El mundo vive desanclado. Las estadísticas lo confirman: decenas de miles de suicidios, millones atrapados en adicciones, una cultura que busca desesperadamente en las cosas de este lado de la gloria lo que solo Cristo puede dar. Cada pecado, como señala el pastor Núñez, es un intento de recuperar lo que Adán perdió. Y la respuesta a esa búsqueda fallida no es un programa ni una técnica, sino una persona: Jesús, el ancla del alma.
Hebreos 6:13–20 construye esa esperanza sobre dos pilares inseparables: la inmutabilidad del propósito de Dios y la imposibilidad de que Dios mienta. Para ilustrar ambas realidades, el texto apela a Abraham. Dios le prometió bendición y descendencia cuando todo parecía imposible, y luego hizo algo que no estaba obligado a hacer: juró por su propio nombre. No porque necesitara validar su palabra, sino como acto de condescendencia hacia la fragilidad humana. El pacto que Dios selló —unilateral, incondicional— corrió completamente de su lado mientras Abraham dormía. Y cuando Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac, Dios intervino justo a tiempo, demostrando que sus ojos no se apartan ni por un instante de sus hijos.
Lo que el texto llama "esperanza" no es un estado de ánimo que sube y baja. Es una certeza anclada en el carácter de Dios: lo que él desea, lo realiza; lo que declara, lo cumple. Abraham creyó con mucho menos evidencia que nosotros, que contamos con sesenta y seis libros de promesas honradas y profecías cumplidas. Eso quita toda excusa y lanza una invitación urgente: conocer a Dios de manera íntima, reconocer que todo pertenece a él, y correr la carrera con la mirada puesta en Cristo, el precursor que ya entró detrás del velo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
eñor, gracias porque el justo de los justos, Cristo Jesús, aún Él vivió su vida aquí debajo con los ojos puestos en el Padre, creyendo cada una de las cosas que Él conocía, que Él siguió, que Él demostró, y ahora nos anima desde los cielos a vivir de una manera similar.
Ahora te pido que tú seas con el predicador. Él necesita depender de tu Espíritu y creer en este momento. Lo mismo que acabo de orar es que yo necesito predicar por fe, también por fe en que tú guiarás la palabra, tú usarás la palabra, tú aplicarás la palabra. La palabra tendrá un poder de convicción en unos, de afirmación en otros, de redirección en otros casos. Pero todos los que estamos aquí, incluyendo quien habla, necesita volver a escuchar tu palabra, lo que tú tengas que decir en el día de hoy, y luego ayúdanos a vivirla de lunes a sábado, esta semana y cada semana, para tu gloria en Cristo Jesús. Su pueblo dice: "Amén."
Amén. Bendiciones. Puedes abrir la epístola a los Hebreos, capítulo 6. Estaremos concluyendo este capítulo en el día de hoy. Leeremos en unos minutos los versículos 13 al 20.
Les recuerdo, ¿verdad?, que hemos dividido este capítulo 6 en tres secciones. En la primera sección titulamos "Último llamado", y lo hicimos porque el autor de Hebreos estaba preocupado por un grupo que él dice que fueron una vez iluminados, que probaron el don celestial y que fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero. Pero después cayeron. Es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen a la ignominia pública.
Un llamado sobrio, pero una realidad que a lo largo de los siglos hemos visto lamentablemente. Inmediatamente después, el autor pasó a otra sección donde quiso animar a los creyentes, afirmarlos, basado en la fidelidad de Dios, y titulamos ese mensaje "La fidelidad de Dios y la perseverancia de los suyos." Y ahora en esta última parte del capítulo 6, una vez más el autor continúa con su afirmación de aquellos que han creído, que han nacido de nuevo genuinamente, y que necesitan correr la carrera y pelear la batalla por fe, pero necesitan anclar su vida en la persona de Cristo, que fue delante de nosotros y preparó un lugar. Esa es la razón por la que hemos titulado el mensaje: "Cristo, el ancla de tu alma."
En la preparación para este mensaje, yo comencé a meditar en lo que implica para el creyente ese ancla, y comencé a pensar cómo vive el mundo que no conoce ese ancla, que no tiene ese ancla, que no usa ese ancla. Pensé entonces en darte algunas estadísticas que te dejan ver cómo vive este mundo desanclado, si yo pudiera usar la palabra. Son estadísticas de Estados Unidos.
La primera: en el año 2025, un 7.4% de los adultos en Estados Unidos sufrieron un episodio de depresión mayor. Uno de cada 13 personas. Imagínate que hubiera 1,000 personas aquí. Tenemos más de 1,000 personas, pero imagínate que fueran 1,000 personas. Eso implicaría que 74 personas de este grupo estarían deprimidas de una manera mayor. Obviamente las estadísticas no corresponden a una iglesia ni a un universo tan pequeño, sino a toda la nación. Pero eso es 74 personas de cada 1,000 que en un año estuvieron severamente deprimidas.
En el 2024, 48,824 personas cometieron suicidio. 134 personas que se quitaron la vida por día en el año 2024. Por día, cada 24 horas. Si pensamos en el uso de drogas, el Centro de Control de Enfermedades reportó en el 2025 69,973 muertes por sobredosis de drogas. Eso es aproximadamente 191 personas por día, casi 200 personas. Casi 200 personas por abuso de drogas, 134 personas por suicidio todos los días.
44.6 millones de personas de 12 años o más padecieron un trastorno por uso de sustancias, ya sea alcohol o drogas. De 12 años en adelante. Mira hasta dónde han bajado las edades consumidoras de drogas. Si pensamos en el uso de pornografía, solamente haciendo uso de las estadísticas de una plataforma de pago, 7.22 billones de dólares fueron producidos, pagados, gastados en el consumo de pornografía. ¿Te imaginas? Una sola plataforma de pago: 7.22 billones de dólares.
