Héctor Salcedo y Charbela El Hage de Salcedo • 21 febrero, 2026
Trabajamos un tercio de nuestra vida —y en las mejores horas del día—, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos por qué lo hacemos, qué significa o cómo deberíamos hacerlo. Esa ausencia de reflexión no es inocua: el trabajo absorbe no solo nuestro tiempo sino también nuestra energía, y termina moldeando —para bien o para mal— nuestras relaciones más cercanas, nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestra participación en la iglesia. Ignorar todo esto es vivir de forma insensata una actividad que ocupa el centro de nuestra existencia cotidiana.
El trabajo también es un laboratorio espiritual donde se revela lo que realmente hay en el corazón. Un estudio del Centro de Investigación Religiosa de Princeton de 1983 mostró que no existía diferencia significativa en el comportamiento ético entre empleados que asistían a la iglesia y los que no lo hacían. Desde reportar enfermedad falsa hasta el uso personal de recursos de la empresa o el manejo deshonesto de impuestos, los creyentes no se distinguían. Y hoy habría que sumar el uso de redes sociales en horario laboral, un robo de tiempo por el que se recibe pago.
A esto se añade una profunda crisis de significado. Hay quienes ven el trabajo como un castigo divino o un mal necesario —idea que no tiene sustento bíblico, pues el trabajo existía antes de la caída—, y quienes lo idolatran como fuente de identidad y plenitud, descuidando todo lo demás. Ninguno de los dos extremos es correcto.
Finalmente, la iglesia ha enseñado poco sobre las implicaciones de la Palabra en la vida laboral, lo que genera un divorcio evidente entre lo que se aprende el domingo y lo que se vive de lunes a viernes. Muchos creyentes actúan como si a Dios no le importara lo que ocurre en su oficina o negocio, olvidando que si Cristo es Señor, lo es de toda la vida.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo conduciendo el podcast Tu corazón y el dinero. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.