Integridad y Sabiduria
Sermones

Sí, necesito de Tu misericordia

Pepe Mendoza • 26 octubre, 2026

Vivir para Dios no depende de nuestras fuerzas ni de nuestros méritos. Por más que un creyente anhele aprender, crecer y obedecer, siempre llegará al mismo punto de reconocimiento: solo la misericordia soberana de Dios puede sostenerlo. Eso es exactamente lo que expresa el salmista en Salmo 119:41-48, cuando —tras pedir instrucción y corrección— lanza una petición que lo conecta todo: "Venga también a mí tu misericordia, oh Señor, tu salvación conforme a tu palabra." La conjunción "y" no es un detalle menor; es el puente entre el deseo sincero de obedecer y la honesta confesión de que solos no podemos lograrlo.

La misericordia de Dios no se gana ni se conquista. Como señala Romanos 9, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. El pastor Mendoza lo ilustra con su propia experiencia: acercándose a cincuenta años de vida cristiana y cuarenta de ministerio, confiesa que hoy más que nunca entiende cuánto necesita de esa misericordia. La gracia no disminuye con los años; al contrario, quien crece en el Señor comprende más profundamente su dependencia de ella.

Esa misericordia recibida transforma la manera en que el creyente vive la Palabra. El salmista ruega que Dios no quite de su boca la palabra de verdad, porque proclamar lo que no se experimenta es religiosidad vacía. Y quien busca genuinamente los preceptos de Dios, descubre que caminar en obediencia no es una carga legalista, sino andar en un lugar espacioso y libre — la libertad que solo la salvación en Cristo puede dar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Señor, queremos vivir nuestros días para ti. Ayúdanos, Señor, a poder vislumbrar ese camino a través de la instrucción de tu palabra, y permite, Señor, que todo lo que digamos o hagamos sea para tu gloria y honra. Señor, te queremos encomendar este tiempo, queremos que tú abras nuestros ojos espirituales, queremos que tu Espíritu Santo se mueva con libertad en medio nuestro y nos guíe a toda verdad. Señor, háblanos, enséñanos, instrúyenos, corrígenos, muéstranos el camino por donde debemos andar. Ten misericordia de nosotros. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Tomen asiento, mis hermanos. Muy buenos días. Ustedes ya saben cuál es la pregunta que yo les voy a hacer, ¿verdad? A ver, ¿dónde están las Escrituras levantadas? Muy bien, algunos se cruzan de brazos, no sé por qué. Pero siempre llamándoles la atención e invitándolos amorosamente a que podamos tener nuestro ejemplar de la Escritura, que marquemos en ella nuestro álbum fotográfico de recorrido por la palabra de Dios, de tal manera que esa instrucción va quedando en nuestro corazón y va haciendo memoria también espiritual para nuestras vidas.

Me gozo en el Señor por la oportunidad y el privilegio que me concede en su gracia de poder compartir la palabra con ustedes en esta mañana, porque siento que estoy en el preámbulo de Por su Causa. Acá estamos como inaugurando la semana de Por su Causa, así que vamos a hacerlo. Vamos a volver, hermanos, al salmo que hemos estado estudiando. Ya entramos a la octava parte de esta serie inesperada que empezamos hace más de un año atrás, y que tiene que ver con el estudio del Salmo 119, que es el capítulo más largo de la Escritura.

Muchos dicen de él que es una exaltación de la palabra de Dios, pero hemos ido descubriendo que más que una exaltación de la palabra de Dios —que la incluye—, es en realidad la perspectiva de un hijo de Dios que se acerca a la palabra y de manera sincera medita en ella, reconociendo su necesidad del Señor, su necesidad de la palabra, reconociendo sin tapujos la realidad de su propia vida y de su propio corazón, y elevando este salmo como una oración inspirada por el Señor para que aprendamos cómo buscarle.

Así que en esta octava entrega vamos a ir a la sección que empieza en el versículo 41 del Salmo 119, y vamos a estar viendo del verso 41 al verso 48, Dios mediante, si el Señor lo permite y si nosotros podemos llegar en estos minutos a la profundidad de este texto maravilloso. Realmente estudiarlo es un deleite y también es una aproximación hermosa para reconocer lo que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Abiertas las Biblias, los cuadernos, los lápices. Todos estamos preparados. No se distraigan, el teléfono en la cartera, el teléfono en el bolsillo. Aquí estamos todos en la presencia del Señor.

