Integridad y Sabiduria
Sermones

Una vida de veracidad

Miguel Núñez 30 enero, 2011

El problema del ser humano no son los juramentos ni los votos, sino la falsedad arraigada en su corazón. Cuando Cristo dice "sea vuestro hablar sí, sí o no, no", no está prohibiendo los juramentos —Dios mismo los reguló en el Antiguo Testamento y Pablo los practicó después del Sermón del Monte—, sino atacando la hipocresía que usa fórmulas religiosas para ocultar la mentira interior. Los fariseos habían creado un sistema donde jurar por el oro del templo obligaba, pero jurar por el templo no; donde jurar mirando hacia Jerusalén comprometía, pero jurar simplemente por Jerusalén dejaba una salida. Cristo desarma esa casuística: todo por lo que jures está ligado a Dios, incluso los cabellos de tu cabeza.

La discrepancia entre lo que pensamos y lo que decimos, entre lo que somos y lo que otros creen que somos, atraviesa todo el Sermón del Monte. Después del "sí" o el "no" que debimos dar, todo lo que agregamos para excusarnos, para quedar bien, para desplazar la culpa, procede del mal. Adán lo inauguró en el Edén: en lugar de decir simplemente "pequé", embarró a Eva y de paso a Dios por habérsela dado.

La solución no está en hacer mejores juramentos sino en el Evangelio. El pastor Núñez lo ancla en el pacto con Abraham: Dios pasó solo entre los animales partidos porque sabía que Abraham no podría cumplir. Cristo cumplió las condiciones del pacto con su vida perfecta y pagó el incumplimiento humano con su sangre. Esa cruz es la evidencia de nuestros votos quebrados y, al mismo tiempo, la garantía de nuestras promesas. Cuando entendemos que nuestra salvación no depende de nuestra ejecución sino de la fidelidad de Dios, comenzamos a responder por amor y no por miedo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Mateo 5, versículos 33 al 37: "También habéis oído que se dijo a los antepasados: no jurarás falsamente, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ninguna manera, ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni un solo cabello. Antes bien, sea vuestro hablar: sí, sí; no, no. Y lo que es más de esto, procede del mal."

Padre, tú nos hablas hoy en tu palabra de la necesidad de ser íntegros como tú lo eres. Conocemos las veces que hemos violado nuestra integridad, pero danos entender en esta mañana cosas que no hemos entendido y ver cosas que no hemos visto. Ayúdanos a experimentar el poder transformador de tu palabra, el mensaje del Evangelio, que continúa deshaciendo las impurezas en nuestras vidas. Sé con el predicador; tú conoces sus debilidades, sus incapacidades, sus insuficiencias y sus pecados. Gracias porque el derecho de predicar tu palabra no depende de él, sino de tu escogencia. Al que tiene a ti por la roca de su salvación, él está cimentado en esta mañana; ayúdale a predicar tu palabra santa. En Cristo Jesús, amén.

Bueno, tenía un par de domingos fuera de este púlpito, que había estado predicando en otros púlpitos. Fue de gran bendición, pero cuando te alejas del púlpito te alejas de la serie que venía haciendo, de manera que yo quiero reintroducirla simplemente para ayudarnos a recordar dónde estamos. ¿A qué altura está la exposición de esta serie? Veamos: habíamos dicho que ya habíamos entrado en una porción del mensaje de Cristo donde Él está estableciendo una serie de contrastes entre lo que ellos habían escuchado como enseñanzas y lo que Él estaba trayendo como nueva revelación.

Él introduce esas nuevas enseñanzas, o nueva iluminación de los textos, con su famosa frase: "¿Habéis oído? Pero yo os digo." Y Cristo está tratando, no de deshacer lo que la ley de Moisés ya había establecido, sino de destruir todas las distorsiones acerca de la ley de Moisés que a lo largo de los años los judíos, sus seguidores, los fariseos, habían creado. Es importante que nosotros lo entendamos porque el ser humano tiene un don extraordinario de tomar las verdades de la palabra de Dios, alterarlas y hacerlas sonar como verídicas, siempre a favor del que las distorsiona. Nosotros nacemos con esa habilidad especial para hacer eso.

Y si tú no piensas que perteneces a este universo de los mortales que somos capaces de hacer eso, déame recordarte un solo versículo una vez más: Salmo 116:11, "Dije en mi apresuramiento: todo hombre es mentiroso." Dentro de esa afirmación están los que viven de la mentira y aquellos que de cuando en vez nos encontramos tergiversando la verdad, ocultando la verdad, diluyendo la verdad, transformando la verdad, alejándonos de la verdad. De manera que no hay un ser humano que, de acuerdo al veredicto de Dios, no tenga esa capacidad en su corazón al momento de su nacimiento. Nosotros venimos con una licenciatura en esa área y a lo largo de la vida terminamos nuestro doctorado. Lamentablemente, esa es la realidad del corazón humano, que es engañoso más que cualquier otra cosa. ¿Quién podrá cambiarlo, sanarlo?

Los fariseos se habían hecho expertos en la ley y, siendo expertos en la ley, se hicieron expertos en distorsionarla. Tú podrás decir: ¿cómo es eso? Si tú eres experto en la ley, ¿cómo a la vez puedes ser experto en distorsionarla? Bueno, yo sé que no todos son así, pero hay abogados en el día de hoy que son expertos en la ley y expertos en distorsionarla. De hecho, cuando llegas a tener un buen manejo de esas distorsiones, usualmente te conviertes en algo sumamente cotizado. Eso nos ayuda a entender en algo cómo ellos también lo hicieron.

