La oración que Dios responde no es aquella que busca torcer su voluntad, sino la que se alinea con ella. Primera de Juan 5 presenta esta verdad con claridad: si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye. Esto plantea una pregunta inevitable: ¿cómo encontrar esa voluntad? La respuesta comienza con cuatro premisas: Dios desea revelar sus propósitos, su carácter, sus caminos, y lo hace de manera progresiva. No esconde su voluntad; la revela a quienes están dispuestos a recibirla y responder en fe.
Romanos 12 ofrece el camino: un cuerpo entregado como sacrificio vivo, una mente que resiste los patrones del mundo y se renueva continuamente. Pero estas condiciones no compran el favor divino; ese derecho ya fue ganado por Cristo en la cruz. Lo que la obediencia permite es disfrutar lo que él ya conquistó. Por eso toda oración genuina termina "en el nombre de Jesús": un reconocimiento de que solo sus méritos abren el acceso al Padre.
El propósito de la oración no es devengar beneficios, sino cultivar intimidad, recibir dirección, calmar la ansiedad y ampliar la perspectiva para ver la vida como Dios la ve. Getsemaní lo ilustra perfectamente: allí Cristo sudó gotas de sangre mientras decía "hágase tu voluntad y no la mía". Ese es el lugar donde muere la última fibra de nuestra voluntad, donde la oración adquiere poder. No cuando llegamos al huerto con los once discípulos, ni cuando nos quedamos con los tres más cercanos, sino cuando estamos completamente solos con Dios, dispuestos a entregar todo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
1 Juan 5:14. Y esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cualquier cosa que pedamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho. Si alguno ve a su hermano cometiendo un pecado que no lleva a la muerte, pedirá por él, y Dios dará vida a los que cometen pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que lleva a la muerte; yo no digo que se debe pedir por eso. Toda injusticia es pecado, y hay pecado que no lleva a la muerte.
Padre, gracias por tu Espíritu. Te pedimos que seas con nosotros una vez más; ayúdanos a entender este texto, que en parte está muy claro y en otra parte un tanto oscuro. Te pedimos que tú lo puedas clarificar para nosotros, seres mortales que vivimos todavía en este cuerpo de tanta limitación. Gracias te damos por tu Espíritu que mora en nosotros, y pedimos que por el mismo Espíritu tú nos puedas abrir el entendimiento, Dios. Que puedas abrir la palabra y que la palabra pueda arder en nuestros corazones, como te decíamos en el culto anterior, de la misma manera que ardían los corazones de los discípulos de Jesús cuando tú ibas, Jesús, caminando con ellos y les abrías la palabra. Lo pedimos en tu nombre. Amén, amén.
El texto que yo acabo de leer, sin lugar a dudas, es un texto que tiene que ver con la oración, y específicamente con el tipo de oración que Dios se honra en contestar. Cuando nosotros leemos el texto que le precede inmediatamente a esto que yo acabo de leer, nos daría la impresión de que esos textos no tienen nada que ver uno con el otro. Porque el versículo que está inmediatamente antes de lo que yo leí nos habla del propósito de esta carta, el propósito de la carta que Juan escribió, de manera que parecerían que estas dos cosas están completamente desconectadas.
Este es el versículo 13: "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna." E inmediatamente después, Juan entra a hablar de la oración. Eso ha hecho que algunos comentaristas o estudiosos entiendan que cuando Juan terminó de escribir el versículo 13, Juan terminó su carta básicamente, y que luego lo que sigue es una posdata, una idea ulterior que Juan quiso incluir en el último momento. Como nosotros hacemos en ocasiones en que escribimos una carta, la firmamos y luego tenemos una última idea y le ponemos una posdata al final y agregamos alguna idea final. Bueno, algunos lo ven de esa forma.
Pero por otro lado, quizás si nosotros ampliamos un poco más el lente de la cámara y vemos toda la carta y luego vemos este pasaje, quizás ambos conceptos no estén tan desconectados el uno del otro. Por eso, no sé cuántos de ustedes recordarán que Juan ha estado escribiendo tratando de afirmar al creyente, de darle confianza de que ellos tienen una relación con Dios. Le ha hablado entonces de que aquellos que están caminando en la luz, que están obedeciendo la palabra de Dios, que aman a Dios, que aman a sus hermanos, ellos están dando evidencia de que han nacido de nuevo. Y si dan evidencia de que han nacido de nuevo, pueden sentirse confiados de que pertenecen a la familia de Dios, de que son hijos legítimos de Dios y que tienen los derechos que le corresponden a hijos legítimos.
La idea entonces, a lo largo de esta carta, es confianza: confianza en que ciertamente he abrazado una fe, en que tengo una nueva vida y en que tengo una familia en Dios. Ahora entonces, cuando Juan les habla acerca de orar, la idea es también confianza. Confianza porque, dado el hecho de que han nacido de nuevo, de que caminas con Dios, de que estás en la luz, de que amas a Dios, de que amas a tu hermano, cuando tú vienes ahora al trono de la gracia, tú también puedes tener confianza al acercarte. La palabra traducida como "confianza" es *parresía*, y es una palabra que implica libertad de expresión, libertad para hablar.
