Integridad y Sabiduria
Sermones

Jesús nuestro abogado

Owen Strachan 7 septiembre, 2026

El pecado no es un problema menor ni una debilidad que el ser humano puede superar con esfuerzo propio. Es una ofensa directa contra Dios Padre, y ninguna buena obra puede saldar esa deuda. La única solución es Cristo, el abogado justo que se para al lado del pecador en la corte divina y defiende su caso con el mérito de su propia sangre. Jesucristo nunca ha perdido un caso, y nunca perderá el tuyo.

Satanás, por su parte, no descansa. Su estrategia no es simplemente tentarnos al pecado, sino mantenernos atrapados en él: enfocados en nuestra culpa, aislados, sin esperanza. Si logra que el creyente olvide que Cristo murió por él, puede arruinar su testimonio y robarle el gozo. Por eso el pastor Strachan insiste en que la respuesta al pecado no es únicamente la vergüenza o la culpa, sino el amor de Dios. Recordar ese amor es lo que mueve al arrepentimiento genuino y sostiene la fe en los momentos más difíciles.

Tres verdades prácticas emergen de este pasaje. Primero, el creyente debe recordar constantemente cuánto lo ama Dios, como el padre de la parábola del hijo pródigo que corre hacia su hijo desde lejos. Segundo, debe confesar libremente su pecado —ante Dios y ante otros— sabiendo que tiene un abogado que ya pagó la deuda. Tercero, debe extender ese mismo perdón a quienes le han fallado, porque quien ha sido perdonado de lo peor tiene el poder de perdonar.

Martín Lutero creyó durante años que Dios lo odiaba, hasta que estudiar las Escrituras lo llevó a descubrir el evangelio: una justicia perfecta y un amor perfecto en la muerte del Hijo. Ese mismo descubrimiento sigue transformando vidas hoy.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

uenos días. Estoy muy contento de estar con ustedes. Le doy muchas gracias a Dios por el pastor Miguel, un hombre muy querido, amigo mío, un hombre muy fructífero. Es un gozo estar de vuelta aquí en República Dominicana con él y con ustedes.

Doy muchas gracias por todo el equipo, por Juan, por todo el equipo de Integridad, por Bernardo el traductor. Fue muy divertido el curso que estuvimos impartiendo, compartir con los estudiantes. Yo amo mucho esta iglesia, oro por ustedes y le doy gracias a Dios por este tiempo.

Una de las preguntas más importantes para nuestra vida es la siguiente: ¿Quién es Jesús? Tu entendimiento de Jesús le da forma a toda tu vida. Y eso aplica tanto para los creyentes como para los no creyentes.

Yo pienso en la vida de Martín Lutero en el siglo XVI. Cuando él era joven, él decidió servir a Dios con toda su vida. Y todos los días él caminaba por un jardín y veía una estatua de Jesús, pero esa estatua no le daba paz, porque lo que él veía en esa estatua era un Dios frío que lo condenaba.

Y lamentablemente muchas personas tienen una visión muy similar de Dios, tanto en aquel momento como todavía hoy. Entonces tratan de hacer buenas obras para ganarse el favor de Dios. Ellos creen que si hacen esas obras, Dios lo va a ver y les va a conceder vida eterna. Pero esta es la realidad: esas buenas obras no los van a salvar.

No podemos luchar contra el pecado solos. El pecado siempre va a ganar. Pero hay uno, y solo uno, que le puede ganar al pecado, y su nombre es Jesús, nuestro abogado.

Y hoy nos vamos a encontrar con Jesús en el texto que vamos a estar leyendo, de 1 Juan 2:1-2: «Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.»

Oremos. Padre, ayúdanos hoy para ver estas cosas maravillosas en tu Palabra. Danos una visión grande de Jesús. Ayúdanos a morir a nuestro pecado y danos esperanza en tu Hijo, en el nombre de Jesús. Amén.

Esta mañana vamos a ver cuatro verdades en estos versículos. Primero, tenemos que pelear contra nuestro pecado. Lo vemos en el versículo 1. Juan no es indiferente al pecado, y tampoco lo es ningún otro autor bíblico, ni siquiera Dios mismo. En este pasaje, Juan nos habla en nombre de Dios.

