Vivimos en un mundo en estado de agitación constante. No importa hacia qué región del planeta dirijamos nuestra atención —Estados Unidos, Europa, Ucrania, Rusia, Venezuela o el Medio Oriente—, encontramos tensión y conflicto. Esta realidad no es nueva; la agitación mundial ha ido en aumento proporcionalmente al alejamiento de las naciones de Dios y de los valores fundamentales que Él estableció para la humanidad.
La Biblia testifica que, en el principio, la creación existía en completa armonía con el Creador, hasta que Adán y Eva violaron la ley divina. Esa transgresión rompió la paz original y dio como resultado su expulsión del Edén, estableciendo un estado de enemistad entre Dios y la humanidad. Desde entonces, la violación de la ley de Dios ha traído consecuencias devastadoras: nos convertimos en enemigos de Dios, no simplemente neutrales, sino activamente hostiles hacia Él.
Sin embargo, no debemos desanimarnos. En Cristo, y por medio de la fe, tenemos paz con Dios, permanecemos firmes en Su gracia y nos gloriamos en la esperanza de Su gloria. Como lo afirma el apóstol Pablo en Romanos 5:1-2:
«Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios».
«Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro. 5:1).
En medio de esa enemistad, Dios proclamó el regreso de la paz por medio de un Redentor: Jesucristo. La paz que Cristo ofrece es radicalmente distinta de la que el mundo proporciona. La paz mundana es circunstancial y emocional; depende de que las cosas marchen según nuestros deseos. Pensamos que, si hay abundancia, habrá paz; que, si no hay guerras, habrá paz. En cambio, la paz de Cristo es objetiva: constituye un estado permanente de reconciliación entre el Creador y la criatura, independiente de las circunstancias externas.
Algo que a veces pasamos por alto es que esta reconciliación es tan profunda que, por primera vez en la historia, los seres humanos pudieron dirigirse a Dios como «Padre». Cristo mismo nos enseñó a orar diciendo: «Padre nuestro». Ahora, como hijos de Dios, somos invitados a acercarnos con confianza al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:16), no como criminales ante un juez airado, sino como hijos ante un Padre amoroso.
Esta es una paz ganada en la cruz, que nos reconcilia permanentemente con Dios y restaura la relación que Adán y Eva disfrutaron antes de la caída. El estado de paz establecido por Cristo permanece inquebrantable, aunque en ocasiones, a causa de nuestro pecado, experimentemos esa paz y seguridad de forma intermitente..
«Por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» (Ro. 5:2a).
Pablo nos revela que, por medio de Cristo, no solo tenemos acceso a Dios, sino que hemos entrado a un estado de gracia en el cual estamos seguros. Esta gracia no es simplemente un favor momentáneo, sino un estado permanente acompañado de riquezas espirituales inagotables.
¿Cómo nos mantiene firmes esta gracia? Primero, Cristo prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28:20). Su presencia constante nos proporciona seguridad inquebrantable. Segundo, Cristo intercede continuamente por nosotros (He 7:25), tanto cuando le obedecemos como cuando le desobedecemos, asegurando que la disciplina divina nos traiga de regreso al camino cuando nos desviamos. Tercero, Dios está por nosotros (Ro 8:31), obrando activamente todas las cosas para nuestro bien, incluso la disciplina que produce fruto de justicia en nuestras vidas.
Pablo podía declarar con absoluta convicción: «Yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que Él es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (2 Ti 1:12). Esta es la firmeza que produce estar unidos inseparablemente a Cristo: cuando Él murió, morimos; cuando resucitó, resucitamos con Él. Sobre esta Roca inconmovible permanecemos firmes.
«Y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Ro. 5:2b).
La tercera palabra clave que permite al apóstol Pablo afirmar las verdades expresadas en los versículos 3 al 5 de Romanos 5 es «esperanza», pero no en el sentido común de un deseo incierto. La esperanza bíblica es la certeza absoluta de que entraremos y compartiremos la gloria de Dios. Fuimos creados originalmente para reflejar Su gloria, hechos a imagen y semejanza de un Dios glorioso. Cuando el pecado entró, fuimos destituidos de esa gloria (Ro 3:23): nuestra mente fue entenebrecida, nuestro corazón endurecido y nuestra voluntad esclavizada.
