Integridad y Sabiduria
Sermones

Creados para fructificar

Pepe Mendoza 13 noviembre, 2011

La vida cristiana no es solo recibir de Dios, sino dar fruto para su gloria. A lo largo del Evangelio de Juan, Jesús se presenta como el pan de vida, la luz del mundo, el buen pastor, la resurrección y el camino al Padre. En cada imagen, los creyentes aparecen como receptores de su gracia. Pero en Juan 15, algo cambia: Jesús se presenta como la vid verdadera y el Padre como el viñador, introduciendo así el tema de la fructificación. Ya no se trata solo de recibir, sino de producir fruto.

La vid es una planta que exige cuidado constante. A diferencia de un mango que crece sin atención, la vid silvestre produce uvas amargas e inservibles. Solo el trabajo paciente del viñador —podando, quitando piedras, acomodando las ramas para que reciban sol— hace posible un fruto dulce y abundante. Así trabaja Dios en sus hijos: con tijera en mano, cortando lo que estorba, limpiando lo que enferma, reordenando lo que crece desordenado.

El problema es que a los creyentes no les gusta ser podados. Cuando Dios viene con la tijera hacia el área laboral, la familia o las finanzas, la tentación es correr, alejarse, esperar a que pase la temporada de poda. Pero la palabra clave del pasaje es "permanecer". El sarmiento que se separa de la vid no solo deja de dar fruto: se seca y muere. No hay fructificación posible sin permanencia en Cristo a través de la Palabra, la oración y la vida en comunidad.

El llamado es claro: quedarse cerca del Señor mientras él trabaja, aunque duela, aunque tome tiempo, porque el fruto que viene es para su gloria.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a abrir nuestras Biblias en el Evangelio de Juan y vamos a poner nuestras manos en el capítulo 15! Durante estas semanas, nuestro pastor estuvo dándonos una pequeña serie acerca de la gran comisión, acerca de las misiones, acerca de nuestra responsabilidad para ir y nuestra responsabilidad también de ser discípulos y de poder hacer discípulos. Esto lo hemos entendido a cabalidad y queremos ahondar aún un poco más en esta verdad, entendiendo algo que también yo estuve compartiendo con ustedes durante algunas semanas, que titulamos "La apologética de la acción" o "La defensa de la acción", viendo cómo la vida cristiana es una vida para vivirla, que la Palabra de Dios tiene tal influencia sobre nuestras vidas que no puede quedar simplemente como una mera reflexión en nuestra mente o como una mera opinión religiosa, sino que se convierte en un accionar permanente en nuestra existencia.

Nosotros veíamos cómo el apóstol Pedro nos llamaba a preparar el entendimiento para la acción, que era como remangarse las mangas y prepararse para trabajar. El Señor nos habla y el Señor nos dispone a actuar, nos dispone a vivir una vida que le dé gloria a Él, una vida que responda a sus principios y que sea capaz de poder hacer prevalecer en la realidad aquellas cosas que el Señor nos está dando en el corazón.

También nosotros vimos cómo a través del Salmo 116 nosotros estamos viviendo una vida que es agradecida para con Dios. Nosotros queremos que Dios brille en nuestras vidas, y realmente eso lo ha hecho de manera misericordiosa en cada uno de nosotros que hemos creído en la obra poderosa de Jesucristo en la cruz del Calvario. Jesucristo nos sacó de la oscuridad, de la muerte, de la penumbra y de nosotros mismos, y nos ha llevado a su propio reino, y eso es motivo de gratitud.

Y algo en lo que fallamos, y que el Salmo 116 nos llevó a entender, es que todos debemos hacernos la pregunta: ¿qué haré por todos los beneficios que el Señor ha hecho conmigo? Esa pregunta es una pregunta irrenunciable que todo creyente debe hacerse, que todo creyente agradecido debe hacerse, y que debe buscar en su vida poder servir al Señor con todo su corazón, poder entregar su vida delante de Él de tal manera que podamos reflejar en gratitud aquello que el Señor ha hecho por nosotros. Clarificamos muy bien que no se trataba de comprar la salvación ni ganarme los beneficios de Dios, sino qué voy a hacer con todos los beneficios que el Señor ya me ha dado por su sola gracia, porque definitivamente nosotros somos el resultado de la gracia de Dios en nuestras propias vidas. Y de eso se trató.

Yo quisiera culminar estos dos pensamientos anteriores, junto con todo aquello que nuestro pastor nos ha estado enseñando, con un último principio que tiene que ver con la realidad de que nosotros hemos sido creados para fructificar. Nada de lo que hemos dicho hasta este momento es algo ajeno a los cristianos, esto no es algo que simplemente debe existir con algunos cristianos privilegiados o especiales, sino que más bien nos pertenece a todos aquellos que hemos creído en el Señor Jesucristo, a todos aquellos que se nos da la oportunidad de vivir en novedad de vida, a todos aquellos que el Señor nos ha renovado en nuestro interior. Y en nuestro corazón el Señor nos prepara para una acción decisiva, para ser sus instrumentos en este mundo.

