Hay una invitación abierta que muchos creyentes ignoran: acercarse con libertad al trono de la gracia, en cualquier momento, ante un Sumo Sacerdote que nos comprende plenamente. Esa es la verdad que el pastor Núñez expone en Hebreos 4:14–16, al cerrar el capítulo y abrir uno de los temas más ricos de toda la carta: el sacerdocio de Cristo, eje que se extiende hasta el capítulo 10.
Jesús es presentado como el gran Sumo Sacerdote, verdaderamente humano y verdaderamente Dios. Esa doble naturaleza lo hace único: puede entender la santidad inquebrantable del Padre y, al mismo tiempo, la fragilidad del hombre tentado. Lo que Job soñaba —un árbitro que pusiera su mano sobre Dios y sobre el hombre para reconciliarlos— es exactamente lo que Cristo es. Su sacerdocio comenzó cuando ascendió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre, poniendo fin a los sacrificios del Antiguo Testamento con una sola palabra: «Tetelestai» (Consumado es).
Pero este Sumo Sacerdote no es frío ni distante. Es el mismo Jesús que lloró al ver el dolor de María ante la tumba de Lázaro, que tuvo compasión de las multitudes angustiadas, que levantó al hijo de la viuda de Naín. Fue tentado en todo —física, emocional y espiritualmente— y nunca cedió. Por eso puede empatizar con nuestras flaquezas sin aprobar el pecado. Conoce la intensidad de la lucha y quiere ayudarnos a vencerla.
La respuesta lógica a todo esto es doble: aferrarse al cuerpo de doctrina recibido sin comprometer ni torcer la fe, y acercarse con confianza al trono de la gracia para recibir misericordia y ayuda oportuna.
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eñor, nosotros cantamos acerca de algo que se supone sea tan común, tan natural como la respiración, y es que te podamos entregar absolutamente todo: cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada mes, cada año a ti, Señor. Quizás ese sea el pecado más común de los hijos tuyos, y es el hecho de que tú nos invitas a venir continuamente, con toda libertad, 24 horas al día, a conversar contigo, y frecuentemente no lo hacemos.
Yo quiero pedirte que tú uses este mensaje en el día de hoy para cambiar eso, pero que lo cambie no por un día, no por un mes, sino por toda la vida de aquellos que escucharán. Señor, gracias por tu disposición a escucharnos. Gracias porque, impresionantemente, tú estás más interesado en oír de mí que lo que nosotros podemos estar interesados en hablar contigo. Eso es una verdad que no podemos negar.
Señor, obra en esta mañana, obra de manera decisiva, más radical, en la dirección de tu voluntad y de lo que tú has revelado. Y al mismo tiempo, Señor, antes de yo predicar, yo quiero presentarte a tres de nuestros pastores que entiendo están predicando en otras iglesias. Quiero presentar al pastor Joel Peña, que está predicando en la iglesia del pastor Ángel Cardosa, hermano Guayabo. Sé con él de una manera extraordinaria, y yo quiero dividir esa palabra en extraordinaria: que su tiempo allá no sea común ni corriente, que él no lo sienta de esa manera, simplemente porque tú desbordaste tu gracia sobre ellos.
Pastor Reinaldo, no estoy seguro de la localidad, pero entiendo que está en una iglesia hermana, quizás de Templo Bíblico. Señor, gracias por darnos pastores que pueden ser prestados para ministrar a otra parte del cuerpo de Cristo en otra localidad. Y te pedimos por el pastor Fabio, Señor. Tú lo has enviado a Punta Cana, donde está predicando y fortaleciendo esta congregación que apenas se plantó en el mes de enero y que ha ido creciendo.
Gracias por cada uno de ellos. Y yo quiero aprovechar para orar por el pastor Leo en Santiago, que también está plantado, pero necesita crecer, necesita fortalecer la iglesia que tú has puesto en sus manos. Sobre cada uno de ellos derrama bendición, autoridad, gracia, precisión al predicar, que al final tu pueblo sea bendecido. Te lo pedimos en Cristo Jesús, y su pueblo dice: amén.
Bueno, verlos a todos y cada uno de ustedes. En el día de hoy estaremos continuando nuestra serie sobre la carta a los Hebreos. Estaremos cerrando el capítulo 4 de la carta. Sin embargo, el autor cierra el capítulo 4, pero lo hace abriendo un tema gigantesco. De hecho, el tema es tan enorme que se prolonga hasta el capítulo 10. ¿Se lo pueden imaginar?
Y estoy hablando del sacerdocio de Cristo. No es que él no mencione algunas otras cosas aquí y allí, pero el centro desde ahora hasta el capítulo 10, el centro de gravedad, es el sacerdocio de Cristo. De hecho, es el eje sobre el cual gira toda la carta de principio a fin. No hay ninguna otra carta en el Nuevo Testamento que hable, que detalle con tanta precisión acerca del sacerdocio de Cristo. Y eso tiene todo el sentido, porque al final Cristo es el motivo de esa revelación de todo el Nuevo Testamento.
Recuerda que el autor —yo no sé quién fue con certeza, no sé con certeza quién fue este autor— pero yo estoy seguro de que quien fuera, él tenía un corazón pastoral. Tú sientes ese corazón palpitar. Él nos ha advertido en más de una ocasión, de manera recurrente, que tengamos cuidado de que nuestro corazón no se endurezca. Nos ha advertido incluso de la posibilidad de distraernos y alejarnos del Dios vivo.
Y después de advertencias serias —incluso porque en el último versículo que vimos la semana pasada hay una advertencia seria acerca de posibles consecuencias que pueden llegar a tu vida— nosotros nos desviamos, sobre todo pensando que Dios no ve lo que hacemos, no sabe lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos motiva. Pero sus ojos penetran cada rincón del universo, incluyendo el interior de mi ser. Yo creo que de manera pastoral, de manera muy sabia, él introduce ahora un texto esperanzador.
