Integridad y Sabiduria
La realidad detrás de las tres causales
Cultura, sociedad y ética

La realidad detrás de las tres causales

Miguel Núñez 17 julio, 2026

Recientemente, en República Dominicana han resurgido los mismos argumentos a favor de las «tres causales», que pretenden justificar quitarle la vida a un ser humano al considerar que su vida tiene menos valor que la de quienes hoy la disfrutamos.

Los argumentos comienzan con la idea de que se trata de «el producto» —así se le llama para evitar el lenguaje de embrión, feto o bebé—. Pero la realidad es que todos somos el producto de dos células (un espermatozoide y un óvulo) que se unieron y dieron lugar a la persona que eres y que hoy puede leer este artículo.

Biológicamente, es indiscutible que el óvulo fecundado (cigoto) constituye una vida humana. Aunque abundan los debates filosóficos, el proceso que da lugar a la formación de una criatura es un hecho estrictamente biológico, no filosófico. Puedo argumentar que, en el caso de la vida humana, también es un proceso espiritual; pero esa es otra discusión. No es mi énfasis ahora, porque básicamente escribo como médico, más que como cualquier otra cosa.

No podemos debatir, y mucho menos definir filosóficamente, lo que constituye un proceso biológico. Desde el punto de vista de la biología, es sencillo reconocer qué es la vida. Si «algo» tiene metabolismo, capacidad de multiplicarse y de crecer, «eso» está vivo por definición y, por tanto, es vida.

En el caso del cigoto en discusión, el único término coherente es llamarle vida humana, porque no es vida canina, ni porcina ni vacuna, ya que las células que le dieron origen eran humanas (un espermatozoide y un óvulo humanos). Cualquier discusión contraria sería de índole filosófica, legal o pragmática (el fin justifica los medios), pero no biológica.

El «lobby» a favor del aborto comenzó en la década de 1960, la del «free sex» o sexo libre. Pero desde el inicio estuvo claro que el sexo libre no estaba exento de consecuencias; por ello, fue necesario buscar formas de eliminar esas consecuencias sin repercusiones legales.

Para tales fines, se requería crear una revolución del lenguaje: hablemos de «el producto» para que las personas crean que el embrión o feto es solo un grupo de células; hablemos de que la vida comienza al nacer y no antes, porque la criatura no tiene derechos legales, y olvidémonos de sus derechos morales, que han preservado la civilización durante milenios.

Se ideó toda una campaña para hablar de ser «pro-choice» (proelección), o del derecho que cada mujer tiene a decidir sobre su cuerpo, y no hablemos de «proaborto», porque la sociedad de las décadas de 1960 y 1970 no estaba preparada para ese lenguaje. Primero habría que desensibilizar a la sociedad.

Esa no es mi conclusión. Esa es la realidad de la campaña creada con la colaboración del doctor Bernard Nathanson, quien luego se arrepintió de haber dirigido una clínica de abortos que llegó a realizar unos 75 000 abortos. El punto número dos de la campaña fue encontrar personas de confesión católica que pudieran afirmar que creían en el aborto, con el fin de eliminar el peso de la conciencia moral y social prevalente en ese entonces.1 Eventualmente, el doctor Nathanson se arrepintió de haberse prestado para todo esto y se convirtió en un activista contra el aborto.

El tercer punto de la campaña fue encontrar a una mujer embarazada que pudiera declarar que su embarazo había sido fruto de una violación. Su nombre real fue Norma McCorvey, quien adoptó el seudónimo «Jane Roe». La realidad de los hechos es que ella nunca fue víctima de violación; nunca se practicó un aborto; llevó su embarazo hasta el final y, finalmente, entregó a su bebé en adopción.2 Norma McCorvey también lamentó posteriormente haber participado en toda esta campaña y se convirtió en una activista en contra del aborto, al igual que el Dr. Nathanson.

Las tres causales

Mucho se ha hablado de la necesidad de autorizar abortos en casos extremos. Sin embargo, cada una de las llamadas «tres causales» requiere un análisis particular que considere tanto la realidad médica como las implicaciones éticas y humanas.

