Vivir sin reconocer las visitas diarias de la gracia de Dios no es algo neutral: es el camino que lleva al endurecimiento del corazón. Eso es lo que advierte Hebreos 3:7-13, citando la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. Durante cuarenta años, ese pueblo fue testigo del maná, la nube, el fuego, los milagros de las plagas y la apertura del Mar Rojo, y sin embargo no hay en cuatro libros de la Biblia una sola expresión de gratitud. Solo quejas. Cada queja era una capa más de endurecimiento sobre su corazón, porque el corazón que no ve las bendiciones de Dios se vuelve insatisfecho, y el corazón insatisfecho se vuelve quejumbroso, y el corazón quejumbroso termina desafiando a Dios abiertamente, como lo hizo Israel al preguntar: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».
El peligro no es solo histórico. El pastor Núñez señala que ese mismo patrón opera hoy cuando el creyente concluye que Dios no está con él porque no le ha dado lo que pide, o cuando normaliza el pecado hasta que su conciencia queda cauterizada. El pecado engaña precisamente porque al principio se siente pesado, pero con la práctica se vuelve parte de la vida, se normaliza, y lleva al autoengaño: la persona cree estar bien estando muy mal.
Frente a esto, el texto lanza una palabra con urgencia: hoy. No mañana, no en una semana. La ventana de oportunidad para el arrepentimiento puede cerrarse. Moody lo aprendió a su costo la noche del gran incendio de Chicago, cuando quienes debían responder una semana después nunca volvieron. El llamado del sermón es claro: si hoy oyes su voz, no endurezcas tu corazón. Responde ahora.
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Padre, nosotros cantamos en la primera canción y luego en la última. Tú nos conectaste de una manera que ojalá hubieses podido dejar ver a cada uno de nosotros la conexión. Te decíamos al principio que tú seas mi deleite, y al final te decíamos: "Déjanos ver, Señor." Si tus hijos vieran como debiéramos, tú serías su deleite permanentemente.
El problema es que tus hijos frecuentemente ven —vemos— con los ojos de la carne lo que a la carne le atrae, y por eso tú no eres el deleite de tus hijos. Te pedimos perdón. Pero si vamos a decirte "déjanos ver", es porque tenemos la intencionalidad de querer ver. Señor, ayúdanos a desear lo que no deseamos de manera natural. Ayúdanos a deleitarnos en ti, pero para deleitarnos en ti tenemos que verte primero como tú eres: en tu gloria, en tu santidad, en tu majestad.
Tu Hijo, como está escrito, es el más hermoso de los hijos de los hombres. Nada más hermoso en la creación, en todo el universo, en toda la existencia, que tú, Dios. Déjanos ver, y permite que esta mañana nosotros podamos abrir tu Palabra y verte, y vernos, y caer de rodillas y decirte: "Señor, perdón, visítanos, cámbiame, enderézame. Tráeme de nuevo. Devuélveme el gozo de la salvación. Fortalece los huesos que han sido quebrantados. Y que el deseo de mi corazón sea que jamás, jamás me aparte del Dios vivo."
Sé con tu siervo que va a exponer tu Palabra. Al igual que el resto de la humanidad, él es un hombre caído, pero él necesita predicar una palabra exaltada. Ayúdalo a honrar tu Palabra, a levantarla bien en alto, a levantar tu nombre. Llénalo de tu Espíritu, vacíalo de sí mismo, escóndelo detrás de la cruz, y deja que tu pueblo vea a Cristo y solo a Cristo. Pues te lo pedimos en el nombre precioso de nuestro Redentor, y su pueblo dice: "Amén."
Podemos ir al libro —a la carta, más bien— de Hebreos, capítulo 3. Vamos a darle continuación a la serie que hemos titulado "Cristo, la gloria de los siglos." Capítulo 3 de la epístola a los Hebreos. Vamos a estar leyendo desde el versículo 7. Inicialmente anunciamos hasta el 19, pero en el desarrollo del tema o de las enseñanzas me percaté de que iba a ser imposible cubrir esto en el tiempo que tenemos. En vez de fragmentarlo al final rápidamente, creí que era mucho mejor detenernos en el versículo 13 y continuar la próxima semana ya en el versículo 14, porque este argumento del autor de Hebreos se extiende hasta el capítulo 4, versículo 10, de manera que necesitamos tener un tiempo distendido de meditación.
Entonces, déjame recordarte algo que dijimos en el primer mensaje de esta serie, y es que en el libro de Hebreos hay tres o cuatro advertencias a lo largo del camino. La primera aparece en el capítulo 2 y tiene que ver con la posibilidad de desviarnos: como que vayas caminando bien y de repente, poco a poco —como dice en inglés, you drift away—, tú como que te vas desviando, como el que se va durmiendo en una carretera y se desvía hasta tener un accidente. Ya vimos ese mensaje. La segunda advertencia aparece hoy en el texto de hoy y tiene que ver justamente con la posibilidad de permanecer en la práctica del pecado y entonces desarrollar un corazón endurecido; eso tiene que ver con este mensaje y el que sigue.
La tercera advertencia aparece en el capítulo 5, contra la posibilidad o realidad de permanecer en la infancia espiritual, algo que es terrible. Yo creo que muchos de los hijos de Dios permanecen en la infancia espiritual, pero eso no agrada a Dios, de la misma manera que si tienes un hijo y cuando tiene 18, 20, 25 años, él todavía está pensando, sintiendo y demandando como un niño de 6 años, no creo que a ti te agradaría tampoco. Bueno, esa es la advertencia del capítulo 5. Y luego, en el capítulo 10, al final, hay otra advertencia similar a la que vamos a estar desarrollando hoy, con la posibilidad de que quizás algunos que creían estar en el camino terminen en la condenación eterna.
Con eso te menciono desde ya que el título de mi mensaje en esta mañana es: "Alerta: ignorar la gracia de Dios endurece tu corazón." Vivir ignorando el número de veces que Dios visita tu vida a lo largo de los días termina endureciendo tu corazón, como lo vamos a estar viendo. Entonces, regresando al mensaje anterior, estuvimos hablando de cómo Cristo es superior a Moisés. Y ahora el autor va a iniciar un texto que él conecta con el anterior con la frase "por lo cual." Eso es lo primero que dice el versículo 7.
