Miguel Núñez • 25 agosto, 2026
La Escritura presenta a Jesús no solo como Salvador, sino también como Sumo Sacerdote: el único capacitado para representarnos delante de Dios. Pero ese rol exigió algo radical de Él. Para poder identificarse por completo con la humanidad, Cristo tuvo que padecer como nosotros padecemos. Al hacerse carne, asumió la misma naturaleza que heredamos de Adán, y al compartir nuestra condición —con la única excepción del pecado— se habilitó para representarnos legítimamente delante del Padre como el Sumo Sacerdote ideal.
Hebreos 2:10 llama a Cristo el «autor» de nuestra salvación, aunque la palabra griega también puede traducirse «pionero»: alguien que abre camino sabiendo que otros vendrán detrás. Cada paso que Él dio trillando esa senda fue, a la vez, preparación para que tú y yo pudiéramos seguirlo hasta encontrarnos en gloria. Pero el autor de Hebreos tiene todavía más que decirnos, y su argumento descansa sobre dos pilares: primero, que Dios nos adoptó como parte de Su familia, y por eso Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos; segundo, que Jesús, luego de Su sacrificio agonizante en la cruz, se convirtió en nuestro Sumo Sacerdote.
«Porque tanto el que santifica como los que son santificados son todos de un Padre, por lo cual Él no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Heb 2:11). Cristo es quien santifica y nosotros somos los santificados, y ambos pertenecemos a un mismo Padre. Ahora bien, es necesario hacer una distinción: Jesús ha sido el Hijo del Padre desde toda la eternidad. Esa relación de Padre e Hijo, junto con el Espíritu Santo, ha existido siempre. No es una enseñanza liviana; la frase «el Hijo de Dios» aparece más de cuarenta veces en el Nuevo Testamento, y si sumamos expresiones parecidas, encontramos no menos de ciento cincuenta referencias.
Existe un malentendido muy común en la calle: que toda la raza humana somos hijos de Dios. Eso no es verdad. Juan afirma que a quienes lo recibieron, a esos les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, porque antes no lo eran. ¿Qué éramos? Éramos hijos de ira, hijos de las tinieblas, hijos del diablo, enemigos de Dios por naturaleza. Pero Cristo vino y nos tomó desde esa condición para hacernos hijos de Dios.
¿Cómo llegamos ahí? Cristo es quien santifica a su pueblo. Esa obra comenzó cuando fuimos justificados por la fe, y la santificación continúa durante toda nuestra vida mediante la obra del Espíritu Santo y culminará cuando seamos glorificados. Y cuando Dios nos hace Sus hijos, ocurre nuestra adopción dentro de Su familia. El apóstol Pablo es el campeón de esta doctrina; la menciona cinco veces en tres cartas. Es un concepto eminentemente paulino que no aparece en el Antiguo Testamento ni en la literatura griega o judía de aquel período.
No entendemos cuán privilegiados somos de haber sido adoptados en la familia de Dios. Felipe Melanchthon, la mano derecha de Lutero, decía que conocer a Cristo es conocer Sus beneficios. Si no conozco Sus beneficios, quizás no lo conozco para nada.
No entendemos cuán privilegiados somos de haber sido adoptados en la familia de Dios.
Romanos 8:15-17 nos abre estos privilegios. Primero, no necesitamos vivir atemorizados del juicio de Dios, porque no recibimos un espíritu de esclavitud para volver al temor, sino un espíritu de adopción. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad, no esclavitud.
Segundo, Cristo nos trajo el privilegio de tener intimidad con Dios. Podemos clamar «Abba, Padre», un término arameo de ternura que transmite intimidad. El pueblo hebreo, cientos de años antes de Cristo, jamás llamó a Dios «Padre», mucho menos «Abba». Sería irrespetuoso. Joachim Jeremias, un destacado teólogo luterano alemán y uno de los exégetas del Nuevo Testamento más influyentes del siglo XX, investigó todas las oraciones de la literatura hebrea antigua y concluyó que nadie se dirigió a Dios como Padre hasta el siglo X de esta era. Por eso, cuando los discípulos escucharon a Jesús orar «Abba, Padre», oyeron algo que nunca antes habían oído. Y ese Padre nos entiende: el Salmo 103 nos recuerda que Él se compadece de nosotros porque sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que solo somos polvo.