Cristo ya había puesto de relieve dos de las modificaciones y alteraciones de la ley de Moisés. Él comienza diciendo con la primera: "Habéis oído que se dijo, pero yo os digo", y equipara con eso la ira contra el hermano, el uso de palabras tan simples como "raca" o "idiota" contra el hermano; Él las ha equiparado con el homicidio. El homicidio estaba prohibido por el sexto mandamiento de la ley de Dios. ¿Qué es lo que el sexto mandamiento de la ley de Dios protege? Estaba tratando de preservar la integridad de la imagen de Dios, y el hombre es portador de esa imagen, de manera que nuestra ira y nuestras palabras contra ese hombre son contra la imagen de Dios, y eso me hace culpable ante el Sanedrín, ante la corte, de haber violado el sexto mandamiento de la ley de Dios.

La segunda ocasión, Cristo les ayudó a entender que el adulterio no es algo que yo cometo simplemente a nivel físico, sino que es algo de lo cual soy culpable cuando tengo intencionalidad, motivaciones y deseos en mi corazón por aquella persona que no es mi cónyuge. Él había puesto esas dos cosas de relieve, las había descubierto, y ahora está tratando de ayudarles a entender algo más: que con relación a los juramentos y a los votos, el problema del hombre sigue siendo el corazón y no sus acciones. Todo el Sermón del Monte está tratando de enfrentar el problema del corazón enfermo, engañoso, pecaminoso, caído.

Y Cristo comienza diciendo, otra vez con esta figura de contraste: "También habéis oído que se dijo a los antepasados: no jurarás falsamente, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ninguna manera, ni por el cielo", etcétera, etcétera. Parecería como que Cristo está prohibiendo los juramentos. En realidad, a la luz del resto de lo que la Palabra tiene que decir, Cristo no estaba prohibiendo los juramentos ni los votos. Cristo estaba predicando esto en un contexto cultural, en medio de unas alteraciones groseras —y pudiera usar esa palabra— de lo que era la ley de Dios, y Él estaba tratando de derribar esas prácticas, esos hábitos.

La razón por la que yo digo que Cristo no estaba prohibiendo el juramento y los votos es porque en la ley de Dios, dada por Dios mismo, Dios regula cómo hacerlo; Dios regula cómo jurar y nos da una sola manera de hacerlo. De tal forma que Dios no puede legislar a favor del juramento en el Antiguo Testamento y legislar en contra del juramento en el Nuevo Testamento, porque nuestro Dios no es un Dios de confusión ni es un Dios de contradicciones. Lamentablemente, el judío había entendido —o el fariseo había entendido y estaba enseñando— que ellos podían conformarse externamente a la ley de Dios sin nunca cumplirla en el corazón; que ellos podían cumplir con la letra de la ley violando el espíritu de la ley y pensar que tenían aprobación de parte de Dios.

Con relación entonces a los mandamientos y a los votos, ellos sabían que Dios tenía el tercer mandamiento, que prohibía el uso del nombre de Dios en vano. Ellos creían que la manera de cumplir con eso era la forma externa: "Bueno, pues no pronunciamos el nombre. Cuando volvamos a hacer un juramento, entonces juramos de otra manera." Lo que ellos no entendían es que el nombre —el no uso del nombre— no era el problema; no era lo que había que salvaguardar. El nombre, en el contexto hebreo, representa la integridad del carácter detrás del nombre. Y lo que Cristo está ayudándoles a entender es que, aunque no uses mi nombre, cuando violas la integridad de la santidad de mi carácter, tú tienes un problema conmigo.

Pero Él no estaba tratando de prohibir los juramentos. De hecho, mira literalmente la ley de Moisés en Deuteronomio 10:20. Escucha lo que Dios dice: "Al Señor tu Dios temerás, le servirás, a Él te allegarás, y solo en su nombre jurarás." Ahora, no solamente tengo la indicación de que puedo hacerlo, sino que se me dice que solamente lo puedo hacer en su nombre.

La realidad es que la razón de los votos y los juramentos es la condición caída del hombre. Antes de la caída no hubiesen existido los votos y los juramentos; para qué, si sí era sí y no era no, y eso era todo. En la condición de redención, después que terminemos aquí abajo, en el reino de los cielos no habrá juramentos y votos, porque eso es innecesario. La necesidad de la existencia de votos y juramentos habla de la infidelidad del hombre en su corazón, que no es capaz de mantener su palabra.

En segundo lugar, por el texto de Deuteronomio 10:20 que les indiqué, hemos visto que Dios no ha prohibido la juramentación. Y en tercer lugar, también hemos visto que Dios dice que la única manera como yo puedo jurar es por el nombre de Dios. La pregunta es: ¿por qué? Bueno, es que se supone que cuando tú tienes testigos en un juramento, esos testigos debieran tener cierta fuerza moral para obligar a las personas firmantes a cumplir lo que han jurado, aquello con lo que se han comprometido. Lamentablemente, nosotros sabemos que eso no ocurre; nosotros ni siquiera buenos testigos somos.

