Integridad y Sabiduria
Errores a evitar en el manejo de mis finanzas personales

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Vida cristiana

Errores a evitar en el manejo de mis finanzas personales

Héctor Salcedo 27 abril, 2015

Además de pastor, soy economista. Esa combinación de vocaciones me ha colocado en una posición singular para escuchar cómo muchos hijos de Dios enfrentan su realidad financiera personal. Lo que he encontrado es que muchos cristianos manejan su economía de espaldas a los principios bíblicos, y por eso enfrentan problemas que pudieron haberse evitado.

Lo que sigue no pretende ser una lista exhaustiva, sino simples observaciones surgidas de mi labor como «pastor economista». Son cinco errores comunes que vale la pena nombrar con claridad, porque el manejo prudente de las finanzas no es un asunto secundario: es una expresión de mayordomía fiel ante Dios.

Errores que nos cuestan más de lo que pensamos

1. Vivir al límite. Este primer error consiste en gastar todo —o casi todo— lo que se recibe como ingreso. Cuando se presentan los imprevistos, que siempre ocurren, aparece inevitablemente el déficit. He escuchado en muchas ocasiones: «Pastor, todo estaba bien hasta que se dañó el auto, se enfermó mi hijo o tuvimos que reemplazar una bomba de agua». La realidad es que el déficit obedeció a la falsa expectativa de que todo «iría bien». La Palabra nos llama a no presumir del futuro (Stg. 4:13–16), y en ese mismo espíritu debemos anticipar los imprevistos: cuando ocurran —y siempre lo harán—, necesitamos tener los recursos para hacerles frente.

2. Error de cálculo. Este segundo error es no saber con exactitud cuánto se gana ni cuánto se gasta. Con frecuencia veo creyentes que carecen de información sobre su propia situación financiera. Algunos nunca han elaborado un presupuesto familiar; otros, que tienen negocios propios, toman de ellos «lo que necesitan» sin percatarse de que extraen más de lo que el negocio puede sostener. Después no entienden qué pasó. Si hemos de ser buenos administradores de los recursos de Dios, debemos saber con precisión con qué contamos y en qué gastamos o invertimos. Nuestro Dios es un Dios de orden, y pedirá cuentas de la manera en que hemos manejado sus recursos.

3. Suponer que «si tengo, puedo». Muchos razonan así: si Dios me dio los recursos para adquirir algo, eso indica que Él aprueba que lo tenga. Mi observación es: no necesariamente. Aunque a nuestra generación materialista le cueste entenderlo, en ocasiones Dios provee recursos para propósitos distintos a nuestro propio disfrute. Antes de adquirir algo conviene preguntarse: ¿cuál es mi motivación? ¿Quiero mostrar mi éxito? ¿Me mueve la ansiedad de «tener lo nuevo»? Recordemos que Dios juzga el corazón (1 S. 16:7), y eso incluye los motivos detrás de nuestras decisiones financieras.

Generosidad real y el peligro de la deuda

4. Dar de lo que sobra. A esta actitud la he llamado «generosidad residual»: compartir con otros solo cuando nos sobra algo. El problema es que a muy pocos les sobra, porque el corazón materialista siempre quiere más. Esto es contrario a lo que enseña la Palabra. Jesús elogió a la viuda que «echó todo lo que tenía para vivir» (Lc. 21:4), no de lo que le sobraba. Pablo elogió a los macedonios porque compartieron con los hermanos de Jerusalén dando «aun más allá de sus posibilidades» (2 Co. 8:3). La generosidad cristiana no es un acto residual; es una prioridad. Hemos de estar atentos al que necesita y compartir. Así es nuestro Dios, y así debemos ser nosotros (1 P. 2:9).

La generosidad cristiana más que residual ha de ser prioritaria. Hemos de estar atentos al que necesita y compartir.

5. Ver la deuda como una oportunidad. La cultura actual ha convertido el crédito en algo deseable: cuando una institución financiera nos abre sus puertas, se asume que nos está haciendo un favor. Sin embargo, aunque la deuda no es pecado en sí misma, la Palabra no la presenta como algo necesariamente sabio. Primero, porque toda deuda implica intereses y genera una forma de «esclavitud» al acreedor (Pr. 22:7). Segundo, porque debilita el dominio propio: ¿para qué esperar si puedo tenerlo hoy? Tercero, porque la deuda presupone el futuro, y eso, según Santiago, es una actitud que debemos examinar con cuidado (Stg. 4:13–16). Endeudarse es una decisión que merece meditación profunda, no impulso.

Fieles en lo ajeno, fieles en lo propio

Somos mayordomos de los recursos que Dios nos ha prestado. Él es el verdadero dueño de nuestras finanzas, y un día nos pedirá cuentas sobre cómo administramos lo que puso en nuestras manos. Esforcémonos por ser hallados fieles, de modo que incluso en esta área podamos dar testimonio de que Cristo es el Señor de nuestra vida —incluyendo «nuestro» dinero—. Porque al final, la forma en que manejamos las finanzas revela mucho más sobre nuestra fe de lo que solemos admitir.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.

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