Yo decía esta semana que cada pecado que cometemos es de alguna manera un intento de encontrar en este mundo algo de lo que Adán perdió. Mira tu vida, mira la mía. Cada pecado que yo he cometido es un intento de encontrar en este mundo algo que Adán perdió y que solamente puedes encontrar en Cristo Jesús. Deja de buscarlo, no lo vas a encontrar. Salomón está ahí para decírnoslo.
Y todo lo anterior es simplemente porque el mundo no conoce, y algunas veces aquellos que conocemos tratamos en un momento dado de anclar nuestras vidas de este lado de la gloria, de encontrar seguridad o identidad o placer o adormecimiento del dolor interno de este lado de la gloria. Con eso en mente, yo quiero exponer este texto que he titulado de nuevo: "Cristo, el ancla de tu alma", el ancla que puede impactar todas y cada una de esas estadísticas.
Con eso quiero que me acompañes a leer desde el versículo 13 al 20 de Hebreos 6.
"Pero cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por uno mayor, juró por Él mismo, diciendo: 'Ciertamente te bendeciré y ciertamente te multiplicaré.' Y así, habiendo esperado con paciencia, Abraham obtuvo la promesa, porque los hombres juran por uno mayor que ellos mismos, y para ellos un juramento dado como confirmación es el fin de toda discusión. Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. Tenemos como ancla del alma una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, a donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre."
Yo quisiera invitarte a explorar este pasaje de la manera que hemos hecho en otras ocasiones. Simplemente, y quizás lo puedas hacer en tu casa, lo pudieras hacer cada vez que entra la palabra de Dios: tú lees el texto, lo lees más de una vez, y luego te haces dos preguntas. Número uno: ¿de qué habla el texto? Porque el texto no habla de cinco, seis, siete cosas diferentes; habla de una sola cosa. Y de eso que habla, entonces, segunda pregunta: ¿qué es lo que dice? Porque va a decir varias cosas, pero dice varias cosas acerca de aquello de lo que está hablando.
Entonces, escucha la intencionalidad del autor de esta carta para con aquellos a quienes redactó el texto, para que seamos, versículo 18, grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. Esa es la motivación, ese es el deseo, pero eso no es de lo que habla el texto, porque eso es un derivado, es una consecuencia, una bendición de aquello de lo que está hablando.
Entonces, yo quisiera que viéramos en primer lugar —no vamos a seguir los textos del 13 al 20 en ese orden; los vamos a cubrir todos, pero el orden lo vamos a alterar a propósito— que nosotros debemos permanecer confiados en la esperanza que Dios nos ha dado, dada la inmutabilidad del propósito de Dios. La inmutabilidad del propósito de Dios. Es lo primero que yo quiero que comencemos a ver.
Versículo 17: "Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento." Dios juró algo que Dios no tiene que hacer. Dios, con que Él dé la palabra, ya eso es suficiente para que creamos. Pero dada nuestra condición, Dios hizo un juramento impresionante. La manera como Dios condescendió para tratar con Abraham y su gente, y con nosotros también.
Te recuerdo que la palabra "condescender" no tiene la connotación negativa que con frecuencia la gente le da, como que "él fue muy condescendiente conmigo." No, es una forma piadosa de Dios descender hasta nuestro lugar, conociendo la fragilidad humana, conociendo la facilidad con la que nosotros podemos desanimarnos y desviarnos del camino, cambiar de camino, como lo hizo Elías en un momento dado cuando estaba siendo amenazado por Jezabel. La facilidad con la que nosotros somos capaces incluso de perder toda esperanza y dedicarnos a los placeres de este mundo, o experimentar el dolor de las cosas de este mundo y dedicarnos a encontrar el anestésico de este lado de la gloria, como lo hizo Salomón. Dios conoce eso también.
Dios conoce la facilidad con que nosotros podemos ser intimidados, incluso llegar a negar la fe, como Pedro comenzó a hacer en un momento dado, hasta que Dios, que había orado por él en la persona de su Hijo, pues intervino. Leía recientemente una cita que el pastor Salvador Gómez envió a un grupo de nosotros, de Samuel Rutherford, uno de los ministros presbiterianos de los años 1600, y decía que la voluntad humana gira más frecuentemente que una bisagra. Y esa es la realidad.
Y el autor, conociendo eso, quiso afirmar y animar a los destinatarios de esta carta que estaban bajo persecución. Recuerda que antes de entrar al versículo 13, donde yo comencé a leer, hay un versículo 12, obviamente. Y en ese versículo 12, el autor nos anima a imitar a aquellos que mediante la fe y la paciencia heredan las promesas. Nos anima a imitar a aquellos que han de heredar las promesas debido a su fe y a su paciencia. Y lo que entonces el autor continúa haciendo ahora es proveyéndonos a uno de esos hombres: Abraham, que por medio de la fe y la paciencia pues caminó hasta el final y terminó bien.
Dios tiene mucho que enseñarnos a través de este personaje. Abraham, solamente en el libro de Hebreos, su nombre es mencionado 11 veces. Once veces en una sola carta de 13 capítulos. Su nombre es mencionado en 2:16. Una vez es mencionado dos veces en el capítulo 6; en los versículos 13 y 15 es mencionado seis veces en el capítulo 7, los versículos 1, 2, 4, 5, 6 y 9. ¡Wow! Seis veces. Dos veces en el capítulo 11, en los versículos 8 y 17. De manera que aquí está Abraham siendo mencionado como un ejemplo de cómo Dios ha trabajado, nos ha prometido cosas que Abraham creyó, y cómo Abraham pudo caminar, correr hasta el final.