Su intención está muy clara, pues dice: «Les escribo estas cosas para que no pequen.» O sea, que está muy directo. Juan no quiere que pequemos porque Dios no quiere que pequemos.

El pecado viene a nosotros de una forma más natural que cualquier otra cosa en el mundo. A ti nadie te enseña a pecar, nadie activa el pecado en ti. Está ahí presente en todo momento. El pecado es el gran enemigo de nuestras vidas.

Y aunque estos versículos aplican para todos nosotros, en este caso Juan tiene una audiencia muy específica. Fíjense que dice «Hijitos míos» al inicio del versículo 1. Es una expresión de un amor paternal por estos seguidores de Jesús. Aquí en este pasaje, Juan desea que nosotros, que somos seguidores de Jesús, podamos lidiar con el pecado.

Y algo importante: él no está escribiendo para condenarnos. Él está tratando de ayudarnos. Él quiere que le demos la espalda al pecado y lo superemos. Pero, ¿cómo lo hacemos?

Para responder eso, tenemos que pensar en a quién afecta nuestro pecado. Nuestra segunda verdad es esta: tenemos que conocer a quién impacta nuestro pecado. En la mitad del versículo 1 nos dice que si alguien peca, tenemos abogado para con el Padre.

Así que la respuesta a nuestra pregunta está ahí, en la mitad del versículo 1. Dice que tenemos un abogado para con el Padre, porque necesitamos ese abogado con el Padre. Nuestro pecado ofende directamente a Dios Padre. Esto nos enseña mucho.

Nuestros pecados afectan a muchas personas. Sabemos que un solo pecado puede tener consecuencias desastrosas. Pero el más grande resultado del pecado no son relaciones rotas, no son oportunidades perdidas o promesas rotas. Todo eso es poderosamente real. Pero el peor y más grande impacto es que ofende a Dios.

El pecado pone a Dios en oposición a nosotros y lo lleva a responder a lo que hemos hecho. Y esto es especialmente importante en patrones de pecado. Sí, Dios el Padre ama a sus hijos, pero cuando lo deshonramos necesitamos un abogado para con Él.

Y esto nos lleva a nuestra tercera verdad: tenemos que recordar quién es ese abogado. Nuevamente en el versículo 1: «Y si alguien peca, tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo.»

Esta es la increíble verdad que Juan nos presenta. Tenemos y necesitamos un abogado, y tenemos un abogado. La palabra «abogado» es parácleto en el griego. Y en Juan 14:16, esa misma palabra se utiliza para el Espíritu Santo y se traduce como «consolador».

Así que el Espíritu Santo ayuda a todos los cristianos en todo momento, pero no es solo el Espíritu. Juan nos enseña que todos estamos culpables en la corte de Dios. Pero la corte nos ha asignado a un defensor. El Padre le ha dado nuestro caso, nuestra defensa, a Jesús.

Y eso elimina la idea de que Jesús nos ama pero Dios nos odia. Para el cristiano, el Padre nos ama, el Hijo nos ama y el Espíritu nos ama. En su gran amor, Él nos ha asignado no solo cualquier abogado. El abogado es Jesucristo el justo, y Jesucristo nunca ha perdido un caso y nunca va a perder tu caso. Él no puede perder un caso.

Tenemos una increíble confianza en Jesús. Jesús llevó una vida perfecta en nuestro lugar. Cumplió toda la rectitud con esa vida perfecta. Él murió una muerte perfecta en nuestro lugar y la ira de Dios fue satisfecha.

Y a propósito, yo les confieso que me quiero llevar al equipo de adoración para los Estados Unidos, aunque no sé si quepan en el avión. ¡Qué adoración más poderosa! Es una bendición. Yo quisiera poder cantar así allá en Estados Unidos.

No necesitábamos mayor ayuda, y Jesucristo hizo todo por ayudarnos. El trabajo de la salvación está completo y la victoria sobre Satanás fue lograda. La Biblia nos enseña que no hay más salvación que debamos añadir. No hay ninguna buena obra que podamos hacer para agregar a ese gran logro santo de Jesús.

