Integridad y Sabiduria
Sermones

Su consuelo no termina en ti

Reynaldo Logroño • 6 octubre, 2026

El consuelo de Dios no es simplemente alivio para el dolor: es su presencia activa al lado de sus hijos, incluso cuando la circunstancia no cambia. Basándose en 2 Corintios 1:3-7, el pastor Logroño señala que Pablo llama a Dios "Padre de misericordias y Dios de toda consolación" no como un cargo sino como una identidad. Así como el Paracleto —el Espíritu Santo— significa literalmente "alguien llamado a estar a tu lado", el consuelo bíblico no es una técnica ni un pensamiento positivo, sino la gracia de Dios que sostiene al creyente dentro de la prueba, no necesariamente sacándolo de ella.

Pero ese consuelo tiene dirección. El versículo 4 añade un "para que" que lo cambia todo: Dios consuela a sus hijos para que ellos, a su vez, consuelen a otros. No basta con haber sufrido; es el dolor consolado el que nos capacita para acercarnos al hermano en su hoyo. El pastor ilustra esto con la historia de un hombre atrapado en un pozo: el verdadero consolador no lo mira desde arriba ni promete volver con herramientas, sino que baja. Y cuando baja, no dice "yo sé cómo salir", sino "yo conozco al Dios que me sostuvo aquí abajo".

Esta capacidad de consolar tampoco requiere haber vivido exactamente la misma historia. Lo que nos habilita para acercarnos al que sufre es conocer al mismo Dios que consuela. Como una melodía técnicamente perfecta que suena vacía porque el músico no ha visto la película, ningún versículo bien citado reemplaza haberse sentado primero a escuchar el dolor del otro. El consuelo, concluye el pastor Logroño, no es un ministerio para creyentes maduros: toda la iglesia es copartícipe de los sufrimientos y también de la consolación. Y quienes aún no conocen a Cristo son invitados no a consolar todavía, sino a venir primero a ser consolados por él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bien, mis hermanos, como siempre digo, es un privilegio estar aquí con ustedes predicando. De verdad que no doy por sentado las oportunidades que tenemos de poder estar aquí abriendo la Palabra y conociendo un poquito más de nuestro Señor.

Hoy yo quiero que examinemos un texto que personalmente ha sido de mucha bendición, mucha confrontación en mi vida, y ha sido para mí de gran descanso, pero a la vez ha sido un motivo de oración constante en mi vida. Y yo quiero empezar precisamente así, orando, pidiéndole al Señor que me ilumine, que me permita, a pesar de mí, poder transmitir su Palabra. Así que vamos a orar de nuevo. Señor, gracias, gracias por esta oportunidad de abrir tu Palabra. Padre, yo te necesito. Yo necesito que eso que tú has puesto en mi corazón, que eso que tú has trabajado conmigo, que tú has trabajado con tantas personas cerca de mí, Señor, tú puedas ahora trabajar con mis hermanos, porque yo sé que hay muchos, Señor, que están necesitando de ese consuelo que tú nos das. Padre, gracias por el privilegio de abrir tu Palabra. Sé con nosotros en esta mañana, en Cristo Jesús. Amén.

Bien, el que tiene varios domingos viniendo a la iglesia, quizás varios meses, varios años, tiene que haberse dado cuenta de que nosotros como iglesia hemos hablado mucho acerca de las pruebas, del dolor, del sufrimiento, y hemos sido recordados de que ser cristiano no nos exonera de sufrir, y que muchas veces Dios usa precisamente esos momentos que nunca hubiéramos elegido pasar para conformarnos a Cristo, para profundizar nuestra fe, para enseñarnos a depender de Él.

Y quizás después de escuchar esto, la pregunta natural sería: ¿puede Dios hacer algo con esos recuerdos que todavía yo llevo dentro? ¿Qué pasa con ese recuerdo de aquellas noches en las que lloramos desconsoladamente? ¿Qué pasa con aquellos recuerdos de aquel tiempo de enfermedad? ¿Qué pasa con aquella pérdida que me dolió tanto? ¿Para qué pudiera servir que yo aún me recuerde aquella época de crisis económica profunda que pasó mi familia, o de aquella crisis matrimonial? ¿O de qué puede servir que yo todavía tenga recuerdos vívidos de aquellos años de rebeldía de mis hijos? ¿Por qué, Señor, es que yo no me olvido de aquella decepción que me llenó de tanta tristeza, o de aquella oración que parecería que tú nunca me la ibas a responder?