Y la primera vez que Dios se le aparece a Abraham, creo que tú lo conoces, es en Génesis 12:2-3, donde Dios se le aparece, le hace una promesa de que él sería bendecido, tendría un hijo de sus propias entrañas, y le dice: "En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra." De hecho, más adelante en Génesis 22:18 le explica cómo sería eso, porque obviamente Abraham es el padre de la nación judía. Entonces Dios no se estaba refiriendo únicamente a la nación judía cuando dice: "En ti serán benditas todas las naciones de la tierra." En 22:18 le dice: "En tu simiente, en tu descendiente" —haciendo referencia a Cristo— "serían bendecidas todas las naciones de la tierra."
Y Abraham, como todos nosotros, tuvo sus momentos de dudas, tuvo su momento de pecado también, cuando dijo que su esposa, por ejemplo, no era su esposa, era simplemente su hermana, y el rey Faraón la tomó; y cuando volvió a mentir al rey Abimelec de la misma manera. Pero al final Abraham creyó a Dios y maduró en su fe y corrió de una mejor manera más adelante.
Entonces Dios, en Génesis 15, porque de esta promesa que Dios está hablando en el texto de hoy, en Génesis 15, Dios se le aparece a Abraham otra vez y habla con él, y Abraham le dice: "¿Cómo será esto, que tú me vas a bendecir, o que todas las naciones de la tierra, familias de la tierra, serán benditas? Yo no tengo descendiente. El único que tengo es Eliezer, que es hijo de uno de mis sirvientes. Y eso es lo único que tengo." Y Dios entonces le dice lo siguiente en Génesis 15:4-6: "Tu heredero no será este, sino que saldrá de tus entrañas. Él será tu heredero." El Señor lo llevó fuera y le dijo: "Ahora mira el cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas." Y añadió: "Así será tu descendencia."
Y Abraham —porque hasta aquí no era llamado Abraham todavía— creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia. Ah, esa es la doctrina de la salvación por fe en su forma más temprana. Abraham no hizo nada para ganarse la salvación, excepto que le creyó a Dios, y le fue contado por justicia. La palabra "justicia", ¿verdad?, en nuestro idioma nos da una connotación extraña, pero es como carácter moral. En inglés diría: was counted to him as righteousness. Le fue contado por carácter moral. El carácter moral del Salvador que vendría después es lo que Dios usó para imputárselo a Abraham y darle salvación. Abraham le creyó a Dios, y su fe le fue contada como base de su salvación.
Entonces Abraham estaba muy avanzado en edad, estaba dudoso realmente de si esto iba a ocurrir, y Dios entonces hizo un juramento. Lo leímos una vez, y entonces esto es lo que ocurre. Como él estaba dudoso, Dios le dice a Abraham: "Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón." Cinco animales. Abraham le trajo todos estos, los partió por la mitad y puso cada mitad enfrente de la otra, pero no partió las aves. Y las aves de rapiña descendían sobre los animales sacrificados, pero Abraham las ahuyentaba.
En la antigüedad la gente no firmaba un pacto; no tenía los medios como nosotros de tinta y papel y todo lo demás. La gente cortaba pactos, y la manera como los cortaba, esta era una de las maneras como lo hacía. Recuerda que aun la circuncisión representó un corte de una parte de la piel, de una parte del cuerpo. Entonces esto es otro de esos pactos donde se cortaba algo, y en este caso fueron estas dos mitades. Y lo que ocurría en la antigüedad era que si tú y yo entrábamos en un pacto, entonces yo pasaba en medio de las mitades y tú pasabas también en medio de las mitades. Simbolizamos con esto que si uno de nosotros faltaba el pacto, merecíamos ser cortado en dos.
Tengo entendido que aun en algunas tribus primitivas en el día de hoy, esto se usa para sellar las bodas. El padre del novio y el padre de la novia pasan en medio de estas mitades de animales, simbolizando que si el novio o la novia es infiel, el papá necesita ser cortado en dos. Es como decir: piensa bien lo que vas a hacer, porque pone en riesgo a tu padre. Bueno, esto fue lo que Dios hizo.
Pero Dios sabía que Abraham no podía cumplir con el pacto imposible. Y esa es la razón por la que Dios lo pone a dormir. Y mientras Abraham dormía, entonces una columna de humo pasa entre las mitades, simbolizando a Dios pasando entre las mitades. De manera que esto era un pacto unilateral, donde Dios asumía la responsabilidad completa del cumplimiento del pacto. Esto es un pacto incondicional.
De hecho, como Abraham no iba a poder cumplir, ni su descendiente tampoco, llegado el momento Dios pagó por las fallas, por así decirlo, del que no pasó en medio de las mitades, porque su Hijo fue a la cruz y pagó por los pecados, no solamente de nosotros, sino también de Abraham y todos los que creyeron en Él antes de que Cristo viniera. Así es como ocurrió. ¡Wow!
Escucha otra vez entonces cómo el texto de hoy hace referencia a esto que yo acabo de explicar. Versículo 13, ahí comenzamos: "Pues cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por uno mayor, juró por Él mismo." La promesa, o mejor dicho, el juramento que Dios hizo por Él mismo todavía no estaba relatado en Génesis 12 o Génesis 15. No, no, no estuvo. Aparece un poco más adelante, cuando Dios, trabajando con Abraham, le pide que sacrifique a su hijo Isaac, el único hijo. "Yo quiero que me sacrifiques a tu único hijo." ¿Te imaginas? Tú no tienes un hijo, has estado soñando con un hijo.
