Integridad y Sabiduria
Sermones

Una vida que resplandece

Héctor Salcedo 12 julio, 2020

Una vida que resplandece para la gloria de Dios no es aquella que brilla según los criterios del mundo —éxito profesional, acumulación material o relevancia social— sino la que se caracteriza por una obediencia genuina a la palabra de Dios. En Filipenses 2:12-16, Pablo describe a los creyentes como "luminares en el mundo", luces radiantes en medio de una generación torcida y perversa. Pero esa luminosidad no surge de logros humanos, sino de una vida sometida al señorío de Cristo.

La obediencia que hace resplandecer tiene características específicas. Debe estar inspirada en el ejemplo de Cristo, quien no se aferró a su igualdad con Dios sino que se humilló hasta la muerte de cruz. Debe ser responsable, porque cada creyente debe ocuparse de su propia salvación sin depender de pastores o de la presencia de otros. Debe ser reverente, con temor y temblor ante un Dios tres veces santo. Y debe ser dependiente, reconociendo que es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer.

El sermón ilustra este principio con la historia del misionero Hank Erwin, quien en 1973 llevó el evangelio a un equipo de fútbol dividido por tensiones raciales en Birmingham, Alabama. Prácticamente todo el equipo se convirtió, y los efectos de ese avivamiento transformaron no solo la escuela sino toda la comunidad. Todo comenzó porque alguien decidió brillar para Dios. El llamado es claro: ser luces que resplandecen sosteniendo firmemente la palabra de vida, no nuestra propia luz, sino reflejando la de Cristo como la luna refleja al sol.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, ya hemos mencionado que estamos agradecidos de que Dios nos ha cuidado la semana pasada como país, en su paz y en su cuidado. Ojalá el país ahora se enfoque en trabajar y en avanzar en muchos aspectos. Así que yo quisiera que fueran ubicando en sus Biblias el pasaje de Filipenses 2. No lo vamos a leer todavía; vamos a hacer una introducción a lo que quiero compartir con ustedes. Esto es una especie de pausa o paréntesis en la serie que el pastor Miguel ha venido desarrollando acerca del personaje de Jesús, y hemos tomado dos domingos de descanso de esa serie para traer otras cosas a nuestra consideración y a nuestro estudio.

En un momento vamos a leer entonces Filipenses 2, pero antes de eso quería comentarles algo como introducción. Hace unas semanas atrás, quizás dos o tres semanas, yo tuve la oportunidad de ver con mis hijos y con mi familia una película que está disponible en Netflix de nombre *Woodlawn*. Es un nombre propio, no tiene un significado; es el nombre de una secundaria en los Estados Unidos. La película comienza con una cita de Martin Luther King: al inicio, en la pantalla, la presentan con fondo negro y letra en blanco. Dice: "La oscuridad no puede disipar la oscuridad, solo la luz puede hacerlo. El odio no puede disipar el odio, solo el amor puede." Y con esa cita comienza la película.

Es una historia basada en algo que pasó en el año 1973 en la ciudad de Birmingham, Alabama, Estados Unidos, y específicamente en esa escuela secundaria de nombre *Woodlawn*. Lo que pasaba en ese momento era que esa ciudad era una ciudad de gran tensión racial; había mucha diferencia, muchos conflictos entre blancos y negros. De hecho, se consideraba en ese momento la ciudad más segregada, más dividida de los Estados Unidos. En esta secundaria se propusieron mezclar, por así decir, a blancos y negros en una misma escuela, y específicamente en un mismo equipo de fútbol. Tenían un equipo mezclado; era algo muy problemático, muy complicado. Muchos consideraban que sonaba a receta para el desastre; nadie creía que el equipo podía funcionar de esa manera.

Los jugadores vivían peleando, en constante conflicto. El coach, casi sin armas, casi sin ningún tipo de argumento, les dijo: "Esa ira que ustedes sienten el uno contra el otro, vamos a usarla, pero vamos a usarla para ganar." ¿Qué sabiduría, verdad? Que no la usen para pelear entre ellos, sino para ganar. Eso no funcionó, como se podrá imaginar.

En un momento dado hace su aparición en la película —y toda esta historia es una historia real— un misionero de nombre Hank Erwin. Hank tenía esta misión de ir a diferentes lugares de los Estados Unidos, a las escuelas, específicamente a los equipos deportivos, y él les predicaba la Palabra. Él le pide permiso entonces al coach y le dice: "Yo quiero que usted me dé cinco minutos con su equipo." El coach le pregunta: "Bueno, ¿qué tú quieres decirle a mi equipo? ¿De qué tú quieres hablarles?" Y Hank responde: "De Jesucristo." El coach le responde: "Bueno, eso no va a pasar." Después de mucha insistencia del misionero, el coach le permite a Hank tener unos minutos con el equipo.