Hoy vamos a revisar un texto muy conocido, muy leído, muy citado, pero que muchas veces lo dejamos a un lado precisamente en el momento en que más lo necesitamos. Es un pasaje que nos muestra que Dios no solamente quiere hacer algo en ti a través de tu prueba; también quiere hacer algo a través de ti, en medio de tu prueba y después que pasa tu prueba. Incluso puede hacer algo a través del recuerdo de lo que ya viviste y de cómo Él te sostuvo en medio de la prueba. Y yo he titulado este sermón: "Su consuelo no termina en ti."

El pasaje que estaremos revisando se encuentra en la Segunda Carta de los Corintios, capítulo 1, versículos 3 al 7. Voy a leer en la Nueva Biblia de las Américas: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para el consuelo y salvación de ustedes; o si somos consolados, es para consuelo de ustedes, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de ustedes está firmemente establecida, sabiendo que como son copartícipes de los sufrimientos, así también lo son de la consolación."

Y hemos aprendido que cuando nos disponemos a estudiar un pasaje, lo primero que debemos hacer es preguntarnos de qué nos habla este texto, cuál es el tema principal. Definir correctamente cuál es el tema principal sería el primer paso para poder iniciar un estudio profundo y certero del pasaje. Bueno, gracias al Señor que en este caso Pablo nos la puso bien fácil, porque hay una palabra que se repite diez veces en estos cinco versículos. ¿Cuál es? Consuelo. Consuelo, o sus derivados.

Por lo tanto, vamos a detenernos un momento en esa palabra: consuelo. Dice la Real Academia Española lo siguiente: descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el alma. El consuelo es el descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el alma. Y el diccionario Larousse lo define así: el consuelo es la sensación de alivio experimentada cuando cesa o termina un dolor.

Fíjese qué interesante: dice que es el alivio experimentado cuando cesa un dolor. Pero Pablo nos va a presentar en este pasaje un consuelo que llega aún cuando el dolor no se ha ido. Y la palabra que Pablo utiliza, paraklesis, implica mucho más que simplemente hacer sentir mejor. El consuelo bíblico no es una anestesia para dejar de sentir dolor; es la gracia de Dios que nos fortalece para seguir caminando aunque tengamos dolor.

Y hay algo hermoso: esta palabra pertenece a la misma familia de Parakletos, que es la palabra que el mismo Jesús utiliza para referirse al Espíritu Santo, a quien llama el Consolador. Dice Juan 14:16: "Entonces yo rogaré al Padre y Él les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre." Y fíjense que Jesús lo llama otro Consolador, porque Él es el primero, Él mismo es el Consolador. Parakletos significa literalmente alguien que está llamado para estar al lado tuyo.

Por eso Juan llama a Cristo nuestro abogado cuando escribe en 1 Juan 2:1, pues es el que se pone de pie delante de nosotros, al lado de nosotros, delante del Padre. Así que cuando Pablo está hablando de consuelo, no está hablando de un pensamiento positivo; está hablando de una presencia. Es la presencia de Dios acercándose a sus hijos para estar a su lado. Eso quiere decir que el principio de nuestra consolación no es un momento clave en nuestra vida, no es el momento donde por primera vez comenzamos a sentir algo sobrenatural que está sosteniendo nuestra alma. El principio de nuestra consolación es una persona: Dios.

¿Y cómo comienza este pasaje? Versículo 3: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones." Fíjense que la primera palabra de este pasaje es "bendito sea Dios." Al escuchar eso en Pablo, pudiéramos pensar que sería un inicio muy común para él al comenzar una carta, pero realmente me di cuenta de que no; normalmente Pablo da gracias a Dios por los hermanos o por la iglesia a quien le está dirigiendo la carta, pero en esta ocasión, en Segunda de Corintios, él no lo hace. Él comienza bendiciendo a Dios.

Y eso es importante porque Pablo está escribiendo esta carta luego de pasar una aflicción terrible en Asia, y él mismo la cuenta en el capítulo 1. Dice 2 Corintios 1:8-9: "Porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida." De ahí, de ese lugar de sufrimiento, es que viene Pablo. Pero lo primero que él hace es adorar. Pablo no comienza con su dolor, ni siquiera diciéndonos qué nosotros tenemos que hacer. Él comienza con Dios. Comienza con lo que Dios hace por nosotros.

