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Sandra J. Viau Majluta • 1 octubre, 2019
«He aquí, don del Señor son los hijos» (Sal. 127:3). Con esa verdad como telón de fondo, vale la pena reflexionar sobre uno de los vínculos más poderosos que existen: el de una madre con sus hijos. El amor que nace con la maternidad —ya sea biológica o adoptiva— es tan singular que bien podría someterse al escrutinio de 1 Corintios 13 y salir airoso: «El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad» (1 Co. 13:4-6). Y más sublime aún es contemplar cómo Dios mismo recurre a la imagen materna para describir su propio cuidado: «Como uno a quien consuela su madre, así os consolaré yo» (Is. 66:13).
La ciencia ha confirmado lo que la fe ya sabía: el vínculo entre madre e hijo transforma literalmente el cerebro de ambos. La oxitocina —conocida como la hormona del apego— impulsa en la madre la formación de conexiones neurales que favorecen las relaciones afectivas, siendo la más estrecha la que forja con sus hijos. Ese mismo proceso genera cambios en el cerebro del bebé que moldearán su respuesta al mundo, tanto en la infancia como en la adultez. Un apego sano con la madre lo hace más resistente al estrés y a los trastornos mentales. En pocas palabras: el amor de madre se traduce en sanidad. Todo esto subraya el valor extraordinario de este vínculo y la responsabilidad que conlleva ejercerlo bien.
Dios llama a las madres a ejercer su rol de una manera que lleve gloria a su santo nombre. Ese llamado incluye amar a los hijos incondicionalmente (1 P. 4:8), instruirlos en cada etapa de su crecimiento (Pr. 22:6), disciplinarlos con amor (Pr. 29:17; Col. 3:21), enseñarles a amar a Dios y su Palabra (Dt. 6:5-7), ejercitarlos en la obediencia y la honra a la autoridad (Éx. 20:12) y orar por ellos —incluso antes de tenerlos— (1 Cr. 29:19; 1 S. 1:27).
Este llamado es claro: la meta no es ser la mejor amiga de los hijos, aunque la amistad sea una hermosa bendición que puede surgir con el tiempo. Muchas madres confiesan querer ser «las mejores amigas» de sus hijos, pero lo que en realidad buscan es «caerles bien». Ese deseo, aunque comprensible, genera confusión en los hijos y una sensación de orfandad y desprotección, porque el rol materno queda vacío. Una hija puede elegir a sus amigas —en la escuela, en la iglesia, en cualquier entorno—, pero solo tiene una madre. Lo que necesita no es una igual, sino alguien al mando: cercana, presente, que la ayude con sus dificultades y que le indique con claridad los límites. La clave es estar presente sin abrumar ni exasperar, pues como advierte la Escritura: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4).
Que la relación entre madre e hijos no sea de iguales durante los años de formación no significa que no pueda ser profundamente cercana. De hecho, se requiere que lo sea. La confianza se construye de manera espontánea, no como una imposición, y hay gestos concretos que la fortalecen día a día.
Desde temprana edad, mostrar interés genuino en lo que les importa a los hijos —sus personajes favoritos, sus deportes, sus sueños— es el primer paso para construir intimidad. Compartir experiencias propias, éxitos y fracasos, anhelos y aprendizajes, les comunica que son importantes. Al mismo tiempo, es fundamental reconocer que no todos los temas son bidireccionales: los hijos pueden tratar con su madre asuntos íntimos, pero ella no debe trasladarles problemas de dinero, conflictos conyugales ni cargas que no les corresponden. Cuando ese límite se ignora, la relación se vuelve tóxica.
Respetar su privacidad —especialmente en la adolescencia, cuando están forjando su identidad y su carácter— es también una expresión de amor. Tocar antes de entrar a su habitación, no irrumpir en sus conversaciones con amigos, no intentar «parecer moderna» a costa de la autoridad: estos pequeños gestos comunican respeto y construyen confianza. Igualmente, desarrollar actividades compartidas, leer juntos un libro o un devocional, y ser intencional en participar de su día a día son formas prácticas de tejer el vínculo que, con el tiempo, florecerá en amistad genuina.
Recuerda que los padres somos el referente de Dios para ellos, y aunque él se muestra cercano, amoroso y tierno, no negocia su autoridad ni la reverencia que le debemos.
La maternidad fiel —ejercida con amor, límites claros y presencia constante— es la semilla de la amistad que puede germinar en la vida adulta. Los hijos que crecieron con una madre que ocupó su lugar no buscan llenar ese vacío en otros; llegan a la adultez con raíces firmes y, desde esa seguridad, pueden reconocer en ella no solo a su madre, sino a una amiga en quien confiar y a quien acudir por consejo sabio.
El Señor, que es al mismo tiempo Padre tierno y Rey soberano, es el modelo más alto de esta realidad: se acerca a sus hijos con compasión y consuelo, pero no renuncia a su autoridad ni negocia la reverencia que le corresponde. Las madres están llamadas a reflejar esa misma imagen: cercanas sin perder el norte, amorosas sin abdicar su rol. Esa es la maternidad que glorifica a Dios y que, con el tiempo, produce el fruto más dulce: hijos que crecen seguros, arraigados y agradecidos.
Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.
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