Integridad y Sabiduria
Decisiones económicas empujadas por mi corazón

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Familia y relaciones

Decisiones económicas empujadas por mi corazón

Magdalena Enez de Núñez 5 noviembre, 2019

Hay temas que, a primera vista, parecen sencillos pero encierran una profundidad que pocos están dispuestos a examinar. Las decisiones económicas son uno de ellos. Cuando escuchamos la frase «decisiones empujadas por el corazón», es fácil evocar imágenes de generosidad, de nobleza, de buenas intenciones. Y puede ser así. Pero también puede no serlo. Porque en toda decisión —sea económica o de cualquier otra índole— el creyente en Cristo está llamado a someter su vida entera, incluyendo sus finanzas, al señorío del Señor y a la autoridad de Su Palabra.

Todo lo que hacemos debe ser para la gloria de Dios (1 Co. 10:31) y en el nombre del Señor Jesús, dándole gracias al Padre por medio de Él (Col. 3:17). Esto no es una frase decorativa; es una brújula práctica para cada decisión, grande o pequeña, que tomemos en la vida.

El peso de cada decisión, grande o pequeña

Cuando pensamos en decisiones económicas, solemos imaginar grandes transacciones: comprar una casa, invertir en un negocio, adquirir una propiedad. Pero las decisiones del día a día —lo que compramos, lo que debemos, lo que gastamos sin pensar— también caen bajo este principio.

Para las decisiones de gran alcance, la Palabra ofrece una guía clara: reflexión profunda, oración constante ante el Padre (Mt. 7:7-8), consejo sabio (Pr. 11:14) y una evaluación honesta de los recursos disponibles. El Señor Jesús mismo, al hablar sobre el costo del discipulado, ilustró este principio con una imagen cotidiana: «¿Quién de vosotros, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla? No sea que cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él» (Lc. 14:28-29). Esta enseñanza es directamente aplicable a la vida económica: no podemos decidir a la ligera. Cada persona debe ajustarse a sus posibilidades reales, para no quedar en vergüenza delante de Dios ni delante de los demás.

Lo que el corazón revela cuando toma las riendas

El problema de fondo no es económico; es espiritual. El corazón humano, según Jeremías, «es engañoso y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jer. 17:9). Si Cristo no está en el trono de nuestra vida —si no nos hemos rendido a Su señorío— nuestra carne dominará, y eso se manifestará también en cómo manejamos el dinero (Ro. 8:1-8).

¿Qué mueve al corazón no rendido a tomar decisiones económicas incorrectas? Varios pecados actúan como motores silenciosos. El orgullo y el egocentrismo nos llevan a buscar nuestra propia exaltación, a embarcarnos en gastos que no podemos sostener con tal de brillar por encima de los demás (Sal. 138:6; Is. 57:15; Stg. 4:6). La envidia —esa «carcoma a los huesos» de la que habla Proverbios 14:30— nos arrastra a una competencia destructiva: tener más que el otro a como dé lugar. La baja autoestima nos empuja a aparentar un estatus que no tenemos, olvidando que en Cristo ya somos herederos de toda bendición espiritual (Ef. 1:3-6; Ro. 8:16-17). Y la ostentación y la vanagloria nos atan al amor por el mundo y sus apariencias, precisamente lo que la Palabra nos manda a no amar (1 Jn. 2:15-17).

Detrás de todo esto hay una búsqueda desesperada: aprobación, reconocimiento, aceptación social, seguridad. Y en esa carrera, somos capaces de perder nuestra paz y arruinar nuestra vida, olvidando que en Cristo y con Cristo lo tenemos todo (Tit. 2:11-14; 1 P. 2:9-10).

Con un corazón rendido al Señor, nuestras decisiones económicas serán correctas, bien vistas por Dios mismo.

Contentamiento, mayordomía y rendición: el camino de regreso

El antídoto para un corazón que toma decisiones equivocadas no es simplemente «ser más responsable». Es la transformación interior que solo Cristo produce. Y esa transformación se manifiesta en al menos tres actitudes concretas.

La primera es el contentamiento. Dios sabe lo que nos da y lo que no nos da, y por qué. Todo coopera para bien en Sus propósitos (Ro. 8:28). Filipenses 4:11-12 nos recuerda que el contentamiento no es un rasgo de personalidad, sino algo que se aprende. Primera de Timoteo 6:6-8 añade que la piedad acompañada de contentamiento es fuente de gran ganancia.

La segunda es la mayordomía. Un mayordomo no administra lo propio, sino lo ajeno. Todo lo que tenemos —bienes materiales, tiempo, dones— pertenece al Señor (Sal. 89:11; 1 Cr. 29:11), y algún día rendiremos cuentas de cómo lo administramos (Mt. 25:14-30). Esta conciencia cambia radicalmente la relación con el dinero.

La tercera es la rendición completa. Rendir la mente a la Palabra de Dios para ser transformados (Ro. 12:1-2), pedir sabiduría de lo alto (Stg. 1:5; 3:17), ofrendar con generosidad y alegría (2 Co. 9:7-9), y colaborar con la obra del Señor son las marcas de quien ha dejado de vivir para sí mismo.

El trono del corazón determina el rumbo del dinero

En última instancia, la pregunta no es cuánto dinero tenemos ni cuántas decisiones económicas tomamos cada semana. La pregunta es quién ocupa el trono de nuestro corazón. Cuando Cristo reina allí, cada decisión —grande o pequeña, financiera o de cualquier tipo— pasa por el filtro de Su señorío, Su sabiduría y Su gloria. Y eso lo cambia todo.

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez

Magdalena Enez de Núñez es cristiana desde 1983. Es esposa de pastor, madre de tres y abuela de seis. Miembro de la IBI, donde forma parte del equipo de intercesión y colabora con el programa Mujer para la Gloria de Dios. Junto a su esposo sirve en el ministerio de discipulado matrimonial.

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