Israel salió de Egipto con provisión sobrenatural, cruzó el Mar Rojo y cantó victorioso al Señor, pero de los que tenían más de veinte años, ninguno —salvo Josué y Caleb— llegó a la tierra prometida. Cerca de seiscientas mil personas quedaron enterradas en el desierto en cuarenta años de ingratitud, rebelión e incredulidad. El autor de Hebreos usa esa historia no como lección de historia antigua, sino como espejo para quienes se dicen seguidores de Cristo.
La raíz de aquel fracaso colectivo, según Hebreos 3, puede resumirse en una sola palabra: incredulidad. No es un pecado menor. Cuestiona la veracidad de Dios, su poder, su fidelidad y su autoridad. El pastor Núñez lo señala con claridad: sin fe es imposible agradar a Dios, y la incredulidad no es simplemente falta de confianza, es un cuestionamiento directo sobre quién es Dios. Por eso Dios se disgustó durante cuarenta años y juró que aquella generación no entraría en Su reposo.
Hebreos 3:14 presenta una tensión que el sermón aborda de frente: somos hechos partícipes de Cristo, pero esa realidad se verifica en que perseveremos firmes hasta el fin. La parábola del sembrador, en Lucas 8, lo ilustra con fuerza: hay semillas que caen, brotan, incluso producen entusiasmo, pero se marchitan ante la prueba, las riquezas o los placeres. Solo la semilla en buena tierra da fruto con perseverancia. El pastor Núñez recuerda el caso de una pareja amiga que vivía en contradicción evidente con su profesión de fe, encontrando refugio en una doctrina correcta mientras su vida la desmentía. Las doctrinas correctas no salvan; Cristo salva, y su obra se evidencia en frutos reales.
La perseverancia no es la condición que produce la salvación, sino su evidencia visible. Dios preserva a los suyos, y por eso perseveran. Lo que podemos ver desde abajo no es la elección, sino los frutos. Y si Dios buscó a sus hijos cuando eran sus enemigos, cuánto más los sostendrá ahora que son sus hijos.
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Meditando ahí acerca de lo que cantamos, me preguntaba: ¿cómo es posible que todavía nos dé tanto trabajo amarte incondicionalmente, entregarnos incondicionalmente, vivir para ti y por tu causa, cuando hemos cantado que Tú eres mi salvación, Tú eres mi propiciación, Tú eres mi santificación, Tú eres mi justificación, Señor? Tú eres mi todo. Cuando Tú declaras, nosotros repetimos que en Ti vivimos, nos movemos y existimos. ¿Cómo es que luchamos con vivir para otra cosa o para otro propósito que no sea el Tuyo? ¿Cómo es que teniendo las bendiciones que tenemos en Ti, el amor con que nos has amado, a pesar de no merecerlo, cómo es que todavía nos vivimos quejando?
Y yo mismo ahí Te decía: "Señor, perdónanos. Perdona nuestros corazones ingratos, nuestras mentes olvidadizas, nuestras voluntades rebeldes. Si aquilatáramos lo que Tú nos has entregado en Tu Hijo, la lucha terminaría en este mismo momento. Abre nuestros ojos. Usa Tu Palabra, usa la historia del pueblo de Israel, que todavía no hemos terminado, para seguir hablándonos."
Señor, yo no sé dónde cada uno de nosotros está, pero cada uno de nosotros necesita ser hablado en algún rincón, o en varios rincones, o en toda nuestra mente y corazón. Ah, déjanos escuchar Tu voz. Cuando dije 'déjanos', más bien es: empodérame para escuchar Tu voz. Permíteme escuchar Tu voz. Rompe toda sordera espiritual, para que nada vaya a impedir que yo pueda discernir claramente lo que Tú me quieres decir en esta mañana. A mí mismo, mientras predico, te pido que Te la lleves en este momento, que la arranques de raíz, que perfores los tímpanos espirituales hasta que podamos percibir y aquilatar el peso de Tu Palabra.
Que ya de por sí no es poca cosa que Tú hayas hablado, lo hayas registrado, y ahora lo quieras repetir otra vez después de miles de años repitiéndola. En sí mismo ya es una gracia. Sé con el predicador; él depende de Ti. Tú eres su fuerza. Ah, Tú eres su gozo, Tú eres su sostén, Tú eres su propósito. Él predica por Ti, para Ti y en Ti, y luego para Tu pueblo. Escuche o deje de escuchar, en Tu nombre, Jesús. Y su pueblo dice: "Amén." Amén.
Bendiciones, amados. ¡Uf! Casa llena otra vez, qué bueno. Gloria a Dios. Aleluya. Ojalá podamos irnos tan llenos como está la casa, pero de la Palabra de Dios.
Me pasó algo sencillo hace unos minutos atrás que lo comparto. Yo salí porque necesitaba uno de los sprays de nebulización para mi problema de asma y demás. Y cuando abrí la puerta ahí, ya había alguien con el bolso donde estaba para que yo sacara lo que necesitara. Y yo le dije a mi esposa: "¿Ves? Mi Papá me cuida." No tuve ni que llegar al camerino cuando ya alguien lo traía. Yo no sé cómo me vieron al salir, pero doy gracias a Dios por detalles que yo no quiero pasar por alto, y por eso lo comparto. Dios es bueno y para siempre es Su misericordia. Amén.