Hank fue presentado como un motivador, como un individuo que venía a motivar al equipo para jugar mejor y demás; pero sucedió que Hank tenía un mensaje muy específico del Evangelio en su boca. Los cinco minutos se transformaron en más de una hora, y al final del sermón, prácticamente todo el equipo —quizás dos o tres jugadores no lo hicieron— pero prácticamente todo el equipo se arrepintió, pidió perdón, vino a Cristo y lo confesó como Señor y Salvador. Fue un antes y un después.

A partir de ese momento la historia fue absolutamente otra. Estos muchachos fueron impactados por el Evangelio, transformados en su manera de pensar. Cambió el equipo, cambió la escuela, cambió la comunidad. Se convirtió el equipo, se convirtió la escuela, y la comunidad se convirtió en un faro de luz en ese momento. Literalmente, la película termina diciendo que todavía los efectos de ese avivamiento espiritual en la secundaria de *Woodlawn* siguen teniendo efectos hoy en día en la forma como la comunidad se relaciona y funciona. Ocurrió porque Hank y otro grupo decidieron brillar para Dios, decidieron resplandecer, que sus vidas fueran faros de luz para la gloria de su Señor.

¿Y qué es lo que hace que una vida resplandezca de esa manera? ¿Qué es lo que hace que una vida sea un faro de luz para la gloria del Señor? Yo creo que Filipenses 2, a partir del versículo 12, que lo vamos a leer, tiene mucho que decirnos en ese sentido. Yo quiero que lo leamos y veamos posteriormente. Son muchas cosas, pero son siete aspectos de una vida que resplandece para la gloria de Dios.

Filipenses 2:12-16. Pablo les escribe a los filipenses y les dice:

> *"Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer para su beneplácito. Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la palabra de vida, a fin de que yo tenga motivo para gloriarme en el día de Cristo, ya que no habré corrido en vano ni habré trabajado en vano."*

Antes de entrar en materia, por así decirlo, y comenzar a extraer lo que entiendo son siete aspectos de una vida que resplandece para la gloria de Dios, yo quisiera hacer algunos comentarios generales del pasaje. Como ustedes pueden notar, en el versículo 15 específicamente, Pablo se refiere a ellos como luminares en el mundo: "Ustedes son luminares en el mundo perverso, torcido." De hecho, la Nueva Traducción Viviente lo traduce como "luces radiantes"; la Nueva Versión Internacional lo traduce como "brillan como estrellas." La idea es la misma en las diferentes traducciones: son vidas que resplandecen, que se notan, que se distinguen del montón. ¿Y qué es lo que hace que esto ocurra? ¿Cómo es que pasa que una vida se nota y se distingue del montón? Eso es lo que se supone que ocurre en cada cristiano, con la vida de cada creyente.

Es claro que la luz que estas vidas emanan, según el pasaje, no tiene que ver con los criterios habituales que el mundo entiende como las cosas que hacen brillar una vida. Hoy en día, si alguien tiene éxito en su profesión, o si alguien tiene éxito acumulando bienes materiales, o si alguien logra cierta relevancia en algún sector, en fin, cualquiera de esas cosas, la gente entiende que es una vida luminosa, una vida brillante. Pero cuando ustedes ven el pasaje, aquí la brillantez de la vida tiene que ver más con la obediencia que con esos criterios.

El pasaje comienza diciendo —fíjense cómo dice el versículo 12—: "Tal como siempre habéis obedecido." Luego más adelante le dice: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor." En el versículo 14 le dice: "Haced todas las cosas sin murmuraciones, para que seáis irreprensibles, que nadie tenga que señalaros de nada; sed sencillos." Todos esos términos tienen que ver con una vida de obediencia, con una vida donde nosotros nos dedicamos a cumplir lo que Dios quiere que cumplamos en nuestra vida, a vivir de la manera que Dios quiere que nosotros vivamos. En otras palabras, lo que hace que una vida resplandezca para la gloria de Dios es su obediencia, su sometimiento a Dios, a su Palabra, a su voluntad para nuestras vidas. Una vida que resplandece es una vida que obedece.

Y de hecho, obedece de cierta manera específica; hay ciertas características en la obediencia del que resplandece. Eso es, de hecho, lo que vamos a ver a continuación: cuáles son las características de aquellas vidas que resplandecen para la gloria de Dios, cuál es la obediencia que esas vidas tienen, qué es lo que podemos ver y deducir de este pasaje. Y ahí ya sí entramos en materia.

Lo primero que yo noto de este pasaje es que una vida que obedece de tal manera que resplandece tiene, como una de las características de esa obediencia, que es una obediencia inspirada. Fíjense el término con que inicia Pablo el versículo 12. Filipenses 2:12 dice: "Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido." El "así que" es un término que conecta lo que Pablo está diciendo con lo que acaba de decir; de tal manera significa también "por lo tanto": "así que", "de tal manera", "por lo tanto", obedezcan. ¿Y qué es lo que acaba de decir, que es una conclusión en este versículo? Bueno, acaba de presentar el ejemplo de Cristo.