De tal forma que Juan nos está diciendo que aquellos que gozan de una relación con Dios, que son hijos de Dios, cuando se acercan a Él pueden acercarse con libertad de expresión, con libertad para hablar, precisamente por todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Él nos compró cuando éramos esclavos, Él pagó con la sangre de su Hijo, Cristo abrió el camino a Dios, ahora nosotros pasamos a ser de su familia, y mi relación con Él no es distante, o no debiera ser distante; es una relación Padre-hijo. Es algo similar a lo que el apóstol Pablo nos dejó dicho en Romanos 8, cuando dice que si Dios, cuando éramos sus enemigos, nos dio a su Hijo, cómo no nos va a dar ahora todas las cosas en Él, ahora que somos sus hijos.
Es la misma idea de confianza en nuestra relación con Dios, en nuestra vida de intimidad, en nuestro caminar con Él. Juan está tratando de animar a sus seguidores aquí para que, cuando fueran al trono de la gracia, también pudieran hacerlo con cierta confianza, sabiendo que Dios contestaría sus peticiones, sobre todo si esas peticiones son hechas de cierta manera. Lo que Juan está diciendo es que si oramos conforme a su voluntad, Él nos oye. La implicación es que si la oración no es conforme a su voluntad, Dios no nos va a oír.
Cuando nosotros decimos eso, usualmente surgen dos preguntas. Nuestra palabra clave es "confianza", *parresía*; eso es lo que debemos experimentar acerca de Dios. Y las preguntas son estas dos: en primer lugar, si Dios va a responder la oración que se hace conforme a su voluntad, ¿cómo conozco o encuentro esa voluntad? La segunda pregunta es: si realmente las únicas oraciones que Dios contesta son aquellas que son conforme a su voluntad, y nosotros no podemos cambiar la voluntad de Dios, ¿para qué oramos, si lo que ya Dios determinó, Dios así lo determinó?
Antes de contestar esas preguntas, yo quisiera hacer varias observaciones, porque a la hora de cómo encontrar la voluntad de Dios, yo necesito entender varias premisas que, si no las tengo claras, siempre voy a tener dudas acerca de esa voluntad de Dios y de esa revelación. La primera de esas premisas es que Dios está interesado en revelar su propósito, que de hecho Dios ha venido revelando sus propósitos todo el tiempo y que ese es el deseo de su corazón. El autor de Hebreos dice en el capítulo 1: "Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras" —enfatizando que Dios ha hecho esto de varios ángulos, en diferentes etapas, en múltiples ocasiones y de muchas maneras—, "ha hablado a los padres por los profetas; en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo."
Dios ha querido, a través de los siglos, revelar sus propósitos. Y la razón por la que eso es importante a la hora de orar es porque cuando yo abordo a Dios con una petición, es de vital importancia para mi comunión con Él que la petición se haya hecho dentro de los propósitos de Dios, dentro de los propósitos que Dios ha revelado, dentro de los propósitos que Dios tiene para mi vida, y que yo no esté tan centrado en mi propio propósito para mi vida conforme a mi sabiduría. Dios ha revelado sus propósitos y Él quiere que yo los conozca; esa es la premisa número 1.
La premisa número 2 es que Dios habla para revelar su carácter. Dios ha creado toda la tierra, toda la creación; nos ha creado a nosotros para revelar su carácter. Tanto así que cuando Él nos hizo, nos hizo conforme a su imagen. Cuando el hombre se perdió y Dios quiso recrearlo, nos está recreando también conforme a su imagen, porque es la intención de Dios que continuamente su imagen sea reflejada en todo el universo, y sobre todo en la vida de sus hijos. ¿Por qué es eso importante? Porque a la hora de yo orar, yo necesito recordar que Dios me va a hablar, y su voz será consistente con sus propósitos y con su carácter. Si hay algo en mi petición que es disonante con su carácter, entonces yo no debiera hacerla, primero porque sería quizás hasta ofensivo para Dios, y segundo porque en términos prácticos no la voy a ver contestada.
Dios revela sus propósitos, Dios revela su carácter. Premisa número 3: Dios revela sus caminos. Si hay algo que nosotros leemos acerca de Moisés, es que Moisés no solamente conocía a Dios; Moisés conocía los caminos de Dios, dice el texto de la Biblia. Nosotros sabemos que el Salmista tenía un deseo —escucha— de conocer los caminos de Dios. En el Salmo 25:4: "Señor, muéstrame tus caminos y enséñame tus sendas." Para el Salmista era mucho más importante conocer los caminos de Dios que tener los suyos bendecidos.
A la hora de orar y de buscar la voluntad de Dios, a la hora en que yo tengo que tomar una decisión, yo no debo estar insistiendo tanto en el camino que yo quiero seguir, sino que yo debo ponerme delante de Dios y decirle: "Señor, en esta coyuntura, en esta bifurcación, revela tus caminos, revela tus sendas." Porque el único lugar donde yo puedo encontrar bendición, paz y quietud es en el camino que Dios haya trazado, que Dios haya abierto; en los otros caminos no habrá bendición. Podrá haber complacencia humana, podrá haber afirmación humana, pero no va a haber bendición divina.