¿Por qué la conexión? Bueno, él terminó hablando de que Cristo es superior a Moisés, y ahora va a estar hablándonos de la experiencia en el desierto por 40 años bajo el liderazgo de ese Moisés con el pueblo hebreo, y cómo ellos tuvieron consecuencias significativas, pesadas, severas. ¿Cuál sería entonces la conclusión natural? Bueno, si ellos sufrieron consecuencias de tal magnitud, mucho más grave sería que nosotros ahora, con mayor revelación, con un mediador mejor —Cristo y no Moisés—, con un mejor pacto e incluso con mejores promesas, vayamos a comportarnos de una manera similar a como ellos lo hicieron. Con esto quiero que me acompañes a leer del versículo 7 hasta el 13. Ahí nos vamos a parar y continuamos la próxima semana.
Esta es la Palabra de Dios. Versículo 7, Hebreos 3: "Por lo cual, como dice el Espíritu Santo —como dice, no como dijo—: 'Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación, como en el día de la prueba en el desierto, donde sus padres me tentaron, me pusieron a prueba y vieron mis obras por 40 años. Por lo cual yo me disgusté con aquella generación.' No fue solamente que se disgustó. Escucha: 'Y dije: siempre se desvían en su corazón y no han conocido mis caminos. Como juré en mi ira: no entrarán en mi reposo.' Tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo. Antes bien, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice 'hoy', no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado."
Ahí está el texto para el día de hoy. Si tú lees ese texto varias veces, en más de una traducción, probablemente te vas a dar cuenta de que el texto contiene una advertencia; tiene una urgencia, hay un sentido de urgencia también en las palabras del autor. Número tres, hay una consecuencia del corazón endurecido: una advertencia, una urgencia, una consecuencia. Número cuatro, hay una segunda advertencia contra la posibilidad de una apostasía. Y finalmente, hay una recomendación para luchar en contra de esa incredulidad que lleva a la apostasía. Esos son los puntos que vamos a estar revisando.
De manera que iniciemos con el primero: la advertencia contra la dureza de corazón, versículos 7 al 9. Recuerda que el autor de Hebreos le estaba hablando a una comunidad hace 2.000 años acerca de eventos que ocurrieron más de 1.000 años atrás. De la misma manera que para ellos era algo como presente, para nosotros sigue siendo presente esta advertencia.
"Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: 'Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación, como en el día de la prueba en el desierto, donde sus padres me tentaron y me pusieron a prueba y vieron mis obras por 40 años.'" El autor de Hebreos está asumiendo que cuando nosotros leemos la Palabra de Dios en voz alta, tú estás oyendo la voz de Dios, como dice el Espíritu Santo hoy. Y realmente así es. La importancia de eso es que recuerdes, hermanos: cuando tú desobedeces la Palabra —no si la desobedeces, sino cuándo la desobedeces—, tú no estás simplemente violando una ley de tránsito, una ley escrita, una ley muerta, sin vida, como cualquier otra ley. No, no, no, no.
Cuando nosotros desobedecemos, estamos violando la voz del Dios trino que nos habla por medio de la tercera persona de la Trinidad y, por consiguiente, violamos su carácter y su autoridad.
Déjenme decir eso otra vez. Cuando nosotros desobedecemos, violamos la voz del Dios trino que nos habla por medio de la tercera persona de dicha Trinidad y, por consiguiente, estamos violando la voz y la autoridad de ese Dios. Y ese Espíritu que nos habla, así comienza el texto, el Espíritu Santo dice: "Hoy, ah, si tú oyes su voz." ¿De qué manera nos habla el Espíritu? Bueno, nos habla de un par de maneras, por lo menos dos. Una: Él inspiró esta Palabra, y cuando yo leo esta Palabra hay poder en ella. Esta Palabra es más cortante que cualquier espada de dos filos, capaz de separar primero el alma del espíritu y luego el tuétano de las articulaciones, para discernir los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón. Esa es una manera. Yo leo la Palabra y hay poder en esta Palabra. No en la mía; en esta Palabra hay poder.
Número dos: si eres creyente, el Espíritu nos habla porque Él mora en nosotros, y como mora en nosotros nos ilumina el entendimiento para entender esta Palabra, pero también nos da convicción de pecado y nos lleva al arrepentimiento. Yo escucho sus impulsos internos, y esa es otra manera como Él nos habla.
Ese es el Espíritu que inspiró esta Palabra. La doctrina de la inspiración está aquí claramente declarada: "Por lo cual, como dice el Espíritu, si ustedes oyen su voz..." Y la otra manera como yo lo veo la vamos a mencionar un poco más adelante. Cuando tú lees el Salmo 95 del versículo 7 al 11, y luego lees Hebreos 3 del versículo 7 al 11, el mismo pasaje, dicen la misma cosa —algunas palabras diferentes, pero dicen exactamente la misma cosa— a pesar de estar separados por mil años de tiempo, por así decirlo.
Okay. Entonces, ahora, ¿qué más? ¿Qué es lo que el autor está tratando de comunicarnos? Bueno, escucha lo que el versículo 8 dice, porque el versículo 8 es el que contiene la advertencia: "No endurezcan sus corazones." Esa es la advertencia. "Como en la provocación, como en el día de la prueba en el desierto."
La palabra traducida como "provocación" es una palabra hebrea: Masá. De nuevo, si tú regresas al Salmo 95, la palabra "provocación" no está escrita así. El salmo se escribió en hebreo y la palabra que aparece es "Masá," traducida como "provocación." Lo vamos a ver en un momento. Ese es uno de los dos nombres que Moisés usó para bautizar el lugar donde el pueblo se rebeló por primera vez y se quejó por primera vez contra Moisés y contra Dios.
Siempre que se quejaron contra Moisés, se quejaron contra Dios. Moisés lo dijo y Dios mismo lo repitió también. Entonces, Dios está molesto de acuerdo a lo que leímos en el texto, porque el pueblo comenzó a mostrar su dureza de corazón tempranamente. La mostró poco tiempo después de haber cruzado el Mar Rojo dividido en dos. Faltaba agua, y en vez de orar o de decirle "Moisés, ¿puedes orar por nosotros?", no: se quejaron contra Moisés y se quejaron contra Dios.
