Amar como Dios ama requiere dos cosas: nacer de nuevo y conocer a Dios íntimamente. No basta con la conversión; hace falta cultivar una relación profunda con él, porque existe una conexión directa entre cuánto conocemos a Dios y nuestra capacidad de amar a otros. Cuando tenemos dificultad para amar al hermano, el problema no es el otro ni nuestro temperamento: es un problema de conocimiento de Dios. Una imagen defectuosa de él distorsiona cómo vemos a los demás.
El amor de Dios es radicalmente distinto al nuestro. Nosotros siempre encontramos algo atractivo en aquello que amamos; Dios nos amó cuando éramos sus enemigos, cuando estábamos muertos en pecado, cuando no queríamos saber nada de él. Y cuando quiso manifestar ese amor, no se limitó a hablar ni a prometer: envió a su Hijo unigénito, lo único que tenía, lo más preciado. Cristo dejó la gloria, renunció a sus derechos, y vino no a Roma ni a Atenas, sino a una aldea perdida llamada Belén, por gente desahuciada como nosotros.
Ese es el modelo que Dios pone delante de su iglesia. Amar implica ir la milla extra, ceder tiempo, espacio y derechos, cargar con las consecuencias del pecado del otro como Cristo cargó con las nuestras. Es permanecer en silencio cuando las palabras pueden herir, perdonar cuando nos han herido, dar espacio para que otros crezcan, llorar con el dolor ajeno. El pastor Núñez advierte que Dios probará a su iglesia poniendo hermanos en necesidad a nuestro alrededor, y observará hasta dónde estamos dispuestos a llegar por ellos.
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En el día de hoy vamos a entrar a una sección relativamente larga acerca de esta carta que tiene que ver con el tema de cómo nosotros debemos amarnos el uno al otro. La sección va desde el versículo 7 hasta el versículo 21. Juan ya nos había hablado de esto anteriormente. Nos había hablado en dos secciones anteriores, en una que comenzó en el capítulo 2, versículo 7, y por varios versículos nos habló de este tema. En otra sección que comienza en el capítulo 3, versículo 11, y ahora vuelve a retomar el tema. Pero esta vez de una manera mucho más ampliada, mucho más precisa. Y lo que Juan va a hacer es ayudarnos a entender que si tú y yo pertenecemos a Cristo, nosotros tenemos que estar dispuestos a ir la milla extra el uno por el otro, y nos va a hablar de las razones y motivaciones para nosotros hacer precisamente eso.
Yo quiero hacer las salvedades del inicio: que Juan nos va a hablar ahora acerca de cómo nosotros los hermanos, los redimidos, tenemos que tratarnos, hablarnos, relacionarnos. Y digo eso porque en ocasiones en esta misma carta Juan parece extremadamente severo contra otro grupo de individuos, de personas, y es chocante este contraste entre un grupo y el otro. Pero tenemos que recordar que esas otras personas que Juan había estado debatiendo y contradiciendo, los gnósticos, de quienes le habla abundantemente en esta carta, no son los hermanos. No son llamados hermanos; fueron llamados falsos maestros infiltrados, individuos que con su falsa doctrina estaban tratando de corromper la fe y destruir el cuerpo de Cristo. Para con ellos es severo, y sin embargo para con los hermanos Juan tiene otro trato.
Y con esa introducción yo quiero leer el texto de 1 Juan capítulo 4, desde el versículo 7 hasta el 11: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros."
Hace casi un mes que yo no estaba en este púlpito predicando, por lo menos, y me di cuenta de esa realidad cuando alguien me preguntó que de qué yo iba a hablar en el día de hoy. Yo le dije: "Bueno, continúo mi serie de 1 Juan." Y me dice: "¿Por dónde vas?" Dije: "Capítulo 4, versículo 7." El capítulo 2 lo dejamos atrás hace mucho tiempo. Y ahí me percaté entonces de qué tanto se desconecta el pueblo de Dios con tan solo tres domingos de ausencia cuando tú vienes haciendo una serie. Y parte de mi reto es cómo engrampar, si pudiera usar la palabra, otra vez sin que se sienta como la serie interrumpida, sobre todo cuando el tema del versículo 1 al 6 está diametralmente distinto, opuesto a lo que es el tema de aquí en adelante.
De hecho, muchos de nosotros ni entendemos por qué Juan combinó esos dos temas, porque él pasa de un versículo a otro como si estuviera hablando de la misma cosa, y esos dos temas ni siquiera se parecen. Porque en un caso, del 1 al 6, Juan está hablando de luchar contra los falsos maestros, de denunciarlos, de señalarlos, y en este caso me está hablando ahora de que nos amemos unos a otros. Y para ser honesto, yo estaba un poco perdido de cómo hacer esa unión de temas, sobre todo tres semanas y media después. Pero quizás este párrafo del pastor Steven Cole, que tiene una iglesia en Arizona y cuyos sermones he leído aquí y allá, quizás nos pueda ayudar a hacer la conexión, no solamente para ustedes sino ciertamente aun para mí.
Esto es lo que él dice: "Notemos que el amor no está opuesto a la verdad. Juan acaba de emplear seis versos advirtiéndonos: 'Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo.' Él no dijo: 'Dejemos a un lado estos puntos doctrinales donde estamos en desacuerdo y pongámonos de acuerdo en aquellas cosas donde concordamos, y amemos a aquellos que difieren de nosotros.'"
