Héctor Salcedo • Charbela El Hage de Salcedo • 18 agosto, 2026
El trabajo es una de las actividades más comunes de nuestra vida. La mayoría de nosotros nos desempeñamos en algún tipo de labor, a veces remunerada y a veces no, pero rara vez nos detenemos a pensar por qué lo hacemos y cuál es la motivación que hay detrás. Como nuestro corazón y nuestro dinero están íntimamente relacionados, y las finanzas emanan de la labor que realizamos, entendemos que este es un tema que merece nuestra atención y reflexión.
Para muchos pudiera parecer redundante volver a hablar de algo que hacemos todos los días de manera casi automática. Sin embargo, precisamente por lo cotidiano que es, muy pocos nos detenemos a considerar qué implica, qué significa, por qué trabajamos, cómo lo hacemos y para quién lo hacemos. Quiero compartir varias razones por las cuales se hace necesario hablar del trabajo, para que cada una nos motive a la reflexión y deje claro por qué lo hacemos.
La primera razón es que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo trabajando. Si calculamos las horas que le invertimos, estamos hablando de al menos un tercio del día, un tercio de nuestra vida, y algunos trabajan mucho más. Sin duda, para la mayoría de las personas es la actividad que más tiempo absorbe. Por eso, ejecutarla sin una profunda reflexión del significado y las implicaciones de lo que hacemos diariamente sería insensato. Como seres racionales y, sobre todo, como hijos de Dios y representantes suyos en la Tierra, estamos llamados a que todo lo que hagamos con nuestro tiempo y recursos tenga sentido y propósito.
Y no solo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo, sino las mejores horas del día. Nos retiramos temprano para descansar porque mañana hay trabajo, entregando así lo mejor de nuestras energías. Esto nos lleva a la segunda razón: el trabajo afecta nuestras relaciones más cercanas. Muchas veces llegamos a casa cansados, agobiados y drenados, y eso hace que nuestro rendimiento dentro del hogar, en la familia, el matrimonio o la crianza, se torne desganado. Si no cuidamos, podríamos alcanzar éxito profesional mientras descuidamos gravemente las responsabilidades que Dios nos ha confiado en el hogar.
Hasta cierto punto, acomodamos el resto de nuestra vida en torno a la labor. Hay personas que se mudan de país, dejan familia atrás y sacrifican tiempo con sus hijos y su matrimonio producto de responsabilidades laborales. Por eso tenemos que tener muy claro dónde llegan los límites de la responsabilidad laboral.
Si no cuidamos, podríamos alcanzar éxito profesional mientras descuidamos gravemente las responsabilidades que Dios nos ha confiado en el hogar.
Una tercera razón es que el trabajo es un laboratorio espiritual diario. Saca a flote nuestra verdadera ética y manifiesta quiénes somos. A través de esa labor diaria se revela cómo tratamos a los que están subordinados a nosotros, cómo tratamos a la autoridad que está por encima, cómo ejercemos nuestra propia autoridad, los criterios con que tomamos decisiones económicas, si cumplimos o no nuestra palabra y si manejamos los precios de nuestros productos y servicios con ética y compromiso. Hasta nuestras inseguridades personales se manifiestan en la manera como actuamos en el trabajo. La Palabra nos enseña que Dios usa el trabajo para moldear nuestro corazón y forjar en él la imagen de Cristo.
Por eso me duele oír a empresarios que dicen que sus peores empleados son los cristianos. Muchas veces los creyentes tienen la idea de que este mundo es temporal y por lo tanto poco importante. Es cierto que este mundo no tiene valor eterno, pero estamos en él llamados a reflejar a nuestro Dios y a ser luz y sal. Cuando degradamos nuestra labor diaria con una supuesta justificación espiritual, quedamos mal nosotros y dejamos mal parado el testimonio de nuestro Señor, aquel que nos llamó de la oscuridad a Su luz admirable.