Y definitivamente en la Escritura, y principalmente en el Evangelio de Juan, nosotros encontramos una suma de imágenes, una suma de ilustraciones que nos demuestran la centralidad de la persona de Jesucristo y su obrar en nuestras propias vidas. Esa centralidad se muestra a lo largo de diferentes imágenes que tratan de ilustrarnos quién es el Señor. No voy a pedir que ustedes busquen los pasajes específicos, pero permítanme mostrarles este caminar del Evangelio de Juan a través de diferentes ilustraciones que nos muestran la centralidad de Jesucristo y la transformación de Jesucristo en nuestras propias vidas.

En el capítulo 6 del Evangelio de Juan dice que Jesús es el pan de vida: "El que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed." Nosotros notamos esta característica: el pan de vida. Jesús es alimento espiritual. El que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed.

En el capítulo 8 Jesús se presenta como la luz del mundo: "El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida." Jesús tiene una característica interior en Él mismo: Él es la luz, y por lo tanto, en medio de nuestra oscuridad, cuando Jesús se presenta, toda oscuridad se disipa y nosotros podemos caminar con la luz de la vida.

En el capítulo 10 nosotros encontramos a Jesús presentándose como el buen pastor, pero no solamente se presenta como el buen pastor, sino también como la puerta de las ovejas. Él dice: "Si alguno entra por mí, será salvo." Jesús se presenta como el buen pastor que conoce a sus ovejas, y las suyas le conocen, y Él da su vida por sus ovejas. Esto es una figura tan hermosa que estoy seguro que muchos de nosotros valoramos en lo profundo de nuestro corazón. ¿Quién no recuerda el Salmo 23? ¿Acierto? El buen pastor. "El Señor es mi pastor", y ese recuerdo del Señor como nuestro pastor es algo que fortalece nuestra vida.

En el capítulo 11 Jesús se presenta como la resurrección y la vida: "El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás." Jesús nuevamente se presenta de manera especial como la resurrección. Nosotros, muertos en nuestros delitos y pecados, y Jesús ofreciéndose a sí mismo como la vida potente que puede levantar nuestras propias vidas de la muerte.

Y en el capítulo 14, este pasaje tan especial para nosotros los creyentes, Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida: "Nadie viene al Padre si no es por mí."

Hasta este momento nosotros descubrimos, a través de estas figuras, a través de estas ilustraciones, a través de estos símbolos, que Jesucristo no puede ser considerado simplemente como un gran maestro de moral, como un gran maestro religioso, que Jesucristo no puede ser considerado simplemente como un iluminado de la antigüedad. Jesucristo es Dios mismo. Yo soy el pan de vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por mí. Yo soy la resurrección. Yo soy la luz. Yo soy el pan de vida. A través de todas estas imágenes, Jesús nos demuestra y nos hace hincapié en que Él es el punto focal de nuestra salvación y de nuestra vida misma. Y también a través de estas imágenes trata de definirnos en dónde está la seguridad de nuestra vida y en dónde está la fortaleza de nuestra existencia, en dónde yo tengo que encontrar el sentido para mi vida.

Sin Él, sin mi Señor, yo no puedo encontrar el camino al Padre. Sin Él, por más reflexiones que yo tenga, por más claridad de mente, por más que estudie a los virtuosos de este mundo, nunca podría entender la verdad. Por más que yo intente, nunca podría encontrar la vida, porque la vida solamente está en Jesús, solo en Jesús. Él es el dueño de la vida y solamente Él puede dispensarla. Yo podría huir de la muerte, pero la muerte me encontrará; pero yo sé que en el umbral de la muerte Jesucristo me tomará de la mano. Es la resurrección y la vida.

Todas estas imágenes que van creciendo, que van subiendo en tono, son la demostración de Jesús, su presentación ante los hombres, dando cuenta de la realidad de su divinidad y de la realidad del cuidado que Él tiene sobre nuestras vidas.

Por eso es que en el capítulo 15, en los primeros cinco versículos que solamente vamos a tratar y vamos a atisbar en esta mañana, Jesús se presenta a través de una nueva figura, a través de una nueva ilustración, en donde Él ya nos ha demostrado que es el pan que calma nuestra hambre, es el agua que calma nuestra sed, es el camino, es la verdad, es la vida, es la luz, es la puerta de las ovejas, es el buen pastor, es la resurrección y la vida, y ahora Él se presenta como la vid verdadera.

