Integridad y Sabiduria
Sermones

Orando sinceramente por dirección (2da parte)

Pepe Mendoza 10 agosto, 2026

Obedecer a Dios no es un problema de información: es un problema del corazón. El Salmo 119:36-40 nos muestra a un salmista que ya conoce los mandamientos, ya desea cumplirlos, y sin embargo se postra de rodillas porque reconoce que no puede lograrlo por sí mismo. Esta sección —llamada causativa— es una oración en la que el creyente le pide a Dios que haga lo que él solo no puede hacer.

El pastor Mendoza identifica tres inclinaciones incorrectas que el salmista confiesa con honestidad. La primera es la ganancia deshonesta: ese deseo profundo del corazón de obtener beneficios a cualquier costo, incluso rompiendo las reglas que uno mismo dice guardar. No se trata solo de corrupción o soborno; el corazón natural tiende al egoísmo en todo ámbito de la vida. La segunda es la vanidad: todo lo efímero, vacío y transitorio que tiene un poder visual misterioso sobre nosotros. Las redes sociales son solo el ejemplo más cercano de aquello que nos encandila sin darnos nada real. La cura, dice Spurgeon citado en el sermón, no es simplemente dejar de mirar lo vano, sino ser vivificado: «La vitalidad es la cura de la vanidad.» La tercera inclinación es el temor al oprobio, esa parálisis que nos lleva a conformarnos con la mayoría para no lucir diferentes, evitando que nuestra fe sea visible.

Frente a todo esto, el salmista concluye con una petición que resume el evangelio: «Vivifícame por tu justicia.» No pide fuerzas propias ni estrategias. Pide vida —la vida del resucitado— porque sabe que solo la justicia de Dios puede sostener una obediencia verdadera. El creyente regenerado anhela los preceptos de Dios, pero reconoce que solo puede vivirlos desde la gracia.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos abriendo nuestras Biblias todos juntos en el Salmo número 119. El Salmo 119, un salmo que hemos estado estudiando ya. Esta es la séptima oportunidad en que estamos continuando en la exposición de este salmo y de esta serie que hemos titulado "El Señor espera una meditación sincera."

En base a nuestro estudio de este salmo, entramos a esta séptima parte, que es la segunda parte de esta sección, que empieza en el versículo 33 y continúa hasta el verso 40. En la última oportunidad solo hicimos los versos 33 al 35, y hoy continuaremos con la sección del verso 36 al verso 40.

Quiero confesarles de manera personal que este estudio ha sido realmente confrontador en mi propia vida. Creo que cuando en la primera oportunidad no había la intención de continuar con el estudio de este salmo, al menos en la predicación, lo primero que saltó a mi mente fue la sinceridad con la que el salmista expresaba su condición frente a la Palabra de Dios. Se dice que el Salmo 119 es una exaltación de la Palabra de Dios. Es verdad, pero al mismo tiempo esa exaltación lleva al reconocimiento de nuestra condición frente a la Palabra de Dios.

Y lo que más se resalta en medio de las características, como lo dijo el pastor Miguel en su oración, es que los salmos son una oración elevada al Señor, inspirada por el Espíritu Santo, de tal manera que nosotros descubrimos en esa inspiración la realidad de nuestra alma, pero también la expectativa del Señor con respecto a nuestra propia vida. Y como cantamos en la última canción, las batallas se ganan en oración.

Esta sección del 33 al 40 es realmente una oración sincera en búsqueda de dirección. La realidad del salmista lo lleva a reconocer la grandeza de la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo la necesidad de poder obedecer. Y cuando estudiaba este pasaje y confrontando mi propia vida, nosotros tenemos que reconocer que nuestro principal problema, o nuestro problema original, es un problema de obediencia. ¿Qué sucedió en el jardín del Edén? Una desobediencia.

Pero al mismo tiempo, la desobediencia vino acompañada no solamente del deseo de no hacer lo que Dios había ordenado, sino de tratar de ser como Dios. No solamente era ser desobediente, sino que ahora el mundo lo manejo bajo mis propias condiciones. Y esa es la realidad del pecado, la realidad de nuestra desviación, errar al blanco.

En la medida en que nosotros —y eso lo reconozco personalmente— yo me puse a meditar en mi propia obediencia, y reconocí que la obediencia es un asunto infantil. Nosotros le reclamamos obediencia a nuestros hijos, le reclamamos obediencia a nuestros hijos adolescentes mientras todavía están en casa. Sin embargo, la obediencia se convierte en un asunto de conveniencia. Cuando llegamos a ser adultos, la obediencia ya no es un asunto de simplemente reconocer que hay un ser superior que nos demanda cosas, sino que yo empiezo a jugar con la obediencia. Si la obediencia me conviene, cuando me conviene, entonces voy a guardar las reglas; cuando me conviene voy a seguir el camino.