Esto no es solo una percepción nuestra. Un estudio del Centro de Investigación Religiosa de Princeton, de 1983, comparó el comportamiento ético de empleados que asistían a la iglesia con el de quienes no lo hacían, preguntando sobre reportar enfermedad falsa, falsear la declaración de impuestos o el uso personal de artículos de la empresa. Los resultados no mostraron diferencia entre unos y otros. Hoy podríamos agregar preguntas sobre el uso de las redes sociales o las llamadas personales en horario laboral, y me temo que muchos quedaríamos igualmente expuestos. Con frecuencia estas prácticas son puntos ciegos: no reflexionamos que emplear tiempo por el que se nos paga para acceder a redes sociales es un robo de tiempo.
El trabajo saca a flote nuestra verdadera ética; ahí es que se manifiesta quiénes somos.
La cuarta razón es que vivimos una crisis de significado laboral. Por un lado, hay quienes entienden el trabajo como un castigo de Dios, creyendo que fue una consecuencia impuesta a la humanidad tras la caída. Eso no tiene asiento en la Palabra: el trabajo fue previo a la caída, pues el hombre fue creado y puesto a trabajar dentro del paraíso. La actividad diaria forma parte de un ambiente humano ideal. Otros, sin relación con la Palabra, lo ven como un mal necesario, una idea heredada de los griegos, quienes asociaban el ideal humano con la contemplación y despreciaban el trabajo manual. De ahí proviene el que muchos asocien la plenitud con el ocio y el descanso, y no con la productividad y el servicio a los demás que representa el trabajo.
En el extremo opuesto están quienes ven el trabajo como la fuente de su identidad, satisfacción y plenitud, poniéndolo en un sitial que solo le corresponde a Dios. Recuerdo la frase de Juan Calvino: el corazón humano es una fábrica perpetua de ídolos. Cuando el trabajo ocupa el trono de nuestras vidas, otras cosas importantes quedan en segundo plano: la iglesia, la familia, las relaciones e incluso la salud personal. Hay personas adictas al trabajo que encuentran en él su valía y un refugio para escapar de realidades que les duelen. Cualquiera de nosotros podría estar en alguno de estos dos extremos del espectro.
La quinta razón es que hay poca enseñanza en las iglesias sobre este tema. Los reformadores, como Martín Lutero y Juan Calvino, escribieron mucho al respecto, pero en los púlpitos hablar de esto no suele ser parte habitual del discipulado. Por eso existe un divorcio evidente entre lo que se enseña el domingo y lo que se vive de lunes a viernes. Muchos piensan que ir a la iglesia es como un pasatiempo, mientras el mundo real funciona con otros criterios. Debemos entender que si Cristo es Señor, es Señor de toda mi vida, incluyendo la laboral, y todos los aspectos tienen que ser impregnados con la verdad bíblica.
Si Cristo es Señor, es Señor de toda mi vida, incluyendo la laboral, y todos los aspectos tienen que ser impregnados con la verdad bíblica.
La sexta razón es que muchos piensan que el trabajo es irrelevante para Dios, como si los asuntos de una contratación, la venta de un producto, la publicidad o el trato al empleado no fueran de su interés. Algunos cristianos se han convencido de que a Dios no le importa mucho esto y de que su gracia cubrirá la multitud de pecados cometidos en la vida laboral. Muchos ni siquiera reconocen que la sagacidad empresarial construida sobre la mentira es un pecado delante de Dios y una falta al señorío de Cristo.
Por todas estas razones se hace necesario hablar una vez más del trabajo y de lo que hacemos diariamente, para que entendamos la importancia que tienen nuestras actuaciones laborales delante de Dios. El trabajo no es un tema secundario ni ajeno a nuestra fe; es parte integral de nuestro discipulado y del testimonio que damos de aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.
Este artículo ha sido adaptado del episodio «Tu trabajo importa más de lo que crees», del podcast «Tu corazón & el dinero», disponible en nuestra página web y otras plataformas de podcast.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo conduciendo el podcast Tu corazón y el dinero. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.
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