Hay un peligro silencioso que no llega disfrazado de debilidad, sino de confianza: creer que uno ya está tan firme que ciertas tentaciones simplemente no representan una amenaza real. El pastor Salcedo expone ese peligro con claridad a partir de 1 Corintios 10:1-12, donde Pablo advierte a los creyentes corintios que su sensación de invulnerabilidad espiritual los estaba exponiendo, sin que ellos lo notaran, a un riesgo mayor que cualquier ataque externo.
Para ilustrarlo, el pastor abre con la historia de Sardis, una ciudad construida sobre acantilados inexpugnables que cayó en el año 547 a.C. no porque el enemigo derribara sus murallas, sino porque sus habitantes dejaron de vigilar el único punto que consideraban imposible de escalar. Lo mismo ocurre en el alma: cuando pensamos que cierta área de nuestra vida es inconquistable, dejamos de cuidarla, y justo ahí entra el pecado.
Pablo apoya esta advertencia recordando al pueblo de Israel en el desierto. Toda esa generación recibió bendiciones extraordinarias —la nube, el maná, el agua de la roca, el paso por el mar— y aun así cayó en idolatría, inmoralidad, murmuración y rebelión. Sus privilegios espirituales no los hicieron inmunes. Tampoco los nuestros nos hacen a nosotros. Las misericordias de Dios no son garantía de que el corazón no se aparte.
El llamado es triple: recibir la Palabra como lo que realmente es —alimento transformador, no información—, reconocer que ninguna experiencia espiritual pasada nos coloca por encima de la caída, y no minimizar la potencia del pecado, que nunca se anuncia como destrucción sino como algo pequeño, manejable y justificable. "El que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga."
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Señor, muchas gracias. Gracias por todo: tu presencia, tu compañía, tu provisión, tu palabra que es lámpara a nuestros pies. Señor, tu pueblo ha sido convocado para adorarte y para recibir de ti tu instrucción. Háblanos. Quita toda distracción, todo impedimento que hay en nosotros para recibir tu palabra con humildad y poder responder a ella, Señor, como siervos tuyos que somos. Así que exáltate y glorifícate. Ayúdame, Señor, a exponer tu palabra de una manera fiel. Gracias, Dios, en el nombre de Jesús. Amén.
Muy bien, hermanos. Pues qué privilegio estar aquí otra vez para exponer la palabra de Dios. Quisiera no mantener mucho la intriga de cómo he titulado mi mensaje, y lo he querido titular: "Cuidado con descuidarte". Yo quiero que desde el principio estemos atentos a este título, porque creo que es el hilo conductor de todo lo que quiero exponer, basado en un pasaje que vamos a leer un poco más adelante en Primera de Corintios 10. El versículo final es un versículo muy conocido por todos nosotros, pero quisiera primero introducir este texto y este mensaje con una historia que, para serles honesto, desconocía hasta hace poco. Revisando precisamente algunos pasajes y algunos comentarios acerca de este texto, me encontré con esta interesante historia del pasado.
Se cuenta que en el año 547 antes de Cristo —o sea, transportémonos unos 2500 años antes de donde estamos ahora aproximadamente—, el historiador griego de nombre Heródoto reportó en uno de sus escritos acerca del sitio, o la ocupación, del Imperio Persa sobre una ciudad que se llamaba Sardes o Sardis. Es la ciudad de Sardis que aparece en el Apocalipsis, Apocalipsis 3. Esta ciudad, ubicada en lo que es la actual Turquía, era una ciudad muy importante y el Imperio Persa quería ocuparla. Sin embargo, ella estaba construida sobre empinadas colinas con filosos acantilados, y durante 14 días el Imperio Persa trató por todos los medios de escalar y penetrar la ciudad, pero no fue posible.
De hecho, los habitantes de Sardis se sentían tan seguros en la ciudad en la que habitaban, que había un área que no tenía muralla y que ellos ni siquiera vigilaban. Ante la dificultad de ocupar la ciudad, el Imperio Persa y el rey Ciro específicamente propusieron una recompensa a cualquier soldado o pelotón que fuera capaz de lograr la conquista de la ciudad.
En ese contexto, un soldado persa de nombre Hiroíades observaba desde abajo y contemplaba la fortaleza. Se dio cuenta en ese momento de que un soldado de la ciudad de Sardis dejó caer su casco. Cuando se le cayó el casco, el soldado descendió por una quebrada que aparentemente tenía una especie de escaleras, recuperó su casco y volvió a subir, como era obvio. Buscando entonces cómo entrar a la ciudad, Hiroíades, junto con un pelotón persa, trepó por el mismo lugar por donde el soldado de Sardis había descendido, y conquistaron la ciudad.
Lo increíble es que cuando ellos subieron a la ciudad por ese mismo lugar, se dieron cuenta de que no había nadie vigilando esa zona. Y una de las fortalezas más seguras del pasado cayó, no porque sus enemigos fuesen capaces de derribar sus defensas, sino porque sus habitantes dejaron de vigilar el lugar donde estaban convencidos de que nadie podría subir y nadie los podría vencer.