Lo primero que vamos a hacer es recordar un poco lo que vimos en las dos últimas sesiones anteriores, que tiene que ver con la letra G, que empieza en el versículo 33 y va hasta el versículo 40. Muy brevemente quiero decirles que esa sección es una sección instructiva y correctiva. Nosotros lo vimos en dos sermones: una sección instructiva y correctiva porque el salmista reconoce sus carencias en cuanto a instrucción y reconoce sus carencias en cuanto a corrección.

Por un lado, de manera instructiva, en los versos 34 y 35, él le pide al Señor: "Señor, enséñame tus caminos, ayúdame a entender para poder cumplir tu ley con todo mi corazón, y Señor, por favor, hazme andar por la senda correcta para poder obedecerte de todo corazón." Así también somos nosotros: "Señor, necesito aprender, necesito que tú me enseñes la realidad de tus mandamientos, me permitas entender cómo funciona y me permitas poder aplicarlo, saber cómo ponerlo en práctica." No basta que lo sepa, no basta que lo conozca, no basta que lo entienda; lo importante es que lo ponga en práctica, y esa es la sección instructiva.

Pero luego, a través de la sinceridad del salmista, él dice: "Yo también, Señor, necesito ser corregido por ti, porque la inclinación de mi corazón es a la ganancia deshonesta. Señor, el gran problema de mi corazón es que yo soy desconsiderado para con los demás. Yo necesito que tú ordenes mi corazón. Señor, yo tengo un problema con mis ojos. Señor, mis ojos están inclinados hacia la vanidad, hacia todo aquello que es vacío, hacia todo aquello que no tiene significado."

"Y por último, Señor, yo quiero reconocer un problema grande que yo tengo. Yo le tengo miedo a la opinión de la gente. Me causa temor lo que la gente pueda decir cuando yo decido vivir para ti. Me gusta más formar parte del resto, me gusta más pasar desapercibido. Y para pasar desapercibido en el mundo, yo tengo que andar como el mundo. Y esos son mis problemas. Por eso, Señor, yo te pido que me enseñes, que me des entendimiento, que me pongas en la senda correcta, que me ayudes con la inclinación de mi corazón, que me ayudes, Señor, con la inclinación de mis ojos y que me ayudes con el miedo que yo le tengo a la gente."

Ese es un pedido sincero que todos le hacemos al Señor porque queremos, como cantamos, queremos vivir para Él. Y por eso el versículo 40 termina diciendo: "Yo anhelo tus preceptos." Señor, si hay algo que deseo es vivir para ti. Quiero, de verdad, Señor, con este corazón nuevo que tú me has dado, obedecerte. Sinceramente, yo quiero obedecerte, pero yo necesito algo más. Yo necesito que tú me vivifiques por tu justicia.

Y ahí nosotros hablamos de que entonces no se trataba de seguir reglas, sino de una realidad espiritual: ser vivificado por el Señor por su justicia. Y ahí es donde nosotros recordamos el Evangelio. El único que nos puede dar vida nueva es el Señor. El único que puede trasladar su justicia a nosotros a través de la justificación por la fe es nuestro Señor. "Vivifícame por tu justicia", porque es muy posible, Señor, que yo quede por detrás de todo aquello que te estoy pidiendo. Siempre va a haber algo, Señor, que va a impedir que yo pueda llegar a esto que te estoy demandando.

Ahí nos quedamos con el verso 40 y ahora nosotros estamos entrando, como ustedes pueden ver en algunas de sus Biblias, a la sección que dice "Vav", que es la siguiente letra del alfabeto hebreo. Ahora, Vav tiene una peculiaridad: es una conjunción. ¿Qué significa que es una conjunción? Que es una palabra que une ideas. Es nuestro correspondiente —y se los voy a decir de manera muy sencilla—: ¿qué es Vav? Es la palabra "y", la conjunción copulativa. La palabra que vincula esto y lo otro. O también se traduce como "también", valga la redundancia.

Entonces, en el verso 41, por eso es que nosotros leemos "Vengan también", porque ahí es donde aparece la palabra "gam", ¿no? "Vengan también a mí". Lo que vemos con esta palabra es que el salmista está aprovechando esta conjunción para darle una continuación a lo que él ya estaba diciendo, a la culminación del verso 40: "Yo anhelo tus preceptos, vivifícame por tu justicia, y también venga a mí tu misericordia, oh Señor, tu salvación conforme a tu palabra."

Lo que queremos reconocer es que es bastante evidente que muchos de nosotros, como acabamos de decir, deseamos poner todo nuestro esfuerzo para aprender, para entender, para poder caminar por la senda correcta. También nos esforzamos en crecer en dominio propio, para evitar la ganancia deshonesta, apartar nuestros ojos de la vaciedad de la vida y rechazar el temor al qué dirán. Pero somos humanos, y eso no es suficiente.