Bueno, seguimos en —voy a decir otra vez el libro, pero no es el libro— es la carta a los Hebreos, de un autor que no sabemos exactamente quién es. Quizás Pablo, quizás Apolos, no sabemos al final, honestamente. Y la vez pasada estuvimos cubriendo del versículo 7 al 13, y vimos, ¿verdad?, cómo el autor usó la historia del pueblo hebreo bajo la guía de Moisés, bajo el liderazgo de Moisés, para advertir a aquellos que iban a recibir esta carta y para advertirnos a nosotros, de que conociendo esta historia no fuéramos a repetir, a copiar los mismos errores de un pueblo que ignoró la gracia de Dios, ignoró la misericordia de Dios, y que al final terminó pagando las consecuencias de manera muy cara: cuatro décadas, 40 años, durante los cuales el pueblo mostró su ingratitud, su rebelión, su desobediencia y su incredulidad.
Y esas fueron las actitudes que estuvimos viendo y que necesitamos seguir viendo en el día de hoy. Déjame mencionarte brevemente algunas de las cosas que vimos para que podamos conectar correctamente. 12 espías fueron enviados a recorrer la tierra prometida en un momento dado. 10 vinieron y dieron un reporte malvado, por así decirlo, en contra de lo que Dios había dicho; cuestionaron la voluntad de Dios. Y solamente Caleb y Josué tuvieron un reporte diferente. Estos líderes incitaron al pueblo entero. El pueblo fue donde Moisés y se quejó todo el pueblo, dice el texto que vimos. Y aparte de eso, pidieron que se eligieran líderes nuevos para regresar de nuevo a Egipto.
Ah, Dios lo había sacado al desierto para que le sirvieran a Él en libertad. Ellos prefirieron en este momento regresarse a Egipto para servir a Faraón y ser esclavos allá. ¡Wow, impresionante! Esa es la razón por la que Dios dice que de aquellos que salieron de Egipto de 20 años en adelante —20 años parecía ser como la edad donde comenzaba la responsabilidad de adulto, aunque anterior a eso eran considerados también adultos jóvenes, a aquellos mayores de 12 años— pero a la edad de 20 años era cuando tú podías ir a la guerra; a la edad de 20 años tú podías comenzar a servir en el templo, pero no ser sacerdote. Entonces, de 20 años en adelante, nadie llegó, excepto Josué y Caleb. Y algunos estiman que quedaron enterradas aproximadamente 600,000 personas en esos 40 años. Wow.
Si tú haces los cálculos, eso es como 40 muertes por día. Eso son muchos cadáveres, muchos entierros bajo la arena. Ciertamente no se dio exactamente así, porque hubo ocasiones donde cientos y miles de personas murieron como parte de juicios que Dios trajo. Pero te da una idea de cuánta gente murió.
El texto de hoy yo lo he titulado: "Un buen comienzo no garantiza un buen final." Un buen comienzo no garantiza un buen final. Eso es así en la vida real, eso es así en el mundo espiritual. Israel comenzó bien, salió bien suplido. Recuerden la historia: los egipcios, que estaban locos ya de que ellos se fueran después de 12 plagas, les dieron de todo para que se fueran al desierto. Salieron acompañados por Dios. Cruzaron el Mar Rojo en una sola noche, quizás 2 millones de personas. Estaban tan contentos que de aquel lado cantaron al Señor alegremente, un canto de victoria.
Y a pesar de ese buen comienzo, de aquellos que tenían más de 20 años de edad, ninguno llegó. Ciertamente un buen comienzo no garantiza un buen final. Y esta es la preocupación del autor de esta carta. Recuerda, él está hablando a una audiencia que no está en el desierto; está hablando a una audiencia como nosotros, pero al mismo tiempo nos sigue hablando a nosotros mismos, y quiere que pensemos en esa experiencia pasada.
Ahora, en el caso nuestro, la preocupación no sería que no lleguemos al reposo de la tierra prometida, sino que no lleguemos al reposo eterno. Y él está consciente de eso. Es una audiencia como nosotros, post Cristo, a la que él está escribiendo.
Ah, y pensar que la razón del fin tan trágico de esa generación fue la ingratitud. Pregúntate alguna vez si tú has sido ingrato. La rebelión: pregúntate si en alguna ocasión tú has sufrido de ese mal. La incredulidad y cosas similares. Impresionante.
Ah, si nosotros revisamos el registro bíblico, Dios se pronuncia severamente en contra de la ingratitud que resulta en quejas frecuentes. De hecho, cuando tú revisas el libro de Romanos, capítulo 1, dice el versículo 18 que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda impiedad e injusticia. Sigue leyendo: menciona dos razones principales por las que Dios está airado contra el hombre: porque no le reconocieron como Dios, ni tampoco le dieron gracias. Wow.
Dios se pronuncia severamente en contra de la rebelión, severamente en contra de la desobediencia. Yo pudiera citar varios pasajes, pero voy a citar un solo versículo de 1 Samuel 15:23, la primera parte solamente: "La rebelión es como el pecado de adivinación." En serio, ¿tú alguna vez has desobedecido al Señor? Uh, dice alguien, escucha.
Y la desobediencia como la iniquidad e idolatría. Eso es poca cosa. Nosotros no meditamos acerca de esto.
Si algo que a mí me impresiona del autor de esta carta —no sé quién es— es su corazón pastoral. Él está genuinamente preocupado de que alguno no llegue, que se quede a mitad del camino. De hecho, sabemos que él está sumamente preocupado porque suena la alarma a lo largo de su carta varias veces.
De manera que él quiere que ellos tomen la historia del pueblo de Israel muy en serio, mediten acerca de sus vidas y digan: "Okay, ¿cómo me veo yo en ese espejo?"