Déjame ilustrarlo, y que quede claro que quienes hayan pasado por esa experiencia: esto no representa una acusación, es una ilustración que yo creo que es importante que entendamos. Cada vez que ocurre un divorcio, eso que ocurre es una ilustración, una muestra de lo que yo acabo de decir. El matrimonio se ha hecho en presencia de testigos que se supone debieran tener cierta fuerza moral para ayudar a las personas firmantes a mantenerse dentro del compromiso que han adquirido. Y sin embargo, cuando esas cosas comienzan a indicar que va a ocurrir esa separación, en la enorme mayoría de los casos el otro testigo no se molesta en ir a visitar a quienes ellos vieron firmar para decirles: "Sabes qué, yo tengo que recordarte que, por lo menos moralmente, tú tienes un compromiso y que tú no lo debes romper." Dios sabe que nosotros no tenemos ni siquiera la intencionalidad de ser buenos testigos, mucho menos de cumplir con los compromisos que nosotros mismos hacemos.

Esa es la razón por la que en el contexto de la comunidad cristiana, cuando el pacto del matrimonio va a ser roto o ha sido roto por razones no bíblicas, el liderazgo de la iglesia se ve en la obligación delante de Dios de intervenir y de hacer rendir cuentas. Ellos no tienen —nosotros no tenemos— la opción de no hacerlo sin pecar.

Dios sabe que es el único testigo fiel, es el único testigo universal. Él no solamente es el testigo de nuestras acciones y nuestras palabras; Él es el testigo de nuestras motivaciones e intenciones del corazón cuando firmamos. Y por eso Dios dice: "Si tú vas a hacer un juramento, la única persona por quien tú podrás hacer eso es por mí. Yo solamente, yo únicamente, yo en todo el universo tengo la autoridad para hacerle rendir cuentas a todos los hombres de aquello que ellos son y que han jurado, aunque no invoquen mi nombre, si ocurre en mi presencia."

Mira otro pasaje más de la ley donde tú notas que el juramento y los votos estaban reglamentados, y que nos hablan de que Dios no estaba opuesto —ni Cristo tampoco— a estos juramentos. Deuteronomio 23, del versículo 21 al 23. Este es un pasaje que yo siempre leo antes de llevar a cabo los votos cuando tengo que casar a alguien, porque por lo menos entiendo que delante de Dios cumplí con mi obligación moral de ayudarles a recordar, antes de que hagan sus votos, la seriedad de lo que están a punto de hacer.

"Cuando hagas un voto al Señor tu Dios, no tardarás en pagarlo, porque el Señor tu Dios ciertamente te lo reclamará, y sería pecado en ti." Deuteronomio 23:21. Y continúa el texto: "Sin embargo, si te abstienes de hacer un voto, no sería pecado en ti." Cristo está diciendo exactamente eso: mejor "sí, sí" o "no, no", y no hagas el voto.

El versículo 23 dice: "Lo que salga de tus labios cuidarás de cumplirlo, tal como voluntariamente has hecho voto al Señor tu Dios, lo cual has prometido con tu boca." No lo cumplas a medias, no lo cumplas a tres cuartos; tal como lo has hecho, así cuídate de cumplirlo. Aquí hay reglamentaciones para estos juramentos, para estos votos. Dios no está opuesto a estos juramentos; Cristo tampoco lo está.

Tratando de deshacer, como vamos a mostrar, la distorsión de lo que esto es. Nosotros sabemos que el apóstol Pablo entró en juramentos, entró en votos, en más de una ocasión. En varias ocasiones Pablo invoca el nombre de Dios como testigo de su vida, de su conciencia. En su contexto, eso implicaba un juramento, y Pablo invoca el nombre de Dios de una u otra manera en Romanos 1:9, 2 Corintios 1:23, 1 Tesalonicenses 2:5, 2:10, Filipenses 1:8. Pablo no estaba violando la ley de Dios cuando hacía estas cosas, y la vida de Pablo fue después del Sermón del Monte; no estaba violando lo que Cristo estableció en el Sermón del Monte.

Lo que Cristo estaba atacando, tratando de deshacer, es esta falsedad presente en sus días. Nosotros sabemos, por fuentes bíblicas y extrabíblicas, de estas distorsiones. Déjame darte una o dos ilustraciones, y una de ellas viene de los propios labios de Jesús, donde él denuncia vehementemente esta mala práctica. Pero déjame comenzar con las fuentes no bíblicas.

El Mishná, que es una serie de comentarios judíos acerca de la ley, en su capítulo cuatro tiene una sección extensa acerca de votos y juramentos. La gente que entra al Mishná, capítulo tres, "Votos" —o búscalo en español si no lo encuentra— y ahí está toda esa sección número tres del Mishná, con puntos y coma, todo lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Había una sección del Mishná que dice que los juramentos son más obligatorios que los votos, porque los votos obligan más que los juramentos. Y había que saber cuándo es cuándo: uno de los rabinos decía que si tú jurabas por Jerusalén y violabas ese juramento, no era problema; pero si en el momento de jurar por Jerusalén jurabas en dirección a Jerusalén, entonces sí estabas obligado.

