Los cristianos viven entre dos realidades paradójicas: son extranjeros y peregrinos en este mundo, pero a la vez elegidos por Dios para obedecerle. Esta doble identidad —no pertenecer a la tierra que habitan mientras cumplen un propósito divino en ella— define la vida cristiana según el apóstol Pedro en su primera carta. El creyente ha nacido de nuevo, posee una herencia incorruptible reservada en los cielos y es protegido por el poder de Dios. Estas verdades producen un gozo grande. Pero hay un gozo aún mayor: el que surge cuando la fe, probada por las aflicciones de la vida diaria, demuestra ser genuina y resulta en alabanza y gloria para Cristo.
El problema es que muchos creyentes se conforman con el primer gozo —el de escuchar verdades en la iglesia— sin exponerse al segundo, el que viene de ver esas verdades confirmadas en medio de las pruebas. No somos profetas del Antiguo Testamento que solo indagan sobre la salvación, ni ángeles que la observan desde afuera. Somos participantes activos de ella. Por eso Pedro exhorta a "ceñir el entendimiento para la acción", una imagen que evoca arremangarse para el trabajo: ajustar la túnica que estorba y prepararse para moverse.
La fe cristiana no puede quedarnos como una túnica holgada que nos hace tropezar. Debe ajustarse tan bien a nuestra vida que nos permita actuar con soltura. Esto requiere sobriedad espiritual —reconocer nuestra incapacidad sin Dios— y una esperanza puesta en el regreso de Cristo mientras trabajamos para él.
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Bien, hermanos, vamos a tener un tiempo compartiendo alrededor de la Palabra de Dios. El pastor Miguel, en las últimas semanas, estuvo hablándonos del imperativo de la acción: el que nos movamos de una vez por todas, de tal manera que la verdad aprendida pueda ser aplicada en nuestro corazón y aplicada en medio de nuestras existencias y circunstancias.
Y este énfasis, este énfasis presentado por el pastor, no es algo nuevo. No tiene que ver con nuestras circunstancias, no tiene que ver con un reclamo hacia la iglesia, sino que tiene que ver básicamente con nuestra naturaleza y con los tiempos en los cuales nosotros estamos viviendo. Definitivamente nuestros tiempos son los tiempos del entretenimiento pasivo. Nosotros vivimos en una sociedad caracterizada por ser personajes observadores de la realidad. Cada vez más, a través de los medios, a través de las redes sociales, nosotros nos estamos acostumbrando a observar la realidad sin ser partícipes de ella. Podemos enterarnos de lo que está sucediendo alrededor del mundo sin que siquiera nos movamos del asiento que está frente a nuestro televisor.
Estamos de una manera acostumbrados a ser entretenidos, que ese entretenimiento lo reclamamos en todas las esferas de la vida. Lo reclamamos tanto en nuestra vida privada como también en nuestra vida espiritual. Reclamamos el hecho de ser entretenidos. Tenemos lo que el apóstol Pablo llamó el drama o el síndrome de los hombres de los últimos tiempos, que tendrán comezón de oír y se amontonarán para oír aquello que les interesa. Ese es el síndrome de los hombres y mujeres del siglo XXI.
Estamos y nos gusta, sí, nos deleitamos en el entretenimiento de la observación, y no solamente en el entretenimiento de la observación, sino también en el entretenimiento de la opinión. Nos gusta dar opiniones, nos gusta decir cómo se deben hacer las cosas, pero definitivamente damos un paso atrás cuando esas cosas tienen que ser hechas en la realidad. Esto se manifiesta evidentemente en todo lo que hacemos y en todas las áreas de nuestra vida.
De allí que sea necesario, al final de una serie tan larga como la que tuvimos con el Sermón del Monte, que llamemos nuestra atención sobre el hecho de preguntarnos en el corazón hasta qué punto todo lo escuchado, todo lo aprendido, todo lo asimilado en nuestra mente, todo aquello que nosotros luego lo pusimos con frases memorables en el Twitter o en el Facebook, se convierte en una realidad visible en nuestra vida a través de acciones permanentes.
Esa es la preocupación. Es una preocupación que tiene que ver con el hecho de que nosotros, como decía el apóstol Pablo en Romanos capítulo 12, no nos debemos conformar a este siglo, sino que tenemos que transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para que podamos comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Esta comprobación tiene que ver entonces con el hecho de que nosotros podamos sacudirnos un poco de nuestra cultura contemporánea y podamos afinarnos en el deseo de Dios, que tiene que ver con la acción.
Alguien decía por ahí, parafraseando al apóstol Pablo, que decía que los judíos buscan señales y los griegos sabiduría. Alguien decía por allí que a los pentecostales les gustan las señales y a los bautistas la sabiduría. Y eso es algo muy cierto. A veces a nosotros nos gusta solamente indagar en los terrenos de la mente, pero poco es lo que hacemos en los terrenos de la práctica. Y el llamado de hoy, de esta mañana, es justamente a preocuparnos por defender la acción en nuestra vida.
