La humanidad puede dividirse en dos grupos: quienes viven según la carne y quienes viven según el Espíritu. Romanos 8 describe con claridad las características de cada uno. La mente puesta en la carne está en enemistad con Dios, no se somete a su ley, ni siquiera puede hacerlo, y es incapaz de agradarle. Es una mente muerta, hostil, que prefiere perder sin someterse antes que ganar en sumisión. Como describe Ray Steadman, la carne puede memorizar la Escritura, enseñar en la iglesia, dar grandes ofrendas e incluso predicar sermones, pero hay algo que nunca hará: rendirse. Cuando se ve acorralada, simplemente adopta otro disfraz.
En contraste, quienes están en el Espíritu llevan la marca distintiva del creyente: la morada del Espíritu Santo. Esta presencia no se ve directamente, pero se reconoce por su fruto: amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, dominio propio. El Espíritu transforma desde adentro hacia afuera, renovando primero la mente, luego la manera de hablar, actuar y valorar la vida. La carne no puede ser regenerada ni enseñada; solo puede ser disciplinada y sofocada. El pastor Núñez lo ilustra con claridad: así como el ayuno restringe los deseos del cuerpo, el fruto del Espíritu va ahogando las obras de la carne. La mansedumbre sofoca la ira, la paciencia elimina los pleitos, el dominio propio frena la inmoralidad.
El creyente es deudor, pero no de la carne que nunca ha hecho nada bueno por él, sino del Espíritu que lo sacó de la muerte espiritual y ahora lo guía hacia la imagen de Cristo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Señor, nosotros oramos en tu nombre porque creemos que tú eres el dador y retenedor a la vez de aquella cosa por la cual esperamos. Nosotros oramos en tu nombre porque reconocemos que es por tus méritos que nosotros, tus hijos, somos bendecidos. Nosotros oramos en tu nombre porque esa es tu imagen que Dios nos está formando.
Señor, yo quiero pedirte en el día de hoy que aquellos de nosotros que hemos sido regenerados, que aquellos de nosotros en quienes tú estás tallando la imagen de Cristo, podamos ser tallados aún más, y que haya cosas que puedan caerse en la medida en que la palabra es expuesta. Ojos abiertos, áreas oscuras de nuestro caminar y de nuestras vidas que sean iluminadas, amarras que sean quebradas, que haya liberación de vidas que hayan estado presas del pecado, o presas en la incredulidad, o presas en la dureza del corazón, o presas de insensibilidad.
Señor, permite que el Espíritu de Dios que mora en nosotros pueda iluminar el texto, iluminar la mente de quien predica, de quien escucha. Y yo te pido a título personal que yo sea el primero en ser tallado en la mañana de hoy, porque cuando eres tú quien hace el trabajo, es un trabajo que en nuestro lenguaje pudiéramos llamar fino, pero con el lenguaje del reino de los cielos llamamos santo. Padre, sé con el predicador de una manera que quizás no lo puedan ni siquiera imaginar, porque el trabajo que tú hagas a través de la predicación de tu palabra sea divino y no terrenal.
Señor, tu trabajo no comienza cuando la palabra comienza a ser expuesta; tu trabajo comienza desde que entramos en este lugar y te decimos: "Señor, obra en mí." Padre, obra en mí, desnúdame delante de tu presencia, Dios. Escudriña mi corazón, aun ahora antes de predicar; escudriña el corazón de cada uno de nosotros, y si hallares algún elemento de iniquidad en nosotros, para que tú lo puedas remover y podamos verdaderamente reflejar las virtudes de aquel que me llamó de tanta oscuridad a tu luz admirable. En el nombre de Cristo y en el poder del Espíritu oramos. Y si su pueblo dice amén, amén. Bueno.
Les invito a abrir una vez más la carta de Pablo a los Romanos. Estamos haciendo una mini serie que surgió porque nuestro hermano Jairo decidió predicar, hace un par de domingos atrás, un mensaje de los versículos 15 al 17 de este capítulo. Y viendo la riqueza teológica del mismo, me llenó de entusiasmo predicar un segundo mensaje el domingo pasado, llamado "No Condenación." Pero habiendo terminado dicho mensaje, y no habiéndome propuesto hasta ese momento continuar en Romanos 8, tuve la idea de que este era un capítulo demasiado denso teológicamente y demasiado rico, no solamente de bendiciones y teología, pero en entendimiento de quiénes somos, dónde estamos, cómo debemos ser, cómo debemos caminar, que no debíamos dejarlo allí. Y esa es la razón por la que en esta mañana yo estoy continuando en este texto de la palabra de Dios, quizás el capítulo más rico teológicamente en toda la Biblia, quizás.
Ustedes recordarán que la semana anterior yo mencioné a Warren Wiersbe, y decía que en su comentario él habla de que si hay una proclamación de la libertad en toda la Biblia, es aquí que está. Y entonces él, en su comentario, de nuevo divide el texto y habla de cuatro libertades que el cristiano pudiera encontrar descritas en el capítulo 8 de Romanos. Estas son, una vez más: libertad del juicio, versículos 1 al 4; libertad de posibles derrotas o fracasos, versículos 5 al 17; libertad del desánimo, versículos 18 al 30; y libertad del temor, versículos 31 al 39.
Yo decía el domingo pasado, y le recuerdo hoy, que cuando Wiersbe habla de que el cristiano está libre de posibles fracasos, no está refiriéndose al hecho de que el cristiano está libre de caídas, o de tropiezos, o de consecuencias, o desaciertos, o de malas decisiones. No se está refiriendo a eso. Él está refiriéndose al hecho de que el cristiano sí está libre —si verdaderamente la morada del Espíritu está en él— de un fracaso último, final, eterno, donde él no vaya a llegar a la presencia de Dios, porque lo cierto es que la fidelidad de Dios es la que garantiza nuestra perseverancia. La perseverancia del cristiano se debe a la fidelidad de Dios, que ha hecho posible que su Espíritu pueda morar en él para ayudarnos a vivir una vida distinta a la vida anterior que tú y yo vivíamos.