El pueblo que había visto los milagros de Dios a través de las diez plagas de Egipto, sobre todo con la última plaga, donde el primogénito de cada familia y el primogénito de cada animal amaneció muerto y los primogénitos de los hebreos amanecieron todos con vida. ¡Wow! Para el tiempo de la primera queja, en Éxodo 17, ya el maná había comenzado a caer. Ya la nube que los cubría para protegerlos del sol ya estaba ahí. El fuego aparecía cada noche para iluminarlos. ¡Wow!
Y a pesar de cada uno de esos milagros diarios, el pueblo nunca le dio gracias a Dios. Nunca. No hay una sola expresión de gratitud del pueblo hacia Dios registrada en cuarenta años, en cuatro libros de la Biblia. Y Dios dice —o el autor de Hebreos dice, Dios dice a través de él—: "Tengan cuidado de que no desarrollen un corazón endurecido." Esa es la advertencia, porque te puede pasar a ti, me puede pasar a mí.
¿Qué más dice Dios? Bueno, versículo 9: "Donde sus padres me tentaron, me pusieron a prueba y vieron mis obras por cuarenta años." Porque me tentaron la primera vez y así siguieron por los próximos cuarenta años. Dios los visitó con su gracia y su misericordia, y ellos nunca lo vieron ni lo agradecieron.
¿Y qué pasó? Bueno, lo advertido pasó: desarrollaron un corazón endurecido. Y un corazón endurecido es un corazón insatisfecho. Y un corazón insatisfecho es un corazón quejumbroso. Y un corazón quejumbroso lo es como resultado de ojos ciegos a las bendiciones de Dios.
Un corazón endurecido resulta en un corazón insatisfecho. El corazón insatisfecho es un corazón quejumbroso, y es el resultado de ojos que no ven las bendiciones de Dios, las visitaciones de gracia y de misericordia de Dios todos los días sobre nuestras vidas. Eso fue lo que el pueblo hizo por cuarenta años. En vez de reconocer la gracia de Dios en cada una de las provisiones de Dios a lo largo del camino, ellos se quejaron.
¿Por qué se quejaron? Porque siempre pensaron que merecían más de lo que recibían. Y en cada una de esas reacciones, su corazón adquiría una capa más de endurecimiento. El pueblo llegó a cuestionar a Dios, y de manera atrevida.
Tú puedes leer acerca de este primer incidente en Éxodo 17, pero yo te voy a leer un versículo, porque este versículo es suficiente para darnos una idea de la condición espiritual de este pueblo. Éxodo 17:7: "Y puso aquel lugar" —ese es Moisés, lo bautizó con dos nombres— "el nombre de Masá" —ahí está, este es el nombre que es traducido como "provocación"— "y Meriba, por la contienda de los israelitas y porque tentaron al Señor diciendo: '¿Está el Señor entre nosotros o no?'"
En serio. O sea, tú viste las plagas, tú viste cómo Dios abrió el mar, tú has visto el maná, tú has visto el fuego, tú has visto la nube, ¿y tú te atreves a preguntar si el Señor está con nosotros o no? ¿Saben lo que estaban diciendo? Si el Señor no nos da lo que queremos o demandamos, eso implica que Él no está con nosotros. Eso es lo que ellos están diciendo. Es como decir: "Para nosotros creer que Dios está con nosotros, Él tiene que darnos lo que pedimos."
Nosotros no estamos muy lejos de eso, porque yo he oído más de una vez —más de dos, más de tres, no sé, quizás me faltan dedos—: "Pastor, yo creo que el Señor no está conmigo porque yo vivo orando y Él no acaba de responderme." Bueno, el "no" del Señor es respuesta, pero nosotros concluimos que si Dios no me da lo que yo pido, lo que yo oro, Él no está conmigo. En serio, no estamos muy lejos del pueblo de Israel.
Hermanos, déjenme leerles parte de esto, porque lo quiero decir prácticamente como lo escribí, ya que es un área sensible. Quiero que entiendan mi corazón pastoral. Soy pastor, no fiscal. Recuerden: hermano, nuestras quejas solo reflejan nuestra insatisfacción con la providencia de Dios.
En su providencia, Dios nos tiene donde Él quiere y donde necesitamos estar. ¿Saben por qué? Para romper la dureza del corazón típico del ser humano y llevarnos de rodillas para reconocer de una vez y para siempre que el cielo gobierna, y que los designios de Dios son buenos, agradables y perfectos. Amén. Aunque a nuestra carne siempre le parecen malos, desagradables e imperfectos.
Leí una cita recientemente de alguien que no conocía. Decía: "Dios nos da carga no para rompernos las espaldas, sino para hacernos doblar las rodillas." Amén. Nos resistimos a eso, hermano. Pero Dios no nos lleva por los caminos en los que yo sea complacido, sino por los que pueden contribuir a formar la imagen de Cristo en nosotros. Esos son sus caminos.
Cada cosa que Dios orquesta para mi vida, escucha, cada cosa que Dios orquesta para mi vida es una señal más de su gracia, aunque a nosotros no nos parezca de esa forma. Ese fue el problema del pueblo de Israel, que como Dios no los llevó por los caminos que ellos querían a la tierra prometida, ni de la forma ni en el tiempo, como no les proveyó lo que ellos querían, incluso antes que la necesidad apareciera, ellos desarrollaron un corazón ingrato.
Y esa es la manera, hermanos, como nosotros ignoramos la gracia de Dios. Pero cuando ignoras la gracia de Dios, ha comenzado a endurecer tu corazón, y si yo lo hago, yo estaría también endureciendo el mío.
Hermanos, me gustan las ilustraciones médicas porque soy médico y como que puedo asociarlas fácilmente. De la misma manera que un corazón físico, las arterias coronarias se endurecen como fruto de la acumulación de placas de colesterol y plaquetas y otras cosas, pero dejémoslo en placas de colesterol para simplificar las cosas. De esa misma manera, el corazón espiritual del ser humano se endurece con la acumulación de placas de insatisfacción e ingratitud hacia Dios. El corazón espiritual se endurece como fruto de acumulación de placas de ingratitud e insatisfacciones hacia Dios, que me ha estado llevando por los caminos que forman la imagen de su Hijo.
Entonces, esta es la advertencia, esa es la enseñanza número uno del texto. La enseñanza número dos tiene que ver con que el texto transmite un sentido de urgencia. Hay un llamado urgente; yo no sé si tú lo viste, pero hay un llamado urgente en este texto que sale a relucir cuando tú lo lees una vez, y si lo lees dos veces, con mayor razón.