¿Es acaso la acción, la demanda por aplicar en nuestra vida la verdad del Evangelio y verla de manera evidente en nosotros, algo que se le debe reclamar solamente a algunos cristianos especiales, o es una demanda para todos nosotros los creyentes?
Vamos a abrir nuestras Biblias en Primera de Pedro, el capítulo 1. La primera epístola de Pedro es escrita por el apóstol Pedro al final de su ministerio y casi al final de su vida. Es una declaratoria del apóstol Pedro con respecto al estilo de vida que todo creyente debe vivir. Nadie mejor que Pedro puede enseñarnos, después de treinta años de ministerio, lo que el cristianismo significaba para él.
Nosotros hemos aprendido mucho de Pedro al principio del ministerio de nuestro Señor Jesucristo, porque encontramos a un Pedro curioso por la verdad de Dios, un Pedro apegado al Maestro, muy cerca de él, que gozaba del círculo íntimo del Señor, pero que tuvo que aprender de una manera evidente y de una manera transparente a los ojos de toda la historia de la humanidad cómo es que este hombre tuvo que aprender que no se trataba solamente de sus declaraciones personales, sino que se trataba básicamente de la forma en que iba a reaccionar activamente frente al mundo con respecto a la verdad del Evangelio.
Además, está el recordar las cosas que Pedro hizo, ¿verdad? A veces Pedro se mostraba muy sensible a la palabra del Señor. Cuando el Señor les dijo a sus discípulos: "¿Ustedes también quieren irse?", Pedro le dijo: "Señor, ¿a quién iremos si solo tú tienes palabras de vida eterna?" Pedro realmente concebía en su corazón la necesidad de poder conocer estas palabras que eran diferentes a todas aquellas que había escuchado anteriormente.
Pedro también era el que estuvo delante del Señor allí en el momento de la transfiguración, y Pedro estuvo dispuesto a proponerle al Señor: "Señor, hagámonos unas tiendas en este lugar, de tal manera que nos quedemos aquí para siempre", y el Señor tuvo que cambiarle esa idea inmediatamente. Y conocemos al Pedro que, prometiéndole grandes cosas al Señor de fidelidad, luego no pudo cumplirlas, negando al Señor en sus momentos finales.
Este Pedro, definitivamente, luego de muchos años de ministerio, en esta primera carta que nos es conocida, tiene mucho que decirnos con respecto a lo que corresponde a la fe y a la acción. Y de eso queremos hablar en esta mañana.
Dicen que la primera epístola de Pedro es una carta que tiene como propósito hacernos entender lo que significa pasar de la teoría a la práctica, lo que significa poder entender el riesgo que se corre cuando estoy dispuesto a vivir las verdades del Evangelio en mi propia vida. Algunos hablan de que el énfasis de esta carta es el sufrimiento producto de la persecución. Sin embargo, al nosotros leerla y ver y constatar con los estudiosos la fecha en que está escrita, nos damos cuenta de que definitivamente la persecución per se, tal como la conocemos con todos sus actos sanguinarios, no había llegado todavía. Sin embargo, los cristianos, en este momento temprano, ya estaban empezando a vivir las consecuencias de establecer el Evangelio en sus propias vidas y vivirlo en una sociedad que les era contraria. Es en ese contexto en donde Pedro se dedica y escribe esta primera epístola.
Quiero invitarles a leer algunos versículos iniciales y luego vamos a ir continuando. Primera de Pedro, el capítulo 1, los primeros nueve versículos, del 1 al 9:
"Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: que la gracia y la paz os sean multiplicadas. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros, que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo. A quien sin haberle visto le amáis, y a quien ahora no veis, pero creéis en él, y os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de vuestra fe la salvación de vuestras almas."
El apóstol Pedro se presenta ante un grupo de cristianos a los que llama los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Todas estas son regiones que ahora las podemos ubicar en la Turquía contemporánea.
Ahora, el apóstol Pedro no se ahorra en palabras, e inmediatamente empieza su carta, él empieza con una declaración teológica. Y esta declaración teológica tiene que ver con una doble paradoja: la paradoja de quiénes somos en el mundo y qué somos delante de Dios. Y eso es algo que nosotros siempre debemos reconocer en nuestra vida. En nuestra vida nosotros descubrimos lo que somos para el Señor y lo que nosotros somos en el mundo, y en la medida en que nosotros trabajamos para que lo que somos en Dios se convierta en un efecto transformador para lo que somos en el mundo, estamos empezando a reconocer un cristianismo vivencial.
