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Odrys Quéliz • 9 noviembre, 2021
La conversión de Pablo es uno de los testimonios más contundentes del poder transformador de Dios en el Nuevo Testamento. De ser un perseguidor violento de la iglesia —fariseo estricto, estudiante de Gamaliel, hombre convencido de su propia justicia— a convertirse en el apóstol que sufriría por aquel a quien antes aborrecía: ese es el arco de una vida completamente reorientada por la gracia. Y es precisamente desde ese lugar de transformación radical que Pablo escribe, desde una celda en Roma, el más completo tratado sobre el gozo y el contentamiento cristiano: la carta a los Filipenses. Lo que allí declara no es solo teología abstracta; es el testimonio vivo de alguien que aprendió, a través del sufrimiento y la obediencia, que Cristo lo es todo: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil. 1:21).
Pablo no llegó a esta convicción de manera sencilla. Él mismo reconoce en sus cartas haber sido «blasfemo, perseguidor y agresor» (1 Tim. 1:13), el peor de los pecadores. Había aprobado el apedreamiento de Esteban, arrastrado creyentes a la cárcel y votado por su condena a muerte (Hch. 7:58; 8:1, 3). Sin embargo, camino a Damasco, mientras seguía en su campaña de terror contra la iglesia, Jesús le habló directamente (Hch. 26:11–14). No fue un cambio gradual ni una decisión humana: fue una intervención soberana. Dios abrió sus ojos, le dio un nuevo corazón y lo llenó de su Espíritu.
Lo que siguió fue igualmente significativo. El perseguidor se convirtió en el perseguido. Las mismas aflicciones que Pablo había infligido a otros cayeron sobre él: maltrato, humillación, rechazo, prisión. Y fue precisamente en ese proceso donde Pablo fue moldeado en un hombre más dócil, compasivo y humilde, consagrado a seguir la dirección de su Salvador. La gracia no solo lo salvó; lo transformó de adentro hacia afuera.
Cuando Pablo afirma que «vivir es Cristo», no está hablando de religiosidad superficial ni de devoción ocasional. Está describiendo una vida completamente reorientada hacia una persona. Para él, eso implicaba al menos cinco realidades concretas.
Primero, proclamar el evangelio. Pablo predicaba en todas partes, en todo tiempo y a todo tipo de personas. Su mensaje era invariable: «Jesucristo, y a este crucificado» (1 Cor. 2:2). Segundo, imitar el ejemplo de Cristo. Su llamado a los creyentes era directo: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11:1), y su oración era que en ellos hubiera «esta actitud que hubo también en Cristo Jesús» (Fil. 2:5). Tercero, renunciar a todo lo que impide tenerlo a él. Pablo llegó a considerar pérdida todo lo que antes valoraba: «lo he estimado como pérdida por amor de Cristo… y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Fil. 3:7–8). Cuarto, hacer de Cristo el enfoque y la meta. Todo lo que el creyente hace, lo hace para la gloria de Cristo, corriendo «la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb. 12:1–2). Quinto, encontrar en Cristo la fuente del gozo. Este gozo no depende de las circunstancias; brota de haber sido salvado, de conocer a Cristo y de tenerlo como el mayor tesoro del corazón: «¡Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Fil. 4:4).
Pablo está tratando de decir que era indiferente a cualquier situación, ya sea que viva o muera, porque, teniendo a Cristo, considera que ambos son ganancia.
La segunda parte de la declaración es igualmente radical. Para Pablo, la muerte no era una derrota ni una amenaza: era la puerta a una ganancia aún mayor. ¿En qué sentido? En al menos cinco dimensiones.
La muerte significaría, primero, ser hechos santos y perfectos: «Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago» (Rom. 7:15). Esa lucha interna cesará para siempre. Segundo, ser librados de las aflicciones presentes, pues «los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Rom. 8:18). Tercero, entrar en un descanso eterno bajo la mirada vigilante de Dios, una serenidad que sobrepasará todo lo conocido en esta vida. Cuarto, habitar para siempre en los cielos, la ciudadanía definitiva del creyente (Fil. 3:20). Y quinto —y más importante—, estar con Cristo: «preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor» (2 Cor. 5:8). Ese es el destino que convierte a la muerte en ganancia.
Todo lo que Pablo fue y todo lo que esperaba ser apuntaba a Cristo. Desde el momento de su conversión hasta su martirio, cada paso de su vida estuvo orientado a hacer avanzar el evangelio, edificar la iglesia y dar gloria a su Señor. Su indiferencia ante la vida o la muerte no era estoicismo ni resignación; era la libertad de quien ha encontrado en Cristo un tesoro que ninguna circunstancia puede arrebatar.
Que en nuestras vidas como creyentes podamos exaltar a Cristo: querer imitarlo, anhelarlo como el único tesoro del corazón, la meta que perseguimos, la esperanza para el futuro, el gozo que nos satisface y el poder que nos capacita para glorificar a Dios. Que, así como en la vida de Pablo, todo lo que necesitemos y deseemos lo encontremos en él. ¡Únicamente en él! Y así poder declarar junto al salmista: «En cuanto a mí, en justicia contemplaré tu rostro; al despertar, me saciaré cuando contemple tu imagen» (Sal. 17:15).
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