Integridad y Sabiduria
Sermones

El inesperado veredicto de Dios

Héctor Salcedo 16 marzo, 2026

Hay una suposición profundamente humana que dice que Dios nos acepta porque somos buenas personas. La parábola del fariseo y el recaudador de impuestos, en Lucas 18, viene a desafiar esa certeza con un veredicto que resulta escandaloso: el que todos consideraban justo no fue justificado, y el que todos consideraban indigno sí lo fue. Jesús no eligió esos dos personajes al azar. El fariseo representaba lo más respetable de la sociedad de su época —disciplinado, piadoso, moralmente intachable ante los ojos de todos—, mientras que el recaudador de impuestos cargaba con el desprecio público por ser traidor, ladrón y religiosamente impuro. Dos extremos. Y sin embargo, el veredicto de Dios los invierte.

El fariseo ora, pero se promueve a sí mismo. Le presenta a Dios su currículum moral: no roba, no comete adulterio, ayuna más de lo que la ley exige, diezma con exactitud. Su postura revela que no siente necesidad de gracia. El recaudador, en cambio, ni siquiera levanta los ojos. Se golpea el pecho, se coloca a cierta distancia y clama: "Dios, ten piedad de mí, pecador." Como señala el pastor Salcedo, esa palabra griega para "piedad" apunta al propiciatorio del Antiguo Testamento, al lugar donde la sangre del sacrificio cubría el pecado del pueblo. El recaudador no pide un indulto; pide que Dios actúe con misericordia a través de un sacrificio.

Eso es exactamente lo que Dios hizo en Cristo. Según 2 Corintios 5:21, Dios puso nuestro pecado sobre Cristo y acreditó su justicia a nuestro favor. La justificación no es recompensa por el comportamiento; es declaración divina basada en ese glorioso intercambio. El que llega a Dios con sus obras regresa con sus pecados. El que llega con sus pecados, regresa a casa justificado.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Pues bien, hermanos, permítanme introducir mi mensaje en el día de hoy. Hoy nos toca compartir la palabra y para mí siempre es un privilegio el poder hacerlo. Pido al Señor por su dirección y pido al Señor también que nos dé a todos nosotros, lo que estamos escuchando y lo que estamos exponiendo, una comprensión espiritual muy precisa acerca de lo que su palabra nos va a instruir en el día de hoy.

Como ustedes saben, queridos hermanos, el Señor Jesús es el maestro de maestros. Fue un escándalo, por así decirlo, cuando Él estuvo entre nosotros. Y nosotros revisamos en los evangelios cuando Jesús enseñaba: la gente tenía una admiración y un respeto por su enseñanza que sorprende. Si hacemos un recorrido por los evangelios, encontramos expresiones como las que dice Mateo 7, que las multitudes estaban admiradas porque enseñaba como quien tiene autoridad. También Marcos 1:22 dice lo mismo, que la gente se admiraba de su enseñanza, e incluso decía que su autoridad superaba a la de los escribas, que eran los típicos maestros de la época.

Incluso en Lucas 19:48 leemos que todo el pueblo, literalmente, estaba pendiente de Él para oírle. La gente estaba atenta: ¿dónde va a estar Jesús? ¿Dónde va a enseñar Jesús? Y ahí la gente quería estar presente. En Marcos 2:13 leemos también que las multitudes acudían a Él, toda la gente venía a Él y Él les enseñaba. En Marcos 12:37 se nos dice —¡oigan qué impresión tan hermosa!— la multitud lo escuchaba con agrado. Era un maestro que capturaba la atención, que entusiasmaba a la gente al escuchar las verdades que Él comunicaba.

En Juan 7:46 nosotros leemos de unos guardias a los que se les instruyó que apresaran a Jesús. Y ellos llegaron a donde sus superiores sin Jesús; no pudieron apresarlo, y la explicación fue: "Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre." O sea, no se atrevieron a tocarlo porque hablaba con un nivel de autoridad que los intimidó y no les permitió apresarlo. Oigan esta expresión también en Lucas 21:38: todo el pueblo madrugaba para ir al templo a escucharlo. Ustedes saben que uno madruga para ir al aeropuerto o cuando uno tiene una emergencia, pero esta gente madrugaba para ir a oír a Jesús enseñar. Y en Lucas 4:22 se nos dice que se maravillaban de las palabras de gracia que salían de su boca.

Entonces, vemos que el ministerio del Señor Jesús fue un ministerio respetado, admirado, que producía encanto en la gente, que producía admiración y asombro en los que escuchaban su enseñanza. Aún en sus adversarios, Jesús fue un hombre que caló en la atención de la gente. Y una de las formas que Él usó fue el uso de las parábolas. Las parábolas son historias cortas que Jesús usaba con una enseñanza espiritual. Como decía Montgomery Boice, es una historia terrenal con un mensaje celestial. En los evangelios nosotros encontramos unas 38 parábolas aproximadamente de Jesús. Fue un recurso muy usado. Probablemente les enseñó más de 38 parábolas, pero esas son las que tenemos recogidas en los cuatro evangelios.