Hermanos, incluso antes de decirnos lo que Dios hace por nosotros, Pablo nos recuerda quién es nuestro Dios. Él lo llama Padre de misericordias y Dios de toda consolación. Ese sería como el cargo de Dios en su tarjetica de presentación: Padre de misericordias y Dios de toda consolación. Pero realmente no es su cargo, porque no es su trabajo; esa es la identidad de nuestro Dios. Es como cuando nosotros en nuestras casas podemos poner en la puerta algo que diga, por ejemplo en mi caso, familia Logroño Thomson. Eso quiere decir que los que viven ahí, su identidad es que son los Logroño Thomson.

Eso mismo es como si la puerta de la casa de nuestro Padre dijera en letras enormes: "Padre de misericordias, Dios de toda consolación", para que antes de entrar ya nosotros tengamos clarito quién es el que está allí adentro. Pablo no dice simplemente que Dios da consuelo; él dice que él es el Dios de toda consolación. Es como si estuviera diciendo: "¿Tú quieres saber de dónde viene el verdadero consuelo? Míralo a él. Toca su puerta. Él está ahí, 24/7, para cualquier consolación."

Y este consuelo no es un accesorio de nuestro Dios, es parte de su carácter, porque él es misericordioso, él se acerca, él sostiene, él consuela. Pablo apunta nuestra mirada a ese Dios. Miren quién es nuestro Dios: el Dios de toda consolación. Y por si no quedó claro, nos dice inmediatamente lo que él hace.

Versículo 4: "el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones." Pero eso no quiere decir que Dios siempre quita inmediatamente nuestra tribulación. De hecho, el mismo apóstol Pablo es una prueba de eso, y basta recorrer esta misma carta de Segunda de Corintios para ver todo lo que este hombre ha pasado.

Ya vimos que en el mismo capítulo uno él nos dice que hubo un momento en Asia en que pensó que iba a morir. En el capítulo 4 nos cuenta que estuvo atribulado, perplejo, perseguido, derribado. En el capítulo 6 nos habla de que tuvo aflicciones, privaciones, azotes, cárceles, tumultos, trabajos, desvelos, ayuno. El capítulo 11 dice que recibió azotes innumerables, que estuvo muchas veces en peligro de muerte, que fue golpeado con vara, apedreado, que sufrió naufragio, que habla de peligros en sus viajes, que pasó hambre, que pasó sed, que pasó frío.

Y además de todo eso, dice en ese mismo capítulo que a diario, diariamente, lleva la carga de su preocupación por todas las iglesias. Y para colmo de males, en el capítulo 12, Pablo menciona una espina en la carne que tres veces le pidió al Señor que se la quitara, y que Dios no se la quitó, sino que Dios le respondió: "Te basta mi gracia."

Y me gusta mucho cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente: "Mi gracia es todo lo que necesitas." ¡Wow! Mi gracia es todo lo que necesitas, porque mi poder actúa mejor en la debilidad.

Así que cuando Pablo dice que Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones, no está hablando desde un aula, no está hablando desde la teoría. Pablo sabe lo que es ser librado de algunas aflicciones y ser sostenido dentro de otras.

Pero, mi hermano querido, que no se te olvide nunca: a veces Dios cambia nuestra circunstancia, pero otras veces nos sostiene en medio de las mismas circunstancias. Pero algo es real: nunca deja solos a sus hijos en medio de su aflicción. Tú sabes, mi hermano, lo que eso implica, lo que eso significa. Eso significa que no existe un lugar de sufrimiento al que tú y yo podamos llegar que nuestro Padre no pueda entrar.

¡Wow! Ninguna aflicción queda fuera del alcance del consuelo de nuestro Dios. Ninguna aflicción queda fuera del alcance del consuelo de nuestro Dios. Y yo digo eso, y estoy seguro de que ahora mismo aquí hay gente que está en el mismo centro de su prueba, en el mismo calor de su sufrimiento.

Yo sé que el versículo 4 sigue y vamos a llegar ahí, pero para ti, mi hermano, que estás ahí, el primer llamado de este sermón es este: Dios sabe dónde tú estás. Dios conoce el sitio exacto de tu dolor donde tú estás. Así que el primer llamado de este sermón es para ti, y es este: mi hermano, déjate consolar por tu Dios. Toca la puerta del Dios de toda consolación.