Entonces, Dios revela sus propósitos, Dios revela su carácter, Dios revela sus caminos. Y por tanto, a la hora de orar, yo debiera continuamente estar tratando de alinearme con esas tres cosas que yo acabo de mencionar. Premisa número 4: Dios nos habla y nos revela las cosas —sus propósitos, sus planes, sus sendas— de manera progresiva. Muchas veces Dios no nos ha revelado toda su voluntad, todo su plan, porque nosotros no estamos listos. Y de hecho, yo estoy convencido de que si Dios descendiera hoy, nos hablara audiblemente y nos dijera: "Tengo un plan para ti; es para dentro de dos años", muchos de nosotros dentro de ese mes estaríamos tratando de conseguir el inicio de ese plan.
Porque somos impulsivos, porque no sabemos esperar, porque pensamos que otros se me van a ir adelante, porque no quisiéramos que otro nos cogiera la delantera. Y por eso, Dios muchas veces, en su benevolencia, prefiere no revelarnos sus planes. No estamos listos; si se nos revelara el plan antes de tiempo, comenzaríamos a caminar y a correr con él de una manera pecaminosa, con lo cual vamos a cosechar consecuencias, Él tendría que disciplinarnos, y Dios, en su benevolencia, sabe que no estás listo.
Moisés no estuvo listo por cuarenta años. A Abraham, Dios le iba a dar un hijo y luego le iba a pedir que le sacrificara ese hijo, pero antes de pedirle a Abraham que sacrificara a su hijo, lo preparó por treinta y siete años: veinticinco antes de que el hijo llegara, doce después que el hijo nació. Y treinta y siete años después de haberlo llamado, Dios le dice: "Sacrifica a tu hijo." Dios había preparado a Abraham por todo ese tiempo.
Dios revela, habla, nos enseña, nos muestra sus planes, propósitos, sendas y caminos de manera progresiva. Ahora, en la medida en que Él va revelándome las cosas progresivamente y yo las voy entendiendo, Dios espera una respuesta de fe de parte de nosotros. Nosotros no sabemos dónde termina la soberanía de Dios y dónde comienza mi responsabilidad, pero una cosa es cierta en la Palabra de Dios: Dios espera que haya algo en mi relación con Él que Él no va a hacer porque me corresponde a mí. Él es el iniciador, Él pone en nosotros el querer y el hacer, pero hay una parte que le corresponde al hombre, y Él espera entonces que, en esa misma revelación progresiva, de esa misma forma progresivamente el hombre vaya respondiendo en fe a lo que Él nos va entregando.
Tú encuentras este texto en Mateo 13:58, que dice que Cristo en esa localidad no hizo muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos. Pastor, ¿pero los milagros no los determina Dios soberanamente cuando los hace? Sí. Sin embargo, yo creo eso y al mismo tiempo creo, porque la Palabra lo revela, que hay una respuesta del hombre que hace que Dios limite —sería una mejor expresión— la revelación que Él quisiera darle a ese hombre en esa localidad. Cristo comenzó a hacer milagros, comenzó a manifestar su gloria, y la incredulidad que encontró fue tal que Él dijo: no más milagros, no más revelación, no más muestra de mi gloria, porque el hombre no está respondiendo a lo que ya yo le estoy mostrando.
Y eso es importante a la hora de orar, a la hora de caminar con Él, porque si Dios está revelándome, está hablando, me habla por su Palabra, por su Espíritu, a través de las circunstancias, y yo no estoy respondiendo a eso, Él no va a continuar hablándomede más, habiendo dicho ya lo que ya Él me dijo.
Eso, como introducción —si usted quiere— a cómo yo comenzaría a buscar la voluntad de Dios. Yo necesito entender, apreciar, valorar y creer las premisas que yo acabo de mencionar: Dios revela sus propósitos, Dios revela su carácter, Dios revela sus caminos, Dios revela progresivamente. Pero la pregunta es: ¿cómo yo encuentro la voluntad de Dios? Porque la única oración que Juan nos dice que Dios va a responder es la oración que es conforme a su voluntad.
Quiero leerles un texto con el cual muchos están familiarizados para exponerlo brevemente, pero hay algo importante que yo quiero señalar en él, porque creo que hay mucha confusión en ocasiones en términos de qué es lo que Dios me está concediendo cuando yo respondo progresivamente en fe a la revelación que Él me da. Romanos 12:1-2:
"Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto."
Este es el texto que frecuentemente es usado para hablar de qué se requiere para encontrar la voluntad de Dios, porque termina diciendo: "para que verifiquéis lo que es bueno, agradable y perfecto." Y antes de eso, me habla de condiciones que yo necesito para verificar esa voluntad.
Notemos en primer lugar que la palabra en el texto es *verificar*, no es *encontrar*, es *verificar*. En otras palabras, yo no me lanzo al vacío y digo: "¡Wow, aquí está la voluntad de Dios!", sino que de la manera en que Dios va progresivamente hablándome, de esa misma manera yo voy verificando —esa es la palabra *dokimazō*—: "A ver, eso huele a Dios, eso luce como Dios, me parece que es Dios. Mira, esto que ya esperaba se acaba de dar, y mira qué el apoyo que necesitaba cómo está llegando." Y yo voy verificando su voluntad, porque es su intención revelármela; no es su intención escondérmela, sino que es su intención revelármela.
