Integridad y Sabiduria
Confiando en Dios: Un testimonio de infertilidad, aborto espontáneo y maternidad

Foto de Vitor Monthay en Unsplash

Familia y relaciones

Confiando en Dios: Un testimonio de infertilidad, aborto espontáneo y maternidad

Janelle Bradshaw 27 abril, 2021

Hay temporadas en la vida cristiana en las que el silencio de Dios se siente como abandono. Las oraciones suben, pero las respuestas no llegan. La espera se extiende más allá de lo que creíamos poder soportar. Es en esos momentos cuando la fe es puesta a prueba de la manera más profunda: no con argumentos filosóficos, sino con el peso real del dolor cotidiano.

Este es el testimonio de Lauren, compartido originalmente en Grace Church, y que llega como palabra de aliento para quienes atraviesan «pruebas de varios tipos» (Stg. 1:2). Su historia no es una fórmula para obtener lo que se desea, sino el relato honesto de una fe que aprendió a sostenerse en quien Dios es, cuando las circunstancias decían lo contrario.

La angustia de esperar lo que no llega

Después de más de dos años intentando concebir, Lauren se identificó profundamente con Ana, aquella mujer bíblica que «estaba profundamente angustiada y oró al Señor y lloró amargamente» (1 S. 1:10). Como ella, conoció el dolor silencioso de ver anuncios de embarazo mientras su propio vientre permanecía vacío. Conoció la pequeña punzada en el corazón al ver a una madre feliz con su bebé. Conoció la tentación de creer que Dios la había olvidado.

Hasta ese momento, Lauren no había experimentado sufrimiento prolongado. Fue precisamente la infertilidad lo que Dios usó para humillarla y mostrarle su perfecta soberanía. En ese lugar de vulnerabilidad, no tenía a dónde acudir excepto a la Palabra de Dios, que le recordaba quién es Él: clemente, compasivo, lento para la ira y grande en misericordia (Sal. 145:8). El Salmo 145 nutrió su alma con verdades que sus emociones no podían sostener solas: que el Señor «sostiene a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos» (Sal. 145:14), y que está «cerca de todos los que le invocan en verdad» (Sal. 145:18).

Como señaló Charles Spurgeon: «Cuando no puedes rastrear la mano de Dios, debes confiar en el corazón de Dios». Lauren descubrió que el corazón de Dios hacia ella, revelado en su Palabra, era de amor tierno y compasivo. Tal como promete Isaías: «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que se consume; con fidelidad traerá justicia» (Is. 42:3).

Cuando el dolor se profundiza y la fe es refinada

Cuando Lauren y su esposo iniciaron el proceso de adopción, sucedió algo inesperado: quedó embarazada. La sorpresa y el gozo fueron inmensos. Pero semanas después, Dios llamó a ese bebé a su presencia. El dolor se duplicó. Y con él llegó una nueva oportunidad —más exigente que la anterior— de afirmar que su fundamento estaba en la única Roca sólida.

Fue en ese momento cuando Lamentaciones 3 se convirtió en tabla de salvación: «Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: Que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es tu fidelidad!» (Lm. 3:21-23). No era una esperanza construida sobre la certeza de un desenlace feliz, sino sobre el carácter de un Dios que «no rechaza para siempre» y que, si aflige, «también se compadecerá según su gran misericordia» (Lm. 3:31-32).

En esos meses, Dios también usó al cuerpo de Cristo —amigos y familiares que enviaban pasajes de las Escrituras o fragmentos de libros— para recordarle que no estaba sola, que Él la conocía íntimamente y que nunca la abandonaría.

Las respuestas tardías a la oración no son solo pruebas de fe; también nos dan la oportunidad de honrar a Dios a través de nuestra firme confianza en Él, incluso cuando enfrentamos la aparente negación de nuestra solicitud. — Charles Spurgeon

Una fe que no cambiaría por nada

Mirando atrás, Lauren afirma que no cambiaría esa temporada por nada. Fue en el desierto donde aprendió a amar y confiar en Dios de una manera que las épocas fáciles no habrían podido enseñarle. Y porque Dios es bondadoso, no solo se dio a sí mismo como suficiente —que ya habría sido más que suficiente—, sino que también le concedió el deseo de su corazón: hoy es madre de tres hijos, y guarda en su memoria la imagen de un bebé que espera en gloria.

Su historia no promete que Dios siempre responderá como esperamos, ni que el camino será corto. Pero sí afirma, con toda convicción, que Él responde en su tiempo perfecto y que su sabiduría supera cualquier plan que nosotros podamos trazar. Para quienes hoy se encuentran en ese lugar de espera —ya sea por un hijo, por sanidad, por restauración o por cualquier otra carga profunda—, las palabras del Salmo 62:8 resuenan como refugio firme: «Confíen en Él en todo momento, oh pueblo; derrama tu corazón delante de Él; Dios es nuestro refugio» (Sal. 62:8). Y junto a ellas, el eco del canto de María: «¡Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso!» (Lc. 1:49).

Janelle Bradshaw

Janelle Bradshaw

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