Finalmente el hijo llega, y Dios le pide que lo mate, que le quite la vida. Wow. Y Abraham en una mañana se levanta temprano, coge la leña, le pide a su hijo que le acompañe, construye el altar, lo coloca sobre el altar, y justo en el momento en que Abraham estaba listo para clavar este cuchillo, o daga, en el pecho de su hijo, Dios habla, Dios lo para, lo detiene y le dice que no lo haga.
En otras palabras, los ojos de Dios estuvieron sobre Abraham todo el tiempo, hasta el mismo momento en que él fue a clavar su cuchillo. De la misma manera que los ojos de Dios están continuamente sobre todos y cada uno de sus hijos, de manera particular, peculiar, específica, minuto a minuto, acto a acto. Justo cuando Abraham estaba a punto de hacer esto, Dios lo detuvo.
Y es después de este acto de sacrificio no realizado que Dios le dice a Abraham: "Yo juro por mi propio nombre." Escucha, Génesis 22:16-17: "Por mí mismo he jurado, declara el Señor, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado a tu hijo, tu único, de cierto te bendeciré grandemente y multiplicaré en gran manera tu descendencia, como las estrellas del cielo y como la arena de la orilla del mar, y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos."
Estas palabras —"te bendeciré, te engrandeceré, multiplicaré"— son prácticamente las mismas palabras de Hebreos 6. Déjame leértelo otra vez, versículos 13 y 14: "Pues cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por uno mayor, juró por él mismo, diciendo: 'Ciertamente te bendeciré y ciertamente te multiplicaré.'" Casi palabra por palabra.
En la antigüedad, en el Antiguo Testamento, para el pueblo judío se les dijo que si ellos iban a jurar, tenían que jurar por Dios, y tenían que tener cuidado porque estaban invocando el nombre de Dios. De manera que si tú no cumplías tu juramento, estabas violando el tercer mandamiento de la ley de Dios, que dice que no tomarás el nombre de Dios en vano. Dios es el testigo universal de todos los pactos, y esta es la razón por la que Dios los instruyó a que juraran por su nombre. Porque nadie más podía garantizar lo que tú estabas diciendo, a menos que fuera testigo ocular de cada cosa, de cada palabra y cada acto que tú y yo hacemos.
El autor de Hebreos entonces está tratando de animarnos usando como ejemplo la promesa que Dios hizo a Abraham, cómo la cumplió y la sigue cumpliendo, y de qué manera Dios le habló en esencia jurando por su propio nombre. Wow. Dios no tiene que jurar nada, hermano. Esto es un acto de condescendencia magnánimo, que Dios haya decidido bajar y hacer un juramento. Porque Abraham y todos los demás hombres de su época estaban acostumbrados a que los pactos se juraran, por así decir, se sellaran con juramento. Pues Él dice: "Bueno, yo lo voy a hacer para darle cierta confianza a Abraham y al resto que pueda venir después de él."
Pero se supone que cuando tú juras, tienes que jurar por uno mayor que tú, y en ese caso sería Dios, que es mayor que tú. Pero Dios no tiene uno mayor que Él. Esa es la razón por la que lees en el versículo 16 que los hombres juran por uno mayor que ellos mismos, y para ellos un juramento dado como confirmación es el fin de toda discusión. Como sucede en los juramentos en las cortes en Estados Unidos: no sé si se continúa haciendo en todas las cortes todavía, pero te piden que jures que vas a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y al final tú sellas eso diciendo: "So help me, God", "A Dios que me ayude", como quien dice: "A Dios que me ayude a cumplir el pacto." Bueno, Dios no tenía uno mayor que Él por quién jurar, pero Dios condescendió e hizo un juramento.
Escuchen el versículo 17: "Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito..." Dios no tiene que demostrar nada a nadie, Él no le debe eso a nadie, pero queriendo demostrarla, dada nuestra fragilidad, la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asir la esperanza puesta delante de nosotros. Y con esas palabras, el autor de Hebreos está apuntando a dos realidades que garantizan su promesa.
La primera: la inmutabilidad de su propósito. Dios tiene todo lo que se requiere para hacer cumplir su propósito. Tú no lo tienes, yo no lo tengo, nadie lo tiene, pero Dios sí lo tiene. Dios tiene el poder para evitar que cualquier otro pudiera impedir la realización de su propósito. Claro, Él es omnipotente. Dios controla el universo: todo lo que se mueve en el universo, Dios lo controla, Dios lo ve, Dios lo mueve, Dios lo detiene, Dios lo permite. Con lo cual, Él puede impedir que cualquiera que quiera interferir con la realización de su propósito lo llegue a hacer. Claro, Él es soberano, Él tiene ese control.
Dios conoce el pasado, el presente y el futuro de cada uno de nosotros. Él sabe qué esperar de cada uno de nosotros en el futuro, y Él se prepara para actuar en consecuencia. Él es omnisciente, Él lo conoce todo. Dios ama a los suyos, los ama incondicionalmente y los ama infinitamente. Él es fiel. Por eso decimos que es imposible que Dios falte a una sola de sus promesas.
La segunda razón por la que Abraham podía confiar en la promesa de Dios es que es imposible que Dios mienta. Tú podrías decir: "Bueno, pero Dios podría mentir." No. Dios no puede mentir. No es que Él no debe mentir, no es que Él no quiere mentir, es que Él ni siquiera puede mentir.
¿Por qué? Bueno, voy a tratar de explicarlo. Para comenzar, Dios es la definición de la verdad. Déjame ilustrarlo de esta manera. Si tú me preguntas: ¿es posible que el sol experimente un tiempo de noche o de oscuridad? No, es imposible. El sol no puede. ¿Por qué no puede? Porque Él es la fuente de luz. Es de su naturaleza dar luz. De esa manera también es imposible que Dios mienta: Él es la fuente y el origen de la verdad.
