Integridad y Sabiduria
Muriendo por Cristo

Foto de www.kaboompics.com en Pexels

Vida cristiana

Muriendo por Cristo

Inés Cedeño 10 diciembre, 2021

Hay preguntas que, si las dejamos aterrizar de verdad, nos incomodan. ¿Alguna vez te han pedido que renuncies a algo —un sueño, una posición, un anhelo profundo— por amor a alguien? La respuesta varía de persona a persona, pero el llamado de Cristo es el mismo para todos: todo aquello que en nuestro corazón pese más que Él debe ser removido. «Si alguien viene a Mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser Mi discípulo» (Lc. 14:26). Jesús no habla de odio literal, sino de una jerarquía de afectos: nada puede ocupar el trono que solo a Él le pertenece.

Pablo lo vivió en carne propia. En su carta a los filipenses, enumera con precisión quirúrgica todo lo que el mundo habría considerado credenciales impresionantes: linaje hebreo, celo de fariseo, una reputación de irreprensibilidad ante la ley. Y luego, con la misma precisión, lo llama basura. No porque esas cosas fueran malas en sí mismas, sino porque habían cedido su lugar al conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (Fil. 3:7–8).

El ego disfrazado de piedad

La trampa más sutil no es la del pecado evidente, sino la del bien que se vuelve ídolo. Muchas veces no percibimos cuán alto está nuestro ego, nuestro «yo», nuestro egocentrismo, porque nos escudamos tras cosas aparentemente buenas. Actividades religiosas, logros respetables, sueños legítimos. Sin darnos cuenta, en lugar de mortificar la carne, la estamos alimentando tras una apariencia de piedad. El resultado es una vida que luce devota por fuera pero que, en su interior, sigue girando alrededor de uno mismo.

La pregunta que vale hacerse con honestidad es esta: ¿cuánto somos dominados por el deseo de reconocimiento, por el sueño que aún no se ha cumplido, por la identidad que hemos construido alrededor de lo que hacemos o de lo que poseemos? Pensar en las áreas donde nos sentimos cómodos y orgullosos —de pertenecer a cierto grupo, de tener cierto estatus, de ser reconocidos en determinada comunidad— puede revelar cuánto de ese orgullo ocupa un espacio que le corresponde a Cristo.

Pablo no solo renuncia a sus credenciales; también fija una nueva meta: «ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe» (Fil. 3:9). No se trata de vaciarse y quedar en nada, sino de vaciarse para ser llenado de lo que realmente importa: la justicia de Cristo, su resurrección, sus padecimientos, el poder de conocerle de manera íntima y creciente.

Persiguiendo los sueños de Dios, no los propios

Filipenses 3 también tiene una advertencia solemne, dicha entre lágrimas: «Porque muchos andan como les he dicho muchas veces, y ahora se lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, los cuales piensan solo en las cosas terrenales» (Fil. 3:18–19). Cuando el apetito —físico, emocional, social— ocupa el lugar de Dios, ya no se trata simplemente de debilidad humana: se trata de enemistad con la cruz.

Hay quienes quedan atrapados en sus sueños de tal forma que su corazón queda completamente atado a ellos, y sienten que su identidad depende de su realización. Sin embargo, solo la plenitud del Espíritu Santo puede otorgar gozo y satisfacción verdadera. Los anhelos no realizados no nos definen, ni pueden darnos lo que el alma realmente necesita: beber cada día del agua de vida eterna. La autora lo confiesa con humildad desde su propia experiencia: perseguir sueños es parte del camino, pero la gracia de Dios enseña que esos anhelos no son el fin, ni la fuente de lo que el alma busca.

Es necesario morir para vivir, es necesario mortificar la carne, entregarnos por completo, sin medidas, a aquel que sin medidas se dio por nosotros.

La carrera sin atajos ni trampas

Amar a Cristo es amar las cosas de Cristo: despreciar lo que Él desprecia, valorar lo que Él valora, ver como pérdida lo que el mundo llama ganancia. Eso implica correr la carrera cristiana con los ojos puestos en Él, olvidando lo que queda atrás, sin atajos ni trampas, santificando todo nuestro ser y renovando nuestra mente para agradar a quien nos ha llamado a vivir vidas santas.

La pregunta final no es si estamos dispuestos a renunciar a algo malo. Es si estamos dispuestos a renunciar a lo bueno cuando compite con lo mejor. ¿Por qué aferrarnos a lo pasajero cuando nos espera lo eterno, lo incorruptible, lo verdaderamente valioso? Persigamos los sueños de Dios, queramos su reino, vivamos su llamado —así nos cueste morir cada día, así sangre el corazón—. Todo vale la pena por amor a Cristo Jesús, Señor nuestro.

Inés Cedeño

Inés Cedeño

Inés Cedeño es esposa de Pedro Jiménez y madre de tres hijos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2007, ha servido en el ministerio de jóvenes profesionales y en el ministerio de mujeres Ezer. Escribe también para el ministerio Mujeres de Esperanza de Radio TMG RD.

Sidebar Banner

MÁS ARTÍCULOS

SÉ PARTE DE NUESTRA COMUNIDAD

Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.