Escucha el primer uso de la palabra "hoy". Esa es la palabra que transmite la urgencia. Hoy, no mañana, hoy. El primer uso de esta palabra aparece en el versículo 7: "Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones." La palabra "hoy" está introducida al inicio del texto. La segunda ocasión aparece en el versículo 13: "Exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice hoy, no sea que alguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado." Y la tercera vez aparece en el versículo 15: "Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación."
Cuando el autor dice "hoy", él en un sentido pudiera estarse refiriendo al tiempo presente, pero al mismo tiempo se está refiriendo a este día que tiene 24 horas. ¿Sabes por qué, hermano? Tú no sabes si vas a estar vivo mañana. Tú no sabes si tendrás mañana la oportunidad de arrepentimiento que podrías tener hoy. De hecho, decía más temprano: tú ni siquiera sabes si vas a estar vivo antes de que yo termine de predicar.
Y tú pudieras pensar que estoy exagerando. No, yo no estoy exagerando. Hace 48 horas, el viernes pasado, en Virginia, en el pueblo de Moneta, una iglesia organizó un evento. Iba a venir mucha gente, de manera que lo hicieron afuera del templo. Pusieron una carpa con capacidad para 15 personas. Al final, el pastor subió para despedir a la audiencia, y antes de que él terminara de despedir a la audiencia, se levantó un viento, se llevó la carpa, la arrancó con todo, mató a una persona e hirió a 22 otras personas.
La persona que murió tenía 85 años, había sido miembro original de esa iglesia y había regresado de otro estado para celebrar con su iglesia de antaño, y no volvió a su casa. De manera que hoy, y yo te estoy hablando a ti, hermano, hoy, durante este mensaje, si tú oyes su voz, no lo pospongas. Porque cuando Dios llama al arrepentimiento a una persona y la persona no responde, puede ser que llegue el día —que pudiera ser mañana— cuando ya no haya oportunidad de arrepentimiento, cuando la ventana de oportunidad se ha cerrado.
Déjame darte varios ejemplos de la Palabra de Dios. Noé: Dios le dijo que fabricara un arca y pasó 120 años fabricándola, pero él hizo más que fabricar. Porque Pedro nos dice en su segunda carta, capítulo 2, versículos 4 y 5, que Noé fue un predicador de justicia. De manera que teológicamente entendemos que mientras él fabricaba, él estaba predicando un mensaje que no está dado en el libro del Génesis, pero si él era un predicador de justicia, algo predicó con relación a eso durante esos 120 años. La gente no respondió. Llegó el día de la lluvia, 40 días lloviendo. Al último día la gente quería entrar, y cuando trató de entrar, ya Dios cerró la puerta y ya no había oportunidad para entrar. Se acabó la oportunidad. ¿Cuándo? Un día que se llamó "hoy" en ese momento.
Cuando Dios determinó que el tiempo de Sodoma y Gomorra había llegado por la práctica de la homosexualidad, Abraham trató de interceder por las dos ciudades, pero no había ningún hombre justo allí. No pudo detener el juicio. ¿Por qué? Porque ya la ventana de oportunidad para arrepentimiento había terminado, y su "hoy" pasó, de manera que llovió fuego del cielo. La esposa de Lot, en su día, tenía incredulidad, miró hacia atrás, lo que no debía haber hecho, y se convirtió en una roca de sal.
Pero quizás la más atemorizante de todas —yo creo que todas lo son— es lo que tú lees acerca de los hijos de Elí. Elí fue un sacerdote importante en su momento y tenía unos hijos, y los hijos de Elí eran rebeldes. Su padre les llamó la atención en diferentes ocasiones. En 1 Samuel 2:25, en la versión Nueva Traducción Viviente, tú lees esto: los hijos de Elí no hicieron caso a la reprensión de su padre. No se devolvieron. No se arrepintieron. ¿Por qué? Escucha: porque el Señor ya había decidido quitarles la vida. Elí, no insistas con tus hijos. El juicio llegó. Yo no sé si Elí vivió un día, una semana o un año, pero no importa el tiempo que vivió. Ya no había oportunidad. Ese "hoy" de ayer cerró y ya no habrá otra oportunidad.
Déjame darte una ilustración de la historia de la iglesia, mucho más reciente. El 8 de octubre del año 1871, D. L. Moody, conocido gran evangelista que había luchado tremendamente por Dios para la conversión de muchos, predicó en Chicago un sermón. Al final, como manera de cierre, él quiso dejar una pregunta con la audiencia, y dejó la pregunta que Pilato le hizo a su audiencia en su momento con relación a Cristo. Y esta es la pregunta: "¿Qué haré entonces con Jesús llamado el Cristo?", preguntó Pilato. Moody los dejó con esa pregunta. En otras palabras, ahora con el mensaje que has oído, ¿qué harás tú con Jesús llamado el Cristo? Y les dijo: "No me respondan hoy. Nos vemos en una semana y me responden en una semana."
Esa noche ocurrió la tragedia más grande que haya sucedido en la ciudad de Chicago. Hubo un fuego que mató a 300 personas, quemó y destruyó 18,000 edificios de la ciudad, un tercio de los edificios de esa época, y dejó a 100,000 personas sin hogar. Moody escribió: "Yo más nunca volví a ver a nadie de ese grupo a quien yo dejé con una pregunta para responder a la semana." Él se sintió cargado, le pidió perdón a Dios, y decidió que de allí en adelante, cuando él hiciera un llamado a la salvación, le iba a presentar a su audiencia la necesidad de tomar una decisión hoy, no en una semana, no en un día, hoy.
Convencido por lo que Pablo escribió a los corintios en su segunda carta, 6:2, en la versión Nueva Traducción Viviente: "El momento preciso es ahora. Hoy es el día de la salvación." Pablo se lo escribió a los corintios. Yo te lo digo hoy, y tú no sabes si vas a estar vivo mañana. Yo tampoco. Hoy es el día de la salvación. Hoy es el momento preciso.
De manera que si tú no has entregado tu vida a Cristo, no es simplemente que le abriste el corazón e invitaste a Cristo a tu corazón. Eso no es un lenguaje del Nuevo Testamento. Que tú realmente, conscientemente, decidiste basado en tu entendimiento de que Cristo fue a la cruz, murió por ti, derramó sangre para perdón de pecado, y que entonces él te ofrece vida eterna a condición de que tú pongas tu fe en él y le entregues tu vida de tal forma que él pueda ser no solo tu Salvador, sino tu Señor. Si tú no has hecho eso, yo te invito —no sé cómo decírtelo, casi te empujo, pero no puedo empujarte— a que hoy tú decidas eso.