Yo quisiera entonces que fuéramos hoy a revisar una de esas parábolas. Lo bueno de las parábolas en términos didácticos es que uno las recuerda con mucha facilidad, no solamente lo que dicen, sino las enseñanzas que de ellas se derivan. Es muy fácil, por así decirlo, extraer esas enseñanzas. Y en Lucas 18, hay una de esas parábolas, desde el versículo 9 hasta el versículo 14, que yo quisiera leer hoy con ustedes. Leo de la Nueva Biblia de las Américas:

"Dijo también Jesús esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás. Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano.' Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.' Les digo que éste descendió a su casa justificado, pero aquel no, porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido."

Esta es la historia, esta es la parábola que nosotros quisiéramos en el día de hoy usar de base para nuestro texto y caminar por lo que ella nos enseña. Lo primero que yo quiero que noten —y está claramente expuesto al inicio de la parábola— es la audiencia a la que esta parábola es dirigida. Literalmente, el versículo 9 nos dice: "Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás." Esta es la audiencia, y mayormente esa audiencia que está ahí definida en esos términos era la audiencia de los fariseos, que eran unos estudiosos de la ley y posiblemente el grupo religioso más poderoso de la época. Es definido como un grupo que tenía mucha confianza en sí mismos como justos y despreciaban a los demás.

Parece ser que había en ellos una actitud de superioridad moral, de superioridad espiritual, cuando ellos se comparaban y se veían frente a otros. Y Jesús, atendiendo esta situación, les dirige esta parábola. Yo quiero pensar que no lo hizo solamente para reprenderlos, sino para guiarlos a la verdad. A veces vemos los encuentros de Jesús con los fariseos y vemos esas confrontaciones, esas reprensiones que les hizo a lo largo de los evangelios. Pero en este caso la reprensión tiene contenida un acto de compasión de parte del Señor, porque Él sabía que si ellos seguían pensando de esa manera se iban a condenar, no iban a encontrar la salvación.

La Nueva Traducción Viviente define este grupo —fíjense cómo lo dice— como gente que tenía mucha confianza en su propia rectitud. Entonces, ¿quiénes son esta gente que tenía confianza en sí mismos como justos y que tenían mucha confianza en su propia rectitud? Ya yo les dije que en el contexto inmediato se refería a los fariseos, pero realmente esta es una forma muy común de mucha gente pensar. Es más común de lo que nosotros suponemos el que la gente piense que es justa en sí misma, que tiene rectitud moral incluso suficiente para estar en paz con Dios o para estar bien con Dios.

Mucha gente piensa que son buenas personas, que son gente que no tiene mucha deuda delante de Dios, y piensan literalmente que si pasan de este mundo al otro y fallecen, las puertas de los cielos se les abrirán y se les dará la bienvenida porque aquí en esta tierra fueron personas ejemplares. Hay mucha gente que vive con esa idea, con ese concepto, que entiende que su relación con Dios es correcta y que está en buenos términos morales delante del Señor. Están convencidos de que son justos, de que son rectos, de que Dios los acepta en base a lo que ellos hacen y no en base a lo que Dios ha hecho en Cristo. Y esa postura entonces es lo que denominamos como una postura de autojusticia. No es gente que se cree perfecta, sino gente que entiende que tiene suficientes méritos como para que Dios los acepte. Y esto es un problema espiritual que tenemos delante de Dios.

Tenemos un tema con Dios porque, delante de Él, si nos comparamos no con los hombres sino con Él, estamos en déficit espiritual y moral. Muchos asumen que el amor de Dios, que la misericordia de Dios es tal que Él no exige, que Él no demanda, que Él no espera que nosotros nos pongamos a cuenta con Él. Y yo creo que sin duda esa es la idea más común que la gente tiene acerca de la salvación: que al final, prácticamente todo el mundo que no haya sido un criminal confeso está bien delante de Dios. Y esta parábola, precisamente cuando la sigamos estudiando, va a arrojar una conclusión, una idea que es chocante y sorprendente para muchos de nosotros.