El apóstol Pedro empieza diciendo: "Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión." Esta frase nos podría sonar un tanto extraña y ha sido de mucha discusión entre los estudiosos. ¿Quiénes son los expatriados de la dispersión? Algunos podrían pensar que se trata de judíos que están dispersos por el mundo. En el tiempo en que el apóstol Pedro escribía, había más judíos viviendo alrededor del imperio romano que en la misma Palestina. Sin embargo, por las características de la carta, nosotros notamos que la carta no fue escrita solamente para judíos. Por lo tanto, el apóstol Pedro está usando un tipo de lenguaje conocido que podía declarar para los primeros lectores una realidad en su propia vida, a estos personajes que estaban dispersos en esta región de Turquía.
La primera cosa que nosotros debemos entender como cristianos en el mundo es que nosotros somos expatriados en la dispersión. El expatriado es aquel que no tiene patria, que está fuera de su lugar de origen, de su país de nacimiento. Y nosotros sabemos que como creyentes nuestra primera declaración en el mundo es que nosotros no somos de este mundo. El apóstol Pablo decía con claridad que nosotros hemos pasado del reino de las tinieblas al reino de su amado Hijo Jesucristo. Nosotros nos sentimos y debemos percibir nuestra vida como que no tenemos en este lugar nuestro origen, sino que más bien nosotros trascendemos y vivimos pensando en que nosotros no somos ciudadanos de este mundo, sino ciudadanos de un reino celestial al cual nosotros nos debemos. Somos como expatriados viviendo en la dispersión.
El apóstol Pedro esta misma frase la extiende en el capítulo 2, en el verso 11. Si me acompañan un instante, cuando él dice nuevamente extendiendo esta frase, él dice: "Amados, os ruego como a extranjeros..." ¿Y cuál es la otra frase? Peregrinos. Como extranjeros y peregrinos. Yo vivo en un lugar, pero me doy cuenta que yo no pertenezco a la realidad de este lugar en donde estoy viviendo. Pero como extranjero yo puedo nacionalizarme, y Pedro extiende esta visión y dice no, nosotros somos extranjeros y peregrinos. O sea, yo no pertenezco a esta nación y estoy de paso en medio de esta realidad. Nosotros como cristianos nos sabemos como extranjeros y peregrinos. Al sabernos como extranjeros y peregrinos, entonces en nuestro corazón hay una clara conciencia de que todo lo que yo vivo, todo lo que conozco, toda la cultura a mi alrededor, no es algo que a mí me pertenece, sino es algo que simplemente está de paso en mi propia vida.
Pero estos expatriados de la dispersión, dice el final del verso uno del capítulo uno, son elegidos. Son elegidos según el previo conocimiento de Dios por la obra santificadora del Espíritu. Estas personas, estos cristianos, que no tienen tierra propia, son en realidad personas que han sido elegidas por Dios, según el previo conocimiento de Dios Padre por la obra santificadora del Espíritu. Somos extranjeros y peregrinos por un lado frente a este mundo, y por el otro lado somos elegidos por Dios, elegidos por Dios con un propósito definido en medio de esta realidad que no me pertenece.
Por lo tanto, la identidad del cristiano no está en la tierra donde vivimos, no se corresponde única y exclusivamente con la cultura en la cual nosotros crecimos, no depende de las normas que se vivan en el pueblo en donde nosotros estamos. En realidad yo soy un extranjero y un peregrino en esta tierra, pero he sido elegido por Dios para hacer una obra en medio de esta realidad en la que ahora yo vivo. Soy extranjero y peregrino, pero soy un elegido por la obra santificadora del Espíritu con un propósito.
Dice la segunda parte del verso 2 que ese propósito tiene que ver con obedecer a Jesucristo y ser rociado con su sangre. El propósito que el apóstol Pedro ve en la vida de estos creyentes que viven como si fueran de otro reino, pero que a la vez han sido elegidos por Dios, tienen un solo propósito en su vida. Ese propósito es obedecer a Jesucristo. De allí, hermanos, que Pedro entiende que la primera dinámica, la primera realidad del creyente, es el entendimiento de quién es él, quién es él en el mundo, ¿cuál es la concepción que Dios tiene de él? Pero en medio de estas dos realidades paradójicas lo que tiene que aceptar es que él está aquí de paso, pero elegido por Dios para obedecer a Jesucristo. Nosotros estamos de paso en este mundo, pero elegidos por Dios para obedecer a Jesucristo.
Interesantemente, hermanos, cuando uno analiza las palabras en el original, uno se encuentra muchas cosas sorprendentes. La palabra obedecer viene de dos raíces griegas que tienen que ver con oír y debajo. O sea, la palabra obediencia tiene que ver con alguien que se sujeta a lo que oye. Esa es la intención original o la raíz original de la palabra obediencia. Yo soy obediente porque me sujeto, me pongo debajo de lo que yo escucho. De tal forma que lo que Pedro está diciendo es que nuestra vida depende de nuestra obediencia a Jesucristo, y aunque esa obediencia no es perfecta, somos rociados por su sangre preciosa cuando nosotros pecamos. Pero eso no quita el hecho de que nosotros seamos básicamente llamados por Dios a vivir en esta tierra como si no fuera nuestra, pero reconociendo que hemos sido elegidos por Dios para vivir en obediencia a Él, para sujetarme a aquello que Jesucristo dice.