Es por eso que el salmista —y yo quisiera que veamos al salmista en este momento de rodillas delante de Dios— en el verso 32 ha culminado la última sección diciendo: "Por el camino de tus mandamientos correré, porque tú ensancharás mi corazón." Qué frase maravillosa, qué deseo más grande. Señor, yo quiero correr por tus mandamientos porque voy a tener la fuerza de un corazón ensanchado para poder transitar por ellos.

Pero luego continúa y empieza con una oración. Ya hemos mencionado en la última sección, y lo tengo que decir ahora simplemente para que podamos juntarnos con la idea general de este pasaje, que esta sección, la sección G, es una sección que se denomina teológicamente una sección causativa. ¿Qué significa eso? El salmista está queriendo que suceda algo que él no puede hacer por sí mismo, y por eso está de rodillas, porque le pide a Dios: "Señor, haz lo que yo no puedo hacer por mí mismo." Y él recurre al Señor y reconoce que él no sabe obedecer.

Y yo reconozco que yo no sé obedecer, que no tengo la fuerza para obedecer, que quiero obedecer, pero no alcanzo, no llego a la medida de la obediencia que el Señor espera de mí. Por eso es que en los primeros tres versículos que analizamos en la última oportunidad, el salmista está pidiéndole al Señor que le enseñe, está pidiéndole al Señor que le dé entendimiento, y está pidiéndole al Señor que le haga andar por la senda de los mandamientos.

Señor, hazme aprender. Señor, hazme comprender. Señor, ponme en la senda correcta. Lo que le está pidiendo al Señor es: "Señor, por favor, yo quiero obedecerte, pero yo no quiero desviarme del mandamiento. Yo no quiero invalidarlo. Yo no quiero ponerlo por debajo de lo que tú demandas. Enséñame el camino de tus mandamientos. Dame entendimiento para que guarde tu ley." En medio de las encrucijadas de la vida, nosotros necesitamos entender los mandamientos de Dios para poder guardarlos y, como dice el pasaje, para poder guardarlos con todo el corazón.

Y por último, en el verso 35 le dice: "Hazme andar, Señor. Ponme en el camino correcto, Señor. Que yo no me quede simplemente en la expectativa de la teoría, sino, Señor, ponme en el camino correcto para poder hacer lo que tú estás esperando de mí." De tal manera entonces que en la primera sección él está pidiendo al Señor que le clarifique la identidad de los mandamientos, que él pueda aprender, que él pueda comprender y que él pueda ubicarse en el punto de partida para poder obedecer al Señor. Todo eso lo vimos en la última ocasión.

Sin embargo, ahora el salmista, que es sincero y que está de rodillas delante de Dios, reconoce que la obediencia es en parte un asunto de aprendizaje y de claridad, pero también la obediencia tiene que ver con enfrentarse con sus propias tendencias, con sus propias inclinaciones incorrectas que lo pueden llevar a desviarse del camino correcto que el Señor espera, el camino de la obediencia. El salmista menciona tres tendencias o inclinaciones incorrectas que se manifiestan en nuestra alma y, al igual que en la sección anterior, lo que hace es elevar una oración sincera en la que espera que el Señor mismo sea quien actúe a su favor.

Así que yo quisiera invitarles a que lean conmigo los versos 36 al 40 del Salmo 119:

"Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta. Aparta mis ojos de mirar la vanidad, y vivifícame en tus caminos. Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti. Quita de mí el oprobio que me causa temor, porque tus juicios son buenos. Yo anhelo tus preceptos. Vivifícame por tu justicia."

En esta sección de la oración del salmista, él eleva tres peticiones. Tres peticiones que tienen que ver con tres inclinaciones incorrectas de nuestra alma con las que él debe combatir, y le pide al Señor que le ayude a vencerlas.

La primera de ellas aparece en el verso 36: "Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta." Una primera inclinación de nuestro corazón natural y pecaminoso es a la ganancia deshonesta.

La palabra o la frase "ganancias deshonestas" aparece en múltiples oportunidades en la Escritura, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Y nosotros muchas veces vinculamos la palabra o la frase "ganancias deshonestas" simplemente al soborno, a la coima, a un dinero mal recibido que ha sido entregado para conseguir algo de forma ilícita, una ganancia deshonesta, especialmente en el ámbito político o estatal.

Pero en la Escritura la ganancia deshonesta es mucho más y es mucho más amplia, y forma parte de nuestra naturaleza como seres humanos. En primer lugar, simplemente tratemos de ver qué es una ganancia, porque una ganancia es un término positivo.