Pero a través de esta ilustración Él quiere demostrarnos una realidad adicional. Hasta este momento simplemente nosotros hemos sido receptores de esa gracia, y ahora lo seremos también, pero ahora nos habla de la fructificación de nuestra vida. Hasta este momento hemos sido, simplemente a través del camino que va tomando el Evangelio de Juan, receptores de su gracia. Señor, tengo hambre. Yo soy el pan de vida. Señor, tengo sed. Yo soy el agua de vida, toma, bebe de mí. Señor, no conozco el camino. Yo soy el camino. Señor, estoy muerto. Yo soy la vida, yo soy la resurrección. Señor, estoy en oscuridad. Pues yo soy la luz del mundo. Ahora, en este momento, Él nos va a dar la oportunidad de poder fructificar en Él.

Los primeros cinco versículos de Juan capítulo 15 dicen: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer."

En primer lugar, lo que nosotros encontramos aquí, hermanos, es una primera afirmación de Dios que es igual a todas las anteriores, una afirmación en donde el hombre no tiene participación, en donde la seguridad de la salvación, la seguridad de la oferta de Dios, no requiere de intervención humana. Jesús es el camino. Jesús no dice "yo soy un camino preparado por hombres". Jesús es el pan de vida, es el alimento, es el único suficiente para satisfacer el hambre del hombre. Y en este caso, en el verso uno, Jesús dice: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador."

En este caso, Jesús está preparando y presentando una situación ideal. La situación ideal de fructificación radica en que Jesucristo se presenta a sí mismo como la vid verdadera o como la verdadera vid. La verdadera vid en el sentido de que pueden haber otras falsas, pero que no pueden ofrecer lo que Jesús ofrece. Jesús es la vid verdadera y el Padre es el viñador. La idea del Padre como viñador señala la idea de que el Señor es propietario de esa vid y por lo tanto la va a hacer fructificar.

Jesucristo, a través de su propia naturaleza, garantiza el fruto apropiado. Jesús garantiza que será a través de sí mismo que ese fruto dará lugar. Toda vida fructífera proviene del mismo Jesús, de su misma naturaleza y solo de él. Nadie tiene la naturaleza de la vid hasta que les sea implantada. Jesús no imparte su vida solamente a través de él mismo; nadie puede ofrecer la cepa de Jesús más que Jesús mismo, nadie es dueño de la vid verdadera más que el Padre que es el viñador.

Ahora, si ustedes notan, Jesús dice: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador." En este caso, se adhiere a la presencia del Padre de una manera personal. Él no dice "nuestro Padre", él dice "mi Padre", señalando que el trabajo de Dios será básicamente sobre Jesús y sobre todos aquellos que se adhieran a la vida de Jesús. El Padre que es el viñador no va a trabajar en otro campo, va a trabajar a través de la vida de Jesús. Nadie viene al Padre si no es por mí; solo hay un Salvador, solo hay un mediador entre Dios y los hombres, ese es Jesucristo. Nuestro Padre trabaja en nuestras vidas a través de Jesús.

Y Jesús presenta al Padre como el viñador, no lo presenta simplemente como el propietario de la viña, como aquel que ha comprado la viña y otros están trabajando sobre ella. Es el mismo Padre quien es el trabajador de la viña. La palabra viñador es una palabra interesante en el original, por eso es que me gustaría que ustedes la conozcan. La palabra viñador en realidad es la palabra *georgós*, de donde viene la palabra George y de donde viene la palabra Jorge. ¿Qué es un *georgós*? *Georgós* viene de dos palabras griegas: una es *geo*, que es tierra, y la otra es *ergón*, que significa trabajo. O sea, el *georgós* es el que trabaja la tierra. Si tú te llamas Jorge, eres el trabajador de la tierra; es el origen de la palabra. Jorge es el trabajador de la tierra, y en este caso nuestro Padre celestial es presentado como el mismísimo trabajador de la viña. No es solo el propietario, sino que al mismo tiempo es el agricultor, es el que está a cargo de la fructificación de la viña. Esa es la primera apreciación.

Ahora, yo siempre me he preguntado, aunque la viña, todos conocemos que la vid siempre ha representado a Israel, ¿verdad? Entonces, bueno, ¿por qué es una vid? Porque representa a Israel. Pero yo me he preguntado: ¿por qué no escogieron otro fruto? ¿Por qué no escogieron un manzano? Qué bonito un manzano. ¿Por qué no escogieron un durazno? También hay durazno en Palestina. ¿Por qué no es un durazno? ¿Por qué no es, si fuera caribeño, un mango? ¿No es cierto? Una mata de mango crece en cualquier parte. Uno va por la calle y hay matas de mango, ¿no es cierto? Y uno le pregunta al dueño de la casa: "¿Algo le echaste?" Y le dice: "¿Algo? Nunca. Yo me acuerdo de ella en temporada cuando empiezan a caer, pero ni agua, nada, nada." Crece sola, ¿no es cierto? ¿Por qué no escogió el Señor una mata de esas?