Yo quiero subrayar, darle color a esa última frase una vez más. La razón por la que el Espíritu de Dios viene a morar en mí es para moldear una imagen que fue dañada y descrita en el libro del Génesis capítulo 3: esa es la imagen de Dios, la imagen del Hijo, la imagen de Cristo. Y entonces ahora Dios, en su fidelidad, ha continuado trabajando en mí, pero en la medida en que Él va renovando esa imagen, se espera —Él espera— que nuestra vida nueva, ahora que todas las cosas han sido hechas nuevas, luzca diferente a la vida anterior. Y la única forma como eso es posible es por la morada del Espíritu Santo en nosotros. Y por eso yo he titulado el mensaje de hoy: "Viviendo en el Espíritu", viviendo por el poder del Espíritu, algo que solamente es posible para el cristiano, porque solamente en él mora la tercera persona de la Trinidad.
Yo decía que la población mundial pudiera ser dividida en dos grupos, no más: creyentes y no creyentes. Y el apóstol Pablo nos ayuda en este capítulo 8 de Romanos a ver cómo lucen esos dos grupos. Los no creyentes, caracterizados en este texto como que están en la carne, pudieran ser descritos de esta forma: ellos están en la carne, versículos 8 y 9; ellos tienen la mente puesta en la carne, versículos 5 y 7; y ellos viven de acuerdo a la carne, versículos 4 y 5. Es un grupo. El otro grupo es un grupo que está en el Espíritu, versículos 8 y 9; tienen la mente puesta en el Espíritu; y ellos viven por el Espíritu, o conforme al Espíritu, versículos 4 y 5. No hay un tercer grupo, otra vez.
Yo quiero recordar que todos nosotros pertenecíamos al grupo que está en la carne antes de encontrarnos con Cristo, reconocer nuestra condición de pecadores, haber sido perdonados por la sangre derramada en el sacrificio ofrecido, habiendo reconocido a Cristo como nuestro Señor y Salvador, y entonces habiendo recibido el Espíritu de Dios para habitar en nosotros. Hasta ese momento, nosotros todos estábamos en la carne. Pero una vez que el Espíritu viene y regenera el alma, ahora se supone que todas las cosas viejas pasaron, todas fueron hechas nuevas, yo soy una nueva criatura. Y la nueva criatura debe tener una nueva forma de pensar, una nueva forma de vivir, debe tener un nuevo estilo de vida.
Esa es la obra del Espíritu de Dios en nosotros. Ese es el testimonio de los hijos de Dios que han sido adoptados como parte de la familia de Dios, de la que hablaba Jairo en su mensaje hace dos domingos atrás. Y con eso entonces yo quiero invitarlos a que lean conmigo a partir del versículo 6. Es posible que su Biblia indique el versículo 7, pero vamos a leer a partir del versículo 6 para conectarme mejor con el mensaje del domingo anterior, y vamos a leer hasta el 14.
"Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo —el mismo Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, el Espíritu eterno, el Espíritu de gracia, diferentes nombres para el mismo Espíritu— tal no es de Él. Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo el Espíritu está vivo a causa de la justicia. Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes. Así que, hermanos, somos deudores, pero no a la carne para vivir conforme a la carne, porque si viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios."
Esta es la exposición del apóstol Pablo acerca de la condición de aquellos que están en la carne y aquellos que están en el Espíritu. Yo quisiera tomar ambos grupos por separado y caracterizarlos.
La característica número uno de la mente puesta en la carne es que esa mente está en enemistad con Dios. Versículo 7, primera parte: "La mente puesta en la carne es enemiga de Dios." En el versículo anterior se nos dice que esa mente está muerta. Como está muerta, esa mente no entiende, no desea y no es estimulada por la verdad de Dios; no puede, porque el muerto no puede responder. Esa es la mente del no creyente. Para él, la revelación de Dios parece un tanto aburrida; de hecho, Pablo le dice a los corintios que para los que están todavía en el estado de incredulidad, la predicación de la palabra es necedad, o locura, dice la propuesta de Pablo.
Bueno, la mente puesta en la carne, como es enemiga de Dios, siente un rechazo hacia lo que Dios ha revelado. Y claro, porque ella no solo es enemiga de Dios, sino que mantiene una guerra contra las cosas de Dios. La palabra traducida ahí como "enemiga" en el griego es *echthra*, del vocablo *echthros*, que significa "hostil." Es decir, la mente puesta en la carne, la mente del incrédulo, eso hostil, esa antagónica, es agresiva y está opuesta a Dios.
Por eso yo decía que esa mente mantiene una guerra permanente contra Dios, aún cuando no lo sepa o aún cuando ella lo niegue, porque es hostil, antagónica, agresiva. Esa es la primera característica de la mente puesta en la carne. La segunda característica es que esa mente no se sujeta a la ley de Dios; no solamente es enemiga, sino que ni siquiera se somete a la ley de Dios. Es como el fruto de la enemistad es la falta de sumisión.
Y quizás para nosotros poder entender un poco mejor, más ampliamente, de lo que la carne es capaz, quizás debiéramos considerar, rumiar un poco, las palabras del pastor Ray Steadman cuando escribió acerca de la carne. Yo sé que en algún momento, en algún lugar de nuestro tiempo aquí en IDI, hemos leído esto, pero la repetición es la clave del aprendizaje y, en segundo lugar, el olvido es la característica del ser humano. De manera que presta atención a lo que la carne es capaz de hacer.
La carne es abiertamente arrogante, autoritaria, jactanciosa, lujuriosa, cínica y orgullosa; así la vemos descrita en Efesios 5. Pero cuando es llevada contra una esquina por el poder del Espíritu, puede asumir un porte de rectitud y convertirse en piadosa, religiosa, escrupulosa en la moral, celosa por el trabajo de la iglesia e indignada por lo mal hecho, tornándose provocadoramente evangélica. La rectitud de la carne es siempre una rectitud falsa; está centrada en el yo y, por lo tanto, no será más que autojusticia.