Jesús es la propiciación por nuestros pecados. Así que no eres tú la propiciación por tus pecados, ni yo la propiciación por los míos. Es imposible que un pecador logre propiciar sus propios pecados ante Dios. No es difícil, es que es imposible. Se requiere que sea Dios quien haga esa labor de redención.

Y eso aplica no solamente para el público original para quien se escribió la carta, ni solo para los judíos o los gentiles. La sangre de Jesús es para todos los que han sido escogidos por Dios. Dios amó a su pueblo antes de la creación del mundo. Así que ese amor de Dios no depende ni de ti ni de mí.

Ese amor fue establecido en los cielos antes de que nosotros existiéramos. Tú no has causado que Dios te ame, ni pudieras causarlo. Fue Dios quien decidió amarte antes de que el mundo existiera. Y eso debiera darte confianza, ese gran amor de Dios. Ese amor nunca se va a acabar. Ni siquiera por nuestro pecado pudiera acabarse ese amor. Es una fuente que siempre está fluyendo.

Se mantiene siendo verdad inclusive cuando pecamos. La sangre de Jesús es para todos nuestros pecados pasados, todos los pecados presentes y los pecados futuros. No hay ningún pecado que no haya sido cubierto por la sangre de Jesús.

De hecho, esa sangre de Jesús es tan poderosa que cubre los pecados de todo el mundo, no solo para ese público a quien le escribía, sino para personas en toda la tierra. No hay límite en el amor de Dios. No tiene fronteras, no se acaba. Y tenemos solo un problema como pecadores: es nuestro pecado. Y Dios tiene solo una solución, que es Cristo.

Cuarta verdad: el acusador no es Jesús, es el mismo Satanás. Lo vemos en toda la Biblia, que Satanás es el acusador del pueblo de Dios. Y necesitamos estas verdades porque el pecado nos aisla, y eso es lo que Satanás quiere, que estemos aislados.

Y en esos momentos cuando pecamos y sentimos esa convicción, es como que estamos parados ante el juez solos, sin tener amigos cerca, ni nadie ha venido para defendernos. No hay nadie en quien apoyarnos. Sin embargo, del otro lado de la corte hay un acusador, un fiscal, y él es puro mal. Tiene una mente muy peligrosa, es muy astuto y le gusta engañar. Y él defiende muy bien sus argumentos.

Él está especializado en acusar, y el propósito de su vida es acusar al pueblo de Dios. Nos acusa para tratar de derrotarnos, quiere que estemos deprimidos. Y lo que él realmente quiere hacer es que mantengamos nuestro énfasis en nosotros mismos. Satanás quiere que solamente pienses en ti, y quiere que pienses específicamente en tu pecado, pero él no quiere que tú pienses en tu pecado para que puedas vencerlo. Lo que él quiere es que tú pierdas la esperanza. Él no quiere que pongas la vista en Jesús.

Si él puede mantenerte pensando solo en tu pecado, entonces vas a estar muy triste. Y si estás así en tristeza, te vas a desviar. Y si te desvías, tu testimonio va a perder poder y no vas a tener nada de gozo. Y todos luchamos contra el pecado. En Santiago nos dice que todos caemos de diversas maneras. Así que esa estrategia de Satanás no es para algunos; es una estrategia en contra de todos nosotros.

Tienes que estar preparado para enfrentarlo. Él viene a atacarte. Y eso es algo que el mundo no entiende: él no se toma días libres. No le importa lo que tú pienses de él. Él no llama para hacer una cita contigo. Él viene aunque tú no lo quieras. Él va a atacar a los jóvenes, a los más ancianos, inclusive a los más viejitos. Él viene, ataca y no va a parar de atacar. Nos dice la Biblia que él es un león que ruge y siempre anda buscando presa.

Él no puede lograr que no seamos salvos. Él no nos puede quitar la salvación, pero sí puede impactar nuestro testimonio. Nos puede llevar a una vida de derrota. ¿Y cuál es la vida cristiana que tú quieres llevar? ¿Quieres llevar una vida entregada completamente a Jesús? ¿O quieres vivir en derrota por ese poder de Satanás?