Bueno, déjenme explicarles un poco acerca de la razón de la figura de la vid, porque tiene que ver con el cuidado de Dios, tiene que ver con la manifestación de la gloria de Dios, tiene que ver con el hecho de que no hay nada en este mundo que será fructífero sin su participación soberana, directa e inmediata en cualquier asunto de la vida. Es la razón por la que el Señor escoge una vid.

La vid es considerada una planta trepadora. ¿Por qué es una planta trepadora? Porque no tiene un tronco grueso, sino que más bien tiene un tronco que se apoya sobre otros, en un apoyo externo, para que sus ramas puedan sostenerse y no arrastrarse por el suelo. Tiene un tronco retorcido, tiene vástagos muy largos, flexibles y nudosos. La corteza de la vid está tan delgada que no tiene la preocupación de mantener el tronco, sino que toda la vida de la vid va directamente al fruto. Su intención es producir el fruto y no mantener un árbol.

Ahora, lo interesante de esto es que existe una diferencia del cielo a la tierra entre una vid silvestre y una vid trabajada. Una vid silvestre es incorregible. Una mata de mango crece en cualquier parte y te da un mango. Una vid silvestre es incorregible. Su fruto es absolutamente amargo. Su fruto es del tamaño de una pasa en comparación con el fruto de la vid trabajada. Entonces, aquí está: hay una relación de labor entre la producción y el fruto propiamente tal, y las características que el fruto puede dar cuando ha sido completamente trabajado, donde se ha invertido tiempo en él.

Ahora, es muy probable que el Señor haya hablado de la vid por el enorme trabajo que le cuesta hacer que su pueblo dé fruto. ¿Verdad? Amén, amén, amén, amén, ¿no es cierto? No, porque ustedes sienten como que no les toca, entonces yo tengo que ver si les toca. Sí les toca, porque al Señor le cuesta un enorme trabajo hacer que nosotros demos fruto. En primer lugar, ustedes deben recordar que nosotros nos sacaron de la misma muerte. O sea, yo era hueso seco, y de ahí el Señor le puso carne, fibra, huesos, me despertó, me dio aliento de vida, me lavó con la sangre preciosa de Cristo, y todavía sigo terco.

Por eso es que el Señor usa la vid. Usa la vid porque los viñedos requieren de condiciones climáticas muy importantes que se dan en pocas partes del mundo, requieren de años y años de sumo cuidado para que den un fruto, requieren de un cuidado mayor que cualquier otra forma de agricultura. Básicamente el viñador tiene que estar sobre la vid día entero para que pueda dar el fruto adecuado. "Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el viñador."

Ahora, si nosotros seguimos leyendo y vamos leyendo el verso 2 y el verso 3, nos vamos a dar cuenta que hay un proceso que el Señor está narrando, que es el proceso del viñador, el proceso de la agricultura. No está diciendo nada nuevo, simplemente está narrando una realidad: "Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado."

Como les he mencionado, el trabajo del viñador es un trabajo sumamente cuidadoso. Tiene que permanecer día entero observando y cuidando la vid para que dé el fruto adecuado. En el libro de Isaías, en el Antiguo Testamento, en el capítulo 27, Isaías capítulo 27, los versos 2 y 3, se nos habla acerca justamente del Señor como viñador y del cuidado que él tiene sobre la viña. Dice el verso 2 y el verso 3 de Isaías 27: "Aquel día se dirá: una viña de vino, de ella cantad. Yo, el Señor, soy su guardador; a cada momento la riego, para que nadie la dañe, la guardo noche y día." Imagínense el cuidado del viñador.

Y yo creo que Dios no escoge otro fruto porque este es el único, el único árbol que puede representar el cuidado de Dios sobre nuestras vidas y la intención de Dios puesta sobre nosotros a través de Cristo Jesús para que nosotros seamos productivos. Ninguno de nosotros puede decir delante del Señor: "Señor, tú me criaste como mata de albahaca. Señor, tú me criaste como mata de mango en el jardín olvidado." Si hay una preocupación de Dios, es que el Señor tiene cuidado de nosotros. Si hay algo en lo que el Señor está preocupado, es por nuestra fructificación, y quiere trabajar en nuestra fructificación.

En el mismo Isaías, en el capítulo 5, hay un pasaje también que representa justamente esta intención de parte de Dios y la frustración que ha tenido nuestro Señor muchas veces con la vida de su pueblo que no ha dado el fruto adecuado, para que ustedes puedan notar un poco del proceso del trabajo de Dios. Capítulo 5, del verso 1 al verso 4, dice Isaías 5:1-4: "Cantaré ahora a mi amado el canto de mi amado acerca de su viña. Mi bien amado tenía una viña en una fértil colina. La cercó por todas partes, quitó sus piedras y la plantó de vides escogidas. Edificó una torre en medio de ella y también excavó en ella un lagar. Y esperaba que produjera uvas buenas, pero solo produjo uvas silvestres. Y ahora, moradores de Jerusalén y hombres de Judá, juzgad entre mí y mi viña. ¿Qué más se puede hacer por mi viña que yo no haya hecho en ella? Porque cuando esperaba que produjera uvas buenas, produjo uvas silvestres."