¿Te das cuenta de lo que nosotros somos capaces de hacer, nada más y nada menos, que con la ley de Dios? No está hablando de la ley de los hombres. A eso es a lo que Cristo se está refiriendo. William Barclay tiene documentado cómo en aquella época habían llegado a establecerse como prácticas dos tipos de juramentos. Uno de esos juramentos era lo que él llama, o fue llamado, juramentos frívolos: personas que están hablando en una conversación social, como en la calle, donde nadie le está pidiendo un juramento ni un voto, y te dice: "No, te lo juro." Quizás usted lo ha oído en la calle, o usted mismo —que salvo es— ha dicho: "Te lo juro por mi madrecita santísima," que no lo es. Se lo he oído. Ahora, eso sería un juramento con otras frases frívolos: nadie le obligó a usted a jurar, nadie le pidió que lo hiciera, pero estamos tan acostumbrados a la maldad de nuestros corazones, a que no se nos crea, que tenemos la inclinación rápida y fácil de decir: "No, yo te lo juro, juro por mis hijos, te lo juro."

Y Cristo está diciendo: "No; si vas a jurar, tienes que hacerlo por mi nombre, y te recomiendo que, dada la caída del corazón del hombre, mejor digas sí o no, y no pases de ahí." Nosotros sabemos no solamente que Pablo incurrió en juramentos y votos; nosotros sabemos que Cristo se sometió, en un momento dado, al voto cuando se le estaba pasando juicio. Al igual que hoy en día, en ocasiones, dependiendo de la nación de ustedes, se le presenta una Biblia todavía para que ponga su mano y jure decir la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad. Imagínese que para hasta eso hay que especificar: "Jure a decir la verdad." Uno diría que eso debiera ser suficiente. "No solamente la verdad," porque tú puedes decir la verdad y agregarle otra cosa, y te dije la verdad. "Y nada más que la verdad," de manera que no me digas nada más: yo entiendo que todo lo que has dicho es la verdad.

De esa misma manera, ellos podían poner bajo juramento a personas. Cristo entendía la seriedad de esto, y Él estaba siendo interrogado por el sumo sacerdote. El sumo sacerdote le estaba haciendo preguntas y Cristo estaba callado; Él no iba a responder. Escucha lo que dice Mateo 26:63 en adelante: "Mas Jesús callaba." El sumo sacerdote sabe que Jesús es un rabino judío; sabe la implicación de su ley, sabe lo que esto significa. Escucha lo que hizo: "Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios." E inmediatamente Cristo abrió su boca. Cristo había sido puesto bajo juramento; Cristo no iba a violentar la ley, no iba a violentar el nombre de su Padre. E inmediatamente Jesús le dijo: "Tú mismo lo has dicho," pues hasta entonces había callado.

De manera que nosotros sabemos que el mismo Cristo se sometió a juramento. No es ese tipo de juramento el que el Sermón del Monte está tratando de deshacer. Son los juramentos frívolos; son los juramentos que han distorsionado la ley de Dios; son los juramentos que tenían la propiedad de ocultar la falsedad del corazón del hombre. A esos es a los que se estaba refiriendo.

Los juramentos frívolos, y luego los juramentos evasivos. Los evasivos eran aquellos juramentos que sacaban el nombre de Dios de su lugar; se hacían de manera que, como el nombre de Dios no estaba ya presente, ellos pensaban: "Sabes qué, llegado el momento, pudiéramos violentarlo." Y ahora tienes la fuente bíblica de que esta era la práctica, de los propios labios de Jesús, en Mateo 23:16-22: "¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: 'No es nada al que alguno jure por el templo; pero el que jura por el oro del templo, ese está obligado.' ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante: el oro, o el templo que santificó el oro? También decís: 'No es nada al que alguno jure por el altar; pero el que jura por la ofrenda que está en él, ese está obligado.' ¡Ciegos! ¿Qué es más importante: la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Por eso, el que jura por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él; y el que jura por el templo, jura por él y por el que en él habita; y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por el que está sentado en él."

¿Te das cuenta? Esa sería la práctica, esa sería la costumbre, esos serían los hábitos. Y eso es exactamente lo que Cristo está tratando de enfrentar en el Sermón del Monte. Por eso le dice: "No juréis ni por el cielo, que es el trono de Dios" —cita al Salmo 123— "ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies" —Isaías 66:1— "ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey" —Isaías 60:14. Dios, Cristo, toma todas estas fórmulas y les dice: "Todo por lo que juras está ligado y relacionado al Padre, a Dios; Él es el dueño del oro y la plata, y Él es el dueño de la tierra y de toda su plenitud. No hay nada por lo que tú jures que no estés jurando por Dios; Él es tu testigo universal."

Y es más, les dice: "Yo habían entrado en la costumbre de decir: 'Te juro por los cabellos de mi cabeza,' o 'por los cabellos de mi barba,'" y se sacaban un pelo. Y Cristo les dice: "Ni puedes jurar por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco un solo cabello negro. Tu vida es sagrada; le pertenece a Dios. Cuando juras por tu vida, juras por Dios, porque tú llevas la imagen de Dios." Los fariseos habían aprendido a conformarse externamente a la letra de la ley, violar el espíritu de la ley, y pensar que estaban bien con Dios.