Hay una conjunción en este pasaje que vincula todo lo anterior con la necesidad de reconocer con sinceridad que deseamos con todas las fuerzas obedecer al Señor, pero también tenemos que reconocer nuestra frustración y nuestra debilidad, que están presentes en nuestras vidas producto de nuestras propias inclinaciones carnales que nos hacen errar el blanco en nuestra búsqueda por lo bueno. Por lo tanto, el salmista lanza esta conjunción y vincula esta parte anterior con la siguiente, y nos hace reconocer que también, juntamente con nuestro pedido de instrucción y de corrección, hay dos grandes cosas que Dios solamente nos puede dar y que debe mantener en nuestras vidas por su sola voluntad, y que lo único que tenemos y lo que podemos hacer es pedir con sinceridad delante de Dios como en una oración sincera.

¿Cuáles son esas dos cosas? ¿Cuál es ese primer pedido? Lo acabamos de leer en el verso 41. Volvamos a leerlo: "Venga también a mí tu misericordia, oh Señor, tu salvación conforme a tu palabra." El ruego del salmista es el reconocimiento de que solo no lo puede alcanzar, y que lo que él requiere es que vengan a él las misericordias de Dios y su salvación.

Hago un paréntesis. Es interesante que a lo largo de todo el salmo, esta es la primera vez que la palabra "misericordia" aparece. Luego aparecerá de aquí en adelante siete veces más. Pero también es la primera vez que aparece la palabra "salvación", la cual aparecerá de aquí en adelante cinco veces más.

Lo cierto es que el salmista ha llegado a un momento en donde, si recordamos todo lo que ha dicho anteriormente, es un pedido de oración para que el Señor lo instruya y lo corrija. Pero ha llegado este momento en donde él reconoce y le pide al Señor: "Señor, en medio de todo esto, tu misericordia venga a mí, y también venga a mí tu salvación."

Y hermanos, si hay algo que nosotros debemos saber, es que nuestra relación con Dios no se basa en nuestros méritos. Porque nunca tendremos méritos suficientes para alcanzar la aprobación de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para agradar a un Dios inmensamente grande? Soberano, tres veces santo, omnisciente, omnipotente, el Creador del universo que sostiene el universo en la palma de su mano y todo el universo se sostiene con la palabra de su poder. En realidad, nosotros dependemos de su misericordia.

Pero la misericordia de Dios no es algo que yo pueda ganar. No es algo que yo pueda conquistar. No es algo que ni siquiera se mueve a mi favor producto de mis circunstancias. El apóstol Pablo, en la epístola a los Romanos, en el capítulo nueve, dice: "¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? De ningún modo. Porque él dice a Moisés: tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia."

Y en una oración sincera, hermano, cuando nosotros nos ponemos delante de Dios y le decimos: "Señor, instrúyeme, enséñame, hazme entender, ponme en el camino correcto, ayúdame con mi corazón, ayúdame con mis ojos, ayúdame con mis temores, pero, Señor, ten misericordia de mí", esa es una petición sincera. Porque cuando recibimos misericordia, estamos recibiendo algo que en realidad no merecemos. Estamos recibiendo gracia, que siempre reconoceremos como inmerecida. Se trata de un favor o un beneficio que no hemos ganado, que no obtenemos por mérito propio en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. De tal manera que lo que nos sostiene es la misericordia de Dios.

Otro dato interesante, entre paréntesis, es que la palabra "misericordia" aquí aparece en plural. Y en varias oportunidades nosotros reconocemos que la misericordia de Dios se pluraliza. Recordemos al apóstol Pablo, después de terminar su declaración teológica de Romanos 1 al 11, cuando nos pide: "Os ruego por las misericordias de Dios." Las misericordias de Dios son múltiples. Las misericordias de Dios nos envuelven. Las misericordias de Dios suman de tal manera que el resultado de esa misericordia es la salvación que obtenemos en Dios, por pura gracia, producto de la obra de nuestro Señor Jesucristo.

Pero nuevamente, lo que quiero dejar con ustedes de una manera muy clara es que la súplica del salmista es por el reconocimiento de la soberanía de Dios en su misericordia y en su salvación. El apóstol Pablo nos decía que la salvación es por fe y es un don de Dios. Es obra y parte de su misericordia, pero su misericordia siempre será soberana.