Es una historia que encaja muy bien con lo que yo quisiera compartir en el día de hoy, porque esto no pasa solamente con la seguridad de una nación, sino que también puede ocurrir a nivel personal en los aspectos morales y espirituales de nuestra vida. Cuando nosotros nos creemos fuertes, cuando pensamos que estamos firmes, tendemos a bajar la guardia. Y cuando pensamos que un área determinada de nuestra vida es inconquistable, dejamos de vigilarla.
Muchos de nosotros a veces decimos: "No, eso yo no sería capaz de hacerlo." A veces decimos: "Eso a mí no me pasaría." O a veces pensamos, después de tantos años caminando con el Señor: "Yo ya sé cómo manejar ese asunto." Y sin darnos cuenta, esa confianza se convierte en exceso de confianza y en un eventual descuido de nuestro caminar.
El llamado en la Biblia a estar vigilantes ante posibles desvíos, caídas o períodos de enfriamiento o distanciamiento espiritual aparece una y otra vez. Se nos advierte constantemente, de manera recurrente: tengan cuidado, cuídense, oren los unos por los otros. Es un llamado permanente en la Biblia a estar vigilantes en cuanto a nuestro caminar y a nuestra firmeza espiritual, sabiendo que podemos ser frágiles y fluctuantes. Y la razón es esa: que nosotros somos seres frágiles y cambiantes, y tendemos a fluctuar ante las circunstancias que enfrentamos en la vida.
Eso, yo creo, fue lo que llevó al apóstol Pablo a escribir el texto que queremos leer en el día de hoy. Quisiera entonces que fuéramos a Primera de Corintios 10 con esa idea y esa ilustración de telón de fondo, para poder leer este pasaje y extraer lo que nos quiere decir en cuanto a seguir vigilantes y tener cuidado de no descuidarnos. Primera de Corintios 10: vamos a leer los primeros 12 versículos de ese capítulo.
Nos dice así la palabra: "Porque no quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, todos pasaron por el mar. En Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron el mismo alimento espiritual. Y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía. La roca era Cristo. Y sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y por eso quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. No sean, pues, idólatras como fueron algunos de ellos. Según está escrito: 'El pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a jugar.' Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron, y en un día cayeron 23,000. Ni provoquemos al Señor como algunos de ellos lo provocaron, y fueron destruidos por las serpientes. Ni murmuren como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor.
Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos. Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga."
Ese versículo 12 es el versículo principal, la culminación de todo lo que Pablo está diciendo: "Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga." Entendamos primero el contexto de este pasaje para poder aplicarlo apropiadamente y no cometer el error de decir algo que el texto no dice.
Algunos saben, muchos saben, que la carta a los Corintios —sobre todo la Primera carta a los Corintios— Pablo la escribe en respuesta a un grupo de preguntas que había recibido de los corintios, y también en respuesta a un informe que recibió de otros discípulos.
A lo largo de la carta, Pablo aborda una serie de temas que los corintios le habían mandado a preguntar. En múltiples secciones, en unas seis ocasiones, él dice: "En cuanto a las cosas que me escribieron." En el 7:1, en el 7:25, él dice: "En cuanto a las vírgenes." En el 8:1, él dice: "En cuanto a lo sacrificado a los ídolos." En el 12:1 dice: "En cuanto a los dones espirituales." En el 16:1 dice: "En cuanto a la colecta de los santos." Y también en el 16:1 dice: "En cuanto a nuestro hermano Apolos."
O sea, fíjense que él está respondiendo en cuanto a lo que le preguntaron con respecto a cada asunto, y él expone entonces lo que tiene que decir. En este pasaje en el que nosotros queremos profundizar, el capítulo 10 forma parte de una sección que va desde el capítulo 8 al capítulo 10, que trata el tema de lo sacrificado a los ídolos. Esto está dentro de esa sección de respuesta que Pablo les da en base a una serie de preguntas que ellos enviaron.
¿Y qué era lo que estaba pasando? ¿A qué es que se refiere este tema de "en cuanto a lo sacrificado a los ídolos"? Bueno, Corinto era una ciudad profundamente pagana, idólatra. Los sacrificios a sus dioses eran parte de su vida religiosa y social. Era algo del día a día cotidiano.
Cuando se sacrificaba un animal en un templo pagano —y había muchos templos paganos en la ciudad—, ese sacrificio del animal se dividía como en tres partes. Una parte se ofrecía al ídolo: se quemaba y se ofrecía al ídolo. Otra parte de la carne se consumía en los banquetes que se celebraban en el propio templo. O sea, que la gente acudía a los templos paganos y comía en comidas y banquetes preparados con estas carnes ofrecidas a los ídolos. Pero también otra parte de la carne era vendida en el mercado, porque no toda la carne que se sacrificaba —que era mucha— se podía comer en el mismo templo. Entonces, la que sobraba les quedaba a los sacerdotes paganos y ellos la vendían en el mercado.