Ahora nota por qué Steven Cole dice eso: "Esto fue así debido a que estos hombres negaban verdades esenciales acerca de Jesucristo. Juan les llama falsos profetas cuya enseñanza es el espíritu del anticristo. Amar no implica que dejemos a un lado la verdad por amar la unidad. Juan estuvo ahí cuando Jesús oró pidiendo al Padre que sus discípulos fueran uno para que el mundo supiera que el Padre le había enviado, pero él también oyó a Jesús orar: 'Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.'"
A lo que Steven Cole se está refiriendo es que estas personas a las que Juan está haciendo alusión, las que Juan estaba contradiciendo y debatiendo, no estaban comprometiendo verdades triviales, pequeñas del evangelio. Estaban comprometiendo la misma esencia del evangelio, y de comprometer estas verdades la iglesia misma corría la suerte de ser derrumbada de raíz. Y por tanto no se podían poner de acuerdo en las cosas que estaban en desacuerdo porque estaban hablando de la columna vertebral de la fe cristiana. Y a ese grupo Juan llama falsos maestros, y a ese grupo Juan trata de una manera muy severa.
Estas palabras en su segunda carta, capítulo 1, versículos 9 al 11: "Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo." Pongan atención ahora: "Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa ni lo saludéis, pues el que lo saluda participa en sus malas obras." Juan está hablando de personas infiltradas, destructoras, representantes del mundo de las tinieblas, capaces de destruir el mismo cuerpo de Cristo. Y para con ellos es sumamente severo de palabras, pero totalmente distinto cuando del hermano se trata.
Yo creo que nosotros tenemos que aprender a hacer esa distinción porque es importante. Cuando estamos hablando de los hijos de Dios, cuando de los hijos de Dios, los redimidos de Cristo, se trata, no estamos hablando de amar la verdad a expensas del hermano ni amar al hermano a expensas de la verdad. No estamos hablando de amar al hermano divorciado de la verdad. No, no, no. Estamos hablando de amar al hermano a través de la verdad. Porque es precisamente esta verdad que ha sido inspirada por el Espíritu de Dios la que me manda, me ordena, que yo tengo que amar al hermano de tal forma que si yo amo esta verdad tengo que amar al hermano de quien esta verdad me está hablando. Y es por eso que estamos hablando de que tenemos que amar al hermano a través de la verdad, y eso es otra cosa. Es otro panorama totalmente distinto.
Para el día de hoy, como es nuestra costumbre a lo largo de esta serie, hemos estado eligiendo una palabra clave y hemos estado haciendo una o dos preguntas. La palabra clave que yo he querido elegir para este mensaje es "amémonos." Yo no quiero elegir el verbo amar en su infinitivo; no quiero elegir la palabra o el sustantivo, el nombre, amor. Yo quiero elegir esa palabra "amémonos." Cuando Juan dice "amados, amémonos," agapetoi es la palabra para "amados," derivado de agape. Amados, amémonos. Y la razón por la que yo quiero elegir esa palabra es porque esa palabra enfatiza más que un sentimiento: una acción. Esa palabra enfatiza algo que yo tengo que hacer contigo y que tú estás obligado a hacer conmigo. De manera que para hoy esa es nuestra palabra clave.
Y como el texto me dice, que es como termina donde yo terminé el texto hoy, como el texto me dice que yo tengo que amar como Cristo nos amó, yo quiero hacer dos preguntas para que las exploremos a la luz de este evangelio, de este texto destacado. Número uno: ¿qué se requiere para amar como Dios nos amó? Y número dos: ¿cuál es la verdadera manifestación del amor?
Comencemos con la primera: ¿qué se requiere para amar como Dios nos amó? La respuesta está aquí mismo en el versículo 7, que fue el primer versículo que yo leí: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama —escucha— es nacido de Dios y conoce a Dios." De manera que Juan me dice que hay dos requisitos para yo amar como Dios amó, y no me lo une en uno solo. Yo tengo que nacer de nuevo y yo tengo que conocer a Dios.
En cierta medida esas dos cosas implican una misma: cuando yo nazco de nuevo, bueno, pues estoy conociendo a Dios. Sin embargo, desde otro ángulo no son la misma cosa, o de lo contrario Juan no lo hubiese unido por la conjunción "y." Porque si yo nazco de nuevo ahora a las 11 de la mañana, esta tarde yo no estoy amando como Dios ama, y sin embargo como ya nací de nuevo en cierta medida conocí a Dios. No, no, eso toma tiempo. Yo tengo que desarrollar una relación de intimidad a lo largo de los años, y en la medida en que yo le conozco íntimamente, en esa medida yo comienzo a aprender a amar como Dios amó.
Otra ilustración: si mañana a esta misma hora, habiendo yo nacido de nuevo ahora mismo en este instante, a las 24 horas yo no puedo amar como Dios ama porque yo no le conozco. Yo no puedo conocer a Dios tan rápidamente; no le puedo conocer íntimamente tan rápidamente para que en un periodo de 24 horas mi conocimiento de él me haya cambiado y transformado. De manera que hay una relación directa entre cuánto yo conozco a Dios, cómo le veo, y mi capacidad para amar a otros.
Yo tenía una reunión con alguien ayer, un consejero profesional, pastor, que vive en Estados Unidos y está de visita aquí. Hablamos diferentes cosas, y en un momento dado él me decía: "¿Sabes qué? Si hay algo que yo he aprendido..." —él ha dedicado su vida a ayudar líderes— "...todos los problemas de las personas derivan de una imagen, una concepción defectuosa de la imagen de Dios."
