Joel Peña • 19 febrero, 2018
El temor de Dios nace del encuentro con quien Él realmente es, y ese encuentro produce una tensión que todo creyente debe aprender a sostener. Por un lado, Dios es santo, santo, santo — el único atributo que la Escritura eleva con triple repetición para señalar su absoluta separación y pureza. Esta santidad nos aleja reverencialmente: cuando Isaías contempla al Señor en su trono, su reacción no es admiración serena sino devastación profunda. "¡Ay de mí, porque perdido estoy!", exclama, reconociendo que sus labios inmundos y su entorno corrompido lo descalifican para estar ante tal pureza. Los hijos de Aarón aprendieron trágicamente que lo ordinario no puede ofrecerse a un Dios extraordinario. Esta santidad, si se contempla sola, nos haría vivir como esclavos temerosos, secos y apagados.
Pero la historia no termina con Isaías postrado en el polvo. Un serafín vuela hacia él con un carbón encendido y purifica sus labios: "Tu iniquidad es quitada, tu pecado perdonado". Aquí entra el amor de Dios, la fuerza que nos atrae hacia Él. Como en el patinaje artístico, donde una fuerza lanza hacia afuera y otra mantiene unido al centro, la santidad y el amor de Dios deben equilibrarse en nuestra experiencia. El Salmo 130 lo captura con claridad asombrosa: "En ti hay perdón, para que seas temido". No tememos menos porque somos perdonados; tememos correctamente porque entendemos el costo de ese perdón. El amor de Dios, demostrado supremamente en la cruz, no nos relaja en libertinaje sino que nos impulsa a vivir para Él. Cuando olvidamos ese amor infinito — como Israel junto al mar Rojo — la rebelión encuentra terreno fértil. El temor genuino brota cuando sostenemos ambas verdades: un Dios inalcanzablemente santo que decidió alcanzarnos, un Juez perfectamente puro que eligió perdonarnos.
Según la clase, ¿qué dos aspectos de la santidad de Dios se expresan en los términos hebreos "codesh" y "cadosh", y cómo se complementan para formar una imagen completa de lo que significa que Dios es santo?
¿Por qué la reacción de Isaías ante la visión de Dios fue decir "perdido estoy" en lugar de simplemente sentir admiración, y qué conexión establece él entre su condición personal, su entorno y lo que acaba de contemplar?
La clase menciona que a veces nos inclinamos hacia un extremo: o vivimos como esclavos temerosos porque Dios es santo, o tomamos su gracia en vano porque Dios es amor. ¿Hacia cuál de estos dos extremos tiendes más naturalmente, y qué situaciones específicas de tu vida revelan ese desequilibrio?
El Salmo 130:4 dice que en Dios hay perdón "para que sea temido". ¿Hay algún área de tu vida donde hayas experimentado el perdón de Dios pero ese perdón no haya producido mayor reverencia hacia Él? ¿Qué crees que falta en tu comprensión de ese perdón?
Si la santidad de Dios nos aleja reverencialmente y su amor nos atrae confiadamente, ¿cómo debería verse prácticamente ese equilibrio en la manera en que nos acercamos a Dios en la oración, en la adoración congregacional, o en nuestras decisiones cotidianas?