Ahora, esa es la primera paradoja. No somos de este mundo, pero somos elegidos para obediencia. La segunda paradoja es un poco más larga. El verso 3 dice: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo, en lo cual os regocijáis grandemente."
La segunda realidad que el apóstol Pedro presenta es la realidad del gran secreto transformador de la salvación. El apóstol Pedro abunda en palabras para reconocer que el Señor tiene que ser glorificado porque según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. El Señor nos entrega entonces un nuevo nacimiento, y este nuevo nacimiento que es para los cristianos, basado en el poder de la resurrección de Jesucristo como evidencia, se convierte luego en el verso 4 en una herencia, un regalo de Dios, una provisión de Dios que el apóstol Pedro asegura que es incorruptible, que no se corrompe, que es inmaculada, que es completamente santa y que no se marchitará, que está reservada en los cielos para nosotros. Bendito sea el Señor.
El Señor nos ha regalado un nuevo nacimiento basado en el poder de Jesucristo que va acompañado. Es el nuevo nombre que el Señor adopta para mí, va acompañado de una herencia dedicada para mí en ese nuevo nombre que el Señor me ha dado. Y esa herencia es incorruptible, inmaculada, que no se marchita y que está reservada en los cielos para nosotros. Una herencia que nadie podrá tocar, una herencia que nos corresponde por la obra salvadora de Cristo Jesús en la cruz del Calvario para cada uno de nosotros. El apóstol Pedro nos da claridad sobre esa verdad.
Y no solamente eso, sino que mientras esperamos esta herencia, dice el verso 5 que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. El apóstol Pedro es claro en señalar: gozamos de un nuevo nacimiento, gozamos de una herencia incorruptible, gozamos de la protección de Dios bajo su poder hasta el día en que nosotros nos encontremos con Él. Esa es la realidad, el secreto de nuestra fe, la seguridad que nosotros guardamos en el corazón.
Y dice el verso 6 en la primera parte: "En lo cual os regocijáis grandemente." Y yo creo, hermanos, que ese es nuestro regocijo permanente: el que nosotros vengamos a la casa de Dios y continuamente una y otra vez nos esté recordando lo que somos para el Señor, que continuamente seamos recordados del gran precio que el Señor ha pagado por nuestras vidas sin merecerlo, que podamos recordarnos una y otra vez de las grandes promesas de Dios no solamente en términos de lo que viene, sino en términos de la protección permanente del Señor en nuestras propias vidas. Somos herederos, somos nacidos de nuevo y somos protegidos por el poder de Dios, y por eso nos regocijamos grandemente.
Es interesante nuevamente, y permítanme mostrarles nuevamente el origen de una palabra. La palabra regocijarse es literalmente saltar mucho. Eso es lo que la palabra es: saltar mucho. Esto es regocijarse. Pero lo interesante es que Pedro dice no solamente me regocijo, sino que me regocijo grandemente. O sea que salto, y no cierto, no hay más que saltar. Él está extendiendo esta afirmación hasta el punto de decir: glorificado sea el nombre del Señor que nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, nos ha dado una herencia incorruptible y nos está protegiendo con el poder de Dios. Esa es nuestra realidad como creyentes.
Pero hay una paradoja a la cual siempre nos enfrentamos, y el apóstol Pedro le dedica atención inmediatamente. Dice la segunda parte del verso 6: "En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora..." Y ahí empiezan los peros, ¿verdad? "Aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece aunque sea probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo."
Y aquí viene la segunda paradoja, hermanos. La segunda paradoja tiene que ver con todas estas declaraciones portentosas de lo que somos en Cristo y la realidad de aflicción y prueba que vivimos en el mundo. Algunos cristianos no saben cómo vivir esta paradoja. Por un lado vengo a la iglesia y descubro todo lo que soy en el Señor, pero en cuanto piso la calle mi vida se convierte en otra, porque estoy viviendo, como dice el apóstol Pedro de una manera muy diplomática, "aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas."
El cristiano, la madurez del cristiano, tiene que ver con aprender a vivir bajo esas dos realidades que parece que no se relacionan pero que son una delante de Dios. Por un lado somos expatriados, pero elegidos para vivir en obediencia a Jesucristo. Y por el otro lado somos todo lo que somos en el Señor: nacidos de nuevo, herederos y protegidos, que debemos vivir en un mundo en donde seremos sometidos a diversas pruebas y aflicciones.