Y él agregaba y decía: "Si la imagen de Dios y el concepto de la imagen de Dios está mal, todo está mal. Y si el concepto de la imagen de Dios está bien, todo está bien." Yo no lo había pensado en esas categorías, en esos términos, pero antes de terminar sus palabras inmediatamente yo pude ver la veracidad de lo que él acababa de decir. Algo hizo un clic en mi mente desde el día de ayer, y por las próximas semanas yo estaré meditando, rumiando, acerca de esta gran verdad.
Escúchame, cuando yo tengo dificultad en amar al hermano, yo tengo una concepción defectuosa de la imagen de Dios. Hay algo de esa imagen que yo no la estoy viendo en su propia dimensión. Esa es la razón por la que Cristo nunca tuvo problemas con amar a los demás, porque era la imagen perfecta de Dios mismo. Del mismo Dios. Y como esa imagen en él siempre estaba clara y completa, él nunca tuvo problema ni con las personas ni amando a los demás. Solamente tú y yo hacemos eso.
De manera que mientras más conozco a Dios, más fácil, más natural me resulta amar a las personas. De hecho, el versículo 7 me deja ver algo de eso y me dice el porqué. Pero ¿por qué mientras más conozco a Dios más fácil me resulta amar a las personas? Por ejemplo, el versículo 7 lo dice: porque el amor es de Dios. Y de la misma manera, mientras menos conozco a Dios, más dificultad yo tengo en amar al otro.
Alguien pudiera preguntar: ¿de qué forma la imagen de Dios me ayuda a mí a tener menos problemas o amar de una mejor forma que la que hasta hoy yo había podido hacer? Es bien sencillo. Mientras mejor veo a Dios, peor yo luzco. ¿Sí o no? Absolutamente. Mientras peor yo luzco, más humilde soy, menos crítico, más tolerante. Mientras menos conozco a Dios —vamos a darle la vuelta a la moneda ahora— mientras menos conozco a Dios, mejor yo luzco. Mientras mejor yo luzco, peor lucen los demás. Mientras peor lucen los demás, menos yo quiero amarles. ¿Sí o no? Sean honestos conmigo ahora. Esa es la realidad, la tuya y la mía.
Dios no ama de esa manera. Dios ha revelado que amamos de una forma muy distinta a como Dios ama. Cuando Dios ama, Dios no ama porque hay nada en nosotros o en algo para él amarles que le resulte atractivo y llamativo, como es nuestro caso. Dios le dice a la nación de Israel en Deuteronomio 7, a partir del versículo 7, 8 y adelante, le dice: "A ver, que cuando te amé no te amé porque tú eras más grande, mejor, más hermoso que los demás pueblos. Absolutamente nada de eso." Entonces, ¿por qué me amaste? Porque yo me lo propuse, porque yo quise poner mi amor sobre ti, pero no había absolutamente nada en tu condición que fuera atractivo para mi persona.
Nosotros no amamos de esa manera. En todos los casos que nosotros amamos, hay algo que a mí me ha llamado la atención, que me ha cautivado. No importa si tú dices: "Ah yo, yo amo a mi perro." Bueno, hay algo en el perro que a ti te llama la atención, que va desde cómo él te da cariños, mueve su cola, cómo te recibe, pero hay algo en él que hace que tú le ames. ¿Cuánto amo a mi esposa? Si la primera vez que la viste, había algo en su físico que te atrajo, que tú dijiste: "Me gusta." Dios nunca ha dicho: "Qué atractivo es esto." Pero nosotros siempre tenemos algo que nos motiva para nosotros amar. Nuestro amor es muy interesado. El amor de Dios es totalmente distinto.
Cuando Dios me amó, Dios me amó cuando yo no quería saber de él. Cuando yo era su enemigo. Cuando yo no tenía el menor interés en hablar con Dios. Cuando yo estaba muerto en delitos y pecados, y si ustedes son conscientes, usted sabe lo poco motivador que es la cara de un muerto para hablar con él. Ya estaba muerto cuando Dios me habló. Dios me habló en medio, me amó en medio de mi rebelión, en medio de mis prejuicios, en medio de mi orgullo. Cuando yo estaba condenado, destituido de su gloria. Cuando yo estaba lejos de su reino y construyendo el mío. Dios me amó cuando yo era débil. Cuando yo estaba alejado de todo lo que podía representar a Dios y no quería acercarme. Cuando yo era un necio. Cuando yo no sabía ni siquiera de lo que estaba hablando. Él me amó cuando yo no le amaba.
Y Dios dice: "Ahora que tú sabes eso, yo quiero que entiendas que yo te estoy pidiendo a ti, que eres mi redimido, que ames como yo amo y te amé." Yo tengo cuatro, cinco meses reflexionando sobre todo lo que eso implica para mí. No voy a hablar de ustedes, hablando de mí ahora. Yo voy a compartir contigo lo que yo he estado reflexionando.
Nosotros no amaríamos a nadie que lo hiciera de la manera que yo acabo de describirnos de nosotros mismos. Es más, no amaríamos a nadie que tuviera la mitad de esas características. Porque esas cosas nosotros no nos van a llamar la atención. Al contrario, vamos a sentir como que lo repelemos, lo rechazamos. Y ahí fue donde Dios te encontró.