Primero nos advierte de que nosotros no vayamos a repetir la experiencia del pueblo hebreo, que por 40 años se rebeló en el desierto contra Dios, se quejó contra Dios. Y él tiene esa preocupación: no quiere que nosotros vayamos a dejar de abrazar la fe que una vez creímos. Y entonces, con eso, él trae estos tres versículos que cierran el capítulo 4 y que son un texto sumamente esperanzador.
Escucha lo que la Palabra de Dios dice. Hebreos 4:14-16: "Teniendo pues un gran sumo sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse —escucha, escucha lo esperanzador de este texto— que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, conclusión: acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna."
Hermano, si después de eso tú no oras todos los días, yo no sé qué quieres. Te están ofreciendo misericordia y gracia para la ayuda oportuna.
El título de mi mensaje es: El trono de la gracia y nuestro gran sumo sacerdote. El autor comienza introduciendo a nuestro Redentor y le llama gran sumo sacerdote. Él ya había introducido el personaje, por así decirlo, como sumo sacerdote. Lo había hecho en 2:17 y en 3:1. Pero ahora él quiere darle un énfasis mayor y lo introduce como nuestro gran sumo sacerdote. Es el sacerdote por excelencia, el sacerdote que reemplazó a Aarón y a todos los demás sacerdotes que vinieron antes que él, y le puso fin a ese sacerdocio.
Entonces, primero lo introduce como el gran sumo sacerdote; luego lo identifica como Jesús. Y eso es importante, porque cuando usa esa palabra está recordando que es un sacerdote con una humanidad. Eso habla de la naturaleza humana de Jesús. Inmediatamente después lo llama el Hijo de Dios, para que podamos entender que él también tiene una naturaleza divina: verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. Eso es lo que hace de Jesús un sacerdote singular y un sacerdote ideal. Es alguien que puede entender a Dios —obviamente puede entender la trascendencia de Dios y la santidad no negociable de Dios— pero que al mismo tiempo puede entender al hombre en su pecaminosidad y corrupción total. ¿A dónde vas a encontrar un sacerdote de esa naturaleza?
No solamente un sacerdote de esa naturaleza, sino un sacerdote que fue constituido como el único mediador entre Dios y el hombre. Con ese mediador soñó Job. Job tenía un problema —hemos hablado de eso en otras ocasiones— donde él entendía que no había pecado, pero sabía que no podía contender con Dios. Y él está pensando: "Yo no puedo ir a la corte o a la justicia contra Dios. Aunque yo me declare justo, Él me encontrará culpable. Él sabe bien lo que tiene entre manos."
Escucha lo que él dice en el capítulo 9 de su libro, versículos 2 y 3, la segunda parte del versículo 2: "¿Pero cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?" No, él sabe que no hay manera. Versículo 3: "Si alguien quisiera discutir con Él, no podría contestar ni una vez entre mil." Posteriormente, Job discute con Dios y Dios no le responde absolutamente nada, sino que le hace preguntas a Job. Pero escucha ahora lo que Job está pensando. Yo creo que cuando él escribió esto, estaba pensando en alguien que él no conocía, pero que Dios estaba revelando que vendría. Escucha, versículo 33: "No hay árbitro entre nosotros que ponga su mano sobre ambos."
Oye, si hubiera un árbitro, un mediador que le pusiera la mano a Dios y le pusiera la mano al hombre, en su caso a mí mismo, que entonces podamos ir a la corte y que nos reconcilien. Ese es tu gran Sumo Sacerdote. Con lo que Job soñaba, tú y yo lo tenemos: alguien que pudiera ser verdaderamente humano, hombre, y verdaderamente Dios.
En los tiempos de Cristo había, se calcula, unos 18 o 20.000 sacerdotes en Israel, ¿te imaginas? Divididos en 24 divisiones, era como se les llamaba. Y ellos servían en el templo a lo largo de todo el año de manera rotatoria, pero había uno sobre ellos llamado el Sumo Sacerdote, uno solo. Y ese era el único que estaba autorizado para entrar al Lugar Santísimo, y solamente una vez al año. Levítico 16 te puede dar los detalles.
Ese Sumo Sacerdote, a la hora de entrar, no simplemente entraba, tú sabes, como decimos aquí, como perro por su casa, como que él conoce. No, no, no. Tenía que andar con mucho cuidado porque corría el riesgo de que si entraba con pecado no cubierto, por así decirlo, él se podía morir ahí dentro. De hecho, entraba con un cordón en el tobillo porque si se moría ahí dentro, había que jalarlo, ya que nadie más podía entrar ahí.
Y entonces él entraba con su incensario echando humo delante de él, dejando claro que aunque yo estoy aquí adentro, hay una separación entre el Dios que esta arca del pacto representa y yo. Ya Dios había revelado que nadie puede ver su rostro y vivir. Y aunque el rostro de Dios no estaba ahí, todavía la división, la separación era necesaria. Pero antes de entrar, él ofrecía un becerro por su propio pecado y el pecado de sus familiares, por lo menos la familia inmediata.
Luego él ofrecía un macho cabrío por el pecado del pueblo, y luego ofrecía un cordero o un carnero que se colocaba en el altar hasta que se consumiera por completo. Esa es la famosa ofrenda u holocausto. Lo consumía por completo en señal de sumisión absoluta y consagración completa.
Entonces, todo eso ocurría fuera. Él comenzaba, ¿verdad?, llegaba al tabernáculo, pasaba por una puerta y entraba al atrio, pasaba por otra puerta y entraba al Lugar Santo, pasaba por otra puerta y entraba al Lugar Santísimo. Ahí solo entraba con la sangre de estos sacrificios, y entonces la rociaba sobre la parte superior del arca del pacto. Ahí dentro del arca del pacto estaba la ley, y esta parte de arriba se llamaba el propiciatorio. Aquí es que se propician los pecados. Cristo hizo propiciación por los pecados. Propiciación es aplacar la ira de Dios.
Bueno, esa sangre se vertía sobre el propiciatorio y Dios perdonaba los pecados del pueblo, los pasaba por alto, los cubría más bien. Pero esa sangre, ese sacrificio, nunca fue capaz, dice el autor de Hebreos posteriormente, de calmar la culpa del pecador. De ahí que había que seguirlo haciendo. Es la razón por la que cuando el Sumo Sacerdote entraba al Lugar Santísimo, ahí no había silla para sentarse, ni adentro del tabernáculo o templo tampoco, porque había que seguirlo haciendo continuamente.