Pero aun para yo poder verificar y poder decir: "Ese poquito, ahí está Dios, me huele a Dios, luce como Dios, yo creo que sí, que es de Dios", yo tengo que hacer algunas cosas. En primer lugar, yo necesito hacer un uso santo de mi cuerpo: presentar mi cuerpo como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios. Si mi cuerpo no está siendo presentado a Dios de esa manera, de una manera santa, yo voy a tener dificultad en discernir su voz, en discernir su voluntad. En segundo lugar, yo necesito resistir el ser conformado a los patrones de este mundo. Y en tercer lugar, yo tengo que renovar mi mente. Esas son las tres condiciones que aquí aparecen.
El problema está —yo creo— muchas veces, no solamente en que frecuentemente no estamos cumpliendo estos criterios, sino en que muchos entienden que si yo lleno esos criterios, me he ganado el derecho de ser oído por Dios, o me he ganado el derecho de tener mis oraciones contestadas. Y entonces dicen: "Pastor, ahora que yo me he dedicado, que he dejado esto, que he dejado aquello, que estoy orando más, Dios como que no responde mis oraciones." Y nosotros tenemos que recordar que yo puedo hacer absolutamente todo eso de acuerdo a mis mejores posibilidades y yo todavía no tengo el derecho, no me puedo ganar el derecho de ser oído ni de ser bendecido. Eso lo ganó Cristo en la cruz por mí hace dos mil años. Mi obediencia nunca es tan perfecta para ganarme el favor de Dios. Cristo lo hizo a mi favor.
De tal manera que cuando yo me rindo, cuando ofrezco mi cuerpo en sacrificio vivo y santo, cuando no me adapto a los patrones de este mundo, cuando tengo mi mente renovada, lo que eso hace es permitirme disfrutar lo que Cristo ya compró. Pero el favor de Dios solo podía obtenerse mediante una vida perfecta, y eso solamente Cristo ha podido vivirla.
Cuando Adán pecó, Dios lo expulsó del huerto y puso un querubín para que Adán no pudiera regresar. A partir de ese momento, el acceso a Dios quedó imposibilitado, quedó impedido, a menos que yo fuera a través de un intermediario. Eso fue todo el sistema del Antiguo Testamento, donde para yo obtener perdón de pecado tenía que ir donde un sacerdote a confesar mis pecados, donde el sumo sacerdote tenía que pedir perdón por el pecado del pueblo una vez al año, donde había un velo que separaba la presencia de Dios del resto de la nación, tipificando precisamente la lejanía de Dios con ese hombre pecador.
Cuando Cristo muere, el velo es rasgado en dos. Él abre el acceso, Él una vez más hace posible que yo pueda tener acceso directo, y Él me ganó el derecho de ser oído. Cuando el creyente fiel del Antiguo Testamento, cuando un Daniel oraba —como alguien me preguntaba después del primer culto—, ¿era oído o no era oído? Sí era oído, pero era oído porque había todo un sistema donde el sumo sacerdote pedía perdón por los pecados de Daniel, incluido dentro del pueblo, una vez al año, y donde Daniel, en su momento, si el templo hubiese estado en pie en ese momento —que no lo estaba cuando él estaba viviendo—, tenía que ofrecer sus propios sacrificios de animales para el perdón de los pecados. De tal forma que todo dependía de este sistema, que a su vez estaba pendiente de que el Cordero de Dios viniera y se ofreciera.
De manera que lo que ellos hacían, estos sacrificios que ofrecían continuamente, eran como el pago de los intereses de una deuda. Yo lo ilustro de esta forma: si yo pertenezco a un club —el Country Club, para ilustrarlo—, yo tengo una deuda con el Country Club que no puedo pagar, y el club me permite pagar los intereses de la deuda y tener acceso a sus instalaciones. Ellos van a hacer eso por un tiempo asumiendo que yo estoy pagando los intereses, pero que habrá un momento en que yo voy a pagar el capital. De esa misma manera, estos toros y machos cabríos y su sangre eran como el pago de los intereses, temporalmente, asumiendo que habría un momento en que la deuda sería pagada; y esa deuda solamente podía pagarla el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Cuando Él viene, Él es quien abre el acceso final y para siempre. Todo eso para decir que yo puedo ofrecer mi cuerpo como sacrificio vivo, tener una mente renovada, vivir una vida de obediencia, y yo no me he ganado el beneficio de ser oído por Dios, porque eso ya se ganó hace dos mil años en Cristo. Lo que mi obediencia me permite es disfrutar de lo que Cristo ya compró.
Esa es la razón por la que Cristo dice: "Todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo." Pero ¿por qué en el nombre de Cristo? Cuando usted termina su oración diciendo: "Padre y Señor, te lo pido en el nombre de Jesús", ¿qué es lo que usted está diciendo con eso? A veces lo decimos y no lo entendemos.
