una puerta, nos concede alivio de una enfermedad o responde una oración, nosotros nos sentimos satisfechos y agradecidos profundamente con el Señor por lo que él ha hecho.
Pero yo quiero que tú escuches esto. Este relato, hermano, nos recuerda que la gracia de Dios es más que las cosas que Dios nos puede dar. La gracia de Dios es más que las cosas que Dios nos puede dar. Rut salió buscando alimento, pero Dios no le dio solamente alimento. Dios le dio protección, la llevó a una mesa, la trató con dignidad.
Las espigas —yo quiero que escuches— las espigas eran una expresión de la gracia de Dios, pero la gracia de Dios es mayor que las espigas. Las espigas son una expresión de la gracia de Dios, pero su gracia es más que eso. La gracia de Dios es mucho mayor que las cosas que él te da. La gracia de Dios no es el trabajo que tú tienes, no es la salud que tú tienes, no es lo que él te devolvió, ni la puerta que te abrió. ¿Tú sabes cuál es la manifestación suprema de la gracia de Dios? Cristo.
Cristo que te dice: "Ven en medio de tu tormenta y refúgiate bajo mis alas." Porque no estamos hablando del dueño de un campo en Belén, hermano. Estamos hablando del Dios del universo. El Dios del universo que, siendo rico, se hizo pobre para que tú y yo fuésemos ricos en él. Siendo digno de toda gloria, él tomó sobre sí nuestra vergüenza y nuestra culpa para poder ser recibidos delante de Dios. Es el Todopoderoso que se clavó en una cruz para darte vida. Pero no cualquier vida, una vida abundante en él.
Hermano, refugiarte bajo las alas de Dios no significa que nunca tendrás dificultades, ni que nunca tendrás que trabajar, o que nunca tendrás que esperar. Significa que cuando tú tengas las manos vacías, tú puedes estar seguro de dónde está tu refugio.
Quizás, si tú estás en medio de una tormenta, en medio de dificultades, en medio de tristeza, en medio de una tragedia, quizás Dios cambie tus circunstancias, pero quizás Dios no cambie tus circunstancias. Quizás todavía tengas que esperar, pero tú sabes que puedes descansar, porque la gracia de Dios no siempre consiste en sacarte inmediatamente de las tormentas. La gracia de Dios no es que él te saca inmediatamente de las tormentas. La gracia de Dios se manifiesta en que en medio de la tormenta tú puedes tener paz y descansar en él, que es tu refugio.
Rut salió a buscar espigas y encontró mucho más que eso. Y ahora tenemos que volver a la casa con Rut, porque Rut lleva mucha provisión y tenemos que ver cómo reacciona Noemí a todo esto que va a pasar.
Cuando Noemí ve que Rut entra con esa carga de alimento, ya tú te imaginas la carga de alimento. Quizás Noemí pensó que Rut iba a espigar algo para pasar el día, y ella llega con una cantidad increíble. Y hay algo que cambia en la mente y el corazón de Noemí. Y es la última verdad que yo quiero compartir contigo: Dios quiere que tú interpretes tu historia a la luz de su providencia.
Versículos 17 y 19 al 20. Rut espigó en el campo hasta el anochecer. Paréntesis: ella hizo lo que tenía que hacer. Ella salió a trabajar, y aún a pesar de recibir toda esa gracia, el versículo 7 dice que ella no paró de trabajar en todo el día, solo para descansar un momento. Una mujer esforzada, trabajadora, valiente. Es lo que Dios espera que tú también hagas en medio de tus dificultades. Así que ella espigó hasta el anochecer, desgranó, y lo que había espigado fueron como 22 litros de cebada.
Ella lo tomó, fue a la ciudad y su suegra vio lo que había recogido. Rut sacó también lo que le había sobrado después de haberse saciado y se lo dio a Noemí. Entonces su suegra le dijo: "Mi hija linda, ¿dónde fuiste a meterte? ¡Wow! ¿Dónde espigaste? ¿Dónde trabajaste hoy? Bendito aquel que se fijó en ti." Y ella le informó a su suegra con quién había trabajado y dijo: "El hombre con quien trabajé hoy se llama Booz."
Y cuando Noemí escucha ese nombre, algo cambia en su corazón. Porque de la boca de Noemí sale una frase que no habíamos escuchado desde que ella regresó a Belén. Mira el versículo 20: "Y Noemí le dijo a su nuera: 'Sea él bendito del Señor, porque no ha rehusado su bondad ni a los vivos ni a los muertos.'"
Detente un momento ahí, porque yo quiero que tú veas que en el capítulo 1, Noemí había dicho: "El trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura." Y ahora en el capítulo 2, ella dice: "El Señor no ha rehusado su bondad." ¿Qué fue lo que cambió en Noemí? ¿Qué cambió en Noemí para que ella pasara de decir "el Dios Todopoderoso me llenó de amargura" a decir "él no ha rehusado su bondad"?