Una ganancia es aquello que consigo con cierto esfuerzo y que brinda una utilidad o un beneficio no solo material, sino también muchas veces anímico. Una ganancia, algo que yo gano, no algo que me regalan, algo que gano, no solo se obtiene por casualidad, porque para ganar algo se requiere de análisis, de expectativas, el deseo de conseguirlo, planeación y también la acción. Por eso una ganancia se percibe como una recompensa, una retribución a algo que yo he hecho de manera específica.

Me gustó mucho una definición que encontré en el internet y que dice que la palabra "ganancia" encierra un significado complejo y multifacético que va más allá de la simple adquisición de bienes materiales. Representa la búsqueda de beneficios en diferentes ámbitos de la vida, desde el económico hasta el personal, y refleja la constante aspiración humana al progreso y a la superación. De tal manera que la palabra "ganancia" en general es positiva, porque es la recompensa que yo obtengo a mi esfuerzo.

Sin embargo, el salmista califica la ganancia y la califica como deshonesta. Por lo tanto, aquello que he adquirido, aquello que he obtenido con mi esfuerzo puede ser calificado de manera negativa. Permítanme ponerles un ejemplo. Imagínense que yo en este momento les cuento: "¿Saben una cosa? Me gané en media hora medio millón de pesos." "Pepe, te ganaste medio millón de pesos en media hora. ¿Cómo lo lograste, Pepe? ¡Qué bueno, qué inteligente! ¿Qué hiciste?" "Bueno, mira, yo estaba en el banco, en el cajero, retirando un dinero, y a mi costado había un señor mayor, como de 80 años; él estaba retirando medio millón de pesos. Cuando él salió, lo seguí al estacionamiento, le di un cogotazo y me quedé con el medio millón de pesos. Me lo gané."

Ahora bien, esa ganancia, esa acción, esa planeación ya no es honesta: es una ganancia deshonesta. Una ganancia deshonesta viene a ser todo aquello que es favorable y beneficioso para uno, pero que se adquiere rompiendo las reglas que uno dice guardar, o que para conseguirlo se ha dañado y perjudicado a otros, o se ha obtenido por medios ilícitos. Cuando hablamos de ganancia, hablamos de algo que yo quiero, que lucho por ello, pero que es importante reconocer los medios que he utilizado para obtenerlo.

Ahora, es interesante que tanto en el hebreo como en el griego no existen dos palabras. No dice "ganancia deshonesta" en ninguno de los casos, sino que es una sola palabra que encierra esa misma idea. En hebreo tiene que ver con algo que se consigue por codicia, donde yo tengo un afán excesivo por la ganancia, o se logra a través del saqueo: me apodero con violencia de algo, despojando a alguien de lo que le pertenece; es herir o romper para obtener un beneficio. La ganancia deshonesta en griego también es una sola palabra que implica la idea de obtener algo, pero de forma vergonzosa o impropia.

Pongamos otro ejemplo. Imaginemos que estamos en un tapón, en hora de tapón en la ciudad. Hay una calle pequeña que es de ida y vuelta. Yo voy manejando, voy a esa tienda que está allí. Hay un taponazo, los estacionamientos de la tienda están ocupados. ¿Qué hago? Bueno, me estaciono en la calle, en la pista, pongo las lucecitas, me bajo y voy a la tienda. ¿Les ha pasado alguna vez eso? Y se arma el alboroto en la calle. Pero yo fui a recoger lo que necesitaba en la tienda, salgo y veo el caos. "Ya, un momentito, que ya me voy", me subo a mi auto y me voy. Eso es ganancia deshonesta, y esa actitud está permanentemente en nuestro corazón.

¿Qué dice el salmista? El salmista dice en el verso 36: "Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta." Lo primero que debemos hacer es reconocer con sinceridad que la primera inclinación de nuestra alma es al beneficio personal, y muchas veces, intencionalmente, a cualquier costo. Nuestro corazón está inclinado. ¿Qué significa que mi corazón está inclinado? Quiere decir que prefiere, que se entusiasma, que tiene el deseo, el apetito, demasiadamente —para ponerlo en un sentido popular— a todo aquello que le brinde beneficios o ganancias. Esta propensión tiende a hacernos completamente egoístas y a que nuestra atención sea solamente enfocada en nosotros mismos.

¿Qué hace el salmista? El salmista dice: "Inclina mi corazón a tus testimonios." El testimonio de Dios tiene que ver con la manifestación de su voluntad, de su carácter, de sus mandamientos y su plan en la Escritura. Dios expone lo que es verdadero y que representa lo que Él espera de nosotros de manera objetiva. Hay secciones en la Escritura que se denominan los testimonios de Dios porque tienen que ver con el hecho de que Dios testifica acerca de la realidad de su ser y acerca de la realidad de lo que Él espera de mí. Dios nos entrega pruebas objetivas de la certeza de su soberanía, de su carácter y de las demandas para con su pueblo.