Simplemente para cerrar esta idea, R. C. Sproul decía: "Piénsenlo un momento. Si Dios nos debiera gracia, no sería gracia, sería justicia. La justicia es algo que se debe como recompensa o castigo por ciertas formas de comportamiento. La gracia no es obligatoria, y Dios, en todo tiempo y lugar, se reserva el derecho a lo que él llamó clemencia ejecutiva cósmica. Es un privilegio ejecutivo que él concede. Puede ser misericordioso con quien quiera, y puede retener su misericordia o su gracia a quien decida negar esa misericordia, por la razón que sea que lo incline a actuar así, para llevar a cabo sus propósitos y no nuestra agenda."

Hermanos, de alguna manera esto podría causarnos un profundo temor. Pero al mismo tiempo nosotros reconocemos que tenemos un Dios de amor que es lleno de misericordia. De tal manera que nosotros podemos cantar que las misericordias del Señor se renuevan cada mañana. Y la realidad es que si somos salvos y recibimos de las bondades del Señor, es por la gracia y la misericordia de Dios ejecutadas en nuestras vidas por la sola voluntad del Señor, que tiene como base la obra de Jesucristo.

Es por eso que el salmista dice: "Venga también a mí tu misericordia, oh Señor, tu salvación conforme a tu palabra." Y esa es la realidad, hermanos, que nosotros tenemos que aprender y tenemos que reconocer. La misericordia y la salvación no son conforme a nuestras ideas, no son como nosotros las pensamos, no son como las imaginamos, no dependen de las circunstancias, no dependen de las realidades, no dependen de mis logros, no dependen de mi pasado, no dependen de lo que yo voy a decir. Dependen de la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre, porque el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Así de sublime es su misericordia y así de segura es su salvación, porque está atada a la Palabra de Dios.

Esa es nuestra seguridad. Dios es inmutable y por lo tanto las misericordias de Dios y la salvación de Dios se circunscriben por completo y de manera absoluta a la voluntad de Dios, tal como ha sido revelada en las Escrituras.

El gran problema con nosotros, hermanos, es que somos idólatras. Nos encanta la idolatría. Tenemos un corazón que, como decían, es una fábrica de ídolos.

Nos encanta crear un ídolo que se someta a nosotros y que someta su misericordia a nuestros propios requerimientos. Sin embargo, nosotros debemos notar de una manera muy clara que cuando Jesucristo se hizo carne, él vino lleno de ¿qué? Ustedes se acuerdan, Juan 1:14. Vino lleno de gracia, pero también lleno de verdad. Porque la gracia y la verdad son las dos caras de una misma moneda.

Es así que siempre la misericordia de Dios será el resultado de la soberanía de Dios, pero también será el resultado de su amor inalterable para con cada uno de nosotros. Es por eso que la palabra "misericordia" es una palabra compleja, porque envuelve el amor inalterable de Dios. Hay traducciones que no traducen la palabra hebrea como "misericordia", sino que la traducen como el amor inalterable de Dios. Esa gracia que permanece sobre nuestras vidas de manera incomprensible para nosotros, por su sola voluntad.

El apóstol Pablo justamente sustenta su vida y su ministerio en la misericordia, en la salvación y en la gracia de Dios, conforme a su palabra que se derramó sobre su vida sin merecerlo y ni siquiera esperarlo. Porque ustedes recuerdan que él no iba a convertirse camino a Damasco, él iba a destruir cristianos camino a Damasco. Sin embargo, el Señor lo detuvo y manifestó su gracia.

Y en 1 Corintios 15:9, él dice: "Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana. Antes bien, he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí."

Esa es nuestra realidad. Por eso es que el salmista dice: "Venga también a mí tu misericordia, oh Señor, tu salvación conforme a tu palabra." Esa, hermanos, es una realidad fundamental en nuestras vidas. El clamor por la misericordia de Dios se hace latente a cada paso de nuestras vidas. Cada día de nuestra existencia, nosotros dependemos de su misericordia.

Dependemos de la seguridad de la salvación conforme a su palabra, porque nosotros somos volubles. Nosotros cambiamos. Nosotros erramos al blanco. Nosotros pecamos. Nosotros anhelamos, pero nosotros, por sobre todas las cosas, necesitamos ser vivificados por su justicia. Y tenemos que orar permanentemente pidiéndole al Señor: "Señor, venga a mí tu misericordia, oh Señor, y tu salvación conforme a tu palabra." Todos los días de nuestra vida.

