Una perspectiva bíblica
Miguel Núñez • 5 marzo, 2026
Dios tiene un rol activo en la historia de los conflictos humanos. La Biblia revela que Dios no solo permite los conflictos armados, sino que, en ocasiones, los usa como instrumento de justicia cuando las naciones han ignorado repetidamente Sus advertencias y han menospreciado cada oportunidad de arrepentirse. Comprender esta realidad transforma nuestra forma de orar e interpretar los acontecimientos globales.
Dios habló por medio de Su profeta Amós a la nación de Israel y les reveló todos los intentos, realizados por Él para llamar la atención del pueblo, con la intención de que regresara a Él. Dios orquestó hambrunas (Am 4:6), pero no se volvieron a Él. Intentó lo mismo mediante sequías e inundaciones severas, pero ellos no volvieron a Él (Am 4:7-8). Dios los hirió con viento abrasador y con plagas devastadoras (Am 4:9-10a), pero el pueblo rehusó volver a Él. Luego de todos esos intentos, leemos:
«“[M]até a espada a sus jóvenes, junto con sus caballos capturados, e hice subir hasta sus narices el hedor de su campamento. Sin embargo, ustedes no se han vuelto a Mí”, declara el Señor. “Los destruí como Dios destruyó a Sodoma y a Gomorra, y fueron como tizón arrebatado de la hoguera. Sin embargo, ustedes no se han vuelto a Mí”, declara el Señor» (Am 4:10b–11).
Bien escribió C. S. Lewis: «Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo».1 Es triste que un Dios infinitamente santo, justo, misericordioso y amoroso, tenga que llegar a estos extremos para que le prestemos atención. Ese es el comportamiento de una persona o de una nación cuando su conciencia se ha cauterizado.
Los eventos recientes entre Irán, Israel y Estados Unidos nos confrontan con preguntas incómodas sobre el rol de Dios en la historia humana. ¿Es válido hablar de guerras justas? ¿Cómo reconciliamos la idea de un Dios amoroso con juicios tan severos? La Escritura nos ofrece una perspectiva que, aunque desafiante, nos ayuda a entender que Dios tiene propósitos incluso en medio de la violencia que tanto nos perturba.
Las guerras no ocurren porque Dios perdió el control de la historia. Ocurren frecuentemente cuando ciudadanos, líderes y naciones enteras han cerrado sus oídos a la voz divina. El libro de Amós ilustra esta progresión con claridad: Dios envió hambrunas, sequías y plagas, pero el pueblo no volvió a Él. Cuando todas las advertencias fueron ignoradas, vino la guerra.
En Amós 4, Dios habla en primera persona con una franqueza que nos sobrecoge: «[M]até a espada a sus jóvenes, junto con sus caballos capturados, e hice subir hasta sus narices el hedor de su campamento. Sin embargo, ustedes no se han vuelto a Mí» (Am 4:10b). El lenguaje es directo, sin eufemismos. Dios se atribuye la responsabilidad de lo que humanamente llamaríamos tragedia.
Esto no significa que Dios sea cruel o arbitrario. La realidad es más compleja y profunda: cuando una conciencia nacional se cauteriza completamente, cuando los ojos se ciegan a toda luz moral, cuando la maldad alcanza proporciones que amenazan a millones, Dios interviene de formas que a nosotros nos parecen extremas. Lamentaciones 3:37–38 lo expresa sin ambigüedades: «¿Quién es el que habla y así sucede, a menos que el Señor lo haya ordenado? ¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?».
La Biblia revela que Dios delegó al gobierno civil una función específica: ejercer justicia, incluso mediante la fuerza. Romanos 13:4 describe al gobernante como «ministro de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo». La palabra griega que Pablo utiliza es diákonos, de donde proviene nuestro término «diácono». Es decir, el gobierno es literalmente un servidor de Dios con una tarea particular: llevar la espada.
Esta no es una función que individuos o ciudadanos comunes puedan asumir por cuenta propia. La venganza pertenece a Dios, como declara en Deuteronomio 32:35, y Él la ejecuta frecuentemente a través de instituciones que Él mismo estableció. Si alguien comete una injusticia contra nosotros, no tenemos autoridad personal para hacer justicia; pero existe un orden divino en el que los gobiernos deben actuar.
Cuando los gobiernos fallan en cumplir esta función —cuando ignoran la injusticia, cuando la ejercen selectivamente, cuando protegen al opresor en lugar del oprimido— Dios también lo ve. Y, eventualmente, esos gobiernos enfrentarán su propio juicio. La responsabilidad del gobierno es clara: mantener el orden, proteger a los ciudadanos, castigar lo mal hecho. No hacerlo es desobedecer el mandato divino.