Si vas a hacer ese entregado o no, si tú sabes que tu vida no es compatible con la vida de una persona nacida de nuevo, hoy decide entregar esa vida al Señor. Si te has alejado de Cristo, si te has endurecido, si has perdido fervor, si él no es tu deleite, si tú oyes su voz hoy a través de este mensaje, no endurezcas tu corazón, responde a su voz.
Número tres. Recuerda que el texto trae una advertencia. El texto no solamente trae una advertencia, sino también una consecuencia que vamos a revisar. Vimos la advertencia, vimos la urgencia, y ahora vamos a ver la consecuencia. ¿Cuál es la consecuencia que trae el endurecimiento de ese corazón?
Bueno, por un lado, si no soy creyente, puede ser que nunca llegué a hacerlo porque estuve posponiendo esta decisión. Pero quizás soy creyente, que sería algo quizás hasta más común. ¿Qué es lo que pierdo? Hermano, la vida abundante de que Cristo habló no es una vida abundante que comienza de aquel lado de la eternidad; comienza ahora: una vida de propósito, de sentido, de significado, de paz interna, de seguridad, de tener alguien con quien te identificas, sentido de identidad, de poder vivir en gozo, estable espiritualmente, estable emocionalmente.
Esa vida abundante entre los hijos de Dios es muy escasa. Y la razón es solamente una: es que estoy viviendo alejado de Dios. "No, pastor, yo voy a la iglesia todos los domingos." Yo puedo estar cerca de la iglesia, yo puedo estar en el púlpito todos los domingos y estar alejado de Dios, como lo hemos visto en los últimos años.
Entonces, el autor de Hebreos nos advierte: esto es lo que ocurre. La permanencia en el pecado endurece mi corazón. Y este corazón endurecido frecuentemente dice: "Bueno, tú sabes, hoy yo no estoy listo para entregarle a Cristo mi vida o para arrepentirme." Pero si sigues pensando así, es posible que llegue el día cuando vayas donde Cristo y quizás oigas de parte de él: "Hoy ya es muy tarde para yo recibirte. Antes fue muy temprano para ti para entregarte. Hoy es muy tarde para mí para yo recibirte."
Escucha lo que el autor de Hebreos nos dice, versículo 13, al cual vamos a regresar más adelante: "Exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice hoy." Esa es la palabra clave. "No sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado." ¿Escuchaste? No sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado. Yo creo que si somos honestos, todos nosotros podemos afirmar que en algún momento hemos sido engañados por ese pecado.
Mira cuál es el problema con nosotros los humanos. Cuando nosotros comenzamos a practicar el pecado, al principio se siente pesado. Al principio tú sabes que hay algo que no está bien y que te produce cierto sentido como de un cierto peso. Pero en la medida en que continúas, tú vas normalizando la conducta y comienza a ser parte de tu vida. Y lo que ha ido ocurriendo de manera sencilla es que tu conciencia se ha ido anestesiando, perdiendo sensibilidad, y llega un momento en que tu conciencia está cauterizada. Eso es lo que le dice Pablo a Timoteo en su primera carta, en 1 Timoteo 4:2.
Tú conoces —muchos de ustedes conocen— mis diez leyes del pecado; están ahí en el internet si las quieren buscar. Pero una de ellas dice que el pecado te va a costar más de lo que tú pensabas o querías pagar; y el pecado te va a llevar más lejos de lo que tú querías ir; y el pecado te va a mantener más alejado, más tiempo del que tú habías calculado. Tres de las leyes, ya te las di ahí: una, dos y tres. ¿Por qué es que el pecado me mantiene alejado más tiempo del que yo había calculado?
Hay varias razones, hermano. El pecado tiene un poder embaucador. ¿Sabes por qué usé esa palabra? No es una palabra que yo uso con frecuencia; es que la palabra que iba a usar es "embriagador", que también la estoy usando, pero quise ver cuáles son sinónimos de esta palabra y me encontré con eso: embaucador. El pecado te embauca, te engaña, te embriaga, y por tanto se vuelve dominante.
Pero el pecado se vuelve dominante porque en el proceso le ha ido haciendo algo al corazón, y el corazón se va tornando rebelde, terco, desobediente, autoengañado. Hermano, tú sabes por qué esa es la palabra que yo quisiera subrayar más que cualquier otra: autoengañado. ¿Sabes por qué? Porque si yo te engaño, yo sé que te estoy engañando. Sé que te estoy engañando: ¿cómo te estoy engañando?, ¿cuándo comencé a engañarte?, ¿y dónde estoy en el proceso del engaño? Cuando yo estoy autoengañado, yo no sé que estoy engañado, porque yo lo puedo saber contigo, pero conmigo no. De manera que yo llego a creerme que estoy muy bien estando muy mal.
Y sabes qué, siendo personas caídas, en algún momento de tu vida todos hemos estado autoengañados. Déjame dejarte algo sencillo. Ya yo he compartido esto otras veces, pero no en el contexto del autoengaño. Cuando yo salí de la escuela de medicina, yo era muy orgulloso. Habiendo terminado con honores todo el tiempo desde el kínder hasta el final, salí orgulloso. Pero sabes que yo creía que era muy humilde, lo cual debió haber sido como la prueba de que era muy orgulloso, pero estaba autoengañado.
El corazón se va volviendo insensible, desafiante, hasta contra Dios. Tú podrías pensar: "No, pastor, tampoco así." Yo conozco un profeta de esta Biblia que tiene un libro con su nombre, que se airó contra Dios, que cuando Dios le preguntó que si tenía razón para airarse, le dijo: "Sí, estoy tan airado hasta la muerte." ¿Tú conoces su nombre? Era Jonás. Entonces, no me diga que tú y yo no podemos airarnos contra Dios de esa manera.