De tal manera que el salmista no solamente pide conocer o entender la revelación de Dios, sino que debemos hacer que nuestro corazón prefiera y se entusiasme en todo lo que Dios ha revelado de sí mismo y de su voluntad, para que yo pueda obedecerle. Uno de los grandes problemas con nuestra obediencia es que centramos nuestra obediencia en lo que queremos ganar y no en lo que Dios espera de nosotros. Y por eso una oración sincera es decirle: "Señor, mi corazón está lleno de deseos, entusiasmado por tantas cosas que compiten contra ti, y muchas de ellas son deshonestas. Por eso yo te pido que tú inclines mi corazón, que tú entusiasmes mi corazón, que abras el apetito de mi corazón por aquello que tú eres, por aquello que tú has revelado, por tu carácter, por aquello que tú has dado a conocer, por aquello que tú esperas de mí, de tal manera que nosotros podamos decir: inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta."

Quisiera que por unos segundos nosotros podamos pensar en nuestro propio corazón y que podamos indagar en él cuántas ganancias deshonestas hay en nuestra alma, y que podamos decirle al Señor como el salmista: "Señor, inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta. Señor, no permitas que yo simplemente siga buscando mi propio bien, que yo no aprenda a negarme a mí mismo, que yo viva sujeto solamente a mis propios deseos. Yo quiero que mi corazón te prefiera. Yo quiero que mi corazón se entusiasme contigo, en quién tú eres, en lo que has revelado, en lo que esperas de mí, de tal manera que este corazón inclinado a tus testimonios pueda rechazar todo aquello que es una ganancia deshonesta."

En segundo lugar, en el verso 37, el salmista dice: "Aparta mis ojos de mirar la vanidad y vivifícame en tus caminos." Ya no se trata ahora de la ganancia deshonesta, sino que también en nuestro camino hacia la obediencia y en nuestra oración al Señor, muchas veces nosotros quedamos encandilados, maravillados por la vanidad. Es interesante que este corazón desobediente, que quiere ser Dios, muchas veces se queda maravillado por aquello que es simplemente inútil, por algo que una de las versiones llama "juguetes y baratijas", por algo que es falso, que es subjetivo, que es inútil, que es vacío.

Todos nosotros recordamos al gran Salomón cuando habla de que la vida bajo el sol es vanidad de vanidades y que todo es vanidad. ¿En qué sentido es vanidad? En el sentido de que todo vive en un estado momentáneo.

Todo es fugaz, todo es efímero, de corta duración, con fecha de caducidad casi inmediata. Por eso la palabra vanidad es literalmente un vapor, un respiro, algo que por su propia naturaleza es transitorio e insatisfactorio.

Entonces el problema radica —y miren ustedes— en nuestro corazón. El salmista está abriendo su corazón en que esa fugacidad, todo aquello que es vano, que es vacío, que es momentáneo, que es efímero, tiene un poder misterioso sobre nosotros los humanos.

El salmista es sincero al decir —miren ustedes— en el verso 37: "Aparta mis ojos de mirar la vanidad." Porque la vanidad se mira. Es decir, la vanidad entra por los ojos; es efímera, es transitoria, pero tiene el poder visual de encandilarnos hasta hacernos creer que tiene un valor grandioso y una permanencia que en realidad no tiene.

Todos nosotros vamos tras la vanidad. Todos nosotros, de alguna manera u otra, estamos caminando tras algo que no tiene un valor permanente, que es efímero, algo que es transitorio. Quizás el ejemplo más claro de todo esto son las redes sociales. Nosotros vivimos como embobados con las redes sociales, siguiendo cosas que en realidad no existen en nuestras vidas, siguiendo personajes que no tienen relación con nosotros, trivializando toda la información que nos llega a nuestra mente y pasando horas encandilados con algo que en realidad no existe.

Tenemos el problema con la vanidad. Y el salmista plantea una solución y él dice: "Aparta mis ojos de mirar la vanidad." Me sorprende la radicalidad que el salmista usa para pedirle al Señor que lo aleje de la vanidad. "Aparta mis ojos", o sea, cámbiame la visión, mueve mi mirada.

No le está pidiendo que se quede ciego, no le está pidiendo que simplemente lo vuelva miope. Le está diciendo: "Aparta mis ojos. Aléjame hasta el punto en que pueda perder de vista aquello que me seduce, porque yo sé que no tiene valor alguno. Señor, ayúdame a no perder tiempo prestándole mi atención a lo que no vale la pena."