Existe una diferencia crucial entre el pacifismo absoluto y el llamado bíblico a ser pacificadores. Cristo nos dice: «Bienaventurados los que procuran la paz» (Mt 5:9, NBLA). Otras versiones dicen: «Bienaventurados los pacificadores». En ambos casos, la idea es que debemos buscar activamente la paz, pero no que debamos permanecer pasivos ante el mal destructivo.
El pacifismo radical sostiene que en ninguna circunstancia —ni siquiera en defensa propia— se deben tomar las armas. Sin embargo, la tradición cristiana a lo largo de los siglos ha reconocido que hay momentos en los que la única manera de restaurar la paz es mediante la fuerza. Es una paradoja dolorosa: a veces la violencia limitada es necesaria para detener una violencia mayor y permanente.
Pensemos en un ejemplo cotidiano: un padre que protege a su familia de un intruso violento. Si ese padre usa la fuerza necesaria para neutralizar la amenaza, ¿actuó mal? Una vez eliminada la amenaza, la paz regresa al hogar. Multiplicado a escala nacional, el principio es el mismo. La historia lo confirmó con Hitler: los aliados no pudieron negociar con él porque no compartían ninguna cosmovisión moral común. Solo la intervención militar detuvo el genocidio masivo.
Cuando buscas la paz y el otro tiene una cosmovisión completamente opuesta —como de la noche al día—, no hay manera de ponerse de acuerdo para alcanzar una solución pacífica.
La Escritura habla literalmente de «las guerras del Señor» (Nm 21:14), reconociendo que algunos conflictos están directamente orquestados por Dios como instrumentos de justicia. El caso más dramático aparece en Génesis 15, cuando Dios le revela a Abraham el futuro de sus descendientes.
Cuatrocientos años antes de que ocurriera, Dios le explicó a Abraham que sus descendientes serían esclavizados en Egipto, pero que regresarían a Canaán, «porque hasta entonces no habrá llegado a su colmo la iniquidad de los amorreos» (Gn 15:16). Aquí está la clave: Dios esperó hasta que la maldad acumulada de las naciones cananeas alcanzara un punto de no retorno.
Cuando Josué finalmente entró a la tierra prometida, Deuteronomio 9:5 explica el propósito: «No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer la tierra, sino que por la maldad de estas naciones el Señor tu Dios las expulsa delante de ti». Israel fue el instrumento de juicio divino contra culturas que habían llegado a extremos de inmoralidad, incluyendo sacrificios infantiles y violencia sistemática.
Pero el patrón no terminó ahí. Siglos después, cuando Israel misma cayó en idolatría y opresión, Dios trajo contra ella a los asirios y babilonios. En Habacuc 1:6, Dios declara: «Porque voy a levantar a los caldeos, pueblo feroz e impetuoso que marcha por la anchura de la tierra para apoderarse de moradas ajenas». Incluso llamó a Nabucodonosor «mi siervo» —un rey pagano usado como instrumento de justicia contra el pueblo de Dios.
Ante los conflictos bélicos actuales, ¿cómo debemos posicionarnos? El principio de la guerra justa —desarrollado por pensadores cristianos a lo largo de los siglos— nos ofrece criterios para discernir: ¿Cuál nación viola sistemáticamente principios básicos que Dios estableció, como el valor de la vida humana?
Por eso leemos en Números 35:33: «Así que no contaminarán la tierra en que están; porque la sangre contamina la tierra, y no se puede hacer expiación por la tierra, por la sangre derramada en ella, excepto mediante la sangre del que la derramó». Y ya en el libro de Génesis, Dios estableció la inviolabilidad del valor de la vida humana, con consecuencias para aquellos que destruyen injustamente la imagen de Dios en el hombre (Gn 9:6). En cada caso debemos preguntarnos: ¿quién es el agresor injusto? ¿Hay proporcionalidad en la respuesta?
En el caso reciente de Irán, el análisis no es difícil. Durante décadas, el régimen iraní ejecutó a miles de sus propios ciudadanos, financió el terrorismo internacional, oprimió brutalmente a las mujeres y juró abiertamente la destrucción de otras naciones. Cuando una nación acumula tal historial de violencia contra la imagen de Dios en el ser humano, el juicio termina volviéndose inevitable.
Esto no significa que las naciones que ejecutan ese juicio sean perfectas o que estén exentas de responder ante Dios por sus propias acciones. Israel fue instrumento contra los amorreos, pero luego fue juzgada. Estados Unidos e Israel hoy llevan a cabo acciones militares, pero también darán cuenta de sus propias injusticias. El punto es que en cada momento histórico podemos discernir, mediante los principios bíblicos, qué está ocurriendo y por qué.