El pecado, lo hemos hablado otras veces, pero simplemente te lo recuerdo: el pecado también es dominante porque activa mis hormonas del placer. Por eso el pecado es placentero. Yo no estoy diciendo que tu pecado es placentero; el pecado en mí con frecuencia también resulta placentero. ¿Por qué? Porque hay hormonas y neurotransmisores del placer que se disparan en el cerebro: dopamina, serotonina, oxitocina, adrenalina. Las hormonas nos llevan a un estado de éxtasis tal que nos convence de que quizá es preferible pagar algunas consecuencias por la experiencia placentera del pecado. Y el pecado sabe dulce, a veces muy dulce, hasta que llegan las consecuencias, y de repente lo dulce se torna en amargo.
Hermanos, cuando Dios nos llama al arrepentimiento, mi carne se resiste porque está disfrutando la dulzura del pecado, porque la carne funciona con neurotransmisores y con hormonas. El problema es que yo no soy solamente carne; yo soy también un ente espiritual. De manera que cuando mi carne se sienta a gusto con las cosas que el mundo le ofrece, no le hagas caso a tu carne, porque en tu carne no habita nada bueno. Romanos 7:18. Nada bueno.
Además, ¿sabes qué? Si Dios te habla hoy, responde. Tú no sabes si habrá para ti mañana. Tienes la parábola que Cristo contó sobre el hombre que quería agrandar sus graneros, mucho más grandes por la producción que estaba teniendo.
¿Y qué le dice Cristo en la parábola? "Necio, tú no sabes que esta misma noche se demandará tu vida." Y si este es tu caso, ¿sabes qué? Hoy tú no sabes si cuando despiertes del otro lado de la eternidad, si te vas a encontrar con Dios o con personas que tampoco hicieron una decisión en el hoy de ellos y que hoy están en condenación eterna. Esto es serio.
El pecado dominó a este grupo de hebreos por 40 años, que nunca respondió ni a las amonestaciones de Dios ni a las bendiciones de Dios. Comenzaron con bendiciones: 10 plagas, el mar se abre, maná, sol, nube. Los protegió, protegió sus zapatos y la ropa para que no se gastaran. No respondieron. A las amonestaciones tampoco respondieron.
Ellos agotaron la paciencia. Esto es algo sobre lo que yo estuve reflexionando y meditando esta semana. Agotaron la paciencia de un Dios que se caracteriza por ser lento para la ira y abundante en misericordia. Agotar tu paciencia y la mía no es muy difícil. Agotar la paciencia de Dios es algo pesado.
¿Y cómo yo sé que agotaron la paciencia? Está aquí, versículo 11: "Por lo cual yo me disgusté con aquella generación." Fue más que disgustarse, pero vamos a seguir leyendo. "Y dije: siempre se desvían en su corazón" —sí, en el corazón que se desvía primero— "y no han conocido mis caminos. Como juré en mi ira, no entrarán en mi reposo." Dios dice: "Yo me airé. Como juré en mi ira, no entrarán en mi reposo."
Pero el disgusto de Dios fue mucho más que un disgusto. ¿Cómo yo lo sé? Porque tengo la Palabra que me ayuda a interpretar la Palabra. Entonces, yo te dije que este texto de Hebreos 3 hace referencia a una porción del Salmo 95, específicamente del versículo 7 al versículo 11. Yo te voy a leer del versículo 9B al 11 del Salmo 95. Escucha: "Me pusieron a prueba, aunque habían visto mi obra." Eso es lo que irritó a Dios: habían visto su obra y lo pusieron a prueba. Escucha ahora: "Por 40 años me repugnó aquella generación."
¿Cómo? Eso no es una frase pequeña ni liviana de parte de un Dios abundante en misericordia. Es como que te imaginas que Dios bajara y dijera: "¿Sabes qué, hermano? Ustedes que están sentados aquí, ustedes me repugnan." "Por 40 años me repugnó aquella generación, y dije: es un pueblo que se desvía en su corazón y no conocen mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: ciertamente no entrarán en mi reposo." Dios dijo eso, pero lo dijo con ira.
¿Y qué fue lo que repugnó a Dios de esa generación? Está dicho aquí: el hecho de que ellos vieron su obra durante 40 años. Los alimentó, les dio de beber, los protegió del sol, los iluminó. Cuando hubo problemas, les resolvió los problemas. Cuando se destapó una plaga de serpiente venenosa, les dio cómo salvarse de la plaga. Y a pesar de eso, ignoraron la gracia de Dios en todas esas visitaciones, lo cual produjo endurecimiento del corazón. El ignorar la gracia de Dios endurece tu corazón.
Hermanos, yo tengo un buen tiempo meditando sobre esto y recogí este tema en los últimos meses. Tú y yo no podemos olvidar que nuestras quejas son siempre contra Dios. ¿Cómo lo sabemos? Bueno, si Dios está en control de todo lo que ocurre en su universo —nosotros cantamos, y no sé si tú prestas tanta atención a lo que se canta como yo, pero nosotros cantamos que Dios gobierna ese universo—, entonces cada vez que yo me quejo, le estoy diciendo a Dios: "¿Sabes qué? Tú gobiernas muy mal tu universo y también gobiernas muy mal mi vida. Suéltame las riendas para que tú veas cómo yo hago un mejor trabajo que tú, por lo menos en el gobierno de mi vida."
Se parecería a lo que aprendí del dueño del edificio donde yo rentaba —Katy y yo rentábamos espacio para el consultorio nuestro en Estados Unidos. Cuando íbamos a salir para acá, nosotros fuimos a visitarlo porque queríamos llegar a un acuerdo para que nos dejara fuera del contrato. Claro, pagando no sé, seis o siete meses que no íbamos a consumir, pero no versus dos años y medio que nos quedaba de contrato. Yo fui a hablar con él y en eso aproveché y le quise dar testimonio, y él me dijo: "Mire, doctor, yo no creo que Dios existe, y si Él existe, hay que cancelarlo porque está haciendo muy mal trabajo."
Bueno, eso es lo que le decimos a Dios cuando nos quejamos. "¿Sabes qué? Supuestamente tú gobiernas mi vida y todos los acontecimientos, pero tú no estás haciendo un buen trabajo. Yo creo que yo lo podría hacer mejor. Claro, a mi favor, pero lo podría hacer mejor."
Hermano, mira la cruz. ¿Tú no encuentras a Cristo quejándose de la cruz? Claro que no. Fue diseñado para eso. Fue diseñada para que el Cordero se inmolara ahí en la cruz. Tú no encuentras a Job quejándose porque se le murieron 10 hijos. Perdió todo y luego termina con 10 hijos menos. Job no va y se queja ante Dios. Sabe que Dios gobierna, y le dice: "¿Qué cosa? Jehová dio, Jehová quitó. Bendito sea el nombre del Señor."
