Integridad y Sabiduria
Sermones

¿Qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?

Pepe Mendoza 2 octubre, 2011

Amar a Dios no es algo que brote naturalmente del corazón humano. Nuestro amor es siempre reactivo, una respuesta al amor que Él mostró primero. El Salmo 116, aunque está ubicado entre los cantos de adoración comunitaria de Israel, es profundamente personal: un testimonio de alguien que experimentó la cercanía de un Dios que no solo escucha en los momentos de crisis, sino que ha inclinado permanentemente su oído hacia nosotros. No es un bombero que aparece cuando la casa se incendia; es un Dios presente en la conversación cotidiana, en la soledad, en cada instante de la existencia.

El salmista relata un momento dramático en que los lazos de la muerte lo rodearon, cuando la angustia y la tristeza lo consumían, probablemente por consecuencia de su propio pecado. Pero antes de narrar su liberación, declara quién es Dios: clemente, justo, compasivo, guardador de los sencillos. Reconoce el carácter de Dios antes de celebrar su rescate. Y ese rescate abarca más de lo que imaginamos: el alma librada de la muerte eterna, los ojos de lágrimas que nunca derramaremos por males que Él nos evitó, los pies guardados de tropiezos mediante su poder sobre la tentación.

La gratitud genuina no se queda en la celebración pasiva. El salmista pregunta: ¿qué daré al Señor por todos sus beneficios? Y responde con acción: alzar la copa reconociendo que la salvación es completa, invocar su nombre en toda esfera de la vida, cumplir votos de servicio ante todo el pueblo. Su conclusión es liberadora: soy tu siervo, pero un siervo sin cadenas. Permanezco contigo porque quiero, porque tú desataste mis ataduras.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Durante estas semanas nosotros hemos estado compartiendo y hablando acerca de la importancia de la acción. La vida cristiana es una vida no solo de hermosos pensamientos, sino de grandes promesas de parte de nuestro Señor. El Señor se ha manifestado con tal poder que Cristo, resucitando de entre los muertos, nos atrae hacia Él de tal manera que nosotros podemos vivir también con la vida del Cristo resucitado.

La semana pasada, a través de la primera epístola de Pedro, nosotros aprendíamos cómo el Señor nos llama a regocijarnos grandemente con sus promesas, pero a regocijarnos aún más grandemente y con gloria como consecuencia del cumplimiento de las promesas de Dios en nuestra vida. Veíamos cómo nosotros no somos profetas del Antiguo Testamento que solamente se encargaban de indagar y de inquirir acerca de las cosas que el mismo Señor les había revelado, que no eran para ellos sino que eran para otro tiempo. Nosotros no somos profetas del Antiguo Testamento que simplemente investigan, porque las promesas de Dios son para nuestro tiempo, para vivirlas y para disfrutarlas. Decíamos también que nosotros no somos ángeles del cielo, que pueden simplemente observar lo que los seres humanos viven, porque nosotros somos portadores de la salvación.

Nosotros no solamente anhelamos mirar; nosotros queremos vivir el Evangelio en nuestras propias vidas. De allí que tomamos el consejo de Pedro de ceñir nuestro entendimiento para la acción, de entender que la verdad del Evangelio tiene que ver con nuestras vidas diarias, con nuestra vida práctica, con el ejercicio de nuestros dones, con el servicio que nosotros hagamos delante del Señor, de tal forma que nuestra actitud es una actitud de preguntarnos: ¿y ahora qué me toca hacer con aquello que el Señor me entrega? ¿Cómo debo vivir la verdad del Evangelio en nuestras propias vidas? Eso veíamos nosotros la semana pasada, y a eso le sumamos las dos prédicas de nuestro pastor en semanas anteriores.

Ahora queremos continuar con esa misma idea, pero queremos verlo desde otro ángulo, no desde el lado de la obediencia y la fe que nos mostró Pedro, sino que ahora quiero mostrárselos a través del elemento de la gratitud en nuestro corazón. Vamos a abrir el Salmo 116 en nuestras Biblias, el Salmo número 116.

El Salmo 116 está ubicado entre los salmos de adoración comunitaria del pueblo de Israel. Estos salmos de adoración comunitaria tenían como propósito exaltar el nombre de Dios en medio del pueblo. Lo interesante es que el Salmo 116, que es un salmo de adoración comunitaria como se supone que es y como se supone que está ubicado, está escrito en términos absolutamente personales. Es un testimonio personal de adoración delante de Dios. No es como los salmos anteriores ni como los salmos que le siguen, que son grupales y comunitarios, sino que más bien este salmo es completamente personal.

Los estudiosos dicen que el Salmo 116 está completamente vinculado al Salmo 115. El Salmo 115 es una invitación a confiar en el Dios vivo y verdadero en contraposición a los ídolos, que aunque tienen ojos, tienen oídos y tienen boca aparentemente, conforme al molde hecho por manos humanas, sin embargo son incapaces de ver, son incapaces de hablar, son incapaces de oír. Por eso es que la invitación en el Salmo 115 es a que nosotros podamos confiar en el Señor. "Los que teméis al Señor", dice el Salmo 115:11, "confiad en el Señor; Él es vuestra ayuda y vuestro escudo."