Tan claro quería Dios que tuviéramos eso en mente, que cuando Cristo vino y habló a sus discípulos en Juan 8, hablando de Satanás, le dice: "No hay verdad en él." En otras palabras, la naturaleza de Satanás no contiene verdad de ninguna manera. Escúchalo: "Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira." O sea, Satanás no puede hablar verdad; en él eso no existe. Su naturaleza está tan corrompida que él es la definición de la mentira. De hecho, es el padre de la mentira. Y la palabra "padre" en el original, sobre todo en el hebreo, implica el originador, lo que le da origen a algo.
Dios es el Padre de toda la creación, Él le dio origen. Ahora piensa en Dios de esa misma manera, pero con relación a la verdad. En Dios no hay mentira. Cuando habla —estoy usando el mismo vocabulario aplicado a Satanás, pero aplicado ahora a Dios— habla verdad, porque habla de su propia naturaleza. Esa es la naturaleza de Dios: Él es veraz y es el Padre de la verdad. Cristo quería que nosotros entendiéramos claramente que, o nos abanderamos con Él —"Yo soy el camino, la verdad y la vida"—, o nos abanderamos con Satanás. Tenemos que escoger. Entonces, Dios es inmutable, y en su inmutabilidad es imposible que Él mienta.
Lo increíble, hermanos, es que cuando estoy preparando los mensajes, yo reflexiono, medito, trato de verme a mí mismo y aplicarme las cosas a mí mismo. Y esto es una de las cosas que estuve reflexionando: Abraham creyó con mucho menos evidencia que nosotros. Lo cual implica que tú y yo no tenemos ninguna excusa para no creer las promesas de Dios. Porque Abraham tiene un encuentro con Dios, Dios hace la promesa a Abraham, y eso está en Génesis, el primer libro de la Biblia, de hecho desde el capítulo 12 hasta el capítulo 25.
Esa es la historia más o menos completa de Abraham. Entonces, Abraham hasta ahí tenía de evidencia lo que Dios hubiese revelado hasta ese punto. Después tenemos 65 libros más en la Biblia con evidencias continuas a lo largo de cientos y cientos de años para afirmar todo lo que nosotros sabemos de Dios, mucho más allá de lo que Abraham escuchó o aun conoció, y creemos menos que él.
Y yo me hacía la pregunta: ¿qué es lo que se requiere para creer como Abraham? Bueno, se requiere conocer a Dios de una manera muy íntima. Yo no estoy diciendo hacer una profesión de fe, no, no, no. Se requiere conocer a Dios de una manera muy íntima, y no podemos conocer a Dios de manera íntima con un devocional al día, y mucho menos estos devocionales muy superficiales que dicen algo pero no nos dicen nada.
Yo no puedo conocer a Dios con una oración hecha a la carrera tampoco, ni tampoco puedo conocer a Dios con una oración egocéntrica donde todo gira acerca de "dame, dame, dame", y no acerca de "abre mis ojos, déjame conocerte, déjame verte, déjame entenderte, déjame ver qué es lo que has revelado en tu palabra."
Para creer como Abraham creyó, se requiere también reconocer que todo es de Dios. Tú no tienes absolutamente nada, hermano. Ni tus hijos son tuyos. Yo no sé si eso te hace sentir incómodo, pero debiera hacerte sentir mejor, que los hijos son de Dios y que Dios es quien los protege, los guarda, los guía, los dirige, los salva. Pero los hijos no son tuyos.
Esa es la razón por la que Abraham entendió que si Dios le dio un hijo y Dios le estaba pidiendo que le quitara la vida, él tenía una razón para hacerlo, y que la razón detrás de eso, aunque él no la entendiera, tenía que ser buena. ¿Por qué? Porque venía de parte de un Dios bueno. Se requiere conocer a ese Dios, el Dios que pide algo, y que yo, aunque no lo entienda, pueda decir: "Si Dios lo pide, bueno es."
Y sin embargo, con frecuencia, hermanos, hemos escuchado —quizá tú has dicho alguna ocasión— que Dios es muy demandante. Esto es una iniquidad pronunciar eso en contra de Dios, que Dios es muy demandante, que Dios es injusto. ¿Muy demandante?, después que Él entregó a su Hijo —que no tenía que entregar— para salvarte a ti y a mí, pecadores, personas corruptas, corrompidas, caídas, inmerecedoras. ¿Muy demandante? Pero cuando tú crees a Dios, cuando conoces a Dios de esa manera, entonces no importa lo que Dios te pida: tú se lo entregas absolutamente todo.
Y ahora yo quiero que veamos no solo la inmutabilidad del propósito de Dios —que la vamos a seguir revisando de otra manera— sino también la imposibilidad de que Dios mienta, y la esperanza puesta delante de nosotros. Ya vimos la inmutabilidad del propósito de Dios, vimos la imposibilidad de que Dios mienta. Ahora yo quiero que veamos la esperanza puesta delante de nosotros. El versículo 18 nos habla de irnos, agarrarnos, aferrarnos de la esperanza puesta delante de nosotros.
Si tú lees la palabra "esperanza" como nosotros usualmente la usamos, no nos da la idea que el autor hebreo está tratando de comunicarnos. La palabra para esperanza implica un deseo por algo bueno en el futuro con la expectativa de obtenerlo. Ese es el sentido general. Déjame leerlo otra vez: un deseo por algo bueno en el futuro con la expectativa de obtenerlo. Pero en la Biblia, la palabra "esperanza" es mirar hacia delante a algo con razón para confiar en que así será. Cuando nos habla de la esperanza de la que nosotros debiéramos hacernos, nos está hablando de algo que yo veo con los ojos del Espíritu, que está delante de mí, y que yo tengo la seguridad de que así será.