Ustedes ven a través de este pasaje todo el proceso. Suena aquí y se nos informa aquí del proceso de Dios en la laboriosidad de poder hacer que una vid se convierta en una vid productiva, y es parte del trabajo de Dios. Dice que esta viña estaba en una fértil colina, porque dicen los estudiosos de la vinicultura que las vides tienen que estar no en un terreno plano, sino en un terreno inclinado. ¿Por qué? Porque cuando cae la lluvia, el agua tiene que correr. Si el agua se estanca o el agua se queda por mucho tiempo, entonces la viña, que está tan delicada, se daña. Y dice más adelante: "la cercó por todas partes, quitó sus piedras", o sea, todo elemento que daña o que impide que el fruto crezca de manera abundante es eliminado.

Dice la parábola de vidas escogidas, o sea, la cepa de la vid es sumamente importante. También en nuestro caso, Jesús dice: "Yo soy la vid verdadera", o sea, "Yo soy la cepa verdadera". Si va a haber un fruto, va a salir de mi propia vida. Edificó una torre, una torre para evitar que animales extraños o ladrones vengan y se lleven el fruto. Edificó una torre en medio de ella y también cavó en ella un lagar, o sea, un lagar, ese lugar en donde se pisa la uva. Y el Señor, al tomar todas las medidas, esperaba que diera fruto para luego hacer el vino. Pero eso no se dio, porque dice que esperaba que produjera uvas buenas, pero solo produjo uvas silvestres, o sea, que produjo uvas que no podían ser trabajadas. Esa es la realidad.

Entonces, volviendo a Juan capítulo 15, nosotros nos encontramos allí que el Señor nos dice en los versos 2 y 3: "Todo sarmiento que en mí no da fruto lo quita, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado". Este trabajo de podar y quitar es uno de los trabajos más cuidadosos de todo viñador.

Como yo les he mencionado, la vid es uno de los árboles más nobles que produce más abundante fruto. Pero una de sus peculiaridades es que toda su fortaleza es gastada en producir fruto. Sus ramas no tienen otro valor o uso adicional: no sirven para hacer fuego, no sirve su madera para hacer muebles, no sirve más que para otra cosa que hacer fruto. Sin fruto se vuelven innecesarias y no hay razón para su existencia.

Si nosotros quisiéramos darle uso a la vid, la única razón de existir de la vid es dar fruto, que produzca uvas. Porque si nosotros quisiéramos tener una vid de adorno, ¿dónde la ponemos? ¿En la sala? ¿En la mesa? ¿Hacemos un escritorio, un escritorio o una escultura? ¿Qué podemos hacer con esta rama? Nada, porque todo su valor radica en que la savia de vida corra hacia el pámpano y que el pámpano dé fruto. Esta es la realidad de una rama de vid.

Ahora, existen muchas interpretaciones y muchas aplicaciones a lo largo de este pasaje. "Todo sarmiento que en mí no da fruto lo quita, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto". Definitivamente, el trabajo de podar es el trabajo más importante que se da en la vid. Se poda previo a la salida del fruto. Durante mucho tiempo se eliminan ramas de la cepa principal, se eliminan las ramas que se entrecruzan, se aclaran las zonas densas para evitar hongos o enfermedades que no puedan ser vistas, y para permitir que el sol irradie el fruto directamente. Se deja a todos los sarmientos separados y listos para producir fruto sin dificultades.

Este es el gran trabajo del viñador: decidir dónde va cada fruto. El fruto no sale a su voluntad; el fruto sale de acuerdo al trabajo consciente y al plan determinado por el viñador. El viñador decide qué hojas quedan, el viñador decide qué hojas parten, el viñador decide el espacio entre los frutos para que cada uno pueda crecer de manera adecuada. El trabajo del viñador es permanentemente cortar y podar, cortar y podar, cortar y podar, permitiendo que el diseño y la estructura de esta vid, que si no fuera por él estaría en el suelo, esté acomodada de tal manera que los rayos solares caigan directamente sobre ella, que el agua llegue en su justa medida y que los frutos crezcan conforme al deseo de su corazón.

"Todo sarmiento que en mí no da fruto lo quita, todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto". Y el Señor, utilizando una aplicación a su mensaje, dice: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". Porque es la Palabra el instrumento de Dios para nosotros los cristianos, mediante el cual el Señor va trabajando en nuestra vida, podando y quitando, haciendo de nuestra vida una vida productiva para que nosotros demos fruto.