Y al final del Salmo 115, en los versículos 17 y 18, dice: "Los muertos no alaban al Señor, ni ninguno de los que descienden al silencio; pero nosotros bendeciremos al Señor desde ahora y para siempre. ¡Aleluya!" Entonces el compromiso del pueblo de manera comunitaria es decir: mientras estemos con vida sobre esta tierra, nuestro propósito es bendecir el nombre de nuestro Señor. Y termina con esa palabra tan conocida por nosotros: aleluya.

Quizás alguno de ustedes no conoce el significado de la palabra "aleluya". La palabra "aleluya" viene de dos palabras hebreas: "halal" y "yah". "Hallelu-Yah" era la expresión del pueblo israelita. "Halal" significa brillar, significa alabar, y "Yah" es el diminutivo de Yahvé, de Jehová, del nombre de Dios. "Hallelu-Yah" es "alabemos el nombre de nuestro Dios", y ese es el propósito general del pueblo del Señor: alabar el nombre del Señor, que el nombre de nuestro Señor brille. ¡Aleluya! Ese es el deseo de nuestro corazón.

Sin embargo, el Salmo 116 se torna absolutamente personal. Y yo quisiera que, en la medida en que nosotros lo vamos a revisar, les invite a que ustedes asuman las palabras del salmista como propias, porque esa es la intención: que nosotros podamos salir un poco de esa visión comunitaria y general del pueblo de Dios reunido para alabar al Señor, y que podamos tomar esas palabras y asumirlas como propias, de tal forma que podamos vernos reflejados en el Salmo 116, en las palabras de este salmista anónimo, y que podamos ver qué tan cerca o qué tan lejos estamos de aquello que el Señor nos llama a vivir.

Dicen los primeros dos versículos del Salmo 116: "Amo al Señor, porque oye mi voz y mis súplicas; porque a mí ha inclinado su oído, por tanto le invocaré mientras yo viva." En estos primeros dos versículos hay una introducción afirmativa de una relación con Dios basada en su amor para con nosotros. El salmista dice: "Amo al Señor." Pero esta declaración de amor tiene un componente inseparable de ese amor: este amor es el resultado de algo que Dios ha hecho con este salmista. "Amo al Señor porque oye mi voz y mis súplicas."

Nosotros sabemos que en nuestro corazón no hay amor para con el Señor de manera natural. Nosotros estábamos separados de su amor, muertos en nuestros delitos y pecados, completamente ajenos a la vida de Dios, separados en nuestros pensamientos y nuestras acciones de aquello que el Señor tenía para con nosotros. Sin embargo, "mas Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros", de tal forma que nuestro amor es reactivo: nuestro amor reacciona ante el amor de Dios. El apóstol Juan lo dice de una manera muy clara y muy evidente.

Los invito a que brevemente, sujetando la Biblia en el Salmo 116, podamos ver 1 Juan 4:10, en donde Juan dice con mucha claridad: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados." En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, manifestado en Jesucristo. Y en el versículo 19 del mismo capítulo 4 dice: "Nosotros amamos porque Él nos amó primero." Nosotros tenemos la capacidad de amar porque Él nos amó primero.

Entonces, volviendo al Salmo 116, el salmista dice: "Amo al Señor porque oye mi voz y mis súplicas." Aquí hay un asunto interesante: el salmista dice que ama al Señor porque el Señor le oye, porque el Señor oye su voz y también oye sus súplicas. A veces nosotros tenemos la idea de un Dios a quien amamos simplemente porque en momentos difíciles, en circunstancias complicadas de nuestra vida, Dios está atento a nosotros. Sin embargo, el amor de Dios para con nosotros se extiende aún más, porque el Señor simplemente oye mi voz. Oye mi voz cuando estoy conversando. Oye mi voz cuando estoy con mi familia. Oye mi voz cuando estoy solo conmigo mismo. El amor de Dios se manifiesta en que Dios está presente en todos los momentos de mi existencia.

El Señor oye mi voz y oye también mis súplicas, y está atento a mí en todo momento. No es simplemente un bombero que llega en un momento determinado de mi vida cuando mi casa está a punto de caer. No, el amor de Dios se manifiesta en que Él permanece conmigo siempre, oyendo mis súplicas. Y no solamente eso, sino que Él tiene una actitud para conmigo. Dice el versículo 2: "Porque a mí ha inclinado su oído." No es solamente que Dios estaba pasando cerca de mí y en eso escuchó mi voz y prestó atención. Eso no dice el pasaje. El pasaje dice que el Señor está permanentemente oyéndome. Él se ha inclinado a mí. Él ha tomado la actitud de escucharme, de estar interesado en lo que yo digo, más allá de mis necesidades, más allá de mis premuras, más allá de mis conflictos. Dios quiere oírme.

Y el salmista dice que esto no es una experiencia del pasado, no es algo que pasó de repente, no es algo que sucedió en 1925, no es algo que me pasó hace dos años: es algo permanente en su vida. "Amo al Señor porque siempre me oye. Amo al Señor porque está siempre allí, ha inclinado su oído hacia mí." Por tanto, él toma una decisión: "Por tanto, yo le voy a invocar a Él mientras yo viva." Esta presencia de Dios hace que el salmista tome una decisión: invocar el nombre de Dios.