Con eso, voy a leer los versículos del 14 al 19 del capítulo 3. Hebreos 3:14 al 19. Escucha: "Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad. Por lo cual se dice: 'Si ustedes oyen hoy su voz' —aquí viene él otra vez— 'no endurezcan sus corazones como en la provocación, porque quiénes, habiendo oído, lo provocaron. ¿Acaso no fueron todos los que salieron de Egipto guiados por Moisés? ¿Con quiénes se disgustó por 40 años? ¿No fue con aquellos que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? Y a quienes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que fueron desobedientes.' Vemos, pues, que no pudieron entrar a causa de su incredulidad."
Esto es lo que nosotros vemos en la primera parte. Yo dividí el texto en dos. Los textos de esta carta no necesariamente son fáciles a la hora de encontrarles la mejor forma de exponerlos. Voy a hacer algo atípico hoy, pero déjame comenzar a decir algunas cosas y luego te muestro dónde está lo atípico.
En la primera parte, versículos 14 y 15, tú ves la preocupación del autor de que sus destinatarios vayan a cometer el mismo pecado de sus antepasados y que, como consecuencia, no lleguen al reposo eterno. Ya no podemos hablar del reposo de Josué o el reposo de la tierra prometida, sino del reposo eterno. Que no vayan a llegar al final. Esa es la preocupación. Y en la segunda parte, versículos 16 al 19, le recuerda a la audiencia la historia del pueblo de Israel.
Entonces, lo atípico que voy a hacer es que normalmente, cuando tú haces predicación expositiva, vas siguiendo el orden de los versículos. Yo voy a tomar la segunda parte —la historia del pueblo de Israel, versículos 16 al 19— y la voy a exponer primero, porque fue lo último que vimos en el pasaje anterior. Además, es esta historia la que explica la preocupación expresada en los versículos 14 y 15. Esa preocupación no termina ahora en el capítulo 3; continúa para el capítulo 4 hasta el versículo 11.
Y la necesidad de la perseverancia hasta el final es lo que está cargando al autor de esta carta, junto con las actitudes que desarrollamos en la espera. Hay una espera. Tú y yo estamos en la espera. En esta esfera desarrollamos actitudes. En esta esfera, algunos comienzan a desviarse, no perseveran, y eso trae consecuencias: algunas temporales, otras eternas, y con implicaciones para aquellos que finalmente quedan fuera del camino.
Entonces, déjame ver la segunda parte primero, versículos 16 al 19. Recuerda: lo que está ahí es lo que explica la preocupación de los versículos 14 y 15. El autor cierra este capítulo 3 con tres preguntas, y de hecho las responde también con preguntas. Versículo 16: "Porque quiénes, habiendo oído, lo provocaron." Esa es la pregunta. ¿Quiénes fueron los que lo provocaron? Y él responde la pregunta con otra pregunta: "¿Acaso no fueron todos los que salieron de Egipto guiados por Moisés?"
Como se diría en inglés: time out. Párate un momentico. ¿Cómo fue que los que provocaron a Dios fueron todos, todos los que salieron de Egipto? ¡Guiados por Moisés! Esa es la respuesta. Excepto Josué y Caleb, de aquellos de más de 20 años de edad, excepto por ellos, nadie entró. Pues fueron todos. Se está refiriendo a ese rango de edad.
Segunda pregunta: ¿con quiénes se disgustó por 40 años? O sea, 40 años de disgusto. Yo no me imagino eso. Sí, pero eso es lo que dice: 40 años. Claro, yo les dije la vez pasada que a los 30 días comenzó la primera queja visible, porque ya habían ocurrido otras quejas. ¿Con quiénes se disgustó? La respuesta está en el mismo versículo 17, también en forma de pregunta: "¿No fue con aquellos que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto?" Cayeron en el desierto justamente porque pecaron de una manera que hemos estado describiendo: rebeldes, ingratos, incrédulos. ¡Wow! 600,000 personas. Eso es mucha gente.
Y estas fueron las causas, ya yo se las mencioné: desobediencia, ingratitud, incredulidad. Tercera pregunta, versículo 18: "Y a quienes juró que no entrarían en su reposo." Oír a Dios jurar es serio. Dios no tiene que jurar. Dios es creíble en sí mismo. Tú juras para que el otro tome mucho más en serio lo que estás diciendo, pero al final, todo lo que Dios dice —no importa cómo lo diga, cuándo lo diga, acerca de qué lo diga— es serio. Pero Él juró que no entrarían en su reposo. La segunda parte del versículo 18 tiene la respuesta: los que fueron desobedientes. ¡Wow!
Entonces, el autor toma esas tres preguntas, responde las tres y llega a una conclusión. Versículo 19: "Vemos, pues, que no pudieron entrar a causa de su incredulidad."
Otra debilidad del ser humano, del cristiano, que tampoco tomamos muy en serio, pero Dios se expresa de manera pesada; Cristo se expresa de manera pesada acerca de la incredulidad. Nosotros lo tomamos a la ligera: "Sí, a mí me falta fe. Yo sé que necesito orar por fe", pero nunca hacemos un esfuerzo para que esa fe pueda fortalecerse.