En los versículos 5 al 8, un poquito antes, unos tres o cuatro versículos antes, él les presenta a los filipenses lo siguiente. Ellos tenían un problema, un conflicto entre ellos; había una tensión en la iglesia de los Filipenses. De hecho, muchos piensan que Pablo escribió toda la carta a los Filipenses precisamente para resolver las divisiones y las pugnas que había entre ellos. Habían dos hermanas que cita más adelante; les dice que Evodia y Síntique, que son dos mujeres, parece que tenían un problema significativo y serio, y eran personas de influencia en la iglesia. Entonces él escribe toda la carta, muchos dicen, precisamente para resolver esto.

Y entonces, en el versículo 5 del capítulo 2, él dice —en el versículo muy conocido—: "Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

Versículo más adelante, le dice: "Así que, así como habéis obedecido en mi ausencia, ahora en mi ausencia háganlo." Así como Cristo lo hizo, así entonces háganlo ustedes. ¿Qué mejor estímulo para nosotros para obedecer que meditar y reflexionar en la obediencia del Señor Jesús? Que no estimó el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó de sus derechos divinos y vino en forma de hombre. Siendo hombre, siendo siervo, murió en una cruz, víliamente, para beneficio de nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre.

Así que esa es mi inspiración. Cada vez que a mí me dé trabajo obedecer, cada vez que a mí se me complique la vida cristiana porque entiendo que la Palabra me instruye en una dirección que me resulta sacrificada, que me resulta dolorosa, que me resulta difícil, que yo no entiendo bien, pensemos en Jesús. Pensemos en Cristo, cómo Él obedeció, a pesar de lo que implicó esa obediencia.

Algo que me llama la atención en esto es que Dios puede decirnos a nosotros: "Obedezcan, y punto." Dios puede mandarnos a nosotros a que nos sometamos a Él, porque es Dios. Si nosotros tuviéramos una idea de la dimensión del Dios que nosotros adoramos, si pudiéramos entender un poco mejor su amor, su gracia, su poder, su grandeza, su majestad, nosotros viviríamos vidas mucho más sometidas y obedientes. Nosotros sabemos cuál es la voluntad de Dios la mayoría de las veces. El problema es que muchas veces no tenemos el estímulo ni la inspiración para hacer lo que su Palabra nos instruye, y quizás es porque tenemos una dimensión muy pequeña del Dios que nosotros adoramos.

Si nosotros vamos a obedecer de tal manera que vamos a resplandecer, tendremos que meditar y reflexionar mucho más en las verdades de la Palabra y en el Dios que nosotros adoramos, de tal forma que eso nos sirva de inspiración para obedecer. Que la exhortación, "amados míos, tal como siempre habéis obedecido, así como Cristo lo hizo, háganlo también ustedes", sea una realidad de nuestras vidas.

Y les decía que me llama la atención que Dios puede decirnos a nosotros: "Obedezcan, sométanse, y punto." Pero Dios, en su carácter benevolente y misericordioso, cada vez que Él nos pide obedecer, da un estímulo para hacerlo. Cada vez que Él nos dice "sométanse", nos da un estímulo o un ejemplo. En este caso nos dio un ejemplo: Cristo. "Miren a Cristo, como Él obedeció, obedezcan ustedes."

La Biblia está llena de estos estímulos para movernos a la obediencia. Eso es lo que los teólogos llaman los indicativos de la Palabra: lo que Dios dice que Él es o que ha hecho, que sirve de base para que yo entonces me someta a Él. El indicativo de la Palabra es lo que Él ha dicho que es, y lo que ha hecho o hace, para que yo entonces sienta el deseo de cumplir sus imperativos, sus mandatos para mi vida.

Y vuelvo a decir: me llama la atención que Dios, teniendo el derecho y el poder para simplemente decirnos "hagan esto", siempre nos da un estímulo. Miren algunos ejemplos solamente. "Amad a vuestros enemigos, así como Dios hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mateo 5:45). A los hijos se les ordena honrar padre y madre porque esto es justo, para que les vaya bien y tengan larga vida (Efesios 6:1-3), un estímulo para la obediencia. A los esposos: "Amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia", un ejemplo para que lo sigamos, para que sintamos inspiración de obedecer. En Romanos 12: "Os ruego por las misericordias de Dios, por lo que Dios ha hecho por ustedes, que entreguéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional." ¿Se fijan en los estímulos para la obediencia, en la inspiración para la obediencia?

Si tú no sientes deseo de obedecer algo en tu vida, si no sientes el estímulo para someterte a la Palabra en algún área de tu vida, pídele a Dios que abra tus ojos a su grandeza. Pídele a Dios que abra tu entendimiento a su amor, a su misericordia, a su majestad, que ponga en ti inspiración, que ponga en nosotros estímulo, de tal manera que cuando obedezcamos lo hagamos de buena gana, con deseo de hacerlo.

Esa es la primera característica que yo veo en ese pasaje de una obediencia que hace resplandecer una vida, que hace que una vida sea como faro, como luz, como dijimos. Pero hay una segunda característica, y es que la obediencia no solamente debe ser inspirada, sino que debe ser responsable.