Entonces, de ese gran Sumo Sacerdote es que el autor de Hebreos nos está hablando, y al cual tipificaban todas estas cosas que yo acabo de describir. Aarón y los que vinieron después simplemente eran tipos de Cristo, tipos de sacerdotes que apuntaban a la realidad posterior.
Luego, todavía en el versículo 14, no hemos salido del versículo 14, el autor nos dice que Él trascendió los cielos. Esa frase tú la lees rápidamente como que Él ascendió a los cielos, ¿no? Pero es mucho más que eso. Él está ayudándonos a entender que su función de Sumo Sacerdote comenzó cuando Él ascendió a los cielos. Cuando Él ascendió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre es cuando Él asume esta función.
Y cuando Él se sentó ahí como Sumo Sacerdote, puso fin al sacerdocio del Antiguo Testamento. Puso fin a los sacrificios. Ya no tenía sentido seguir sacrificando ovejas o corderos. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo había venido, se había ofrecido. Y Él estaba consciente de eso. Como otras veces te he dicho: el madero fue el altar, Cristo fue la ofrenda, y Cristo fue el sacerdote al mismo tiempo. El altar, la ofrenda y el sacerdote, prácticamente la misma cosa: el madero donde colgó la ofrenda, Él mismo sin pecado, sin mancha, y el sacerdote a la vez.
Cuando Él termina de hacer eso, que Él sabe que ha ofrecido esta sangre colgado ahí, tú recordarás lo que Él dijo, una sola palabra: "Consumado es." Se acabó. Todo ha terminado. La ley ha sido cumplida. Los sacrificios ya no tienen sentido. La enemistad entre Dios y el hombre ha sido abolida. El antiguo pacto quedó atrás. Hebreos 8:13 lo llama anticuado.
Pero Jesús no pudo asumir ese sacerdocio hasta que no pronunciara la palabra "Tetelestai." Una sola palabra. Escucha lo que Charles Spurgeon dice de esta palabra. Quien la pronuncia es ese Sumo Sacerdote que trascendió los cielos. El gran predicador del siglo XIX decía: "Tetelestai, eso es un océano de significado en una gota de lenguaje. Una gota de lenguaje, una palabra, y el significado es enorme." Escucha lo que él añade después: "Esta sola palabra necesitaría todas las otras palabras que se han pronunciado y que se pueden pronunciar para explicarla. Es completamente inconmensurable. No se puede medir; es alta, no puedo alcanzarla; es profunda, no la entiendo."
Este Sumo Sacerdote llegó al punto, al clímax de la historia redentora. De hecho, llegó al clímax de la historia humana. Esa es la razón por la que Calvino siempre decía que el planeta Tierra no era más que el teatro donde Dios se propuso desplegar su gloria. Como Él se ofreció como el Cordero inmolado antes de la fundación del mundo, cuando Adán y Eva pecan, a partir de ahí todos los pueblos, todas las razas, todos los países, todos los imperios que vinieron, sin saberlo, estaban todos caminando en una sola dirección hasta culminar en el Gólgota ese día.
De manera que si tú me preguntas, algo que oí hace muchos años atrás de otra manera pero con la misma idea: el mayor día de la historia humana, el día más grande de esa historia, no fue el día que Dios habló y la creación surgió. No, no, no, no. Es este día, cuando el Cordero inmolado que quita el pecado del mundo, en la plenitud de los tiempos, nacido de mujer, en tiempos de Poncio Pilato, se ofreció en la cruz.
Cuando Dios creó el mundo, ¿sabes qué? La creación quedó encaminada a la ruina desde el momento que Adán y Eva pecaron. Pero cuando el segundo Adán exclamó "Consumado es", el mundo quedó destinado a la gloria. Ese es el punto culminante.
El autor de Hebreos, ¿cómo lo resumió? "Trascendió a los cielos." Pero como la palabra interpreta la palabra, yo tengo que hurgar y ver qué es lo que él quiere decirme con esto. Desde esa posición, cuando trascendió a los cielos, ejerce su sacerdocio. ¿Pero qué sacerdocio? De hecho, lo cantamos ahí: mi Abogado y mi Juez. Tú te imaginas: el Juez que me acusa, pero el Abogado que me defiende.
Tienes que prestar atención cuando cantas a todo el contenido teológico de lo que cantas. Oye, lo que dice 1 Juan 2:1: "Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen." Ese es el Juez. "Y si alguien peca", okay, Juan, dime. "Tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo."
¿Está entendiendo? O sea, ¿cuál es tu problema cuando pecas, que no quieres ir al trono de la gracia? Es que ahí te vas a encontrar con un Abogado. Si eres hijo de Dios, te vas a encontrar con un Abogado. Dime, cuéntame, porque tengo que ilustrar: tengo que hablar con mi Padre, pero tengo que hablar con mi Padre después que hablé contigo. Dime qué es lo que ha pasado.
Él lo sabe, pero cuéntame tú.
El autor de la carta a los Hebreos nos anima, nos dice: "Acércate." En otras palabras: no te desanimes, no te entretengas, no te desvíes, no pierdas tu enfoque, no te entristezcas. Empuña las verdades que tú has creído: que él te ha elegido, que él te ha salvado, que él te ha redimido, que el que comenzó la buena obra en ti la llevará hasta completarla.
Eso es lo que dice. Escucha cómo termina el versículo 14. El autor nos dice que retengamos nuestra fe; esa era la frase que estaba buscando. Retén tu fe. Pero el texto en el original más bien se traduce como "la confesión". ¿Por qué tú crees que comenzamos cantando el Credo? Que, dicho sea de paso, cuando dice "creo en la Iglesia Católica", notaste que es universal; eso es lo que "católica" significa. Desmonta los prejuicios: católica implica Iglesia universal.
