Integridad y Sabiduria
Gracias Dios por la provisión de recursos

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Vida cristiana

Gracias Dios por la provisión de recursos

Janet Adames de Lantigua 22 marzo, 2022

La frase del pastor Charles Stanley —«nadie supera a Dios en generosidad»— no es un cliché devocional. Es una afirmación teológica que descansa sobre el carácter mismo de Dios: Elohim, el Dios fuerte y creador (Gn 1:1); El Shaddai, el Todopoderoso (Gn 17:1); El Olam, el Dios eterno (Is 40:28); El Roi, el Dios que ve (Gn 16:13); El Elyon, el Altísimo (Is 13:20); Adonai, el Señor y Maestro (Éx 4:10, 13); Yahvé, el gran Yo Soy (Éx 3:13-14). Conocer estos nombres no es un ejercicio académico: es el fundamento sobre el cual la generosidad cristiana cobra sentido.

La carta de Pablo a los corintios lo expresa con precisión admirable: «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, para que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo que necesitan, y abunde en ustedes toda buena obra» (2 Co 9:8). La generosidad de Dios no es reactiva ni escasa; es desbordante, intencional y orientada a producir en sus hijos la misma disposición de dar que habita en Él.

Cómo Dios recompensa la ofrenda fiel

El apóstol Pablo desarrolla en 2 Corintios 9:8-11 una lógica que desafía la economía humana: Dios es quien provee la semilla, quien la multiplica y quien produce la cosecha. El creyente no es el origen de su propia generosidad, sino el canal de la generosidad divina. Esto libera la ofrenda de toda lógica transaccional y la sitúa en el terreno de la gracia.

La recompensa que Dios otorga opera en dos dimensiones que se complementan. En lo espiritual, la generosidad fiel produce contentamiento, gozo, paz y pasión por las riquezas celestiales. Al mismo tiempo, desplaza al creyente del centro y lo libera del materialismo, los celos, la codicia y la avaricia. En lo material, Dios multiplica sus provisiones de manera que no solo se satisfacen las necesidades propias, sino que se generan recursos para bendecir a otros. Esta doble dimensión queda capturada en la paráfrasis que J. B. Phillips hace del mismo pasaje: «Mientras más eres enriquecido por Dios, tendrás más oportunidad para dar generosamente».

La promesa de Jesús apunta en la misma dirección: «Y cualquiera que dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fría, solo porque es discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa» (Mt 10:42). La escala de la ofrenda no es el factor determinante; lo es la orientación del corazón. Dios ve y recompensa incluso el gesto más sencillo cuando proviene de un alma humilde y consagrada.

El peligro de retener lo que Dios ha dado

Recibir con gratitud y dar con libertad son las dos caras de una misma moneda en la vida del creyente. Sin embargo, el corazón humano tiene una inclinación natural a convertir lo recibido en posesión propia. Pablo lo advierte con claridad cuando equipara la avaricia con la idolatría (Col 3:5), pues ambas comparten el mismo error: desplazar a Dios del centro para colocar en su lugar alguna creación.

La imagen que la tradición cristiana ha empleado para describir este peligro es elocuente: quien acumula sin dar se convierte en un mar muerto, un cuerpo de agua que recibe sin soltar y que, precisamente por eso, no puede sostener vida. Las bendiciones de Dios —espirituales y materiales— no fueron diseñadas para estancarse, sino para fluir. Enfocarlas exclusivamente en uno mismo no solo empobrece a los demás; también despoja al creyente del gozo que la generosidad produce.

Enfocar las bendiciones en nosotros mismos nos convierte en mares muertos y, por ello, podemos perder el placer de cualquier bendición recibida.

Vivir en gratitud ante un Dios que siempre da primero

La generosidad cristiana no nace del esfuerzo moral ni del cálculo de lo que se puede recibir a cambio. Nace del reconocimiento de que Dios siempre da primero. Todo lo que el creyente puede ofrecer —tiempo, recursos, talentos— lo ha recibido por pura gracia. Acercarse a Dios con esta conciencia transforma la ofrenda: ya no es un acto de mérito, sino de adoración; ya no busca una recompensa, sino que responde a una que ya fue dada.

La invitación de 2 Corintios 9 sigue vigente. Dios provee la semilla, garantiza la cosecha y produce en sus hijos una generosidad que otros no pueden explicar. La respuesta que le corresponde al creyente es acercarse a Él con corazones humildes —no con la recompensa en mente, sino con almas dispuestas a agradarle y glorificar su santo nombre—, y desde esa postura, derramar sobre otros las bendiciones espirituales y materiales que primero recibió de sus manos.

Janet Adames de Lantigua

Janet Adames de Lantigua

Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.

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