Y ustedes saben quién abre esa puerta: el que dijo "Nadie viene al Padre sino por mí." Amén. Cristo. Ese es el nombre de nuestro consuelo, mi hermano. Y si el apóstol Pablo repitió la palabra consuelo diez veces en cinco versículos, créanme que puede ser que yo repita cincuenta veces la palabra Cristo en cincuenta minutos, porque ese es el origen de nuestro consuelo.

En Cristo está nuestro consuelo. Así que cuando Pablo habla de consolación, no está hablando de repetirnos automáticamente y mágicamente a nosotros mismos que todo va a estar bien. No se trata tampoco de conectar con tu energía interior. No se trata de pedirle al universo que te mande buenas vibras, ni mucho menos de decretarlo para que se manifieste.

El versículo 5 nos dice por medio de quién llega ese consuelo: "Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo." Mi hermano, nuestro consuelo no es una técnica. Nuestro consuelo no es una idea abstracta. Nuestro consuelo no es una manera distinta de mirar el mismo problema. Nuestro consuelo está ligado a una sola persona, que es Cristo.

Es por medio de Cristo que conocemos al Padre de misericordia. Es por medio de Cristo que recibimos el consuelo de Dios. Y es en Cristo donde encontramos esperanza aun cuando la circunstancia no cambie.

Fíjate en la primera mitad del versículo: los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, y no son los sufrimientos que paga por nuestro pecado —eso Cristo lo hizo solo una vez y para siempre—. Son los sufrimientos a los que el mismo Pablo se refiere en Filipenses 3:10 cuando dice que nosotros participamos en sus padecimientos. Son esos padecimientos de todo aquel cristiano que está unido al Señor y ha decidido seguirle en este mundo caído.

Y Pablo usa el mismo verbo para las dos cosas: los sufrimientos abundan y el consuelo abunda. El consuelo del Señor no llega en goteros. Su consuelo es proporcional a tu aflicción. Mientras más pesa tu carga, más gracia él te da. Y Pedro dice lo mismo: no se sorprendan del fuego de la prueba; alégrense en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo.

Y ya que hemos dejado claro de dónde viene —o mejor dicho, de quién viene— ese consuelo, vamos a volver al versículo 4: "el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios."

Pablo no termina su idea después de "nos consuela." Pablo sigue y añade ahí mismo: ¿para qué? Eso significa, mis hermanos, que nuestra consolación tiene un propósito, tiene dirección. Eso quiere decir que el consuelo no termina en mí, no termina cuando yo me siento mejor, no termina cuando finalmente puedo volver a dormir, no termina cuando puedo hablar de lo ocurrido y no me salen lágrimas.

Y entender ese "para qué" del consuelo cambia completamente nuestra manera de mirar, incluso nuestros recuerdos más dolorosos.

Entonces, ¿qué hemos visto hasta ahora? Primero, que el consuelo viene de una persona, el Padre de misericordias, que nos llega por medio de ¿quién? De Cristo. Y no siempre nos saca de la prueba, pero nos sostiene dentro de ella. Y acabamos de ver que ese consuelo no termina en nosotros. El orden es clarísimo: Dios nos consuela primero para que nosotros consolemos a otros.

Yo no puedo dar primero lo que obviamente no he recibido, ni tampoco soy la fuente del consuelo que voy a ofrecer. Yo primero soy receptor del consuelo y luego soy el canal. Nosotros somos consolados para nuestra paz, para nuestro alivio, para nuestro bienestar. Eso es verdad. Pero también Dios puede usar ese consuelo para hacernos más útiles para su reino.

Porque, mi hermano, el haber sido consolados nos permite hablar por experiencia, nos permite apuntar a nuestro hermano a la fuente de nuestro consuelo, y sobre todo nos permite dar testimonio de la fidelidad de Dios. Quizá parte de lo que Dios hizo en aquella temporada hoy lejana de tu vida pudiera estar todavía hoy produciendo fruto. ¿Tú te has puesto a pensar en eso?

¿Te has puesto a pensar que tus aflicciones no agotaron toda su capacidad de bendición cuando Dios las utilizó en ti para transformar tu carácter, para profundizar tu relación con Él, para sanar tu relación con alguno de tus hermanos o familiares? Esas mismas aflicciones todavía pueden tener, por medio de ti, bendiciones reservadas para alguien más.

Dios puede hacer que tu dolor consolado siga sanando mucho después de que tu herida se haya cerrado. Gloria a Dios. Pero escucha, mi hermano: tu dolor consolado, porque haber simplemente sufrido no nos convierte en mejores consoladores. El sufrimiento sin consuelo puede volvernos duros, amargados, desconfiados, encerrados.