No tomar una posición es, en realidad, tomar una posición. Cuando permanecemos neutrales ante una injusticia clara, implícitamente apoyamos al opresor. La ética bíblica nos llama a la justicia, no a la neutralidad cómoda.
Ante estas realidades complejas y dolorosas, ¿cómo debe orar el pueblo de Dios?
Primero, debemos pedir misericordia. Aunque Dios usa las guerras como instrumentos de justicia, Él mismo declara en Ezequiel: «“¿Acaso me complazco Yo en la muerte del impío”, declara el Señor Dios, “y no en que se aparte de sus caminos y viva?”» (Ez 18:23). Dios no celebra el juicio; lo ejecuta porque no hay alternativa.
Segundo, oremos por el pueblo de Dios que está en medio del conflicto. Los reportes indican que el cristianismo está creciendo con rapidez en Irán, precisamente bajo la opresión. Con la caída del régimen, la Iglesia tendrá mayor libertad para testificar del evangelio. Oremos para que Dios use a esos creyentes de manera extraordinaria en los próximos años.
Tercero, oremos por sabiduría y mesura para quienes conducen las operaciones militares: que tengan discernimiento para saber hasta dónde llegar, y que no se les vaya la mano, pensando que la superioridad militar les da carta blanca para cualquier acción.
Cuarto, oremos por compasión en nuestros propios corazones. No debemos celebrar con ligereza la muerte de nadie. Aquellos líderes iraníes que murieron en los bombardeos no enfrentaron su peor destino esa noche; lo peor es la eternidad sin Cristo que ahora viven. Esa realidad debe quebrantarnos profundamente.
Finalmente, oremos para que Dios tenga misericordia de las viudas, los huérfanos y las víctimas civiles en ambos lados del conflicto. Los niños expuestos al horror de la guerra —que pierden a sus padres, hermanos y amigos— cargan traumas que nosotros apenas podemos imaginar. Oremos por los soldados de ambos bandos, sobre todo por aquellos que pelean no por convicción, sino por obligación. Oremos también por quienes quedan destrozados física y emocionalmente, y por todos los que sufren y sufrirán las consecuencias de este conflicto, sin importar su nacionalidad.
La cosmovisión bíblica de las guerras nos confronta con un Dios mucho más grande y complejo de lo que nuestras categorías humanas pueden contener. Un Dios que se atribuye tanto el bien como el mal que ocurre bajo el sol, que no se excusa, pero tampoco se complace en el sufrimiento humano, que ejecuta justicia cuando todas las demás advertencias han sido ignoradas.
Éxodo 4:11 muestra esta soberanía radical cuando Dios pregunta: «¿Quién ha hecho la boca del hombre? ¿O quién hace al hombre mudo o sordo, con vista o ciego? ¿No soy Yo, el Señor?». Dios se responsabiliza incluso de lo que consideramos tragedias —no porque sea cruel, sino porque tiene propósitos que trascienden nuestra comprensión temporal.
No podemos juzgar los planes de Dios porque Su obra aún no ha terminado. Lo que hoy parece devastador puede ser el preludio de un avivamiento espiritual. Lo que parece injusto desde nuestra perspectiva limitada tiene sentido completo en la mente eterna de Dios. Nuestra tarea no es defender a Dios —Él no necesita nuestra defensa—, sino conocerlo más profundamente para confiar en Él incluso cuando no entendemos.
Santiago nos recuerda que las guerras tienen su origen en el corazón humano (Stg 4:1). La primera guerra registrada en la Biblia no fue entre naciones, sino entre dos hermanos: Caín y Abel. Un agresor, una víctima. Multiplicado a escala nacional, el patrón sigue siendo el mismo. Hasta que Cristo regrese, las guerras continuarán porque el pecado continúa. Y cuando Cristo vuelva, Apocalipsis 19 nos revela que vendrá acompañado de ejércitos celestiales para ejecutar el juicio final.
Solo Dios entiende lo que hace, y solo Él sabe por qué lo hace y por qué permite lo que permite. Nosotros no somos quiénes para juzgarlo.
La perspectiva bíblica sobre las guerras no elimina el dolor ni el horror que sentimos ante la violencia humana. Pero nos ancla en una realidad más profunda: Dios está escribiendo una historia de redención que incluye capítulos oscuros de juicio, todos orientados hacia el día cuando no habrá más lágrimas, ni muerte, ni guerras. Mientras tanto, caminamos en humildad, recordando que es solo por la misericordia de Dios que nosotros mismos no hemos sido consumidos (Lm 3:22-23).
C. S. Lewis, El problema del dolor, 1940.
↩Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.