Integridad y Sabiduria
La ley y la gracia

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Teología y doctrina

La ley y la gracia

Miguel Núñez 3 agosto, 2015

Con cierta frecuencia, el pueblo de Dios enfrenta una gran dificultad para mantener el equilibrio entre verdades bíblicas que nosotros colocamos en polos opuestos, pero que Dios coloca una al lado de la otra. Es común encontrar, por un lado, una predicación que reduce el evangelio a pura gracia sin demanda moral, y por el otro, un legalismo que ahoga al creyente bajo el peso de exigencias sin misericordia. Ambos extremos distorsionan el carácter de Dios y empobrecen la vida de la iglesia.

El argumento que vale la pena sostener es que el creyente necesita conocer el carácter de Dios tal como Él mismo lo ha revelado en su Palabra. Esto exige una predicación que dé su debido lugar tanto a la ley como a la gracia. La ley expresa la santidad de Dios; la gracia, su amor redentor. Y ambas confluyen en la cruz. Pablo lo expresa con precisión en Romanos: «Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia... para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús» (Ro. 3:23-26). La cruz no es solo una expresión de la gracia de Dios: es también una expresión de su justicia. Cuando Cristo fue clavado en aquel madero, su gracia desplegó el amor incondicional por los pecadores, y su justicia proclamó el compromiso de Dios consigo mismo de mantener en alto su santidad.

Por qué el creyente necesita tanto la ley como la gracia

El pueblo de Dios tiende a mover el péndulo hacia un extremo o hacia el otro, y raramente lo deja en el centro. Si bien en años pasados el legalismo fue ampliamente confundido con santidad de vida —«no hagas», «no digas», «no toques», «no veas»—, hoy lo que se observa es una despreocupación por la ley de Dios y un énfasis desproporcionado en la gracia a expensas de ella. Esta tendencia es evidente en las iglesias de América Latina. De hecho, está en el ADN del «evangelio de la prosperidad» predicar las promesas y bendiciones de Dios sin anunciar las demandas de su ley.

Las consecuencias son predecibles: si no se entiende la ley, no se aprecia la gracia; si se desprecia la ley, se abarata la gracia; y si se ignora la ley, la libertad se convierte en libertinaje (Stg. 1:25). Hay al menos tres tipos de personas inclinadas a predicar solo la gracia sin el debido lugar de la ley. Primero, quienes provienen de un trasfondo de rebeldía y fueron criados en hogares donde hubo mucha ley y poca gracia; al encontrarse con la gracia de Dios, malentienden que la causa de su rebelión fue la ley y no la falta de equilibrio. Segundo, personas altamente emocionales que desean refugiarse en la gracia cada vez que sus emociones los llevan a pecar, minimizando así la gravedad de sus transgresiones y viviendo sin cargo de conciencia a pesar de su desobediencia. Tercero, quienes sencillamente no han comprendido el papel de la ley en la vida del creyente. Los reformadores y los puritanos entendieron cuán saludable es la presencia de la ley: las aguas de un río causan gran daño cuando se salen de su cauce, y lo mismo ocurre con las emociones caídas y el pecado remanente.

La gracia es indispensable para no sentirse aplastado por el peso de la santidad de Dios cuando se peca. Pero la ley es igualmente indispensable para caminar en santidad. Dicho de otro modo: se necesita una dosis importante de gracia para caminar saludablemente, y una dosis igualmente importante de la ley para caminar santamente.

Los tres usos de la ley y su lugar en la vida cristiana

Los reformadores coincidieron en que la ley cumple tres funciones distintas. El primero es su uso civil: la ley restringe el pecado en la sociedad, pues Dios inscribió su ley natural en el corazón humano mediante la revelación general (Ro. 2). El segundo es su uso pedagógico: la ley pone de manifiesto el pecado, acusa a los pecadores y los conduce al evangelio al mostrarles cuánto se han apartado de la norma moral de Dios.

El tercer uso —y quizás el más relevante para la vida cristiana— es el normativo: la ley muestra al creyente lo que agrada a Dios y lo que no. Juan lo afirma con claridad: «El que guarda sus mandamientos permanece en Él y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (1 Jn. 3:24). Este uso no opera por coerción externa, sino por amor renovado. En el Antiguo Testamento, Dios primero redimió a su pueblo de Egipto (Éx. 19) y luego le dio la ley (Éx. 20). Primero gracia, luego ley. La obediencia no era la condición para la liberación, sino la respuesta de gratitud por haber sido sacados del cautiverio.

El mismo principio rige hoy. No se obedece la ley para alcanzar la salvación —«por medio de la ley ningún hombre es justificado» (Ro. 3:20)—, sino como respuesta natural del amor a Dios: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn. 14:15). El salmista lo entendió perfectamente: «¡Cuánto amo tu ley!» (Sal. 119:97). Y Pablo lo confirmó: «Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios» (Ro. 7:22).

No tratamos de obedecer su ley para salvación. La obediencia a la ley de Dios debe ser una respuesta natural del creyente que ama a su Dios.

Amar la ley como expresión de gratitud redentora

Ni el salmista en el Antiguo Testamento ni Pablo en el Nuevo minimizaron el papel de la ley; antes bien, la amaron. Guardar la ley de Dios no es una carga impuesta sobre el creyente, sino una forma de honrar la santidad del Dios que entregó a su Hijo en una cruz para el perdón del pecado y la salvación del alma. Predicar la ley y la gracia en su justa proporción no es un ejercicio teológico abstracto: es la única manera de presentar fielmente el carácter completo de Dios y de formar discípulos que lo amen con toda su mente, su corazón y sus fuerzas.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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