Entonces, el autor de Hebreos nos dice que tú debes echar mano de la confesión, aferrarte a esas verdades. La Nueva Traducción Viviente dice: "Aferrémonos a lo que creemos." Hay un cuerpo de doctrina que hemos creído. La Nueva Versión Internacional dice: "Aferrémonos a la fe que profesamos, a la confesión de fe." No comprometas lo que has creído.
La Iglesia primitiva estaba muy consciente, sobre todo sus líderes, de que había un cuerpo de doctrina que había sido entregado a nosotros y que eso no podía ser diluido ni tergiversado, porque se perdía el mensaje de salvación. Y esa es la razón por la que Pablo, cuando le escribe a Timoteo en 2 Timoteo 2:2, le dice: "Y lo que has oído de mí en presencia de muchos testigos, encárgalo a hombres fieles que también sean idóneos para enseñar a otros." Si tú le vas a encargar este cuerpo de doctrina a alguien para que lo enseñe, no se lo puedes entregar a personas infieles. Tienes que entregárselo a hombres fieles para que ellos tampoco lo tuerzan.
Pablo estaba muy consciente de eso. Cuando le escribe a los corintios en su primera carta, en el capítulo 15, les dice: "Yo les entregué en primer lugar lo mismo que recibí." Esos énfasis no están ahí por casualidad. Corintios, yo estuve allá, yo pasé tiempo con ustedes; quiero que sepan que lo que yo enseñé fue exactamente lo que recibí. ¿Y qué recibió Pablo? Él recibió el mensaje del evangelio directamente de Cristo, no de hombre, ni de carne, ni de sangre, dice él; directamente de Cristo. Y así mismo se lo pasé a ustedes, Corintios.
Hermanos, tú tienes un cuerpo doctrinal por el cual tienes que velar, que aprender, que enseñar, y no lo tuerces. La razón por la que tenemos tanto problema en las iglesias hoy en día es porque tenemos personas predicando prosperidad, predicando lujos y ropas de marcas, una serie de cosas que no tienen nada que ver con el evangelio, absolutamente nada.
Judas, versículo 3, nos llama a luchar ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos. De eso es que está hablando el autor de Hebreos: aferrémonos a la fe. La fe que nos fue entregada de una vez y para siempre; una vez entregada, no hay nada que agregarle, nada que alterar, que cambiar, que debilitar, que torcer. Y Judas dice: "Lucha ardientemente por eso." ¿Sabes qué? Porque una vez que tú negocias eso, ya no estás en terreno firme.
Entonces, el autor nos está dando pautas de cómo no desviarnos. Recuerda que él no quiere que nos desviemos, no quiere que endurezcamos el corazón. Nos está diciendo una de las cosas: como tú haces eso, una de las maneras es aferrarte a la fe; estate firme en la fe. En otros pasajes de la Biblia, recuerda que en 3:13 él nos llamó a mantener una comunión estrecha entre unos y otros, entre tú y yo, para exhortarnos a seguir corriendo en fidelidad. Yo necesito una comunidad de creyentes, o no voy a seguir hasta el final fielmente como se supone que lo haga. En 4:12 nos recuerda cómo la Palabra de Dios puede hurgar dentro de mí, separar mis motivaciones, interpretar mis intenciones; si tú consumes esta Palabra, tienes un espejo en el que te vas a poder ver. Esa es otra manera de cómo mantenerte fiel. Pero ahora nos está diciendo al final del capítulo 4: retén el cuerpo de doctrina, el cuerpo de fe en el que tú has creído.
Ahora tenemos una idea, pero él no se va a parar ahí porque tiene más consejos acerca de cómo yo llego al final. Versículo 15; ahora sí salimos del 14. Ahora él habla de cómo la encarnación de Jesús fue crítica para desempeñar el rol que hoy él desempeña.
Versículo 15: "No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado." Escucha, te está ayudando, invitando a que te acerques. Dice: tú te vas a acercar a alguien del que no tienes nada similar en el universo entero, porque resulta que él es un sumo sacerdote; es verdad, pero él se compadece de tus flaquezas.
Y sabes qué, él no aprueba tus tentaciones, o por lo menos no aprueba cuando caes en la tentación, pero él entiende, porque él fue tentado en todo, pero sin pecado. El autor me está diciendo que él puede empatizar incluso con tus flaquezas. Cuando tú lees "flaqueza", no leas "pecado", porque no puede empatizar con mi pecado; eso es lo que a mí me daña. No, él empatiza con mis flaquezas a la hora de ser tentado, porque él estuvo ahí, pero nunca pecó.
Tú quieres sentarte con alguien a recibir consejería que te pueda decir: "Yo sé, yo entiendo, yo estuve ahí. Yo sé cómo se siente, yo sé cómo se lucha, yo sé la intensidad de la lucha." Recuerda que este mismo autor, el autor de Hebreos, en el capítulo 5, unos versículos más adelante, nos va a decir que durante los días de su carne Cristo ofreció oraciones y súplicas con lágrimas a aquel que podía salvarlo. Eso es lo que tú haces, eso es lo que yo hago: "Señor, mira, yo estoy siendo tentado en esta área, pero yo te suplico, yo lloro delante de ti, te digo: Señor, no me dejes solo con esto, es muy grande para mí."
De eso es que le está hablando: que vas a encontrar a alguien que te dice "yo sé que es más grande que tú", pero que tiene lo que tiene que venir. Pero la compasión de Jesús no es nueva; no comenzó cuando él se sentó en el trono, a la mano derecha del Padre.
Recuerda que le avisaron que Lázaro había muerto y él fue. Cuando llegó, vio a María; María salió corriendo, se encontró con él y comenzó a llorar. Escucha lo que dice Juan 11:33: que Jesús se conmovió profundamente en el espíritu y se entristeció. ¿Tú crees que él estaba llorando por Lázaro? No; él fue a levantarlo de entre los muertos, por Lázaro tenía que tener una sonrisa de aquí a aquí. No, él vio a María dolida.