Déjame leerte lo que Juan dice una vez más. Yo lo leía, pero: "Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios." Primera de Juan me lo dice en la forma positiva: el que ama es porque conoce a Dios. Y luego en el versículo 8 me lo dice en la forma negativa: y el que no ama no conoce a Dios. De manera que Juan me está diciendo que cuando yo tengo dificultad en amar, mi problema no es el otro, mi problema no es mi temperamento, es un problema de conocimiento de Dios. Y por tanto, la imagen de Dios que tengo, que he formado, es defectuosa. Pero si la imagen de Dios es defectuosa, todos los demás lucen también defectuosos.
¿Qué se requiere para yo amar como Dios? Dame la primera pregunta. En primer lugar, yo tengo que nacer de nuevo. En segundo lugar, yo necesito conocer a Dios. Pero tienes que conocerlo íntimamente, lo cual requiere una relación cultivada, nutrida. Esa es la palabra: tengo que nutrir mi relación con él.
Segunda pregunta, donde vamos a emplear el resto del tiempo que nos queda: ¿cuál es la verdadera manifestación del amor? Oye lo que Juan dice, te lo voy a leer una vez más: "En esto se manifestó..." Cada vez que tú oyes algo como esto, "en esto se manifestó", presta atención, porque lo que viene se supone que es claramente una definición clara de "en esto". "En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados."
Oye lo que Juan no nos está diciendo. Juan no dice que Dios nos ha amado y manifestó su amor cuando habló, cuando nos creó, cuando nos prometió el cielo y la tierra. Bueno, me está diciendo eso. Juan me está ayudando a entender un concepto que yo le he oído tantas veces, pero que yo le ruego a Dios en esta mañana impacte nuestros corazones de una manera distinta. Y es que Dios, cuando quiso manifestar su amor, él envió. Él no solamente habló. Él no solamente prometió. Él envió. Él fue. Él actuó.
Pero, ¿a quién fue que Dios envió? Porque eso hace toda la diferencia del mundo: al unigénito. Juan no dice que cuando Dios quiso manifestar su amor para nosotros, mandó uno de sus ángeles. Él tiene muchos de ellos. No dice que él mandó a Gabriel, el ángel mensajero del reino de los cielos, el cartero —bueno, ya no se usa eso. No nos dice que él envió a Miguel, el arcángel. No, que Dios tenía un único, el unigénito. En inglés: "the one and only". En griego: "ton monogenés". La única cosa que Dios tenía, lo más preciado. Pero no solamente lo más preciado, era único. Y él envió a eso único que él tenía por individuos desahuciados.
Y ahora Dios me dice: "La próxima vez que tú quieras saber cómo es que yo debo amar, tú miras la cruz y no pronuncias palabras. Tú tienes la respuesta. Yo envié a mi monogenés, mi unigénito."
Ahora, escúchenme. Abraham estuvo dispuesto a sacrificar su unigénito también, pero no es lo mismo. Porque cuando Abraham lo iba a hacer, lo iba a hacer por Dios, y por Dios todo vale la pena. Cuando Dios lo hizo, Dios no lo hizo por Dios. Lo hizo por el hombre pecaminoso, rebelde, condenado, desahuciado, esclavo, enemigo de él. Y entregó no a un ser humano, como Abraham iba a hacer, sino a Dios mismo en la persona de su Hijo.
Y entonces, cuando él vino como ese unigénito, él dejó el cielo, él dejó la gloria, él dejó atrás todos sus derechos. Y Cristo entonces no reclamó uno solo de esos derechos, ni cuando nació, ni cuando vivió, ni cuando murió. Y si nosotros somos conscientes, tenemos que admitir que —yo no quiero decir en todos los casos, pero si no en todos, casi en todos— cuando estamos reclamando nuestros derechos, es la carne la que habla. Y si no es la carne, es el enemigo incentivando la carne, motivando la carne para que pueda hacer la reclamación de lugar. Raramente es Dios que hace esa reclamación.
Cuando se está hablando aquí que cuando de mi hermano se trata yo tengo que ir la milla extra, Cristo no solamente fue la milla extra. Cristo fue al mundo extra, al otro mundo. Él abandonó la eternidad y vino a habitar la temporalidad. Él dejó en un momento dado de llenar cada pulgada cuadrada del universo para introducirse en un útero pequeñito y luego pasar por un canal contaminado.
Y cuando él vino, él vino a llenar nuestras necesidades. Y Dios me dice: "¿Ok? ¿Tú viste a qué vino mi Hijo? ¿Tú has oído lo mismo? Yo te estoy enviando a que hagas lo mismo." Es su implicación. Entonces ahora, cuando yo veo a mi hermano en necesidad, no es suficiente decirle: "Ay, hermano, qué pena, yo voy a orar por ti." Dios no estaba en el cielo viendo nuestra condición de necesidad y le dijo al Hijo: "Qué pena, oremos por ellos." Él vino. Él actuó.
Oye lo que dice Santiago 2:15: "Si un hermano o una hermana..." Recuerda que la palabra hermano tiene el contexto de un redimido comprado por la sangre de Cristo, hijo de Dios, a la misma altura que tú, independientemente de su condición social o de su preparación. "Si un hermano o hermana no tiene ropa y carecen del sustento diario..."
Y uno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y saciaos", pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? ¿De qué sirve la fe cristiana? ¿De qué sirve que tú y yo nos llamemos hijos de Dios?