Pero es interesante que en el pasaje, allí en el verso 37, dice: "Aparta mis ojos de mirar la vanidad." Pero en segundo lugar le dice: "Y vivifícame en tus caminos." No basta solamente con dejar de prestar atención a lo efímero, a lo que no tiene valor, a lo que es fugaz, sino que él está pidiendo algo más. Está diciendo: "Revíveme, porque la vanidad nos mata. Porque si seguimos algo que es vacío, la misma esencia de mortandad de lo vacío nos afecta." Y como dice en muchos pasajes de la Biblia, el ídolo muerto hace que nosotros también estemos muertos en nuestro corazón.

Por lo tanto, él está pidiendo algo especial. Le dice: "Vivifícame en tus caminos. Tengo que revivir, tengo que estimularme de nuevo. Tengo que reanimar mi alma por algo que realmente valga la pena." Este volver a la vida no está relacionado con ideas; no se trata de cambiar de red social, no se trata de buscar otras cosas. Es reanimarme para no andar mirando a otros lados, pero más que todo para transitar por los caminos de Dios. Es algo que solo el Señor puede hacer.

Miren ustedes, buscando una interpretación a este pasaje, encontré las palabras de Charles Spurgeon, un famoso predicador que enseñó mucho acerca de los salmos, y él dijo: "La vanidad solo se vence con la vida." Y él dice estas palabras: "Dame tanta vida que la vanidad muerta no tenga poder sobre mí. Permíteme avanzar con tanta rapidez por el camino al cielo, que no me detenga lo suficiente ante la vanidad como para quedar fascinado por ella. Esta oración indica nuestra mayor necesidad: más vida en nuestra obediencia, porque la vitalidad es la cura de la vanidad."

La vitalidad es la cura de la vanidad. Si nosotros estamos persiguiendo cosas vacías, simplemente el Señor en esta oración nos enseña: "Aparta mis ojos de mirar la vanidad y vivifícame en tus caminos." Yo lo que necesito, Señor, es reanimarme en tus asuntos, pero no simplemente para pensarlos, sino para recorrerlos.

De tal forma que nos enfrentamos a dos problemas y dos tendencias que el salmista menciona. En primer lugar está lo que ya hemos mencionado: la ganancia deshonesta. En segundo lugar está la vanidad. Y en tercer lugar vamos a leer los versos 38 y 39, donde el salmista dice: "Confirma a tu siervo tu palabra, que inspira reverencia por ti. Quita de mí el oprobio que me causa temor, porque tus juicios son buenos."

La inclinación de nuestro corazón es a las ganancias deshonestas. La inclinación de nuestros ojos es a mirar la vanidad. Pero ahora el salmista expresa otra preocupación que perturba su obediencia. Y él dice en el verso 39: "Quita de mí el oprobio que me causa temor."

Bueno, nosotros no estamos familiarizados con la palabra oprobio porque ya no forma parte quizás de nuestro vocabulario contemporáneo. Sin embargo, el oprobio puede traducirse en la actualidad como una afrenta, como un agravio, como una infamia, como un deshonor, como una humillación pública. El oprobio es básicamente ser avergonzado, censurado o recriminado públicamente.

Ahora, ¿a qué se refiere el salmista cuando dice: "Quita de mí la vergüenza pública que me causa temor"? Es indudable que si nosotros fuéramos avergonzados en público, eso nos causaría temor, un sentido de zozobra, porque nosotros básicamente somos seres sociales. ¿A qué se está refiriendo el salmista cuando dice: "Quita de mí el oprobio que me causa temor" como algo que le impide la obediencia?

Pues déjenme contarles algo muy brevemente. A mí me gustan mucho los documentales, especialmente los documentales de arqueología o de historia. Me encanta verlos. Y hace poco estaba viendo un documental sobre las ruinas de Pompeya. Ustedes recuerdan esta ciudad romana que en menos de un día quedó cubierta de ceniza volcánica. Y en medio de este tremendo cataclismo, lo cierto es que los arqueólogos son felices excavando allí, porque esta ciudad quedó sepultada en un instante y por lo tanto se hallaron todas las cosas que la gente estaba haciendo en el momento en que el Vesubio explotó.

Ahora, en medio de la investigación, la persona que está llevando el documental invita a un especialista, y ese especialista era una psicóloga de desastres. Yo nunca había escuchado que había una psicóloga de desastres, aunque los psicólogos atienden desastres todo el tiempo, pero esa es otra historia. Es decir, una especialista en estas situaciones que llevan a la gente a circunstancias desesperadas, como incendios, accidentes o desastres naturales.

Y a ella le preguntan: "¿Por qué es que, a pesar de que los habitantes de Pompeya tuvieron casi un día para poder escapar, se encontraron tantos cuerpos en sus propias casas?" Y ella señala de una manera muy interesante. Dice: "El gran problema en Pompeya fue el conformismo."