Escucha el lenguaje: "se conmovió profundamente en el espíritu y se entristeció." Y dos versículos más adelante, en el versículo 35: "Y Jesús lloró." Ese es el versículo más corto de toda la Biblia. Yo, en mi humanidad, si sé que voy a resucitar a esa persona, no voy a estar llorando; le hubiera dicho: "Tranquila, espérate un rato nada más." No, él se compadeció de ver su dolor.
Mateo 9:36 nos dice que él vio las multitudes, tuvo compasión de ellas porque estaban angustiadas y abatidas. ¿Tú no te has sentido alguna vez angustiado y abatido? Tu sumo sacerdote arriba se compadece. Cuando estás angustiado y abatido, oye, cuando llegues allá arriba no habrá nada de eso, pero por ahora hay que estar en medio de ello.
Él vio a esas ovejas, las vio a esas multitudes como ovejas sin pastor.
En Lucas 7:11 al 14 tú lees que ellos iban camino, iban a entrar a la ciudad de Naín, y ahí venía saliendo una madre con su hijo muerto. Era su único hijo, dice Lucas 7:12, y ella era viuda. Entonces tenía un esposo y se le murió. Tenía un solo hijo y se le murió. Y un grupo numeroso salía con la viuda. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores." Y le levantó al hijo de entre los muertos.
Ese es el Hijo que subió a los cielos y que sigue teniendo la misma compasión por ti y por mí que él tuvo, que él exhibió, que él mostró y que quedó registrado en la Palabra.
Warfield, B. B. Warfield, descubrí un libro —lo pueden encontrar en el internet, incluso gratuitamente—: El mundo emocional del Señor Jesús. En ese libro él dice que la virtud, la característica número uno del mundo emocional de Jesús fue su compasión. Yo creo que el autor de Hebreos entiende que es vital que tú y yo comprendamos la naturaleza compasiva del que está en el trono, para que tú y yo podamos decir: ¿qué es lo que a mí me pasa que no me acerco al trono? Es el mismo Jesús que se compadeció cuando pasó por la tierra.
Jesús sabe cómo luchamos contra los deseos de la carne, a los que él nunca se dio. Pero no solamente sabe cómo se lucha contra los deseos de la carne; es que él sabe también cómo se triunfa, y él está deseoso de hablar conmigo. Por eso nos dijo: "Separados de mí —¡ey, ey, ey!— separados de mí, nada podéis hacer. Nada podéis hacer." Él conoce la intensidad de la lucha, por eso nos advierte, nos da las advertencias de antemano para que podamos triunfar.
Se compadece de mis flaquezas. Algunos de ustedes tienen flaquezas que yo no tengo, y viceversa. Bueno, él nos entiende a cada uno con las diferentes flaquezas. A veces son flaquezas de temperamento —pecaminosas, sí, pero son flaquezas—. A veces la cólera, a veces cierta frialdad, a veces falta de suficientes emociones para hacer sentir al otro amado. Él le dice: "Yo sé que tú tienes un problema en tu personalidad, pero aquí arriba yo te lo puedo resolver, pero tú tienes que hablar conmigo continuamente."
Pero impresionantemente, el autor también nos dice que él fue tentado en todo. O sea, que también me entiende cuando yo soy tentado. La palabra traducida como tentación en el griego, peirasmos, es la misma palabra para prueba que para tentación. Lo que diferencia una tentación de una prueba es que la tentación viene de parte de Satanás o de mi propia carne y la intención es destruirme, mientras que la prueba viene de parte de Dios y la intención es fortalecerme. Pero él fue tentado —con permiso de Dios— fue tentado o probado en todo.
Físicamente lo fue por la experiencia de la cruz. La experiencia de la cruz la tenía en mente allí en Getsemaní. Él lloró, sudó gotas de sangre, un fenómeno conocido como hematidrosis: son hemorragias en las glándulas sudoríparas en personas que están bajo un estrés físico y emocional enorme. Incluso los animales pueden experimentar eso también. Y él fue tentado físicamente de esa manera, probado durante la crucifixión.
Recuerda que Pedro intentó evitar que Cristo llegara a Jerusalén para que no fuera colgado, para que no sufriera. ¿Y qué hizo Jesús? Lo reprendió: "Apártate de mí, Satanás." De manera que él fue tentado a no llegar, a no ir, a no sufrir físicamente, pero no se dio. Emocionalmente fue tentado, fue puesto a prueba: la negación de Pedro, la traición de Judas, el abandono de sus amigos. Tú sabes cómo nosotros tenemos esto de: "No vale la pena." O sea, no vale la pena hacer todo esto por esta gente —a veces por tus hijos, por tu esposo, por tu esposa, por el amigo, por alguien de la iglesia—. "No, no vale la pena. Ellos no valen la pena. Mira, uno se esfuerza y mira lo que hacen." El Señor fue tentado de esa manera, pero no se dio. ¿Por qué? Porque él sabía que no lo estaba haciendo para Pedro, ni para Judas, ni para los Doce. En total, lo estaba haciendo por y para su Padre. Por tanto, no se dio.
Espiritualmente fue probado y tentado en la cruz. Su Padre lo abandonó —o mejor dicho, no lo abandonó, pero le hizo sentir una ausencia real—: "Padre, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Algunos de ustedes han sido tentados a abrazar riquezas o la gloria. Él fue tentado: Satanás le ofreció todos los reinos de este mundo, los cuales eventualmente iban a quedar en manos de él. Pero, ¿sabes qué? "Te lo ofrezco ahora. Sin cruz." Era un camino ilegítimo y él no se dio.
Fue tentado a servirse a sí mismo, algo que nosotros frecuentemente hacemos —ese es como el grito continuo de la criatura—: servirme a mí mismo, aprovecharme de otros. Fue tentado de esa manera: "Mira, convierte las piedras en pan." No. "Yo no vine a servirme a mí mismo." Fue tentado a abusar del poder. ¡Oh! Cuánto abuso de poder hay en nuestros días en muchos púlpitos. "Tírate de este monte. Total, los Salmos dicen que Dios enviará a sus ángeles y ellos no permitirán que tu pie tropiece." Y si lo hubiera hecho, hubiese sido un tremendo alarde de poder —como vemos a tantas personas hacer hoy—, hubiese sido un abuso de poder igualmente. No, él no lo hizo.