Lo que nosotros estamos diciendo es: "Padre, yo te presento esta petición reconociendo que la única razón por la que tú pudieras dignarte responderme, escucharme y recibirme es por los méritos que Cristo acumuló en la cruz, por la santidad que Él me imputó, que Él me regaló, que Él cargó a mi cuenta." De tal forma que ahora yo te abordo libremente, sin miedo, teniendo una santidad —como se decía— una justicia que no es propia, sino derivada de otro, de Jesús. Y con su santidad otorgada, yo me atrevo, sin tener que ir a través de un sacerdote, a acercarme a ti en el nombre de Cristo.
Eso es lo que implica: Él es el único intermediario, el único que tiene la potestad de concederme lo que yo pido. Mira cómo Pablo lo dice en 2 Corintios 3:4: "Y esta confianza —ahí está nuestra palabra, confianza— tenemos hacia Dios por medio de Cristo." Esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo. Él es mi garantía para ser oído; yo no me gano ese derecho. Mira cómo Pablo lo dice en Efesios 3:12, cuando habla de que tenemos libertad y acceso a Dios con confianza en Cristo. Tenemos libertad y acceso a Dios en Cristo y con confianza, pero esa es la manera como ocurre.
Entonces, ¿de qué manera Romanos 12:1-2 me ayuda a encontrar y verificar la voluntad de Dios en mi vida de oración? Bueno, si yo no tengo mi cuerpo dedicado a Dios, rendido a Dios, en sacrificio vivo, mi cuerpo vive de acuerdo a sus pasiones carnales, y a la hora de elevar mis peticiones, estas son carnales. Y a veces una de las razones por las que mis peticiones no son contestadas es la carnalidad de las mismas, porque no tienen una perspectiva divina, porque no corresponden a propósitos espirituales. El deseo de la carne nunca es obtener y disfrutar de las bendiciones de Dios, sino satisfacer sus propios deseos, y esos deseos de la carne me alejan de Dios.
Entonces, cuando mi cuerpo está disciplinado, cuando mi cuerpo está sometido, cuando sus deseos no son permitidos, mi espíritu puede tener sus deseos expresados de una manera más real, más viva, y yo puedo orar más espiritualmente que antes. Aparte de eso, el cuerpo que no está disciplinado —y hay que entender esto bien— yo no puedo santificar mi cuerpo; yo solamente puedo someterlo. Yo puedo santificar mi estilo de vida, pero yo no puedo santificar mi cuerpo. El cuerpo tiene deseos carnales hasta el día que se muera, y ese deseo del cuerpo se rebela contra la ley de Dios. Entonces, cuando tú tienes tu cuerpo ofrecido a Dios como sacrificio vivo y santo, estás en mejores condiciones de orar, de escuchar su voz y de recibir dirección.
En segundo lugar, cuando mi mente es conformada por el mundo, al momento de orar yo no tengo la agenda de Dios en mente; yo tengo la agenda del mundo. Yo no tengo los deseos de Dios, sino los deseos del mundo; yo le hago más caso a las ofertas del mundo que a las ofertas de Dios. Una mente conformada por el mundo tiene dificultad en conectar con la mente de Dios, tiene dificultad en entender la revelación de Dios, tiene dificultad en aplicar la revelación de Dios, de tal forma que esa mente conformada al mundo es un impedimento para mi vida de obediencia, un impedimento para mi vida de oración y un impedimento para mi vida de bendición de parte de Dios.
Y número tres: cuando mi mente sí es transformada —porque son tres cosas: mi cuerpo, la resistencia a los patrones del mundo y la transformación de mi mente por medio de su Palabra—, cuando esa mente es transformada, esa mente comienza a cambiar el corazón. Cuando el corazón es cambiado, ahora los deseos de mi corazón son los deseos del corazón de Dios. Y como bien dice el salmista en el Salmo 37:4: "Deléitate en el Señor, y Él te dará los deseos de tu corazón." Pero te dará los deseos de tu corazón cuando esos deseos hayan sido cambiados por una mente transformada, y ahora los deseos de tu corazón sean los deseos del corazón de Dios. ¿Te das cuenta ahora cómo Romanos 12:1-2 nos ayuda a tener una vida de oración más eficaz?
Pero al final, yo necesito orar conforme a su voluntad, aun cuando yo no conozca su voluntad. Cristo nos enseñó eso y Cristo lo modeló. Cuando los discípulos vinieron a Él y le dijeron: "Maestro, enséñanos a orar", Él les dijo: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase Señor tu voluntad en los cielos como en la tierra." La idea no es que mi voluntad se haga en los cielos; la idea es que la voluntad de los cielos se haga en la tierra. Y cuando nosotros no tenemos esa mente, esa vida transformada como acabamos de decir, como decía un predicador —no sé si fue Jonathan Edwards— muchas veces los labios están balbuciendo y pidiendo cosas que el corazón no desea.
Y eso nos da una idea entonces de cómo es que Dios quiere que nosotros podamos finalmente aprender a orar. Cristo nos enseñó en el Padre Nuestro a pedir conforme a su voluntad, pero cuando le tocó la hora de vivir eso, fue en el huerto de Getsemaní. Y en el huerto de Getsemaní dice: "Padre, que se haga tu voluntad y no la mía." De manera que lo que Juan está diciendo en 1 Juan 5:14-15 —que si pedimos conforme a su voluntad, Él nos oye— lo vemos cumplido en Getsemaní: Cristo fue oído, porque cuando Él dice "Padre, que se haga tu voluntad y no la mía", estaba pidiendo conforme a la voluntad del Padre. Lo próximo que oímos es que vino un ángel a confortarle. Su oración fue oída; la voluntad del Padre no podía ser cambiada.