Estas aflicciones y pruebas, de acuerdo al apóstol Pedro, no son destructivas, sino que tienen un solo propósito. Ese propósito tiene que ver con lo que dice el verso 7: "Para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo". De tal manera, hermanos, que todo lo que nosotros decimos ser y nos gozamos, y saltamos grandemente cuando descubrimos todo lo que Dios ha hecho por nosotros, tiene que confirmarse a través de la fe cuando es expuesta a prueba en medio de las realidades del mundo. De nada vale saltar en la iglesia cuando esa fe que me hace saltar en la iglesia no me hace saltar de regocijo por la prueba a la que soy sometido en el mundo.
Ese es la demanda del crecimiento espiritual: para que la prueba de vuestra fe, esa fe que me dice que soy nacido de nuevo, que tengo una herencia incorruptible, que soy elegido, que soy protegido por el poder de Dios y que me hace saltar en regocijo en la iglesia cuando canto con los ojos cerrados, esa fe va a ser puesta a prueba en el mundo de tal manera que se va a demostrar su consistencia en medio de la realidad de aflicción que yo vivo en esta tierra. Ese es el desafío que Pedro plantea en la introducción de su carta.
Pedro dice que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo. De tal forma, hermanos, que la alabanza, la gloria y el honor de Jesucristo no solamente se va a dar en la medida en que nosotros cantamos y celebramos al Señor por lo que Él ha hecho por nosotros, sino que va a resultar en la forma en que confirmamos que lo que Dios ha prometido es cierto en medio de nuestra vida. En las demandas que enfrentamos en nuestro trabajo, en nuestra casa, con nuestra familia, con nuestros esposos, en la crianza de nuestros hijos, en el manejo de nuestra economía, en medio de nuestra realidad de vida, la fe va a ser puesta a prueba.
Pero esta fe que, como dice el apóstol, es más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, va a resultar en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo. De tal manera que, si seguimos leyendo, dice el verso 8: "En quien sin haberle visto le amáis, y a quien ahora no veis, pero creéis en Él, os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de vuestra fe, la salvación de vuestras almas".
Aquí entonces entra un segundo regocijo: el regocijo de poder pasar la prueba y darle la gloria, el honor a Dios en medio de nuestras dificultades, reconociendo que todo lo que Dios ha prometido no es solamente una declaración espiritual de Dios que no tiene realidad con mi vida humana, sino una declaración de Dios que me llena de regocijo en medio de lo que soy. "En quien sin haberle visto le amáis, y a quien ahora no veis, pero creéis en Él, os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de vuestra fe, la salvación de vuestras almas".
Y aquí lo que Pedro está diciendo, hermanos, no es que la fe y la salvación se va a dar al final de la prueba, sino que más bien yo voy a tener tal regocijo de que mi salvación es real en medio de mi vida. ¡Yo sí que soy salvo! ¡Yo sí que soy salvo! Porque lo descubro no solamente en las declaraciones de iglesia, sino que lo he descubierto en medio de las pruebas que he vivido y en la forma en que esas pruebas han sido superadas por esa fe que es más preciosa que el oro. Allí radica el crecimiento espiritual.
Cuando estemos dispuestos a vivir esta doble paradoja en medio de la realidad de nuestra vida, de tal forma que el segundo regocijo, miren, el primero era grande porque decía "os regocijáis grandemente", ¿verdad? Eso dice el verso 6 en la primera parte, ante la declaración espiritual de lo que Dios es para nosotros. Nosotros nos regocijamos grandemente, pero cuando pasamos la prueba, dice la segunda parte del verso 8: "Os regocijáis grandemente con gozo inefable". O sea, os regocijáis grandemente con gozo inefable; o sea, ya no hay más ya, o sea, no hay forma de poder describir ese gozo profundo que puede haber en nuestro corazón cuando nosotros, que declaramos una verdad delante de Dios y nos gozamos grandemente con ella, se confirma en medio de la realidad de nuestra vida.
Viendo cómo Dios realmente me ha salvado, cómo Dios realmente me ha sanado, cómo Dios realmente ha transformado mi carácter, cómo Dios realmente me ha dado nuevos principios de vida, cómo el Señor realmente me ha salvado, de tal forma que ahora yo me regocijo grandemente con un gozo inefable: el gozo de la salvación, el gozo de la transformación, el gozo de una vida plena en el corazón.
De ahí que Pedro lo que está reclamando es: hermanos, no nos quedemos solamente con el grande gozo de oír las verdades de Dios. Ya hay gozo grande, un regocijo grande al escuchar las verdades de Dios, pero hay un gozo aún más grande cuando mi fe, siendo puesta a prueba, pasa la prueba y bendice al Señor por la salvación que ha hecho en mi corazón.