1. El aborto en casos de embarazo producto de una violación sexual

En estos casos, debemos afirmar sin lugar a dudas que estos actos de violencia son atroces y merecen una sanción legal de gran peso para quienes los cometen. Sin embargo, no hay razones para considerar que la vida humana concebida en estas circunstancias sea de menor valor. Por tanto, dicha criatura merece la misma protección y cuidado que aquella concebida en cualquier otra circunstancia, por el simple hecho de formar parte de la sociedad en la que vivimos. La mujer que ha sido víctima de una violación merece recibir todo el apoyo necesario para llevar su embarazo a término y, al final, puede decidir si entregar a su bebé en adopción o no. El argumento acerca del trauma persistente en estos casos, atribuido al embarazo, distorsiona los hechos. La historia de múltiples víctimas de estos casos revela que el trauma se debe a la violación inicial, que un aborto jamás podrá sanar. Otras mujeres que han abortado tras una violación han testificado que se han sentido culpables de haberle quitado la vida a la criatura inocente. No es fácil callar la conciencia que muchas veces nos acusa, aunque la ley nos defienda.

Por otro lado, las estadísticas mundiales de las mejores fuentes disponibles revelan que los abortos que ocurren como consecuencia de una violación representan menos del 1 % del total.3 Se estima que, a nivel mundial, se practican aproximadamente 73 millones de abortos al año.4 El 1 % de esta cifra equivale a 730 000 abortos.

La pregunta que debemos considerar es la siguiente: ¿estamos dispuestos a quitar la vida a más de 72 millones de seres humanos porque menos del 1 % de los embarazos son resultado de una violación? La realidad es aún más compleja porque sabemos que en muchos de estos casos las propias madres tampoco optan por el aborto, lo que reduce aún más esa cifra.

El hecho de que un ser humano sea concebido como resultado de una relación incestuosa o de una violación sexual no lo degrada a una categoría inferior. En ese sentido, permitir el aborto bajo ciertas circunstancias implica discriminar a un ser humano por las condiciones de su concepción, y ese juicio injusto es inmoral. Todo ser humano tiene valor, independientemente de las circunstancias en las que haya sido concebido. Además, podría argumentarse que posee un valor aún mayor por ser portador de la imagen de Dios. Sin embargo, eso requiere una discusión aparte.

Si bien el incesto y la violación sexual son actos que lamentamos profundamente y que deben ser penalizados con severidad, sería una injusticia que un ser humano que no es responsable de dichas acciones termine pagando por ellas. Resulta una ironía cruel que, en nuestro ordenamiento jurídico, quienes cometen estos crímenes no reciban la pena de muerte por sus actos y, sin embargo, se pretenda condenar a muerte a los hijos concebidos mediante tales actos.

2. El aborto en casos de malformaciones congénitas incompatibles con la vida

En estos casos, tenemos varias observaciones que debemos considerar. Recordemos que el niño por nacer con malformaciones congénitas sigue siendo una vida humana que merece respeto y cuidado. La preservación de estos niños, incluso cuando su vida solo pueda extenderse por unas horas, días o meses, es una forma más de demostrar que nuestra sociedad valora la vida humana en todas sus formas, para el bien de todos.

Tomemos como ejemplo al bebé con síndrome de Down. Es muy frecuente escuchar hoy en día la recomendación a los padres de abortar a los niños con este síndrome, lo que implica que la preservación de sus vidas no vale la pena. Podemos defender esa idea como queramos, pero al final, eso es lo que significa dicha recomendación. Creo que esa recomendación representa un insulto a los padres y a cada niño con síndrome de Down en nuestra sociedad. No olvidemos que muchos niños con este síndrome crecen y representan un motivo de gozo para sus padres. Muchos otros también son capaces de trabajar en actividades productivas, sirviendo en distintos lugares que han decidido contratarlos como trabajadores.

Si existe una gran disposición en muchos de nosotros a cuidar aves, gatos y perros como mascotas, e incluso a adoptar animales con discapacidades físicas, como vemos con frecuencia en las redes sociales, deberíamos estar aún más dispuestos a hacer sacrificios para garantizar que los seres humanos puedan vivir en las mejores condiciones posibles hasta que su Creador disponga lo contrario.

El doctor Jérôme Lejeune (1926–1994), quien descubrió la trisomía 21 asociada al síndrome de Down, respondió lo siguiente ante una pregunta acerca del costo de las enfermedades genéticas:

«La gente dice que el precio de las enfermedades genéticas es alto. Si estos individuos pudieran ser eliminados desde el principio, ¡el ahorro sería enorme! No se puede negar que el precio de estas enfermedades es alto en sufrimiento para el individuo y en la carga para la sociedad. ¡Ni qué decir de cuánto sufren los padres! Pero podemos asignar un valor a ese precio: es precisamente lo que una sociedad debe pagar para seguir siendo plenamente humana».5

3. El aborto cuando existe riesgo para la vida o la salud de la madre

En cuanto a la necesidad de proteger la salud de la madre cuando se encuentra en peligro, no debe haber discusión al respecto. Tenemos que brindar protección a la madre sin necesidad de argumentación alguna. Pero, al mismo tiempo, se debe luchar por la preservación de esa otra vida, que también tiene valor. En circunstancias extremadamente raras, ambas vidas no podrán ser salvadas y, por razones obvias, la vida de la madre tendrá prioridad, como ha sido la práctica habitual en nuestro país, conforme a los protocolos del Ministerio de Salud Pública, y en el resto del mundo desde que se practica la medicina.