El conformismo. ¿Cómo el conformismo? El conformismo tiene que ver con el hecho de que las personas en grandes cantidades no estuvieron dispuestas a hacer algo diferente a lo que todo el resto estaba haciendo. O sea, que estaban dispuestas a quedarse en sus hogares a pesar de la crisis que se les venía, porque al parecer el resto tampoco estaba haciendo algo.

Y eso realmente me sorprendió, pero me hizo pensar que nosotros también somos así. Y uno de los grandes problemas para nuestra obediencia tiene que ver con el hecho de que yo no quiero lucir diferente. Yo no quiero que a mí me vean haciendo algo que en realidad toda la gente no acostumbra a hacer. Yo quiero mantenerme encapsulado en una vida gris que no sorprenda a nadie.

Y por eso el salmista dice: "Quita de mí el oprobio que me causa temor." Es interesante que en algunas versiones, por ejemplo la ESV en inglés, dice: "¡Cómo temo ser motivo de burla por ser obediente!" Es decir, que el temor a la burla es por ser obediente. Otra versión dice: "Desvía las duras palabras de mis críticos." Otra dice: "Líbrame de la afrenta que me aterra." Una versión dice: "Lo que más deseo es tu palabra."

Me asusta pensar que mis enemigos me desprecien. El salmista es sincero, y yo quisiera que nosotros seamos sinceros también. A veces la obediencia nos cuesta porque no queremos lucir diferentes, porque no queremos simplemente mostrar nuestra fe en público y tener que hacer cosas que toda la gente está acostumbrada a hacer. Nosotros no estamos dispuestos a simplemente ser diferentes porque nos escondemos bajo el "pero si todos lo hacen."

Pero el salmista es sincero y le dice al Señor en el verso 38: "Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti." Ahora, ¿cómo es que yo puedo realmente ser diferente y que el Señor me quite el temor de ser obediente a Él en medio de nuestra sociedad, en medio de nuestro trabajo, en medio de nuestra familia, en el colegio, en la universidad, en donde nos desenvolvemos?

El salmista dice: "Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti. Confirma a tu siervo tu palabra." Alguna versión dice: "Asegúrame al saber que tus promesas son para mí." Sin embargo, la palabra confirmar que nosotros tenemos aquí en español no encierra todo el significado de lo que el salmista está queriendo decir. Porque si nosotros le dijéramos al Señor: "Bueno, Señor, válídame tus promesas para que yo pueda obedecerte", o sea, asegúrame de antemano que lo que voy a hacer obedeciéndote a ti va a salir bien, y entonces yo te obedezco, yo no creo que esa sea la naturaleza de las palabras del salmista.

Por eso él dice, miren ustedes, ¿cuál es el calificativo que él hace de sí mismo en el verso 38? "Confirma a tu siervo." Confírmale a tu siervo. Por lo tanto, no es "confírmame tu palabra para que te obedezca" como quien decidirá seguir el mandato si es que le conviene o no. Sino: "Señor, pon tu palabra en su debido lugar para que yo, como siervo, sepa lo que debo hacer. Señor, pon tu palabra firme delante de mis ojos para que no intente conformarme a nadie, sino conformarme a ti. Quita de mí el oprobio que me produce temor."

Pero miren ustedes qué interesante, porque dice: "Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti." Y aquí va un primer secreto. Hay dos secretos en este pasaje. El primer secreto tiene que ver con el sentido de la palabra reverencia. La palabra reverencia incluye la idea de respeto en grado máximo, pero va acompañada de un inmenso temor ante la dignidad, la soberanía, la majestad y la santidad del Dios a quien nosotros queremos servir.

"Señor, pon en un lugar preeminente tu palabra, para que tu palabra me inspire reverencia por ti, para que tu palabra puesta en un lugar preeminente me haga reconocer que el primer respeto que yo debo es a ti, que al primero que debo reconocer como soberano es a ti, y que si hay alguien a quien yo deba temer es a ti y no a los hombres." Y este es un pedido que debe haber en nuestro corazón: "Señor, confirma tu palabra a tu siervo, porque tu palabra me inspira reverencia por ti." De tal manera que al comparar el temor ante el Dios soberano, Señor, creador del cielo y la tierra, nuestro grandísimo Redentor eterno, ya no hay lugar para la vergüenza ante el temor que nos pueden producir otros seres humanos. Esa es la demanda y esa es la preocupación del salmista.

"Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti. Quita de mí el oprobio que me causa temor." Y aquí viene el segundo secreto: "Porque tus juicios son buenos." Y esta es la cereza del bizcocho, señores. Atentos, porque aquí viene lo maravilloso de este pasaje.