Entonces, con toda esta situación, con el tema de la carne y los festivales paganos y las comidas en los templos, los cristianos corintios que se convertían tenían algunas preguntas, y eran básicamente tres. En primer lugar, ¿puede un cristiano comprar carne que se sacrificó a los ídolos? Esa era una pregunta que Pablo responde en el capítulo 8 y el capítulo 10. La otra pregunta que ellos le mandaron a preguntar a Pablo es: "Okay, si nos invitan a la casa de un familiar o de un amigo que es no creyente, que es pagano, y ahí se nos brinda una carne que ha sido sacrificada a los ídolos, ¿la podemos comer?" Y lo tercero, la tercera pregunta que se le envió a Pablo con respecto a este tema —y era lo más sensible, y es lo que yo entiendo que Pablo trata de abordar en el capítulo 10 que leímos— es si un cristiano puede participar de una actividad idolátrica en un templo pagano donde se come carne sacrificada a los ídolos.
¿Y por qué la pregunta? Bueno, porque muchas de sus celebraciones —sus bodas, sus cumpleaños, cualquier celebración— se hacía en los templos paganos. O sea, que esto era parte de su vida social.
Entonces, visto esto, Pablo aborda el tema, aborda los tres temas, pero en particular este tema de participar en un templo pagano, en un culto idolátrico donde se comparta carne sacrificada a los ídolos, donde se está haciendo una celebración. Ahí estaba el meollo del asunto que Pablo está tratando de responder en el capítulo 10. Un académico del Nuevo Testamento dice que Pablo tiene en mente a la persona que se considera lo suficientemente fuerte como para sentarse en medio de los idólatras y comer de la carne en el templo de los ídolos. Es alguien que piensa que está tan firme que puede ignorar el ambiente que lo rodea.
Este es el asunto, y por eso es aplicable a nosotros. Pablo se está dirigiendo a gente que se expone a aquello que es tentador, a lo que es espiritualmente peligroso, pero sin advertir su peligro, sin darse cuenta de que camina por senderos arriesgados. Ese es el tipo de gente al que Pablo le está hablando. Y por eso Pablo dice en 1 Corintios 10:12, que concluye con: "Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga." Es gente que se siente invulnerable, que se siente inconquistable. "No hay problema, yo puedo estar ahí."
Ellos saben que, como cristianos, el ídolo al que se sacrifica la carne no es nada, no es un Dios real. Ya Pablo les ha dicho eso, que la comida no puede contaminar a nadie, no tiene ningún poder espiritual sobre nosotros. Entonces, ¿qué más da? ¿Cuál es el problema? "Eso no es nada", diríamos nosotros.
¿En cuántas ocasiones nosotros también enfrentamos situaciones de la vida que pudieran ser potencialmente tentadoras para nosotros y optamos por decir: "No, hombre, eso no es nada"? Les ha ocurrido entonces a esta gente que poco a poco ha desaparecido de ellos un sano temor al pecado que deberíamos todos tener. Esta gente se ha dejado de cuidar espiritualmente, se ha dejado de escudriñar, no medita en las implicaciones espirituales de lo que hace, de lo que piensa, y deja de poner límites en algunos aspectos que pudieran conducirlos al desvío. En pocas palabras, gente que baja la guardia espiritualmente hablando.
Y muchos de nosotros a veces estamos ahí: nos creemos diestros y capaces de manejar situaciones tentadoras. No nos damos cuenta de que el pecado en esencia es engañoso. El pecado nos engaña, y mucha gente entonces no sospecha de sí misma.
Fue lo que le pasó a Pedro cuando escuchó que el Señor Jesús iba a morir en la cruz. El Señor Jesús dice: "Y ustedes me dejarán", y entonces Pedro se pone de pie y le dice al Señor: "Aunque todos te abandonen, yo jamás te abandonaré." Pedro no sospechó de sí mismo, se creyó firme. Increíblemente, la caída de Pedro es muy aleccionadora para nosotros, porque unas horas después de esa declaración absoluta de que "yo jamás te abandonaré", Pedro niega al Señor tres veces. Conocemos la historia.
Uno pudiera pensar de manera incorrecta: "¿Cómo Pedro pudo hacer eso?" Pero yo me remito a lo que Pablo dice en 1 Corintios 10: estas cosas se escribieron para nosotros como ejemplo. No digamos: "¿Cómo Pedro pudo hacer eso?" Digamos: "¿Cómo el ser humano puede hacer algo así? ¿Cómo yo puedo hacer algo así?" Porque lo podría hacer. Pedro no está hecho de un material diferente al mío.