Ahora, nosotros no usamos a menudo la palabra "invocar". Yo, por ejemplo, no invoco a Fausto: "Fausto, timboco, Fausto, bienven." Nosotros no usamos la palabra "invocar" con los seres humanos; la usamos básicamente para con Dios. Pero ¿qué significa invocar? Literalmente, la palabra "invocar" es llamar, pero llamar con proclamación. Uno invoca cuando llama a alguien para proclamar lo que ese alguien es y para consultarle. Invocar no es solamente ese llamado simple de "ven", sino que es un llamado reverente a reconocer que el que viene, viene con una respuesta a mi vida.

Entonces, yo amo al Señor porque me oye, porque me oye siempre, porque escucha mis súplicas, porque se ha dispuesto a escucharme. Por lo tanto, yo le voy a llamar, le voy a proclamar y le voy a consultar mientras yo viva.

Ahora, esta primera identificación con el Salmista: yo quiero preguntarles, ¿ustedes tienen ese Dios? ¿Ustedes conocen al Dios que el Salmista está mencionando? ¿Ustedes tienen ese mismo Dios que les oye, la voz que les oye las súplicas, que ha inclinado a usted su oído, que ustedes pueden percibir, que es un Dios cercano que les ama, y por lo tanto ustedes le aman también? Ese es un Dios, entonces vamos bien, vamos por buen camino. Ese es un Dios a quien yo he decidido invocar mientras yo viva.

Ahora esta declaración afirmativa, había una relación con un Dios que nos ama, luego se convierte más adelante, a partir del verso 3 al verso 6, en un testimonio. No basta solamente con decir: "¡Oye, Dios me oye!" Sino, ¿cómo es que Dios te oye, cuándo es que Dios te ha oído? Porque todos nosotros debemos tener algún tipo de testimonio personal, la manifestación evidente de que en tal fecha y en tal momento Dios me oyó, de que en tal fecha y en tal momento Dios intervino en mi vida de manera majestuosa. No es solamente una declaración sentimental; es una evidencia delante de los hombres de que Dios se hizo presente, y eso es lo que hace el Salmista del verso 3 al verso 6.

Dice: "Los lazos de la muerte me rodearon, los terrores del Seol vinieron sobre mí, angustia y tristeza encontré. Invoqué entonces el nombre del Señor diciendo: '¡Te ruego, oh Señor, salva mi alma, salva mi vida!' Clemente y justo es el Señor, sí, compasivo es nuestro Dios. El Señor guarda a los sencillos; estaba yo postrado y me salvó."

Este es un testimonio dramático, pero claro y potente en cuanto a la realidad de lo que el Salmista estaba diciendo: yo amo al Señor porque me oye; déjenme mostrarles cuándo es que el Señor me oyó. Él pasa a relatar un evento dramático de su propia vida: los lazos de la muerte me rodearon, y los terrores del Seol vinieron sobre mí, angustia y tristeza encontré. Él habla de un momento en su vida en que su vida corría peligro, peligro de muerte; él llegó a percibir el lugar de los muertos delante de sus propios ojos, estaba angustiado y entristecido en medio de su caminar.

Los estudiosos señalan que aquí hay una doble vivencia: que por un lado se trata de una vivencia personal de alguien que estuvo en un verdadero peligro de muerte por medio de una situación real, y por el otro lado tiene que ver con el hecho de que todo hombre y toda mujer separado de Dios estaba bajo el peligro de la muerte, porque está muerto en sus delitos y pecados. Esa es entonces una realidad universal, la realidad universal de la tristeza y la angustia en la que nos encontrábamos cuando vivíamos sin Dios en este mundo. Los lazos de la muerte me rodearon y los terrores del Seol vinieron sobre mí.

Pero el Salmista reconoce, allí en el verso 4: "Invoqué entonces el nombre del Señor diciendo: '¡Te ruego, Señor, rescata mi vida!'" La palabra "salvar" es la misma palabra que "rescatar", y aquí básicamente está usando la palabra rescatar: recobrar por precio o por fuerza lo que el enemigo ha tomado, cualquier cosa que esté en manos ajenas. El Salmista reconoce que al estar rodeado por la muerte estaba en manos ajenas, se había entregado al enemigo, y por lo tanto le dice al Señor en medio de su angustia: "¡Te ruego, Señor, rescata mi vida! Paga el precio por mi salvación." Eso es lo que el Salmista está pidiendo: recóbrame por precio o por fuerza del mismo enemigo.

Y en los versos 5 y 6 nosotros encontramos esa respuesta. Si leemos el final del verso 6, él va a decir: "Estaba yo postrado y me salvó." Estaba yo postrado y me salvó; o sea, el momento en que el Señor lo viene a rescatar es un momento en que él estaba completamente imposibilitado de poder salvarse a sí mismo, y lo único que tenía era ese grito de auxilio: "Señor, rescátame."