Y a veces se podría pensar que basta con la instrucción y la corrección, y que en algún momento de nuestras vidas quizás nosotros no vamos a necesitar ya más de la gracia, o que en la medida en que crecemos en el Señor vamos necesitando menos gracia y menos misericordia. Pero sinceramente, yo me estoy acercando raudamente a los 50 años de mi vida como creyente. Yo me estoy acercando al medio siglo como hijo de Dios. Y estoy ya casi a los 40 años de vida ministerial, casi a punto de subir al monte Nebo para mirar la tierra prometida de lejos.

Pero saben, hoy confieso delante de ustedes que como nunca antes yo entiendo que necesito de la misericordia de Dios. Que cada día que pasa reconozco cuánto más su gracia me ha sostenido, cuánto más yo necesito de su salvación conforme a su palabra y no conforme a mis palabras. Porque ahora más que nunca yo comprendo que aunque yo fuera infiel, él permanece fiel. Y eso no significa que mi corazón no anhele sus preceptos, pero yo necesito que él me vivifique conforme a su justicia. Y ese sentir es el sentir que el salmista de una manera sincera está expresando.

Por eso es que en el verso 42 él dice: "Así tendré respuesta para el que me afrenta, pues confío en tu palabra." ¿Saben cuál es nuestra respuesta? Ustedes recuerdan que en el verso 38 él dice: "Confirma a tu siervo tu palabra que inspira reverencia por ti. Quita de mí el oprobio que me causa temor, porque tus juicios son buenos." Cuando nosotros descansamos en la misericordia y la gracia de Dios, dice el salmista: "Así yo tendré respuesta para el que me afrenta."

La respuesta a la que se refiere el salmista, basada en el contexto, es que su fe no es solo un asunto de performance, de rendimiento, de desempeño, sino que puede descansar también en la gracia de la salvación inmerecida e incomprensible. Mi respuesta no radica en el hecho de lo que yo haga o yo deje de hacer, aunque eso no significa que ahora yo les esté presentando una gracia barata que justifique nuestras maldades y perversiones, cubiertas simplemente por los oídos sordos y por la vista corta de nuestro Dios. De ninguna manera.

¿Saben cuál es mi respuesta? Nuestra respuesta es que la cruz no me permite esconder mi propia culpabilidad. Esa es mi respuesta. Mi respuesta es que esa cruz me delata, y tengo que reconocer que Cristo murió por mis maldades, que Cristo murió por mis pecados, que yo no soy una persona perfecta. Él es perfecto. Mi Dios es perfecto. Mi respuesta es que no me he ganado el cielo ni tampoco el favor de Dios. Las puertas del infierno no se han cerrado porque he ganado mis batallas, sino porque Dios me ha declarado justo en Jesucristo. Esa es mi respuesta.

Y por eso es que el salmista dice: "Así tendré respuesta para el que me afrenta, pues yo confío en tu palabra. Yo confío en lo que tú has dicho. Yo confío en tu misericordia y en tu salvación que depende de ti." Y eso me hace recordar justamente cuál es nuestra respuesta.

Me hace acordar las palabras del apóstol Pablo en Colosenses 2:13-15, cuando él dice: "Y cuando estaban muertos en sus delitos y pecados y en la incircuncisión de su carne, Dios les dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz; y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de él."

¿Saben cuál es esa respuesta que no me avergüenza? ¿Cuál es la respuesta a mi acusador? Es que yo confío en su palabra. Y yo he tomado las palabras de Colosenses 2 y las he puesto de manera personal. Y yo puedo decir: "Y cuando yo estaba muerto en mis delitos y en la incircuncisión de mi carne, Dios me dio vida juntamente con Cristo, habiéndome perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra mí y que me era adverso, y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz; y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de mi Señor."

Esa es nuestra respuesta. Esa respuesta se basa en la misericordia de Dios.

No es nuestro rendimiento, no es nuestras capacidades, no es nuestra religiosidad. Siempre dependeremos de la misericordia de nuestro Dios.

En segundo lugar, y perdónenme que esta parte, este primer punto pareciera infinito, pero de verdad que es la parte más larga de todo lo que quería compartir con ustedes, porque el resto viene más ligero, así que no se asusten.

Dice el verso 43 al 45: "No quites jamás de mi boca la palabra de verdad, porque yo espero en tus ordenanzas. Así que guardaré continuamente tu ley, para siempre y eternamente. Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos."

Luego de haber exaltado la misericordia de Dios, luego de haber declarado que eso es su respuesta a los que le afrentan, el hecho de confiar en un Dios misericordioso que cumple su palabra y en una salvación que Él ofrece y que ha cumplido de manera perfecta por la obra de nuestro Señor, él hace esta petición que a mí me sorprende. Él dice: "No quites jamás de mi boca la palabra de verdad."