Ese es el grupo, esa es la audiencia a la que Cristo dirige esta parábola: a gente que se consideraba justa en sí misma, que incluso despreciaba a los demás, que entendía que estaba bien delante de Dios y que Dios entonces, hasta cierto punto, les adeudaba la salvación. Lo segundo que nosotros podemos ver en esta parábola son los personajes que Jesús usa para darnos la enseñanza. Lucas 18:10 nos dice: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo y el otro era recaudador de impuestos." Estos son los dos personajes de la parábola que Jesús usa para darnos su enseñanza. Y son dos personajes que, sin duda alguna, fueron cuidadosamente seleccionados por el Señor. No son dos personajes al azar; bueno, como era típico en su enseñanza, ninguna de sus enseñanzas fue al azar, pero aquí hay una selección muy especial de personajes. Por un lado el fariseo, por otro lado el recaudador de impuestos. Ya yo les mencioné algunas cosas de los fariseos, pero quiero añadir otras para que entiendan por qué Jesús usó el personaje del fariseo en esta parábola.

Este grupo de los fariseos era un grupo religioso que había originado unos 200 años aproximadamente, un poco más, antes de Cristo. Esta gente era gente muy rigurosa con la ley. Su nombre, fariseo, significa "los separados". Se llamaban así porque estaban extremadamente atentos al cumplimiento de la ley y a la pureza de sus vidas en sentido general.

Nosotros, para poder entender correctamente esta parábola, tenemos que primero quitarnos de la cabeza la idea moderna de lo que es un fariseo. Nosotros, en nuestra mente, luego de que hemos leído los evangelios, tenemos una idea de que los fariseos eran hipócritas, eran gente mala, eran gente capciosa que trató de meter a Jesús en diferentes trampas a lo largo de su ministerio. Pero la idea típica en la época de Jesús era que el fariseo era lo más pulcro de la sociedad, era lo más correcto de la sociedad. Nicodemo, un personaje que vemos en Juan 3, que habla con Jesús cerca de noche para hacerle algunas preguntas, era fariseo. El apóstol Pablo dice que antes de venir a Cristo era fariseo, un hombre riguroso en el cumplimiento de la ley.

La gente consideraba a los fariseos como el estándar más alto de moral y de piedad religiosa. Y si alguien preguntaba en la época de Jesús: "¿Quién vive realmente la verdad de Dios? ¿Quién vive realmente la ley de Dios?", la gente, sin lugar a dudas, en sentido general, hubiese respondido: "Los fariseos". Ellos tenían esta reputación de ser gente devota, estricta, disciplinada, serios y obedientes a la ley. Eran admirados por el estudio de la ley que hacían. Eran gente profunda. La gente iba donde ellos a preguntarles cosas de la ley.

De hecho, Jesús hizo uso de esa idea cuando en Mateo 5, en un momento dado, hablando de la justicia que era necesaria para heredar la salvación, dijo: "Si su justicia no es mayor que la de los fariseos, nadie entra". Y la gente dijo: "¡Wow! Ah no, pero esto no es fácil". No, no es fácil, porque recuerden, no es por obra sino por gracia, a través de Cristo. Entonces, para la gente común, el fariseo, en resumen, era el bueno, el recto, el consagrado. Ese era el fariseo. En ese extremo, digamos, ese es el primer personaje de la parábola.

En el otro extremo está el otro personaje de la parábola: el recaudador de impuestos. Un historiador muy conocido de nombre Josefo reporta que los recaudadores trabajaban usualmente para un publicano. Roma, que tenía un imperio muy vasto, muy amplio, en Asia Menor, en Europa, subastaba el derecho de cobrar impuestos a ciertos individuos que se llamaban publicanos. Usualmente el publicano era un romano, y el romano subcontrataba recaudadores en las diferentes zonas para cobrar los impuestos. Entonces él tenía el derecho de cobrar impuestos en una región y subcontrataba recaudadores.

Los recaudadores de impuestos, y este es uno de los que Jesús está hablando, eran judíos que trabajaban para un romano en el cobro de impuestos del imperio romano. Esta gente era ferozmente odiada entre los judíos. El recaudador era de lo peor que la sociedad tenía a los ojos de los judíos. ¿Y por qué? Bueno, porque el recaudador de impuestos cobraba un impuesto para un imperio sanguinario, un imperio dominante en la zona. Pero no solamente eso, sino que usualmente ellos cobraban los impuestos que correspondían y un poco más, para quedárselo ellos.

Entonces eran gente que tenía tres manchas sociales muy graves. La primera mancha era esa: eran traidores políticos, eran leales al imperio romano que los oprimía. La segunda mancha era que eran ladrones legales; robaban dinero de la gente para quedarse con él. Y no solamente eso, sino que también eran considerados como gente religiosamente impura, porque tenían muchos contactos con gentiles y con gente que el pueblo judío entendía que era impura, con la que no debían tener relación.