Lo interesante de esto, hermano, sé que quizás ustedes no lo notan, pero aquí hay una cosa muy singular. Ustedes notan que entre el verso 4 y el verso 5 hay como un rompimiento de la frase, porque en realidad debería decir, si nosotros lo pensamos con cierta lógica humana: "Invoqué entonces el nombre del Señor diciendo: '¡Te ruego, Señor, salva mi vida!' Estaba yo postrado y me salvó. ¡Clemente y justo es el Señor, sí, compasivo es nuestro Dios!"; porque nosotros primeramente vemos la acción y luego damos el reconocimiento, ¿verdad? Primero, ya estoy salvado; ahora sí, ¡clemente y justo es el Señor!

Sin embargo, el Salmista lo ordena de esa manera, porque es la manera correcta en que nosotros nos acercamos delante de Dios en medio de nuestras pruebas. En medio de nuestras pruebas no es que le estemos diciendo al Señor: "Señor, si tú fueras bueno, si tú fueras compasivo, si tú eres clemente…", como que estamos dudando de quién va a venir a nuestro rescate. Nuestra primera declaración, antes de la salvación, es reconocer quién es nuestro Dios: "¡Clemente es nuestro Dios y justo, compasivo, el Dios que guarda a los sencillos!" Estaba yo postrado y me salvó.

Eso es lo que hace el Salmista: reconocer el carácter de Dios, y por lo tanto él declara, a través de los atributos que reconoce en el Señor, la grandeza de ese Dios. "¡Clemente y justo!" Clemente y justo son dos palabras que podríamos llamar sinónimas, porque clemente tiene que ver con alguien que es moderado al aplicar la justicia, y justo es aquel que obra según la justicia; por lo tanto, clemente y justo van de la mano. Podría haber usado una sola de las palabras.

Los estudiosos dicen con respecto a esto que podría tratarse de que el gran problema de ese hombre que estaba en los lazos de la muerte era producto de su propia injusticia. O sea, él se había metido en un lío producto de su propio pecado; estaba en los lazos de la muerte, en angustia y tristeza, producto de que él había quebrantado el mandamiento de Dios. Por eso, cuando le pide al Señor que lo rescate, los primeros atributos que reconoce de Dios son su clemencia y su justicia: "¡Clemente y justo, Señor, eres Tú! ¡Compasivo, que guardas a los sencillos!"

La palabra "sencillo" es la palabra simple. Calvino decía que era alguien que no tiene la suficiente prudencia ni los medios para manejar sus propios asuntos y sus propias dificultades, alguien que no ha sido capaz de manejarse como un adulto ante sus problemas y que por lo tanto está completamente entregado. Por eso la Septuaginta la traduce como "niños pequeños": un niño que no tiene la capacidad de manejar sus propios asuntos.

Entonces, ¿qué hace el Salmista? Está reconociendo la liberación justa de Dios, el momento en que el Señor interviene de manera soberana en medio de un asunto en que él mismo se ha visto encerrado y envuelto en angustia y tristeza, pero descubre que el Señor es clemente y justo, que compasivo es nuestro Dios, el Señor que guarda a los sencillos; cuando él estaba postrado, lo salvó.

Ahora, la pregunta es: ¿cuántos de nosotros hemos estado en una situación semejante? ¿A cuántos de nosotros el Señor nos ha rescatado de los lazos de la misma muerte? Definitivamente, todos los cristianos tenemos un momento común en que el Señor nos rescató de los lazos de la muerte y de la realidad de nuestro propio pecado: el día de nuestra conversión, en que nosotros vinimos al Señor y fuimos justificados por gracia, por el poder de la cruz del Calvario. De tal forma que todo cristiano se identifica con este testimonio y puede poner también una fecha al momento especial en que Dios intervino en nuestras vidas, y el Dios clemente y justo, compasivo, que guarda a los sencillos, a pesar de que estábamos postrados, nos salvó. Y por eso le damos gloria a su nombre.

Entonces hay una declaración, hay un testimonio, y luego del verso 7 al verso 11 nosotros encontramos como una actitud. ¿Cuál es la actitud correcta ante un Dios que actúa a nuestro favor y nos ama? ¿Cuál es la actitud correcta que tenemos que tener ante un Dios que actúa con tales prodigios a nuestro favor?

El verso 7 al 11 dice: "Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes. Pues Tú has rescatado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas, mis pies de tropezar; andaré delante del Señor en la tierra de los vivientes. Yo creía, aun cuando decía: 'Estoy muy afligido'; dije en mi apresuramiento: 'Todo hombre es mentiroso.'"

Ahora, ¿cuál es la actitud que nosotros debemos tener ante un Dios que nos oye, que oye nuestra voz y nuestras súplicas, que ha inclinado su oído a nosotros, ante un Dios del que nosotros podemos dar testimonios de su obra permanente en nuestras vidas —primeramente en términos de salvación eterna y luego en términos de salvación de conflictos en los cuales nosotros mismos nos hemos metido—, pero que de manera compasiva el Dios clemente y justo ha intervenido de tal manera que en más de una vez nos ha salvado? El Salmista dice, llamándose la atención a sí mismo, hablándole a su propio corazón: "Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes." No más angustias, no más tristezas; alma mía, vuelve a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de favores.

