Héctor Salcedo • 21 octubre, 2025
Vivir sin incluir a Dios en los planes no es neutralidad espiritual: es arrogancia. Santiago 4:13-17 confronta a quienes hablan con toda certeza del futuro —adónde irán, cuánto tiempo estarán, qué harán, qué ganarán— sin que Dios figure en ningún lugar de esa ecuación. El problema no es planificar ni hacer negocios ni desear ganancias; el problema es la autosuficiencia que asume el control de un futuro que no nos pertenece. Santiago llama a esa actitud por su nombre: orgullo, jactancia, pecado.
La corrección que Santiago propone no es dejar de planificar, sino planificar con sumisión: "Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello." Esa frase no es un cliché cultural —aunque en muchas comunidades latinoamericanas se haya vaciado de contenido—, sino una declaración teológica sobre quién realmente gobierna la historia. La Escritura lo confirma desde Proverbios hasta Isaías: los planes de Dios prevalecen, sus propósitos no pueden ser frustrados, y el Señor determina los pasos aunque nosotros trazemos el camino. Actuar como si eso no fuera cierto no lo hace menos real; simplemente lo hace necio.
La imagen que Santiago usa para el ser humano —un vapor que aparece brevemente y se desvanece— no es una ofensa, sino una medicina: nos devuelve a nuestra verdadera escala. Somos ignorantes del futuro y somos breves. Esa doble realidad debería hacernos humildes, no ansiosos. El pastor Núñez ilustra esto con una experiencia personal: llegó al aeropuerto para exponer en una conferencia en Chile, y en ese momento descubrió que ese país había implementado visa apenas una semana antes. Todo estaba preparado, él había hecho todo lo que correspondía, pero el Señor cerró la puerta. La pregunta que queda es si uno puede descansar en ese cierre o si la irritación revela que el "si Dios quiere" era solo palabras.
El modelo que Santiago tiene en mente es Cristo en Getsemaní: "No sea como yo quiero, sino como tú quieras." Esa entrega no es resignación amarga; es la postura desde la cual el alma encuentra su verdadero descanso y gozo. Confiar en la providencia de Dios —esa carta que solo se entiende con el tiempo, como la cita el sermón— no es pasividad, sino fe activa que busca a Dios en oración, admite su propia pequeñez y somete sus deseos al escrutinio de lo que Dios quiere.