Tercero, poseemos dentro de nosotros al Espíritu Santo, la tercera persona de la eternidad, que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Nos recuerda de quién somos hijos, para que confiemos en que Él tiene Sus ojos sobre nosotros y para que recordemos a quién debemos representar.
Cuarto, tenemos derecho a heredar todo lo que Cristo herede. En la sociedad romana el primogénito lo heredaba todo. Jesús lo hereda todo, y nosotros somos coherederos con Él: el reino entero será nuestro en Cristo, para la gloria de Cristo y bajo Su gobierno.
Quinto, somos guiados por el Espíritu de Dios. Tenemos un consejero con quien no necesitamos hacer una cita, que está disponible a cualquier hora y que, cuando no sabemos orar, ora por nosotros con gemidos indecibles. El erudito bíblico Douglas Moo, advierte que ser guiado por el Espíritu no significa solamente que nos guíe al tomar decisiones, sino que estamos bajo Su influencia dominante. Por eso, si no vemos una lucha creciente contra el pecado, debemos examinarnos con honestidad.
Mientras más y mayores son mis privilegios, más y mayores son mis responsabilidades.
Ser hechos hijos de Dios no nos permite seguir siendo hijos de la carne. De ahí nos sacaron, de ahí nos compraron. Efesios 1:4-5 nos recuerda que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. No podemos seguir viviendo para nosotros mismos, acumulando bienes, buscando reconocimiento o persiguiendo la felicidad como fin supremo.
Cristo dijo que quien quiera venir en pos de Él debe negarse a sí mismo. El pastor John MacArthur observa que el verbo griego para «negarse» es muy fuerte: significa repudiarse a uno mismo. La cruz afecta nuestras sensibilidades emocionales, choca con nuestro orgullo intelectual y aplasta nuestra voluntad de autodeterminación. Este no es el evangelio de la autorrealización, sino el evangelio de la negación. Es el final de nosotros mismos, pero el comienzo de Cristo.
De Adán heredamos la condenación y la vergüenza; de Cristo heredamos la salvación y la gloria. Vamos camino a ser glorificados y a vivir en gloria eternamente, reflejando la gloria de Dios que nos adoptó. ¿Qué movió al Dios tres veces santo a mirar hacia abajo, encontrar hijos muertos en delitos y pecados, y entregar a Su Hijo para morir en nuestro lugar? Su amor. Como escribe Juan, «Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios» (1 Jn 3:1). J. I. Packer lo expresa con precisión: Dios nos adopta por Su amor gratuito, no porque nuestro carácter nos haga dignos, sino a pesar de que demuestra lo contrario. En Gálatas 4:4-5 vemos el propósito último de la encarnación, el sufrimiento y la crucifixión de Cristo: que fuéramos redimidos y recibiéramos la adopción de hijos.
El segundo pilar nos recuerda que Cristo, quien es el Hijo eterno de Dios y asumió naturaleza humana en la encarnación, la asumió para representarnos, cumplir la ley por nosotros, morir en nuestro lugar y resucitar a favor nuestro. Al vencer la muerte le quitó su poder, y lo hizo por nosotros, de modo que también resucitaremos. Él soportó el horror de la cruz para que no tuviéramos que soportarlo en el infierno. Por eso llegó a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel, poderoso para socorrernos antes, durante y aun después de la tentación.
La vida cristiana no es un jardín sino un campo de batalla de guerra espiritual. Mientras más de cerca seguimos al Señor Jesucristo, más avanzamos en la línea de fuego. Por eso necesitamos a nuestro hermano mayor más de lo que sabemos. Que abracemos, junto con nuestros inmensos privilegios, nuestras inmensas responsabilidades, porque quienes hemos sido adoptados por el Padre debemos reflejar el carácter de nuestra nueva familia: una vida de santidad para la gloria de Dios.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «Cristo: nuestro hermano y Sumo Sacerdote», basado en Hebreos 2:11-18, como parte de la serie «Cristo: La gloria de los siglos», predicada por el pastor Miguel Núñez, disponible en nuestra página web.
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