Cristo llama a sus discípulos en varias ocasiones "hombres de poca fe", pero lo dice de manera reprensiva: Mateo 6:30, 8:26, 16:8. "Hombres de poca fe." En otra ocasión le traen a un endemoniado y le dijeron: "Maestro, se lo llevamos a tus discípulos, pero ellos no pudieron liberarlo. Por eso te lo traemos a ti." ¿Tú sabes cuál fue la respuesta de Cristo antes de hacer cualquier otra cosa? "¡Oh, generación incrédula y perversa!" ¡Wow! De alguna manera la incredulidad jugó un rol en que ellos no pudieran hacerlo.
El autor de Hebreos todavía es más categórico. En 11:6 dice: "Sin fe es imposible agradar a Dios." No difícil, no cuesta arriba: imposible. Porque mi incredulidad crea un cuestionamiento sobre la persona de Dios. De hecho, la conclusión del autor de Hebreos es que puede haber rebeldía, puede haber ingratitud, puede haber desobediencia, pero tú puedes resumir todo eso en incredulidad. "Vemos, pues" —versículo 19— "que no pudieron entrar a causa de su incredulidad."
¿Sabes por qué la incredulidad es seria para Dios? Porque cuestiona a Dios. En primer lugar, cuestiona la veracidad de Dios, como si Dios no fuera digno de ser creído palabra por palabra. En inglés hay una expresión que dice take God at his word: toma a Dios por la palabra, que lo que Él dice así es. Bueno, la incredulidad no hace eso. También cuestiona el poder de Dios; en el caso de los judíos, como si Él no hubiese sido capaz de introducirlos a la tierra prometida. Y por eso fue que 10 de los 12 espías dijeron: "No, nosotros no vamos a entrar." Dios dice que Él va a estar con nosotros.
Nosotros no creemos que Él es capaz de hacer eso. Cuestiona la fidelidad de Dios como si Dios hubiese faltado a sus promesas en algún momento, en algún lugar. Y cuestiona la autoridad de Dios como si Dios no tuviera esa autoridad para prescribir a sus discípulos, o al ser humano, o decretar aún lo que puede hacer y lo que no puede hacer.
Hermanos, la incredulidad, la falta de fe no es poca cosa. El autor de Hebreos conoce esta historia, la conoce mejor que nosotros, y está preocupado porque él entiende el corazón humano. Está preocupado con el grupo a quienes él está escribiendo. Entonces, esta historia que yo acabo de resumirte es lo que explica los versículos 14 y 15.
"Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad. Por lo cual se dice: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación."
En el versículo 14, él parece brindar una cierta seguridad primero en la primera mitad, pero en la segunda mitad ahora parece presentar la salvación como si fuera condicional. Déjame leerlo otra vez. "Porque somos hechos partícipes de Cristo." Nota: somos hechos partícipes de Cristo. Bueno, suena como se dice en inglés a done deal, como que mi seguridad está en Cristo. Pero luego la segunda parte como que me quita la alfombra debajo de los pies. Dice: "Si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad."
El autor de Hebreos está haciendo algo que frecuentemente nosotros no nos percatamos, y lo vamos a ver en un momento. Es que yo puedo ver la salvación por encima del sol o por debajo del sol, y los énfasis son diferentes. Pero conociendo lo que él conoce, él tiene advertencias a lo largo del camino. En el mensaje número cuatro —probablemente no lo recuerde— el título fue: "Atención, no sea que te desvíes." Él está preocupado. El mensaje del domingo pasado, el título fue: "Alerta: ignorar la gracia de Dios endurece tu corazón." Y si endurece tu corazón, pues igual queda enterrado en la arena del desierto. Y el título de este mensaje es: "Un buen comienzo no garantiza un buen final."
El autor está cargado de una realidad que muchas veces a nosotros no nos pesa. Pero déjame ver si te lo puedo ilustrar. Mi esposo y yo tuvimos parejas amigas en Estados Unidos, y esta pareja en particular había estado en el mundo de las drogas mayormente. Había salido, tenía unos años fuerte. Después de unos años, el esposo comenzó a usarlas de nuevo en la casa. Ella se irritaba, lo confrontaba, e invariablemente su respuesta era: "No hay condenación para los que estamos en Cristo Jesús", Romanos 8:1. Él encontraba seguridad en una declaración doctrinal, pero su estilo de vida y su falta de arrepentimiento estaban negando su salvación.
Nosotros nos mudamos aquí, el tiempo pasó, y unos años después nos enteramos de que él murió. Obviamente, él estaba confiando en que tenía salvación. El problema es —o era— que las doctrinas correctas no me salvan. Cristo lo dijo más de una vez: "Por sus frutos los conocerán." Su uso de droga y su falta de arrepentimiento hablaban de una falsa conversión. El autor de Hebreos está preocupado con eso. Hablaban de una falsa seguridad, de un falso entendimiento que, en el caso de esta persona, no llegó al final.
Ahora, quizás tú pudieras pensar: "Bueno, pero es que el autor de Hebreos quizá está un poco exagerando cuando está tan preocupado de que alguien no pueda llegar, o de que esta gente pudiera tener un falso entendimiento de la salvación o una falsa seguridad." No. Cristo hizo exactamente lo mismo. Estaba preocupado por personas que estuvieran siguiéndolo, pero que estando entre la multitud no fueran del pueblo de Dios.
Escucha lo que Él dice en el Sermón del Monte, su sermón más famoso. Mateo 7:16: "Por sus frutos los conocerán." Mateo 7:16-20: "Así que por sus frutos los conocerán." Nota que en este contexto en particular se estaba refiriendo en ese momento a falsos maestros y profetas. Nota que Él no dice "por sus enseñanzas los conocerán." No, no, no. Yo puedo tener buena enseñanza y malos frutos. Por sus frutos los conocerán.
