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¡Ayuda! Mi adolescente no se abre conmigo

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Familia y relaciones

¡Ayuda! Mi adolescente no se abre conmigo

Lindsey Carlson 24 septiembre, 2019

«¿Cómo estuvo tu día?», le pregunta una madre a su hija adolescente al salir de la escuela. «Bien», responde ella. «¿Algo interesante que contar?» «No». Y luego, silencio.

Proverbios enseña que «el propósito en el corazón del hombre es como aguas profundas» (Prov. 20:5), pero pareciera que hay más vida dentro de ese adolescente que la que sus monosílabos revelan. El deseo de conocerlo y entenderlo es bueno y legítimo: los padres están llamados a enseñarle la ley de Dios, instruirlo en justicia, señalarlo hacia Cristo y alentarlo en la fe. Pero ¿cómo guiar fielmente a alguien que apenas responde?

Las llaves que ya no abren todas las puertas

Junto a la puerta de entrada de muchos hogares hay un llavero con varias llaves, cada una cortada de forma única para abrir un lugar específico. Cuando los hijos son pequeños, los padres parecen tener una llave maestra: ven casi todo, y las palabras y los comportamientos de sus hijos son relativamente fáciles de descifrar. Pero al llegar la adolescencia, algo cambia. Las cerraduras se reemplazan. De repente, los padres se encuentran del lado equivocado de la puerta del corazón de su hijo, y ese hijo —creado de manera única por Dios para ser pastoreado por ellos— debe ahora elegir voluntariamente entregarles las llaves y dejarlos entrar.

No existe una fórmula mágica que desbloquee cada corazón adolescente. Sin embargo, hay tres claves prácticas que vale la pena intentar primero: presencia, paciencia y oración.

Estar presente y ser paciente

El modelo de discipulado de Jesús en el Nuevo Testamento dependió muy poco de conseguir que sus discípulos «se abrieran». En cambio, pasó tiempo con ellos: enseñándoles los mandamientos de Dios, el camino a la vida eterna y modelando cómo luce una vida de santidad. Ese grupo de hombres imperfectos aprendió a seguir a Dios estando en la presencia de Jesús. Él los animó, los corrigió y habló en medio de sus luchas, sin dejarse vencer por el cansancio ni la irritación.

Convencer a un adolescente de caminar en nuestra sombra requiere más esfuerzo. Pero incluso cuando no parece interesado en dejarnos entrar a su mundo, la tarea es hacerle saber que estaremos allí cada vez que decida abrir la puerta. Eso implica presencia intencional, tanto física como emocional: dejar el teléfono, apagar el televisor, hacer preguntas, escuchar, simpatizar y pasar tiempo juntos haciendo lo que a él o ella le apasiona. Los adolescentes son mucho más propensos a abrirse cuando saben que sus padres están presentes y comprometidos.

A la presencia debe sumarse la paciencia. Santiago exhorta: «Miren cómo el agricultor espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello, hasta que recibe las lluvias tempranas y tardías. Sean también ustedes pacientes» (Stg. 5:7–8). Mientras se espera que el adolescente se abra —con la esperanza de que eventualmente rinda su vida al Señor y dé fruto—, la espera debe ser paciente, no a regañadientes, porque el amor «es paciente» y «es bondadoso» (1 Cor. 13:4).

Como adultos, aprendemos con el tiempo en quién confiar: quién señala el pecado con amor, quién guarda los secretos, quién escucha antes de opinar, quién ora. Ese discernimiento se adquirió por prueba, error y, a veces, por fuego. El adolescente también está aprendiendo a discernir esas mismas cosas. La paciencia implica orar para que, al observar la vida de sus padres, decida confiar en ellos lo suficiente como para comenzar a abrirse.

Los adolescentes son mucho más propensos a abrirse con ustedes cuando saben que están presentes y comprometidos.

La oración como el recurso más poderoso

En la crianza de los hijos, cuando más se siente que la situación está fuera de control, es precisamente cuando más se acude a la oración. Eso no es coincidencia: Dios usa la debilidad para señalarnos hacia su fortaleza. Si ya se ha estado presente, si ya se ha sido paciente, y las puertas del corazón del adolescente siguen cerradas, la llamada es mantenerse firmes y seguir orando.

Oren para que su hijo adolescente ame al Señor con todo su corazón, alma y poder (Deut. 6:5). Oren para que la bondad de Dios lo conduzca al arrepentimiento (Rom. 2:4). Oren para que su corazón sea como «canales de agua en la mano del Señor», y que Él lo dirija donde le plazca (Prov. 21:1). Y clamen junto al salmista: «Sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros; confirma sobre nosotros la obra de nuestras manos» (Sal. 90:17), mientras continúan trabajando para construir canales abiertos de comunicación y confianza.

Persevera: Dios puede abrir lo que nadie más puede

A medida que el adolescente aprende a navegar amistades difíciles, soportar las presiones académicas y sociales, y encontrar su identidad en medio de una cultura confusa, necesita padres que ayuden, fomenten, ofrezcan consejo bíblico y lo reorienten constantemente a Cristo y al evangelio. Si la sensación es estar parado frente a un corazón cerrado con candado, la respuesta no es rendirse. Persigue a tu hijo por fe, con presencia paciente y oración constante, y confía en que es Dios quien realiza la obra de abrir su corazón —para su gloria.

Lindsey Carlson

Lindsey Carlson

Lindsey Carlson es madre de cinco hijos, ha servido junto a su esposo en el ministerio pastoral durante catorce años, actualmente en Imprint Community Church en Baltimore, Maryland. Le apasiona enseñar y discipular mujeres a través de la escritura, la enseñanza y, sobre todo, desde el contexto de la iglesia local.

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