La carne puede memorizar la Escritura, puede impartir clases en la escuela dominical, puede distribuir tratados, dar grandes sumas de dinero, ofrecer un testimonio como el mejor, dar una clase bíblica, cantar solos o predicar un sermón. Puede inclusive pedir excusas de cierta manera y arrepentirse hasta cierto grado, o sufrir con aire de mártir. Pero hay algo que la carne nunca podrá hacer: rendirse. Hará todo lo posible por sobrevivir, pero no cederá terreno, nunca se entregará ni cambiará, nunca se rendirá, nunca.
La carne puede ser muy diestra, y es muy diestra. Cuando se vea acorralada, simplemente adopta otro disfraz y reaparece de otra forma, pero sigue siendo la misma vieja, fatal y malvada carne. Cuando se vea acorralada, prefiere destrozar tu vida antes de rendirse. Pregunta a Steadman; has podido comprobar la veracidad de esto.
Así se comporta la mente puesta en la carne. Por eso es que, hermano, se dice que esa mente es muerte. Steadman describió una mente rebelde que siempre tiene su propia opinión, y su opinión es la única verdadera y valedera. Es una mente argumentativa que prefiere sufrir las consecuencias de las malas decisiones antes que someterse a la voluntad de Dios. Es una mente que prefiere perder sin someterse que ganar en sumisión —déjenme decir eso otra vez—: es una mente que prefiere perder sin someterse que ganar en sumisión. Es la mente que escucha la verdad de Dios, pero entiende que las cosas que lee en la Biblia no son exactamente así, y las reinterpreta. Es una mente rebelde.
Uno de los diccionarios consultados define la palabra "rebelde" como alguien difícil de educar, dirigir o controlar, porque no acepta lo que se le manda. Entonces, así es la mente puesta en la carne: en primer lugar, está en enemistad con Dios; en segundo lugar, no se somete a la ley de Dios —y acabamos de leer de Steadman cómo la pudo personificar—; y la tercera característica de esa mente es que tiene una incapacidad para someterse a la ley de Dios.
En enemistad no se somete, pero ni siquiera puede hacerlo, dice el versículo 7 de Romanos 8, que nosotros leímos. Cuando Adán pecó, sumergió a la raza humana de una manera tan profunda que no solo la dejó en una condición de rebelión o de oscuridad, sino que también la dejó en una condición de inhabilidad. Adán sumergió a la raza humana no solamente en una condición de oscuridad, sino también en una condición de inhabilidad. Por tanto, la mente puesta en la carne ni siquiera puede someterse a la revelación de Dios; aún si quisiera —aunque nunca quiere—, esa mente no puede.
Entonces tenemos tres características de la mente puesta en la carne en un solo versículo, el versículo 7: en enemistad con Dios, no se somete a Dios, y ni siquiera puede hacerlo.
La característica número cuatro de esa mente puesta en la carne, o de aquellos que viven según la carne, es su incapacidad para agradar a Dios. Versículo 8: "Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios." No es difícil; es imposible. Esta persona puede venir a la iglesia, pero cuando viene a la iglesia no agrada a Dios porque viene por las razones equivocadas. Esta persona puede leer la Biblia, pero cuando lee la Biblia frecuentemente no agrada a Dios, porque no tiene que ver nada con conocer a Dios, sino muchas veces con encontrar textos que permitan justificar su estilo de vida. Esa persona puede orar, pero cuando ora no agrada a Dios porque pide por razones equivocadas.
Tú puedes ver entonces que ciertamente esa mente no puede agradar a Dios. De hecho, el autor de Hebreos nos ayuda a entender un poco más de dónde viene esa incapacidad, porque Hebreos 11:6 nos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Resulta que la mente puesta en la carne es la mente del incrédulo, y la mente del incrédulo no cree, y sin fe es imposible agradar a Dios. Pues obviamente el incrédulo, en su falta de fe, no tiene la capacidad para agradar a Dios. El requisito número uno para agradar a Dios es que yo haya creído en Él, y luego, para agradar a Dios, habiendo puesto mi fe en Él, yo necesito vivir para la gloria de Dios: cuando hablo, cuando sirvo, cuando vendo, cuando compro, cuando trabajo, cuando te diviertes, cuando vacacionas, cuando ves televisión, cuando estás en la intimidad de tu alcoba. Todo para la gloria de Dios. El incrédulo no puede hacer tal cosa.
Entonces, ahí tenemos cuatro características de la mente puesta en la carne. El apóstol Pablo va ahora a hacer un giro y nos va a ayudar a ver tres o cuatro características de la mente puesta en el Espíritu, a partir del versículo 9.
La característica número uno de aquel que está en el Espíritu es que en él mora el Espíritu de Dios, versículo 9. Pablo se dirige a los romanos y asume que esta gente se ha convertido, que tiene un nuevo nacimiento: "No están en la carne; si no estoy en la carne, ¿dónde estoy? Sino en el Espíritu." Tú puedes ver que hay dos estadios básicamente donde la gente puede estar: o está en la carne o está en el Espíritu. "Si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes... pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él."
Pablo dice aquí algo de dos maneras: una positiva y una negativa. Él dice que, al afirmar que no estamos en la carne, me está diciendo que estoy entonces en el Espíritu que mora en nosotros. Pero luego me dice que si ese Espíritu de Cristo no mora en alguien, entonces no es de Él. Lo que me dice de una forma positiva, me lo reafirma de una manera negativa. De manera que en este solo versículo me deja ver que la característica distintiva del creyente no es que él ora, no es que viene a la iglesia, no es que él está bautizado, no es que él tiene un pastor, no es que él tiene un grupo pequeño: es que en él mora el Espíritu Santo.