Usted puede decir: "Bueno, pero es increíble cómo la gente puede hacer eso." Bueno, déjame ilustrarte. Enero primero, 2011. "Sí, señor, este año me comprometo a hacer un devocional todos los días, de cinco minutos, de quince, de media hora" —el tiempo no es mi punto—. Entonces, el primero de enero usted comienza, y sigue su devocional. Pero en la aceleración de la vida, cada día usted lo hace a la misma hora, la misma cantidad de tiempo, pero un poco más rápido, porque tiene que cumplir con sus obligaciones. Y resulta que pasaron trescientos cinco días, hizo los trescientos cinco devocionales, pero su vida no ha cambiado. Usted no se detuvo a rumiar, a aplicar lo que estaba leyendo, a entenderlo. Y al final usted dice: "Este año, Señor, gracias, porque mira, no falté un día de devocional." Y Dios dice: "Yo pensé que tú no habías hecho un devocional." "¿Cómo que no, Señor? Yo estuve aquí todos los días." En la letra de la ley, pero no en el espíritu de la ley. Porque la intención del devocional no es punchar tarjeta; es cambiar tu corazón. Y si yo no entro al devocional —el tiempo que sea, corto o largo— con la intención expresa de que mi corazón sea cambiado, lo único que estoy haciendo es punchar tarjeta y repetir lo mismo que los fariseos hacían: cumplir externamente, con lo cual yo me siento bien, pero no estoy bien.

Alguien pudiera levantar la mano si, en este culto o en los dos anteriores, hubo un momento en que ese ejemplo no tuvo nada que ver con juramentos y votos. Cristo no estaba atacando los juramentos y votos en sí, tal como los ordenó y los reglamentó. Cristo estaba atacando la falsedad del corazón del hombre, la hipocresía del corazón; y los juramentos y los votos eran una ilustración de cómo esa falsedad estaba saliendo a relucir. Nada más. El ataque, el enfrentamiento de las enseñanzas de Jesús, es del corazón no conformado, en un cuerpo que externamente se conforma a la ley de Dios.

No ocurre ahora otro ejemplo. Usted viene a la iglesia; tiempo de adoración, están cantando, usted comienza a cantar, levanta la mano, forma externa. Usted mira para allá y se dice: "Ese me van a notar cantando; ese tiene que estar muy mal." "Bueno, ¡aleluya!, ¡gloria!", yo o sea... "¡Aleluya!, ¡aleluya!" Ah, pero no vale levantar la mano, no vale ni... Fulano, mira la cara de ese hombre. Usted termina, usted cruza el corredor. En una iglesia de esta ciudad ocurrió que la persona estaba adorando, sonó el celular, lo cogió y dijo con toda suavidad: "Dime, fulano." "Rube." "¡Aleluya! Te veo cómo se hace." Así mismo se hace en los juramentos: conformidad externa, nada interno.

Nosotros sabemos que los juramentos no eran el problema; es la falta de veracidad.

Mira cómo Cristo termina este texto: "Antes bien, sea vuestro hablar: sí, sí; o no, no." Esto es como... que yo lo entiendo, ¿oyó esta frase? ¿Por qué esta frase es así? Es como un "¡al!", yo lo encontré de esa manera, reflexionando. "Y lo que es más de esto, procede del mal." ¿Cómo? Sí, que muchas veces ante una pregunta, lo único que tú tenías que decir era: sí. Y el resto que dijiste tiene una raíz de pecado detrás. Déjame explicártelo.

Me días tú: "Oye, que tú dijiste tal y tal cosa de mí." "Sí, pero déjame explicarte, porque tú tienes que entender." Cristo dice: todo eso que sigue después del sí procede de una raíz de pecado, procede del mal. La pregunta era sí o no, y eso era lo que tú tenías que decir. Ahora, después del sí, lo que tú vas a hacer es excusar lo que dijiste tratando de quedar bien. Lo que es más de eso, él dice, procede del mal.

Nosotros nos excusamos para sentirnos bien. Llegamos tarde porque salimos tarde. Cuando digamos "ya tarde", ah, mi hermano, "excuse me, que llegué tarde." El hermano, que quiere que tú te sientas bien, dice: "Oye, el tráfico de ahora es increíble, ¿y usted vino? No viene sin nada de tráfico." Y se sienta a mano: "Que este tráfico es increíble." Y como el hermano le creyó, usted se siente bien. Debería sentirse peor, porque le ha hecho cometer un mentira. Ahora, a mí me ha pasado que yo llegué a un sitio y me dice alguien: "Oye, ¿cuál fue que llegaste tarde?" Sí, el tráfico... pero no sabes que no fue el tráfico. Yo pude haber salido antes, pude haber dicho que sí, pero no fue el tráfico. Yo salí tarde. "Perdón." Eso es lo que necesitamos decir.

Pero nosotros nos excusamos para sentirnos bien, nosotros nos excusamos para lucir bien, nosotros acusamos para desplazar la culpa, nosotros condenamos al otro para sentirnos justificados en la ira que sentimos contra ese otro. Somos expertos en todo eso, y a veces nos callamos para no dar a conocer lo que sí estamos pensando. Cristo dice: el problema es la falta de veracidad, la falta de conformidad entre tus palabras y la condición del corazón.

¿Tú sabes cuándo comenzó esto? Miren en el Edén. Adán pecó. Dios viene a hablar con Adán, y según el versículo, en Génesis 3, "¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo?" Pero antes de que Adán responda, Dios le hace otra pregunta: "¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?" A la luz del Sermón del Monte, ¿cuál era la respuesta? Sí. Y ahí Dios podía seguir preguntando.

Tú recuerdas lo que Adán dijo. Adán le dice: "Bueno, la mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí." ¿De dónde salió eso? Del mal. Cristo dice que sea sí o no, y lo que es más de esto procede del mal. Adán, después del sí o no que podías haber dado, esta explicación viene de tu pecado. ¿Qué es lo que tú estás tratando de hacer al embarrar a tu esposa? No a la vecina, no. A tu esposa, la única.