Y yo creo que eso es algo a lo que muy pocos estamos dispuestos a enfrentarnos. Preferimos regocijarnos grandemente con lo que pasa aquí y simplemente nos ocultamos y no nos enfrentamos a la posibilidad de que nuestra fe, que es más preciosa que el oro por declaración nuestra en la iglesia, sea realmente probada y se demuestre fehacientemente que yo soy salvo por el cambio que el Señor ha hecho en mí. Y eso es algo a lo que todo cristiano debe enfrentarse: la posibilidad de poder descubrir su salvación no solamente por la declaración de su boca, sino por lo que el Señor ha hecho en su vida.
Por eso es que el apóstol Pedro, de una manera muy inteligente —y vamos avanzando, hermanos, porque me quedan algunos versículos—, del verso 10 al verso 12 dice: "Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a vosotros, diligentemente inquirieron e indagaron, procurando saber qué persona o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a vosotros, en estas cosas que ahora os han sido anunciadas mediante los que os predicaron el Evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo, cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar".
De una manera muy astuta, el apóstol Pedro rompe con la dirección que estaba llevando para detenerse en un momento y señalar algo interesante. Acerca de esta salvación, en la cual yo me regocijo grandemente, pero me regocijo más grandemente cuando la veo aplicada en mi propia vida, de esta salvación completa dice: los profetas de la antigüedad que profetizaron de la gracia que vendría a vosotros, diligentemente inquirieron e indagaron, procurando saber qué persona o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían.
Los profetas de la antigüedad que recibieron profecías con respecto a la venida del Señor y la salvación, ellos se preocuparon por saber cuándo, dónde y quién sería el Mesías, el Cristo, y cuándo esto sucedería. Esta indagación, este hacerse preguntas, ellos procuraban saber cuándo estas cosas sucederían. Sin embargo, dice el verso 12: "A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a vosotros". Ellos descubrieron que el tiempo no era para ellos, sino que era un tiempo en la lejana distancia, en el futuro, en que todo esto se haría una realidad.
Y esta verdad, la verdad del anuncio por la predicación del Evangelio, es algo, dice el final del verso 12, "cosas a las cuales los ángeles anhelan". ¿Qué anhelan? Anhelan mirar. Y acá hay algo interesante, hermanos, con respecto a este tema, que es el hecho de que los profetas de la antigüedad, ellos quisieron averiguar, indagaron, inquirieron, procuraron saber el tiempo y la persona de estas cosas que sucederían. Y los ángeles anhelan mirar, anhelaban mirar estas cosas porque ellos, ni los profetas ni los ángeles, son partícipes o fueron partícipes de la salvación preciosa que nosotros ahora estamos viviendo.
Por lo tanto, el apóstol Pedro nos está diciendo muy diplomáticamente: por favor, que entre los cristianos no vayan a haber algunos que se creen profetas de la antigüedad, que solamente se dedican a indagar, a inquirir, que quieren saber de los tiempos y de las personas, y la teología, y las cosas de arriba y las cosas de aquí, porque esa no es nuestra realidad para los cristianos. Ya no somos profetas de la antigüedad. Y si aquí hay algún profeta de la antigüedad, que levante la mano a ver lo ahora, porque no creo que haya ningún profeta de la antigüedad entre nosotros.
Y también el apóstol Pedro está diciendo, de manera muy diplomática, que tampoco nos corresponde tener la actitud de observadores que solamente los ángeles del cielo pueden tener, porque los ángeles del cielo anhelaban mirar algo que no les correspondía. Por lo tanto, yo no puedo ser simplemente un estudioso de la salvación, ni tampoco puedo ser un observador de la salvación. Si yo soy solo un estudioso de la salvación, entonces no soy cristiano, y si soy un observador de la salvación, entonces soy un ángel, pero no un ser humano. Entonces yo espero que entre nosotros no hayan ni profetas de la antigüedad ni tampoco ángeles.
Y si alguno se cree ángel, bueno, después va a conversar. Tenemos un especialista con el cual usted puede hablar después. Pero no, ese no es el tema. La realidad es que Pedro está diciendo: "Señores, los profetas de la antigüedad inquirieron, diligentemente se preguntaron, pero no era para ellos, era para nosotros, cosas que aun los ángeles anhelan mirar". Pero el simple estudio y la simple observación no es algo que le corresponde a los cristianos. A los cristianos les corresponde otra cosa que es aún mejor y más importante. Por eso dice el verso 13, miren el verso 13.
"Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción, sed sobrios en espíritu, poned vuestra esperanza completamente en la gracia que se os traerá en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir."
¿Qué está diciendo Pedro? Está diciendo: "Por tanto, ya que nosotros no somos profetas de la antigüedad que se dedican a la investigación, ni tampoco ángeles del cielo que se dedican a la observación, a nosotros nos toca otra labor: ceñir nuestro entendimiento para la acción". El apóstol Pedro va directo al grano, hermano. Ceñid vuestro entendimiento para la acción.
