Integridad y Sabiduria
La vida cristiana se vive en dependencia del Espíritu
Vida cristiana

La vida cristiana se vive en dependencia del Espíritu

Miguel Núñez • 29 septiembre, 2026

Por años he orado y anhelado ver en la Iglesia hispanoparlante un mover de Dios que transforme vidas, familias e iglesias, y que podamos ver su impacto en la sociedad que no conoce al Dios de la Biblia. Si algo de esta naturaleza va a ocurrir entre nosotros, entiendo que algunos cambios cruciales deben preparar el camino. Un movimiento de «oración extraordinaria» - un término usado por Jonarahn Edwards - ha caracterizado muchos de los avivamientos del pasado. Edwards escribió todo un libro sobre esto. Además, el pueblo de Dios necesita conocer qué es vivir una vida de arrepentimiento. Y la última condición, que es el tema de ese artículo, es la dependencia del Espíritu como estilo de vida.  

Muchos cristianos afirman que la vida cristiana no es fácil. En un sentido, entiendo lo que quieren comunicar, pero en otro no lo comprendo, porque creo que Dios ha revelado otra cosa, y lo que Dios ha revelado es lo que nosotros no hemos entendido ni puesto en práctica. Bien decía G.K. Chesterton, «El ideal cristiano no ha sido probado y encontrado deficiente; más bien, se ha encontrado difícil y se ha dejado sin probar».

El diseño de la vida cristiana

Si dijéramos al Señor que Sus expectativas o demandas son altas, Él podría responder que Sus mandamientos no son gravosos (1 Jn 5:3). En el Antiguo Testamento, al final de los cuarenta años en el desierto, Dios le habla a Israel a través de Moisés y le pregunta ¿qué nación grande tiene un Dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos? ¿Qué nación grande hay que tenga estatutos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de ustedes? (Deut 4:7-8). Si Dios está a un clamor de distancia, Sus leyes son justas y vienen acompañadas de Su gracia todo suficiente que nos equipa y sostiene en cada ocasión, ¿dónde está entonces la dificultad?

La vida cristiana tiene un diseño, al igual que una computadora o un carro, para que funcione adecuadamente. Lo mismo ocurre con  la vida cristiana si queremos disfrutar la vida abundante de que habló Jesús (Jn 10:10). Cristo enseñó a sus discípulos que separados de Él, nada podemos hacer (Jn 15:5). Pero la manera como podemos mantener esa conexión continua con Él ,es mediante la dependencia del Espíritu. El Nuevo Testamento insiste una y otra vez en esta necesidad: «… anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne» (Gál 5:16). La vida cristiana se vuelve más pesada cuando  permitimos que los apetitos de la carne se fortalezcan por encima de los deseos del Espíritu. Pasamos de la muerte a la vida por medio de la obra del Espíritu; lo cual explica porqué Pablo escribió «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Ro 5:25).

El apóstol Pablo, escribió en diferentes cartas,  sobre la importancia de vivir en el poder del Espíritu y explicó también la razón. Cuando escribió a los efesios, les dijo: «sean llenos del Espíritu» (Gál 5:18). Ese verbo está en modo imperativo, lo que implica que no es una alternativa entre otras; es más bien un mandato. El tiempo verbal es el presente, lo que nos permite ver que la plenitud debiera ser continua en los hijos de Dios para vivir una vida digna de nuestro llamado. Además, debemos señalar que el verbo está en voz pasiva, lo que indica que es algo que otro debe hacer por nosotros. 

Entonces surge la pregunta clave: ¿cómo puedo ser llenado por el Espíritu? Necesitamos hacer algo que Cristo dijo que era el sine qua non para seguirlo, y con esto me refiero a la necesidad de negarme a mí mismo (Mc 8:34). Cuando me niego a mí mismo, «vacío mi vaso del yo», y ahora el Espíritu puede y desea llenarme para que pueda vivir a la altura de mi llamado. El negarme a mí mismo, no es uno de tantos requisitos para ser cristiano; es la condición sin la cual es imposible serlo. Cristo lo dijo con claridad: quien quiera venir en pos de Él debe negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguirlo. No puedo ser discípulo de Cristo si estoy lleno de mí mismo.

No puedo ser discípulo de Cristo si estoy lleno de mí mismo.