Esos favores deben orientar nuestra vida para que nosotros vivamos una vida de conciencia en el Señor, y no que sigamos viviendo angustiados ante los temores y las circunstancias que nos rodean. Él se llama la atención: un Dios de amor me invita a que yo viva rodeado por su amor; un Dios que nos ampara bajo sus alas, un Dios que por detrás y por delante nos rodea y sobre nosotros pone su mano, un Dios que ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, un Dios que ha prometido guardar nuestra vida en el secreto de su corazón, reclama de nosotros que nuestra alma esté en reposo. Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de favores.

¿Cuáles son esos favores? Pues los pasa a relatar de una manera sencilla en el verso 8, entre otros términos.

Pues tú has rescatado —nuevamente la palabra "rescate"— al Señor ha pagado el precio por nuestra liberación. Que ha rescatado en nuestra vida, dice: "Tú has rescatado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de tropezar." Tú has rescatado mi alma de la muerte, tú has pagado el precio por mi liberación espiritual. Yo estaba muerto en mis delitos y pecados; ahora vivo con la vida del Cristo resucitado. Tú has pagado el precio de mi salvación.

Pero no es solamente eso, sino que en segundo lugar dice: "Tú has rescatado mis ojos de las lágrimas." Tú has pagado el precio para evitar las lágrimas en mis ojos. ¿De qué se trata esta frase poética? Pues tenemos que verlo como que el orden de mi vida ha cambiado de tal manera que me evitará los quebrantos provocados por mis propias malas acciones. El Señor ha puesto tal orden nuevo en mi vida, de tal forma que el Señor ha rescatado mis ojos de las lágrimas.

Tú no sabes las lágrimas de las que te ha rescatado el Señor en esta nueva vida que tú tienes con Él. Tú no sabes cuántas lágrimas el Señor te está evitando. Tú no sabes cuánto dolor y quebranto fabricado por ti mismo el Señor ha rescatado para que tú no caigas en él. El Señor no solamente ha rescatado tu alma de la muerte; el Señor también ha pagado el precio por las lágrimas que ya no derramarás. Y eso es motivo de gratitud en mi corazón, porque sin Él yo estaría perdido en mis delitos y pecados, dañado y haciendo daño, pero el Señor me rescata de tal manera que Él paga el precio aún por las lágrimas que ya no lloraré. ¡Qué bendición!

Pero no solamente es eso, sino que dice que los bienes, los favores que el Señor me ha dado, son el rescate de mi alma de la muerte, el rescate de mis ojos de las lágrimas y el rescate de mis pies de resbalar o de tropezar. No solamente el Señor se ha encargado de evitarme las lágrimas en mi vida, sino que el Señor también me promete que Él ha pagado el rescate para poder salir de las tentaciones en las que yo me pueda meter. El Señor va a garantizar que mis pies no resbalen, porque el Señor ha pagado el precio; ha dado el rescate para que mis pies no caigan en el tropiezo. Por eso el Señor promete en su Palabra que juntamente con la tentación nos dará la salida. Por eso el Señor promete en su Palabra que aquel que fue tentado en todo, pero sin pecado, tiene el poder para socorrernos cuando somos tentados.

Esa es la promesa del Señor; esos son los bienes, los favores que el Señor nos ha concedido. ¿Por qué amo al Señor? Porque ha oído mi voz y mis súplicas, porque ha inclinado a mí su oído, porque me ha rescatado de los lazos de la muerte. Y ahora tengo una nueva actitud conforme a los nuevos bienes que el Señor me ha dado, porque ha rescatado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de resbalar.

Por lo tanto, sobre la base de esos bienes, yo tengo que tener una actitud distinta. Ya que el Señor ha rescatado mi alma de la muerte, entonces el versículo 9 dice: "¿Andaré delante del Señor en la tierra de los vivientes?" Si el Señor ha rescatado mi alma de la muerte, entonces mientras yo viva, voy a andar delante del Señor en la tierra de los que viven. Voy a andar delante del Señor manteniéndome bajo la dirección y la presencia del Señor; andaré delante de Él, andaré en su presencia, percibiré que Él está conmigo todos los días de mi vida, porque Él ha librado mi alma de la muerte. Si yo vivo, vivo para Él.

El Señor que ha rescatado mis ojos de las lágrimas, pues en el versículo 10 dice: "Yo creía, aun cuando decía: estoy muy afligido." El Señor que ha comprado y ha pagado por las lágrimas que yo no voy a derramar sabe que yo igual soy débil, que yo igual me aflijo, que yo igual me entristezco. Pero si yo creo que el Señor ha comprado mis lágrimas, entonces yo voy a creer en su promesa, aun cuando esté afligido. Yo voy a mantenerme cerca de su promesa, aun cuando sé que estoy afligido. Yo no le voy a negar al Señor que tengo momentos difíciles en mi vida. Yo no le voy a negar al Señor que hay momentos en que parece que las puertas se cierran en mi cara. Yo no le voy a negar al Señor cuando otras personas me hacen daño, pero yo firmemente voy a creer, porque el Señor me ha rescatado mis ojos de las lágrimas, y eso es lo que yo tengo que vivir delante del Señor y en su Palabra.

