Salomón lo había probado todo. Riquezas, sabiduría, placeres, obras, poder: nada escapó a su búsqueda. Y al final de ese recorrido, su veredicto fue desolador: la vida «debajo del sol» es vanidad, frustración, un enigma que el hombre no puede descifrar ni controlar. En Eclesiastés 9:11-12 lo expresa con una lucidez que incomoda: «Vi además que bajo el sol no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos. Porque el hombre tampoco conoce su tiempo: como peces atrapados en la red traicionera, y como aves apresadas en la trampa, así son atrapados los hijos de los hombres en el tiempo malo cuando éste cae de repente sobre ellos».
La pregunta no es si la vida resulta difícil —Salomón ya cerró ese debate—, sino desde dónde la miramos. Y esa diferencia lo cambia todo.
Imagina una mansión enorme y preciosa, cerrada con llave. La única manera de asomarte a su interior es mirando por el ojo de la cerradura. Lo que ves es real, pero es apenas una fracción diminuta de lo que hay dentro. Sería absurdo concluir que la mansión se reduce a ese pequeño destello; hay mucho más que simplemente no alcanzas a ver.
Así es nuestra perspectiva de la vida. La existencia humana es compleja e inmensa, pero la mayoría de las veces solo la observamos a través de ese pequeño orificio. Con esa visión limitada, llegamos a conclusiones apresuradas: creemos entender la mente de Dios, o peor aún, concluimos que Dios se ha olvidado de nosotros. Todo ello basado en una perspectiva que, por definición, es parcial e insuficiente.
Cuando Dios afirma que todas las cosas cooperan para bien (Rom. 8:28), lo dice desde una perspectiva que trasciende completamente la nuestra. No nos está diciendo que todas las cosas son buenas en sí mismas, sino que todas ellas —las positivas y las negativas, las que celebramos y las que nos quebrantan— eventualmente confluirán hacia un bien final. Ese bien tiene que ver con Su gloria y con el gozo genuino de Sus hijos. La dificultad no está en que Dios no actúe; está en que nosotros no alcanzamos a ver el cuadro completo.
La perspectiva «por encima del sol» no es una actitud de optimismo ingenuo ni una negación de la realidad. Es, concretamente, la perspectiva que Dios tiene sobre la vida, y Él nos la concede a través de Su Palabra. Las Escrituras funcionan como lentes: con ellos puestos, podemos ver lo que está ocurriendo a la verdadera luz. Sin ellos, quedamos reducidos a una visión miope, humana y mundana, incapaz de ver más allá de la circunstancia inmediata.
La razón por la que vivir «debajo del sol» resulta tan agotador y desesperanzador es, en gran medida, porque con frecuencia olvidamos ponernos esos lentes. Enfrentamos las pruebas, las pérdidas, las injusticias y los deseos insatisfechos equipados únicamente con nuestra propia capacidad de análisis. Y esa capacidad, por más cultivada que esté, siempre será insuficiente para comprender los caminos de Dios.
Si escudriñas las Escrituras y te pones los lentes de la Palabra, podrás ver que, por encima del sol, hay una vida abundante que tú todavía puedes vivir a pesar de y en medio de las dificultades de esta vida.
Cristo prometió vida abundante (Jn. 10:10). Esa promesa no queda suspendida hasta que lleguemos al cielo; es una realidad disponible ahora, en medio de la vida imperfecta y llena de tensiones que vivimos aquí abajo. Pero acceder a ella requiere una decisión consciente: la de mirar la vida con los ojos de la Palabra y no únicamente con los ojos de la experiencia inmediata.
Ayudémonos mutuamente en esto. Cuando un hermano o hermana en la fe solo logra ver las imperfecciones, las dificultades acumuladas y los deseos que nunca se cumplieron, señalemosle —con gracia y con convicción— que hay una perspectiva más alta disponible. Que por encima del sol, la historia no ha terminado. Que Dios no ha perdido el hilo. Que la mansión es infinitamente más grande de lo que cabe en el ojo de la cerradura. Vivir a la luz de esa realidad no elimina el dolor, pero lo transforma: lo coloca dentro de un relato más grande, más verdadero y, al final, glorioso.
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