Yo ya hace unos meses atrás que es lo que he estado meditando sobre esto, una frase que usted ha oído múltiples veces en otros contextos. Yo la vi en este contexto de la fe cristiana y lo vi en un video bien corto del pastor Piper que decía: ser cristiano implica que yo voy a estar ahí para ti y tú vas a estar ahí para mí, todo el tiempo, independientemente de las circunstancias, por el tiempo que sea. Yo estaba meditando sobre eso porque si nosotros, que decimos que tenemos la tercera persona de la Trinidad que mora en nosotros, el poder que levantó a Cristo de entre los muertos, si nosotros decimos que tenemos a ese poder, en la tercera persona de la Trinidad, habitando en nuestro interior y no somos capaces de hacer eso por aquel a quien Cristo redimió con su propia vida, entonces esta fe cristiana no vale la pena seguirla, no es digna de ser seguida, no es digna de ser respetada, de hecho no es digna de ser proclamada.
La Iglesia Primitiva vivía de otra manera. Sus posesiones fueron vendidas y fue necesario. Cuando Cristo vino, él no vino a un palacio real, él vino a un establo. Cuando Cristo vino él no nació en Roma, no nació en Atenas. Tenía el derecho de haber nacido en la gloria del mundo, no, él nació en Belén. Belén, ¿y dónde está eso? Es una aldea perdida de Palestina, que tampoco se conocía gran cosa de Palestina, de esa área.
¿Por qué menciono eso? Porque es muy fácil cuando alguien te llama, un hermano te llama que vive en Miami, se quita del molde. Es mañana, estoy en necesidad. Oh hermano, voy a ir a ayudarte. Muy fácil esa. Pero cuando alguien que vive en un lugar dificultoso está en necesidad... El hermano vean, Cristo vino y se fue a Belén, no a Roma, no a Atenas, y lo hizo por gente como tú y como yo.
Lo que Dios me ha estado hablando es que sabes qué, tu iglesia y la iglesia dominicana y la iglesia en países como los tuyos, no la van a perseguir, no la van a probar persiguiéndola porque esos no son los regímenes políticos que ustedes tienen. Pero yo la voy a probar. Yo voy a poner hermanos dentro de ustedes, a quienes aman, en necesidad, y yo los voy a poner al lado y de frente y por atrás y en todos los lugares, y yo voy a ver hasta dónde tú estás dispuesto a llegar por tu hermano en necesidad. De manera que aquí va a quedar todo el mundo bajo prueba. Yo quiero saber hasta dónde tú estás dispuesto a valorar la vida de tu hermano como yo la valoré cuando di mi unigénito. ¿Por qué? Es de él que yo te estoy hablando. Lo que yo hice por él, yo quiero saber hasta dónde tú estás dispuesto a hacer por esa persona.
Anoche yo hablaba con alguien tarde de la noche. Me pedía que hiciera algo que yo realmente no podía o no debía, entendía yo. Y le di las razones que él entendió muy bien, me entendió. Yo cerraba y sigo dándole la última forma a este mensaje cuando me doy cuenta de que yo tengo que predicarme ese mensaje en ese mismo momento. Llamo a mi esposa, le explico, digo no, él me va a llamar en un rato pero yo no voy a esperar que me llame, yo lo voy a llamar. Lo llamo, digo fulano, yo estoy disponible. No, pero no queremos cargarte con eso, no es de esta iglesia. Ok, porque incluso es un problema de tu iglesia. Escucha, escucha, si tú eres mi hermano, este problema es mi problema. Si este problema es mi problema, Cristo quiere saber cómo es que los supuestos hermanos van a tratarse unos a otros.
A veces decimos, te lo he dicho, yo no he estado cómodo estando viviendo todo el tiempo, pero eso es como nuestra carne, todos nosotros lo hemos dicho. A veces hemos dicho: bueno, para qué ayudarlos, total ellos están ahí producto de su pecado. ¿Lo has pensado alguna vez, que cuando Cristo te encontró tú estabas en una condición producto de tu pecado también? Imagínate que el Padre le diga: ¿Sabes qué, Hijo? No vayas, no es necesario, ellos están ahí producto de su pecado. Cada vez que arribas en los cielos, ¿tú has pensado que casi invariablemente cuando tú vas donde Dios para que te ayude con alguna situación, tú estás en esa situación producto de tu pecado? A veces de ira, a veces de orgullo, a veces de mala administración, a veces de envidia, de celos, de conflictos internos.
Cuando tú le pides perdón a Dios, sabes que tú has ido donde Dios con una condición producto de tu pecado, le estás pidiendo que te ayude. Entonces si tú no piensas que este hermano que ha caído en una condición producto de su pecado es digno de ayuda, entonces ¿por qué tú piensas que puedes ir donde Dios a pedirle ayuda con tus situaciones que han resultado producto de tu propio pecado? ¿Te das cuenta cómo no nos damos cuenta de cómo vivimos?
Dios me ha estado hablando de todo eso y más. Otras veces como hemos dicho: bueno, es que me dijeron a última hora, no me han avisado, ellos tienen que aprender porque si los ayudamos ahora entonces nunca van a aprender. Y puede ser que haya un momento para eso, yo no digo que no, no vamos a ser tan simplistas tampoco. Pero el Señor me traía múltiples eventos a mi mente esta semana. Me mostraba otra vez las bodas de Caná, que tú no tenías nada que ver con esta boda, no le avisaron, no le preguntaron, no le pidieron que preparara esta boda, ni le dijeron que calculara el vino, pero se acabó el vino a última hora. Y en esta cultura, que el vino se terminara en medio de la celebración era una gran vergüenza. Y cuando María lo aborda, si ciertamente quería glorificarse a sí mismo, siempre es así, cada vez que Dios actúa en tu vida o en la mía siempre anda buscando glorificarse a sí mismo, no importa, de manera que eso no sería excusa ahora.