Getsemaní es el lugar donde muere la última fibra de tu voluntad. Yo decía —y estoy seguro de que hablé de esto en alguna ocasión, en dos iglesias distintas, en dos años diferentes— muchas veces tú hablas en tantos lugares distintos y en tantas ocasiones diferentes, que luego no sabes qué dijiste ni dónde. Pero Getsemaní es el lugar donde yo rindo la última fibra de mi voluntad, y muchas veces yo creo que estoy en Getsemaní y no estoy en Getsemaní.
Esta es la idea: Cristo sale para el huerto y se lleva con Él a once discípulos. Pero llega un momento, ya dentro del huerto, en que deja a ocho de ellos y sigue con tres. Y llega un momento en que deja a esos tres y sigue solo. Y en esa soledad, estando solo en un lugar específico del huerto, es donde Cristo hace esa oración: "Que se haga tu voluntad y no la mía." En ocasiones, nosotros llegamos al huerto en nuestras vidas —para ilustrarlo— y decimos: "Hermano, hermana, yo ya entregué eso al Señor. Anoche oré a Dios y ya lo entregué." Y al mes yo estoy luchando con la misma cosa. ¿Por qué? Porque yo llegué hasta el lugar donde llegaron los once.
Luego, un año después, ocurre algo más en mi vida y digo: "Bueno, yo creía que lo había entregado, pero ahora sí de verdad, porque me di cuenta de que cuando lo hice hace un año, creía que solo lo había entregado, pero acabo de descubrir que me quedaba otra parte. Pero ayer yo se lo entregué al Señor." Y a veces estamos en el lugar de los tres, pero no en el lugar del uno solo. Es el lugar donde Cristo dice: "Padre, que se haga tu voluntad y no la mía." Ese es el lugar donde tú entregas la última fibra de tu voluntad. Estoy usando los discípulos como ilustración: Él dejó ocho en un lugar, dejó tres en otro lugar; pero en nuestras vidas, en ocasiones comenzamos a entregarle cosas a Dios, dejamos ocho en un lugar, seguimos con tres y decimos que ya entregamos.
Y en otras ocasiones llegamos hasta ese lugar y nos quedamos con esas tres y creemos que ya entregamos, y nos devolvemos. Nos devolvemos con once, o nos devolvemos con tres. Y Cristo está tratando de llevarme a un lugar donde yo entregue las once —ilustrativa y simbólicamente hablando— y yo esté solo con Él, con sus propósitos, sus decisiones, sus senderos y sus caminos. Y estando ahí, yo ahora pueda decidir por Él, o no.
Tú no encuentras a Cristo sudando gotas de sangre en la cruz; la sangre que derrama es de sus heridas. Él suda en Getsemaní. La lucha fue en Getsemaní. Cuando Él se separa de Getsemaní, la lucha había terminado. Tú no encuentras en Getsemaní, si tú quieres, donde Cristo dice: "Señor, sudando gotas de sangre, si es posible que pase de mí esta copa." La lucha era en ese momento entre si sigo o me devuelvo. Si tú pudieras decir que no, pienso que Cristo no se iba a devolver, por un momento, porque para eso Él vino. Pero la lucha de si es posible o no que se dé ahora fue ahí. Una vez que Él se separa de ahí, la lucha había terminado. Tú no lo encuentras en la cruz tratando de decir: "Señor, si es posible, bájame de esta cruz." No, ya la lucha había pasado. Él había llegado al último lugar donde lo había entregado todo.
En ese lugar de Getsemaní, ese es un lugar de muerte: la muerte del yo. Y es donde yo puedo entonces finalmente comenzar a orar de una mejor forma. Pastor, pero si Cristo no pudo cambiar la voluntad del Padre, entonces mucho menos nosotros. Con el propósito de orar, yo creo que el problema está en la manera como se nos enseñó para qué nosotros oramos.
Si usted tiene un hijo y la única razón por la que el hijo le visita y le llama es para que le dé dinero, ¿qué usted piensa de ese hijo? ¿A usted le gustaría tener un hijo que cada vez que le llame, solamente le llame para decirle: "Papi, necesito dinero, ¿tú me puedes dar dinero"? ¿Usted no gustaría tener un hijo que con frecuencia le llame simplemente porque quiere hablar con usted? Entonces, si él no le va a pedir, ¿para qué le llama? Para nutrir y cultivar una relación. Ese es el propósito de la oración.
El propósito de la oración es nutrir una intimidad que de otra manera no se produciría. Es producir una relación que me lleve a una confianza que de otra manera yo no la tendría. Que me permita en el futuro tomar riesgos porque yo he aprendido a confiar en Él día a día en una relación, día a la oración, día a su Palabra. Y de vez en cuando le hago mis peticiones, como un buen hijo puede llamar a su padre para nutrir una relación y de vez en cuando añadirle una petición. Y eso nos ayuda a nosotros a entender que la oración no es para devengar beneficios.