La palabra bueno es una de las palabras más hermosas y más significativas de todo el Antiguo Testamento. Dios mismo calificó como bueno todo lo creado. Lo recordamos en el primer capítulo del Génesis en nuestra Biblia. Bueno es una palabra tan grande que nosotros podríamos pasar el tiempo definiéndola. Sin embargo, podemos señalar que cuando Dios dice que algo es bueno, es porque es de buena calidad, porque es agradable, porque es apropiado, porque es útil, porque es conveniente, porque es deseable, porque es moralmente correcto, porque es excelente, porque está en el orden correcto, porque es beneficioso, porque es adecuado, porque hace bien, porque es aceptable, porque es hermoso, porque es placentero. Todo eso encierra la palabra bueno.

Y cuando el salmista está diciendo: "Señor, confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti. Quita de mí el oprobio que me causa temor, porque tus juicios son excelentes", está diciendo: "Porque, Señor, tus veredictos son lo único que yo necesito. Porque realmente mi vida depende del beneficio de obedecerte a ti. Porque no hay nada que tenga mayor calidad, porque no hay nada que pueda ser mejor, porque no hay nada más agradable, más apropiado, más útil, más conveniente, más deseable, más moralmente correcto, más excelente, más beneficioso, más adecuado, más aceptable, más hermoso y más placentero que tu palabra", hermanos.

Finalmente, nosotros nos encontramos ante un salmista rendido delante de Dios y pidiéndole al Señor: "Señor, yo quiero ser obediente. Por el camino de tus mandamientos correré cuando ensanches mi corazón. Pero, Señor, enséñame, hazme entender, ponme en el camino correcto, líbrame de las ganancias deshonestas, aparta mis ojos de la vanidad. Señor, no permitas que tenga temor y vergüenza por obedecerte a ti, porque tus juicios son buenos."

Y él concluye en el verso 40 de una manera muy interesante. Él dice: "Yo anhelo tus preceptos. Yo anhelo tus preceptos." Y hermanos, un cristiano que ha nacido de nuevo, un cristiano al que el Señor le ha regenerado y le ha cambiado el corazón, le ha sacado un corazón de piedra y le ha dado un corazón de carne, un cristiano en quien habita el Espíritu Santo, es un cristiano que anhela los preceptos de Dios.

"Señor, yo anhelo tus preceptos, pero yo lucho con mi obediencia, y por eso, Señor, yo necesito pedirte que me enseñes, que me des entendimiento, que me pongas en el camino correcto, que mi corazón inclinado a la ganancia deshonesta sea ahora un corazón inclinado a tus testimonios, que apartes mis ojos de mirar la vanidad y que permitas vivificarme en la acción, Señor. Ya no más cosas vacías. Permíteme estar activado, Señor. Por favor, ayúdame a no tener vergüenza ante la realidad de la obediencia a ti en público. Señor, por favor, confirma a tu siervo tu palabra, porque tus juicios son —ya lo dijimos— excelentes. Yo anhelo tus preceptos."

Pero, ¿cómo es que él concluye? Él concluye con una frase que encierra la realidad de nuestras vidas. Él dice en la segunda parte del verso 40: "Vivifícame por tu justicia." ¿Qué significa esto? Esta es la verdad del evangelio, hermanos. Dame vida por tu justicia, Señor. Dame vida por ti, por la obra que tú has hecho por mí. Dame vida, Señor, por aquello que tú solamente puedes hacer a mi favor, que es poner la vida del resucitado en mí, para que yo ya no viva para mí, sino que viva para ti, para aquel que murió y resucitó por mí. Vivifícame por tu justicia.

Y eso me hace recordar las palabras de Pablo cuando él dice: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo, y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús."

El salmista es sincero y le dice: "Señor, si yo voy a vivificar, si yo voy a tener una vida reavivada, que sea por tu justicia, que esto que te estoy pidiendo no sea, Señor, algo que yo piense que puedo alcanzar por mí mismo, porque lo único que podré alcanzar será una gran frustración. Señor, que yo pueda ser vivificado por tu justicia."

Hay una frase con la que quiero terminar, y que yo creo que encierra justamente el valor y el vigor de todo aquello que yo he querido decir. John Stott, el famoso cristiano inglés, citó alguna vez a William Temple, que era un arzobispo anglicano en los años de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial. Un hombre que realmente inspiró mucho a esa generación siguiente, donde está el famoso John Stott.