Ahora, obviamente tú no puedes ver la morada del Espíritu Santo. Tú no puedes decirle a alguien, como yo ilustraba esta mañana: "Hola, mi nombre es Miguel, ¿cuál es tu nombre? José. Gracias. Oye, qué bueno que en ti mora el Espíritu Santo; yo lo puedo ver." No, tú no lo puedes ver, pero tú puedes ver su fruto. Hay de nosotros que no sabemos mucho de árboles; simplemente vemos un árbol de mango, de manzana o de pera, o algo que no nos sea muy familiar, y difícilmente podamos decir: "¡Oh, mira, es un árbol de aguacate!" si no hay frutos en el árbol. Pero una vez que los aguacates son vistos, los mangos son vistos, cualquier otra fruta, nosotros podemos ver el fruto y por el fruto identificar el árbol.
De esa misma manera, el apóstol Pablo nos ayuda en Gálatas 5:22-23 a reconocer al cristiano por el fruto. El fruto del Espíritu —la palabra "fruto" ahí en el original tiene que ver con el origen o la procedencia de algo— de tal manera que estas características proceden del Espíritu: es amor, es gozo, es paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio.
Nota que el fruto del Espíritu no dice que es venir a la iglesia —aunque yo creo que tú debes venir a la iglesia—; no dice que es estar en un grupo pequeño —aunque yo creo que eso debería ser casi mandatorio—; no dice que tú debes leer la Biblia —aunque entiendo que todos nosotros debiéramos leer la Biblia—. El fruto del Espíritu tiene que ver con cualidades del carácter, del carácter que Dios está formando y que otros pueden ver. Esta es la manera como MacArthur lo define; él dice: "El fruto del Espíritu es el indicador externo de la salvación." No veo el Espíritu, veo su fruto, y es el indicador externo de la salvación.
Quizá yo pudiera ilustrarlo de esta forma: nosotros somos la tierra; la Palabra de Dios es la semilla que se siembra; el Espíritu Santo es el jardinero que cultiva el árbol; las circunstancias de la vida —no importa cuáles sean, las buenas y las malas, las no tan buenas y las no tan malas— son el abono para la tierra, para que el fruto del Espíritu pueda florecer y crecer; y mi obediencia es la rendición de mi mente, de mi corazón y de mi voluntad al Espíritu de Dios.
Cuando nosotros cedemos el control al Espíritu, nosotros comenzamos a crecer en la fructificación, y la obediencia contribuye al desarrollo del fruto del Espíritu, pero al mismo tiempo la obediencia en sí misma es un fruto de ese Espíritu. Ahora, la manera como el Espíritu de Dios opera en nosotros es a través de una transformación que ocurre de adentro hacia afuera. Mucha gente quisiera que las cosas que hacen afuera en términos ministeriales terminen transformando su vida, pero eso no va a ocurrir así. La manera como el Espíritu de Dios opera es de adentro hacia afuera; el entrenador no está afuera de nosotros, el entrenador está adentro de nosotros.
Y la forma como Él comienza a cambiarnos es cambiando nuestra forma de pensar, tras ser transformados por medio de la renovación de vuestra mente. Cuando yo comienzo a cambiar mis formas de pensar, cuando el Espíritu de Dios comienza a cambiar mi forma de pensar, yo comienzo a cambiar mi forma de hablar, yo comienzo a cambiar mi forma de actuar, yo comienzo a cambiar la forma de valorar a las personas y a las circunstancias, yo comienzo a cambiar la forma de respetar y de cuidar al otro, yo comienzo a cambiar mi forma de ver la vida. Yo comienzo a cambiar mi forma de exigir, a no exigir, de demandar, a no demandar, de ver que ciertamente nosotros estamos mejor de lo que merecemos. Yo comienzo a cambiar mi forma de perdonar y de pedir perdón, yo comienzo a cambiar mi forma de sumisión, y todo eso se traduce entonces en un estilo de vida que comenzó con una transformación de la mente.
Esa transformación hace que yo lleve esa mente a rendirse todavía más a la acción del Espíritu, y que yo lleve mi corazón para que mis emociones puedan rendirse también al control del Espíritu. Yo llevo también mi voluntad a rendirse a la acción del Espíritu. Y cuando eso ocurre, eso es la definición de la llenura del Espíritu. No hay nada místico acerca de la llenura del Espíritu; es completamente práctico. La llenura del Espíritu es simplemente el control que el Espíritu ejerce sobre nosotros en la medida en que nosotros rendimos diferentes áreas de nuestras vidas.
De hecho, cuando Pablo le dice a los efesios que llenos del Espíritu, se lo dice en el mismo versículo donde les dice que no se emborrachen, que no estén bajo el control, por así decirlo, del alcohol, sino que en vez de estar bajo el control del alcohol, deberán estar bajo el control del Espíritu. Eso es exactamente en qué consiste la llenura. Estar lleno del Espíritu es estar bajo el control del Espíritu de Dios. En esa misma carta a los gálatas, Pablo les dice en el capítulo 5, versículo 16: andar por el Espíritu. La palabra traducida como "andar" es *peripateō*, y esa palabra está en tiempo imperativo presente.
¿Cuál es la utilidad de saber algo del tiempo gramatical de ese verbo? Bueno, el imperativo implica que esto no es una opción que yo tengo, no es una sugerencia, no es una buena idea que ustedes vienen, consideran y ponen en práctica; esto es una obligación que tú tienes. Y la forma presente del imperativo me dice que esto no es para el día de hoy ni para el día de mañana, esto es para todos los días. La manera que Pablo está mandando es: andar en el Espíritu, andar por el Espíritu. La pregunta es: ¿cómo yo hago eso? Bueno, el apóstol Pablo lo está tratando de ayudarme a entender a través de este texto de Romanos 8 y otros textos que estamos usando como complementarios, de cómo es que eso luce y cómo es que eso se logra.