La oración, más que nada, es un ejercicio para alinearnos con su voluntad. "Padre, si es posible que pase de mí esta copa": Cristo se estaba alineando con la voluntad de su Padre. La oración es un ejercicio espiritual para ser dirigido, porque yo necesito dirección en mi vida. Es un ejercicio espiritual para ser calmado de la ansiedad con la que nosotros vivimos. Es un ejercicio espiritual para nosotros tener nuestra perspectiva de vida agrandada, porque muchas veces nosotros tenemos una perspectiva horizontal, una perspectiva terrenal, y en la oración Dios me incumbe, Dios me eleva, me dice: "Mira, mi hijo, cómo luce el panorama desde aquí arriba." La oración permite eso: ampliar el foco de la cámara para que yo pueda ver el panorama como Dios lo ve. La oración me permite entonces ser enfocado, permite la intimidad con Dios. La oración no es para devengar beneficios, aunque Dios me da sus beneficios, pero ese no es el diseño de la oración.
Cristo dijo: "Vuestro Padre conoce de qué tenéis necesidad antes de que abráis la boca." Por tanto, la oración no es en primer lugar para darle un reporte noticioso a Dios de mi vida; Él se lo sabe antes de que ocurriera. Lo que Dios quiere es que en la medida en que yo voy viviendo las noticias de mi vida, yo hable con Él para que Él me diga cómo vivir los acontecimientos que Él ya sabía que venían de camino, y cómo responder, y cómo caminar, y cómo sobreponerme, y cómo sanar, y cómo crecer, y cómo glorificarle en medio de todo eso. Para eso Él quiere que oremos, y cuando yo tengo esa actitud entonces yo puedo encontrar mejor su voluntad.
Cómo encontrar su voluntad, hemos hablado de eso. Entonces, ¿cuál es el propósito de la oración? Hemos estado hablando de eso ahora en estos momentos. Getsemaní es el lugar donde finalmente tu oración adquiere poder. Sé el fin del yo, sé el fin de los reclamos, sé el fin de las conveniencias, sé el fin de los beneficios, sé el fin de los derechos, sé el fin de mis prerrogativas. Getsemaní es el lugar donde yo puedo decirle: "Dios, todo esto se puede quedar a un lado; Tú y solo Tú me eres suficiente. A Ti y solo a Ti tengo que complacer. A Ti y solo a Ti, Dios, necesito regocijar y agradecer. Tú y solo Tú, Dios, eres mi fuente de sabiduría, de gozo, de dirección, de placer."
Juan nos habla de eso. Nos habla de esa oración que Dios responde, y en ese contexto entonces Juan pasa también, un poco abrupto si tú quieres, pero pasa a hablarme todavía dentro del propósito de la oración. Pasa a hablarme de un pecado por el cual yo no debo orar, y otro pecado por el cual yo sí debo orar, y tiene que ver con el pecado de mi hermano. El versículo 16: "Si alguno ve a su hermano cometiendo un pecado que no lleva a la muerte, pedirá, y por él Dios dará vida a los que cometen pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que lleva a la muerte; yo no digo que se debe pedir por ese. Toda injusticia es pecado, y hay pecado que no lleva a la muerte."
No está del todo claro lo que Juan estaba tratando de comunicarnos, pero sí hay un par de cosas claras aquí. Hay un pecado por el cual Juan dice yo puedo orar si mi hermano lo está cometiendo, y dice incluso que Dios puede oír mis oraciones para detener a ese hermano en su pecado. De manera que Juan me está diciendo: tú puedes y debes orar por el hermano en pecado. Aquel que va camino al pecado, que está en medio del pecado, aquel que no se ha arrepentido: si ese es un pecado que no lleva a la muerte, ora por ese pecado, y dice que Dios le dará vida. Dios te va a escuchar porque es la voluntad de Dios que el pecado sea detenido, y si es un hijo de Él, Dios quiere usar las oraciones de su pueblo para eventualmente frenar a ese hijo. Ora por ese hermano en pecado. Eso está claro, eso no está nada confuso.
Lo que también está claro es que hay un pecado que implica el pasar una línea después de la cual ya no hay solución. Es un pecado que lleva a la muerte, y Juan dice que por ese pecado no nos molestemos en orar, que no hay devolución, no hay vuelta atrás. Eso yo creo que también está claro: que hay pecados de muerte y pecados que no son de muerte. Lo que no está claro es dónde está esa línea y cuál es ese pecado.
Pero nosotros sabemos por la misma Palabra que ha habido pecados que llevaron a la muerte en la Palabra de Dios. Ananías y Safira mintieron y se cayeron muertos. Quizás no perdieron su salvación si eran creyentes, pero Dios lo consideró lo suficientemente serio en ese momento del inicio de la iglesia, que les quitó la vida, los llevó a la muerte. Nosotros tenemos el caso de Uza en el Antiguo Testamento: que Dios había dicho que no le pusieran la mano al arca del pacto, y cuando el arca se iba a caer, él la tocó; le estaba tratando de que el arca no se cayera, le estaba tratando de hacer algo aparentemente bueno, y Dios le quitó la vida, porque la ley era: si la tocas, mueres. Eso no dice que Uza no está en la presencia de Dios; simplemente que él cometió un pecado que sí lo llevó a la muerte.