La única razón por la que Cristo convirtió el agua en vino fue para sacar a esta familia de su vergüenza, del punto de vista humano, y el resultado: glorificado. Y en ocasiones amar a mi hermano es simplemente ir para sacarlo de su vergüenza. Que total eso fue lo que Dios hizo con Adán, porque tan pronto él pecó, él se llenó de vergüenza y Dios tuvo que venir a cubrirlos y hacer el resto de la historia para sacar a sus descendientes de su vergüenza.
Oye, lo que Mateo, lo que Cristo dijo en el Sermón del Monte, que será nuestra próxima serie después que terminamos con Primera de Juan, en caso que Dios no haya dicho lo suficiente en esta: cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos. Tú conoces eso, tú lo has oído mil veces esa historia, pero mira qué es lo que en esta semana me llamó la atención. Eso es para con el que me obligue a ir una milla, que vaya dos. Hasta cuántas millas yo debo ir con aquel que no me está obligando, que es mi hermano, que tú compraste, que está en necesidad y que no me lo está demandando. Porque este es el que está peleando conmigo, me lo está demandando, ve a dos millas. Que yo fui de un mundo a otro, ese es Cristo.
El problema es que vivimos muy cómodos, muy planificados, muy orquestados. Mi tiempo, mi espacio, mi lugar, mis derechos. Pero esa no es la manera como Cristo vivió. No queremos hacer sacrificio, no queremos salir de nuestros patrones, y Cristo vino y renunció a todo eso. Y no solamente eso, estuvo dispuesto a ser importunado precisamente para beneficio del otro.
Pero el versículo anterior, en Mateo 5:40, dice: "Y al que quiera quitarte la túnica, déjale también la capa." El que quiera quitarte eso que tú tienes, dárselo. No solamente la túnica, la capa también. ¿Qué es lo que necesitas? El que te quiera quitar, en otras palabras, ese es el que está peleando contigo, déjalo. ¿Cuántas túnicas y capas yo debo darle a aquel que no está peleando conmigo, que está en necesidad, y yo sé que es mi hermano, que lo necesita, y por quien Cristo murió? ¿Cuántas capas yo debo estar dispuesto a quitarme? Nada. ¿Qué es lo que te causa problema? ¿Qué es lo que tú necesitas? ¿Qué es lo que te sirve de estorbo? Esto me lo quito.
Pero ¿por qué? ¿Por qué siempre tengo que ser yo? Tan pronto yo hago esa pregunta, yo sé que he dejado de amar. Porque Cristo no me está hablando a mí a que haga en referencia a lo que el otro hace, me está hablando a mí independientemente de lo que el otro hace. Y amar implica no solamente ceder mis pertenencias, mis derechos, mi tiempo, mi espacio, a veces mi propia vida. Eso es la historia de Cristo, él cedió su propia vida.
Poniéndonos prácticos, tú y yo tenemos que recordar que amar es sumamente práctico. ¿Y cómo yo vivo eso, o cómo yo lo pongo en acción, cómo lo pongo en práctica? Bueno, déjame dar otro evento de la historia de Cristo. Juan 4:1-3: "Por tanto, cuando el Señor supo que los fariseos habían oído que él hacía y bautizaba más discípulos que Juan, aunque Jesús mismo no bautizaba sino sus discípulos, salió de Judea y partió otra vez para Galilea." Cuando Cristo vio que se estaba por producir un conflicto entre los fariseos y los discípulos y este chisme y esto, Cristo dice: no, no, yo abandono el espacio, yo abandono el espacio. Juan, quédate, por favor, quédate, yo me voy, yo me voy. Yo puedo ser el príncipe, yo puedo ser el Mesías, yo puedo ser el Redentor, pero Juan, escúchame, no se trata de eso. ¿Sabes de qué se trata? De que tú y yo nos amamos, y yo te amo tanto para dejarte el espacio. Estos juntos se llevan utilizando, olvidémonos de estos fariseos. Cristo no solo se sacrificó en la cruz, no solo se sacrificó en el establo cuando nació, Cristo vivió cediendo su tiempo, su espacio, su lugar, sus derechos, su vida al final.
Mire este otro evento. En este otro evento de la vida de Jesús, la razón por la que estoy yendo sobre un evento tras otro es porque el mandato en el texto es amar como Dios nos ha amado, y si yo no lo veo en la práctica, yo no sé cómo vivirlo. Porque a mí no me van a pedir que muera en la cruz, entonces ¿qué es lo que me van a pedir? Que muera día a día en beneficio de otros. Yo tengo que verlo ahora, cómo Cristo lo hizo, para saber cómo es que yo lo voy a hacer.