Vivir en el poder del Espíritu

Lo impresionante es que Cristo mismo, al venir a representarnos, vivió una vida perfecta, cumpliendo con cada aspecto de la ley hasta morir sin haber pecado. Pero la vida que llevó a cabo, la llevó en lugar nuestro de manera que sus méritos son los que pueden ser contados como míos para darme entrada en el Reino de los cielos. Por esa razón, Jesús no realizó ningún milagro por el poder de la segunda persona de la Trinidad, sino por el poder del Espíritu Santo. Él fue:

  • engendrado por el Espíritu (Mt 1:20),

  • ungido por el Espíritu en el Jordán (Mt 3:13-17),

  • empujado por el Espíritu al desierto (Mc 1:12),

  • enfrentó las tentaciones e Satanás, haciendo uso de las Escrituras inspiradas por el Espíritu: «escrito está…»,

  • expulsó demonios por el poder del Espíritu (Mt 12: 22-30, y

  • en la cruz fue sostenido por el Espíritu eterno (Heb 9:14);

  • incluso fue resucitado por el poder del Espíritu (Ro 8:11).

Él entró y salió de este mundo por el poder del Espíritu, y volvió a entrar, luego de su muerte, por el poder del mismo Espíritu. La vida cristiana no es difícil, es imposible. La imposibilidad estriba en vivir una vida espiritual y eterna en el poder de la carne, como usualmente se intenta hacer.

No olvidemos que esta es la era del Espíritu para la gloria de Cristo. El mismo Jesús dijo a Sus discípulos que les convenía que Él se fuera, porque enviaría a otro de la misma esencia. El Espíritu había estado entre ellos, pero luego estaría en ellos (Jn14:17). El Espíritu de Dios dirige las misiones, dirige la evangelización, y dirige la iglesia por medio de Su palabra. Sin Él no habrá avivamiento, porque es el Espíritu quien abre mi mente para ver la Biblia, quien me regenera y quien me da convicción de pecado para arrepentirme.

Cuando yo quiero complacer a Dios y termino desobedeciéndolo, ha ocurrido una sola cosa: enfrenté y respondí a las circunstancias, a las emociones, de tal manera que la carne le ganó la batalla al Espíritu (Gál 5:17). No porque el Espíritu no tuviera poder, sino porque no traje mis pensamientos cautivos a la obediencia de Cristo (2 Cor 10:4-5). He aprendido a orar así: «Señor, esto que estoy sintiendo, e incluso lo que quiero hacer, perdóname, pero no quiero hacerlo. Empodérame para no hacerlo. Reprende mi deseo, quita este pensamiento de mi mente». Porque Pablo no dice que andar por el Espíritu hará más fácil vencer la carne sino que declara que andar por el Espíritu es garantía de no cumplir los deseos de la carne.

Mi santificación no depende de mí en el sentido de que yo la produzca, pero no se da sin mi participación.

Mi participación en la obra del Espíritu

Cuando yo era incrédulo tenía una sola opción: pecar o pecar. Por eso mi salvación no podía depender de mí. Pero ahora que el Espíritu vive en mí, tengo dos opciones todo el tiempo: puedo pecar o puedo no pecar. Por tanto, mi santificación no depende de mí en el sentido de que yo la produzca, pero no se da sin mi participación. La ilustro con la cirugía: yo no soy quien me opero, obviamente, la cirugía no depende de mí; pero sin mi consentimiento tampoco puede hacerse. El Espíritu es quien realiza la obra (2 Cor 3:18), mas Él ha decidido que hay cosas que solo se hacen con mi colaboración.

A mí me toca leer la Biblia, obedecer y orar. Cuando oro, el Espíritu mismo trae a la luz cosas que yo no percibía, las veo más pecaminosas y corruptas, entonces confieso mi pecado y pido a Dios que me de arrepiento. Cada vez que me arrepiento, estoy tratando de vaciarme de mí mismo y estoy mortificando la carne en ese momento. Como diría el famoso teólogo John Owen, cuando no tengo deseo de leer la Palabra, no puedo prometer que mañana lo tendré; entonces, voy a Dios, confieso mi falta, pido perdón, pido arrepentimiento y le pido que ponga en mí el deseo.

Vaciarme cada día para ser lleno de Él

Lo mejor de todo es que Dios es quien hace la obra, pero yo tengo que pedirle, confesarme y vaciarme continuamente. Necesito hacer introspección honesta, verme en el espejo, admitir mis faltas y decirle: «Ya no puedo hacer esto, hazlo tú; pero ayúdame a ver cómo tengo que hacerlo». Cuando desobedezco, no es que el Espíritu deje de guiarme, sino que ignoro Su sabiduría, Sus impulsos, Sus frenos y Sus advertencias. Él me regeneró para seguir dándome forma a la imagen de Cristo, y me invita a dejarme moldear. Es el Espíritu quien pone en nosotros el querer como el hacer (Fil 2:13); a mí me toca vaciarme, morir cada día y ceder para ser lleno de Él. 

Nota del editor:

Este artículo ha sido adaptado del devocional «Viviendo en dependencia del Espíritu», impartido por el pastor Miguel Núñez.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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