Sin embargo, yo quisiera centrarme solamente y redondear esta explicación que yo les he dado, buscando qué tiene que ver esto con nosotros, en las palabras del verso 4 y del verso 5, una palabra que se repite continuamente. Dice el verso 4 y el verso 5: "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer".

¿Cuál es la palabra que se repite una y otra vez en los versos 4 y 5? La palabra permanecer. "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer". La palabra clave que nuestro Señor Jesucristo está dándonos a nosotros es la palabra permanencia: permanecer en la vid.

Y yo me pregunto: ¿por qué esta palabra es tan importante? Bueno, esta palabra es importante en primer lugar porque solamente cerca del Señor yo puedo recibir de su vida para que yo dé fruto. Yo no puedo dar fruto por mí mismo; solo puedo recibir fruto arraigado muy cerca de Él. Tengo que permanecer en directa y estrecha comunión con Él para dar fruto.

Pero la otra razón velada que yo estoy descubriendo en este pasaje, por la que el Señor nos invita a nosotros los creyentes a permanecer en Él, es porque a nosotros no nos gusta que el Señor trabaje nuestras vidas. Porque yo me corro cuando el Señor viene con la tijera y quiere trabajar en mí. Porque yo no espero que el Señor haga ese trabajo laborioso que le demanda tanto tiempo y esfuerzo, para que de mí, que no valgo nada, pueda salir un fruto para su gloria.

Y por eso es que en el verso 2, cuando me habla de la poda, y el quita, y el pone, yo me pongo nervioso porque soy una rama nerviosa. Y entonces digo: "Mejor me voy, y cuando pase la poda vuelvo". Y hay muchos cristianos que les encanta vivir así: llenos de hojas, despeinados, completos, con dos aceitunas colgando. ¿Y por qué yo vivo así? Porque no te dejas podar, porque no permaneces en el momento en que el Señor está trabajando cuidadosamente en ti.

Tenemos que permanecer en la Palabra. El Señor lo dice más adelante: "Permaneced en mí, el que permanece en mí permanece en mi palabra". Pero una de las grandes quejas de los cristianos: "No tengo tiempo para la Palabra". Y mira, hoy día todo está muy lindo, pero mi vida devocional es inexistente. La última vez que leí no me acuerdo exactamente cuándo. No permanecemos en la Palabra, no permanecemos en oración delante del Señor buscando su rostro, buscando hacer su voluntad, transmitiendo nuestros pensamientos para que Él imponga sobre nosotros los suyos.

No nos mantenemos, no permanecemos en la iglesia. La iglesia, dice el apóstol Pablo, es el cuerpo que a través de sus miembros recibe el crecimiento para ir edificándose en amor. Pero como la iglesia está llena de seres humanos y yo tengo problemas con los humanos, entonces yo no permanezco en la iglesia. "Mira, yo no voy mucho porque ahí está esa persona que me cae tan mal. Entonces yo ya he decidido no ir porque ahí me incomoda esa persona". Entonces dejo de permanecer en el cuerpo del Señor y por lo tanto no crezco.

La idea de permanencia en este pasaje no es una idea de permanencia mística, como algunos lo han interpretado tantas veces. Tiene que ver con la permanencia mientras el Señor está trabajando en mí permanentemente para que yo sea capaz de dar fruto. Si tú no estás dando el fruto que debes dar, pregúntate si estás permaneciendo en la vid. Porque en realidad tú no te tienes que preocupar por la calidad del fruto, porque la calidad del fruto depende de la savia de la cepa, que es nuestro Señor Jesucristo. Y por lo tanto, Él ha preparado buenas obras para que caminemos por ellas. De lo que debemos preocuparnos es de que yo permanezca en la vid mientras el Señor está trabajando en cada uno de los sarmientos, haciéndolos productivos, haciendo que nosotros podamos dar el fruto adecuado, dejando el tiempo suficiente para que el Señor trabaje en nuestras vidas.

Uno de los grandes dramas del cristianismo contemporáneo es que nosotros no estamos permaneciendo en el Señor el tiempo suficiente para que Él trabaje en nuestras vidas. Tenemos espasmos de cristianismo, pero no tenemos vida cristiana. Tenemos oportunidades que nos damos en diferentes actividades, pero no dejamos que el Señor trabaje en nosotros cuando la tijera está pasando, y cuando el Señor está podando, cuando el Señor está limpiando, cuando el Señor está quitando los hongos y las asperezas.

El Señor Jesús nos enseña a través de esta historia que nosotros debemos permanecer en Él. Él es la vid y el Padre es el viñador. El fruto está garantizado. Si tú dices que eres un sarmiento y tu fruto no es el adecuado, tu problema es con tu permanencia, no con la cepa de la vid ni tampoco con el viñador, sino que cada vez que el Señor viene con la tijera tú dices: "¡No, no, no, no, no! ¡A mí no! ¡Hoy día no! ¡A mí no me toquen! ¡A mí que no me toquen!" Y ese es nuestro gran problema delante de Dios.