Entonces, amados hermanos, ¿qué es lo que Pablo le dice a esta gente que se cree firme, que se cree inconquistable, que ha bajado la guardia, que entiende que puede estar en ambientes tentadores sin caer, sin desviarse, sin deslizarse al pecado, que puede resistir lo que se le presente? ¿Qué les dice Pablo? Les dice tres cosas en lo que leímos. Tres cosas sencillas que yo creo que están ahí claramente si ponemos un poco de atención al texto. Y pienso que en algunas ocasiones estaré lloviendo sobre mojado, pero saldremos mojados.
Lo primero que les dice es: "Mírate en el espejo de la Palabra y atesórala." 1 Corintios 10:1. Leímos: "Amados hermanos, no quiero que se olviden de lo que les sucedió a nuestros antepasados hace mucho tiempo en el desierto." Yo lo leí de la Nueva Traducción Viviente, pero la versión que leímos dice: "Porque no quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar." Eso es en el versículo 10:1.
En el versículo 6 dice: "Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros." En el versículo 11: "Estas cosas les sucedieron como ejemplo y fueron escritas como enseñanza para nosotros."
Entonces, hermanos, la Biblia no nos cuenta las caídas de otros para satisfacer nuestra curiosidad, para presentarnos una historia interesante, sino para despertar nuestra cautela. Como hemos dicho en otras ocasiones, la Biblia es un libro cuyo propósito no es informar, sino transformar. Yo me informo también, pero si esa información no me transforma, no estaría la Biblia y su palabra cumpliendo su propósito. Pero la transformación de mi vida al exponerme a la Escritura va a depender mucho de la actitud con la que yo la lea, la estudie, la medite, la viva.
En otra carta, Pablo le escribe a los tesalonicenses y les dice a esta iglesia, a la que él elogia mucho, uno de los elogios que Pablo le da a la iglesia de los tesalonicenses es el siguiente, capítulo 2, versículo 13: "Por lo tanto, nunca dejamos de darle gracias a Dios de que cuando recibieron su mensaje de nuestra parte, ustedes no consideraron nuestras palabras como solo ideas humanas. Tomaron lo que dijimos como la misma palabra de Dios, la cual, por supuesto, lo es. Y esta palabra sigue actuando en ustedes los que creen."
Esta palabra sigue actuando. Sigue actuando en ustedes los que creen. Los sigue cambiando. Los sigue transformando. ¿Por qué? Porque ustedes la recibieron como la palabra de Dios, como lo que es.
Y seamos honestos: la mayoría de nosotros tiene una relación con la palabra que es desganada, inconstante y superficial. Yo me pregunto si realmente pensamos que la Biblia es la palabra de Dios, viene de Dios, ¿no debería ella tener un efecto más profundo, más transformador y supremo en nuestras vidas?
Cuando la leo, la estudio, la medito, cuando la escucho, es posible que desde el púlpito se digan cosas que son ideas humanas. Eso puede pasar porque el que está predicando es un pecador igual que los que están sentados. Tratamos de ser lo más fieles a la palabra. Pero mi pregunta es: cuando tú te das cuenta, o nosotros nos damos cuenta, expuestos al mensaje, de que se está diciendo algo que proviene de la palabra de Dios, ¿qué tan importante es eso para ti?
¿Haces tú un check en tu mente? Esto es algo que yo tengo que vivir. Esto es algo que yo tengo que atender. Esto es algo de lo cual yo tengo que arrepentirme. Esto es algo que yo tengo que cambiar. Esto es algo que yo tengo que hacer. Vete con algo en cada sermón, en cada mensaje que tú escuchas. Vete con algo que tú abraces y digas: "Esta es la palabra de Dios. Yo tengo que vivir esto."
No simplemente con una apreciación. "Qué buen mensaje", lo cual es bueno también disfrutarlo. Pero más que disfrutarlo, deja que te cambie, porque es la palabra de Dios. Los tesalonicenses recibieron la palabra de Pablo como la palabra de Dios.
Y el Salmo 119, versículo 11, el salmista —y todo el Salmo 119 es una exaltación de la palabra— dice: "En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti." En pocas palabras, si nuestro corazón no se llena de palabra de Dios, es cuestión de tiempo para que me desvíe, caiga o me enfríe. Es así.
Muchos de nosotros podemos reportar que ha habido ocasiones, o quizás ahora mismo, donde yo no siento ese amor por Dios que sentí hace unos años, donde yo no siento que vibro por el Señor, donde no me siento apasionado, donde no me siento curioso. Yo les digo como pastor y hermano, y también por momentos que he pasado similares, que tiene que ver con el consumo dedicado y devoto de la palabra de Dios como nuestro alimento espiritual. Es que ella es pan. Esto es pan espiritual. Es leche para los que conocemos a Cristo inicialmente, y luego se convierte en comida sólida para los que queremos seguir creciendo y fortaleciendo nuestros músculos espirituales. Eso es lo que la palabra de Dios dice.