Yo imagino que algunos de ustedes tienen sus Biblias en la versión Reina Valera del 60, ¿verdad? Y la Reina Valera del 60 dice las cosas de manera diferente: "Ceñid vuestros lomos", ¿verdad? "Ceñid los lomos de vuestro entendimiento". ¿Cuántos tienen la Reina Valera del 60? Ahí, ahí, ya ven, estamos leyendo diferente. "Ceñid vuestros lomos", dice.
¿Qué cosa? Permítanme explicarles esta frase y por qué es que en la Biblia de las Américas se lee distinto. "Ceñid los lomos del entendimiento" es una frase como hoy sería una frase "de ojos que no ven, corazón que no siente". La idea de esa frase no radica en su literalidad, sino en lo que representa como un grupo de palabras, como frase. Por lo tanto, si nosotros la traducimos literalmente, la frase literalmente no tiene significado para nuestro tiempo. "Ceñid los lomos de vuestro entendimiento", ¿qué está diciendo? Lomo me suena, ¿no cierto?, a parrilla, me suena a barbecue. O sea, ¿qué está diciendo con "ceñid los lomos de vuestro entendimiento"?
Bueno, nosotros vamos a descubrir que esta frase aparece continuamente en la Escritura. En Lucas capítulo 12, verso 35, por ejemplo —no lo busquen, yo se los voy a mostrar—, la Biblia de las Américas dice "estad siempre preparados", mientras que en la Reina Valera dice "ceñid los lomos", que es la traducción literal. En Efesios 6:14 dice "ceñida vuestra cintura", mientras que la Reina Valera del 60 dice "ceñidos vuestros lomos con la verdad".
¿Cuál es el significado de esta frase? ¿Qué significa ceñirse los lomos? Pues yo se los voy a explicar. Cuando una persona de la antigüedad tenía su traje, su traje siempre era una túnica larga. Esta túnica larga le impedía hacer los trabajos forzados de campo o poder realizar actividades que requirieran un ejercicio más decidido, porque terminaban tropezándose, ¿no cierto?, con la misma túnica, o la túnica evitaba que se pudiera realizar el ejercicio. Entonces, ¿cuál era la frase? La frase era "cíñete los lomos". Ceñirse los lomos tenía que ver con el hecho de que la persona se subía la túnica, la jalaba, la estiraba sobre su cuerpo de tal manera que la túnica dejaba de tener el vuelo entre el cuerpo y la túnica misma, y la ajustaba con un cinturón, de tal manera que ahora podía tener la flexibilidad para el movimiento. Esa era ceñirse los lomos.
Ahora, ¿qué tiene que ver con nosotros? Ceñirse los lomos, si yo quisiera traducirlo —ya que nosotros no usamos túnica—, si yo, por ejemplo, voy a realizar un trabajo físico y yo estoy con traje, entonces quiero hacer esto, el traje me incomoda, ¿verdad? Entonces, ¿qué voy a hacer yo? Ceñirme los lomos. Pero ¿cuál es ceñirme los lomos en mi tiempo? Ceñirme los lomos en mi tiempo tiene que ver con arremangarme las mangas. Y cuando me arremango las mangas, entonces inmediatamente el trabajo físico se hace posible. ¿Por qué? Porque el traje no me da la posibilidad de poder hacerlo con la soltura con la que debería hacerlo.
Entonces, de eso se trata la idea de ceñirse los lomos, y por eso es que esta frase es tan importante. "Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción". Y aquí el apóstol Pedro nos da una verdad, y con esa verdad contundente es con la que yo quiero ir llegando al fin de este tema: ceñid vuestro entendimiento para la acción. La verdad, cuando es aplicada personalmente a la vida, lo que va a producir es acción.
Cuando la verdad del Evangelio nos queda como la túnica floja, la túnica floja va a impedir que yo pueda aplicarla en mi propia vida, me va a hacer que me tropiece, no voy a poder correr con rapidez, no voy a poder hacer las cosas con soltura. Por lo tanto, yo necesito, como dice el pasaje, ceñir mi entendimiento para la acción. Prepara tu cristianismo no para indagar como los profetas del Antiguo Testamento, prepara tu cristianismo no para mirarlo como los ángeles lo mirarían, prepara tu cristianismo para entenderlo de tal manera que está tan bien dispuesto sobre ti que te ayuda a ejercitarlo en la acción.
Por eso yo quiero invitarte a que te preocupes cuando tú, después de haber escuchado tantos sermones, en lugar de que estos sermones te faciliten la acción, te impiden la acción. Porque en lugar de asimilarlos a ti, arremangarte las mangas y prepararte para hacer algo, sales con una túnica llena de joyas, europea, el tocado y mingo, te tropiezas con la puerta por lo grande que queda, ¿no cierto? No puedes ni caminar ni para un lado ni para el otro, de todas las sabidurías que ahora tienes. Pero en el momento en que el Señor te dice "pon en práctica", la corona te queda tan grande que se te va a la cabeza para la cara.