Hermanos, si nosotros vamos a crecer en la vida cristiana, hay algo que tenemos que entender bien temprano: mi crecimiento, mi obediencia, mi caminar con Dios depende de mí. No depende de un pastor, no depende de una iglesia. Ciertamente, esos son instrumentos de gracia de Dios para nuestras vidas, pero el crecimiento espiritual es una responsabilidad de cada cual. El caminar con Dios y la vida de obediencia es una responsabilidad de cada creyente.

Pablo les dice —ya leímos—: "Tal como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación." Pablo les dice: yo esté presente o ausente, obedezcan; ocúpense de lo que tienen que ocuparse, ocúpense de su salvación. Parece que en los filipenses había una tendencia, una debilidad, yo diría, en su caminar espiritual de apoyarse mucho en Pablo. Claro, si tú tienes al apóstol Pablo disponible para ti, ¿cómo no te vas a apoyar en él? Debería ser algo como natural. Pero Pablo no está de acuerdo con que se apoyen demasiado en él.

De hecho, esta misma idea aparece un poquito más atrás en la misma carta, en Filipenses 1:27. Oigan lo que él les dice: "Solamente comportaos de una manera digna del Evangelio de Cristo, de modo que, ya sea que vaya a veros o que permanezca ausente, pueda oír que todos estáis firmes en un mismo espíritu, luchando unánimes por la fe del Evangelio." La misma idea: sea que yo esté con ustedes o no esté con ustedes, sea que esté presente o ausente, ustedes tienen que caminar de una manera digna del Evangelio. Es su responsabilidad. Yo no puedo vivir, les dice Pablo, la vida espiritual por ustedes; ocúpense ustedes de su salvación.

Mi firmeza, y la firmeza de los filipenses, no podía depender de Pablo, y en nuestro caso no puede depender de ninguna otra persona. Usando un término muy de moda hoy en día: tenemos que empoderarnos de nuestro crecimiento espiritual. Y claro, es como más fácil obedecer cuando nos están observando. Hay un sentido de vergüenza, de miedo, una mezcla de deseo de cumplir con el otro que nos estimula a obedecer. Eso puede ser útil en un momento dado, pero no puede ser una muleta constante en nuestra vida.

Es por eso que Pablo entonces les dice en el versículo 13 —y eso lo vamos a ver un poquito más adelante, pero quiero traerlo aquí porque es importante—: "Obedezcan", les dice, "ya sea que yo esté presente o ausente, porque Dios es quien pone en vosotros el querer como el hacer." Pablo les dice: porque en realidad su obediencia no la produzco yo, la produce Dios. Obedezcan de esta manera, esté yo presente o no, porque es Dios quien produce el querer como el hacer, no soy yo.

Y fíjense en el mandato: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor." Lamentablemente, muchos han interpretado ese pasaje como que está diciendo que nosotros logramos o alcanzamos la salvación. Realmente el pasaje no está hablando en el contexto de la salvación, sino de la santificación, de la obediencia. Lo que Pablo está diciendo es: trabajen su salvación, ocúpense en aquellas cosas que deben ocupar el tiempo de los que son salvos, trabajen en eso. Nosotros sabemos, de la misma carta de Pablo, que la salvación, hermano, es un regalo de Dios por medio de la fe, es un don divino y no es por obras, para que nadie se gloríe, como leemos en Efesios 2. Esto no está hablando de que si no me ocupo de mi salvación la voy a perder. Está hablando de que, como la salvación la hemos recibido de Dios, ocúpate en lo que te corresponde como hijo de Dios, como aquel que ha sido salvo; ocúpate de las obras que deben ocupar el tiempo de los que son salvos. ¿Cuáles son esas obras? Bueno, las que Dios preparó de antemano para que andemos en ellas, su Palabra y las cosas que Él va revelando en nuestra vida que quiere de nosotros.

De eso se trata entonces. La obediencia que hace que mi vida resplandezca no solamente debe estar inspirada en Dios, debe ser responsable. Yo debo asumir mi responsabilidad en este proceso de santificación, de transformación de mi vida. Es mi responsabilidad, de nadie más. Ojalá que ninguno de nosotros siga la inclinación natural que todos tenemos a responsabilizar de nuestros desvíos a otros, o incluso a Dios. Eso fue lo que hizo Adán, y esa inclinación está en cada uno de nosotros. Nos desviamos, nos enfriamos y decimos que Fulano no me llamó, que Fulano no me atiende, que Fulano no me quiere, que no me dijeron, que no me confrontaron, que no me buscaron. "Ocúpate en tu salvación con temor y temblor, porque es Dios quien pone en ti el deseo."

La característica número tres de esta obediencia es que es reverente. Ya dijimos: es inspirada, es responsable, y ahora es reverente. El versículo 12, la parte final: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor." Esta debe ser la actitud del que obedece. Esto es algo serio, hermanos. El proceso de santificación es algo serio. No es algo que debe quedar en el plano de lo secundario en mi vida, de lo postergado, de "cuando pueda, si quiero". Hay ciertas cosas en nuestro caminar espiritual que deben ser producto de una voluntad rendida a Dios. Esto es algo serio.