En la Grecia antigua, en el mundo secular, en el griego clásico, la palabra implicaba como una ilusión. Pero eso no es como la Biblia usa la palabra. En el Nuevo Testamento, esperanza es una realidad que no se ha hecho presente todavía, pero la promesa es tan válida como la realidad misma.
Si tú piensas cómo nosotros usamos la palabra esperanza, es como algo que podría ser o no podría ser. Tú pudieras decir: "Bueno, yo tengo la esperanza de ir a no sé dónde —Estados Unidos, Europa, Japón, China, donde tú quieras—", pero tú no sabes si va a ocurrir. Pero eso no es como la Biblia usa la palabra esperanza. Escucha cómo el diccionario de la Real Academia define la palabra: es un estado de ánimo que surge cuando pensamos que algo es alcanzable. Un estado de ánimo. Pero tú sabes que tú estás de un ánimo hoy y de otro mañana. Hoy dices: "No, yo tengo la esperanza, yo creo que sí, que Dios me lo va a permitir." Y mañana dices: "No, hombre, ya yo perdí la esperanza." En una noche perdiste la esperanza.
Pero cuando la palabra de Dios usa ese vocablo "esperanza", Él nos hace una invitación anclada no en un estado de ánimo, sino en el conocimiento del carácter de Dios. De manera que el autor de Hebreos nos está diciendo que nos aferremos a la esperanza puesta delante de nosotros, pero no como un estado de ánimo, no como un "podría ser", sino como una certidumbre basada en el carácter de Dios.
Déjame leerte algunos pasajes. Isaías 55:11: "Así será mi palabra que sale de mi boca. No volverá a mí vacía, sin haber realizado lo que deseo y logrado el propósito para el cual la envié." Ahí está la palabra: la inmutabilidad del propósito. Tú vas al libro del Génesis, la primera página, Génesis 1: "Sea la luz", y la luz fue. Dios habla y esa palabra no regresa a Él sin que haya realizado lo que Él se propuso cuando la dejó salir. En el capítulo 1 de Génesis, seis veces tú lees: "Y así fue, y así fue, y así fue." Como Dios dijo, así fue.
Isaías 46, comenzando en la segunda parte del versículo 9 al 10: "Porque yo soy Dios y no hay otro. Yo soy Dios y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio." ¿Okay? Yo no espero que las cosas ocurran para hablarte de ellas. No, no. Yo te digo lo que va a ocurrir porque yo lo sé desde el principio, "y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: mi propósito —ahí está la palabra, la inmutabilidad del propósito— será establecido, y todo lo que quiero realizaré."
Hermanos, escuchen eso: "Todo lo que quiero realizaré." Si Dios desea algo, su deseo es tan cierto como la realidad. Amén. Si algo no ocurre, Dios no lo ha deseado. Si algo no ocurre, Dios no lo ha deseado. Tan simple como eso, hermano, no es tan complicado.
Tú andas buscando un trabajo y no ocurre: Dios no lo ha deseado. Yo quiero publicar un libro y no se acaba de publicar: Dios no lo ha deseado. Yo me quiero casar, ya estoy a punto de casarme, tres días antes el novio o la novia interrumpe el compromiso: yo sé que hay una tristeza humana, pero ¿sabes qué? Dios no lo ha deseado. Es tan sencillo como esto. Entristécete, pero no como aquellos que no tienen esperanza. Claro que tú tienes esperanza. Hay un Dios que está sobre ti tratando de guiarte, y no sabes tú lo que está tratando de evitarte. Amén. Tú puedes vivir confiado.
Dios dice: "Lo que yo deseo, yo lo logro." Isaías 14:27: "Si el Señor de los ejércitos lo ha determinado, ¿quién puede frustrarlo? Y en cuanto a su mano extendida, ¿quién podrá apartarla?" Nadie puede. Esa es la inmutabilidad del propósito de Dios. Dios me invita a que crea en sus promesas, pero no es una invitación vacía, carente de evidencia. No, no, no. Dios tiene un récord de promesas hechas y promesas honradas, de profecías hechas y profecías cumplidas, de un amor incondicional por los suyos, un amor infinito demostrado a lo largo de los siglos.
Dios le prometió a Abraham que tendría un hijo. Llegado el tiempo, nació Isaac, y Dios le prometió que lo iba a bendecir.
Bueno, Isaac tuvo dos hijos, Jacob y Esaú. Y luego Jacob tuvo doce hijos y ellos se multiplicaron. Ahí está el cumplimiento de la promesa, por lo menos el inicio.
Dios le prometió una tierra prometida llamada así a Abraham. Y llegado el tiempo, Josué entró con el pueblo a la tierra prometida, 430 años después. Sí, no importa. Tiene que correr con paciencia. Recuérdate lo que el texto dice.
Dios predijo que el Mesías nacería de una virgen y llegado el momento, María concibió del Espíritu Santo. Predijo que nacería en Belén y en Belén nació, en un pesebre. No había lugar en donde alojarse esa noche en Belén. No importa, damos a luz en un pesebre, pero va a ser en Belén.
Dios prometió a David que su descendiente se sentaría en el trono para siempre, y llegado el tiempo, a la plenitud del tiempo, llegó el Mesías bajo la ley, nacido de mujer. Gálatas 4:4. Murió, resucitó, ascendió y se sentó a la diestra del Padre para siempre.
La invitación que Dios nos hace a aferrarnos a sus promesas es una que, en el texto de hoy, presenta un récord impecable, un récord de perfección.