Y lo tercero: dice que el Señor ha rescatado mis pies de tropezar, y dice el versículo 11: "Dije en mi apresuramiento: todo hombre es mentiroso." ¿Cuál es la relación entre el rescate de mis pies de tropezar y esta afirmación que parece que saliera fuera de contexto? "Dije en mi apresuramiento: todo hombre es mentiroso." Al parecer el salmista está abriendo sus ojos y dice: "¡Ahora me doy cuenta! Ahora me doy cuenta de que todo hombre miente." Eso es lo que está diciendo: todo hombre miente.

Entonces lo que debemos entender, hermanos, es que nuestra confianza no radica en las promesas que los hombres nos puedan hacer. No radica en las promesas que los hombres puedan establecer. Todo hombre miente, porque es incapaz de cumplir las promesas que él mismo hace. Por lo tanto, si yo voy a descansar en alguien, voy a descansar en el Señor, porque si no, mis pies van a tropezar cuando nuevamente deje de fijarme en las promesas de Dios y empiece a fijarme en las promesas que los hombres dan. ¡Dije en mi apresuramiento! Todo hombre miente. Todo hombre es incapaz de poder cumplir sus promesas.

Hermanos, hasta este momento es una gran declaración: la gran declaración en la que nosotros debemos sentirnos identificados. Sentirnos identificados con un Dios presente. Sentirnos identificados con un Dios actuante. Y sentirnos identificados con un Dios que cambia nuestra manera de vivir. Esas tres cosas son motivo de gratitud delante de nuestro Dios, y esa es la gratitud que nosotros permanentemente mostramos al Señor. Damos testimonio de su obra, damos testimonio de su presencia, damos testimonio de su gracia, de su compasión, de su liberación, de su redención en Jesucristo, de su intervención soberana en nuestras vidas.

Pero el salmista no se queda allí, y a veces como iglesia nos quedamos allí; hasta este punto llegamos en nuestro crecimiento espiritual. Sin embargo, el salmista continúa, y en esto que continúa es donde se convierte en un siervo de Dios. Él dice, a partir del versículo 12 hasta el versículo 15: "¿Qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor. Cumpliré mis votos al Señor sí, en presencia de todo su pueblo. Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus santos."

Hermanos, nosotros nos hemos hecho esa pregunta. Nosotros que hemos dicho amén y hemos aplaudido la intervención de Dios, porque creemos que es así, porque sucede en nuestra vida, nos hemos hecho la pregunta del salmista del versículo 12: "¿Qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?" No nos equivoquemos: no estamos negando que la salvación no es por obras, porque el salmista no está diciendo "¿qué daré al Señor para obtener todos sus beneficios?" Él está diciendo "¿qué daré al Señor por todos los beneficios que ya recibí?", que ya recibí. O sea, estamos hablando de gratitud, una gratitud que sale de un corazón que reconoce que el Señor le ha entregado todo por pura gracia, que le oye, que lo liberta, que le cambia la actitud, que lo llena de bienes y favores. Entonces la pregunta natural de un verdadero corazón agradecido es: "¿Qué daré al Señor por todos los beneficios para conmigo?"

Esa es la pregunta que nosotros debemos hacernos. Es la misma relación con el Señor: nuestro entendimiento para la acción. ¿Qué hacer con todo aquello que el Señor me regala? Y ahora que tienes todo esto, ¿qué debes hacer con la gratitud de tu corazón? "¿Qué daré al Señor por todos los beneficios para conmigo?" Y el salmista detalla una serie de cosas que él considera importantes, que debemos examinar en nuestro corazón.

La primera es: "Alzaré la copa de la salvación." ¿Qué es alzar la copa de la salvación? Porque podría sonarnos extraño en nuestro tiempo. Los estudiosos señalan que tiene diferentes acepciones. La primera es que cada vez que se ofrecía un sacrificio de gratitud delante de Dios, cuando el sacrificio estaba siendo quemado, la persona que lo ofrecía venía con una copa de vino y la derramaba sobre el sacrificio, en una demostración pública de que ese sacrificio era personal y un reconocimiento de gratitud delante del Señor. La segunda tiene que ver con la celebración de la Pascua, el reconocimiento de la liberación del pueblo de Israel, cuando en medio de la cena se levantaba la copa y se reconocía en gratitud para con Dios por la liberación que ellos habían obtenido.

Esto para nosotros no es ajeno, ya que reconocemos que en la cena del Señor, el Señor levantó la copa. Al levantar la copa, Él no estaba haciendo algo diferente a lo que los judíos hacían en la cena pascual; lo que le está dando es un nuevo significado a la cena del Señor. Pero básicamente este levantar la copa tiene que ver también, como lo vemos en los evangelios y en el Nuevo Testamento, cuando el Señor dice: "Padre, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." Por lo tanto, esta copa tiene un significado también en ese sentido. Recordemos que cuando Juan y Santiago se presentaron delante del Señor y le pidieron estar a la derecha o a la izquierda, Jesucristo les respondió: "¿Podéis beber de la copa que yo he de beber?" Y ellos dijeron: "Podremos." ¿Cuál es el significado de esta copa? La copa, entonces, el alzar la copa, tenía que ver con la celebración de la obra cumplida, de la obra realizada. De tal forma que cuando dice "alzaré la copa de la salvación", está reconociendo: "Señor, yo reconozco que soy salvo, de cabo a rabo, de principio a fin, de Alfa y Omega. Tu obra salvífica es completa en mí."

