Foto de Edward Jenner en Pexels
Charbela El Hage de Salcedo • 27 septiembre, 2019
Hace algunos años circuló un video en el que un joven realizaba una encuesta en una universidad, preguntando si el hombre y la mujer podían ser simplemente amigos. Las mujeres respondieron que sí, de forma unánime, y muchas señalaron que su mejor amigo era precisamente un varón. Los hombres, en cambio, concluyeron que no. Al preguntarles a las propias mujeres si creían que ese amigo podría tener sentimientos hacia ellas, todas respondieron con una sonrisa afirmativa. La encuesta evidenció algo revelador: la amistad puede existir de manera unilateral, y la atracción natural entre sexos tiene el potencial de cruzar los límites establecidos.
Si eso puede reconocerlo una mente secular, cuánto más debería advertirlo una mente instruida por las verdades de la Palabra de Dios. Aunque la Biblia no contiene un versículo que responda directamente esta pregunta, sí ofrece principios que nos llevan a una conclusión clara y necesaria.
Dios nos creó varón y hembra, es decir, personas sexuadas y, por tanto, personas que se atraen. Esa atracción es natural, orgánica y completamente normal. Precisamente porque es normal, debemos estar conscientes de que cuando un hombre y una mujer interactúan de manera cercana y sostenida, ese sentimiento puede aflorar.
Esto no implica que sea imposible tener amistades con personas del sexo opuesto. Lo que sí implica es que esas amistades tienen dimensiones que exigen sabiduría, sin importar si se es soltero o casado. No reconocer esto no es virtud; es ingenuidad.
Para entender los niveles de cercanía apropiados, podemos mirar el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Lucas 10:1 menciona que Jesús interactuó con un grupo de unos setenta discípulos. Los evangelios también registran que viajaba constantemente con los doce. Y en Mateo 17:1 y Lucas 9:28, vemos que llevó consigo únicamente a Pedro, Juan y Jacobo para momentos de oración profunda, lo que sugiere una relación de mayor intimidad: el círculo de los tres.
Este modelo nos ayuda a pensar en nuestras propias amistades. En el círculo de los doce —una relación de conocidos y compañeros— la interacción con personas del sexo opuesto no representa mayor dificultad. Pero el círculo de los tres es diferente: allí se cultiva una intimidad genuina, donde se comparten las luchas más profundas del alma y el corazón encuentra consuelo. Esa cercanía requiere mayor discernimiento.
Para quien está soltero, una amistad cercana con alguien del sexo opuesto no es pecaminosa en sí misma, pero sí exige guardar el corazón con diligencia. El riesgo real es que lo que comienza como amistad termine convirtiéndose en algo más: si esos sentimientos son correspondidos, quizás se gana un novio; si no lo son, casi siempre se pierde un amigo.
Para quien está casado, sin embargo, la situación es más seria. Una amistad íntima con alguien del sexo opuesto —fuera del matrimonio— no solo es inapropiada, sino que tiene un alto potencial de volverse pecaminosa. La Escritura nos advierte con claridad: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga» (1 Co. 10:12). Ningún creyente, por maduro que sea, debe minimizar su capacidad de pecar. La redención no elimina nuestra naturaleza caída; la santifica progresivamente, pero no nos hace inmunes a la tentación.
Vale la pena hacerse una pregunta honesta: ¿cómo se sentiría el cónyuge si su esposo o esposa tuviera un mejor amigo del sexo opuesto? Con los mejores amigos compartimos nuestras luchas más íntimas, dejamos que nuestro corazón se desahogue, buscamos consuelo. Cuando eso ocurre con alguien que, por diseño de la creación, puede despertar otro tipo de sentimientos, el peligro es real y no debería ignorarse.
Las infidelidades se cometen no con el más bonito, sino con aquel que se ha ganado el corazón.
Si te encuentras en una situación así, es probable que sepas que no es fácil alejarse. Nadie quiere perder un amigo. Pero por amor a uno mismo —y, sobre todo, por amor al nombre del Señor— hay medidas que deben tomarse y hay relaciones que deben reencauzarse o, en algunos casos, cortarse. Lo que debe preocuparnos no es lo que piense la otra persona, sino lo que Dios piensa. Nuestro Señor es digno de ser glorificado en cada área de nuestra vida, incluidas nuestras amistades.
El que cree estar firme, que cuide no caer (1 Co. 10:12). Frente a las relaciones con el sexo opuesto, la Palabra de Dios nos llama a observar sus advertencias con atención y a aplicar sabiduría en cada situación concreta. Y si alguien siente que le falta esa sabiduría, no está solo: «Pero si alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios» (Stg. 1:5), y Él la dará con generosidad a todo el que la necesite.
Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo conduciendo el podcast Tu corazón y el dinero. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.
Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.