Tras meditar en el Salmo 119, el capítulo más largo de la Escritura, vemos que está dividido en veintidós secciones que representan las veintidós letras del alfabeto hebreo. En esta ocasión, entramos a la sección de la letra que comienza en el versículo 33, y nos dedicaremos a los tres primeros versículos bajo un mismo anhelo: aprender a orar con sinceridad al Señor por dirección.
Esta sección es, en esencia, una oración. El salmista pide dirección delante del Señor, y para comprender bien su ruego necesitamos primero recordar a quién nos dirigimos cuando oramos.
Antes de entrar al texto, quiero detenerme en una declaración que ha acompañado toda mi vida. En 1 Reyes 17:1 el profeta Elías se planta delante de un rey pagano y afirma: «Vive el Señor, Dios de Israel, delante de quien estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca». A veces no necesitamos un gran volumen de teología; con estas pocas palabras Elías reconoce quién es su Dios.
Lo primero que reconoce es que Dios está vivo. Acab había desechado al Dios de Israel, pero eso no significaba que Dios estuviera muerto. Como escribió el apóstol Pablo, «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17:28). Cuando nos acercamos a orar, no nos acercamos a una figura ni a una imagen del pasado, sino a un Dios que está vivo.
En segundo lugar, Elías dice que Dios es el Señor. No tenemos un dios genérico. Tenemos al Dios que se ha dado a conocer por gracia mediante Su Palabra, que ha dicho «Yo Soy el que Soy», que ha dado cuenta de Su carácter, Sus planes y Su voluntad. Esa es nuestra seguridad: yo sé quién es Él, sé a quién me acerco, no tengo un Dios del que dudo.
En tercer lugar, ese Dios se presenta de manera majestuosa. Es el Dios soberano, dueño del cielo y de la tierra, aquel que sostiene el universo con las palabras de Su poder. Como oró el rey David, «…Tuyo es el dominio, oh Señor, y te exaltas como soberano sobre todo» (1 Cr 29:11).
Y Elías termina diciendo «delante de quien estoy». No era el emisario de un dios lejano, sino que sabía, como lo sabemos nosotros, que gozamos de la presencia de un Dios omnipresente. No olvidemos las últimas palabras de Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20).
Orar por dirección no es cuestión de elocuencia, sino de acercarnos con sinceridad al Dios vivo.
En la sección anterior el salmista se mostró vulnerable: «Postrada está mi alma en el polvo» (Sal 119:25). Pero llega al versículo 32 con una declaración inmensa: «Por el camino de tus mandamientos correré, porque tú ensancharás mi corazón». La imagen de correr expresa una obediencia gozosa y libre, no forzada.
Sin embargo, el salmista hace un alto. Está en la línea de partida de la gran maratón de la vida y se detiene, porque no se trata solo de correr, sino de saber hacia dónde voy. Y aquí, en primera persona, nos muestra que a pesar de su erudición sigue siendo igual que nosotros: necesita dirección, necesita permanecer en oración y en la Palabra de Dios.
Su primera petición es: «Enséñame, oh Señor, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin» (Sal 119:33). La enseñanza para el pueblo hebreo no es teórica ni intelectual, sino experiencial; en el original, la palabra tiene que ver con algo que fluye como el agua. La enseñanza no es un concepto estático: siempre va en una dirección, siempre toma un rumbo. A veces conocemos el mandamiento, pero no entendemos su propósito, y sufrimos porque intentamos que el agua corra hacia arriba. Por eso pedimos: Señor, muéstrame el recorrido de tus mandamientos, para que yo me acople a esa realidad.
En español, la palabra «estatutos» viene de una raíz que significa mantenerse firme en pie, de donde surge nuestra palabra «estatua». Los estatutos de Dios son fijos e inamovibles. En estos tiempos donde todo es subjetivo, donde queremos torcer y acomodar la Palabra a como la imaginamos, debemos volver a orar con insistencia. Jeremías lo expresó así: «Pregunten por los senderos antiguos, cuál es el buen camino, y anden por él, y hallarán descanso para sus almas» (Jer 6:16).
Pedimos discernimiento para guardar la ley, y no con una obediencia diluida, sino con una obediencia integral en la que toda nuestra alma participe.
La segunda petición es: «Dame entendimiento, para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón» (Sal 119:34). Este entendimiento no es el que se obtiene en un salón de clases, sino en el rugir de la vida, donde necesitas discernir la verdad de la mentira en medio del fragor de la batalla. Muchas veces el mandamiento es muy claro en su definición, pero bastante oscuro en su aplicación. No vivimos en un laboratorio sanitizado; vivimos pisando charcos, escuchando voces equivocadas, con un corazón que siempre es engañoso. Por eso pedimos discernimiento para guardar la ley, y no con una obediencia diluida, sino con una obediencia integral en la que toda nuestra alma participe.
La tercera petición es: «Hazme andar por la senda de tus mandamientos, porque en ella me deleito» (Sal 119:35). Aquí conviene notar algo del hebreo: la letra He al inicio de un verbo lo convierte en causativo, de modo que el sujeto no realiza la acción por sí mismo, sino que la pide de otro. Podríamos decirlo así: Señor, haz que aprenda, haz que entienda, haz que ande.
Cuando le pedimos a Dios dirección, lo más difícil es ponernos en movimiento. Toda la teoría suena bien, pero ahora necesitamos que el Señor nos empuje a hacer lo que debemos hacer. Y no en cualquier lugar, sino en la senda correcta, la senda marcada por quienes han transitado antes en la fe. No voy a inventar la rueda: debo empezar a caminar tal como el Señor espera que camine.
El deleite del salmista no está solo en seguir el ejemplo de nuestros antepasados, sino en que el Señor nos acompaña a transitar por la senda que Él estableció desde la eternidad. Como comenta James Montgomery Boice, «en cuanto a la vida cristiana no somos innovadores, somos imitadores fieles: queremos ser como Abraham, como Moisés, como David, como el apóstol Pablo, como los reformadores. Pero también recordamos que este es un camino angosto, y pocos lo transitan».
Cuando escogemos buscar la dirección de Dios, no estamos hablando de popularidad, sino de fidelidad. Si estás buscando dirección en algún asunto de tu vida, pídele al Señor claridad y firmeza sobre Sus mandamientos, entendimiento para distinguir Su ley en medio de las muchas voces, y que te ponga en movimiento por la senda antigua. Porque Jesucristo es el camino, la verdad y la vida, y nadie va al Padre sino por Él. Que no escojamos las sendas anchas por donde transita la humanidad, sino los caminos angostos, para vivir la vida que Él espera de nosotros, para gloria de Su nombre y bendición de muchos.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «Orando sinceramente por dirección», predicado por el pastor Pepe Mendoza disponible en nuestra página web.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro «Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos» (Vida, 2024). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana, y es el director del Instituto Integridad & Sabiduría. Además colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary y trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.
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