De esa manera él fue tentado en todas las maneras posibles, habidas y por haber, como tú has sido tentado. Y nosotros somos tentados con cosas materiales, somos tentados con la gloria, la autogloria, la gloria que otros me dan. Somos tentados a empuñar el poder, ejercer la autoridad, demandar mi posición. Nada de eso. Jesús sabe cómo eso se siente, sabe cómo se rechaza, y quiere ayudarte.
Juan, cuando escribe su primera carta, lo resumió de otra manera. Escuche: 1 Juan 2:16: "Porque todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene del Padre, sino del mundo." Cuando dice que la variedad de cosas, de ofertas... Cristo fue tentado en todo. Eso significa que toca todo tipo de experiencias de vida. Pero eso no quiere decir que él atravesó por cada forma nueva de pecado que existe —como hay un montón de formas nuevas que van desde las redes sociales y su uso hasta la pornografía en pantallas—; eso no es lo que quiere decir.
Pero aquí Juan me ayuda a entender. Él fue tentado con la pasión de la carne, porque él era humano. La pasión de los ojos, sí, porque él vio muchas cosas. Y la arrogancia de la vida, sí, porque hasta los reinos de este mundo se le ofrecieron. Eso no proviene del Padre.
Ahí está donde nosotros tenemos una dificultad: en discernir lo que proviene de Dios y lo que proviene del mundo, o de mi carne, o de Satanás mismo. Entonces viene algo y es como: "¡Wow!, yo, pastor, mire, yo ni lo estaba buscando, pero eso viene de Dios. Tiene que venir de Dios porque yo no lo andaba buscando." No. Pero Satanás te anda buscando a ti.
Entonces piensa: la pasión de la carne. La pasión que Cristo tuvo por hacer la voluntad de su Padre —tú lo recuerdas, él decía todo el tiempo: "Yo no vine a hacer mi voluntad"— esa pasión evitó que él fuera conquistado por la pasión de la carne. El problema es, hermano, que tú lo cantaste, ¿verdad? —que ibas a vivir todos tus días para Él—. Si eso fuera verdad, nosotros no lucharíamos tanto contra las tentaciones. ¿Sabes por qué? Porque yo voy a vivir toda mi vida para ti. El problema es que yo quiero vivir todos los días para ti, siempre y cuando yo vaya primero.
Eso es como es. No lo decimos así, pero eso es como es. Pero Cristo fue tentado de esa manera, con la pasión de la carne. Claro, él fue un hombre. La pasión de los ojos, claro, él vio muchas cosas: hombres, mujeres, grandes, ricos, pequeños. Tú sabes que Eva vio la fruta y cayó. ¿Por qué? Quiso servirse a sí misma. Tú sabes que Acán vio el lingote de oro y el manto babilónico y cayó. Claro, porque él quería servirse a sí mismo. David vio a Betsabé y se fue de cabeza. Claro, porque él quería servirse a sí mismo y a la pasión de la carne.
Pero eso es la pasión de los ojos, lo que tus ojos ven. Pero, ¿sabes qué? Si tus ojos vieran la gloria de Dios, tu mente estuviera en las cosas de arriba; si tu deseo primario y secundario y terciario fuera hacer la voluntad de Dios, esas cosas no tuvieran el poder de seducirnos.
Y la arrogancia de la vida de que habla Juan. Él fue tentado, pero no cedió a eso, ¿no? Porque él dice en Mateo 20:28: yo no vine a ser servido, sino a servir. Si tú entras a este planeta diciéndote a ti mismo "yo no vine para ser servido, sino para servir", muchas de esas luchas que tú tienes se van a caer.
Pero tú y yo somos criaturas. Y tú sabes cuál es el problema de la criatura ahora. La criatura quiere servirse a sí misma, quiere que otros le sirvan también, y quiere que todos la entiendan cuando solo piensa en sí misma. ¿Sí o no? Tienen que entenderme. Y quiere incluso que otros entiendan cuando él o ella tiene más pasión por las cosas del mundo que por las cosas de Dios. Pastor, pero es que no todo puede ser Biblia, ¿no? Pero tampoco puede ser violación de la Biblia.
Ah, pastor, ¿por qué uno vive en este mundo? Bingo. Por eso el llamado es a tener la mente en las cosas de arriba. La criatura necesita entender esto. Te lo mencioné parcialmente, pero es una de las mejores definiciones prácticas del pecado que yo jamás haya leído.
Estoy hablando ahora de una definición teológica: que pecado es no dar en el centro de la marca, lo cual es verdad técnicamente de acuerdo a las palabras en hebreo y en griego, que en otras ocasiones implica violar un límite. Sí, es verdad. Pero yo estoy hablando en términos prácticos y en general para interpretar lo que es pecado. Susana Wesley le enseñó a sus dos hijos, John Wesley y Charles Wesley. Te voy a leer una parte nada más.
Dice: "Cualquier cosa que te quite la pasión por las cosas espirituales." ¿Entendiste? Tenía mucha pasión hasta hace un año o dos, porque ahora tiene otras pasiones. Cualquier cosa que te quite la pasión por las cosas espirituales. En pocas palabras, cualquier cosa que aumente el poder o la autoridad de la carne sobre tu espíritu.
Tu espíritu tiene un deseo, pero la carne lo conquista. Cualquier cosa que aumente ese poder de la carne sobre los deseos de tu espíritu, eso para ti se convierte en pecado, independientemente de cuán bueno sea en sí mismo. Mm, en serio. El ejercicio es muy bueno. Necesito ir al gimnasio. Okay, pero ahora resulta que voy al gimnasio con otras intenciones: o veo más de lo que debo ver, o exhibo una ropa para que me vean más de lo que debieran verme, o me siento orgulloso de mi musculatura.
Pero nada le pudo quitar a Cristo la pasión por las cosas espirituales, porque su mente nunca estuvo en este mundo. "Mi reino no es de este mundo." ¿Cuándo vamos a entenderlo, a aplicarlo, a vivirlo? Cristo entendió algo. Si tú te llevaras esta frase y la llevaras a la aplicación, realmente vas a triunfar muchas veces en tu vida: cualquier cosa que no tenga valor eterno es eternamente inservible.