Este temor y este temblor que Pablo dice que debe ser la actitud del creyente envuelve un temor reverente a Dios, a un Dios que es tres veces santo. Pero también este concepto de temor y temblor incluye una especie de asombro y respeto por Dios.

Sin interpretación, la saco del comentario de John MacArthur. Hermanos, nosotros nos esmeramos en algo mientras más majestad o importancia le damos a quien lo pidió. Nosotros nos esmeramos en algo mientras más importancia o majestad tiene el que nos lo pidió. Si mi hijo de cinco años me pide algo, para mí, bueno, los padres somos responsables, lo vamos a hacer también, pero normalmente no tiene la misma importancia que si me lo pide el jefe, el presidente o el pastor. Me explico, porque nuestro ahínco, nuestro interés en hacer algo, va a depender de la majestad de quien lo pidió.

Cuando yo tengo un desdén hacia mi vida de santificación, una dejadez en mi caminar cristiano, ¿qué es lo que está reflejando eso? Que la majestad que yo percibo de mi Dios no es tan grande como debería ser. Para mí no es tan importante lo que Dios me ha dicho, el peso que Él tiene en mi vida. Y si nuestra obediencia se caracteriza por esa dejadez, ese desdén, o por ser selectiva —obedecer aquellas cosas que para mí son convenientes o en las que estoy de acuerdo—, eso es una clara indicación de que yo tengo un conocimiento superficial de Dios y una apreciación superficial de sus favores en mi vida. Mi vida de obediencia, entonces, el grado de cuidado con que yo camino y me comprometo con la Palabra de Dios, es una indicación de mi conocimiento de Dios, de mi compromiso con Él.

A mí me sorprende que el libro de Eclesiastés, uno de los libros más complicados de entender según dicen los estudiosos, es un libro de sabiduría que habla de la vida: cómo la vida aquí debajo del cielo, debajo del sol, es una vida insatisfactoria, enigmática, vanidosa, una bebida vacía que nos deja vacíos, y todo lo que nos puede ofrecer no nos llena. Para al final, en su capítulo 12, que es el último capítulo —y de hecho prácticamente en los últimos versículos—, el sabio de Eclesiastés, que entendemos que fue Salomón quien lo escribió, dice: "Mi conclusión final es la siguiente: de todo lo que he filosofado sobre la vida, déjeme decir al final esto es lo importante: teme a Dios y obedece sus mandamientos, porque este es el deber que todos tenemos. Dios nos juzgará por cada cosa que hagamos, incluso lo que hayamos hecho en secreto, sea bueno o sea malo."

Ya acabó la filosofía. Al final, todos esos destellos existenciales a lo largo del libro de Eclesiastés como que hacen sentido. Ah, ya, bueno, al final, si algo te debe quedar en la mente del libro de Eclesiastés —bueno, yo no lo entiendo muy bien, pero algo te debe quedar—: teme a Dios, obedece sus mandamientos, porque este es el deber que todos tenemos. Él traerá a la luz y juzgará cada cosa que hayamos hecho, sea bueno o sea malo. Nuestra obediencia, hermanos, debe ser una obediencia reverente.

Hay una cuarta característica de esta obediencia que hace que una vida resplandezca, y es que debe ser una obediencia dependiente. Filipenses 2:13 dice: "Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer para su beneplácito, para su complacencia." Yo creo que para nadie es un secreto que hay muchas cosas que conspiran contra nuestra obediencia, ¿verdad? El mundo, comenzando con el mundo: el mundo en el que nos encontramos, la generación en la que vivimos y su manera de pensar es un conspirador contra nuestra fidelidad a Dios y nuestra obediencia a Dios.

Los mensajes más claros del mundo que nos rodea son: primero, el gozo viene del placer y la comodidad material. Es una línea, un mensaje que nosotros vemos en casi todos los medios que el mundo utiliza para comunicar su manera de ver la vida: el gozo es un producto de mi comodidad y mi placer material. Otra línea de pensamiento: el significado depende de la fama o de la relevancia que yo tenga en la vida. Otra idea: el propósito de mi vida viene de lo que yo hago y logro. Y cuando ustedes meten esas tres ideas en la mente, eso hace que muchos sientan —incluso cristianos— que Dios, a la luz de estas ideas de que el gozo viene del placer y la comodidad material, de que el propósito viene de lo que yo hago, de que el significado viene de la fama y de la relevancia, es un boicoteador de mi gozo, y que sus mandatos lo que hacen es echar un balde de agua fría a mis deseos. Incluso muchos ven la familia como un obstáculo para sus realizaciones.

La conclusión, cuando nosotros compramos esas ideas, es que el objetivo de mi vida debe ser lograr mis sueños. "Logra tus sueños", ese es el lema de nuestra generación; que nadie se ponga en medio del logro de tus sueños. No lo permitas, porque la vida consiste en lograr tus sueños. Entonces, cuando nosotros comenzamos a creer eso, la obediencia nos resulta contraproducente, no hay estímulo, no le encontramos mucho sentido, porque hemos creído esas ideas. El mundo es, pues, un primer conspirador contra nuestra obediencia.

