Integridad y Sabiduria
Sermones

De la vanidad a la gloria via la cruz

Miguel Núñez 7 febrero, 2021

La cruz de Cristo es el puente que nos traslada de la vanidad a la gloria, y comprenderla adecuadamente debería transformar por completo nuestra manera de vivir. Fuimos redimidos no con cosas perecederas como oro o plata, sino con la sangre preciosa de un cordero sin tacha ni mancha. En el mundo antiguo, un esclavo que era liberado pagando a una divinidad pagana vivía el resto de su vida tratando de complacer a ese dios que lo había rescatado. Cuánto más nosotros, que fuimos comprados por la sangre de Dios crucificado, deberíamos vivir para aquel que pagó el precio más alto imaginable.

Esa redención nos sacó de una vana manera de vivir, un estilo de existencia vacío, sin propósito ni satisfacción verdadera. El libro de Eclesiastés ilustra esta realidad: Salomón perdió su conexión con Dios y todo se volvió monotonía y dolor. En solo once versículos repite más de veinte veces palabras como "yo", "mi", "me", revelando una vida egocéntrica incapaz de encontrar sentido. De esa esclavitud al vacío Cristo nos rescató.

El precio de nuestra libertad revela nuestro valor ante Dios. Cristo sufrió físicamente con látigos y clavos, emocionalmente abandonado por sus amigos, y espiritualmente bajo el acoso de las tinieblas y el abandono del Padre. Todo esto fue preparado antes de la fundación del mundo. La cruz nos pasó de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la condenación a la absolución, de ser esclavos a ser hijos. Nuestra fe y esperanza, entonces, deben estar puestas únicamente en Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Padre, nosotros acabamos de cantar, y cantando la misma, las líricas nos dejan ver que la cruz me llama a hacer algo. El autor de la canción llama la cruz preciosa, y desde un ángulo fue una cruz horrenda; y sin embargo él tiene toda la razón cuando él llama a los horrendos instrumentos de castigo preciosos ante tus ojos. Él tiene toda la razón cuando nos llama a venir y a morir para vivir.

Señor, en esta mañana yo quiero pedirte en el nombre de Cristo, en el nombre de aquel que murió en aquella cruz, que de alguna manera tú ilumines el entendimiento y le des gracia a tu siervo para poder comunicar lo extraordinario de aquello que ocurrió dos mil años atrás en el Gólgota, en aquel lugar conocido también como el Calvario, donde tu Hijo entregó la última gota de sangre para el perdón de los pecados. Y ayuda a tu pueblo a entender la cruz de una manera que jamás le permita, o no se permita, continuar viviendo de la misma manera. Te lo pedimos en Cristo, y si su pueblo dice amén.

Podemos sentarnos. Bienvenidos a la casa del Señor, donde nos hemos reunido a celebrar, precisamente a recordar aquella cosa que Dios hizo en la vida de su Hijo, y de manera particular en aquella cruz. Yo quiero invitarle a que oiga la Palabra de Dios en la primera carta del apóstol Pedro, capítulo 1, versículos 13 en adelante, aunque el texto de hoy está limitado en esencia del 18 al 21, ya que los versículos anteriores fueron cubiertos.

Primera de Pedro, uno del 13 al 21: "Cuando contemplo la preciosa cruz donde el Rey de gloria murió" —escucha y pregúntate si estás ahí— "dejo atrás lo que atesoré y mi orgullo rindo a tus pies. De su cabeza, manos y pies veo fluir su amor y bondad." Escucha: es imposible —no difícil, imposible— llegar a entender el sufrimiento y tanto amor.

"De la vanidad a la gloria vía la cruz" es el título de mi mensaje en esta mañana. Y por buena razón el texto se encuentra en la primera carta del apóstol Pedro. Los judíos que habían sido expatriados, que estaban fuera de Palestina, fuera de Jerusalén, en una condición de dispersión, en un territorio sumamente ancho y donde ellos estaban bajo persecución y opresión. Y Pedro está tratando, por un lado, de animarlos para que no fueran a abandonar la carrera a destiempo, y por otro lado, les está instruyendo para que ellos puedan estar preparados para perseverar corriendo bien hasta el final, algo que no muchos logran hacer.