¿Saben lo que Adán está diciendo? "¡Oye! Si mi esposa tiene que quedar mal, que quede mal ella, pero a mí me interesa quedar bien con Dios." Pero a tu esposa, sí. "Bueno, en mi pellejo, la mujer que tú me diste..." Y si la puedo defender un chin, te voy a recordar que tú me la diste. O sea que, ¿cómo va eso? ¿Ven, cómo lo lees tú? No, pero yo le eché la culpa al que me la dio. Dios sigue para donde va. "¿Y esto qué es lo que has hecho?" Bueno, ahí no puede decir sí o no, porque la pregunta no iba a quedar respondida, pero a la luz del Sermón del Monte, del sí o no, como tiene que ser respondido de otra manera, ya pudo haber dicho: "Comí de eso, ¿eh? Violé tu ley. Pequé." No, pero ¿saben lo que ella dijo? "La serpiente me engañó, y yo comí." Porque ahí, implícitamente sí, pero "tú tienes que entender que no fue así tan fácil, fue una serpiente de esa que tú tenías aquí en el jardín, que vino y me engañó, y yo comí."

Eso es lo que Cristo está atacando en el Sermón del Monte. Y eso es lo que él dice: después del sí, después del no, lo que sigue para allá, eso procede del mal, procede del pecado. En otras palabras, si tú le haces la misma pregunta, Cristo te diría: sí o no, entonces tú le responde. ¿Por qué lo dijiste? Entonces él te explica. Pero nosotros tenemos que excusarnos aun cuando no nos pregunten por la excusa. A eso es a lo que Cristo está haciendo alusión.

En manos de ustedes ha estado esta frase. Ya yo lo he dicho en otra ocasión del Sermón del Monte, pero yo quiero rastrear esto, yo quiero enfatizar esto. En ocasiones usted dice: "No, pero no importa, porque el Señor conoce mi corazón." Ojalá que Dios no conociera mi corazón, ese es mi problema. Y ese es tu problema. Si Dios no conociera mi corazón, fuera muy fácil, en buen dominicano, engañar a Dios. El problema es que él conoce mi corazón.

Déjame ilustrarte cómo yo lo dije aquella ocasión, porque a veces no sé lo que dije en un culto y en el otro. Te lo voy a llevar del peor extremo al mejor extremo. Cuando tú dices algo malo o haces algo malo, tu corazón es diez veces peor que lo que acabas de decir y lo que acabas de hacer, porque eso fue lo que tú te atreviste a decir y te atreviste a dejar ver, pero tu corazón es mucho peor. Ese es el extremo peor.

Ahora nos vamos al mejor extremo. Cuando yo me comporto mejor, cuando yo hago mi mejor obra, cuando en buen dominicano me la he comido, mi corazón no estuvo tan bueno como lo estuvieron esas obras que mostré. Y eso lo dice Dios. En la era en que yo entendí eso, jamás... yo quiero volver a decir: "Bueno, el Señor conoce mi corazón." No, ese es mi problema, y el tuyo también.

La temática del Sermón del Monte entero es el corazón del hombre, la intencionalidad del corazón del hombre, la discrepancia. Si tú quieres saber de qué trata el Sermón del Monte en manera global, oye bien de qué es que trata: la discrepancia entre lo que yo pienso y lo que yo digo, entre lo que yo hago y lo que yo soy, la discrepancia entre lo que otros piensan que yo soy y lo que yo verdaderamente soy. De esa discrepancia tratan los tres capítulos de Mateo 5, 6 y 7 que contienen el Sermón del Monte. Todo lo que está ahí son ilustraciones de cómo se da esa discrepancia, porque tenemos una inclinación a la mentira, a quedar bien, a lucir bien, a tergiversar la verdad, y estamos en graves problemas.

Entonces, ¿cuál es la solución? Los juramentos no lo son; los hacemos y los violamos. Mis palabras las incumplimos, como les ha pasado por ahí. La solución es el Evangelio. Yo quiero explicarlo, pero yo quiero explicarlo de una manera que no me despegue del texto, de manera que debo hacerlo a través de algo que tenga que ver con juramentos y votos, y que a la vez muestre que ciertamente la solución a esa dificultad que existe entre el corazón engañoso y la demanda de un Dios justo es el Evangelio.

Me voy a ir bien atrás. Me voy a ir al primer voto, el primer juramento registrado en la Biblia, que fue hecho por el mismo Dios. Y espero que usted pueda tener un mejor entendimiento, a partir de hoy, de cómo es que el Evangelio es la solución a todo eso de lo que hemos venido hablando. El Evangelio no es solamente para el inconverso; yo necesito el Evangelio todos los días de mi vida al levantarme. Yo soy dependiente del contenido del Evangelio todos los días de mi vida para mi santificación. Yo hablaba con un grupo en Jarabacoa el viernes en la noche, pasé más de una hora hablando del poder del Evangelio, porque eso es lo que hace el Evangelio en nuestras vidas.