Pero no solamente eso: Satanás mismo es un conspirador contra nuestra obediencia. El apóstol Pedro en su primera carta, 5:8, dice que el diablo, el adversario, nuestro adversario, anda como león rugiente buscando a quien devorar. Hace algún tiempo que yo revisaba ese pasaje y me di cuenta de que hay un término que yo lo había dejado fuera en la cita. Yo les acabo de citar el pasaje, y si lo buscan en una lectura directa verán cuál es mi pensamiento. Vean cómo el pasaje dice: "El diablo, vuestro adversario, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar." Para mí esa expresión "al acecho" como que le añade una mayor seriedad a este señalamiento.

¿Cómo es que anda una persona que está acechando a otra? Primero, el que está acechando está alerta; el que está acechando normalmente está maquinando; y el que está acechando no solamente está alerta, sino que está presto para, tan pronto se presente la oportunidad, hacer su jugada, hacer su movida. Entonces, este acecho de Satanás es una realidad.

El mundo conspira, Satanás acecha, y hay un tercer conspirador contra nuestra obediencia: mi corazón. Mi corazón, lamentablemente, tiene aún, según la Biblia nos revela, inclinaciones que son contrarias a la voluntad de Dios. O sea que Satanás y el mundo tienen en mí un aliado. Cuando yo me veo ante esas tres cosas, digo: "Ay, si Dios no fuera el que obra en nosotros el querer como el hacer..." Gracias, Señor, que Tú eres quien obra en nosotros el querer como el hacer, porque si por el mundo fuera, si por el león rugiente, si por mis inclinaciones, yo no estaría aquí.

Pablo dice: "Ocúpate en tu salvación, porque Dios se ocupa de poner en ustedes el querer como el hacer." Es decir, Dios cambia nuestros deseos —eso es "el querer"—; Dios cambia nuestra voluntad —eso es "el hacer"—. Lo que dice este pasaje es que Dios hace que tú quieras y hagas lo que tú no puedes hacer por ti mismo. Y claro, yo tengo que hacerlo, pero la expresión "obra en vosotros" —que en el original es la palabra "energeo"— significa que Dios energiza tu alma para que tú quieras y hagas lo que Dios quiere que tú quieras y hagas.

Esta cita del autor Hendriksen, que tiene una serie de comentarios, creo que da en el clavo en la manera como lo presenta. Dice: "En cuanto al querer y al hacer, esto es lo que implica: Dios infunde nuevas cualidades en la voluntad, y hace que esa voluntad que estaba muerta reviva; que era mala, que se haga buena; que no quería, que ahora quiera realmente; que era rebelde, que se someta. Él mueve y fortalece de tal manera esa voluntad para que pueda, cual buen árbol, llevar frutos de buenas obras. Así, la voluntad, siendo entonces renovada, no solo es movida y conducida por Dios, sino que, como consecuencia de esta influencia, llega a ser activa en sí misma y a querer y hacer lo bueno."

Increíble. Esa es una aplicación, hermanos. Este pasaje de Filipenses 2:13, de que Dios pone en nosotros el querer como el hacer, es una aplicación de Juan 15: "Separados de mí, nada podéis hacer." Eso lo dijo Cristo. Péguense de mí, tengan comunión conmigo por medio de mi Palabra, por medio de la oración, por medio de los medios de gracia que yo he provisto —la iglesia—; no le hagan caso al mundo, no le hagan caso a las tentaciones de Satanás, no le hagan caso a sus inclinaciones, sigan mi Palabra. Y cuando eso ocurra, cuando yo me ocupe en mi salvación, Dios entonces habrá hecho en mí esto: poner en mí el querer como el hacer.

Entonces, una obediencia que hace que tu vida resplandezca es una obediencia inspirada en Cristo, responsable —que ha asumido que es su deber ocuparse en la salvación—, reverente —porque lo ha tomado como algo serio— y dependiente de Dios. Hay una quinta característica, y es que debe ser una obediencia voluntaria y confiada. Miren el versículo 14: "Hacer todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones."

Yo quisiera leer, digamos, hasta donde hemos llegado aquí, para que entiendan la idea completa. Dice desde el versículo 12: "Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer para su beneplácito. Hacer todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones."

Salvo el mandato de "obedezcan", y dado que Dios es quien pone en vosotros el querer como el hacer, Pablo les dice: "Vayan, hagan todas las cosas, obedezcan de manera que sea sin murmuración y sin discusión." ¿A qué se refiere Pablo con estos términos, estos conceptos? Bueno, el resumen, la idea es: háganlo de buena gana. La murmuración es una respuesta negativa cuando yo siento que algo me ha pasado y que me parece injusto o frustrante.

La murmuración surge en nosotros; esto es lo mismo que la queja. La murmuración es queja. De hecho, en el original esto es una palabra, y esto, cada vez que me toca decir esta expresión, a mí me anima, porque a mí me gusta decir la palabra: es onomatopeya. Se las explico: ¿qué quiere decir una onomatopeya? Una palabra es onomatopeya cuando la forma de pronunciarla transmite el significado. Entonces, la murmuración en el original es *gongysmos*. La murmuración es la queja, la queja es cuando tú te hablas así, bajito: *gongysmos*. Eso es onomatopéyico.