Les pregunto: ¿es que acaso el Señor puede en algún momento quitar de mi boca la palabra de verdad? Yo podría pensar y decir: "Señor, nunca hagas que yo lo olvide, que nunca se vaya de mi memoria. Señor, que yo nunca deje de entenderla." Pero ¿por qué dice: "Señor, no la quites de mi boca"? ¿Qué es lo que él está tratando de decir?

Carlos Spurgeon, que escribió mucho acerca de los Salmos, señala en su comentario que el sentido de este pasaje responde a la pregunta: "¿Cómo podría seguir proclamando tu palabra si viera que esta me falla?" Lo que el salmista entiende es que la palabra sería de alguna manera quitada de los labios si es que en realidad no es efectiva en su propia vida. Una palabra sin poder, una palabra que solamente sería ruido.

Y por eso le dice: "No quites jamás de mi boca la palabra de verdad. Lo que yo te estoy pidiendo, Señor, es que aquello que yo proclame lo viva." Señor, no me hagas cantar palabras sin sentido. No me hagas repetir cosas que yo en realidad no estoy experimentando. No puedo seguir hablando de lo que no experimento. No puedo seguir hablando de aquello en lo que ya no tengo esperanza. No puedo seguir hablando de algo que yo no estoy dispuesto a obedecer.

Por eso es que el salmista dice: "No quites jamás de mi boca la palabra de verdad, porque yo tengo esperanza en tus ordenanzas." La disposición del corazón, tal como lo dijo nuestro Señor Jesucristo: "De la abundancia del corazón habla la boca." Señor, por favor, no quites de mi boca la palabra de verdad. ¿Saben por qué? Porque la palabra de Dios es viva y eficaz. Y cuando nosotros la repetimos desconociendo su eficacia, es mejor que el Señor la quite de mi boca, porque yo me estoy convirtiendo en un religioso sin vida, en alguien que en realidad no está creyendo en la efectividad de la palabra de Dios y en su cumplimiento.

Señor, no quites jamás de mi boca la palabra de verdad, en primer lugar, porque yo espero en tus ordenanzas. Señor, yo tengo la expectativa de que aquello que tú has mandado sea efectivo en mi propia vida. Cada vez que yo la voy a mencionar, Señor, yo quiero mencionarla desde la realidad de aquello que yo estoy diciendo. El cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Estoy hablando desde la efectividad y del temor de que esta palabra que estoy pronunciando en tu nombre fue capaz de crear el cielo y la tierra.

Entonces, Señor, por favor, que yo nunca hable lo que yo no estoy experimentando. Y por eso dice: "Porque yo espero en tus ordenanzas."

Y yo quiero que prestemos atención en el verso 44, para que ustedes puedan notar la disposición que él tiene a la obediencia. Miren lo que dice el verso 44: "Así que guardaré continuamente tu ley, para siempre y eternamente." ¿Ustedes notan el énfasis? "Así que guardaré tu ley." ¿Cómo voy a guardar tu ley? Miren lo que dice: "Continuamente, para siempre y eternamente."

Esa es la actitud que él tiene en su corazón. Señor, yo dependo de tu misericordia y tu gracia. Yo dependo de tu salvación. Esa es mi respuesta. Pero, Señor, si yo tengo tu palabra en mi boca es porque yo tengo esperanza en ella. Y yo quiero cumplirla continuamente, para siempre y eternamente. Ese es el deber de nuestro corazón. Ese es el pedido de mi corazón: Señor, yo no renuncio a obedecer. Yo quiero obedecerte. Yo quiero seguirte continuamente, sin interrupción, de manera incesante, repetirlo con frecuencia. Quiero hacerlo para siempre, por un largo tiempo, de larga duración. Quiero hacerlo eternamente, Señor, a perpetuidad. Una duración sin fin. No depende de las circunstancias, no depende de lo que me está pasando, no depende si estoy de buen ánimo o de mal ánimo, de buena gana o de mala gana, no depende si la prédica fue buena, no depende si mi hermano me habló bien, no depende si tengo trabajo o no tengo trabajo, no depende cómo están mis relaciones. Yo quiero obedecerte continuamente, para siempre y eternamente.

Esa disposición del alma trae consigo lo que vemos en el verso 45. Dice: "Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos." Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.