Tú ves dónde surge la queja: no en hijos que conocen a su Padre. ¿Tú no encuentras ese espíritu de queja en Esteban mientras le caían las piedras encima? No. Tú encuentras: "Padre, no les tome en cuenta este pecado." Estaba ordenado su apedreamiento. Eso es como la sangre de los mártires ha sido la semilla de la iglesia. Tú no encuentras a Pablo quejándose ni cuando lo persiguieron, ni cuando lo difamaron, ni cuando lo encarcelaron, ni cuando lo latigaron. No, no, no. Pablo dice en Filipenses 1:29 que a nosotros se nos ha concedido el privilegio no solo de creer en Cristo, sino de sufrir por Él. Pablo piensa que ser latigado por la causa de Cristo, estar en prisión por la causa de Cristo, estar perseguido y difamado, que eso es un privilegio.
Eso es un hombre que conoció la visitación de la gracia de Dios.
Ahora, ¿cuál fue el evento que llevó a Dios a jurar que esta gente no iba a entrar a la tierra prometida como Él le había hecho la promesa? Bueno, el Salmo 95 y Hebreos 3 nos hablan de este evento. Es un evento que está relatado —tú lo puedes leer en tu casa esta tarde— en el libro de Números, capítulos 13 y 14. En esa ocasión Dios le da instrucciones a Moisés. Estaban a pocos días, relativamente, de haber salido de Egipto. Y Dios le dice a Moisés: "Mira, envía 12 hombres a recorrer la tierra para que ustedes entren."
Y Moisés envió los espías. De esos doce, diez regresaron y dijeron: "No podemos entrar ni debemos entrar. Esa tierra está ocupada con gigantes y nosotros somos como langostas ante ellos." Caleb y Josué dijeron: "No, no, no. Sí, esta tierra tiene ese tipo de gente, pero nosotros tenemos a Dios. Vayamos y ocupemos y conquistemos la tierra." Pero los diez alborotaron al pueblo entero, dice el texto. El pueblo entero se quejó contra Moisés y contra Dios, obviamente. E incluso pidieron que les eligieran nuevos líderes para regresarse a Egipto. "Vámonos a la esclavitud otra vez, que aquello es mejor que esto."
¿Tú quieres saber cómo Dios sintió? Te lo voy a leer de Números 14. Dice Dios en los versículos 22 y 23: "Ciertamente todos los que han visto mi gloria y las señales que hice en Egipto y en el desierto, y que me han puesto a prueba estas 10 veces y no han oído mi voz, no verán la tierra que juré a sus padres, ni la verá ninguno de los que me desdeñaron." Desdeñaron significa: los que me trataron con desdén. Ninguno de ellos.
Saltamos todavía a Números 14, versículos 26 al 30: "Y el Señor habló a Moisés y Aarón y les dijo: '¿Hasta cuándo tendré que sobrellevar a esta congregación malvada que murmura contra mí?'" En Números 14 es una congregación malvada, y en el Salmo 95 es una generación que yo repugno. "He oído las quejas de los israelitas que murmuran contra mí." No era contra Moisés.
"No, si es contra Moisés, es contra mí." Diles, le dice a Moisés, "Vivo yo, declara el Señor, que tal como han hablado a mis oídos, así haré yo con ustedes." ¿Qué fue lo que ellos hablaron a los oídos del Señor? Ellos dijeron: "Para que nos traten así, mejor morimos aquí en el desierto." Dijo: "Ah, eso es lo que ustedes quieren, pues les doy su deseo."
"He aquí, en este desierto caerán los cadáveres de ustedes, todos sus enumerados, todos los contados de veinte años hacia arriba, que han murmurado contra mí. De cierto que ustedes no entrarán en la tierra en la cual juré establecerlos, excepto Caleb, hijo de Jefone, y Josué, hijo de Nun."
Wow. ¿Y por qué, Dios? Porque es una generación malvada y que yo repugno. Cuando un Dios abundante en misericordia, lento para la ira, que visita esa misericordia por mil generaciones, llega al fin de su paciencia, tú sabes que la cosa es seria. Y el corazón de esos hombres no está muy lejos del nuestro.
Ya vimos la advertencia primero del corazón endurecido. Vimos el sentido de urgencia: hoy, hoy, hoy. Vimos la consecuencia del corazón endurecido. Ahora veamos la segunda advertencia, muy similar, pero un poco más grave. Versículo 12.
"Tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo." La expresión "Dios vivo" aparece como quince veces en cada testamento. Es una forma de darle seriedad a ese Dios. Y dice: "Tengan cuidado, no sea que alguno de ustedes se aparte." La palabra traducida ahí como "apartarse" viene, en el original, de la palabra de la que deriva "apostasía", que es aphistemi. Aphistemi es el original que está usado ahí: no vaya a ser que alguno de ustedes se aparte. De ahí viene la palabra apostasía. En otras palabras, cuidado, no vaya a ser que alguno de ustedes apostate de la fe.
Un poco más serio. Mira cómo este diccionario define eso. Una parte breve de la definición implica que la apostasía es un completo abandono de la fe cristiana.
Y esa advertencia abunda en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento. Gente apostató en el Antiguo Testamento, gente apostató en el Nuevo Testamento, y gente ha apostado en el día de hoy. Este pastor reformado, por muchos años discipulado por un pastor muy conocido de parte nuestra, predicó en este púlpito, predicó por su causa, discipulado por él. Después de pastorear por años de doctrina reformada, un día, un viernes creo que fue, anunció que estaba negando la fe cristiana, que se estaba divorciando de su esposa, y el domingo se unió a una marcha del grupo LGBT, y luego construyó una página para deconstruir la fe cristiana. Esa es una apostasía. Ahí no hay vuelta atrás. Hebreos 6 advierte contra eso; lo veremos en su momento.
En los tiempos de Cristo, déjame leerte de Juan 6:66. Después que Cristo habló acerca de que si tú no comes mi carne y no bebes mi sangre no eres digno de serme discípulo, Juan 6:66 dice: "Como resultado de esto, muchos de sus discípulos se apartaron —está la palabra— y ya no andaban con él." No, ni volvieron a estar. Apostaron.
