Jesús fue conocido, entre muchas otras cosas, por ser el Maestro de maestros. Las multitudes madrugaban para escucharlo, se admiraban de Su autoridad, y hasta los guardias enviados a arrestarlo regresaban con las manos vacías, confesando que jamás hombre alguno había hablado como Él. Una de las herramientas pedagógicas que Jesús usó con mayor frecuencia fueron las parábolas: «historias terrenales con un mensaje celestial», como las describía el teólogo James Montgomery Boyce. En los cuatro Evangelios encontramos aproximadamente treinta y ocho de ellas, y cada una fue diseñada para interpelar el corazón de quienes la escuchan. La parábola del fariseo y el recaudador de impuestos no es la excepción. Es breve, precisa y profundamente perturbadora para cualquiera que piense que su bondad personal le garantiza un lugar ante Dios.
Lucas 18:9 nos entrega desde el principio la clave interpretativa de toda la parábola: Jesús la dirigió a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás. En el contexto inmediato, esa audiencia era la de los fariseos, el grupo religioso más influyente de la época. Lejos de la imagen negativa que nos ha dejado el Nuevo Testamento, en tiempos de Jesús los fariseos eran considerados lo más puro y correcto de la sociedad judía. Su propio nombre, que significa «los separados», reflejaba su riguroso apego a la ley y su separación del resto del pueblo. Nicodemo era fariseo. Pablo lo fue antes de su conversión. Si alguien preguntaba quién vivía verdaderamente conforme a Dios, la respuesta espontánea de la mayoría hubiese sido: los fariseos.
Sin embargo, esta actitud de superioridad moral y espiritual no era exclusiva de ese grupo ni pertenece solo al pasado. Hoy, como entonces, hay quienes viven convencidos de que son buenas personas, de que Dios los acepta en base a lo que hacen, y de que si pasan de este mundo al otro, las puertas del cielo se abrirán para ellos porque aquí fueron personas ejemplares. Esta postura —la autojusticia— es el problema espiritual que la parábola viene a confrontar de frente.
Para ilustrar Su enseñanza, Jesús seleccionó cuidadosamente dos personajes que representaban los extremos opuestos de la sociedad de Su época. De un lado, el fariseo: el modelo de virtud pública, fidelidad doméstica y disciplina religiosa. De otro, el recaudador de impuestos: traidor político, ladrón legalizado e impuro a ojos del pueblo judío. Ambos suben al templo. Ambos se presentan ante Dios. Pero sus oraciones no podrían ser más distintas.
Quien va a Dios con sus obras, regresa a su casa con sus pecados. Pero quien va a Dios como el recaudador, con sus pecados, regresa a su casa justificado.
El fariseo se pone en pie con una actitud que revela su corazón: sin ninguna necesidad de gracia, presenta ante Dios su currículum moral. No estafa a nadie, es fiel a su esposa, ayuna dos veces por semana —cuando la ley solo exigía una vez al año— y diezma de todo lo que gana. Su oración no es una petición, sino una autopromoción. Hay en ella una insinuación casi imperceptible de que Dios debería sentirse afortunado de tenerlo. Se compara no con Dios, sino con el recaudador que tiene a su lado, y ante esa comparación queda bien parado. El problema es que el estándar de justicia no son nuestros pares ni la cultura en la que vivimos, sino la santidad perfecta de Cristo. Comparados con Él, todos quedamos en déficit.
El recaudador, en cambio, se detiene a cierta distancia. No levanta los ojos al cielo. Se golpea el pecho, señal de que asume la plena responsabilidad de su pecado, y pronuncia apenas una frase: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Esta palabra, que traducimos como piedad, tiene en el original griego una resonancia profunda: apunta al propiciatorio, el lugar del arca del pacto donde la sangre del sacrificio era derramada en busca del perdón de Dios. Lo que el recaudador le está diciendo, en el fondo, es: «Señor, perdona mi pecado en base a un sacrificio que Tú hagas por mí». Es una oración que entiende que el pecado no puede simplemente indultarse, sino que debe pagarse. Y todo su cuerpo lo expresa: el cuerpo entero del recaudador se convirtió en una oración.
El veredicto de Jesús es el que nadie en aquella audiencia esperaba: el recaudador de impuestos —lo peor de la sociedad— descendió a su casa justificado. Dios lo declaró justo. Y lo hizo porque el evangelio de Cristo es para pecadores. Como explica 2 Corintios 5:21, Dios tomó el pecado del hombre y lo puso sobre Cristo, y la justicia de Cristo la acreditó al pecador que pone su fe y su confianza en el Hijo como Señor y Salvador. Hubo un glorioso intercambio en la cruz: mis pecados sobre Cristo, Su justicia sobre mí. Por eso, el gran predicador Charles Spurgeon podía decir que, cuando se observaba a sí mismo, no entendía cómo podría ser salvo; pero cuando miraba a Cristo, no entendía cómo podría perder la salvación.
Esta parábola, más que una reprensión a los fariseos, fue un acto de compasión. Jesús sabía que si seguían pensando de esa manera, se condenarían. Por eso les abrió el camino: no llegues a Dios con tu lista de méritos; llega con tu necesidad. La salvación no es la recompensa por portarse bien. Es el don que Dios otorga al que reconoce que no califica, porque ninguno lo hace, y que, por eso, apela únicamente a la misericordia de Dios en Cristo.
Al analizar la parábola, podemos identificar tres tipos de personas. Hay un primer grupo con una actitud similar a la del fariseo: consideran que están bien con Dios por cómo se portan, actúan o proceden en la vida. Se sienten personas responsables que valen por sus obras. Sin embargo, la parábola es clara y categórica: esa seguridad es completamente falsa y, como claramente dice Jesús, esa persona no va a su casa justificada. Quien va a Dios con sus obras, regresa a su casa con sus pecados. Pero quien va a Dios como el recaudador, con sus pecados, regresa a su casa justificado.
No lleves tus virtudes a Dios, llévale tu pecado y serás limpiado, descansando en la obra redentora de Cristo y Su justicia.
Existe otro grupo que se identifica más con el recaudador de impuestos: son aquellos que se han percatado de su maldad y han entendido claramente que la supuesta bondad o virtud que hay en su vida no es suficiente. Sí hay cosas buenas en nosotros, pero no son suficientes para alcanzar la salvación que solo podemos tener en Cristo. Nosotros, todos, nos quedamos cortos ante la santidad absoluta de Dios. Esa disposición de corazón, esa actitud de «Señor, perdóname; Señor, acógeme», es bien vista por Dios, es celebrada por Él.
Finalmente, encontramos un tercer grupo que, aunque no aparece de forma explícita en la parábola, representa a quienes ya son creyentes e hijos de Dios. Ellos, en un momento dado, entendieron, al igual que el recaudador, que no carecían de méritos para salvarse y, por gracia, alcanzaron la salvación.
No sé qué tanta gratitud hay hoy en tu vida por la salvación que te ha sido concedida en Cristo, pero esta verdad debería estimularte todos los días, especialmente en los momentos de apatía, falta de motivación o inclinación a la queja: tus pecados han sido completamente borrados. El Salmo 103 expresa exactamente eso: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios» (v. 2), y este es el primer beneficio que cita: «Él es el que perdona todas tus iniquidades» (v. 3). Entonces, si no tienes ninguna otra razón para agradecer, te doy una fuerte razón para hacerlo: tus pecados han sido borrados delante de Dios.
No lleves tus virtudes a Dios, llévale tu pecado y serás limpiado, descansando en la obra redentora de Cristo y Su justicia.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «El inesperado veredicto de Dios», predicado por el pastor Héctor Salcedo.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
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