Cualquier cosa que no tenga valor eterno es eternamente inservible. No importa quién lo haga ni cómo lo haga. No hay una desconexión entre mi propósito de vida en este mundo y el propósito de vida en el mundo venidero. Tienen que estar conectados. Jesús reconoció eso.
Repito la palabra de Hebreos 4:15: "Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado." Hermanos, si eso es verdad, ¿por qué no vas al trono de la gracia con más frecuencia?
Te voy a decir rápidamente algunas razones. Uno: no estoy arrepentido, y ahí encuentro a alguien que se compadece de mí, pero tengo que estar arrepentido. Dos: no quiero parar lo que estoy haciendo; al trono de la gracia yo voy para que me ayuden a parar lo que estoy haciendo. Tres: sí, eso está en la Biblia, pero yo ni lo creo. Cuatro: sí, eso es verdad, pero yo no creo que haya tanto de malo en esto que yo estoy haciendo.
Hermano, tú y yo somos pecadores. Yo lo sé, y yo le he dicho que me arrepiento todos los días al final del día; no vivo ningún día a la perfección. Pero la razón por la que me encanta —y no miento cuando te digo eso— es que Dios me señale mi pecado. No que me encanta pecar; eso son dos cosas diferentes. Me encanta que Dios me señale mi pecado, pero que me lo esté señalando un sumo sacerdote que se compadece por mi pecado, que tiene algo que decirme, que tiene gracia y misericordia para perdonarme, que puede —como me entiende— ayudarme a entender qué pasó y puede instruirme a evitarlo hacia el futuro. Ese es mi sumo sacerdote, pero sin pecado.
Bueno, qué bueno que sea sin pecado, porque si en esa condición su sacrificio no hubiese valido la pena, Dios no lo hubiese aceptado, y tú y yo estuviéramos en la misma condición. De hecho, la ley de Dios apuntaba eso: "Tienes que ofrecerme un cordero de un año de edad, sin mancha, sin defecto." Apuntando a esto: la persona que va a venir a pagar por ustedes, cuando se cuelga ahí en ese madero, no puede tener mancha ni defecto.
Y cuando él ofreció un sacrificio sin mancha, sin pecado, y quien ofreció el sacrificio era él mismo en su vida, estaba sin pecado; el sacerdote que lo ofreció fue él mismo, también estaba sin pecado. Entonces Dios recibió la ofrenda. La ofrenda fue perfecta, el sacerdote fue perfecto, y estas dos condiciones permitieron que Dios recibiera su sacrificio.
Pero cuando él dijo "consumado es", eso no fue poca cosa, hermano. Desde ese momento en adelante, escucha: la ley de Dios quedó cumplida; la pena por el pecado, que es la muerte, quedó abolida —él murió por mí—; la ira de Dios quedó aplacada, propiciada. La redención —que literalmente implicaba comprar a alguien—, la redención del pecador, quedó establecida por la sangre de Cristo. "Sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecado." El acceso al Padre quedó abierto.
¿Te acuerdas de toda esa parafernalia de entrar al lugar santísimo echando humo y ofrecer un sacrificio para el perdón de los pecados? El velo se rasgó en dos. Entra. Eso es lo que el autor está diciendo: acércate con confianza. Nada de eso está ya en el camino. Y ahora el pecador puede ser justificado.
Romanos 3:26: de manera que Cristo fue expuesto, exhibido públicamente como propiciación por nuestros pecados, a fin de que él —Dios— sea justo, porque hizo cumplir la ley, y sea el que justifica al que tiene fe en Cristo. Y ahora el sacerdote está arriba, no aquí abajo.
Un versículo más, versículo 16. "Por tanto" —está concluyendo; recuerda, "por tanto" es como que vamos a concluir lo que acabamos de decir—: "Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna." En serio, ese versículo que yo acabo de leer es el centro de gravedad de los tres versículos del día de hoy. Es lo que le da sentido a todo lo que acabamos de decir.
Es lo que va todo hacia un mismo lugar.
De hecho, este versículo es la aplicación de lo que hemos dicho antes: que Él empatiza con nosotros, con nuestras flaquezas, que entiende mis tentaciones. ¿Sabes por qué? Porque cuando tú estés luchando contra el pecado, ¿sabes qué? Acércate con confianza al trono de la gracia. En serio, con confianza.
Ahora, tú notaste cómo él llama al trono, ¿no? No lo llama el trono de la justicia, sino el trono de la gracia. ¿Qué tú esperas encontrar en el trono de la gracia? Gracia, pero con la actitud correcta de corazón.
Por eso el autor de Hebreos, el autor de esta carta, que estoy convencido que tenía un corazón pastoral o quizás era pastor, nos llama cuando dice: "Acércate con confianza." ¿Sabes lo que eso significa? Sin temor, sin retraso, con esperanza, con la expectativa de ser recibido, entendido y perdonado. Si te acercas, acércate correctamente.
Nunca he entrado a la presencia de Dios sin haberla perdido de manera brutal y transparente, sabiendo que voy a salir cargado de ahí. Pero no me voy a flagelar. Esos latigazos cayeron sobre Cristo. Le voy a dar gracias a Dios por perdonarme. Me voy a acercar con confianza. Eso no dice que me voy a acercar de manera tosca, ordinaria o confianzuda. No, claro que no. La gracia misma me llama a ser respetuoso de algo que costó tanto.
Entonces, en el trono de la gracia vamos a encontrar un Sumo Sacerdote que puede empatizar con mis flaquezas. Un Sumo Sacerdote que a su paso por la tierra fue tentado de todas las maneras posibles como yo soy tentado. Un Sumo Sacerdote que entiende la naturaleza de la lucha que enfrentamos, ya sea contra el mundo, ya sea contra la carne o contra Satanás.