Mateo 7:21: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo." En otras palabras, Cristo está diciendo: "No todo el que me dice Señor, Señor, no todo el que declara mi señorío entrará al reino de los cielos, sino el que vive mi señorío." Ya, eso es otra cosa. Y la razón es que la obediencia es la marca del discípulo.
Yo no digo la obediencia perfecta. De hecho, si has leído mi libro acerca de En el poder del Espíritu, el subtítulo dice: "Una vida de obediencia continua, no perfecta." ¿Y cuál es la diferencia? Si la obediencia es continua, cuando yo peco, ahora obedezco y voy y me arrepiento. La obediencia continua: yo sé qué hacer con mi pecado. Cuando no lo hago, entonces mi obediencia no es continua.
Escucha que Cristo está preocupado acerca de la misma cosa que el autor de Hebreos, y otros también. Pablo también llamó a los corintios a que se examinaran para ver si estaban en la fe. En Mateo 7:22-23, Él continúa en su Sermón del Monte: "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Jamás los conocí. Apártense de mí, los que practican la iniquidad." No por sus milagros, no por sus exorcismos, no por sus enseñanzas. No, no, no. Es por sus frutos que los conocerán.
Yo introduje parte del versículo 14 al final del sermón pasado en ambos servicios. Y ya cuando salí me di cuenta de que tenía un mensaje en el WhatsApp, y era uno de los nuestros que me hacía una pregunta: "Entonces, ¿la salvación se pierde o no se pierde?" Yo voy a responder esa pregunta ampliamente, pero no tan pronto, porque este texto no es tanto acerca de la seguridad de la salvación, sino acerca de desobediencia, ingratitud, incredulidad y sus consecuencias. Pero yo la voy a responder, créeme; es más como una aplicación que como una exposición.
En la primera parte del versículo 14, "somos hechos partícipes de Cristo", da la impresión de que esta gente a quien le estaba escribiendo ya estaban en Cristo, ya había salvación, ya estaban seguros en Cristo. Escúchalo otra vez: "Somos hechos partícipes de Cristo." Pero inmediatamente después, él introduce este condicional otra vez: "Si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad." Ahora, si este fuera el único versículo que nosotros tuviéramos acerca de la salvación, yo creo que queda más o menos claro que la salvación es condicional, que depende de cómo yo me comporte de aquí hasta el final y si yo puedo obedecer perfectamente.
Yo creo que William McDonald en su comentario tiene una frase que ayuda. Dice: "La fe es la raíz de la salvación", o sea, yo soy salvo por fe, "y la perseverancia es el fruto." Pero si tú miras un árbol, tú no dices: "Déjame ver la raíz y yo te digo de qué es." No. La fe es la raíz, es lo que da origen a mi salvación. Pero nosotros no vemos los árboles según caminamos por sus raíces. ¿Qué vemos? Frutos. Entonces vemos un árbol y decimos: "Es un árbol de mango, de guanábana, de guineo, de plátano, de lo que tú quieras." Es lo que yo puedo ver.
Yo creo que esa es una buena ilustración, porque Cristo está diciendo que por los frutos que tú ves —porque tú no ves la raíz, tú no sabes cómo él hizo esa profesión de fe— es como se conoce al discípulo verdadero.
La fe es la raíz, pero tú no sabes cómo la hizo. Tú no conoces, ni conociste ni conoces, su intención.
De hecho, en otro discurso muy famoso de Cristo, en su Sermón del Monte de los Olivos, hablando de los últimos tiempos, Mateo 24:13 dice: "El que persevere hasta el fin será salvo." Ah, la perseverancia tiene algo que ver con la salvación. Bueno, eso es lo que Cristo dice. El que persevera hasta el fin será salvo. Nota que Cristo no dice: "El que haya sido elegido por el Padre será salvo." Aunque eso es verdad.
Pero eso no es lo que Él dice. Él dijo: "El que persevera hasta el fin será salvo." Y eso también es verdad. Entonces, ¿cuál es ese acertijo ahora? ¿Cómo yo desenredo esa madeja?
Bueno, por encima del todo están aquellos que el Padre ha elegido desde la eternidad pasada. Amén. El problema es que nosotros aquí abajo no sabemos quién es elegido y quién no es elegido. No puedo juzgar por esa elección. Por debajo del todo, los que perseveran son salvos.
Claro. Porque si los que son elegidos son salvos, Dios se encarga de preservarlos. Yo lo que veo es la perseverancia, y los que perseveran son salvos. Eso es lo único que yo puedo hacer desde aquí abajo.
De manera que frecuentemente el énfasis en las Escrituras es acerca de la obediencia, con mucha frecuencia, y luego hay un juicio conforme a lo observable, que también yo tengo que hacer con cuidado. Pero yo creo que no nos debe sorprender lo que el autor de Hebreos hace cuando dice, ¿verdad?, que sí perseveramos, o sí permanecemos firmes en lo que hemos creído en primer lugar.
Porque en la parábola del sembrador, Cristo hace la misma enseñanza desde ángulos diferentes. Yo creo que esta es la mejor parábola para hablar de esto que estamos hablando: de perseverancia, frutos y salvación. Ah, esta es una parábola importante. Aparece en Mateo, en Marcos, en Lucas, en cada uno de los evangelios sinópticos. Y en los tres dice exactamente lo mismo, excepto que hay algunos detalles que están en un evangelio y no en el otro. Y Lucas es el caso que estoy ahora mencionando.