Ahora, escucha la segunda característica de la mente puesta en el Espíritu y no en la carne: él está vivo en su espíritu, pero al mismo tiempo él tiene un cuerpo de muerte todavía. Versículo 10: "Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo el espíritu está vivo a causa de la justicia." ¿Qué es lo que Pablo está ayudándome a entender? Bueno, está ayudándome a entender que mi alma, mi espíritu, fue regenerado, pero mi cuerpo todavía tiene deseos caídos, deseos pecaminosos. En ese sentido, mi espíritu ha sido avivado, está regenerado, está listo para entrar a la presencia de Dios, pero mi cuerpo en la condición que está no ha sido regenerado, no ha sido avivado; él permanece muerto porque permanece con deseo por las obras de la carne, obras caídas.
Por eso es que Pablo dice en Romanos 7: "Yo veo esta dicotomía, esta lucha: mi hombre interior se deleita en la ley de Dios, pero yo veo al mismo tiempo otra ley." La ley del pecado —recuerden que hablamos la semana pasada que para Pablo la ley del pecado es en esencia el poder o la autoridad que el pecado ejerce sobre nosotros— y yo veo eso, dice Pablo, en los miembros de mi cuerpo, que batallan contra los deseos de mi mente, hace guerra contra la ley del Espíritu. La ley del Espíritu es el poder y la autoridad que el Espíritu ejerce sobre nosotros.
Y para tratar de explicar eso, en un versículo que yo he usado aquí múltiples veces, lo voy a usar una vez más, porque de nuevo la repetición es la clave del aprendizaje y porque la conclusión de este versículo es vital que yo la pueda recordar: Gálatas 5:17, cuando nos dice que "el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro." La carne tiene deseos; el Espíritu de Dios, que mora en mí, tiene deseos. La carne se opone a los deseos del Espíritu Santo; el Espíritu Santo tiene deseos para conmigo y se opone a los deseos de la carne. Escucha ahora la conclusión: "de manera que ustedes no pueden hacer lo que desean." Tú quieres entender por qué no puedes hacer lo que deseas: es que tienes una carne demasiado poderosa todavía, que se opone al poder del Espíritu. Ahora recuerda: el poder del Espíritu es infinito; no puede ser que la carne termine venciendo al poder del Espíritu.
"Pastor, ¿y para dónde usted va?" Ya vamos, como al paso. Déjame decirte primero cuál es el problema de la carne. La carne no puede ser cambiada de este lado de la gloria. La postura de Pablo me dice que cuando yo muero, el cuerpo que yo tengo es enterrado en corrupción, pero se levanta en incorrupción; se entierra cuerpo corruptible, se levanta incorruptible. Ya tú comienzas a ver cuándo el cuerpo va a cambiar. Ese cuerpo es enterrado en debilidad, pero se levanta en poder; ese cuerpo es enterrado como mortal, pero se levanta un cuerpo espiritual. Es ahí cuando el cuerpo va a comenzar a cambiar. Mientras tanto, la carne no puede ser cambiada.
Número dos: la carne no puede ser regenerada; el espíritu sí. Número tres: la carne no puede ser enseñada a complacer a Dios, porque la carne obedece a impulsos, a impulsos que incluso tienen que ver muchas veces con hormonas, neurotransmisores y una serie de cosas. Tú puedes curar a un hombre de lujuria —y eso es un pecado, y voy a usar una palabra médica de manera que no se avergüencen—: si tú lo castras, tú lo curas de su lujuria. Tú puedes ver que nuestra vida de pecado y la ley del pecado que mora en nuestros miembros está atada a este cuerpo caído. Entonces, la carne no puede ser regenerada, la carne no puede ser enseñada porque responde a impulsos. ¿Qué hago yo entonces con la carne? Porque no puede ser que no haya esperanza.
Bueno, el apóstol Pablo —yo decía esta mañana— lo bueno de la Palabra es que la pregunta que surge en un libro me la contestan en otro, en una carta me la contestan en otra. El apóstol Pablo, de una manera muy clara, nos deja ver qué hizo él con la carne cuando le escribió a los corintios. En 1 Corintios 9:27, él dice: "Yo golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado." Una vez más, tú no te imaginas al apóstol Pablo dándose latigazos en la mañana, 39 latigazos todos los días. No. Entonces, ¿de qué es que Pablo estaba hablando? ¿Qué le está diciendo? "Yo estoy disciplinando mi carne, yo la golpeo y la hago mi esclava." En otras palabras: la carne no me va a decir a mí lo que yo voy a hacer; yo le voy a decir a la carne lo que ella tiene que hacer. Es lo que Pablo está diciendo. Y Pablo dice: "¿Saben por qué he llegado a esa conclusión y por qué le estoy haciendo así? Porque puede ser que habiendo predicado a otros, yo termine siendo descalificado, y yo no puedo permitir que la carne me destituya de la posición que Dios me dio."
Lo ilustraba así esta mañana: la carne puede querer dormir doce horas al día, y yo no le puedo permitir a la carne que desperdicie doce horas al día de esa forma. "Pastor, doce es mucho, pero ocho no es tanto, en serio." Y ocho, bueno, ya nos estamos acercando, pero recuerda que si duermes ocho horas al día, cuando tú tengas sesenta años la tercera parte de tu vida te la habrás pasado durmiendo. ¿O no? Entonces a la carne yo puedo disciplinarla y yo puedo restringirla; no puedo hacer otra cosa.
El ayuno, que tanto se menciona, ¿cómo es que contribuye?, ¿para qué sirve? Uno de los beneficios del ayuno es que contribuye a disciplinar la carne indisciplinada. Hay otros tipos de ayunos que también contribuyen a decirle a la carne: "No vas a tener todos los deseos que tú quieres." Yo puedo ayunar de las redes sociales, yo puedo ayunar de páginas de internet, yo puedo ayunar de fiestas, yo puedo ayunar de Zoom, yo puedo ayunar de televisión, yo puedo ayunar de películas, todo lo cual pudiera estar alimentando mi carne. Y si yo no ayuno la carne, pues la carne se va a empoderar hasta el punto en que parecería como que es más poderosa que el Espíritu que mora en nosotros.