En esta ocasión, en Marcos 6, Cristo mismo se acerca a los discípulos y los quiere sacar del lugar por las multitudes. Eran muchas que venían continuamente, y dice el texto que estaban cansados. Cristo les dice: "Vamos a descansar." Y en el versículo 31 hay un paréntesis que yo no sé cómo lo había olvidado, pero yo quiero mencionarlo, porque resulta que Cristo se los está llevando a descansar por algo que el paréntesis dice. Dice: "Porque ni siquiera tenían tiempo para comer." Lo básico no lo podían hacer. Así que vámonos. Pero cuando se van, las multitudes se enteraron para dónde Cristo iba y le cayeron atrás.
Y cuando Cristo viene con sus discípulos ahí a descansar y a comer, y él mira para atrás, ahí están las multitudes otra vez. Los discípulos, que no saben amar como Cristo ama, dicen: "Maestro, ya está tarde, en la tarde. Despáchalos, que se vayan por ahí a conseguir algo, que vayan a comer algo por ahí y se encuentran una pizzería abierta. Pero despáchalos, que ya está tarde. Además estamos cansados, Maestro, no hemos ni comido."
Y el texto dice que Cristo... Probablemente usted piensa que lo próximo es que Cristo los mandó a sentar para darles comida, pero eso no fue lo próximo que Cristo hizo. El texto dice que Cristo miró las multitudes. Eso fue lo próximo. Y tuvo compasión de ellas. Vio sus rostros, vio su dolor, sus heridas, su desencanto, su desesperanza. Y cuando los vio se compadeció de ellos. Y no habiendo comido y estando cansados, algo en su interior lo movió. "No, esta vez no. Esta vez no, discípulos, yo lo siento. Estamos cansados, no hemos comido, pero el dolor de sus rostros..." Dice que los vio como ovejas sin pastor. "Mándenlos a sentarse, los vamos a pastorear ahora. Después descansamos, después comemos. Ahora es el tiempo de ellos."
La razón por la que tú y yo no hacemos eso, la razón por la que los discípulos no hicieron eso, no es simplemente porque ellos no aman como Dios ama. Es que no miramos las multitudes. Nosotros pasamos de largo de las multitudes. Nosotros ignoramos las multitudes. No les preguntamos a las multitudes. Y la razón por la que no lo hacemos es porque si nos paramos y nos detenemos a ver el rostro, yo sé que voy a encontrar dolor, necesidad, lo cual me va a hacer sentir culpable. Y yo no quiero sentirme culpable. Entonces, para no sentirme culpable, yo voy a tener que hacer algo. Pero yo no quiero hacer algo. Y si lo voy a hacer, no lo quiero hacer en este momento, porque es un momento que me va a incomodar, no es oportuno para mí. Yo quiero hacerlo en otro momento. "Maestro, manda las multitudes que coman algo por ahí. Cítalos para mañana, nueve y media. No muy temprano tampoco, Maestro, porque no es que levantarse tan temprano tampoco." Cada uno tiene su forma.
Si tú y yo vamos a amar como Cristo nos amó, eso implica que tú y yo vamos a tener que aprender a importunarnos múltiples veces. Vamos a tener que ir muchas millas extras. Vamos a tener que estar dispuestos a ofrecer lo más preciado si es necesario. Vamos a tener que aprender a ceder mi espacio, mis derechos, mi lugar, mi tiempo. Porque el modelo que me han dejado es la entrega de un unigénito, de un único. Y Cristo me dice: "Tú, mi unigénito. Así como yo te he amado." Porque el texto dice que Cristo, que Dios, manifestó su amor en que envió a su Hijo, versículo 9, en que envió, versículo 10, versículo 11: "Así amémonos ustedes." ¡Wow!
Y el versículo 11 me dice que Cristo hizo eso para que yo viviera por medio de él. Claro que tengo que vivir por medio de él, porque yo estaba muerto. Si me deja así, me quedo muerto. Yo tengo que por medio de él volver a la vida. Pero luego que yo vuelvo a la vida por medio de él, Dios entonces ha enviado su Espíritu que mora en mí para que yo viva esa vida ahora entregada u otorgada por medio de su Espíritu. Y entonces el amor que no tengo, el Espíritu que mora en mí está supuesto a producirlo.
Y si no está siendo producido, hay dos posibilidades. No creo que hay muchas más. Una: o no tengo el Espíritu dentro de mí. Dos: quizás lo tengo, pero yo no estoy viviendo por medio de él. Porque cuando yo vivo por medio de él, resulta que el Espíritu produce en mí el primero de los frutos, o del fruto del Espíritu mencionado en Gálatas 5:22, que es amor. Es un fruto del Espíritu. Tan pronto yo vivo por medio de él, el Espíritu comienza a producir su fruto.
Ahora nota que el texto en el versículo 10, y ahí para ir cerrando —aunque Pablo decía "finalmente" y le faltaba mucho por terminar la carta, entonces todavía me queda algo— dice que envió a su Hijo como propiciación. Eso implica calmar la ira, calmar la ira de Dios contra pecadores, contra el pecado en mi vida. De tal manera que cuando Dios envía a su Hijo, envía a su Hijo porque él, Dios Padre, está airado con el pecado del hombre y necesita llevar a cabo su justicia de tal manera que su ira pueda quedar aplacada. Y cuando lo hizo, entonces su Hijo cargó con las consecuencias de mi pecado.