Y hablando justamente de esta realidad, de esta oración en donde el salmista está dejando todo en las manos de Dios para que sea el Señor obrando en él y dándole la oportunidad de vivir la vida de obediencia que solo no puede vivir, él dice —escuchen con atención, por favor—: "No sirve de nada darme una obra como Hamlet o El rey Lear y pedirme que escriba una obra como esa. Shakespeare podía hacerlo, yo no. Y no sirve de nada mostrarme una vida como la vida de Jesús y decirme que viva una vida así. Jesús podía hacerlo. Yo no. Pero si el genio de Shakespeare pudiera venir y vivir en mí, entonces yo podría escribir obras como esas. Y si el Espíritu Santo pudiera venir a mí, entonces podría vivir una vida como la de Jesús."

Hermanos, yo no quiero dejar este sermón simplemente como un sermón moralista. Yo quiero terminar este sermón ubicándonos en una realidad sobrenatural. Solos no podemos. El Señor tiene que estar continuamente enseñándonos, continuamente haciéndonos comprender, continuamente poniéndome en el camino correcto, continuamente luchando con mi corazón por las ganancias deshonestas, continuamente luchando conmigo porque estoy perdiendo el tiempo en vanidades, continuamente conmigo, porque mi tendencia natural va a ser avergonzarme de ser un testigo de Jesucristo. Señor, yo anhelo tus preceptos, pero vivifícame por tu justicia.

De tal manera que en esta mañana yo quisiera cerrar este tiempo orando al Señor juntos, pidiéndole al Señor que esto que hemos escuchado sea una realidad también en nosotros, que nosotros podamos decirle al Señor: "Vivifícame, Señor, vivifícame por tu justicia. Haz tu obra. Haz tu obra en mí. Yo no puedo vivir la vida de Jesús por mí mismo. Yo necesito que Cristo se haga grande en mí, que yo me empequeñezca, que yo pueda ser lleno del Espíritu Santo."

Yo quisiera que inclinemos nuestros ojos un instante y que podamos examinar nuestras propias vidas, y que podamos preguntarnos si realmente nosotros estamos viviendo una vida de obediencia tal como el Señor la espera. La realidad es que no lo hacemos. La realidad es que no estamos, ni podemos graduarnos de obedientes. La obediencia termina en la noche y cuando amanecemos empezamos nuevamente de cero delante del Señor. La obediencia no es una credencial que nosotros podemos colocar en nuestro escritorio, un diploma en donde nos hemos graduado de obediencia. La obediencia es el camino de la vida de todos aquellos que quieren caminar con el Señor.

Señor, yo te quiero pedir en el nombre de Jesús que tú seas llenándonos con tu Espíritu Santo y nos ayudes, Señor, y nos hagas aprender el camino de tus mandamientos, que nos hagas entender para que podamos obedecer tu palabra, que nos encamines, Señor, en el camino correcto, porque es nuestro deleite. Pero aparte de eso, Señor, yo quiero pedirte que nos libres de la ganancia deshonesta, inclinando nuestro corazón a tus mandamientos, Señor, que mi corazón se enternezca, que mi corazón anhele, que mi corazón desee obedecerte.

Quiero pedirte, Señor, que tú apartes mis ojos de la vanidad, de todo aquello que es vacío, que es efímero, que no tiene valor. Pero muchas veces, Señor, yo estoy anonadado con lo vacío y sin valor simplemente porque estoy detenido, porque simplemente, Señor, no estoy avanzando. Yo te pido, Señor, que me vivifiques en tus caminos, que tú me ayudes a andar, porque la vitalidad vence la vanidad. Señor, ayúdame a ocuparme en tus asuntos, aprendiendo de ti, sirviéndote con todo el corazón, de tal manera que no haya tiempo para aquello que no tiene significado ni valor en mi vida.

Señor, muchas veces yo he tenido vergüenza de mostrarme como cristiano. Muchas veces yo he preferido conformarme a la realidad del mundo y a la cultura del mundo antes que mostrar que soy diferente porque camino contigo. Te pido perdón, Señor. Y te pido, Señor, que tú seas confirmando tu palabra y me hagas ver que tus juicios son buenos.

Pero por sobre todas las cosas, yo quiero pedirte, Señor, que en esta oportunidad tú me concedas el privilegio de poder vivir por tu justicia, por la justicia de Jesucristo, por la vida del resucitado. Saber que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, que como decía Pablo, "ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí. Amén. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." Señor, de nada valdría intentar vivir una vida moral si no la vivimos en el poder del Espíritu.

Ayúdanos, Señor. Llénanos con tu Santo Espíritu. Permítenos caminar contigo de tal manera que podamos decir nuevamente: "Por el camino de tus mandamientos correré cuando tú ensanches mi corazón." Gracias, Señor, en el nombre de Jesús. Amén. Amén.

Hermanos, Dios les bendiga. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro «Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos» (Vida, 2024). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana, y es el director del Instituto Integridad & Sabiduría. Además colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary y trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.