Un obediente indispuesto no es un obediente nada. Nosotros los padres, ¿acaso sentimos algún placer o complacencia cuando un hijo nuestro nos obedece a regañadientes? No, nos duele en el corazón. Él va por miedo, él va porque es más chiquito que nosotros y no puede hacer nada, pero no lo hace de manera dispuesta. Eso agrede el corazón, eso llena el corazón de herida en quien da la instrucción. Dios no nos quiere a nosotros obedeciendo a regañadientes, murmurándonos, quejándonos. Por eso es que Él nos da estímulos a la obediencia; por eso es que Él dice: "Miren a Cristo, cómo Cristo amó a ustedes, cómo Cristo perdonó a ustedes." Por eso es que Él nos da estímulos para que nuestra obediencia sea de corazón.

La murmuración fue quizás el pecado principal del pueblo de Israel, el que hizo que tuvieran cuarenta años en el desierto. Dios dijo: "Estoy cansado de este pueblo que murmura constantemente contra mí, que se queja, que se queja, que se queja, que se queja." Y se hace todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones. La murmuración ya es algo emocional, es algo visceral, es como un desencanto. La discusión ya es algo intelectual, es un argumento contra Dios: "Bueno, yo no te acuerdo, aunque Dios trate así de esa manera, porque si somos hijos, ¿por qué Dios hace eso con sus hijos?" Eso es un argumento contra Dios.

El que se queja con frecuencia termina argumentando contra Dios. El que da lugar a que la queja ocupe su corazón terminará cuestionando los procederes de Dios. Al menos, cuando nos pesa obedecer, yo quiero decirles que tengan en cuenta que comienza una dinámica muy peligrosa para el corazón: cuando nos pesa la obediencia, cuando nos pesa servir a Dios, cuando nos pesa someternos a su Palabra.

Observemos lo siguiente. Voy a describir una dinámica que quiero que nosotros tengamos pendiente y estemos alertas. Comienza entonces la queja en el corazón y, en lugar de tratar eso con arrepentimiento y con un regreso a una comunión más cercana con Dios, —oigan bien— comenzamos a ver crecer la queja y los cuestionamientos. En vez de arrepentirnos y venir a Dios a una comunión más cercana para que se produzca una motivación para obedecer, dejamos que esa queja y esa contienda se hagan presentes y crezcan en el corazón. Producto de eso nos sentimos descontentos y maltratados por Dios. En esa condición estamos todavía más desmotivados para obedecer y, a menos que Dios traiga disciplina a nuestra vida, corremos el riesgo de alejarnos del Señor.

Mantente alerta de cualquier inclinación en tu interior hacia la queja y el cuestionamiento. Cuando en tu corazón y en tu mente hagan aparición estas arrogantes preguntas —¿por qué a mí? ¿Por qué ahora?—, diles: "¡Cállate!" Dios sabe, Dios tiene mis cabellos contados, sabe dónde yo estoy y Él ha dicho que todo obra para bien para aquellos que le buscan, para aquellos que le aman. Desafía tu murmuración y tu contienda con la Palabra de Dios. Eso fue lo que hizo Cristo con Satanás: "Así dice la Palabra de Dios, así dice la Escritura, así dice la Escritura." Tres veces le citó la Palabra.

Entonces, una obediencia que hace que tu vida resplandezca es una obediencia inspirada en Cristo, responsable, reverente, dependiente de Dios, voluntaria y confiada. En sexto lugar —perdón— una obediencia absoluta. Miren cómo dice: "Hacer todas las cosas" —por cierto, Filipenses 2:15— "sin murmuración ni discusión." Ya entendemos lo que eso dice, ¿verdad? "Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación torcida y perversa."

Hermano, nuestra vida de obediencia incluye todo, todos los aspectos de la vida. Dios quiere que todos los aspectos de nuestra vida se sometan a su Palabra. Este concepto de irreprensibilidad —o sea, actúen así, dice Pablo—: "Todas las cosas hagan sin murmuraciones, para que seáis irreprensibles." ¿Hacia dónde está apuntando Pablo? A que en nuestra vida no haya algo reprochable, que no haya ninguna cosa visible por la que nos puedan reprender. Y si nos reprenden, el que es irreprensible responde, porque obviamente no somos perfectos ni lo seremos. Pero este concepto de irreprensibilidad muchos piensan que se aplica solo a pastores y diáconos, porque eso está en 1 Timoteo 3 y en Tito, refiriéndose a que, bueno, si alguien quiere ser pastor, anciano o diácono, que sea irreprensible. Algunos han asociado que la irreprensibilidad en la vida cristiana está reservada o debería ser una cuestión de los ancianos, los diáconos y esa gente que está en la iglesia: "Pero yo no; yo soy simple mortal."