Si revisamos lo que los evangelios nos dicen de los recaudadores, estos siempre son colocados junto a otras categorías de personas pecadoras muy graves. Miren cómo dice Mateo 21:31-32: "Los recaudadores de impuestos y las prostitutas van delante de ustedes al reino de Dios". Jesús, enseñando, asocia a los recaudadores y las prostitutas como personas de muy poca moral, considerados pecadores en la época. Asimismo, en Lucas 15 leemos que todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús; era como una categoría de pecadores el hecho de ser recaudador de impuestos. Mateo 5:46-47 dice que no hacen eso también los recaudadores de impuestos, que aman a sus amigos y a sus familias. O sea, si tú haces lo mismo que hacen los recaudadores, no tienes ninguna ventaja.

En Mateo 18:17, cuando se nos habla de la disciplina eclesiástica, cuando una persona no se arrepiente y debe ser expulsada de la comunión de la iglesia, Jesús dice: "Considéralo como un gentil o un recaudador de impuestos", como lo peor. Claramente el recaudador era considerado como lo más bajo moralmente hablando de la sociedad. Y Jesús fue acusado entonces como alguien que no tenía credibilidad ni pureza porque se asociaba con pecadores, prostitutas y recaudadores de impuestos.

Entonces, si se pueden dar cuenta, Jesús en esta parábola usa dos personajes para darnos su enseñanza. Por un lado, los fariseos, considerados como lo más puro de la sociedad, lo más pulcro, lo más recto, la gente que se consideraba justa en sí misma, a tal punto que despreciaban a los demás por lo justo y lo puro que ellos se consideraban. Y por otro lado, el otro personaje, que socialmente era considerado lo peor de la sociedad de la época, gente con la que no se podía ni siquiera compartir. Eran judíos, pero no eran dignos de compartir con ellos porque eran pecadores. Estos son los dos extremos de la sociedad de la época, los dos extremos espirituales y morales.

Entonces, ¿qué nos dice Jesús de estos personajes? Ya vimos a quién se le dirige, ya vimos los personajes que Jesús usa. Ahora, lo tercero que debemos notar en la parábola es: ¿qué es lo que hacen estos personajes? Versículo 10 del capítulo 18 de Lucas: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo y el otro era recaudador de impuestos".

En el templo nos juntamos muchos. Aquí hay de todo, hermanos. Aquí hay de todo. Hay fariseos y hay recaudadores. Pero antes de que pensemos que hay buenos y malos, no todos somos malos. Hay gente que se cree buena y hay gente que sabe que es mala. Esos son los personajes que están aquí. Los dos estaban en el templo, en el mismo lugar, haciendo lo mismo delante de Dios, orando delante de Dios.

Se nos dice entonces la forma como ambos se acercan a Dios y cómo se dirigen a Él. En primer lugar, comienza el fariseo, y se nos dice en los versículos 11 y 12: "El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano'". Esa fue su autodescripción. Ese fue su currículo moral y espiritual.

Jesús lo dice al principio, cuando recuerden que está enseñando esta historia. Él está creando esta historia con un propósito didáctico, con un propósito de enseñarnos algo. Dice que este individuo oraba para sí. ¿Qué fue lo que le pidió a Dios? Lo que le dijo a Dios fue hablar de sí mismo, de sus logros morales, de sus logros espirituales. Se nos dice que su postura, puesto en pie, no era simplemente que estaba de pie, sino que lo hacía de una manera orgullosa, con una actitud de superioridad moral y espiritual. Esto reflejaba que se acercaba a Dios sin sentir ninguna necesidad de gracia ni de misericordia, como si mereciera la atención y el favor de Dios.

El fariseo entiende que Dios como que le debe algo. Él parece estarle diciendo a Dios: "La verdad, Señor, es que yo soy una persona espectacular. Realmente, Señor, es un honor que tú me tengas por siervo. Realmente yo soy una persona que, wow, me he comportado, he actuado, he hecho todo lo que se corresponde, todo lo que he debido hacer. Yo me he portado bien. Realmente tú deberías sentirte afortunado, Dios, de tenerme".

Fíjense que Jesús, en su capacidad de enseñanza, en la capacidad que tenía de sintetizar muchas cosas en pocas palabras, habla de tres categorías en las que el fariseo da su currículo. Primero, la categoría social: dice "yo no soy ni estafador ni injusto".

Socialmente hablando, yo no estafo a nadie, yo soy honesto en mis tratos, en mis transacciones, yo soy justo con la gente, soy recto en mi accionar, en mi proceder. En su categoría social, en cuanto al público se refiere, en cuanto a la gente se refiere, yo los trato bien y yo actúo bien con ellos.

Pero Jesús también nos dice que a nivel familiar, él no era adúltero. Fíjense que él está diciendo: no soy estafador, ni injusto, ni adúltero. Esto incluye la categoría familiar, de que yo cumplo con mi familia, yo le soy fiel a mi esposa, yo cumplo con mi casa.