La primera aplicación entonces de este primer punto, lo que él les dice a los corintios, es: ustedes no están leyendo la Biblia como debe ser leída. Miren la historia, porque estas cosas se escribieron para nosotros como ejemplo, para nuestra advertencia, para que la Biblia nos transforme y nos cambie y nos sirva de medida de contención, de cuidado.
¿Qué relación tienes entonces con la palabra? ¿Qué lugar tiene en tu agenda? Ese es el primer aspecto que yo quisiera rescatar y observar de esta exposición de Pablo. Mírate en el espejo de la palabra y atesórala. Léela, recíbela, escúchala como la palabra de Dios, que conlleva entonces una respuesta de tu parte, de nuestra parte, a lo que ella nos muestra.
Lo segundo, hermanos, que Pablo les dice a estos corintios que se sienten fuertes, que pueden ir al templo de los ídolos sin sentirse tentados y están ahí y parece que nadie los va a conmover, es lo siguiente. Número dos: entiende que las bendiciones o victorias espirituales no te hacen inmune a las caídas o a los desvíos.
¿De dónde saco esto? Miremos los primeros cinco versículos del capítulo 10. "Porque no quiero que ignoren, hermanos, que nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar. En Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía. La roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y por eso quedaron tendidos en el desierto."
Las bendiciones o victorias espirituales no te hacen inmune a las caídas o desvíos. Pablo les recuerda a los corintios que Dios derramó increíbles bendiciones y privilegios sobre su pueblo Israel. Lo sacó de Egipto con mano poderosa, y en su tránsito por el desierto esta gente era testigo de primera mano del poder de Dios y del cuidado de Dios. Pablo repite una y otra vez —no sé si lo notaron cuando yo leía— "todos, todos, todos, todos", cinco veces: todos. O sea, Pablo está diciendo: "Toda esta gente recibió bendiciones y privilegios espirituales increíbles."
Todos estuvieron bajo la nube. Para los que no conocen bien esa historia, Dios dispuso que en el tránsito por el desierto el pueblo de Israel tuviera una nube que los cubría del sol por el día y también los dirigía. Cuando la nube se detenía, ellos se detenían; y cuando la nube se movía, ellos se movían. Y de noche había una columna de fuego que los calentaba y los iluminaba.
Eso era, aparte de todas las otras cosas que Dios les daba. Pero todos estuvieron bajo la nube, todos pasaron por el mar. O sea, fue gente que vio el mar abrirse, vio las paredes de agua, y dice la palabra, increíblemente, que ellos pasaron por tierra seca. Yo he visto algunas representaciones en películas que dejan como un poquito de agua, como cuatro pulgadas, como que ellos iban chapoteando a lo largo del mar. Pero dice la Biblia que ellos pasaron por tierra seca, denotando la obra milagrosa de Dios de hacerlos pasar por tierra seca.
Todos pasaron por el mar. Todos fueron bautizados en Moisés. ¿Cómo así bautizados en Moisés? Bueno, el bautismo es un símbolo de identificación. Nosotros nos bautizamos aquí en las aguas porque nos identificamos con el pueblo de Dios, con Cristo. Y ellos se identificaron con Moisés como líder del pueblo judío, y en ese sentido fueron bautizados en Moisés. Todos comieron el mismo alimento espiritual, el maná, que todos los días les era provisto de manera milagrosa. Maná todos los días.
Y también dice el pasaje que todos bebieron de la misma bebida espiritual. Había agua también en medio del desierto; ellos tenían agua para sus necesidades. Milagros diarios, atención constante, la mirada de Dios sobre ellos.
Ninguno de ellos podía decir que Dios se olvidó de ellos. Ninguno, porque había evidencias claras y diarias de que Dios estaba ahí, sin mencionar las diez plagas que Dios trajo al pueblo de Egipto y que hizo que finalmente el faraón les liberara. Si alguien podía mirar atrás y decir: "Yo he visto la mano de Dios", era el pueblo de Israel.
Pero seguimos leyendo y en el versículo 5 encontramos un doloroso "sin embargo". Un doloroso "sin embargo": Dios no se agradó de la mayor parte de ellos y por eso quedaron tendidos en el desierto. Increíblemente, de la generación que salió de Egipto, casi nadie entró a la tierra prometida. Solamente aquellos que tenían 20 años o menos entraron en el momento en que ocurre una rebelión. Y Josué y Caleb, de la generación que salió de Egipto con más de 20 años, fueron los únicos que entraron.
Es decir, habían experimentado mucho de Dios, pero aun así se desviaron, se apartaron. Su experiencia con Dios no los hizo inmunes a su desvío y a su caída.
Y otra vez yo les confieso que he pensado en esto, así como pensé en Pedro. ¿Cómo pudo Pedro hacer eso? He pensado en los israelitas y me he dicho: "¿Cómo esta gente pudo hacer eso? ¿Cómo esta gente pudo darle la espalda a Dios? ¿Se quejaron de Dios, cuestionaron a Dios, dudaron de la obra bondadosa de Dios en sus vidas?" Pero sabemos por lo que Pablo dice que el que crea que está firme tenga cuidado de no caer, y que estas cosas ocurrieron como ejemplo para nosotros, porque nosotros somos iguales.