¿Por qué es que no queremos? Bueno, gran parte no solamente, como dijimos, es que no conozco a Dios; es que es más complejo que esto, hermanos. Es que no solamente que no conozco a Dios, es que al final yo quiero lo que yo quiero, cómo yo lo quiero, cuándo yo lo quiero. Dios tiene una voluntad, pero yo tengo un deseo. Dios tiene una ley, pero yo tengo un deseo. Y al final es una rebelión contra el señorío de Cristo. Porque en esencia, raramente tú y yo pecamos sin saber que estamos pecando, pero en esencia lo que le estamos diciendo a Dios es: "No, yo sé, yo conozco lo que tú dices, pero mi deseo está por encima de tu ley." Lo hemos hecho.
Yo quiero que veamos ahora la inmutabilidad del propósito de Dios, la imposibilidad de que Dios mienta y la esperanza puesta delante de nosotros. Ya vimos todo eso. Yo quiero que veamos no solamente eso, sino también quiero que consideremos a Jesús, que ha ido delante de nosotros y ha entrado a la presencia de Dios garantizando nuestras promesas.
Escúchenlo. Lo vamos a leer otra vez; ya lo leímos en los versículos 19 y 20, pero antes de eso déjame decirte que Jesús habló de esto de otra manera. Cuando él estaba con sus discípulos en el aposento alto, en las últimas horas antes de morir, esto es lo que él les dice, y que Juan registra en el capítulo 14, versículos 2 al 3: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, se lo hubiera dicho, porque voy a preparar un lugar para ustedes." ¿Entendiste? Yo me voy, pero no me voy simplemente a alejarme. Si te vi, no me acuerdo. No, no, no. Yo me voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré a donde yo voy, para que donde yo esté, allí estén ustedes también. Yo me voy a prepararles un lugar para que ustedes puedan llegar y estar ahí también.
Los versículos 19 y 20 del texto de hoy hacen alusión a eso que Cristo le enseñó a los apóstoles en el aposento alto. "Tenemos como ancla del alma" —de ahí sale mi título— "una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, a donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre."
Si te remontas al Antiguo Testamento, había un sumo sacerdote que entraba una vez al año al lugar santísimo, ahí detrás del velo. Y podía entrar solo después de haber hecho sacrificio por su propio pecado. Entraba con temor, porque si él entraba con pecado no confesado, podía ser que se quedara muerto ahí detrás del velo. ¿Y entonces quién iba a entrar a sacarlo? Él entraba con una soga a sus pies, porque habría que halarlo, ya que a nadie le era permitido entrar ahí excepto al sumo sacerdote. Pues ahora nuestro Sumo Sacerdote vino y entró detrás del velo celestial. Y desde ahí, desde allá atrás, es que yo tengo una esperanza en la persona de Jesús que actúa como ancla de mi alma.
La palabra traducida como "ancla" aparece cuatro veces en las Escrituras, y tres de ellas aparecen en el libro de los Hechos, siendo básicamente un ancla común y corriente como la de los barcos. Esta vez, en el libro de Hebreos, es usada de manera simbólica. Porque tú sabes que el ancla que los barcos usan es tirada hacia abajo y descansa en la arena del mar. Pero el ancla de nosotros, el ancla del alma, no la tiraron hacia abajo; la tiraron hacia arriba. Está detrás del velo y es la persona de Jesús que actúa como ancla. Imagínate que desde esa ancla hay una soga de la cual yo puedo irme y jamás abrir mi puño, no vaya a ser que me lleve la corriente de la vida, por así decirlo. El autor de Hebreos me está animando a que confíe en esa ancla de mi alma, que no es otra cosa que Jesús mismo, que ya entró en gloria, que fue a prepararme un lugar, que me está esperando. De manera que no vayas a confiar en ninguna otra ancla aquí debajo, porque no te va a sostener. No es posible.
Y el autor de Hebreos le llama incluso un precursor. Tú sabes que hablando de barcos y de anclas, los barcos tienen sus precursores. Hay ciertos puertos donde en el fondo del mar hay lo que llaman bancos de arena, depósitos de arena. Esos depósitos de arena tienen cierta altura, y resulta que a ciertas horas del día los barcos no pueden entrar al puerto porque chocarían con esos bancos de arena, los cuales no pueden detectar tan fácilmente para evitarlos. Entonces, ¿qué hacen? Se detienen fuera del puerto esperando que la marea suba.
Y cuando la marea sube, hay un barquito chiquito, muy chiquito comparado con el tamaño de tu barco, que tú lo ves y dices: "¿Pero eso es lo que lo va a remolcar?" Bueno, ese es el remolcador. ¿Tú has visto esos barquitos chiquitos que van delante? Ese es el remolcador. Él es el que va guiando al barco durante la marea alta para que no vaya a chocar con uno de esos bancos de arena. Tu remolcador ya entró de aquel lado de la gloria y está tratando de guiar tu vida de manera que tú no choques y te accidentes, hasta el punto de hundirte y ahogarte. Él es tu precursor, él es tu ancla, él es tu guía.
Tú sabes qué pasa, hermanos. Hablamos de eso como estamos hablando ahora. Salimos hoy, y esta noche, mañana, estamos tratando de anclar cosas de nuestras vidas aquí abajo otra vez. Y vivimos tratando de encontrar seguridad, propósito, sentido, identidad, seguridad para el futuro, para cuando estemos viejos, para los hijos míos, tratando de encontrar todo eso con anclas terrenales. No, no funciona.
La vida nos ha mostrado que eso no funciona. E imagínate a Job. Tuvimos hace poco un terremoto en Panamá. Gracias a Dios que aparentemente nadie murió, pero hemos oído de otros terremotos terribles. Pensemos en Job. Él no tuvo un terremoto; él tuvo un viento recio que se lo llevó todo, absolutamente todo. Se llevó su casa, se llevó sus animales. Bueno, ladrones vinieron y se llevaron sus animales. Se llevó sus diez hijos; murieron los diez. Pon a Job viviendo hoy. Dice que era un hombre rico. Probablemente hoy tendría póliza de seguro contra terremotos, ciclones; la casa y todo lo que estaba dentro estaría asegurado.