Lo que Pablo combina es la aflicción y la consolación de Dios. Ya nosotros vimos que Dios nunca va a dejar solo a sus hijos en su aflicción, pero lamentablemente somos nosotros los que no siempre nos dejamos consolar. Y a veces nos aferramos al dolor y nos parecemos al salmista en el Salmo 77: "Mi alma rehusaba consuelo", abiertamente. Otras veces nos cerramos, nos aislamos justo cuando más necesitamos a nuestros hermanos cerca.

A veces buscamos consuelo en otras fuentes: en el celular, en el trabajo, en la comida, que no son más que cisternas rotas que no retienen aguas, como decía el profeta Jeremías. Y tristemente, lo peor es que a veces solo queremos aceptar un solo tipo de consuelo: cuando Dios quita la prueba. Pero si no es así, cuando tu dolor y Su consuelo se unen, produce una capacidad particular.

Hay lecciones acerca del consuelo que se aprenden mejor siendo consolado. Una vez que hemos sido consolados, aprendemos que para consolar a otros no siempre es necesario dar explicaciones, no es siempre necesario tener las respuestas correctas. Aprendemos que a veces un abrazo vale más que veinte versículos enviados por WhatsApp. ¡Aleluya! Aprendemos que hay verdades que duelen cuando las decimos sin gracia o sin el momento oportuno.

Aprendemos a valorar a esos hermanos que estuvieron dispuestos simplemente a estar ahí, sin hablar, al lado, como un consolador. Aprendemos a escuchar mejor. Aprendemos a llorar con el que llora. Aprendemos a reconocer el dolor en la mirada del otro. Hay una diferencia entre querer ayudar a alguien y saber cómo acercarte a él, porque de alguna forma tú conoces el lugar de dolor donde esa persona está en ese momento.

Piensa en esta historia. Un hombre iba caminando y cayó en un hoyo profundo. Intentó salir una y otra vez, pero las paredes eran demasiado empinadas. Comenzó a pedir ayuda, comenzó a gritar. Pasó una persona, lo escuchó gritar y le dijo: "No te preocupes, voy a buscar a alguien que pueda ayudarte", y siguió su camino. Más tarde pasó otra persona, miró hacia abajo, lo vio y le dijo: "Espérate ahí, voy a buscar unas herramientas para sacarte", y también se fue.

Después pasó un amigo. El hombre lo reconoció y le gritó: "¿Eres tú?" "Sí, amigo, soy yo." "Estoy atrapado aquí, ayúdame a salir." El amigo miró hacia abajo y se lanzó al hoyo. El hombre lo miró alarmado: "¿Pero qué hiciste? ¡Ahora estamos atrapados los dos!" Y su amigo le respondió: "No, yo ya he estado aquí antes y sé cómo se sale."

Eso es 2 Corintios 1:4. Fíjate en los tres hombres. El primero lo escuchó, pero siguió de largo. El segundo lo vio, pero lo vio desde arriba, desde su propia perspectiva. El tercero era su amigo, lo conocía, no se quedó arriba: entró. Eso exactamente es lo que significa consolar, porque para consolar a nuestro hermano no basta con oír que algo le pasa, no basta tampoco con mirar su situación desde arriba, desde lejos. Tenemos que conocerlo lo suficiente como para reconocer su voz, notar su dolor y acercarnos.

Hay una clase de consuelo que solo puede darse cuando estamos dispuestos a entrar al hoyo de nuestro hermano. Pero aquí hay una diferencia importante entre esta historia y nuestro consuelo. El cristiano no entra a ese hoyo diciendo: "Tranquilo, yo conozco la salida, yo tengo todas las respuestas." El cristiano está diciendo: "Yo también he estado en hoyos oscuros y conozco al Dios que me sostuvo allí en mi hoyo."

Hermano, no todos los hoyos tienen la misma salida. Hay algunas enfermedades que permanecen mucho tiempo. Hay algunas pérdidas que son irreversibles. Hay algunas heridas que nos acompañan hasta que entremos en gloria. De hecho, observa el versículo 6: "Pero si somos atribulados, es para el consuelo y salvación de ustedes; o si somos consolados, es para consuelo de ustedes, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos."