La pregunta no es esa. La pregunta es: ¿qué pasa en mi corazón que, a pesar de recibir bendiciones y privilegios de parte de Dios, todavía hoy me desvío, me aparto, dudo, me quejo de muchos tratos de Dios para conmigo? Yo soy como ellos.
Y yo me pregunto: ¿no hemos sido liberados nosotros de la esclavitud del pecado por medio de Cristo? ¿No hemos experimentado el perdón y la limpieza de nuestros pecados? ¿No hemos visto a Dios responder oraciones que para nosotros parecían imposibles? ¿No podemos mirar atrás e identificar momentos donde Dios claramente nos abrió camino cuando pensamos que no había ninguno? ¿No hemos recibido su Palabra y hemos tenido acceso a ella como ninguna otra generación de la historia? ¿No hemos visto su paciencia para con nosotros, de la que le pedimos perdón una y otra vez por el mismo pecado, y Dios no termina de fulminarnos como pudiera hacerlo?
Yo me digo a mí mismo: "Ojalá que, habiendo sido yo receptor de todas estas misericordias y bondades de Dios, yo no sea como el pueblo de Israel. Que no se escriba de mí en la vida de Chacho: a pesar de haber sido perdonado, limpiado, dirigido, provisto, sostenido, disciplinado, levantado cuando se ha caído, a pesar de todo eso, ojalá que él no termine apartándose del Señor." Ojalá no se escriba de mí: "Pero Dios no se agradó de Chacho."
Y ese es el segundo aspecto que nosotros vemos en este pasaje: que el que cree que está firme muchas veces piensa que las victorias y los privilegios espirituales de los cuales ha disfrutado lo colocan en una posición de invulnerabilidad, como que él está mejor, como que él está bien, porque ha recibido la bondad de Dios. Pero increíblemente, esta gente la recibió y aun así no respondió apropiadamente a lo que Dios había hecho por ellos.
Y hay un tercer aspecto que Pablo les presenta a estos hermanos corintios que se creen fuertes, que se creen que pueden estar en presencia de un ambiente idolátrico y tentador para ellos, y aun así no caer, y por tanto no se cuidan como deberían cuidarse. Él les dice: "No minimices la fuerza de aquello que te puede alejar de Dios."
No minimices la fuerza de aquello que te puede alejar de Dios. Si leemos entonces en los versículos 6 al 10, él les dice: "Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. No sean, pues, idólatras como fueron algunos de ellos. Según está escrito: 'El pueblo se levantó a comer y a beber, y se levantó a jugar.' Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron, y en un día cayeron 23,000. Ni provoquemos al Señor como ellos lo provocaron, y fueron destruidos por las serpientes. Ni murmuren como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor."
¿Dónde veo yo que Pablo les está advirtiendo que se cuiden de minimizar la fuerza del pecado en sus vidas? A mí me sorprende la lista de pecados que Pablo presenta. Presenta múltiples desvíos de este pueblo que recibió mucho de parte de Dios, y ellos le fallaron profundamente al Señor. O sea, nosotros somos capaces de, habiendo recibido mucho, fallar profundamente en múltiples áreas.
Fueron idólatras, fornicaron, provocaron al Señor, murmuraron, se quejaron de Dios y dudaron de su bondad. No sé si se dan cuenta, pero somos capaces de, habiendo recibido mucho de Dios, desviarnos a lo grande.
Y aquí en esta lista de pecados, ninguno de ellos es menor. Todo pecado es pecado y es horrible delante de Dios. Pero ciertamente hay pecados más graves que otros por las implicaciones que tienen, por las consecuencias que Dios mismo impone a ciertos pecados.
Pablo menciona el pecado de la idolatría, y nosotros sabemos que está haciendo referencia a Éxodo 32, cuando se presentó el incidente del becerro de oro. Moisés sube al monte a buscar la voz de Dios y a traer los diez mandamientos. Y cuando baja, encuentra al pueblo encendido en una fiesta de celebración a un dios, a un ídolo que ellos habían confeccionado: un becerro de oro. Es algo vergonzoso, es algo chocante. ¿Cómo así? —nos decimos nosotros en esta generación, más moderna, más tecnológica. Pero, ¿no hacemos nosotros lo mismo cuando idolatramos el dinero, el deporte, los views, la imagen? Los ídolos modernos no son becerros de oro ante los cuales nos postramos, pero nos seguimos postrando ante cosas creadas, creadas por nosotros mismos.
Le dedicamos tiempo, devoción, entrega; incluso hacemos cosas por ellos en contra de la Palabra de Dios. Esa es nuestra idolatría. Cada vez que algo o alguien te lleva a hacer algo contrario a Dios, eso es un ídolo para ti. Es un ídolo para nosotros.