En el Nuevo Testamento, 1 Corintios 11, hacia el final del capítulo, nos dice que algunos tomaron la cena del Señor indignamente y se murieron; algunos duermen y otros están enfermos. El pecado de Moisés, que no es exactamente igual pero tiene una comparación: Moisés le da a la roca, Dios le impide entrar a la tierra prometida. Él no murió instantáneamente; sin embargo, poco tiempo después, días después, literalmente Dios le pide que suba al monte Nebo y lo enterró en el monte Nebo, y se acabó la vida de Moisés. Moisés da testimonio en su libro, en el libro del Deuteronomio, y dice que le pidió a Dios varias veces, no recuerdo la palabra exacta, que Dios le permitiera entrar a la tierra prometida, y que Dios le dice en un momento dado: "Basta ya de que me hables de eso; no me vuelvas a hablar de eso." Moisés había cruzado la línea.
Entonces, aunque este texto no nos clarifica cuál pecado es uno y cuál pecado es otro, sí claramente nos dice: hay pecado por el cual se puede orar y hay arrepentimiento, pero hay pecado por el que, una vez cruzada la línea, olvídense de orar por ese pecado. De hecho, el autor de Hebreos en el capítulo 6 nos habla de un grupo de individuos que una vez fueron iluminados, que gustaron de los poderes del siglo venidero, que fueron hechos participadores de la naturaleza divina del Espíritu Santo, y que una vez que ellos caen, ya no es posible renovarlos al arrepentimiento. Esa es también una condición similar.
"En el versículo 4 del capítulo 6 del libro de Hebreos: porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena Palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la ignominia pública."
Estas son personas, nosotros entendemos, que nunca tuvieron salvación, pero que estuvieron en medio del pueblo de Dios, que quizás comulgaron, que quizás oyeron buenos sermones, que supieron decir: "¡Qué bueno ese sermón!", que pudieron ver en ocasiones sanaciones, quizás cosas milagrosas que Dios hizo, y que habiendo disfrutado de todo eso, decidieron desviarse del camino. Y Dios dice: ya no hay más vuelta para ellos, porque todo lo que pudo haberles convencido se les presentó y lo rechazaron. Quizás eso es parte del pecado que lleva a la muerte. No está claro, pero ahí están las posibilidades de qué pudiera ser.
Antes de terminar, quiero clarificar esta parte: esto no es lo que en la doctrina católica se conoce como pecado venial e inmortal. Eso no es lo que estamos hablando aquí.
El pecado mortal en la doctrina católica es un pecado que, según ellos, es tan grave —de ahí la palabra "mortal"— que mató la gracia que el bautismo infundió al niño y que le dio salvación cuando lo bautizaron. Esa gracia, dicen ellos, fue muerta y tiene que ser renovada, de ahí la palabra "mortal", y la renuevan entonces por medio de las penitencias. El pecado venial del que ellos hablan es un pecado más sencillo, que interrumpe tu relación con Dios o la disturba —esa era la palabra—, pero que no mató la gracia que el bautismo infundió.
Esa doctrina, esas enseñanzas, no están en ningún lugar de la Palabra de Dios. Pero no quería dejarlos ir confundidos quizás con la idea de que el pecado mortal del que nosotros oímos en el pasado es equivalente a este pecado que lleva a la muerte, porque ni siquiera sus definiciones se asemejan.
Lo que he estado diciendo es que nuestra oración puede ser poderosa hasta el punto de ayudar a hermanos que están en pecado a devolverse, a arrepentirse, a que Dios les dé convicción. Hasta ahí incluso nuestra oración puede llegar, y que cuando veamos a esos hermanos en esas condiciones, oremos por ellos. Pero sepamos que hay un momento en que Dios dice "no más". Sodoma y Gomorra llegó un momento en que Abraham fue a interceder —de hecho Abraham estuvo intercediendo a Dios por Sodoma y Gomorra—: "¿Y si hay cincuenta? ¿Y si hay cuarenta y cinco? ¿Y si hay cuarenta?" Eso es oración, eso es intercesión. Abraham estuvo intercediendo: "¿Y si hay treinta?" Y básicamente el juicio no fue detenido porque hay pecado que lleva a la muerte, y ya había sido decretado que Sodoma y Gomorra habían pasado la línea.
Es una advertencia para nuestra vida de obediencia. Es una buena advertencia antes de cerrar la carta de Juan —que nos queda un solo mensaje más el próximo domingo—. Pero al mismo tiempo tenemos una gran confianza: si somos sus hijos, podemos acercarnos al trono de la gracia con esa confianza, y si estamos pidiendo conforme a su voluntad, Dios siempre nos va a oír. Y Dios quiere que yo conozca su voluntad, porque es su deseo revelar su carácter, su propósito, su camino. Lo hace progresivamente y espera una respuesta en fe, también progresiva, de parte nuestra, que sea congruente con el grado de revelación que yo haya recibido.
Que Dios nos enseñe a orar, nos ayude a entender mejor el propósito de la oración, que nos ayude a cultivar intimidad con Él, y que nosotros permitamos confianza en su presencia.
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.