Y luego Jesús nos dice que en la categoría religiosa, ahí es que él tiene méritos. Él dice: ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que gano. Y sutilmente a nosotros se nos puede escapar que al judío solamente se le exigía ayunar una vez al año, en el día de la expiación. Ese era el único ayuno obligatorio del religioso judío, o de la ley judía. Pero este individuo dice: yo ayuno dos veces por semana.

O sea, ese individuo había comenzado los ayunos intermitentes de hoy, antes de tiempo. Pero religiosamente hablando, lo que él está diciendo a Dios es: "Señor, yo voy más allá de la ley, más allá de lo que la ley me exige."

Entonces, en sus pocas palabras, y sobre todo en las pocas palabras de Jesús, en esa capacidad extraordinaria de enseñanza que tenía, Él presenta un individuo que entiende que él es socialmente, familiarmente y religiosamente impecable, que nadie tiene que decirle nada, que él no tiene cola que pisarle. Este es el individuo que vemos aquí.

De hecho, nosotros sabemos que esta es una concepción errada a la luz del resto de lo que la Palabra dice. Pero Jesús claramente comienza la parábola diciendo que había gente que se consideraba justa a sí misma y despreciaba a los demás. Claro, si esa era su autopercepción —que él tenía buena nota en todas estas categorías—, él, obviamente, si se comparaba con el recaudador de impuestos, el pobre, que estaba mucho más desaliñado que él en términos espirituales y morales, él iba a quedar bien parado.

Pero nosotros sabemos, hermanos, que esta es una comparación injusta, incorrecta. Si yo quiero realmente conocer mi condición espiritual y moral, no debo compararme con un recaudador o con otros que están más desaliñados que yo espiritual y moralmente. Mi comparación debe ser con el estándar de justicia, rectitud y santidad perfecta que es Dios, y Cristo específicamente. Le hubiésemos podido decir al fariseo: "Compárate con Cristo y vas a ver dónde quedas, a ver si tú tienes tanta rectitud como tú entiendes que tienes."

Pero ciertamente, si vemos a nuestros pares —y sobre todo nosotros que vivimos en una generación que peca públicamente y glorifica el pecado, la vulgaridad y la perversión—, si nos evaluamos con esa generación y cultura en la que vivimos, vamos a quedar muy bien parados todos, o la mayoría. Pero vuelvo y repito: mi comparación no debe ser con el estándar de la sociedad o de nuestros pares, sino con Cristo, que es la santidad perfecta.

Y esta fue la oración del fariseo. Una oración falsa, una oración que era para sí, una oración que era una autopromoción delante de Dios.

Y luego Jesús entonces nos habla del recaudador de impuestos, el otro personaje, y nos cuenta cómo este individuo se acercó a Dios. Lucas 18:13: "Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.'"

Su postura es otra y muy diferente a la del fariseo. Aunque ciertamente está de pie, hay claras indicaciones en el texto de que su corazón está de rodillas. Lo primero que vemos es que Jesús añade esta frasecita que dice "a cierta distancia". Un comentarista de este pasaje dice que el recaudador se retira porque no se siente digno de acercarse al Dios santo. Esto hace referencia a su conciencia de pecado.

Pero hay un segundo aspecto en la descripción de Jesús, y es que ni siquiera quería alzar los ojos al cielo. R. C. Sproul, hablando de este pasaje, dice que esta es la expresión visible de su conciencia de pecado. Él está avergonzado de sus pecados. Está distante porque no se siente digno, pero está avergonzado y baja su cabeza sabiendo que no tiene excusa. Él no se justifica. Él se postra interiormente delante del Dios santo.

Pero hay una tercera expresión muy significativa: se golpeaba el pecho. A cierta distancia, con los ojos hacia abajo, golpeándose el pecho, diciéndole al Señor: "Ten piedad de mí, pecador." Y se golpeaba el pecho, dice MacArthur, porque entendía que él era el responsable de su pecado y de su condición. No hace responsable a nadie más. No desplaza su culpa. No se compara con otros. Ve a Dios, se ve a sí mismo y se humilla. Es como decir que el cuerpo entero del recaudador se convirtió en una oración.

Y añade la expresión... entonces, esta era su postura corporal, su lenguaje corporal era de absoluta rendición, de absoluto arrepentimiento, de absoluta indignidad delante del Dios santo ante el cual él se estaba presentando. Y él añade su frase: "Ten piedad de mí, pecador." Significa: "Señor, sé propicio." Ese es literalmente lo que significa. Si traducimos la palabra "piedad", "ten piedad de mí" es "sé propicio a mí".

