El primer capítulo de la carta a los Hebreos está lleno de teología. En apenas tres versículos, el autor hace destacar nueve grandes verdades sobre la persona de Cristo, y dedica el resto del capítulo a demostrar Su superioridad sobre los ángeles. Pero ese desarrollo doctrinal no existe como un fin en sí mismo. El autor lo construye deliberadamente para llegar a lo que escribe en el capítulo dos: una exhortación urgente, pastoral y profundamente personal. El «por tanto» con el que abre Hebreos 2 no es un detalle gramatical menor; es la bisagra que une la teología con la vida.
La primera de las cinco advertencias de esta carta dice: «Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos» (Heb 2:1). Todo el peso del artículo que voy a desarrollar está contenido en esas palabras.
La palabra en español «desviar» no captura lo que el autor quiere comunicar. En el original griego, el término utilizado, pararreō, hace referencia a algo que se resbala o se desliza sin que nos percatemos. No es el desvío voluntario de quien llega a una intersección y gira conscientemente hacia otro camino. Es algo mucho más silencioso: como los granitos de arena que se escapan entre los dedos aunque los tengas bien apretados, o como el anillo que se afloja despacio y se cae sin que lo notes.
La imagen más precisa, sin embargo, es la de un barco. Imagina una pequeña embarcación amarrada en el puerto. Con el vaivén constante de las olas, la cuerda comienza a aflojarse. Nadie lo nota. Nadie actúa. Y al amanecer, el barco ya no está donde lo dejaste; la corriente lo fue llevando, kilómetro a kilómetro, sin que nadie se despertara a detenerlo. A ese tipo de alejamiento se refiere el autor de Hebreos. John MacArthur lo traduce de manera práctica: debemos asegurar con prontitud y esmero nuestras vidas a las cosas que hemos aprendido, no sea que el barco de la vida se deslice por el puerto de la salvación y se pierda para siempre.
Los creyentes que se alejan de Dios no lo hacen de la noche a la mañana. Esto no ocurre nunca así. Es una fe que comienza a apagarse paulatinamente: ya no hay el mismo entusiasmo por aprender la Palabra, congregarse empieza a sentirse prescindible, la oración se convierte en una relación utilitarista donde no se busca a Dios sino solamente sus beneficios, y la sensibilidad ante el pecado va disminuyendo hasta que lo que antes perturbaba la conciencia ahora parece casi natural. Todo eso puede estar ocurriendo mientras uno sigue asistiendo a la iglesia y realizando las mismas actividades de siempre, porque las actividades externas nos convencen de que estamos más o menos igual que hace cinco o diez años. Pero por dentro, el primer amor está al borde de la muerte.
Eso fue exactamente lo que le ocurrió a la iglesia de Éfeso, quizás una de las mejores iglesias del Nuevo Testamento, donde Pablo predicó durante tres años, donde ministró Timoteo, donde estuvieron Priscila y Aquila. Cuando Cristo le pasa revista en el libro de Apocalipsis, reconoce sus obras, su esfuerzo, su denuedo, su capacidad para desenmascarar a los falsos apóstoles. Pero le dice: «Tengo algo contra ti: ya no me amas como al principio». Y la razón no fue un acto de rebelión dramático. No hizo nada. Dejó de orar. Dejó de meditar la Palabra. Dejó de arrepentirse. Lo que produce ese enfriamiento no suele ser un gran pecado visible, sino una larga serie de negligencias invisibles.
Hay dos condiciones siempre presentes que tienden a alejarme de Dios cuando no examino mi vida espiritual con regularidad: la corrupción moral que heredé de la caída y que no desaparecerá hasta que entre en gloria, y la corrupción del mundo al que me expongo cada día.
Hay dos condiciones siempre presentes que tienden a alejarme de Dios cuando no examino mi vida espiritual con regularidad: la corrupción moral que heredé de la caída y que no desaparecerá hasta que entre en gloria, y la corrupción del mundo al que me expongo cada día. A eso se suman dos ausencias frecuentes que aceleran el proceso: la falta de vida en la Palabra y la falta de oración. Jesucristo, horas antes de morir, oró: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn 17:17). No hay santificación divorciada de la Palabra. Poca Palabra equivale a poca santificación. Y sin la mente puesta en las cosas de arriba, la oración se vuelve imposible, porque la oración tiene que ver con alguien allá arriba, no aquí abajo.
El autor de Hebreos no solo advierte sobre el peligro del deslizamiento; también explica por qué el descuido de nuestra salvación es algo de consecuencias tan serias. Su argumento va de menor a mayor: «Porque si la palabra hablada por medio de ángeles resultó ser inmutable, y toda transgresión y desobediencia recibió una justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?» (Heb 2:2-3).