Cuando tú tienes esa lucha, tú entiendes mejor entonces por qué en la lista del fruto del Espíritu está, y es esencial, el dominio propio. Porque es el dominio propio el que le dice a la carne "no lo vas a tener", y eso es un fruto del Espíritu.
La carne no tiene principios morales. La moralidad la tiene tu mente, tu corazón, tu alma, tu espíritu, de manera que en la carne yo no puedo confiar.
Ahora bien, el versículo 11. El apóstol Pablo nos ayuda a ver que va a llegar un tiempo donde ese cuerpo será distinto. El versículo 11: "Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales". Nota cómo Pablo le llama: cuerpos mortales. Esto es lo que yo tengo ahora, "por medio de su Espíritu que habita en ustedes".
El Espíritu que le dio vida a mi espíritu cuando estaba muerto en delitos y pecados es el mismo Espíritu que le va a dar vida a mi cuerpo cuando haya sido enterrado y esté muerto. Él le dará vida, y entonces ese cuerpo mortal resucitará en uno espiritual que ya no tendrá los deseos caídos que mi cuerpo sí tiene hoy en día.
Característica número tres de la persona que vive en el Espíritu: él es un deudor. Él le debe algo a alguien; no, él le debe mucho a alguien. Pero escucha cómo Pablo lo dice, versículo 12: "Así que, hermanos, somos deudores". Somos deudores, claramente. Oye lo que Pablo dice ahora: "Pero no a la carne para vivir conforme a la carne". La inferencia es que, dado todo lo anterior que hemos dicho, somos deudores, pero del Espíritu. Al Espíritu es a quien yo le debo que, cuando yo estaba muerto en delitos y pecados, Él me sacará de la muerte y me llevará a la vida.
Al Espíritu es a quien yo le debo el hecho de que, una vez que yo no me podía someter a la ley de Dios y era enemigo de Dios, ahora yo pueda amar la ley de Dios y pueda obedecerla. Yo le debo eso al Espíritu. Al Espíritu yo le debo el hecho de que ahora yo puedo agradar a Dios, cuando antes yo ni siquiera podía agradarlo. El Espíritu fue quien creó fe en mí para creer. A ese mismo Espíritu yo le debo el hecho de que hoy yo puedo lucir más como Cristo y menos como el Miguel que yo era años atrás.
Entonces, si nosotros somos deudores pero no a la carne, ¿para qué vivir conforme a la carne? En otras palabras, ¿cómo te deleitas, cómo decides deleitar a la carne, como si tú le debieras algo a la carne? No. Tú no eres deudor de la carne; tú eres deudor del Espíritu. Y la razón por la que no somos deudores de la carne es que la carne nunca ha hecho nada bueno por ti. Lo único que la carne ha hecho es malo por ti, moralmente hablando.
¿Y dónde está eso en Romanos? En el capítulo 7, el versículo 18: "Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno". ¿Sabes qué significa la palabra "nada" en griego? Nada. Absolutamente nada bueno hay en mi carne. No estoy diciendo con esto que el cuerpo es malo; lo que estoy diciendo es que los deseos remanentes de un cuerpo no glorificado permanecen allí y son capaces de tumbar al más grande de los siervos de Dios.
Incluso Pablo dice en Romanos 7:18: "Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no". En otras palabras, yo no tengo en mí mismo —en lo que Pablo es por sí solo— la habilidad de hacer el bien. La habilidad de hacer el bien es externa, o si tú quieres no usar la palabra "externa", independiente de mí. Entonces, ¿dónde está la habilidad para hacer el bien? Está en el Espíritu que mora en mí, pero no en mí mismo. Por eso Pablo dice: "La vida que yo vivo, no la vivo yo, sino Cristo en mí". ¿Y cómo la vive Cristo en mí? A través del Espíritu que mora en mí. Es una habilidad que yo no tengo.
Por eso Pablo dice: tú eres deudor, pero no a la carne. Por favor, considera a quién le debes favores —por así decirlo—, agradecimiento, rendición, adoración. ¿A quién le debes? Al Espíritu de Cristo, pero no a la carne. Si te vas a rendir, ríndete al Espíritu, pero no a la carne.
El versículo 13. Este versículo es interesante porque presenta dos muertes. Escucha: "Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir". Sí, claro, porque si vivo conforme a la carne, eso implica que yo no soy creyente. Si yo no soy creyente, voy a morir físicamente y voy a morir en la condenación eterna. Por tanto, si vivo conforme a la carne, yo voy a morir. Pablo dice, de hecho, en 8:6, que la mente puesta en la carne es muerte: la mente está muerta, no responde a la ley de Dios, a los deseos de Dios, a la relación con Dios; no le interesa.
Ahora, Pablo me presenta por otro lado otro tipo de muerte en el mismo versículo. Me dice: "Pero si viven por el Espíritu, hacen morir las obras de la carne". Ahí está la otra muerte. ¿Qué es lo que va a morir? Las obras de la carne. ¿Cómo van a morir las obras de la carne por el Espíritu? Si viven por el Espíritu, el Espíritu termina sofocando las obras de la carne, porque el Espíritu va tomando tal control de tu vida que va rechazando aquellas cosas que empoderaban a la carne y ahora va ahogando la carne hasta sofocarla.
Ahora bien, el Espíritu hace esa parte, pero hay una responsabilidad que es enteramente mía: la de hacer uso del empoderamiento que el Espíritu me ha dado para poder obedecer, someterme y colaborar en mi proceso de santificación. Yo tengo que hacer uso del poder que el Espíritu me da. Yo tengo que hacer uso de la iluminación que el Espíritu me da para entender las Escrituras, de manera que puedan transformarme todavía más. Yo tengo que hacer uso de lo que Dios pone en mí, que crea el querer y el hacer, para poder entonces hacer aquellas cosas que anteriormente no hacía.