Permítanme presentarles otro secreto de este pasaje. En el verso 45 dice: "Y andaré en libertad." En algunas versiones dice: "Caminaré en un lugar espacioso." "Tú has puesto mis pies en un lugar espacioso", dice el salmista. Esta idea de libertad tiene que ver con el sentido de caminar con amplitud, con no estar apretujado, con andar con soltura, andar sin mayores obstáculos. Como este lugar: es amplio, yo lo puedo recorrer de arriba a abajo, de adelante a atrás, a los costados. No hay temor a mi alrededor, no hay obstáculos a mi alrededor. Ese es el sentido de libertad en la Escritura.

Hay una promesa de parte de Dios que viene a ser la contraposición de mi realidad personal sin Dios. Mi realidad personal sin Dios es que yo voy a estar siempre hundido, siempre apretujado, siempre presionado por mis propias pasiones y siempre caído por mis propios pecados. Pero cuando el Señor en su misericordia y en su gracia me levanta, su promesa es ponerme en un lugar espacioso.

Ahora, ¿dónde está el secreto? El secreto está más arriba, en el verso 41. Dice nuevamente: "Venga también a mí tu misericordia, oh Señor; tu salvación, conforme a tu palabra." La palabra salvación en hebreo tiene que ver con liberación. La salvación es redención de parte de Dios: yo era esclavo, ahora soy libre; yo estaba encadenado, ahora mis manos están sueltas. La idea de salvación tiene que ver con la oportunidad de poder volverse a un lugar espacioso y ancho. La salvación de Dios me provee esa libertad.

Esa libertad con la que yo puedo andar no es una libertad estática. No es que yo soy libre y ya me quedé aquí. Hermanos, el Señor nos ha hecho libres para que podamos andar en libertad, para que podamos andar en ese lugar espacioso. Pero miren la respuesta, hay una razón: "Porque busco tus preceptos." Yo voy a andar en libertad porque busco tus preceptos.

Ahora, la cosa es, hermanos, que la salvación es liberación. Yo ahora puedo andar en libertad, pero andar en libertad es caminar conforme a lo que Dios ha ordenado. Por eso dice: "Yo busco tus preceptos." Lo que no debemos perder de vista es que ese sentido de libertad, de amplitud espaciosa con la que se siente el salmista que anda, es debido a que busca los preceptos de Dios.

Lo que nos está diciendo entonces es que caminar en libertad no es una obediencia legalista. No es que ahora simplemente, wow, ahora soy libre, pero para someterme a los mandamientos de Dios. No se trata de eso, sino que es la dicha que surge de la búsqueda, en el intento por indagar, inquirir, consultar, requerir, examinar lo que Dios espera de nosotros en su palabra para obedecerlo. Soy libre. Ahora puedo buscar en el Señor y descubrir lo que Él espera de mí y vivirlo.

Porque soy libre, porque puedo caminar con Él, puedo seguirle a Él. Ya no tengo una actitud de cuestionamiento o de duda, sino que disfruto la profundidad de la palabra de Dios que me hace gozarme y me hace escoger la vida, como decía Moisés en Deuteronomio 30: "Escoge pues la vida, para que vivas tú y tu descendencia." Nosotros hemos escogido la vida, y andaré en libertad porque busco tus preceptos.

Hermanos, dependemos de la misericordia de Dios. Dependemos de la gracia de Dios. Dependemos de la salvación de Dios, que es simplemente obtenida por la perfecta obra de nuestro Señor Jesucristo. Mi respuesta al que me afrenta siempre será: ¿tú sabes quién soy yo? Un pecador. Pero un pecador salvado por Jesucristo, por su palabra.

No porque yo lo merezca. No sé por qué yo, te soy sincero, porque yo no era justo, porque yo no entendía, porque yo no buscaba, porque yo era enemigo de Dios. Pero esa es mi respuesta: que yo estoy delante de la cruz y yo espero por fe que al final de los días, en el poder del Cristo resucitado, yo sea resucitado por Él. Pero no por mí, sino por Él. Porque ha mostrado misericordia para conmigo.

Pero mientras vivo, Señor, yo no quiero vivir ajeno al poder de tu palabra. Yo quiero vivir conforme a tu palabra, porque yo espero en tus ordenanzas. Y yo quiero obedecerte continuamente, para siempre y eternamente. No quiero condiciones, yo quiero hacerlo de corazón.

Y terminamos. Del versículo 46 al 48, simplemente es una declaración que el salmista hace, que es una declaración abierta. Dice, del versículo 46 al 48: "Hablaré también de tus testimonios delante de reyes y no me avergonzaré. Me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo. Levantaré mis manos a tus mandamientos, los cuales amo, y meditaré en tus estatutos."