Yo no quiero deprimirlos. Es un análisis que es necesario que hagamos. En Apocalipsis 12:10 nos dice que Satanás siempre está acusando al pueblo de Dios. Y ese ministerio de acusación trata de lograr que se te olvide ese hecho sencillo de que Cristo murió por ti. Y si Satanás logra que eso se te olvide, entonces puede derrotar tu testimonio.

Entonces estás ahí en la corte. Al pecar no tenemos amigos con nosotros, estamos solos. Pero luego se abren las puertas de la corte y un hombre solitario entra, se para a tu lado, parado ahí mismo junto a ti, y ha llegado tu abogado. Nadie más podía venir. Nadie más podía enfrentar a Satanás. Nadie más es suficiente. Nadie más nos puede ayudar ahí. Solo Jesús.

Ese abogado no solamente es capaz de defender sus argumentos y tiene una mente brillante, sino que además ha muerto en nuestro lugar. Satanás se enfrenta a eso y no puede. Así que se oye el golpe del mazo, y no solo hemos sido declarados no culpables, sino que por fe somos inocentes ante Dios. Ese es nuestro estado actual. Ese es el veredicto que ha sido dictaminado sobre el creyente: no solo no culpable, inocente.

Eso es verdadero para ti como cristiano y siempre será verdadero para ti como cristiano. Nosotros tenemos que recordar eso en los momentos difíciles, y todos tenemos momentos difíciles. Todos caemos en diversas formas. Satanás no toma día de descanso, así que constantemente nos está acusando. Pero nuestro abogado defensor está ahí también trabajando por nosotros, y él nunca llega tarde. Él siempre es puntual. Él no ejerce la ley para sí mismo; él ha sido abogado para defender el mérito de su sangre por ti, y él siempre lo hará hasta el final de los tiempos.

Pensemos ahora en aplicaciones. Tengo tres aplicaciones.

Primero: debes darte cuenta de lo mucho que Dios te ama. Estas son las palabras de John MacArthur sobre estos versículos: "You can start. Take a deep breath. You need that verse. That is huge. The statement is absolutely crucial. It shuts off the panic. It is at the same time not just personal relief. It happens to be the doctrinal Everest of the whole epistle. It is the summit of truth because it is the pinnacle of the redemptive plan of God. It is not just theology."

Las palabras de John MacArthur son las siguientes: "Respira profundamente. Necesitas ese versículo. Esto es enorme. Esta afirmación es absolutamente crucial. Pone fin al pánico. Al mismo tiempo, no es simplemente un alivio personal. Resulta ser el Everest doctrinal de toda la epístola. Es la cumbre de la verdad porque constituye el punto culminante del plan redentor de Dios."

Sin embargo, no es solo teología, como ya les he señalado, también es una fuente de gozo práctico. Esta es la forma como debemos enfrentar el pecado como cristianos: enfrentamos el pecado recordando el amor de Dios, y cuando se nos olvida, tratamos de recordarlo.

Demasiados cristianos enfrentan su pecado con culpa. Y es verdad que debemos sentir culpa y debemos sentir vergüenza, y eso debiera llevarnos a confesar nuestro pecado. Pero más que solamente vergüenza y culpa, debemos enfrentar el pecado con el amor de Dios.

Recordemos la parábola del hijo pródigo. El padre que vemos en esa historia no solo estaba dispuesto a perdonar a su hijo perdido. Ustedes recordarán que el padre en esa parábola corre hacia el hijo cuando apenas lo podía ver allá a la distancia. El padre corrió hacia él. Ese es el corazón de Dios para nosotros, y ese es el corazón de Dios para ti.

Así que si quieres derrotar tu pecado, como todo cristiano debe hacer, constantemente debes recordar el amor de Dios. El amor es más poderoso que esa culpabilidad y vergüenza. Recordar lo mucho que hemos sido amados. Recuerden el amor de Dios.