Y esa es la primera declaración de gratitud delante del Señor, porque nosotros vivimos con salvaciones a medias, y las salvaciones a medias duelen. Alzar la copa es lo que es hacer un brindis: cuando alzas la copa y celebras a los recién casados, no están medio casados, ¿verdad? Bueno, ¿celebramos por si la obra no está completa, el matrimonio que va a medias? ¿Entonces vamos a alzar la copa? No. Es una celebración por algo que está completo.

Alzar la copa de la salvación, hermanos. Alcemos la copa de la salvación, digamos: "El Señor me ha salvado, Él ha cumplido su obra, la ha hecho perfecta. Jesucristo murió de manera completa en la cruz del Calvario, derramando su sangre a mi favor, y esa obra es perfecta en mí." Declaro, levantando la copa, que el Señor lo ha hecho todo por mí. Entonces, alzaré. ¿Cuál es la primera gratitud de nuestro corazón? ¿Qué le daré al Señor por todos los beneficios para conmigo? Primero, reconoceré que su salvación es perfecta en mí.

En segundo lugar, dice: "Invocaré el nombre del Señor." Lo ha dicho en varias oportunidades, pero en esta oportunidad tiene que ver con hacer a Dios presente en todos los momentos de mi vida. Recordemos que en el Génesis, cuando Abraham, que era peregrino, iba de lugar en lugar, cada vez que invocaba el nombre del Señor y el Señor se hacía presente, él levantaba un altar en reconocimiento de que el Señor se había presentado allí. Una persona agradecida con el Señor invoca al Señor en todo lugar.

Una persona salva reconoce al Señor en su trabajo, en sus negocios, en su oficina, en sus relaciones familiares, mientras come con la familia, mientras estás solo: invoca el nombre del Señor porque lo quiere presente en todos los momentos de su vida. Eso es invocar el nombre del Señor. La segunda muestra de nuestra gratitud para con Dios es cuando nosotros estamos dispuestos a levantar el nombre del Señor, a llamarlo, a proclamarlo, a consultarlo en todas las esferas y en todas las áreas de nuestra vida, porque no hay área ni esfera de nuestra vida donde el Señor no sea rey. Él tiene algo que decir en tus negocios, algo que decir de tus cuentas bancarias, algo que decirte en cuanto a tus relaciones familiares, tus relaciones personales, y aun la voz que tú tienes para contigo mismo: invoca el nombre del Señor.

Pero no solamente termina allí, sino que dice el versículo 14: "Cumpliré mis votos al Señor. Sí, en presencia de todo su pueblo, cumpliré mis votos al Señor." Los votos tienen que ver con las ofrendas de gratitud a Dios que salen de un corazón agradecido y que responden a las necesidades de su pueblo. Los votos tienen que ver con la manifestación pública de gratitud delante de Dios. La pregunta es: ¿dónde están tus votos cumplidos delante del pueblo? ¿Dónde está tu servicio, dónde está tu entrega? ¿Qué es lo que estás haciendo tú en reconocimiento de todo lo que el Señor ha hecho por ti?

Si el Señor ha hecho poco, pues olvidémonos del asunto. Pero si el Señor ha hecho mucho, ¿dónde están los votos que has cumplido delante del pueblo de Dios? "Cumpliré mis votos al Señor." Y miren cómo el salmista mismo se arenga así: "Cumpliré mis votos al Señor. Sí, en presencia de todo su pueblo." Porque a veces tú podrías decir: "No, pero yo lo hago íntimamente. El Señor sabe. Yo doy ofrenda por ahí que nadie ve, yo hago cosas cuando estoy en la calle con los niños, nadie sabe, porque eso es muy humilde." Pero aquí el pasaje dice: "Cumpliré mis votos al Señor." Y luego se queda pensando el salmista y dice: "Sí, en presencia de todo el pueblo", porque mi Dios merece que el pueblo sepa lo agradecido que estoy. El pueblo de Dios necesita ver a los hombres y mujeres agradecidos que no solamente agradecen escuchar la Palabra, sino que se disponen a servir al Señor.

Y el versículo 15, hermanos, podría parecer que está fuera de contexto, como un añadido. Dice: "Estimada es a los ojos del Señor la muerte de sus santos." ¿Qué tiene que ver esto con todas estas ofrendas y con todo lo que venimos viendo? Pues, hermanos, lo que el salmista en medio de su reflexión está diciendo es que la muerte no es algo casual ni trágico. A veces nosotros vivimos perseguidos por la muerte, tratando de hacer la vida: "Mira que tengo que madrugar, mira que tengo que trabajar mucho, mira que tengo que hacer esto, mira que tengo que hacer lo otro", porque la muerte nos ronda. Nosotros vivimos coqueteando con la muerte.