Pablo escribe a Timoteo en su segunda carta, en 2 Timoteo 4:10, le dice: "Demas me ha abandonado, habiendo amado este mundo presente, y se ha ido a Tesalónica." Bueno, hay dos mundos: el mundo terrenal, el mundo que vemos, y el mundo espiritual, las cosas de arriba. A Demas se le presentaron las bendiciones, la esperanza y las promesas del otro mundo. Él amó más este mundo y se apartó. El énfasis que el autor está haciendo es, ah, indirectamente, y quizá no tan indirectamente: hermano, tú no permaneces en este estado de indecisión. Llega un momento en que te vas, sueltas las riendas, lo niegas todo, y ya no hay vuelta atrás.
Entonces, ¿cómo evito que eso me pase? Bueno, está en el versículo 13, al principio: "Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice hoy, mientras haya una oportunidad, exhortémonos unos a otros, no sea que alguno de ustedes se vea endurecido por el engaño del pecado." Ya cubrimos esa parte, pero la recomendación de cómo evito que el pecado me engañe es que pertenezco a una comunidad de creyentes donde estoy en comunión con otros, porque tú me necesitas y yo te necesito. Y tiene que haber un compromiso del uno y del otro de cuidar la santidad de todos nosotros.
Por eso es que en Mateo 18 se nos dice: si alguien peca contra ti, no dice que vayas donde los líderes; tú vas, tú vas con él y repréndelo. Y si él se arrepiente, déjalo ahí, no hay que hacer más nada. Esa es la primera llamada de atención de Dios. Pero si él no te oye, toma dos o tres contigo; no tiene que ir donde los líderes, dos o tres amigos de él. Habla con él, repréndelo, y si te oye, ya no hay que llevarlo más de ahí, déjalo tranquilo. Y si no responde, todavía no quiero abandonarlo. Entonces, ¿qué hago? Bueno, se lo dices a la iglesia, a ver si responde a la iglesia. ¿Te das cuenta? La iglesia entera es responsable de la santidad espiritual de sus miembros.
"Exhórtense." Parakaleo es una palabra fuerte. De hecho, parakaleo se le aplica al Espíritu Santo. Es como la fuerza del Espíritu, por así decirlo, el llamado intenso y persistente que el Espíritu hace a los creyentes unos a otros.
Y el próximo versículo lo vamos a continuar la próxima semana, porque tiene una enseñanza vital que no quiero freír en dos minutos. Te lo voy a leer y ahí te dejo con el aperitivo. Versículo 14: "Porque somos hechos partícipes de Cristo —esos son creyentes— si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad." Lo que dice que verdaderamente una persona es creyente es su permanencia, su permanencia en la obediencia.
Y tú me dirás: "Pastor, pero todo el mundo desobedece." Sí, claro. Pero hay una manera de obedecer después de pecar. ¿Cuál es esa manera? Me arrepiento. Es la permanencia en la obediencia lo que habla de que verdaderamente pertenezco. Juan escribe en su primera carta: "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros." Y la razón por la que salieron de nosotros fue para poner en evidencia que nunca fueron de nosotros.
Wow. Hebreos 6 va a volver a hablar de esto, pero de nuevo, eso es pesado y no quiero freírlo en dos minutos. Pero nos quedamos con que, hermanos, hay un hoy, y este hoy es hoy, hoy, hoy, hoy que yo te estoy hablando. Tú tienes que tomar una decisión hoy, dependiendo de dónde estés. Si el Espíritu de Dios te ha mostrado que no eres creyente, hoy toma esa decisión: entrega tu vida al Señor, confiésale como Salvador y Señor, y dile que te ayude a vivir una vida de obediencia para seguirlo a Él.
Pero si estás alejado, si estás en la periferia, el Señor te manda que estés en el centro. En la periferia del movimiento cristiano, cuando Jesús estaba caminando, nunca pasó nada bueno. Era cerca de Jesús que las cosas pasaban. La mujer que tenía doce años sangrando vino y estaba en la periferia caminando, pero eventualmente tuvo que venir a Jesús. Entonces toma la decisión de acercarte a Jesús. "Pero es que ya estoy en la iglesia." No, no, no. A Jesús. Que puede estar uno en la iglesia, lejos de Jesús.
Si reconoces que tu corazón está endurecido, díselo a Dios, confiésalo, arrepiéntete, pídele que lo ablande, pero no te quedes donde estás, hermanos. Las consecuencias son muy altas, los precios son muy altos. Y sabes qué, recuerda: yo no soy fiscal, yo soy pastor.
Yo te lo estoy diciendo con un corazón pastoral, porque tu vida me duele, tu pecado me duele, tu condición me duele, y tus bendiciones, cuando las disfrutas, yo las disfruto, me gozo en ellas.
Regresa. Acostúmbrate a regresar todos los días. Yo trato de hacerlo al final del día, te lo he dicho un millón de veces: pidiendo perdón todos los días al final del día, porque quiero regresar una y otra vez. La primera tesis de Martín Lutero es que cuando Cristo dijo "Arrepiéntanse", él quiso decir que llevemos una vida de arrepentimiento, no un día de arrepentimiento.
No lo dejes, no te vayas porque no hemos cerrado. Y no te lo digo como un simple cliché; es que la canción que sigue siempre está relacionada al mensaje del sermón, siempre. Y esta de hoy todavía más, porque claramente habla del Espíritu que nos habla hoy y al cual tú necesitas responder.
Padre, gracias porque en tu bondad, en tu perseverancia, en tu benevolencia, en tu misericordia, en tu gracia, tú nos das tantas oportunidades de arrepentimiento. Pero recuérdanos que hay un día cuando la puerta se cierra, y cerrada la puerta no hay entrada.
Hoy, hoy es el momento preciso donde cada uno de nosotros necesita tomar una decisión. Cuando te pares un momento y cantes, quizá aprovecha ese momento para hablar con Dios, arrepentirte, regresar, o venir al centro; o quizás siempre has estado en la periferia, y pedirle perdón por haber estado en la periferia todo el tiempo, y ven al centro. Pero ven cerca de Jesús. Las cosas buenas ocurren cerca de Él, no en la periferia de Él.
Gracias de nuevo por tu Palabra. Prepáranos para la próxima semana y tráenos de regreso a oír tu voz y a responder a tu voz, en Cristo Jesús. Y su pueblo dice: "Amén." Bendiciones.
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