Yo recuerdo, yo pasé mi juventud en el estado de Maine, en los Estados Unidos. Ustedes recordarán que eso está en Nueva Inglaterra. Ahí está el mejor equipo de béisbol del mundo: los Boston Red Sox, las medias rojas. Creo que sabemos que nos amamos todos en Cristo, ¿verdad? Nada en contra de los Yankees.

Recuerdo cuando era un joven, estando con mi padre. Cuando tenía un día difícil, mi padre tomaba su guante de béisbol y íbamos al patio, y solamente jugábamos ahí atrapando la pelota. No intercambiábamos demasiadas palabras, él no tenía que decir mucho, pero lo que me comunicaba era que me amaba.

Todo se siente inestable cuando uno es joven, y ahora soy yo el que soy padre de adolescentes. Entonces hay diversos momentos donde me corresponde ir a tirar la pelota de básquetbol o patearla de fútbol. Y al final, mi padre solía abrazarme y decirme que me amaba.

Yo espero que muchos de ustedes hayan tenido esa bendición, y si no, sepan que tienen un Padre en los cielos. No importa la relación que tuviste con tu padre terrenal, nuestro Padre en los cielos nos ama con un amor que no se acaba. Es mucho más fuerte que el amor de tu padre terrenal, y eso te debe motivar hacia la santidad.

La segunda aplicación: debes confesar libremente tu pecado ante Dios y ante los hombres. Cuando peques, porque vas a pecar, no mires hacia adentro. Mira hacia Jesús el justo. Y si lo haces, no tienes que aferrarte a tu pecado.

Uno de nuestros instintos más poderosos es buscar excusas para nuestro pecado. Muchos nos volvemos muy buenos abogados en ese momento. No necesitas haber estudiado derecho para defenderte en esos casos. Yo lo veo en mi vida; a mí no me gusta admitir que cometí un error. Queremos solamente ignorar ese pecado y continuar.

Pero la sangre de Jesús nos libera de tener que hacer ese tipo de excusas. Como tenemos a Jesús como abogado, podemos libremente confesar nuestro pecado. Y no olvides lo poderosa que puede ser esa confesión de pecado. A veces lo único que se requiere para sanar son esas pequeñas palabras: "Por favor, perdóname. Lo lamento. Necesito de tu perdón. Te he hecho daño, y eso termina ahora." Esas palabras son sumamente poderosas.

Los hombres en particular luchamos para admitir cuando cometemos un error, pero no es poco masculino pedir perdón. Jesús es el más masculino que haya vivido, y Él caminó en humildad cada día. Y los hombres que lo seguían también eran hombres humildes, pero, contrario a Jesús, ellos sí pecaban. Hay momentos muy poderosos en su historia cuando ellos confesaron sus pecados. No significa que estás perdiendo cuando confiesas tu pecado. Realmente es una victoria. Lo podemos hacer con el poder de Dios.

Debemos también recordar que nuestro pecado no está escondido de Dios. Es lo que Adán y Eva trataron de hacer en el jardín de Edén. Cuando comieron ese fruto prohibido, ¿qué fue lo que hicieron? Pues se escondieron, y nosotros hacemos lo mismo cuando pecamos. Pero, ¿quién puede esconderse de Dios? Nada está escondido de Dios. No es que todo va a ser revelado en el último día; es que es revelado ahora. Dios lo ve todo.

El Padre y el Hijo ven toda nuestra debilidad. Inclusive conociendo eso, no les da vergüenza. Nosotros no le damos vergüenza. A veces vemos como que Jesús nos está acusando, pero realmente Jesús es nuestro abogado defensor. Él está ahí para defendernos. Cuando cometas un pecado, puedes llamar al 1-800 propiciación. Es gratis; Jesús no te va a cobrar.

La tercera aplicación: lo más que puedas, busca perdonar libremente. Estas verdades que hemos hablado tienen un efecto explosivo. Y cuando enfrentas tu pecado con Jesús, en vez de tú solo, pues puede transformar tu matrimonio, tus relaciones familiares, tu crianza de tus hijos, tu rol como mujer, tus amistades, toda tu vida.