Tú sabes que no cambiaron sus circunstancias. Noemí seguía siendo viuda. Sus hijos seguían muertos. Ella seguía en una situación difícil. Pero lo que cambió en Noemí —lo que Dios quiere que cambie en ti también— es la forma como tú y yo vemos nuestra historia.
Porque en el capítulo 1, Noemí reconocía la soberanía de Dios, pero miraba su historia principalmente a través de los lentes del dolor, de todo lo que ella había perdido. Pero ahora ella comienza a reconocer esa misma mano soberana que ahora está mostrando su bondad. Y eso es algo importante que nosotros debemos recordar, hermano.
La providencia de Dios no significa que nosotros vamos a poder explicar todo lo que nos sucede en la vida. Significa que nosotros podemos confiar en el Dios que gobierna todo, aunque tú y yo no entendamos. Y hay momentos en la vida, hay momentos en medio de nuestras circunstancias, en que nosotros podemos decirle a Dios: "Esto me duele, Señor. Esto me duele. Esto me carga. Esto me llena de preocupación. Esto me llena de ansiedad. Esta situación me pesa en mi corazón." Tú y yo podemos ir delante de Dios con nuestras cargas, con nuestro dolor, y derramar nuestro corazón delante de él, porque él nos entiende.
Y la palabra nos invita: "Vengan a mí y echen sobre mí sus cargas." Pero tú sabes que el lamento no puede ser la última palabra.
Cuando nosotros estamos en medio del dolor, nuestra perspectiva es limitada. Solo vemos una parte de la historia. Pero Dios ve la historia completa. Noemí no podía ver el final. Rut no podía ver el final. Tú tampoco, y yo tampoco podemos ver el final.
Por eso, descansar en la providencia de Dios no significa que vamos a entender cada detalle de lo que pasa. Significa que podemos decir: "Señor, aunque no entiendo, yo confío en ti. Señor, aunque esto me duele, yo confío en ti. Señor, aunque esto me preocupa y me carga, yo confío en ti. Yo confío en ti."
Quizás tú hoy estás mirando tu vida y solo puedes ver la pérdida. Quizás ves tu vida y solo puedes ver la puerta cerrada, la enfermedad, la espera, una relación rota o una situación que no se ha resuelto, y tal vez dices: "Señor, yo no entiendo lo que tú estás haciendo." Y está bien que no lo entiendas, pero tu incapacidad de entender lo que Dios está haciendo no significa que Él ha dejado de gobernar tu historia.
Y yo sé que todos hemos escuchado estas famosas preguntas que en medio de las dificultades y de las aflicciones te dicen: "No preguntes por qué, pregunta para qué." No preguntes por qué, pregunta para qué. Y eso es importante y tiene un valor, porque creo que nos empieza a ayudar a cambiar nuestra visión, a cambiar nuestra perspectiva y a mirar en el lugar correcto. Pero tú sabes que a veces ni el por qué ni el para qué los entendemos. Porque uno dice: "No entiendo ni por qué y tampoco entiendo para qué en este momento de mi vida." Y nos quedamos más o menos en el mismo lugar.
Yo te quiero proponer que en medio de tu tormenta no preguntes para qué ni por qué. Pregunta: ¿en dónde me estoy refugiando en medio de esta tormenta? Porque todos nosotros en medio de las tormentas de la vida buscamos un refugio. Algunos lo buscan en el control, otros lo buscan en las relaciones, otros lo buscan en el dinero, otros lo buscan en cualquier otro lugar. Y lo que el Señor te está diciendo hoy es: en medio de tu tormenta, cuando tú no entiendes ni el por qué ni el para qué, lo que tú sí puedes saber es en dónde te estás refugiando. Y yo te digo a ti: ven, refúgiate bajo mis alas.
Y yo dejé a propósito el versículo 12 sin leer cuando pasamos por allí, porque ahí es cuando Booz recuerda a dónde fue que corrió Rut en medio de su tormenta. Mira lo que dice el versículo 12: "Que el Señor recompense tu obra y que tu pago sea completo de parte del Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte."
Qué hermosa manera de entender la historia de Rut: que en medio de su tormenta ella encontró refugio en el Dios que gobierna todo, que gobierna tu vida.
Y quizás eso es lo que tú necesitas hacer hoy. Y esa es la invitación que el Señor te hace hoy. Ven, ven con tus manos vacías, ven con tu dolor, ven con tus preguntas, ven con tu pecado. No trates de resolver tu vida pensando que, resolviéndola, ya puedes acercarte a Él. Aunque te sientas indigno, ven, refúgiate bajo las alas del Señor, para que tú puedas decir junto al salmista: "Oré al Señor y Él me respondió y me libró de todos mis temores. En mi desesperación oré, y el Señor me escuchó y me salvó de todas mis dificultades. Prueben y vean que el Señor es bueno. ¡Qué alegría para los que se refugian en Él!"