Entonces, eso es lo que Pedro está diciendo: "Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción". Cuando tú salgas de este lugar, sales con los brazos arremangados, con la corbata fuera, listo, con la herramienta, listo para saber lo que tienes que hacer, dónde hay que cortar, dónde hay que aplicar, dónde hay que servir, dónde hay que actuar. Porque eso es lo que el Señor espera de nosotros. Por eso Él dice: "Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción".
¿Qué es lo que ceñimos? Nuestro entendimiento, mi mente, mi entendimiento. Entonces no lo preparo simplemente para la reflexión, sino que lo preparo para la acción. Lo que estoy escuchando, lo estoy escuchando porque se trata de cosas que yo tengo que hacer, y mi actitud por lo tanto va a ser completamente distinta.
Por eso el apóstol dice: "Sed sobrios en espíritu". Y la idea de sobriedad en espíritu tiene que ver con liberarme de falsas ilusiones. La sobriedad en el espíritu tiene que ver con el hecho de que yo voy a salir de aquí diciendo: "¿Quién soy yo en realidad cuando se me conmina a la acción? Señor, estas cosas que tú me estás demandando son tan bellas y me regocijo tanto, pero yo quiero reconocer delante de ti que soy incapaz de hacerlo. Por lo tanto, te pido tu ayuda. Yo quiero ser sobrio en el espíritu, no quiero vanagloriarme pensando que voy a transformar el mundo, que voy a cambiar las cosas, que saliendo de aquí voy a arreglar mi familia y mi economía. Pero Señor, te necesito. Pero quiero ir con las mangas arremangadas, quiero ser sobrio en el espíritu, pero ceñido mi entendimiento para la acción".
Y por último él dice: "Poniendo vuestra esperanza completamente en la gracia que se os traerá en la revelación de Jesucristo". Finalmente, yo sé que yo no podré completar todas las tareas que el Señor me está demandando, por eso yo pongo mi esperanza completamente en el día en que Jesucristo venga por segunda vez. Pero con todo, mientras tanto, yo ceñiré los lomos, ceñiré mi entendimiento para la acción, seré sobrio en el espíritu y guardaré mi corazón en la esperanza de que el Señor vendrá por segunda vez.
Hermanos, el apóstol Pedro continúa esta realidad y él dice en el verso 14: entonces seamos como hijos obedientes. Y la palabra "hijos" tiene que ver con la idea de niños, no solamente con la idea de hijos. Como niños obedientes, no me conformé a los deseos que antes tenía en ignorancia. Yo que ahora vivo en el mundo no me voy a conformar, no van a ser suficientes los propósitos de mi vida que yo antes tenía cuando estaba en ignorancia, sino que ahora voy a vivir bajo un ideal superior. Este ideal superior es lo que la Palabra de Dios me proporciona. Por lo tanto, el ideal que la Palabra de Dios me proporciona me va a proporcionar el sentido para establecer mi estilo de vida.
"Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, sino que así como aquel que os llamó es santo, así también sed santos, sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir".
La idea de Dios es que nosotros luchemos entonces con nuestras dobles paradojas: la realidad de lo que somos en el Señor con la realidad de lo que somos en el mundo, con el descubrimiento de nuestra salvación gloriosa y la aplicación de esa salvación en medio de la prueba, para poder descubrir la realidad de nuestra fe y glorificar a Dios porque realmente somos salvos.
Que ese regocijo que nosotros sentimos en la iglesia sea un regocijo aún más grande porque entendemos que el Dios poderoso que me prometió esas promesas en su Palabra es el mismo Dios que ha cumplido sus promesas en medio de la realidad de mi vida. De tal manera que me regocijo, me regocijo grandemente con gozo inefable, al ver la obra de Dios en mi propia vida. Descubrir que yo no soy un profeta de la antigüedad, por lo tanto yo no puedo pasar mi vida cristiana indagando e inquiriendo, ni tampoco soy un ángel del cielo para simplemente observar lo que a los cristianos les pasa.
Yo me gozo en los testimonios de los demás. Qué bonitos los testimonios de los demás, ¿verdad? Soy como un ángel del cielo, vivo observando lo que vive el resto. El Señor espera, por tanto, que ciñamos nuestro entendimiento para la acción, que salgamos ya de aquí con las mangas arremangadas, listos para actuar, que seamos sobrios en espíritu, libres de ilusiones con respecto a lo que somos, pero gozándonos en la esperanza que vendrá cuando el Señor Jesucristo venga por segunda vez.
Dispuestos a trabajar para Él, a servirle a Él, dispuestos a reconocer que cada llamado es un llamado a la acción, a la transformación, a la búsqueda del logro de Dios en nuestra vida.
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José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.