Lamentablemente, en muchos casos, esta situación se ha utilizado como argumento para justificar el aborto. Así ocurre, por ejemplo, cuando se mencionan los casos de preeclampsia y eclampsia. Estos trastornos son excepcionalmente raros antes de las 20 semanas de embarazo. Lo mismo puede decirse de la descompensación cardíaca, ya que el volumen circulante en la madre aumenta de manera considerable a partir de las 20 semanas. Menciono esto porque más del 90 % de los abortos inducidos se realizan en las primeras 12 semanas del embarazo, cuando no existe riesgo para la salud de la madre.6

En los casos en que se requiera evacuar el útero, esto podría realizarse y el bebé podría recibir el cuidado necesario, incluso colocándolo en una incubadora para bebés de más de 20 semanas de embarazo, aun cuando sus probabilidades de vida sean escasas. De esta manera, volveríamos a demostrar que la vida humana tiene valor. Usualmente, 22 semanas se consideran el umbral de viabilidad (la fecha a partir de la cual un feto podría sobrevivir). Sin embargo, contamos con suficientes casos de supervivencia de bebés a partir de las 21 semanas de gestación. La Universidad de Iowa tiene una serie de casos de bebés nacidos vivos a las 21 semanas que recibieron reanimación activa, de los cuales el 35 % sobrevivió hasta la fecha de alta del hospital.7

Cuando el útero es evacuado para proteger la salud de la madre y el bebé solo sobrevive unas horas o días después de recibir cuidados médicos, esto no constituye un aborto por definición. Obviamente, no lo es. En estos casos, el bebé ha sido extraído del útero para proteger la salud de la madre y brindar atención médica conjunta al recién nacido. Cuando se realiza un aborto, la intención expresa es que el bebé no sobreviva, pues el objetivo es precisamente poner fin a esa vida no deseada, por las razones que sean.

Al cierre de este artículo, detengámonos a reflexionar nuevamente sobre estas palabras del doctor Lejeune, mencionadas más arriba:

«El precio de las enfermedades genéticas es alto […] es alto en sufrimiento para el individuo y en la carga para la sociedad. ¡Ni qué decir de cuánto sufren los padres! Pero podemos asignar un valor a ese precio: es precisamente lo que una sociedad debe pagar para seguir siendo plenamente humana».

Nota del editor:

El Dr. Miguel Núñez está certificado por el Board Americano de Medicina Interna y el Board Americano de Enfermedades Infecciosas; es doctor en Ministerio Pastoral (DMin); y profesor de Liderazgo Espiritual en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, Estados Unidos.

Si deseas profundizar más en este tema, te invitamos a leer el libro ¿Y cómo llegamos hasta aquí?: El origen y la evolución de la revolución sexual, escrito por la Dra. Catherine Scheraldi de Núñez.

Notas al pie

  1. Nathanson, Bernard. «Confessions of an Ex-Abortionist», en The Hand of God: A Journey from Death to Life by the Abortion Doctor Who Changed His Mind. Regnery Publishing, 1997.

  2. Bioethics News: Jane Roe’s case, story of a manipulation: https://bioethics-news.com/2008/12/31/jane-roes-case-story-of-a-manipulation/

  3. Lawrence B. Finer et al., «Reasons U.S. Women Have Abortions: Quantitative and Qualitative Perspectives», https://www.guttmacher.org/sites/default/files/pdfs/pubs/journals/3711005.pdf

  4. Instituto Guttmacher, «Embarazo no planeado y aborto a nivel mundial», https://www.guttmacher.org/es/fact-sheet/aborto-inducido-nivel-mundial

  5. Lejeune, J., s. f., Transcript of Jerome Lejeune, University of Notre Dame.

  6. CDC, 27 de noviembre de 2024: Abortion Surveillance Findings and Reports: https://www.cdc.gov/reproductive-health/data-statistics/abortion-surveillance-findings-reports.html

  7. National Library of Medicine: Outcomes of Infants Born at 21 Weeks' Gestational Age: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12701515

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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