Y esto tiene una profundidad mayor si lo examinamos a nivel del lenguaje original. Hay una palabra aquí que se relaciona con el propiciatorio que estaba encima del arca del pacto en la época del Antiguo Testamento, cuando los judíos tenían un arca del pacto que viajaba con ellos y que representaba la presencia de Dios. En la parte superior había un lugar que se llamaba el propiciatorio, que era donde se ponía una parte de la sangre de los sacrificios en símbolo del perdón de pecados, en petición de perdón por los pecados que ellos habían cometido. Y Dios, entonces, pasaba por alto los pecados del pueblo en base a la sangre que se vertía en el propiciatorio.

Entonces, esta palabra que este individuo usa —"sé propicio a mí"— apunta a algo muy profundo. Lo que él está diciendo a Dios es: "Señor, perdona mi pecado en base a un sacrificio que tú hagas por mí." Increíble.

El judío, de hecho, tenía muy presente en su mente que sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. El pecado nuestro, hermanos, no es simplemente indultado por Dios; el pecado nuestro es pagado por Dios en Cristo en la cruz. Si nuestro pecado fuese indultado —y lo que significa indulto es precisamente que alguien no pague la pena que debe pagar—, eso sería injusto, la ley no se cumpliría. El indulto es una ignorancia de la ley.

Pero el perdón de Dios hacia nosotros es diferente: Dios no ignora su ley, sino que lleva a su Hijo a la cruz para que su Hijo cumpla la ley y derrame su sangre en nuestro favor. Es totalmente diferente el proceso a través del cual Dios nos perdona al que usa un legislador moderno, un presidente hoy en día, cuando indulta a uno que está pagando una pena. Lo que este individuo, entonces, le está diciendo a Dios es: "Señor, perdona mi pecado y hazlo a través de un sacrificio que tú hagas por mí."

Y esta actitud también del recaudador nos recuerda que Dios está justamente airado contra el pecado del hombre. Nosotros, todos nosotros, hemos cometido, pensado, maquinado y reaccionado de maneras que conllevan una justa ira de Dios contra nuestros pecados. Y la actitud apropiada de todos nosotros es venir delante de Dios y, a cierta distancia, sin levantar los ojos al cielo, decirle: "Señor, ten piedad de mí, pecador."

Y cuando vemos esto, hermanos, esta simple oración del recaudador de impuestos es un clamor de su corazón donde él admite su pecado, admite la responsabilidad que tiene, reconoce su indignidad y se acerca a Dios implorando que lo trate de manera distinta a como sus pecados merecen. "Señor, trátame de manera distinta a como mis pecados merecen."

Entonces, ahí tenemos los dos personajes, tenemos sus dos oraciones, las formas como ellos se acercan a Dios. ¿Cuál es el veredicto de la parábola? Ese es el cuarto aspecto que queremos ver. El versículo 14, Jesús nos cuenta cuál es el veredicto: "Les digo que este", el recaudador, "descendió a su casa justificado, pero aquel no. Porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido."

Este, el recaudador de impuestos, descendió a su casa justificado. ¿Cómo así? Descendió a su casa justificado. Significa que Dios lo declaró justo. ¿A quién? Al recaudador de impuestos. Acuérdense que Jesús le está enseñando a una audiencia que se consideraba justa en sí misma y entendía que el recaudador era lo peor de la sociedad. ¿Cómo es posible que lo peor de la sociedad, el malo, el que incumple, el ladrón, sea el que recibe la declaración de justicia delante de Dios, y no aquel que es considerado como el justo, el recto, el pulcro? ¿Cómo es posible eso?

Hermanos, porque el evangelio de Cristo es para pecadores. Cristo vino a entregar su vida por pecadores. El que se salva no es el que se cree justo o el que parece justo; ninguno es justo. El que se salva es el que acude a Dios reconociendo su pecado, su indignidad y su necesidad de gracia, apelando a que Dios tenga misericordia de él. No hay forma. Si el fariseo no se salvó, ninguno podríamos salvarnos, porque el fariseo era más recto que la

La mayoría de nosotros en su proceder, pero su corazón era igual de pecaminoso. Entonces, este concepto de que bajó a su casa justificado, declarado justo, significa —y esto lo tomo de una definición que alguien da, Warren Wiersbe, que es un autor muy respetado de la Biblia, un comentarista, pastor también— es un término legal que significa que toda evidencia contra nosotros ha sido destruida y no existe registro alguno de nuestro pecado. ¡Wow! Le borraron la ficha al recaudador.

Dios usa diversas frases y expresiones para referirse a este evento de declaración de justicia. Dios dice que Él separa nuestros pecados así como el este está al occidente, que Él los tira al fondo del mar, que Él los deja en el pasado y no se acuerda de ellos, en un sentido no se acuerda de ellos. No los saca a colación de nuevo. Dios se acuerda —Dios es omnisciente—, pero no los saca a colación y no los usa como acusación contra nosotros.