Lo increíble es que no es así. La Biblia, y sobre todo en las cartas de Pablo, en múltiples ocasiones Pablo llama a sus discípulos —discípulos de Jesús, pero también discípulos de Pablo— a ser irreprensibles en sus vidas. Este es un ejemplo de que Pablo está llamando a todos los creyentes a ser irreprensibles en la vida cristiana. Y esa idea, como les dije, implica que todas las áreas de nuestra vida deben ser puestas bajo el control absoluto del señorío de Cristo.

1 Pedro 1:15, un pasaje muy conocido, dice: "Pero ahora sean santos en toda vuestra manera de vivir, tal como Dios es santo; sed vosotros también santos" —Nueva Traducción Viviente—. El cristiano, hermano —y esto es una cita de algo que expuse en otra ocasión—, el cristiano está llamado a pensar y proceder en su matrimonio, con sus hijos, en su noviazgo, en sus relaciones sociales, con su dinero, en su trabajo, en sus negocios, en su rol en la sociedad, en la vida en general, incluso al lidiar consigo mismo y en todo lo demás, de una manera bíblica, divina y eterna. "Sed santos en toda vuestra manera de vivir." Nada queda fuera del control de Dios. Nosotros estamos llamados a ser irreprensibles, y una vida que resplandece es una vida precisamente irreprensible.

Por último, hay una séptima característica de la obediencia que hace que mi vida resplandezca, y es que es una obediencia que proclama la Palabra de vida. Vuelvo a leer el versículo 15: "Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la Palabra de vida." Es muy apropiado traer esto a la consideración de los filipenses: "sosteniendo firmemente la Palabra de vida, sosteniendo el Evangelio."

Porque al final, hermano, no se trata de que mi vida convierta a la gente; no se trata de que mi irreprensibilidad va a hacer que otros se sientan pecadores. No, no, no, no. El ser luminar en el mundo no es mi luz que yo arrojo sobre las naciones: es la luz de Cristo. Entonces yo vivo una vida irreprensible para ser un luminar, pero para que la gente crea la Palabra de vida: la Palabra de vida de que yo soy pecador, y de que Cristo se ha hecho carne y se ha hecho hombre por mí, y murió en una cruz para limpiarme de mis pecados y traerme la salvación. Esa es la Palabra de vida. Entonces no es mi luz; es la luz de Cristo. Yo soy el satélite de Cristo, la luna de Cristo: Cristo es el sol, yo soy la luna y reflejo su luz.

De hecho, Cristo mismo dijo que nosotros somos la sal de la tierra y la luz del mundo. Y lean lo que dice después de decir eso, en Mateo 5:16: "Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo, para que los hombres vean sus buenas acciones." Ahí está la irreprensibilidad: sus buenas acciones, su obediencia, "para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." Ese es el objetivo al final. El objetivo es Él. El objetivo es presentar a Él como la luz que brilla a través de mí: la Palabra de vida.

Entonces, hermanos, de eso se trata. Una obediencia que resplandece, una vida que resplandece, es una vida que obedece. Y lo hace de manera inspirada en Cristo y estimulada por Él; responsable, porque se hace cargo de su salvación y de su santificación; reverente, porque lo hace de manera seria; dependiente, porque sabe que depende de Dios en su querer y su hacer; es voluntaria y confiada, es de buena gana, es absoluta en todas las áreas de la vida y proclama la Palabra de vida.

Cuando este misionero de la historia que les conté al principio —este misionero Hank Irwin— relataba las razones por las que él se convirtió en misionero y comenzó a hacer lo que hizo en Guatemala, que llevó el Evangelio y el equipo se convirtió y se convirtió muchísima gente y hubo un avivamiento en la ciudad, él dice que ese fuego en él empezó cuando conoció al Señor Jesucristo en una reunión presidida por Billy Graham en Texas, en una convocatoria que se llama Explo '72. Ahí, en un momento dado, había casi cien mil personas en esa actividad, mayormente jóvenes, universitarios y de *high school*. En un momento dado, ese gran estadio apagó las luces, se quedaron en una penumbra total, y Billy Graham encendió una vela en el podio. Dice Hank Irwin que él estaba en la parte de atrás del estadio y que, a pesar de la distancia, él veía la velita, y ahí se dijo: "Mi vida vale. Aunque sea chiquita, yo soy esa luz." Y ahí él comenzó a decirse de qué manera podía ser luz, y comenzó entonces a predicar el Evangelio en *high schools* y en equipos deportivos.

Y con este desafío terminó Billy Graham esa reunión. Con este desafío yo quiero que nosotros nos vayamos en el día de hoy.

Dijo Graham en ese momento: "Esta noche, en un momento, les pediremos que enciendan una vela que simbolice que saldremos de este lugar proclamando un Evangelio que pueda traer paz al mundo, que pueda cambiar la injusticia social, y un Evangelio que pueda transformar la vida de millones de personas en cada continente". Y los desafió a hacerlo hoy.

Que esa sea nuestra determinación: ser luces que resplandecen, ser faroles de luz que resplandecen para la gloria de nuestro Señor.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.