Ese es el incidente que Pablo reporta ahí, porque él les dice: "El pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó a jugar." Es exactamente una cita de Éxodo 32. Pero luego, en el versículo 8, dice: "Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron." Esa es una ocasión en la que, a través de la manipulación de un profeta, ellos caen en el error de procurar mujeres paganas: las mujeres de Moab. Hubo un grupo enorme de hombres israelitas que estuvieron con mujeres de Moab y fueron culpables de inmoralidad sexual, y eso solamente produjo unas 24,000 muertes. Aquí se reportan 23,000, pero en Números 25 se reportan 24,000, porque en un día murieron 23,000, pero murieron otros 1,000 más adelante.
Algunos han dicho que eso es una contradicción de la Biblia, sin notar que en un pasaje se dice que en un día cayeron 23,000, pero que toda la plaga, en Números, dice que toda la plaga fue 24,000. Pero en el versículo 9 se nos dice que provocaron al Señor. Aquí se quejaron del alimento, dudaron de la bondad de Dios, se quejaron del maná, se quejaron de que no tenían carne.
Y cada vez que yo me quejo y murmuro —el versículo 10 también habla de una murmuración similar—, lo que estoy haciendo es quejarme contra la voluntad soberana de Dios en mi vida, porque obviamente todo lo que ocurre en mi vida es porque Dios lo permite; así lo ve, eso es lo que Él entiende que yo necesito. Y esto es una lucha en nuestros corazones y en nuestras mentes, porque a veces son duras las cosas que Dios nos presenta en la vida, las cosas que Dios permite en nuestra vida son duras. Pero bíblicamente las debo entender como el trato de Dios conmigo para hacer de mí lo que Él quiere que yo sea.
Entonces, no minimicemos la fuerza que tiene el pecado o la tentación para nosotros. No nos expongamos de manera innecesaria e inocente, y yo diría hasta temeraria, a las insinuaciones del pecado. Porque nuestro problema no es, muchas veces, que sobreestimamos nuestra fuerza; es que minimizamos la potencia del pecado. Pensamos que podemos acercarnos un poco más, exponernos un poco más, permitirnos ciertas libertades. No reconocemos lo engañoso que puede ser.
El pecado nunca nos dice: "Vengo a destruirte, vengo a hacerte caer." No nos dice eso de esa manera. Se presenta como algo pequeño, como algo justificable, manejable. Promete satisfacción sin mayores consecuencias. Esa es la manera como el pecado se presenta de forma sutil y subrepticia. Nos invita a dar un paso sin decirnos a dónde nos llevará.
¿Ustedes creen que Sansón anticipó que Dalila iba a ser su ruina? ¿Ustedes creen que David, cuando vio a Betsabé desde el balcón, pensó a dónde lo iba a conducir esa mirada? David no anticipó eso, a pesar de toda la sabiduría que tenía. Porque David ya en ese momento tenía más de 45 años; no era un niño, era un hombre experimentado, un rey establecido, admirado, respetado, un adorador.
Vuelvo a referirme a Pedro. ¿Ustedes creen que Pedro pensó que negaría al Señor la misma noche en que declaró que jamás lo negaría? No. No nos conocemos, y por eso nos exponemos de manera inocente a cosas que son tentadoras y peligrosas. Es por eso el mandato de Pablo: "Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga."
Tienes que —y esto es recapitulando— colocar la palabra en su lugar: nuestro alimento, el lugar donde tenemos comunión con Dios, donde nos vemos como en un espejo, vemos lo que somos y vemos lo que Dios es, entendemos Su voluntad para nosotros. Tenemos que recobrar la importancia, la devoción que la palabra merece como Palabra de Dios que es. Leámosla de manera existencial. Veámonos ahí. ¿Cómo somos? ¿Por qué hago eso?
Número dos: entiende que las bendiciones espirituales —el estar en una buena iglesia, el estar en un buen grupo pequeño, el leer un buen libro, el estar expuesto a las cosas espirituales, estar rodeado de amigos cristianos— no te eximen, no evitan que te desvíes y caigas. Y número tres: no minimices la fuerza de aquello que te puede alejar de Dios.
Entonces, la instrucción de Pablo, el mandato de Pablo —porque está en imperativos, es una orden, un mandato que él da—: "Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga." ¿Cómo me cuido? Estas son ya algunas palabras finales de aplicación.
He dicho algunas de las aplicaciones que ya quería decir, pero quiero resaltar otras. Lo primero: ¿cómo te cuidas? Comienza a sospechar un poco más de ti. Eso es lo primero. Comienza a desconfiar de tu propia fortaleza. No creas que eres mejor y más fuerte. No creamos que somos mejores y más fuertes que otros. Hombres y mujeres mejores que nosotros han caído en cosas graves. Comienza a sospechar de ti.