La justificación significa que Dios declara justo al pecador porque Dios toma la rectitud y la belleza moral de Cristo y se la acredita al pecador, porque Dios también tomó el pecado del pecador, nuestro pecado, y se lo puso en las espaldas a Cristo. Eso no es una expresión mía, es una expresión que está casi literalmente así en 2 Corintios 5:21. Oigan lo que dice; yo creo que este es el mejor resumen del Evangelio de toda la Biblia: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él."

Al que no conoció pecado —a Cristo—, Dios lo hizo pecado por nosotros. Nuestro pecado lo puso en sus espaldas para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él. Hubo un glorioso intercambio en la cruz: mis pecados sobre Cristo, su justicia sobre mí. Glorioso intercambio en la cruz. Al poner mi fe y mi confianza, entonces, en Cristo Jesús como Señor y Salvador, Dios transfiere mis pecados a la cuenta de Cristo, y Dios también transfiere la justicia, la rectitud, la pureza, la impecabilidad de Cristo a mi favor.

Por eso fue que en un momento dado, predicando Spurgeon de esta verdad, dijo: "Cuando me miro a mí, no entiendo cómo podría ser salvo. Cuando miro a Cristo, no entiendo cómo podría perderme." Y por eso Lutero decía: "Por cada vez que te veas a ti, mira diez veces a Cristo." Porque su justicia, su rectitud, su santidad es la que te salva, la que ha sido acreditada a tu favor.

Imaginémonos nosotros, entonces, estimados hermanos, que Jesús, luego de presentar estos dos personajes y de presentar las respectivas oraciones, en vez de llegar a su conclusión y decir "este fue a su casa justificado", le hubiese preguntado a la audiencia: "¿Quién ustedes creen que fue justificado a su casa?" Yo creo que la mayoría hubiese respondido: "El fariseo, es que es el que está bien delante de Dios." E increíblemente, todavía hoy, 2.000 años después, a pesar de todo lo que hemos hablado de este Evangelio, hay gente que piensa que nosotros nos salvamos por lo que nosotros hacemos, por lo bien que nos portamos, por la conducta que tenemos, porque somos socialmente, familiarmente y religiosamente rectos.

Y piensan que si algo les falta, Dios en su amor lo pondrá, porque Dios va a pesar lo bueno y lo malo, y al final van a entrar de todas formas. Gente que ha aligerado el peso de esta verdad y ha dicho: "No, no, yo cuando llegue allá, yo averiguo." Hermanos, esta es la vida en la que nosotros debemos decidir si vamos a poner nuestra fe y confianza para nuestra salvación en Cristo o en nuestras obras, si voy a vivir y pensar como el fariseo o como el recaudador.

Por eso les comencé diciendo que para mí esta parábola, más que una reprensión de Cristo a los fariseos, fue un acto de compasión. Cristo entendió que la gente necesitaba ser clarificada en este aspecto de la salvación. La salvación no es lo que tú haces, no es cómo tú te portas, porque ninguno de nosotros tenemos los créditos morales para ser rectos delante de Dios. La salvación es cuando tú vienes delante de Dios con una actitud de rendición, de aceptación de tu pecado, y apelas a la misericordia de Dios, que es lo único que te puede dar salvación, lo único.

Por eso veo esta parábola como un acto de compasión de Jesús hacia los fariseos. Les dice: "No se confundan, no piensen que ustedes van a llegar así a Dios. Esa no es la manera, esa no es la forma." Entonces, estimados, esa conclusión resulta chocante para nosotros como lo fue para los fariseos, y todavía hoy, porque el ser humano insiste en que sus méritos personales son los que le van a dar la salvación delante de Dios y le van a dar la aceptación delante de Dios.

Viendo todo esto, claramente aquí hay tres grupos. Y de hecho, cuando nosotros leemos las parábolas de Jesús, usualmente es sano para nosotros poder aplicarla a nuestras vidas preguntándonos: ¿dónde estoy yo en la parábola? ¿Dónde estamos nosotros en la parábola? Claramente, ya yo indiqué, hay un primer grupo de personas que son aquellos que tienen una actitud similar a la del fariseo. Piensan que están bien con Dios por cómo se portan, por cómo actúan, por cómo proceden en la vida; se sienten y son gente responsable, cumplidora. La parábola claramente, categóricamente dice: esa es una seguridad falsa.