Ahora nota cuál es la relación que te estoy haciendo: él envió a su Hijo como propiciación por nuestro pecado, dice el texto en el versículo 10. Inmediatamente después: ámense como Dios los ha amado. ¿Qué implica eso? Que yo voy a tener que cargar, si voy a amar a mi hermano, con las consecuencias de su pecado. Muchas veces. ¿Cómo cargo con las consecuencias de su pecado? A veces es en sacrificios, a veces en lágrimas, a veces en esfuerzo, a veces cediendo derechos, y a veces en monedas. Porque Dios ha cargado con las consecuencias de mi pecado muchas veces, y él me está diciendo que yo tengo que amar de la misma manera.
Ahora yo tengo una mejor idea de lo que implica amar en términos prácticos. Déjame, en la medida en que traigo esto hacia el final y hacia la conclusión, decirte cómo más en términos del día a día se supone que ese amor se ve a través de la vida de Jesús desenvolverse.
Amar es permanecer en silencio cuando tú sabes que tus palabras pueden herir, independientemente de cuán ciertas sean. Como Cristo permaneció en silencio cuando en el aposento alto ninguno de sus doce egoístas discípulos estuvo dispuesto a lavar los pies de aquellos que venían entrando. Y Cristo, sin pronunciar palabra, pudiendo haber pronunciado los sermones más elocuentes y haber estado en la verdad, sabiendo que en poco tiempo ellos estarían altamente dolidos por su ausencia, no pronunció una sola palabra. Tomó una vasija, tomó una toalla y lavó los pies de cada uno de ellos.
Amar no es solamente permanecer en silencio cuando tú sabes que tus palabras pueden herir. Amar es perdonar cuando las palabras del otro te han herido. Como Jesús hizo cuando escuchó a Pedro decir: "No, no le conozco. No, no le conozco. ¡Maldita sea, no le conozco!" Esto está en el texto así mismo. Y Cristo está en la hora donde todo el mundo le ha abandonado, oye estas palabras y simplemente ve a Pedro. Permanecer en silencio, morir, resucitar, y las primeras palabras fueron: "Id y decid a mis discípulos, y a Pedro, que les espero en Galilea." Y de ahí en adelante, nosotros sepamos, Cristo jamás le volvió a hablar a Pedro de su negación.
Cuando Cristo lo restaura no le dice: "Pedro, ¿me amas?" "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." "¿Te acuerdas, Pedro, de cómo me negaste? Me negaste tres veces. Que nunca lo olvides, que cuando yo parta te quede claro de que jamás tú puedas hacer promesas de ese tipo." No. Pedro aprendió la lección. Y amar es perdonar cuando las palabras te han herido.
Amar es lucir como sordo —no ser sordo, lucir como sordo— cuando se habla del pecado del otro. Como Cristo hizo cuando oyó a Simón el fariseo hablar del pecado de esta mujer prostituta. No, él no estaba sordo. No, él sabía lo que estaba ocurriendo. Él sabía lo que ella era. Pero se hizo como si no lo hubiese escuchado, porque el amor no difunde el pecado de otro.
Amar es dar espacio para que otros crezcan, como Cristo lo hizo con Juan el Bautista. "Juan, quédate. Sigue creciendo en tu función. Yo no necesito este espacio. Yo me voy."
Amar es ser paciente ante la impaciencia de otros. Como el día que Cristo quería entrar a Samaria y no le recibieron, y Juan y Jacobo, los hijos del trueno, querían ya quemar la villa de Samaria, hacer llover fuego del cielo, como si ellos hubiesen tenido ese poder en ellos. ¿Cristo sabes lo que les dijo? "Ustedes ni siquiera saben de lo que están hablando. Mejor ni hablen. Ya no sigan." No dijo más nada.
Amar es llorar con el dolor del otro. Como Cristo vio a Marta y a María ante la tumba de Lázaro llorando, y él lloró también. Él no estaba llorando por Lázaro; vino a resucitarlo. ¿Y lo va a sacar a Lázaro de la tumba en unos momentos? Él simplemente vio a María y a Marta que no sabían lo que el Señor iba a hacer, con tanto dolor, y él se dolió con ellas.
Amar es restringir tu poder, el que puedes usar en ocasiones con derecho, como Cristo lo hizo en la cruz, donde él pudo haber ejercido su poder y suplirla, haber eliminado a todos sus enemigos.
Para amar, nuestra mente necesita entender lo que es amar. Nuestro corazón necesita experimentar lo que es el amor de Dios, porque no puedo dar lo que no tengo. Y nuestras voluntades tienen que ser movidas a la acción: mente, corazón, voluntad. Yo no sé lo que es amar, yo no sé lo que es demostrar el amor, hasta que yo no vaya y haga y actúe. Yo no sé lo que es amar hasta que yo no dé hasta que me duela. Yo no sé lo que es amar hasta que yo no llegue... Y al Padre le dolió entregar a su Hijo. Y yo no sé lo que es amar hasta que yo esté dispuesto a cargar con las consecuencias del pecado del otro, como mi Dios cargó con las consecuencias de los míos más de una vez.
¿Entiendes ahora lo que implica "amémonos unos a otros"? ¿Entiendes ahora lo que es la ordenanza "como yo os he amado, amaos los unos a los otros"? Este es el aura de la prueba de parte de Dios. Y en la medida en que la iglesia crece, las pruebas sobreabundarán. Y en esa prueba, un servidor suyo no quiere quemar. Porque al igual que en los colegios y en la universidad, cuando te quemas en la prueba, tienes que tomar la materia otra vez. A nadie lo pasan reprobado.
Yo creo que Dios nos está llamando a seguir durando como iglesia, seguir creciendo y seguir siendo formados a la imagen de su Hijo.
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