No hay nadie como Jesús. Él nos entiende, nos ama, nos oye, responde a tus oraciones. ¿Sabes qué? Cuando oro y no lo hago muy correctamente, tampoco me dice: "Ey, eso no son formas de orar, ¿eh?" No, de alguna manera Él se las ingenia para enseñarme a orar de una mejor forma. Él recibe mis oraciones aunque yo no esté orando muy correctamente.
Ya te he contado otras veces, pero para quien no lo haya oído o no lo recuerde: es una historia de un niño que tenía como doce años y estaba en una reunión de oración, y entonces era una reunión de hombres y le pidieron que orara. Él, un poco ansioso, dice algunas cosas incorrectamente y en un momento dado le dice: "Gracias, Padre, por colgarte en la cruz por mí." Al final se acercó uno de los ancianos y le dijo: "Hombre, joven, tiene que saber que quien se colgó en la cruz no fue el Padre, sino el Hijo." Y él dice: "Sí, pero yo no estaba hablando con usted."
Dios lo deja así. Él sabe. Él sabe que el Hijo y el Padre son uno. Después nos enseña, nos enseñará.
Escucha, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna. ¡Wow! La palabra misericordia es el favor de Dios a favor de personas que no lo merecen, pero que están en sufrimiento. Eso es misericordia.
Charles Spurgeon decía que la misericordia fue el último atributo que se expresó en Dios, porque no fue necesario hasta que el hombre pecó. Si misericordia es el favor de Dios para aquellos que están en sufrimiento, lo cual vino con el pecado, entonces los ángeles que no han pecado nunca han experimentado misericordia. Yo he experimentado gracia, pero no misericordia. Spurgeon tiene razón: fue como el último atributo que se expresó, porque a partir de la caída de Adán y Eva, cuando Él les anuncia todos los sufrimientos, Dios tendría misericordia sobre el pecador.
En el Salmo 51, David peca contra Betsabé. Él sabe cómo acercarse a Dios. "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a tu favor inmerecido para alguien que está en dolor. Conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones." Él sabe que no tiene excusa, sabe que no tiene justificación. Pero él también conoce el corazón de Dios.
Y él se acercó al trono de la gracia. ¿Qué fue, David, que tardaste ocho o nueve meses para pedir perdón? Se desvió, se confundió, literalmente hablando. Pero cuando finalmente volvió en sí, él sabía cómo orar.
La misericordia de Dios por aquellos que pecaron, Adán y su descendencia, lo movió a hacer algo para rescatarnos. Le dolió que estuvieran en esa condición. Y la misericordia del Hijo lo llevó hasta la cruz para redimir al pecador sin esperanza.
Pero tú escuchaste lo que dice el versículo 16: para que puedas hallar gracia para la ayuda oportuna. ¿Cómo así, pastor? Gracias por preguntar. Es la gracia la que te empodera para hacer su voluntad. Nosotros pensamos que gracia es siempre como un favor. No, no. Es la gracia la que te empodera para hacer su voluntad. Es la gracia de Dios la que te advierte de antemano para que no tropieces.
Es la gracia la que te recuerda esta Palabra y te dice: "Uh, pero eso es contrario a la Palabra de Dios", para que no peques contra ella ni la violes. Es la gracia de Dios la que... mira, si lo que te voy a decir ahora no es gracia, está en la Palabra y tú la conoces: 1 Corintios 10:13 dice que es la gracia de Dios la que no permite que ninguna tentación llegue a ti si tú no eres capaz de soportarla.
¿Tú entendiste? La gracia de Dios mide tus capacidades, mide el peso de la tentación, mide la astucia del tentador y dice: "Ya Miguel puede con eso, deja que llegue ahí. Yo no lo quiero destruir, pero lo quiero fortalecer." Y si no puede, dice: "No, para." Entonces le deja a Job, no a Miguel. Miguel no puede con la experiencia de Job.
Eso es gracia. Es la gracia de Dios la que te permite comenzar de nuevo, como Pedro, que lo negó y lo recibieron otra vez. Es la gracia de Dios la que te equipa para sobrellevar circunstancias que Dios ha decidido no remover.
Esta semana le decía con seriedad a alguien: "Mira, yo no sé si Dios va a resolver esto ni cómo lo va a resolver, si lo va a resolver. Es algo de peso significativo, de mucho peso, con legalidades y demás. Lo que yo sé es que siempre habrá uno más entre las llamas y siempre habrá uno más sobre las aguas que estará junto a ti. Cuenta con Él, porque Él te dará la gracia para sobrellevar todo cuanto Él ha dispuesto que tú sobrelleves en este tiempo."
Eso es como Pablo lo entendió. No lo entendía hasta que no le pasó a él. Él tiene un aguijón en la carne. Y escucha lo que escribe en 2 Corintios 12:8 en adelante acerca de este aguijón: "Tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. Ya estoy cansado, estoy abatido, estoy drenado." Y Él me ha dicho: "Te basta mi gracia." En serio. "Sí, Pablo, pues mi poder se perfecciona en la debilidad." Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Y por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustia por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Es la gracia la que te permite vivir de esa manera, sentir de esa manera, soportar de esa manera. "Te basta mi gracia", y tú no necesitas nada más.
Y el autor de Hebreos, ¿qué dice? "Acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna", para cada cosa en la que tú necesites ayuda. Cuenta con Su gracia. Pero tienes que venir, tienes que pedir, tienes que hablar, tienes que humillarte, tienes que venir agradecido y tienes que venir expectante. La vas a recibir.
Padre, bueno, gracias. Gracias por el trono de la gracia que Tú convertiste de trono de la justicia en trono de la gracia para tus hijos. Ante ese trono celestial es que nosotros apelamos aquí abajo, con humildad, con expectativa, y te decimos: "Señor, necesito tu ayuda. Esto es muy grande. No lo puedo soportar, no lo puedo sobrellevar."
"Me estoy desanimando, y sé que me vas a decir: 'Yo sé, por eso estás en el lugar adecuado. Pero ven, y ven continuamente, tan frecuentemente como lo puedas hacer.'"
En Cristo Jesús hemos predicado y orado. Y su pueblo dice: "Amén." Amén. Bendiciones.
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