Entonces, si tú estás ahí, ya por lo menos hoy queda claro: tú puedes continuar pensando de esa manera, pero claramente Jesús dice que esa es una seguridad falsa, ese no va a su casa justificado. El que va a Dios con sus obras regresa a su casa con sus pecados. Pero el que va a Dios como el recaudador, con sus pecados, regresa a su casa justificado. Hermanos, no te autopromociones delante de Dios. Si tú estás defendiendo tu rectitud, si tú estás pensando que tu caminar te da créditos, abandona esa manera de pensar. Mira a Dios y dile: "Señor, perdóname, perdóname." Aún el pecado de la autopromoción, aparte de que el fariseo tenía un sinnúmero de pecados, la actitud misma de orgullo y de superioridad moral y espiritual era en sí misma un pecado.

Pero hay otro grupo. Hay otro grupo que se identifica más con el recaudador: son aquellos que se han sentido confrontados, se han percatado de su maldad, han entendido claramente que la supuesta bondad o virtud que tiene su vida no es suficiente. Sí hay cosas buenas en nosotros, pero no son suficientes para alcanzar la salvación que solamente la podemos tener en Cristo. Nosotros todos nos quedamos cortos ante la santidad absoluta de Dios. Y si ese es tu caso, si el Señor te ha confrontado y te ha hecho entender eso, no te resistas. Esa disposición de corazón, esa actitud de "Señor, perdóname, Señor, acógeme", es bien vista por Dios, es celebrada por Dios, celebrada por el cielo. Cuando un pecador se arrepiente, nos dice la Palabra, en el cielo hay gozo.

Pero finalmente, hermanos, hay un tercer grupo que no está claramente en la parábola, pero podemos entrar ahí: son aquellos que ya somos creyentes, que ya somos hijos de Dios, que en un momento dado hemos entendido como el recaudador que no teníamos los méritos para nuestra salvación y ya hemos alcanzado salvación. No sé qué tanta gratitud hay en tu vida por la salvación que te ha sido concedida en Cristo. Pero esto debería estimularnos todos los días, en los momentos de falta de motivación, de falta de gratitud, de inclinación a la queja: recuerda, tus pecados han sido borrados.

El Salmo 103 dice exactamente eso. El salmista se dice a sí mismo: "Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides de ninguno de sus beneficios." El primer beneficio que él cita es: "Él es quien perdona todas tus iniquidades." Entonces, si tú no tienes ninguna otra razón para agradecer, te voy a dar una fuerte razón: tus pecados han sido borrados delante de Dios. No hay acusación en tu contra. Y Dios te dice, a tu oración como la del recaudador —"ten misericordia de mí"—, Dios nos ha respondido: "He tenido misericordia de ti; mi Hijo ha muerto por ti."

En conclusión, hermanos, no lleves tus virtudes a Dios; llévale tu pecado y serás limpiado. Pensemos entonces: ¿dónde estás? ¿Con quién te identificas aquí? ¿Estás tú en el grupo de los fariseos, de personas que aún no entienden que sus méritos espirituales y morales no les dan créditos delante de Dios?

¿O estás tú en el segundo grupo de recaudadores de impuestos, que pensamos y entendemos que es a la misericordia de Dios a la que tenemos que apelar? ¿O estás tú en el grupo de creyentes que quizás has recibido salvación, pero no tienes una profunda gratitud por lo que Dios ha hecho en Cristo por ti y por mí? Que el Señor sea con nosotros, hermanos, vayámonos reflexionando en estas cosas. Pidámosle a Dios que nos dé claridad para entender esto.

Oremos. Señor, muchas gracias. Muchas gracias por lo que tú nos enseñas y nos presentas en esta sencilla, breve, pero profunda parábola. Gracias, Jesús, por tomarte el tiempo de aclararnos cómo es que llegamos a ti.

Hoy yo te pido, Señor, junto con el recaudador, que tengas misericordia de nosotros, que nos veas con favor. Nosotros sabemos, Señor, que no somos dignos de estar en tu presencia, pero en tu amor, en tu gracia, en tu favor, tú nos has hecho dignos en Cristo para ser tus hijos y ser parte de tu familia.

Señor, yo te pido que tú traigas salvación hoy a muchos. Quizás hay algunos hoy que han entendido su condición y han entendido su necesidad. Y si ese ha sido el caso de alguno de los que estamos aquí, yo te voy a exhortar a que mires al cielo con humildad y le digas: «Señor, perdóname. Gracias por hacerme ver mi pecado y mi falta delante de ti».

Oh, Señor, acógeme como uno de los tuyos. Sé mi Señor. Te abrazo como mi Salvador. Te entrego mi vida. Ayúdame, Señor, a caminar de una manera que honre lo que Cristo hizo por mí.

Dile eso al Señor. Ponte a cuentas con Él. Deja la autopromoción. Deja de pensar que lo bueno que haces te califica. No, todos estamos descalificados. Por eso vino Cristo, porque no hay ni siquiera uno que califique.

Sea el Señor con todos. Gracias, Dios, en el nombre de Jesús. Amén y amén.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.