Entonces, el primer pacto que tú lees en la Biblia lo hace Dios, lo hace Dios con Abraham. Y eso nos ayuda a ver que Dios no está condenando los pactos. Yo he estado estudiando las últimas semanas mucho de ese trasfondo, el entorno en que estas Escrituras se produjeron, y a la verdad es que es como otro mundo, es como otra dimensión. Porque para comenzar, nosotros no tenemos una idea de lo que es un pacto. Incluso en la mente judía, el matrimonio no es un pacto, ni siquiera. Y el pacto implicaba dos personas o dos grupos —en este caso dos personas—, donde había uno mayor y uno menor, y las condiciones las establecía el mayor de manera unilateral; el menor podía rechazarlas o entrar, pero él no tenía poder de negociar eso. El matrimonio se trata de dos personas iguales.

Dios establece las condiciones con Abraham en este pacto unilateralmente, y él era el mayor, y Abraham no tenía nada que negociar. Dios sabe que Abraham no tiene el poder, Abraham no tiene la intención, no tenía la motivación para mantenerse fiel al pacto, de manera que Dios no lo va a dejar entrar en un pacto donde Abraham tenga que firmar, porque no va a cumplir eso. Dios hace un pacto con Abraham unilateralmente.

¿Y cómo lo hizo? Bueno, Dios le dio un día, en Génesis 15. Abraham sale afuera, mira el firmamento, cuenta las estrellas: "Tu descendencia va a ser tan numerosa como las estrellas." Y Abraham, como buen judío, se fue a los santos —qué atrevidos que suenan a veces los creyentes del Antiguo Testamento cuando le hablan a Dios, porque ellos creían que estaban hablando a su papá—, y Abraham le dice: "Ajá, mi descendencia va a ser tan numerosa como las estrellas... ¿y cómo yo sé eso?" Y no me atrevería a decir quién se pregunta, Dios, por Abraham sí. "¿Y cómo yo sé eso?" Y Dios dice: "¿Tú quieres saber? Vamos a cortar un pacto."

En el antiguo Oriente no se firmaba un pacto, se cortaba. "Estoy a punto de cortar un pacto con otra persona." Ejemplo, el matrimonio: los padres de la novia y los padres del novio venían; ellos eran los que firmaban, los que cortaban el pacto, no el novio y la novia. Entonces el padre le prometía, por ejemplo, el padre de la novia le prometía al padre del novio que su hija era virgen; el padre del novio le prometía al padre de la novia: "Mi hijo será responsable, mantendrá a tu hija", etcétera, etcétera.

Entonces cogían un animal, o varios, lo cortaban en dos, la sangre se derramaba, se ponía en un lugar donde la sangre se pudiera acumular con una depresión, y entonces los padres del novio y la novia pasaban en medio de la sangre. La sangre se salpicaba las batas de todos los que estaban alrededor, los que estaban ahí, y básicamente lo que estaban diciendo es: en ese caso, si mi hija no sale virgen, tú me puedes cortar como esos animales. Si mi hijo no sale responsable, tú me puedes hacer eso que le hicimos a los animales. Y hay registro histórico que documenta que esto ocurría, y de hecho en algunas comunidades beduinas de hoy ha ocurrido, donde aparece el padre de uno de los dos —del novio o la novia— tirado por ahí, degollado, por incumplimiento de las condiciones.

Dios le dice: "Abraham, trae una novilla de tres años, una cabra de tres años, un cordero de tres años, un pichón y una tórtola, córtalos en dos." Sangre, por todos lados. Abraham sabe lo que están haciendo. Abraham sabe que está entrando en un pacto con Dios, que tiene que caminar en medio de esto, y que si él no cumple... Dios, ¿cuáles son mis condiciones? Porque cada cual tiene responsabilidades. Dios le dice, en Génesis 17:1 y en Génesis 18:13: "Sé perfecto." ¿Cómo? En inglés: *blameless*, sin reproche, sin falta. Esas son las condiciones de un pacto sagrado.

Y entonces, escucha lo que aconteció en Génesis 15:17: "Aconteció que cuando el sol se había puesto, hubo densas tinieblas." En inglés dice: *a dense and dreadful darkness*, una tiniebla densa y aterradora. Si Dios me dice que mi parte es ser perfecto, eso va a ser aterrador para mí. Eso es lo que aconteció. Y aquí apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades de los animales. En aquel día el Señor hizo un pacto con Abraham —ni siquiera era Abraham todavía— diciéndole: "A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates", etcétera, etcétera.

¿Quién pasó por entre las mitades? ¿Dios? ¿Cómo lo sabemos por la Biblia? ¿Qué representa el humo y el fuego a Dios, y cómo lo sabemos por la Biblia? En el lugar santísimo había un arca del pacto que tenía arriba del propiciatorio, del *Mercy Seat*, una nube de humo que representaba a Dios. Cuando Salomón inaugura su templo y Dios desciende y llena el templo de Salomón, ¿de qué se llenó? De humo. Cuando Dios desciende sobre el monte Sinaí, que hubo truenos y relámpagos, ¿de qué se llenó el monte? De humo. Y en el Nuevo Testamento, ¿cómo es Dios llamado? Un fuego consumidor. Cuando el Espíritu Santo de Dios desciende, ¿qué hay? Lenguas de fuego.