El Señor dice en el verso 4: "Permaneced en mí", y Él dice: "y yo en vosotros". El Señor nos dice a través de este pasaje que no está poniendo una condición. No se trata de un contrato: "Si tú permaneces, yo permanezco". ¿Por qué? Porque no está usando esa misma forma verbal. Él está diciendo: "Permanece en mí, porque yo nunca me voy a mover de tu lado. Permanece en mí, porque yo voy a estar contigo".

Y cuando el Señor venga y empiece a trabajar tu área económica, no pienses que el Señor lo hace en vano. El Señor lo está haciendo porque quiere sacar de ti un fruto agradable para su gloria, porque yo estoy contigo. Cuando tú piensas que el Señor está viniendo y está tomando y agarrando tu familia, y tú sientes que la aplasta y que la corta y que la deshoja y que la está cambiando de posición, no pienses que estás solo. Permanece en mí, porque yo estoy contigo. Permanece en mí, porque yo no me voy a mover. Permanece en mí, porque el...

El resultado de esta prueba va a ser bendición para tu vida. Eso es lo que dice el Señor en su Palabra. A través de este consejo, lo que el Señor está queriendo es que nosotros también nos dispongamos a servir al Señor. El servir al Señor también es una oportunidad de fructificación, es una posibilidad de que el Señor trabaje en nuestras vidas, que nosotros podamos arriesgarnos a poner de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo, de nuestras ganas.

Porque el Señor nos va a apretar cuando tengamos que dar una clase, cuando tengamos que dar una atención médica, cuando tengamos que visitar a los enfermos, cuando tengamos que ocuparnos en algún lugar. Yo voy a decir: "Yo no puedo", y el Señor va a venir con una tijera y te va a decir: "Tú sí puedes, yo voy a hacer que puedas". Y empieza a trabajar en ti. Y tú dices: "Señor, duele, Señor, esa hojita que estaba tan bonita, Señor". Pero el Señor va a decir: "Vamos, porque yo lo hago con propósito: permanece en mí, que yo no me voy a mover de tu lado". El viñador va a trabajar en mí con un solo propósito.

Ese es el propósito que aparece allí: como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Hermanos, la idea es que nosotros nos dejemos trabajar por el Señor. El Señor nos ha creado para fructificación, el Señor nos ha creado para que en cada una de las cosas que recibimos aquí nosotros podamos empezar a sentir. Yo salgo de este culto y empieza a salir una uvita grande, ¿no es cierto? Salgo el miércoles después de la noche de oración y otra, ¿no es cierto? Cuando me arriesgo a servir en la escuela dominical, cuando me arriesgo a visitar a los niños enfermos, cuando me arriesgo a ir a la cárcel, cuando me arriesgo a compartir el Evangelio, es cuando el Señor empieza a trabajar en mí y empieza a dar fruto para la gloria de Dios.

Pero lo que debemos saber es que no lo podemos hacer de manera aislada. Si el sarmiento —cosa que no puede ocurrir en la realidad— si el sarmiento se separa de la vid, simplemente se muere y se seca porque ha perdido la vida. Y ya el Señor nos ha demostrado en todos los pasajes que vimos de Juan que nuestra vida, nuestro alimento, nuestro camino y nuestra luz depende de Él. Es una redundancia que el Señor diga "separados de mí nada podéis hacer". Es verdad, pero aun el fruto depende de Él. No hay forma, hermanos, de que nosotros seamos fructíferos si es que nos separamos de Él, y si nos separamos de Él no habrá forma de que el Padre trabaje en nuestras vidas.

Yo conozco muchas personas que me dicen: "Pepe, ora por mí". Y yo les digo: "¿Y cómo va tu relación con el Padre, con el Señor Jesús?" "No, no, eso lo dejé, eso quedó para otro momento. Ahora ora por esta circunstancia que tengo, ahora esta plata que me falta, esta deuda, este problema que tengo con mi esposa, esta situación que me está incomodando, este problema que tengo con mi alma". Pero no habrá solución para el problema con el alma, porque el viñador, el georgós, solo va a trabajar sobre su vid. No va a trabajar sobre nada que no sea su propia vid, porque él va a trabajar sobre las vidas que el Señor ha revivido a través de la savia, que es nuestro Señor Jesucristo.

Si tú estás en esta mañana aquí buscando alguna solución a tus problemas particulares, déjame decirte que no habrá solución más que una sola: que vuelvas a Jesús. Porque Jesús es la fuente de vida, el camino, la verdad y la vida, nuestra única provisión para venir al Padre, el único que puede cambiar y satisfacer tu hambre espiritual y tu sed espiritual, el único que puede renovar tu alma. Es nuestro Señor, solo Él, a través de su sacrificio en la cruz del Calvario. Él murió por tus pecados, porque nosotros estábamos separados de Él, apartados de Él, muertos en nuestros delitos y pecados, separados de Dios. Pero para eso vino nuestro Señor Jesucristo.