La ley del Sinaí fue promulgada por medio de ángeles. El mediador fue Moisés. Y sin embargo, cada transgresión recibió un castigo proporcional y severo: los hijos de Aarón fueron consumidos por fuego al ofrecer fuego extraño; Coré y sus doscientos cincuenta hombres fueron tragados por la tierra o quemados vivos por cuestionar la elección divina del liderazgo; veintitrés mil personas murieron en un solo día a causa de la inmoralidad en el desierto. Si la violación de una revelación menor, entregada por seres creados, recibió esa clase de retribución, la pregunta que el autor lanza es devastadora: ¿qué esperamos cuando el nuevo pacto, traído por el Hijo de Dios mismo, es descuidado?
La transgresión de una Palabra superior, traída por una persona de mayor dignidad y autoridad, que contiene promesas mayores, traerá mayor condenación. Este es el argumento. Cristo no envió ángeles a declarar el nuevo pacto: descendió Él mismo, se encarnó, lavó los pies de sus discípulos, fue abusado, escupido, lacerado y clavado en una cruz. Si el primer pacto fue escrito con el dedo de Dios sobre tablas de piedra, el segundo fue sellado con la sangre del Hijo. La tinta era roja y salió de las venas del mismo Dios encarnado.
Y sobre todo eso, tenemos la confirmación adicional de testigos oculares de primera mano y de los milagros que Cristo y sus apóstoles realizaron como señal de que el mensaje era verdadero. El propio Jesús advirtió sobre el peso de ese privilegio: si los milagros que hizo en Capernaúm se hubieran hecho en Sodoma, Sodoma aún existiría; pero el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para esa ciudad que vio y oyó y no respondió (Mt 11:23-24). Nosotros tenemos la Palabra de Dios completa, dos mil años de expositores y pastores que la han explicado con fidelidad, y la Escritura disponible en cualquier dispositivo, en cualquier idioma, en cualquier lugar del mundo. Se nos ha dado mucho más que a cualquier generación anterior.
El llamado de Hebreos 2 es concreto: prestar mayor atención. No una atención esporádica ni de emergencia, sino constante y deliberada.
El llamado de Hebreos 2 es concreto: prestar mayor atención. No una atención esporádica ni de emergencia, sino constante y deliberada. La historia de Robert Robinson, autor del himno “Fuente de mis bendiciones”, ilustra con precisión adónde lleva la negligencia espiritual. Fue convertido bajo la predicación de George Whitefield, uno de los predicadores de mayor prominencia del siglo XVIII. Pero poco a poco fue descuidando su condición espiritual, se fue enfriando y alejando, y comenzó a viajar buscando la paz que había perdido. En uno de esos viajes, una mujer joven y piadosa le mostró ese mismo himno que él había compuesto, sin saber quién era él. Cuando le preguntó si lo conocía, Dios lo quebrantó, y él confesó quién era y cómo se había alejado paulatinamente del Señor.
Alguien que un día compuso un himno sobre la gracia transformadora de Dios, y años después andaba a la deriva buscando la paz que había abandonado sin notarlo.
¿Cómo se responde a esa realidad? Con las herramientas que Dios mismo ha provisto. Necesito Su Palabra, no como un elemento más de la rutina diaria, sino rumiándola, preguntándome si la estoy viviendo y hasta dónde la estoy viviendo. Porque conocer un texto y no vivirlo no es fe; es solamente información, del mismo tipo que tienen los demonios. La convicción, en cambio, no es algo que yo sostengo: es algo que me sostiene a mí. Necesito orar, no como un ejercicio para obtener beneficios, sino como un acto de intimidad con Dios en búsqueda de Su voluntad. Y necesito hacerlo con acción de gracias, como escribe Pablo: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7). Yo no puedo guardar mi propio corazón; mi naturaleza corrupta tiende a llevarme en otra dirección. Pero el Dios de paz sí puede hacerlo, en respuesta a la oración.
La pregunta que dejo es sencilla: ¿dónde está anclada tu vida hoy? ¿En doctrinas que confiesas pero no practicas? Entonces no está anclada. El autor de Hebreos nos llama a prestar mayor atención, precisamente porque el deslizamiento no se anuncia, no se ve venir, y cuando se percibe, el barco ya lleva mucho tiempo a la deriva.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «¡Atención! no sea que te desvíes», predicado por el pastor Miguel Núñez, basado en Hebreos 2:1-4, como parte de la serie «Cristo: la gloria de los siglos», disponible en nuestra web.
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