Yo lo ilustraba esta mañana. Decía que todos nosotros tenemos necesidad de ejercitarnos, pero por diferentes condiciones yo entiendo que tengo todavía más necesidad que muchos de ustedes de ejercitarme. Y sabes que a mí no me gusta el ejercicio; yo siempre tengo una razón para no hacerlo. Hay días que yo digo: "Yo quisiera hacer ejercicio" —ese es el querer; parece que el querer está bien—, pero ahora tengo que hacerlo y digo: "¿Me voy a poner a eso ahora?" Miro la caminadora que está en mi habitación y digo: "Sí, pero yo no me voy a poner a eso ahora". Yo tengo el querer, yo dije que quiero hacerlo, y de hecho tengo el hacer disponible porque la caminadora está en mi propia habitación. ¿Qué es lo que yo no tengo? No tengo la disposición. Teniendo el querer y teniendo el hacer, no tengo la disposición para poner en marcha el querer y el hacer. Y a veces yo me digo: "Tú no lo haces por vago, por flojo en el ejercicio".
Muchos de nosotros, Dios pone el querer y el hacer, y no lo sabemos aprovechar porque somos vagos espiritualmente. Esa es la realidad. Entonces mira cómo Pablo dice que si vives por el Espíritu, el Espíritu hace morir las obras de la carne. Déjame ilustrar eso con la Palabra de Dios.
En Gálatas 5:20, Pablo da categóricamente una lista de obras de la carne —hablamos de eso la semana pasada—, pero déjame usar el texto de otra manera ahora. En esa lista de las obras de la carne estaba la ira, por ejemplo. Pero en Gálatas 5:23 se me habla de que el fruto del Espíritu es la mansedumbre. En la medida en que el Espíritu toma control de mí y produce el fruto de mansedumbre, en esa misma medida la mansedumbre ahoga la ira, que es el fruto de la carne. ¿Me entendieron?
Déjame seguir ilustrando para los que no han entendido todavía. En Gálatas 5:20 se nos dice que la división —la división entre yo y mi hermano— es una obra de la carne. Claro, tú no piensas que eso es una obra del Espíritu. Pero en Efesios 4:13 se me habla de la unidad del Espíritu, de manera que el fruto del Espíritu en mí causa una unidad que destruye la obra de la carne llamada división.
En Gálatas 5:20 se me dice que los pleitos son una obra de la carne. Yo creo que eso está claro; a nadie se le ocurriría decir: "No, no, los pleitos vienen del Espíritu Santo". No, son una obra de la carne, está en 5:20. Pero en Gálatas 5:22 se me dice que la paciencia —la paciencia verdadera, que es lenta para la ira, que no se incomoda, que evita los pleitos— es un fruto del Espíritu. De manera que el fruto del Espíritu desarrolla paciencia en mí, y la paciencia termina ahogando los pleitos.
En Gálatas 5:20 se me dice que las rivalidades son fruto de la carne. En Gálatas 5:22 se me dice que el fruto del Espíritu es amor, gozo y paz. Pues la paz que el Espíritu produce en mí evita mis rivalidades. En Gálatas 5:20 se nos dice que la inmoralidad, la sensualidad, la borrachera y las orgías son frutos de la carne —esas son como obvias—, pero luego en 5:22 se me dice que el fruto del Espíritu es dominio propio, y es el dominio propio el que le pone freno a la inmoralidad, a la sensualidad, a las borracheras y a las orgías.
Tú puedes ver por qué Pablo dice que por el Espíritu se hacen morir las obras de la carne: es que el uno sofoca al otro, y las obras de la carne van pereciendo.
Ahora bien, esta es la conclusión de Pablo en el versículo 14, y en esa misma medida comenzamos a encaminarnos a nuestra conclusión: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios". Vamos a decirlo al revés ahora: los que son hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios. ¿Cuántos? Todos. Bien, entonces vamos a asumir que todo el que está aquí esta mañana es hijo de Dios. Pues eso implica que aquí no hay una sola persona que no esté siendo guiada por el Espíritu.
Y sin embargo, yo creo que si entrevistáramos a cada persona en privado, muchos dirían: "Yo, cuando hice esto —ya sea ayer, la semana pasada, anoche, el viernes por la noche— no estaba siendo guiado por el Espíritu". Dios diría: "Eso no es verdad. Claro que tú estabas siendo guiado por el Espíritu, porque el Espíritu no entra y sale de ti, y el Espíritu no es algo que se duerme cuando está cansado y deja de guiar. Él te guía todo el tiempo".
Entonces, ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué es lo que nos ha pasado cuando eso ha ocurrido? Bueno, yo he ignorado la guía del Espíritu, yo he ignorado los impulsos del Espíritu, yo he ignorado los frenos del Espíritu, yo he ignorado la sabiduría del Espíritu, yo he ignorado los recordatorios del Espíritu en medio de tu pecado. No me diga que no, porque yo no creo que yo soy extraterrestre. El Espíritu nos recuerda en ocasiones: "Esto está mal, esto no es de mí, esto no es algo que debieras hacer, esto no es algo que corresponde a lo que es mi santidad." Ignoramos las advertencias del Espíritu; el Espíritu nos trae a la memoria consecuencias que son parte de sus advertencias, y las ignoramos también, y terminamos negando el poder del Espíritu en nosotros.
Todos los hijos de Dios son guiados por el Espíritu. ¿Cuál es la razón? Porque Dios quiere la imagen de Él limpia, y todo lo que la caída causó fue manchar esa imagen, y todo lo que el Espíritu está tratando de hacer es quitarle cada mancha a la imagen de Dios. Literalmente, el proceso de santificación no es otra cosa que limpiar la imagen que Adán y Eva ensuciaron, para que lo que quede sea la imagen que Adán tenía cuando Dios lo creó, con la diferencia de que al ser glorificado habrá una imagen todavía mejorada, porque esa imagen no querrá pecar, ni deseará pecar, ni irá a pecar.