Y parte de lo que hace esa verdad es que no solamente te permite confesar, sino que también puedes perdonar. Es muy fácil hablar del perdón, pero es más difícil perdonar. Todos queremos actuar como que el perdón es fácil. Pero piensa si hay un patrón de pecado en tu contra, alguien que te ha hecho un gran daño. Cuando piensas en ese nombre, ¿es fácil perdonarlo, o te resulta difícil?

El evangelio nos da el poder de perdonar, porque Dios ha perdonado lo peor de nosotros, y es un trabajo arduo. Necesitamos el Espíritu, especialmente si son patrones de mucho tiempo de pecado. Y a veces no podemos lograr reconciliarnos con esa persona. El pecado lo hace todo difícil, pero Dios nunca se ha rendido.

El hijo del hombre va al monte no para salvar a los noventa y nueve; ellos ya han sido salvos. Es para buscar a esa ovejita que se perdió. Hasta ahí llega el amor de Dios. Dios no se rinde con sus hijos. Entonces, ¿cómo puedes tú rendirte con otro pecador como tú? Tanto como podamos, oremos.

Para procurar la paz. Así es que Jesús habla de nosotros en Mateo 5:9. Dios ha hecho paz con nosotros y, lo más que podamos, debemos tener paz con los demás, y todo es por el evangelio.

Vamos a ir cerrando. Cuando les hablé de Martín Lutero al inicio, él estaba en muy mal estado. Lutero pensaba, como católico joven, que Dios lo odiaba, que Cristo no lo iba a amar hasta que él no se hiciera fácil de amar. Pero Dios trabajó en el corazón de Lutero y, estudiando la Biblia, él descubrió el evangelio.

Él vio cuáles fueron los términos que estableció Dios para su justicia y vio la abundancia del amor de Dios. En esa muerte del Hijo hay una justicia perfecta y un amor perfecto. En la muerte del Hijo hay una fuente de perdón. Y Lutero entendió que la justicia de Dios es buena. Y esto fue lo que él exclamó:

"Exalté esta dulcísima expresión, la justicia de Dios, y con el mismo amor con que antes la había odiado, fui completamente nacido de nuevo y entré en el paraíso mismo por las puertas abiertas."

Lutero descubrió el evangelio nuevamente y vio que, aunque el pecador merece condenación, Dios le ha abierto las puertas. El evangelio es para pecadores, no para los que se consideran fuertes; es para los débiles, y todos somos débiles.

Hemos hablado bastante hoy sobre cómo los cristianos enfrentan el pecado. Ha sido un mensaje primordialmente sobre cómo los cristianos enfrentan el pecado. Pero lo que hemos leído también aplica para los no creyentes, pues nos da la única esperanza que tienen los pecadores.

Entonces, mientras cerramos, quiero invitarte a que, si no tienes al Salvador en tu vida, vengas. Hoy es ese día de salvación. Tú tienes un acusador y su nombre es Satanás. Él te está acusando con éxito y no le vas a poder vencer. Sin embargo, en Cristo tú tienes un defensor, y si tú confías en Él, Él te va a defender.

Hoy es el día de salvación. Toda esa vergüenza, toda esa culpabilidad se puede superar; puede ser lavada por la sangre del Hijo. Confía en Jesús, arrepiéntete de tus pecados, porque hay un nombre sobre todo nombre y es el nombre más dulce que podemos conocer: Jesucristo, nuestro abogado.

Oremos. Santo Padre, oramos por los cristianos acá en este salón y por los que pudieran estar viendo por internet. Oramos, Señor, para que nos ayudes a enfrentar nuestro pecado con Jesús a nuestro lado. Ayúdanos a aplicar el evangelio a nuestra vida. Ayúdanos a confesar libremente. Ayúdanos a perdonar abundantemente. Esto es imposible para nosotros, pero todo es posible en Jesús. Por favor, para aquellos que no conocen a Cristo, pecadores como nosotros, concédeles el regalo de la fe. Ayúdales a amar a Jesús, nuestro abogado. En su nombre oramos. Amén.

Owen Strachan

Owen Strachan