El resultado del consuelo no siempre es salir de la aflicción; el consuelo también obra al soportar la aflicción. Así que muchas veces no podremos decir: "Yo sé cómo salir", pero siempre podemos decir: "Yo sé que Dios puede sostenerte mientras estás aquí. A mí me sostuvo, déjame acompañarte." Y hay lugares a los que Dios nos permite volver, no para sufrirlos otra vez, sino para acompañar a alguien que ahora está allí sufriendo.

El versículo 4 dice: "Para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción." Miren cómo funciona: Dios nos consuela a nosotros de todas nuestras tribulaciones para que nosotros podamos consolar en cualquier aflicción. Y en el griego, ese "cualquier" y ese "todo" es exactamente la misma palabra. Toda tribulación en que Dios te consoló a ti te prepara, te capacita, te instrumenta para acompañar a otro en toda aflicción.

¿Estás viendo, hermano, lo hermoso de ese pasaje? ¿Estás viendo lo que está diciendo Pablo, la fuerza, la motivación que nos está dando, pero a la vez la responsabilidad? Nosotros no tenemos que haber vivido exactamente la misma historia para poder consolar a alguien. No tenemos que haberla vivido porque estamos capacitados para ayudarlo en cualquier tribulación. Puede ayudar muchísimo haber pasado por algo parecido: alguien que sea sobreviviente de cáncer sabe lo que se siente cuando un médico le dice a un paciente por primera vez "tienes cáncer". Unos padres que han enterrado un hijo conocen dimensiones de ese dolor que otros no podemos ni siquiera imaginarnos.

Pero lo que nos capacita para acercarnos al otro no es poder decirle: "Yo viví exactamente lo mismo que tú." Es decirle: "Mi hermano, tal vez yo no conozco tu mismo dolor, pero conozco al mismo Dios que consuela. Él me consoló a mí y puede consolarte a ti."

Mira cómo Pablo lo expresa en los versículos 6 y 7: "Pero si somos atribulados, es para el consuelo y salvación de ustedes; o si somos consolados, es para consuelo de ustedes, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de ustedes está firmemente establecida, sabiendo que como son copartícipes de los sufrimientos, así también lo son de la consolación."

Lo que Pablo vive, lo que él sufre y el consuelo que él recibe termina teniendo efecto en la vida de toda la iglesia de Corinto. Pero no solamente en la iglesia de Corinto, porque Pablo, años después estando preso, le escribe a los filipenses lo siguiente: "Quiero que sepan, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en un mayor progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y en todos los demás. La mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la verdad de Dios sin temor."

Los hermanos vieron cómo Dios sostenía a Pablo, y eso los hizo valientes. El consuelo que Pablo recibió en la cárcel se convirtió en valor para otros.

En el versículo 7 del pasaje de Corintios se utiliza una palabra muy hermosa: copartícipes. Copartícipes de los sufrimientos y copartícipes también de la consolación. ¿Saben qué quiere decir eso? Que la consolación no es un ministerio para unos pocos hermanos maduros o que han sufrido mucho.

Pablo dice que esto incluye a toda la iglesia, y lo grande es que se lo dice a la iglesia de Corinto, a quienes antes había llamado niños en Cristo. O sea, no era una iglesia muy madura. Porque es que una iglesia es una comunidad donde las cargas y el consuelo son compartidos.

Y aquí hay que tener cuidado, porque cuando un hermano sufre, muchas veces queremos arreglarlo a las buenas o a las malas. Buscamos la frase correcta, el versículo perfecto, decimos cosas verdaderas, como: "Mi hermano, Dios tiene un propósito", "Mi hermano, todas las cosas ayudan a bien", casi como si fueran clichés.

Se dice que cuando salió la película Titanic, Kenny grabó una versión en saxofón y se la mostró a su productor. El productor la escuchó y dijo: "No funciona." Y Kenny le respondió: "¿Por qué? ¿Desafiné? ¿Hay notas equivocadas?" Y el productor le respondió: "No, está técnicamente perfecta, pero se nota que tú no has visto la película."

Así puede pasar con nuestro consuelo. Todas las notas correctas, todos los versículos perfectos, pero sin haber visto la película del dolor de nuestro hermano. Antes de tocar nuestras notas, tenemos que ver la película: sentarme a su lado, escuchar su historia, conocer su dolor de cerca.

Porque si lo pensamos bien, ser copartícipes de los sufrimientos y copartícipes de la consolación, eso es ser iglesia. No es simplemente personas que coinciden domingo tras domingo en un salón. Son personas cuyas vidas comienzan a entrelazarse una con otra.