Cristo vino para restituir y redimir la imagen de Dios en nosotros, devolviéndonos la gloria perdida. Pablo afirma que «los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Ro. 8:18). Esta perspectiva eterna transforma completamente nuestra visión de las tribulaciones actuales. No ganamos nuestra gloria futura; la recibiremos de la mano misericordiosa de Dios, tal como recibimos la redención y la santificación.
«Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia» (Ro. 5:3).
Comprendiendo estas tres realidades —paz con Dios, gracia en la cual estamos firmes y esperanza cierta—, Pablo declara algo sorprendente: nos gloriamos también en las tribulaciones. No porque la tribulación sea buena o gozosa en sí misma, sino porque reconocemos su diseño divino, quién la orquesta y controla, y los frutos que produce.
La tribulación produce paciencia, definida como la capacidad de esperar las promesas de Dios bajo grandes presiones, con tranquilidad y esperanza, en el tiempo y la manera que Él dispone. Esta paciencia es esencial para terminar bien la carrera cristiana. Así como los músculos se fortalecen en el gimnasio mediante la resistencia, nuestros músculos espirituales y emocionales se robustecen en el «gimnasio» de la tribulación.
Todo este proceso —desde la paz hasta la esperanza, pasando por la tribulación y la formación del carácter— apunta directamente a Cristo como nuestro Redentor. Él es quien estableció la paz mediante Su sangre, quien nos introdujo al estado de gracia por Su muerte y resurrección, y quien es en sí mismo nuestra esperanza de gloria. La tribulación nos conforma a Su imagen, desarrollando en nosotros el carácter de Cristo, quien sufrió perfecta y pacientemente, para nuestra salvación. El amor de Dios, derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado (Ro 5:5), es la evidencia suprema de que Cristo no solo murió por nosotros cuando éramos Sus enemigos, sino que continúa intercediendo y proveyendo todo lo necesario ahora que somos Sus hijos amados.
«La tribulación produce paciencia, definida como la capacidad de esperar las promesas de Dios bajo grandes presiones, con tranquilidad y esperanza, en el tiempo y la manera que Él dispone».
La comprensión profunda de estas verdades debe transformar radicalmente nuestra manera de vivir y de enfrentar las dificultades que la vida debajo del sol nos presente, incluso en un panorama global incierto. El cristiano cuenta con recursos sobrenaturales que lo capacitan no solo para resistir, sino también para regocijarse incluso en medio de las tribulaciones.
Como afirma 2 Pedro: «Pues Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia» (2 Pe 1:3). Esta promesa nos recuerda que, en Cristo, tenemos todo lo que necesitamos para vivir de manera digna de Su llamado, no por nuestras fuerzas, sino por Su poder.
Aplica estas cinco prácticas cada día:
Medita en tu paz con Dios: Reconoce tu estado permanente de reconciliación, más allá de tus sentimientos fluctuantes.
Afírmate en la gracia: Estás firme no por tu esfuerzo, sino por el poder sustentador de Cristo.
Cultiva una perspectiva eterna: Ve las tribulaciones como leves y pasajeras comparadas con la gloria venidera.
Practica la paciencia consciente: En medio de las pruebas, recuerda que Dios está desarrollando tu carácter.
Confía en la provisión de Dios: Aquel que no escatimó a Su propio Hijo te dará, junto con Él, todo lo que verdaderamente necesitas.
La paz objetiva con Dios, el estado permanente de gracia y la esperanza cierta de gloria transforman cada dificultad en una oportunidad para desarrollar paciencia y carácter probado. Cristo, quien ganó nuestra paz en la cruz, nos sostiene firmes en Su gracia y garantiza la esperanza del creyente, porque Él mismo es nuestra esperanza de gloria. Por eso podemos enfrentar cualquier tormenta con firmeza inquebrantable. En Él tenemos todo lo que necesitamos, no para una vida sin tribulaciones, sino para una vida victoriosa en medio de ellas.
«En Él tenemos todo lo que necesitamos, no para una vida sin tribulaciones, sino para una vida victoriosa en medio de ellas».
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Este artículo ha sido adaptado del sermón «Cristo: la fuente de paz, gracia y esperanza», predicado por el pastor Miguel Núñez como parte de la serie «La condenación del hombre y la salvación de Dios», disponible en nuestro canal de YouTube.
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