De tal manera, hermanos, que lo que nosotros nos encontramos aquí es el resultado de una vida en libertad. Una vida que le habla y le habla a todos, que es capaz de poder dar a conocer su fe porque se basa en la misericordia de Dios y no en sus méritos. Él dice en el versículo 47: "Me deleitaré en tus mandamientos, los cuales yo amo. Levantaré mis manos a tus mandamientos, los cuales amo, y meditaré en tus estatutos."

No hay más que decir al respecto. Lo que nosotros debemos reconocer, y algunos estudiosos señalan, es que estas evidencias muestran que toda la vida está involucrada en la libertad que el Señor nos ha dado a través de su misericordia. Está en la boca, porque dice: "Hablaré también de tus testimonios delante de reyes y no me avergonzaré." Recuerda que el salmista reconoció con sinceridad que él le temía a las opiniones de la gente cuando trataba de vivir su fe. ¿Saben qué? Ahora yo voy a hablar también de tus testimonios delante de los reyes, o sea, de las máximas autoridades, porque ya no le tengo temor a nadie. Entonces, mi boca está involucrada.

Mi corazón está involucrado porque dice: "Me deleitaré en tus mandamientos, los cuales yo amo." Mi amor por los mandamientos de Dios crecerá hasta el punto de convertirse en un deleite. Ya esta palabra "deleite" la hemos visto muchas veces en esta serie. Yo me agrado en tus mandamientos; dentro de mi corazón yo me agrado con tu palabra. Le he descubierto ese sabor delicioso y dulce que tu palabra tiene para mi alma.

Luego dice: "Levantaré mis manos a tus mandamientos, los cuales amo." Mostraré de manera pública y sin temores mi adoración a Dios, porque Él ha levantado palabras misericordiosas a mi favor. Hermanos, si tú cantas tímidamente, yo te invito a que cuando terminemos abras tu boca en adoración, levantes tu mano en adoración, le cantes al Señor, cantes con fuerza, sin timidez. Levantaré mis manos a tus mandamientos porque los amo.

Y él termina diciendo: "Meditaré en tus estatutos. Seguiré prestando una atención detenida, continua y atenta a tu palabra por el resto de mi vida."

Hermanos, hay instrucción, hay corrección, pero todo se sostiene en la misericordia de Dios. Y la misericordia de Dios en tu vida es producto de su soberanía. A Dios nadie lo fuerza a tener misericordia de ti. No es tu condición, no es tus palabras, no son tus expectativas, no son tus promesas. La misericordia de Dios se sostiene en la voluntad soberana de Dios.

Por lo tanto, si has gozado de su misericordia, agradécele a Dios, porque el Rey de reyes y Señor de señores ha prometido estar contigo. Y si lo ha prometido, es para siempre. Porque así lo ha querido Él.

¿Cómo podemos responder? Respondamos en obediencia. Respondamos en el hecho de que cada vez que hablemos sus palabras no sean palabras vacías, Señor. Cada vez que lo diga, mi esperanza esté detrás de esa palabra. Cada vez que lo diga, mi obediencia continua para siempre y eternamente esté en mi deseo de obedecerte. Que yo pueda andar en libertad, no en una libertad apretada, sino en un campo abierto donde estoy buscando cómo obedecerte a ti continuamente.

Adoremos al Señor, cantémosle al Señor. Y en los momentos que siguen podamos consagrarnos delante de Dios y poderle decirle al Señor: Señor, gracias por tu misericordia. Gracias por tu salvación. Señor, yo quiero alabarte y quiero adorarte y quiero reconocer delante de ti que tú eres bueno y tu misericordia es para siempre. Darte gracias, Señor, porque cada mañana se renueva tu misericordia y por la tarde podemos cantar de tu fidelidad.

Darte gracias, Señor, porque esa salvación es un cambio de corazón. Gracias, Señor, porque ahora yo puedo responder, y mi primera respuesta es que si yo estoy parado aquí es por la cruz. Porque la cruz delata mi condición de pecador y perverso, pero la cruz también delata la sangre de Jesucristo que se derramó a mi favor para el perdón de mis pecados. Gracias, Señor, porque he sido justificado por ti; gracias por tus promesas que son para siempre. Señor, simplemente ayúdame, y no quites de mí nunca, jamás, tus palabras de verdad, porque en ellas espero y porque yo quiero obedecerte continuamente, para siempre y eternamente.

Bendícenos, Señor, permítenos ahora alzar nuestras manos en adoración y reconocerte a ti como nuestro buen Dios amante, a través de nuestro Señor Jesucristo. Gracias, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro «Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos» (Vida, 2024). Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana, y es el director del Instituto Integridad & Sabiduría. Además colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary y trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.