Mi hermano, no dejemos que nuestras aflicciones nos aíslen, nos alejen, nos escondan. Somos un cuerpo, y un cuerpo no deja la mano que se lastimó. Una iglesia consolada por Dios debe convertirse en una iglesia consoladora.

¿Tú te acuerdas del letrero en la puerta de la casa de nuestro Padre? Padre de misericordias, Dios de toda consolación. Si en la puerta de mi casa dice "Familia Logroño Thompson", uno esperaría que los que viven ahí se parezcan o a los Logroño o a los Thompson. Si somos hijos del Padre de misericordias, la gente debería notar el parecido. Dice Pablo en Efesios: "Sean pues imitadores de Dios como hijos amados."

Ojalá que cualquiera que entre por una de nuestras puertas pueda leer, sin que escribamos ningún letrero: "Casa de los hijos del Dios de toda consolación. Aquí consuelan porque aquí Dios ha consolado." Imitando lo que hace el Padre como iglesia.

Entonces, repasemos lo que hemos visto en esta segunda parte. Dios nos consuela para que nosotros consolemos. No basta con haber sufrido; es el dolor consolado el que nos capacita. Y para consolar no basta con mirar a mi hermano desde arriba. Hay que conocerlo, hay que acercarse y hay que entrar. Yo no necesito haber vivido lo mismo, porque yo conozco al mismo Dios que consuela. Y antes de tocar las notas, ¿qué hay que hacer? Hay que ver la película. La consolación no es un ministerio de unos pocos; es para toda la iglesia, porque somos copartícipes de los sufrimientos y también de la consolación. Y eso empieza con los que tenemos al lado.

Vamos a hacer algo, hermano. Así, no disimuladamente, pero tranquilamente, comienza a mirar alrededor tuyo. Mira con una sonrisa para que los hermanos no se sientan inspeccionados. Fíjate en cuántos hermanos tú llevas años viendo aquí y tú no tienes ni idea cómo se llaman. Y mucho menos tienes idea de las luchas por las que están pasando. Yo estoy aquí arriba y estoy haciendo lo mismo, y voy mal.

Solo quédate pensando en eso. Si yo pudiera detener este sermón, abrir los micrófonos y escuchar las historias que hay en cada silla de este auditorio, cuánto dolor encontraríamos aquí. Cuántas pérdidas, cuántos diagnósticos, cuántos años con falta de diagnóstico, cuántas noches de hospital. Cuántos problemas con hijos, cuántos matrimonios que atravesaron temporadas oscuras. Cuánto desempleo por años, cuántas raíces de amargura sin confesar, con hermanos que están aquí.

Pero yo sé que si dejamos abiertos los micrófonos y hago otra pregunta: ¿cuánto consuelo de Dios hay sentado hoy aquí? ¿Cuántas personas pueden decir: "Mira, yo no sé cómo, pero Dios me sostuvo"? "Mira, yo pensé que no iba a poder seguir." "Oye, hubo hermanos que caminaron conmigo." "Oye, descubrí cosas de Dios que antes solamente sabía de oídas." O cuántas personas pueden decir simplemente: "Él fue fiel. Mi Dios fue fiel."

Y aunque desde aquí yo veo un auditorio lleno de personas sentadas en su silla, pudiéramos imaginar, viendo un plano espiritual, que en vez de persona en silla hay muchos hoyos profundos. Muchos hoyos, y hay personas en esos hoyos, y hay personas fuera de los hoyos, al lado de esos hoyos. Y muchos de los que están al lado de esos hoyos un día estuvieron en esos mismos hoyos, y saben y reconocen y testifican que Dios los sostuvo mientras estaban allí.

¿Dónde estás tú hoy? Si tú eres de esos que, gracias al Señor, a su consuelo, a su misericordia, estás arriba, fuera de un hoyo, tú no tienes que preguntarte: "¿Y ahora qué hago?" No, yo te voy a dejar una tarea. Llévate una oración como esta:

"Señor, tú me has consolado. Muéstrame a quién acercarme con ese mismo consuelo. Esta semana ayúdame a conocer a un hermano por su nombre y por su historia. Dame sabiduría para escucharlo antes de hablar y para acompañarlo sin tener que resolverlo todo. Úsame, Señor, como un canal de tu consuelo. Amén."