Como ya mencioné, mi mensaje está basado en los versículos del 18 al 21, pero está tan íntimamente relacionado a lo que cubrimos en el mensaje anterior, que yo voy a leer el texto del domingo pasado del 13 al 17 para continuar entonces hasta el 21 y ver el texto de hoy. De manera que si tú puedes seguir conmigo, Primera de Pedro, capítulo 1, versículo 13 hasta el 21:

"Por tanto, preparen su entendimiento para la acción, sean sobrios en espíritu, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir, porque escrito está: Sean santos porque yo soy Santo. Y si invocan como Padre a aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación."

Texto de hoy: "Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro y plata, sino con sangre preciosa como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a ustedes. Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y esperanza de ustedes sean en Dios."

Según el mensaje del domingo anterior, para perseverar en la carrera hasta el fin, en medio de tiempos turbulentos, en medio de tiempos difíciles —en el caso de los seguidores de Pedro, en medio de la persecución— era necesario y es necesario tener tres actitudes. En primer lugar, tú necesitas una mente enfocada y preparada para la acción, versículo 13, se dijo la semana pasada. Dicho de otra manera, tú necesitas una mente incapaz de ser distraída, entretenida y seducida; una mente que no sea capaz de ser entretenida, distraída o seducida.

Número dos: tú necesitas un espíritu sobrio, una disposición de espíritu que no disfruta de la frivolidad de la vida, que no se siente satisfecho o satisfecha con los deleites o los placeres de este mundo, sino que busca los deleites de Dios. En tercer lugar, se requiere de una esperanza puesta en la eternidad futura, confiada en la gracia que Cristo traerá en su segunda venida.

Por otro lado, la postura de Pedro, al escribirles —recuerda— a sus seguidores, es que nosotros corremos el riesgo de comprometer la santidad a la cual nosotros hemos sido llamados. Y por esa razón, entonces él, en el resto del pasaje que lo vimos la semana pasada, nos ayuda a entender tres razones por las cuales nosotros deberíamos cultivar la santidad.

Y la primera razón dijimos que era que hemos recibido un llamado santo y de parte de aquel que dijo: "Sé santo porque yo soy Santo." En segundo lugar, dijimos que el apóstol Pedro nos recuerda que si llamamos Padre a Dios, esa misma persona que llamamos Padre es un juez, es un juez que juzga imparcialmente a todos, de manera que no importa que seas hijo o no, hay una rendición de cuentas que dar. Y esas dos cosas las tratamos la semana anterior.

Pero ahora hay una tercera razón que Pedro nos ayuda a entender, que nos puede motivar a cultivar dicha santidad, y es la valoración que debiéramos poseer por el sacrificio de Cristo en la cruz, que Él ofreció su sangre como un cordero sin tacha y sin mancha. Que la segunda persona de la Trinidad haya sufrido tal humillación, vergüenza y sufrimiento para sacarnos de donde estábamos, para llevarnos al lugar de donde Él venía. Eso tiene un precio que no tiene marco de referencia ni punto de comparación en toda la historia redentora y en toda la historia de la humanidad.

Y mientras más reflexionaba sobre esto que Pedro está ayudando a entender, más comprendía que quizás la razón número uno por la que hay tantos hijos de Dios todavía adictos a pasiones de la carne, a patrones y caminos pecaminosos, es que nunca adquirieron el valor necesario por el sacrificio de Cristo. La sangre derramada en un madero, de una forma tal que Él pudiera sacar de nosotros de una vez y para siempre ese deseo de complacer la carne, y que al mismo tiempo pudiera desarrollar en nosotros una pasión cada vez más creciente para glorificar al Cristo. Quien estuvo dispuesto a glorificar al Padre de una manera en la cruz, y dispuesto a glorificarnos a nosotros de otra manera vía la cruz. Entendiendo que aquellos que Él de antemano conoció, a esos Él llamó; a los que predestinó, llamó; a los que llamó, justificó; y a los que justificó, glorificó. De manera que en la cruz Cristo glorifica al Padre, y vía la cruz Cristo eventualmente nos glorifica a todos y cada uno de nosotros.