Ahora déjenme cerrar con esta cita para que puedan entender mejor por qué nosotros somos deudores, no de la carne, sino del Espíritu. Nosotros somos deudores del Espíritu; nosotros tenemos que vivir agradecidos a Dios por su gracia. Escucha esta cita de Oswald Chambers. Tienen que escucharla con detenimiento, porque al principio quizás no la vayan entendiendo, pero quizás al final puedan comprenderla un poco mejor. Escucha: está pensando en alguien que es un inconverso en quien Dios ha comenzado a trabajar. Una vez que la conciencia comienza a ser despertada, es despertada cada vez más, hasta que produce la terrible convicción de que soy responsable ante Dios por quebrantar su ley.
"Yo sé que Dios no puede perdonarme y seguir siendo Dios, pasarlo por alto simplemente sin requisito alguno. Si así lo hiciera, yo tendría un sentido de justicia superior al de Él. No hay nada en mi espíritu que me pueda liberar del pecado; no tengo poder, yo estoy vendido al pecado." La convicción de pecado lleva a este hombre a una condición de desesperanza y de impotencia, hasta que llegue allí la cruz de Cristo, que no tiene sentido para él.
Es por la misericordia de Dios que un hombre —escucha esta parte— es por la misericordia de Dios que un hombre no tiene convicción de pecado hasta que no nace de nuevo. La convicción de pecado llega después que el Espíritu me ha regenerado, y hay una nueva vida. Somos convencidos de pecado para poder nacer de nuevo. Entonces el Espíritu Santo nos convence de pecado. Si Dios nos diera convicción de pecado separado del conocimiento de su redención, nos volveríamos locos.
Eso es exactamente la experiencia de Martín Lutero. Martín Lutero tenía una conciencia muy sensible hacia el pecado y no podía estar tranquilo. Recuerden aquella famosa frase cuando alguien le preguntó: "Martín, ¿tú amas a Dios?" Y él respondió: "¿Amar a Dios? A veces yo le odio." Porque él veía a Dios como un juez que continuamente lo acusaba, porque Martín Lutero tenía convicción de pecado separado del conocimiento de la redención de Dios por gracia en la cruz, en Cristo Jesús.
Cuando la convicción de lo que realmente es el pecado para Dios es sentida, el lenguaje no puede describir su enormidad. Cuando la convicción del pecado —de lo grande que eso es para Dios— es sentida, tú no tienes palabras para describir la enormidad de tal cosa. La única palabra que lo expresa es el Calvario, porque la enormidad de mi pecado es lo que lleva a la enormidad de la crueldad de la cruz de Cristo. Si veo el pecado separado de la cruz, el suicidio sería la única manera —estúpida— de escape. Si veo el pecado en toda su dimensión y sin la cruz, lo único que tendría sentido es el suicidio, pero sería un escape estúpido.
Es por esa razón que el apóstol Pablo, entendiendo esta lucha del cuerpo caído, este cuerpo de muerte, dice en Romanos 7:24: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Este cuerpo que tiene estos deseos todavía. Pero inmediatamente después él exclama: "¡Gracias a Dios por Jesucristo, Señor nuestro!" Gracias por su sacrificio sustitutivo, gracias por su sangre que me lavó de pecado, gracias por la gracia que me invita a venir a Él, gracias por el Espíritu que Él y el Padre enviaron para venir a morar en mí, permitirme nacer de nuevo y vivir una nueva vida y ser una nueva criatura, y poder vivir para la gloria de Dios, dejar de ser enemigo de Dios, dejar de vivir en rebelión contra Dios, y poder ahora someterme a Dios, y poder amar a Dios y agradar a Dios y adorar a Dios y seguir a Dios.
Y gracias a Dios que todo esto procede de Él, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, y por eso Dios no contó contra nosotros nuestras transgresiones, sino que nos perdonó y nos dio reconciliación, y ahora nos ha dado a nosotros la palabra de la reconciliación, para que nosotros podamos contribuir a reconciliar a enemigos de Dios con Dios, por medio de la misma palabra y el mismo sacrificio con el que tú y yo fuimos reconciliados.
Gracias a nuestro Dios por su enorme gracia, porque sin Él ninguno de nosotros tuviéramos esperanza. Pero nos dio su Espíritu de poder infinito para hacer morir las obras de la carne, y nos dio su Palabra, y Él espera que con el poder que me ha dado y la soberanía de su Palabra yo pueda hacer morir las obras de la carne en mi vida, para que yo pueda ser un deudor del Espíritu y no de la carne, como en efecto lo soy, y pueda vivir en consonancia con esa deuda que yo tengo con la gracia del Espíritu.
Padre, gracias. Porque Tú, sabiendo la enormidad de la lucha de aquellos que hemos sido redimidos —contra la carne, contra el mundo y contra Satanás—, Tú no simplemente nos diste mucho poder para vencer la lucha. Lo increíble es que nos diste tu poder infinito y lo pusiste dentro de nosotros para que yo pueda vencer toda oposición, toda resistencia, toda tentación. Señor, gracias por capacitarnos de tal manera. Gracias por entrenarnos y cambiarnos desde adentro hacia fuera. Gracias porque ciertamente Tú no solamente hiciste lo que hiciste, sino que revelaste de manera clara en tu Palabra en qué consiste toda esta lucha, para que yo sepa cómo librarla.
Gracias por Cristo Jesús, quien por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz. Señor, ayúdame a recordar que yo soy deudor de tu Espíritu. Gracias, Cristo, por justificarme en la cruz, y gracias por tu Espíritu Santo por santificarme aquí en la tierra. Todo esto es de ti y para ti. Gracias por tu gracia, que es más grande, más grande que todo pecado, más poderosa que toda debilidad en mí. Ayúdame a cantar y a celebrar y a mostrar y a vivir por dicha gracia. En el nombre de Cristo te lo pedimos, y su pueblo dice: amén.