Déjame leerte, no la parábola, sino la explicación de la parábola. Cuando los discípulos fueron a Jesús, le dijeron: "Explícanos, porque no entendemos." Entonces, en Lucas 8:11-15, escucha: "La parábola es esta: la semilla es la palabra de Dios. Aquellos a lo largo del camino son los que han oído, pero después viene el diablo y arrebata la palabra de sus corazones para que no crean y se salven." Oyeron la palabra, no perseveraron. La semilla sembrada se marchitó. Satanás se la llevó; de alguna manera fueron engañados.
Otro grupo. "Aquellos sobre la roca son los que cuando oyen reciben la palabra con gozo." ¡Gloria, hermano! ¡Me salvé! ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! Tres meses, tres años yendo a la iglesia. ¡Aleluya! Y de repente fulano no está aquí. Pero no es porque no esté en una iglesia local, no; no está en el reino de los cielos. Reciben la palabra con gozo, pero no tienen raíz profunda. Creen por algún tiempo, pero falta la perseverancia, y en el momento de la tentación sucumben.
La prueba del tiempo es la mejor prueba. En el tiempo nosotros tenemos pruebas, tentaciones, dificultades que van filtrando las falsas conversiones.
Versículo 14: "La semilla que cayó entre los espinos son los que han oído, y al continuar en el camino son ahogados. ¿Por qué? Por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y su fruto no madura." La semilla se sembró. También creyeron por algún tiempo. Vinieron preocupaciones, se marchitó todo. Vinieron los deseos por las riquezas, se marchitó todo. O las tentaciones, y todo se marchitó. No perseveraron.
"Pero la semilla en la tierra buena…" —para que vea la conexión entre perseverancia y fructificación— "son los que han oído la palabra con corazón recto y bueno, y la retienen y dan fruto con su perseverancia." Ahí está la conexión. Perseveran en el camino contra viento y marea, contra tentaciones, preocupaciones, riquezas, placeres. Luchan, pero perseveran. Y en la perseverancia, sus mismas luchas terminan produciendo, dando frutos.
Claramente la palabra ilustra que no todo el que oye la palabra, que cree por un tiempo, que da aparentes frutos de salvación, es salvo. No. Tiene que haber una perseverancia a través de las pruebas y dificultades. Y eso entonces separa las verdaderas conversiones de las falsas conversiones.
Y ya al final, el autor de Hebreos no se refiere a la posibilidad de perder o no la salvación, no. Él está preocupado por falsas conversiones, o por consecuencias temporales o eternas que el creyente puede sufrir como consecuencia de su reacción ante las pruebas de la vida.
Entonces, permíteme decir algunas cosas a manera de aplicación, porque como mencioné, el texto no es acerca de la salvación eterna; es acerca de incredulidad, de consecuencias, de ingratitud, de rebeldía.
Pero por años ha habido un debate entre dos grupos. Unos llamados arminianos, porque la doctrina, por así decirlo, fue comenzada por Jacobo Arminio, un teólogo holandés de los años 1600. Ah, no voy a abundar mucho acerca de eso, pero esos creen que el hombre elige su salvación y por consiguiente la puede perder. En este grupo hay gente genuinamente convertida. Ahí estuvo Billy Graham, ahí estuvo John Wesley. Pero hay un grupo de ellos que vive preocupado cuando debiera vivir tranquilo; vive preocupado por la posibilidad de perder su salvación, pero ellos están viviendo una vida de santidad.
En el segundo grupo, el otro extremo, estamos nosotros. Cuando digo nosotros, no sé si cada uno de ustedes, pero nosotros como iglesia: el grupo llamado calvinista, simplemente por la misma razón: Juan Calvino enseñó, y luego se construyó un sistema que agrupaba y resumía sus creencias, y de ahí viene todo esto. Y entiende que Dios elige desde antes de la fundación del mundo y Él preserva a los suyos.
Pero no es la doctrina lo que salva. Y la ilustración de la pareja que les mencioné lo ilustra. Él tenía la doctrina correcta. No, no, no. Son los frutos de las doctrinas. Porque muchos tienen un falso entendimiento de la salvación, como que no importa cómo tú vivas si tú crees correctamente. Pero Cristo no dijo eso. Cristo dijo: "Por su fruto los conocerán." Él no dijo: "Por su doctrina los conocerán." Tampoco dijo: "Por su elección los conocerán, porque nosotros no sabemos quién es y quién no es elegido." Tampoco dijo: "Por su entusiasmo los conocerán." Porque sabemos que hay algunos hermanos y amigos muy entusiastas. Él dijo: "Por sus frutos los conocerán."
Escucha la conclusión de la parábola. Ya yo te la leí en Lucas 8:15: "La semilla en la tierra buena son los que han oído la palabra con corazón recto y bueno, y la retienen y dan fruto con su perseverancia."
Entonces, perseverancia. Esta es la doctrina de la perseverancia de los santos. La pregunta es: ¿yo persevero, o Cristo me preserva y por eso yo persevero? Nosotros creemos que es esto último: Cristo me preserva, y nosotros perseveramos.
Déjame leértelo tal cual lo escribí: los que verdaderamente han nacido de nuevo serán preservados por el poder de Dios hasta el final. Mira cómo la Palabra declara eso en Judas 24 y 25: "Y a aquel que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída, y para presentarlos sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría, al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo y ahora, por todos y por todos los siglos. Amén."
Amén. "Al que es poderoso para guardarme sin caída y presentarme sin mancha delante de Dios."