Pero el Señor, a través del salmista, está diciendo: "¡Señores! La muerte no es algo casual, no es algo trágico, es algo que Dios valora. El Señor valora nuestra muerte, de tal manera que el Señor nos va a llamar con amor cuando Él lo quiera." Pero que eso no sea un obstáculo para cumplirle mis votos al Señor. "Estimada es a los ojos del Señor la muerte de sus santos." Nosotros no estamos aquí persiguiendo la muerte, porque la muerte ha sido pagada a precio de sangre por nuestro Señor Jesucristo. Mientras estemos aquí, vivamos para el Señor, porque cuando ese día llegue, será un día glorioso. Pero mientras ese día llega, cumplamos nuestros votos al Señor.

Terminamos, hermanos. La pregunta de esta mañana es: ¿qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? El salmista termina, del versículo 16 al 19, haciendo un reconocimiento de lo que él es delante de Dios. Él no es un príncipe, no es un profeta, no es un ángel del cielo, sino que llega a una conclusión, a la conclusión a la que debe llegar todo corazón agradecido que ha recibido los beneficios de Dios: "¡Ah, Señor! Ciertamente yo soy tu ciervo, ciervo tuyo soy, hijo de tu cierva. Tú desataste mis ataduras. Te ofreceré sacrificios de acción de gracias e invocaré el nombre del Señor. Al Señor cumpliré mis votos, sí, en presencia de todo su pueblo, en los atrios de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. ¡Aleluya!"

"¡Ah, Señor!" Como que su corazón se carga de gratitud. "Ah, Señor, ciertamente —o sea, de todas maneras, en conclusión— yo soy tu ciervo." Y cuando él dice "soy tu ciervo, ciervo tuyo soy", lo que está haciendo es un énfasis que en hebreo indica la profundidad de la declaración que le está haciendo: "Yo soy tu ciervo, yo soy tu esclavo, hiperultrasúper esclavo tuyo soy. Yo soy, ciertamente, un esclavo tuyo, Señor." Pero no solamente dice eso: "Yo soy tu ciervo, ciervo tuyo soy", sino que dice: "Soy hijo de tu cierva." Ser hijo de tu cierva tiene que ver con que él nació en la esclavitud. Al nacer en la esclavitud, eso refuerza su condición, porque había esclavos que llegaban a serlo como consecuencia de una derrota en la guerra y por lo tanto se los llevaban como esclavos, o por una deuda no pagada se convertían en esclavos. Pero él le está diciendo: "Yo no soy esclavo tuyo producto de las circunstancias. Yo soy un esclavo tuyo por lo que tú has hecho por mí. ¡Ah, Señor, yo soy un esclavo tuyo! Esclavo, esclavo tuyo soy. Sí, Señor, soy tu esclavo, ciertamente soy tu ciervo, hijo de tu cierva."

Pero lo precioso, hermanos, es lo que quizás no han visto todavía, porque dice allí al final del versículo 16: "Tú desataste mis ataduras." O sea: "Yo no soy esclavo encadenado, yo no tengo cadenas. Tú me liberaste. Yo soy ciervo, pero un ciervo libre. Estoy contigo porque yo quiero, estoy contigo por gratitud, estoy contigo porque tú me has recibido y no quieres que me vaya. Por eso soy tu ciervo, soy tu ciervo porque no hay nada, nada que me obligue. Soy tu ciervo por amor. Tú desataste mis ataduras, pero yo soy tu esclavo, así, así, porque me quedo contigo. Y gracias, Señor, por dejarme en tu casa."

Por eso es que esa declaración, hermanos, llama nuestro corazón a que, si tenemos un corazón agradecido por Dios, por su Palabra, por lo que nos dice, por sus milagros transformadores, lo único que nos queda es preguntarnos: ¿qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Por eso él dice, del versículo 17 al 19: "Te ofreceré sacrificios de acción de gracias", son sacrificios de acción de gracias de un corazón agradecido hacia un Dios que va adelante nuestro. "Invocaré el nombre del Señor", te haré presente en toda mi vida. "Al Señor cumpliré mis votos", y nuevamente dice "sí", o sea, cuidado, nada de ese crédito de "no, que yo lo hago por mi cuenta, que yo soy un ciervo solo, a mí no me gusta hacer alarde": "Sí, cumpliré mis votos en presencia de todo su pueblo", o sea, delante de todas las personas.

Pero él añade: "En los atrios de la casa del Señor", o sea, en el templo de Jerusalén, lo que sería para nosotros la iglesia. La iglesia necesita personas agradecidas que respondan en servicio a la gratitud que tienen para con Dios. Estamos carentes de maestros, estamos carentes de siervos, estamos carentes de gente que vaya a los hospitales, que vayan a las cárceles. No hay corazones agradecidos, y tenemos que responder en los atrios de la casa del Señor. Tenemos que responder, y "en medio de ti, oh Jerusalén", en medio de toda la ciudad, tenemos que ser siervos de Dios que respondan con gratitud por aquello que el Señor hace por nosotros. Respondamos a la pregunta: ¿qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?

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Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.