Entonces va al seguro, le devuelven la casa, le devuelven el tiempo, la construye, le devuelven todo lo que estaba dentro. ¿Cómo tú le devuelves los diez hijos a Job? ¿Dónde está la póliza que te devuelva diez hijos? O quizás en el proceso tú te moriste, ¿dónde está la póliza que garantizó tu vida para devolvértela? Bueno, tenía un seguro con la funeraria, con Blandino. Bueno, no sé si alguien diría que bueno, pero a lo mejor resulta. Pero, ¿sabes qué? No te garantizo absolutamente nada, excepto cubrir los gastos de tu muerte, pero te quedas tan muerto como si no la hubieses tenido.
Hermanos, olvídate de las anclas terrenales, no funcionan. Funcionan de manera práctica, pero para lo que verdaderamente tiene valor no te dan seguridad. Tienes que anclar tu vida en la persona de Cristo. Él es el ancla de por siempre, de por vida, que garantiza verdaderamente lo que realmente tiene valor y te trae sosiego y paz a tu vida.
No sé si debía contar esto, pero lo conté en el primer servicio. Te lo digo rapidito. Hasta hace unos años yo no tenía seguro médico en Estados Unidos. Seguro de vida nunca he tenido, porque no veo cómo me garantizan la vida; lo que hacen es pagarme los gastos cuando yo me muero, pero la vida no me la garantizan. No tenía seguro médico porque no lo podía obtener en Estados Unidos, no tenía cierta edad, y ya después que pasé de los años —no tengo 68 años, para los curiosos— antes de los 65 no podía. ¿Sabes qué? Yo vivía tan seguro como ahora que tengo seguro médico en Estados Unidos.
Y cuando necesité servicios médicos en Estados Unidos, el presupuesto de la cirugía de la espalda era $88,000. Y sabes que al final, sin yo buscarlo, sin yo pedirlo —Dios es mi testigo—, la cirugía me salió a mí en $3,000. ¿Sabes por qué? Porque mi papá me cuida. Porque mi Padre celestial tiene los ojos puestos sobre sus hijos. No son las pólizas las que me dan seguridad, es mi papá, que me dio a su Hijo.
Donde tú tengas tu vida anclada hace la diferencia, hermano. Cuando tú tienes tu vida anclada en el mundo venidero, no necesitas este mundo para saciar tus apetitos. Tu mira está allí arriba. Cuando tu mira está aquí abajo, obviamente aquí abajo necesitas saciar tus apetitos.
Mira una historia, quizás tú la conoces porque es una historia bastante conocida, pero para que entiendas la diferencia en tener una mirada puesta en las cosas de arriba y no en las cosas de abajo, y tener una vida anclada allí arriba. Matthew Henry —quizás la mejor forma de identificarlo, el autor del comentario conocido como el Comentario de Matthew Henry— tiene una historia de que en una ocasión lo asaltaron. Entonces, después del asalto, él está hablando con Dios, está orándole, y le dice: "Señor, yo te doy gracias porque nunca antes me habían robado. Porque aunque me quitaron el dinero, no me quitaron la vida. Porque aunque me quitaron todo lo que tenía, no era mucho. Y porque yo fui quien fue robado, y no yo quien robó al otro."
Matthew Henry entendió que era mucho mejor ser robado que ser ladrón, y que si él no era ladrón era por la gracia de Dios. "Señor, gracias porque yo fui robado y yo no fui el que fui a robar." ¿Te das cuenta de lo que implica tener tu vida anclada en algo que está de aquel lado, que es Jesús mismo? Tener la confianza en que Él es todo lo que vale, que si tú lo tienes a Él lo tienes todo, y si no tienes a Él no tienes nada. Te das cuenta cómo cambia el valor de las cosas inmediatamente.
Pero para eso yo necesito la mira en las cosas de arriba y una vida anclada de aquel lado: creer las promesas de Dios, irme de la soga —por así decirlo—, que es el ancla que está atada al Ancla Cristo, y nunca soltarme, porque las tormentas de la vida, las corrientes de la vida, las altas mareas de la vida, de seguro me arrastrarán.
Padre, gracias por un ancla que no es muerta, sino viva, y que no es uno de nosotros, sino tu propio Hijo. Por un ancla que dio su vida por mí y que ahora me guiará a lo largo de toda la vida para que yo no me pierda en el camino, no tropiece, no me hunda, no me ahogue. Gracias porque Él es mi precursor, que fue delante de mí, delante de nosotros, como va el remolcador de los grandes barcos, evitándoles chocar con los bancos de arena. Y Jesús, tú eres mi remolcador que me guía para evitarme tropezar, chocar, accidentarme y hundirme con los diferentes tropiezos de la vida.
Sé con cada uno de tus hijos, Señor. Si hay alguien aquí que todavía no ha entregado su vida a ti, que aun ha hecho una profesión de fe pero no ha entregado su mente, su corazón, su voluntad, sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus ambiciones, que este sea el día en que él o ella pueda entregarse por completo y decir: "No yo, sino tú." Y decir de aquí en adelante: "No quiero más vivir mi vida, quiero que tú la vivas en mí. De aquí en adelante no quiero más anclas terrenales, solamente quiero tu ancla." Que hoy sea día de salvación para aquellos que así están pensando y orándolo.
Tú eres quien nos sostiene a lo largo del camino. En ti confiamos. En ti yo confío. Gracias, Jesús. Su pueblo dice: amén. Amén. Bendiciones.