Pero a la iglesia tenemos que decirle con propiedad en este momento: hermanos, permanezcamos en Él. Pero permanecer en el sentido más directo de la permanencia, que tiene que ver con firmeza, con constancia, con perseverancia, con estabilidad. Vivamos una vida cristiana que sea una temporada de trabajo de Dios en nosotros, que termine con fruto, que termine con fruto visible que le dé la gloria a Dios, que termine con una vida transformada en donde se manifieste aquello que nosotros estamos entregándole al Señor, y no con frustración. Permanece en Él mientras el Señor, el viñador, trabaje en ti.

Ese es el llamado que yo quiero hacerle a la iglesia en esta mañana: el llamado a que no se muevan de sus lugares cuando el Señor empieza a trabajar en su vida, y ustedes permanezcan en el Señor tercamente, manteniéndose en la búsqueda del Señor en su Palabra, en la búsqueda del Señor en oración, en la búsqueda del Señor, manteniéndose en la vida del cuerpo de Cristo. Que nos mantengamos tercamente muy cerca de Él, sirviéndole al Señor y no dejándonos caer por largas temporadas, separándonos de su presencia y alejándonos de Él.

Permanece en mí, porque como el Señor lo advierte muy claramente en el verso cinco: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto". ¿Por qué da mucho fruto? Porque el Padre ha trabajado todo lo que tenía que hacer y ha hecho todo lo que tenía que hacer. Esto no es un milagro, es el trabajo de Dios en nosotros. Es el trabajo de Dios: estuvo trabajando en mí y este es el fruto que yo estoy dando. Yo puedo testificar las veces que me cortó las hojas, las veces que me podó mis ramas, las veces que me cambió la perspectiva, las veces que dolió. Pero yo me dejé, yo permanecí, yo estuve dispuesto a mantenerme allí hasta que el Señor complete su obra. Y este fruto es el fruto del trabajo de Dios, y el fruto es el resultado de la savia del Señor en mí, de tal manera que esto no es mío, sino que es la gloria de Dios manifestada a través de este vaso de barro.

Esa es la manifestación de la invitación de este pasaje: la fructificación solo es posible a través de la permanencia en Cristo.

Yo quiero invitarles a que cerremos nuestros ojos un instante y que podamos tener un breve tiempo de meditación, en donde yo quiero preguntarte acerca de tu vida y acerca de lo que tú estás haciendo. Quiero preguntarte qué tan cerca y qué tanto estás permaneciendo en el Señor. El Señor quiere trabajar en ti, el Señor quiere hacer que tú des fruto. Pero el hacer que tengamos fruto no es un trabajo corto, es un trabajo largo de Dios, un trabajo en donde tienes que permitir no solamente que el Señor te corte estéticamente, sino que el Señor te corte profundamente, que el Señor tenga que hacer surcos profundos en tu vida, que el Señor tenga que eliminar cosas profundas en tu vida, que el Señor tenga que trabajar en esa área laboral que tú todavía no has entregado al Señor y que todavía sigue actuando en corrupción, en avaricia, en codicia. Pues el Señor, mientras no le entregues esta área y no permitas que el Señor trabaje en esta área de tu vida, no va a dar el fruto adecuado.

Yo quiero hablarle a mis hermanos que son inconstantes en el caminar diario con el Señor, que hoy aparecen y mañana desaparecen, que están un día muy bien con el Señor y otro día se apagan por largas temporadas. Yo quiero invitarles a que puedan permanecer en el Señor. Yo quiero invitar a las personas que han estado sufriendo largas pruebas y que quizás puedan estar cansados sin ver los resultados de esas pruebas de manera evidente en sus vidas. Yo quiero invitarles a que puedan permanecer en el Señor, porque el trabajo del Señor es para que nosotros finalmente demos fruto, demos fruto para su gloria y para su honra.

Y yo quiero hablarles a aquellas personas que están llegando por primera vez a este lugar y que quizás vienen con una carga personal, con una lucha, con una aprensión, con algo que les causa dolor, con algo que les ha traído a este lugar como último lugar para buscar una respuesta, un milagro de Dios. Déjame decirte que el único milagro es nuestro Señor Jesucristo, quien murió en la cruz del Calvario para darte esa vida que tú estás esperando vivir. Pero el Señor de nada te va a solucionar un problema menor cuando tú tienes un problema de muerte en el alma. El Señor viene para rescatar tu alma en primer lugar de tu separación con Él, y cuando tú vuelvas en comunión con Él, junto con Él, el Señor te dará todas las cosas. Es la promesa de las Escrituras.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.