Número dos: aprende a detectar pequeños desvíos y pon atención a tus amores. Pon atención a lo que te está cautivando, lo que te está jalando, lo que te está distrayendo. Hay un pasaje que he predicado aquí, que me gusta mucho y al que acudo constantemente en mi propia vida: el Salmo 139, versículos 23 y 24. "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón. Pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame en el camino de la vida eterna." Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda. Este es un hombre inquieto, un hombre interesado en conocer, como decía Spurgeon, los recovecos de su propio corazón. ¿Qué está pasando dentro de mí? Seamos más reflexivos.
Aprende a detectar pequeños desvíos y pon atención a tus amores. Número tres: aliméntate diariamente de la Palabra. Estas son cosas sencillas; no estamos inventando la rueda ni el agua tibia. Acude a la Palabra en dependencia diaria de tu Señor.
No te aísles. Número cuatro: no te aísles. Oigan lo que dice Hebreos 3:13, un versículo al que creo que ya hemos llegado: "Adviértanse unos a otros todos los días, mientras dure ese hoy, para que ninguno sea engañado por el pecado y se endurezca contra Dios." O sea, es posible que si me aíslo —y cuando digo me aíslo no es que me tranque en una habitación, aunque eso pudiera ser parte del aislamiento—, muchas veces nos aislamos cuando no somos receptivos a la opinión de los demás, al consejo. Estamos en medio de la gente y la gente nos señala algún camino que deberíamos observar y corregir, pero nosotros no le ponemos caso. Estamos aislados en nuestra propia inteligencia, en nuestra propia opinión.
Número cinco: ora. Ora para ser preservado. La oración modelo: "Padre, no permitas que caigamos en tentación. Líbranos del mal."
Y por último: hay ciertas inclinaciones de la carne, hermanos, que más que resistir, hay que huir de ellas. Ustedes saben que en la Biblia hay dos pecados de los cuales uno debe huir. Uno es la inmoralidad sexual, o fornicación, como le llama 1 Corintios 6, y el otro es la idolatría. Literalmente, 1 Corintios 10:14, que es el versículo un poco más abajo del que leímos, dice: "Huyan de la idolatría." ¿Y qué es eso? No se trata únicamente de que no nos postremos ante una estatua de madera o de oro a adorarla. Huye de todo aquello que abrace y capture tu corazón más que Dios. Todo lo que te lleve a desobedecer a Dios, todo lo que te lleve a alejarte de la pasión por Dios, es un ídolo para ti. Huye de esas cosas, ponle freno, ponle límite. Hay cosas incluso buenas, legítimas, que no son pecaminosas, pero que si les damos una importancia desproporcionada pudieran convertirse en un ídolo para nosotros. Esto no es matemático; cada quien tiene que hacer un análisis de su propio corazón y de sus propias inclinaciones, y poner límites en aquellos ídolos que son de su preferencia.
Entonces, así se cuida uno de no caer. Lo resumo: sospecha de ti. Aprende a detectar tus pequeños desvíos y tus amores. Aliméntate diariamente de la Palabra. No te aísles; recibe el consejo. Ora para ser preservado. Y cuídate de ciertas cosas al punto de huir de ellas.
Quiera Dios que nosotros adquiramos con el mensaje de hoy una conciencia de que nuestra vida no es inconquistable. Hay orillas y rincones por los que el pecado puede subir, por los que el engaño puede subir, y podemos entonces dejar caer la ciudad que debe estar ahí puesta para gloria de Dios.
Vamos a orar. Señor, gracias por Tu Palabra, por las advertencias que escuchamos en ella, Señor.
Este es un mensaje que puede producir múltiples emociones en nosotros. Puede producir convicción y arrepentimiento, porque quizás hemos sido descuidados en nuestro caminar. Hemos sido ingenuos en nuestro proceder con ciertas áreas de nuestra vida. Hemos quizás sobreestimado nuestra fuerza. Hemos confiado en nosotros más que en ti, Señor.
Esa es una emoción que puede producir este mensaje: quizás arrepentimiento, convicción de que hemos actuado así. Pero también puede producir gratitud, porque gracias te damos, Señor, porque tú nos adviertes, tú nos abres los ojos, tú nos estás contando lo que puede pasar si no nos cuidamos. Nos estás amonestando en amor, como un padre lo hace con sus hijos, y te damos gracias por ello, Señor.
Pero también el pasaje puede crear en nosotros una conciencia de que te necesitamos. ¡Qué frágiles somos! Señor, ayúdanos, sosténnos, presérvanos. Que a través de tu Espíritu tú, Señor, cuides nuestro corazón de desviarse de tu santa Palabra, de tu limpio camino.
Ayúdanos, Señor, a mantenernos firmes en ti, con nuestra mirada puesta en Cristo, que es el autor y consumador de la fe. Como dice tu Palabra, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz. Asimismo, Señor, queremos nosotros soportar lo que este mundo nos presente, con gozo delante de nosotros. Ayuda a tu pueblo, Dios. Haznos un pueblo firme, no en nuestras fuerzas, sino en ti, Señor. Gracias, Cristo. Amén y amén.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.