Mi mejor evidencia de que soy salvo es mi perseverancia en el camino y los frutos que doy en mi perseverancia. Hermanos, Dios me buscó cuando yo era su enemigo. No tiene más sentido que ahora que soy su hijo, si yo me desvío, que él vaya a buscarme otra vez.
Usamos la parábola de las 100 ovejas, las 99 ovejas. La parábola de la oveja que se fue la usamos para hablar de la persona que nunca ha creído, y el buen pastor va y busca esta oveja, y esta oveja recibe salvación por primera vez. Sí, está bien, puede referirse a eso, pero si él me buscó cuando yo era su enemigo —Romanos 5:10—, tiene más sentido que me busque ahora que yo soy su hijo. Escucha Romanos 5:10: "Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida."
¿Cuál es la preocupación de Pablo? Déjame, de nuevo estoy caminando sobre huevos, déjame leértelo. La idea de Pablo es ayudar al creyente a meditar acerca del hecho de que si Dios nos reconcilió por medio de su Hijo, estando nosotros en un estado de enemistad contra Dios, entonces podemos confiar en ese Dios mucho más ahora que somos sus hijos. Dios haría por un hijo más de lo que hizo por un enemigo, y aun así dio lo mejor de sí cuando yo era su enemigo: me dio a su Hijo. Ya lo dio. No puede ser que si yo me desvíe, él no salga a buscarme para que yo regrese.
Dios afirma su fidelidad en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, en múltiples pasajes. En el Antiguo Testamento tú puedes verlo en Deuteronomio 7:9, Salmo 33:4, Lamentaciones 3:22-23, Malaquías 3:6, Éxodo 34:6, etcétera, etcétera, etcétera. Y luego en el Nuevo Testamento lo reitera tanto que Pablo termina diciéndole a Timoteo en su segunda carta, en 2:13, que cuando nosotros somos infieles, él permanece fiel.
Yo persevero porque Dios me preserva. Y Pablo, mejor que cualquier otro autor del Nuevo Testamento, nos deja ver que las doctrinas que proclamamos, que creemos, están todas relacionadas al carácter de Dios, y la perseverancia de los santos es una de ellas.
Escucha cómo Pablo se lo dice a los filipenses: "Estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús." El que comenzó la obra la va a terminar. Dicho de otra manera, lo que Dios comienza, Dios termina.
Pero eso no quiere decir, hermanos, que porque yo tenga seguridad de la salvación, voy a cruzar mis brazos, dormirme sobre mis laureles y decir: "Yo creo bien y vivo más o menos bien en el interior de mi familia, comportándome moralmente." En serio, eso no fue para lo que Cristo te llamó.
Escucha cómo Gordon Fee lo explica: los creyentes en Cristo son personas del futuro. Escucha ahora, porque para allá vamos. Un futuro seguro que ha comenzado en el presente. Son ciudadanos del cielo, como dice Filipenses 3:20, que viven la vida del cielo en el presente. ¿Tú estás oyendo? Me encanta esa expresión: nosotros somos ciudadanos del cielo que vivimos la vida del cielo aquí abajo. Eso habla de santidad, eso habla de consagración, eso habla de dedicación, eso habla de un solo propósito. Viven la vida del cielo en el presente, en cualquier circunstancia en la que se encuentran.
Ahora, hay un grupo que vive atemorizado porque piensa que si predicamos esta doctrina de la gracia —la perseverancia de los santos, que Dios nos preserva— la gente va a vivir en libertinaje. Bueno, yo estoy seguro de que hay gente que lo ha hecho, y te di una historia triste de esa pareja de hace unos años atrás, ¿verdad? Estoy seguro de que hay gente que lo ha hecho, pero no porque la Biblia enseñe tal cosa —imposible. Yo creo que cuando eso ocurre, como ocurrió con esa persona, es porque tenían un mal entendimiento de lo que la salvación es y produce.
Porque cuando el Espíritu de Dios viene y te regenera, cuando naces de nuevo, resulta que como el Espíritu mora en ti y él pone el querer y el hacer, él comienza a cambiar tus afectos, comienza a cambiar las cosas que te interesan, comienza a cambiar la manera como tú sientes. Nuestros deseos no se supone que sean los mismos deseos de cuando yo era un vil pecador. De hecho, no solamente no se supone que sean los mismos deseos, sino que cuando peco, el pecado comienza a cargarme.
¿Por qué? Porque soy una nueva criatura con una nueva naturaleza que siente diferente, que piensa diferente, aunque todavía soy pecador. Las cosas comienzan a cambiar. Entonces, con ese amigo nuestro las cosas no habían cambiado. Él creyó, fue a la iglesia con nosotros, estaba en un grupo de los viernes en la noche que yo dirigía, pero él volvió a su estilo de vida anterior. Él no estaba ahí cuando lo conocimos: no perseveró.
No es que "salvo, siempre salvo" de manera liviana. No. Salvo, siempre salvo: salvo por Dios, elegido por Dios, salvo por Dios, siempre salvo por Dios. Y por tanto, yo persevero.
Hermanos, quizás tú has tropezado, quizás tú has tropezado de mala manera, como Pedro. El tropiezo de Pedro no fue chiquito. La caída de Pedro no fue chiquita. Como Judas: la caída de Judas no fue chiquita. Pero hubo una diferencia. Pedro se levantó y siguió corriendo, y ahora de mejor manera. Judas no se levantó: sintió remordimiento, dice el texto, fue y devolvió el dinero que le habían dado por la venta de Jesús. Parecería que se está arrepintiendo; nosotros llegamos a la conclusión de que se arrepintió, devolvió el dinero y todo, ¿no? Y después fue y se ahorcó. No perseveró.