Aquí pasó una sola persona entre las mitades, pero es un pacto entre dos. Bueno, en primer lugar, yo lo estoy estableciendo unilateralmente, y en segundo lugar, yo soy el único que lo puedo garantizar. Para que Abraham pueda recibir las promesas, el pacto tiene que ser real; o sea, aquí tiene que haber alguien que represente a Abraham, tanto en su cumplimiento como en su incumplimiento. Sí había alguien: Dios. ¿Y Abraham cumplió su promesa? Claro que no. Pues entonces a Abraham había que degollarlo y hacerle derramar su sangre, eso es lo que hicieron. En la descendencia prometida venía un hombre que iba a tomar su lugar.

¿Cuáles eran las condiciones para que tú pudieras tener las promesas del pacto? Sé perfecto. El hombre vino, y ese hombre se llamó Jesús. Mantuvo la ley, cumplió la ley, caminó perfecto y fue perfecto. Él garantizó las promesas de Abraham. Pero ese mismo hombre, que era Dios, el que pasó en medio de la columna de fuego y que representaba a Abraham —como Abraham falló a su pacto—, ese mismo hombre fue a la Cruz y derramó su sangre. Le hicieron lo que había que hacerle a un incumplidor del pacto: lo mataron en una Cruz y Él derramó su sangre. Este es el Evangelio: que Dios ha perdonado mi pecado, que me ha perdonado en Cristo, en su Cruz, por medio de la sangre de Cristo, y ha garantizado unilateralmente mi salvación. Mis promesas son sí y amén en Cristo.

Él es mi roca de salvación. No depende de mí, no depende de mi ejecución, no depende de mis obras; depende de la fidelidad de mi Dios a su pacto, que Él cortó. Esa es la solución. La Cruz de Cristo es la expresión de mi infidelidad, es la evidencia, son mis votos quebrados, son mentiras pensadas y las habladas. Si tú entiendes tu salvación, y la entiendes correctamente, tú vas a tener una respuesta al mensaje del Evangelio distinta a la que has tenido hasta hoy.

Mi salvación ha ocurrido para mí en el tiempo. Dios lo ve todo en un solo tiempo, pero para mí ha ocurrido en el tiempo pasado, está ocurriendo en el tiempo presente, y ocurrirá en el tiempo futuro. En el pasado, el mensaje del Evangelio perdonó mis pecados; eso muestra el poder perdonador del Evangelio. Recuerda: la solución de esto es el Evangelio. En el tiempo presente, el Evangelio es lo que a mí me da el poder para que Dios vaya obrando en mí, vaya deshaciendo y debilitando el poder del pecado en mí; en otras palabras, la influencia que el pecado tiene sobre mis pensamientos, sobre mi corazón, mis emociones, mis sentimientos, mi voluntad: el proceso de santificación. Cuando yo entiendo que la respuesta a mi condición ha sido la entrega de Dios de su Hijo, el derramamiento de su sangre y las garantías en su vida, en su muerte y resurrección de mis promesas futuras, yo comienzo a responder en obediencia por amor, y ya no por miedo a las consecuencias.

Por agradecimiento, yo tengo ahora una mejor motivación para mi santificación. Por eso la respuesta a esta discrepancia entre mi corazón y las acciones es el Evangelio. Mientras mejor lo entiendo, mejor respondo a él. "Si me amáis, obedeced mis mandamientos." No dice: "Si me teméis." Dice: "Si me amáis." Y en el futuro yo voy a entrar en gloria. Cuando entre en gloria, ya no solamente la pena del pecado se habrá ido, ya no solamente el poder del pecado se habrá ido, sino que en gloria la presencia del pecado también se habrá ido. Pero en el interín, el Evangelio todos los días me recuerda: "Hijo, tus promesas están garantizadas en mí. Tú puedes contar con ellas. Yo las he garantizado para ti porque yo he dado mi vida por ti. Simplemente responde a lo que yo he hecho por ti."

Dios nos dice en el Nuevo Testamento: "Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo escogido para posesión de Dios." No dice: "Vosotros deberían hacer." No dice: "Fuércense para ser." Vosotros sois, por declaración. Lo que Dios quiere ahora es que yo me comporte a la altura de lo que ya soy. Y me dice literalmente en este texto de 1 Pedro 2:9: para qué fue que Él me escogió como sacerdocio real, como nación santa, como linaje escogido, como posesión de Dios. No es poca cosa ser posesión de Dios; es un gran privilegio ser sacerdote real; es una enorme bendición poder ser nación santa. Esa es su iglesia. Pero en el mismo texto Dios me dice para qué: me dice para que proclames las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

De aquel que me sacó de la oscuridad del pecado y que ahora, al llamarme a su real sacerdocio, me dice: "Ve, proclama, refleja mis virtudes, mis excelencias, mi santidad, mi verdad, mi fidelidad, lo que yo soy, mi amor perdonador, mi misericordia que pagó por tu pecado. Ve, proclámalas, refléjalas, porque ya lo eres." La nación santa de Dios hoy en día es su iglesia. Somos nosotros, sus redimidos, los que tenemos que vivir a su altura. Dios quiere una iglesia que lo represente, que camina en santidad, que habla verdad, que al proclamar las excelencias de Dios y sus atributos contribuye a sanar al herido, a levantar al caído, a libertar a los esclavos. Dios quiere esa iglesia. Nosotros somos esa iglesia. La pregunta es si estamos dispuestos a vivir a la altura de esa iglesia. Él nos dijo: "Vosotros sois linaje escogido", ya en el momento presente. La pregunta es si yo quiero vivir a esa altura para reflejarle y enaltecer su nombre.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.