Inclina tu rostro. Vamos a orar.
Yo no sé cómo vienes tú esta mañana. Si hoy reconoces que vienes con manos vacías en necesidad de Cristo, si has escuchado esta invitación que el Señor te ha hecho y has decidido venir a Él, arrepentirte de tus pecados y refugiarte bajo sus alas, yo quiero invitarte a hacer esta oración conmigo.
Padre celestial, hoy vengo delante de ti con mis manos vacías. No vengo confiando en mis obras, no vengo confiando en mis méritos ni en mi capacidad, mucho menos en lo que yo puedo ofrecerte, porque no tengo nada que ofrecerte. Pero reconozco que soy pecador necesitado de tu gracia. Tu palabra dice que todos hemos pecado, que no alcanzamos la gloria de Dios, y que la paga del pecado es muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.
Y por eso es que hoy yo me vuelvo a ti, Señor. Me arrepiento de mi pecado y pongo mi confianza en Jesucristo, que murió por mis pecados y que resucitó para darme vida, porque no quiero seguir buscando refugio en mí mismo ni en las cosas de este mundo. Mi refugio está en ti, Señor, el Creador de los cielos y de la tierra. Tu palabra dice que el que a ti viene no le echas fuera, y por eso venimos delante de ti confiando no en lo que yo puedo hacer, Señor, sino en lo que tú hiciste por mí en la cruz. Recíbeme, Señor. Perdona mis pecados. Hazme tuyo. Dame una nueva vida. Enséñame a descansar en ti. Hoy quiero refugiarme bajo tus alas, y te pido esto en el nombre de Cristo Jesús.
Yo quiero que así, con el rostro inclinado, si tú ya eres hijo de Dios, pero quizás hoy estás aquí como Noemí, atravesando una prueba, una pérdida, una espera, sintiéndote en un lugar donde no hay salida, donde no hay solución, cansado, si has llegado a pensar que Dios se ha olvidado de ti, necesitas volver a mirar tu historia a la luz de su providencia. Yo quiero invitarte a que ores conmigo.
Padre, hoy venimos delante de ti con esto que nos duele. Tú conoces nuestra historia. Tú conoces lo que hemos perdido. Tú conoces mis preguntas. Tú conoces mis dudas. Tú conoces mis temores. Tú conoces lo que yo no entiendo. Y a veces, Señor, como Noemí, yo también he mirado la vida desde aquello que me hace falta. Mis ojos se han enfocado en la pérdida, en la espera, en la puerta cerrada, en el dolor. Y he preguntado muchas veces: ¿qué estás haciendo? Y yo hoy quiero decirte con mi corazón que no entiendo lo que estás haciendo, pero quiero confiar en ti.
Tu palabra me invita: "Encomienda al Señor tu camino. Confía en Él, que Él actuará." Y por eso hoy yo te entrego lo que yo no puedo controlar. Señor, yo hoy te rindo mi futuro. Señor, yo te entrego mi pérdida. Yo te entrego mi espera. Yo te entrego esto que todavía me duele. Te entrego esto que yo no puedo cambiar. Ayúdame, Señor, ayúdame, porque yo no quiero interpretar tu carácter a la luz de mis circunstancias, sino más bien interpretar mis circunstancias a la luz de quién eres tú.
De modo, Señor, que cuando yo no pueda ver tu mano, pueda recordar que tú sigues gobernando; que aunque no entiendo tu propósito, pueda confiar en tu sabiduría; que cuando me sienta solo, yo recuerde que tú estás conmigo. Señor, en medio de la tempestad, ayúdame a recordar que tengo un refugio en ti, y cuando me llene el temor, yo pueda estar seguro de que mi alma puede descansar en ti. Y cuando mi pecado me acuse, llévame nuevamente a la cruz, donde hay perdón y salvación.
Y cuando yo me sienta débil, Señor, y sienta que ya no puedo llevar mis cargas, recuérdame que tú eres mi fuerza, mi fortaleza y mi pronto auxilio en las tribulaciones. Hazme descansar bajo tus alas, y que podamos salir hoy de aquí recordando que en ti hay refugio. Gracias, Señor, por tu palabra y por esta invitación que tú nos haces. Bendicemos tu nombre en Cristo Jesús. Amén.
Fabio Rossi es colombiano y vivió en Guatemala desde su juventud, donde completó una Licenciatura en Biblia y Teología con especialidad en Música Sacra y sirvió durante diez años como parte del equipo pastoral de su iglesia local. Obtuvo una Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y se desempeñó como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Actualmente vive en la República Dominicana con su esposa Carol y sus dos hijos, donde sirve como pastor en la Iglesia Bautista Internacional, asistente ejecutivo del pastor Miguel Núñez y director de contenido y desarrollo para Ministerios Integridad & Sabiduría.