El refrán «ver para creer» recorre culturas, idiomas y generaciones. Se aplica a los negocios, a las relaciones y, lamentablemente, también a la fe. Algunos creyentes nuevos en Cristo sienten que les sería más sencillo mantener una fe inconmovible si pudieran presenciar hoy los mismos milagros que narran las Escrituras. Piensan que quienes vivieron en los tiempos de Jesús tenían una ventaja: podían ver sus obras con sus propios ojos, y eso les facilitaba confiar en Él con mayor rapidez y fervor.
Sin embargo, esta mentalidad tiene consecuencias que van mucho más lejos de lo que solemos anticipar. Cuando la fe se subordina a la evidencia visible, el corazón queda expuesto a un peligro silencioso: la duda que, si no se confronta a tiempo, puede convertirse en negación. Entender cómo ocurre ese proceso —y por qué la fe bíblica propone exactamente lo contrario— es urgente para todo cristiano que desee caminar con firmeza.
Pocos conocen la historia de Madalyn Murray O'Hair, la atea más influyente del siglo XX y responsable de que se eliminara la oración y la lectura bíblica de las escuelas públicas de los Estados Unidos. Lo que suele ignorarse es que su ateísmo no nació de un razonamiento filosófico elaborado, sino de una serie de rechazos devastadores. En 1945, el padre de su primer hijo se negó a casarse con ella a pesar de que ella usaba su apellido. Ocho años más tarde, vivió la misma experiencia con otro hombre. Intentó emigrar a la Unión Soviética buscando un nuevo comienzo, y también fue rechazada. Al regresar a los Estados Unidos, avergonzada de entregar las actas de nacimiento de sus hijos —quienes llevaban apellidos distintos—, optó por atacar el sistema educativo en lugar de responsabilizarse por sus propias decisiones.
Su hijo Bill Murray lo describió con una claridad que resulta difícil ignorar: «En vez de confrontar su conciencia, decidió negar la existencia de Dios y rehusó aceptar cualquier restricción moral. Si hubiera una deidad, entonces ésta podría dictar las reglas de su vida. De ese punto en adelante, ella estuvo en guerra contra Dios».
La historia de Madalyn ilustra un patrón que las Escrituras advierten con solemnidad: «Maldito el hombre que confía en los hombres y hace de la carne su fortaleza, apartando su corazón del Señor» (Jer. 17:5). La incredulidad rara vez comienza con argumentos intelectuales. Comienza con heridas: rechazo, traición, crítica, expectativas rotas. Esas heridas generan desconfianza frente a toda figura de autoridad, incluso frente a Dios. Y cuando el corazón endurece esa desconfianza en lugar de llevarla ante el Señor, la duda se convierte en negación, y la negación, en una cosmovisión que justifica vivir sin rendirle cuentas a nadie.
Todo ser humano ha sido creado con tres necesidades internas fundamentales: amor, reconocimiento y seguridad. Cuando la vida entrega rechazo en lugar de amor, crítica en lugar de reconocimiento y traición en lugar de seguridad, la respuesta natural es proteger el corazón de nuevas heridas. El problema es que esa autoprotección nos puede llevar a convertirnos en nuestra propia autoridad: a confiar únicamente en nuestra razón, en nuestras fuerzas, en nuestra experiencia. Y eso, como bien advierte Proverbios, es precisamente el camino opuesto al que Dios propone: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Prov. 3:5).
La creencia equivocada dice: «Ver para creer. No tengo evidencia suficiente —moral, intelectual, científica— de que exista un Dios que controla el universo, así que no puedo cederle el control de mi vida». La creencia correcta, en cambio, responde: «Creo para ver. El diseño del universo exige un diseñador. Dios revela sus cualidades invisibles —su eterno poder y su naturaleza divina— a todo el que se humilla ante Él y busca honestamente la verdad».
Algunos argumentos lo confirman con una lógica sencilla pero contundente: Nadie ha estado en cada rincón del universo, de modo que nadie puede afirmar con certeza que Dios no existe en ningún lugar (Jer. 23:24). Nadie ha visto la gravedad, pero nadie duda de ella; la creemos porque experimentamos sus efectos. Del mismo modo, «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11:1). La fe cristiana no es irracionalidad; es la condición necesaria para acceder a una comprensión de la realidad que va más allá de los sentidos. Como formuló Agustín de Hipona: credo ut intelligam —creo para entender.
La fe en Cristo nos provee una visión mucho más amplia de la realidad, porque se basa en la revelación de Dios, a través de la cual entendemos lo que no podríamos conocer valiéndonos únicamente de los sentidos y nuestras capacidades intelectuales.
Dios no ha prometido actuar hoy de forma milagrosa y visible para que primero veamos y luego creamos. Pero sí ha prometido actuar a favor de quienes confían en Él. Nuestra obediencia no está condicionada a comprender cada detalle de su obrar; obedecemos porque creemos en Aquel que provee una gracia tan grande que nos bendice incluso a pesar de nuestra desobediencia.
Vale la pena detenerse y preguntarse con honestidad: ¿Estoy dispuesto a creer para ver lo que Dios puede hacer? ¿Obedezco su llamado aunque no entienda todo lo que se me pide? ¿Evalúo mis circunstancias a la luz de su soberanía o me dejo gobernar únicamente por lo que mis ojos alcanzan a ver? Que el Señor nos ayude a seguirle, obedecerle y confiar en Él plenamente, recordándonos día a día que siempre obra a nuestro favor, aun cuando no vemos su mano.
Masiel Mateo es mercadóloga y especialista en marketing digital, dedicada desde 2012 a enseñar cómo usar los medios sociales con un enfoque bíblico. Actualmente sirve como coordinadora de Lifeway Mujeres y dirige una agencia de marketing y producción en Santo Domingo, República Dominicana, su país natal. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde participa en el ministerio de mujeres EZER, y cursa una Maestría en Divinidad con mención en Consejería Bíblica en el SBTS. Puedes seguirla en Instagram (@masielmateo).
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