Eso no quiere decir que tú vas a salir de aquí lanzando el ministerio de la consolación de tu grupo pequeño, de tu familia, no. Tú comienzas por pasos. Quizás solamente necesitas hacer una llamada, y tú sabes a quién es. Quizás necesitas invitar a un café, y tú sabes a quién es. Quizás necesitas hacer una visita, y Dios te tiene ese nombre en tu corazón desde hace tiempo. Quizás mandar un mensaje que diga simplemente: "Mi hermano, Dios ha puesto tu nombre en mi corazón. Me pasé el día pensando en ti. ¿Cómo oro?" Quizás solamente necesites sentarte al lado de alguien. Quizás solamente necesites preguntar "¿cómo estás?", pero preguntar de verdad. Quizás solamente necesitas escuchar. Quizás solamente necesitas ser intencional y volver a llamar una vez a la semana. Quizás necesitas orar, quizás necesitas llorar, y quizás solamente necesitas permanecer ahí al lado, porque el consuelo de Dios no termina en ti.

Pero quizás tú has escuchado un mensaje entero y tal vez incluso sin conocer a Cristo, y has pensado: "Pastor, mira, yo todavía no estoy ni pensando en que voy a consolar, porque soy yo el que está en el hoyo. Yo necesito ese consuelo del que usted está hablando. Yo lo necesito hoy."

Entonces, yo te recomendaría primero que des reversa al sermón y comiences por donde comenzó Pablo. Él no comenzó dando una técnica. Él no comenzó con cinco pasos para recuperarte emocionalmente. Él comenzó con una persona: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación. El consuelo cristiano no es simplemente aprender a manejar el dolor; es conocer a ese Dios y conocer a Cristo.

Y observa también que Pablo dice que nuestro consuelo abunda por medio de Cristo. Nosotros, como iglesia, como cristianos, podemos meternos contigo en el hoyo, mi amigo. Podemos llorar contigo, podemos acompañarte, podemos orar contigo, pero ninguno de nosotros puede ser tu salvador. Hay uno solo que sí puede: Cristo. Y no es casualidad que en el versículo 6 Pablo ponga juntas dos palabras: consuelo y salvación. "Pero si somos atribulados, es para el consuelo y salvación de ustedes."

Porque el consuelo más profundo que Dios ofrece no es solamente alivio para el dolor, es tu salvación. Cristo entró a nuestro sufrimiento. Cristo cargó nuestro pecado. Cristo murió nuestra muerte y Cristo resucitó.

Y cuando un pecador pone su fe en Él, no solamente recibe perdón, es reconciliado con el Padre. El Padre lo adopta como hijo, el Hijo lo redime con su sangre, el Espíritu Santo lo sella y se queda a su lado como su Consolador. Ese es el Dios de toda consolación.

Por eso, amigo que estás aquí, te repito: el llamado para ti hoy no es todavía "ve y consuela", es "ven y sé consolado". Ven a Cristo, reconoce tu pecado y pon tu confianza en Él. Amén.

Vamos a orar. Padre, gracias, Señor. Gracias, Padre, porque siendo Tú el Dios que eres, que en tu carácter eres todo misericordia, todo compasión, pero también todo soberano, poderoso, eterno, santo, te place, Señor, usar a tus hijos, tus hijos por adopción, todavía en cuerpos pecadores. Pero te place, a través del Consolador, instrumentarnos para que nosotros podamos ser canales de tu compasión, oh Señor.

Padre, gracias. Qué privilegio, pero a la vez perdónanos. Perdona porque me he pasado años, Señor, viendo hermanos que ni siquiera me he percatado de que están en un hoyo. Peor aún, en un hoyo que quizás yo estuve antes, pero por no conocerlo, por no amarlo, por no orar por él, por no ser intencional, no me he dado cuenta.

Yo te pido, Señor, que esta oración que nos estamos llevando de tarea salga de nuestro corazón, y Tú nos conviertas como iglesia en una iglesia consoladora, porque estamos acostumbrados a tu consuelo, porque Tú eres así con nosotros. Tú has ido delante, Señor, y muchos de nosotros podemos decirlo: yo he sido consolado. Pero nos convertimos solamente en acumuladores de consolación y se nos olvida ser canal de consolación.

Padre, necesitamos que el Espíritu nos guíe y Tú nos conviertas en hijos del Dios de toda consolación. En tu nombre te lo pedimos. Amén.

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Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional. Ha servido en diversas áreas del ministerio —Consejería Prematrimonial, Grupos Pequeños, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa— y actualmente dirige los Ministerios Juveniles y la Escuela Bíblica Dominical junto a su esposa. Es licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson, es padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.