Si tú has caído, hermano, yo no quiero que tú te quedes en el piso. Recuerda, yo no soy fiscal, yo soy pastor. Yo quiero que tú puedas entender bien qué se supone que un creyente haga cuando se cae, cuando tropieza.
Yo conté esta historia por primera vez —no sé si única vez— cuando estábamos en la Sarasota, o sea, hace mucho tiempo, pero es posible que la haya vuelto a repetir en algún momento. Es la historia de este corredor: Quarry, que era de Tanzania. Fue a Ciudad de México a las Olimpiadas del año 1968. Él no tenía una buena probabilidad de ganar, pero fue. Durante la carrera, Quarry se cayó, lo que provocó una herida profunda en la rodilla y una dislocación. Se golpeó el hombro contra el pavimento. La mayoría de las personas que estaban ahí supusieron que él se había retirado y que se iría al hospital.
No. Él pidió que lo atendieran ahí médicamente y siguió participando; iba a seguir corriendo, aunque ya no podía correr al mismo ritmo. Su paso era distinto, pero volvió, se paró y siguió corriendo. Llegó más de una hora después del ganador. Ya las medallas habían sido entregadas. ¿Tú te imaginas lo tarde que llegó? Las medallas de oro, de plata y de bronce ya habían sido entregadas. Cuando él llega al estadio, estaba cojeando y el vendaje ondeaba con el viento.
Le preguntaron —ya él sabía que estaba perdido, estaba herido, dolido—: "¿Para qué tú seguiste corriendo?" Escucha su respuesta: "Mi país no me envió a 8,000 km de distancia para empezar la carrera. Me enviaron a 8,000 km de distancia para que la terminara."
Mi hermano, Cristo no vino de la gloria a este mundo y luego fue a la cruz para que tú empezaras la carrera. Él vino para que tú la terminaras. Él es tu motivación. Él es la razón por la que tú te levantas, por la que tú te humillas, reconoces tu pecado, te arrepientes, te devuelves y le dices a Cristo: "Por la cruz tuya, por la sangre derramada en esa cruz, yo ahora continúo hacia adelante, después que te he pedido perdón, me he arrepentido y he reconocido que he sido un pecador malvado, vil." Está bien, hermano.
Cristo lo vale, la cruz lo vale, su causa lo vale. Amén.
Y tú sabes qué, que este corredor yo pensaría como que ya terminó, ¿no? Se recuperó en Tanzania. Se recuperó y, sabes qué, volvió a correr más de una vez. No, él no ganó, pero volvió a hacer lo que él siempre hacía. ¿Sabes por qué? Porque de alguna manera él entendió que ese era su propósito de vida.
Bueno, yo no estoy diciendo que eso era bueno y válido, pero tú tienes un propósito de vida y si te caes, tú tienes un trono de la gracia donde tú puedes ir. Pero tienes que aceptar tu falta, tu pecado, tu caída, por horrorosa que sea; tienes que confesarla como tal para que puedas recibir perdón, puedas levantarte y poder seguir corriendo.
Y luego tú puedes decir como el apóstol Pablo —¿sabes qué?, cuando él escribe a los Filipenses 3:7 al 10—: "Pero todo lo que para mí era ganancia lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más: yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe; y conocerlo a él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos."
Basura. Todo lo que yo consideraba de valor: basura. Para que puedas entonces correr con los ojos puestos en Jesús, para que tú puedas llegar —tú sabes, como decía Pablo— "no corro como dando golpes al aire, como si no tuviera una meta." No, no, no, no, no. "No sea que yo mismo, habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado."
Pablo, el apóstol Pablo, el que visitó el tercer cielo, está preocupado con que a él lo descalifiquen, y nosotros vivimos nuestra vida cristiana tan despistados como que: "No, ya yo creí, por tanto yo voy a ser salvo." No. Si crees bien, tienes que vivir bien. Lo único que dice que realmente has creído bien es que estabas muerto y ahora estás vivo. Y tu perseverancia es la prueba de que estás vivo, de que sigues vivo. Y en la perseverancia Dios te va santificando. Amén.
Padre, gracias. ¡Uf! La realidad es que somos débiles. La realidad es que pecamos. Pero la otra realidad es que tú eres fuerte, y la otra realidad es que tú tienes gracia y misericordia para perdonar. Pero hay algo que tú no vas a hacer por el pecador, y es arrepentirte por él. Y hay algo, Señor, que tú no vas a hacer por el pecador, y es humillarte por él.
Ayúdanos a entender, Dios, que esto es una carrera. La carrera puede tener tropiezos, puede tener caídas, pero después de eso yo puedo volver a obedecer. Pero la mejor evidencia de mi obediencia es mi arrepentimiento genuino, profundo. De manera que todo lo que queda atrás, o quedó atrás, es inservible de aquí en adelante, de manera que yo pueda vivir por él, para él y en él, para que a él sea la gloria.
Gracias porque tú me sostendrás. Gracias porque si he de caer, tú me sostendrás. En medio de la tentación, tú me sostendrás. Pero ayúdanos a recordar que tú sostienes a los que buscan tu sustento. Hay algo que yo tengo que hacer. Ayúdanos a buscarte en todo momento, en toda circunstancia. Te hemos orado y predicado en Cristo Jesús. Su pueblo dice: "Amén." Amén.
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