Y pudiéramos a quilates entender aquello que Cristo hizo en la cruz de esa forma tan extraordinaria, yo creo que nuestra forma de vivir sería distinta. Permíteme leer otra vez los versículos 18 y 19: "Sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo."

Ahí hay dos versículos, tres palabras claves, y vamos a desarrollar el mensaje alrededor de esas tres palabras claves. Una es redimidos, la otra es vana, y la tercera es sangre.

Muy bien, la primera: redimidos. La palabra redimidos viene del mundo antiguo. Un esclavo era redimido de esta manera: él iba al templo de un dios o una diosa pagana, pagaba un dinero por su liberación a ese dios o diosa. A partir de ese momento entonces él quedaba libre. El dinero iba vía el tesoro del templo al dueño del esclavo, quien era ahora libre ante la sociedad, libre ante los hombres, pero era considerado de ahí en adelante esclavo del dios o la diosa a quien él le pagó el dinero. Y él le servía por el resto de su vida tratando de complacer a esa divinidad por haberle libertado, de manera que él se consideraba esclavo de ese dios.

Pedro dice: "Pero ustedes no fueron redimidos con cosas perecederas, con dinero; es más, ni siquiera con oro y plata, los metales considerados como preciosos a lo largo de la historia. Ustedes fueron redimidos a través de sangre santa derramada sobre un madero." Una sangre que fue vertida por el Creador del universo después de haberse encarnado y convertido no solamente en hombre, sino en siervo de los hombres. Aquel que estuvo dispuesto a pagar el mayor precio para sacarnos a nosotros de nuestra esclavitud fue vendido por uno de los suyos y negado por uno de sus mejores amigos, no una vez, no dos veces, sino tres veces.

En la antigüedad, como ya lo vimos, el esclavo que era libertado se consideraba esclavo de ese dios o diosa, pero él hacía hasta lo imposible por complacer a dicha divinidad, quien él creía que lo había libertado, y estaba dispuesto a vivir su vida por temor a las consecuencias, pero tratando de complacer a este dios. Imagínate si nosotros pensamos que fuimos redimidos por la sangre de Dios crucificado, lo que eso debería hacer para nosotros en términos de cómo debiéramos vivir de ahí en adelante.

Nosotros no solamente fuimos redimidos del pecado, sino que nosotros fuimos redimidos para Dios. Nosotros somos posesión suya, Tito 2:14, y por nosotros se pagó un precio, Primera de Corintios 6:20. Cuando Cristo me redimió, Cristo me rescató de mí mismo. Cristo me rescató del pecado que yo acariciaba y añoraba, del pecado cuyo placer yo anhelaba. Y si yo no entiendo mi redención, yo no voy a valorar la cruz. Y si yo no entiendo la cruz, yo no voy a vivir una vida digna de mi llamado.

En la cruz Cristo sufrió físicamente. Ustedes han leído, han oído una y otra vez, que a través de los latigazos la persona latigada terminaba muchas veces con las arterias y las venas y los músculos expuestos. Cómo allí en ese madero los clavos cortaban los nervios que cruzaban a lo largo de las extremidades. Su deshidratación fue extrema, su sed fue insaciable. El Salmo 22 habla, prediciendo los sufrimientos de Cristo, de cómo la lengua se le pegó al paladar de tan deshidratado que Él estaba, ahí luego colgando allí por varias horas de tres clavos.

Cristo no solamente sufrió físicamente; Cristo sufrió emocionalmente. Sus mejores amigos lo trataron vilmente: lo vendieron, lo traicionaron, lo negaron, y al final lo abandonaron. No todos lo vendieron, no todos lo negaron, pero todos lo abandonaron. Y Cristo sufrió espiritualmente, porque estando allí en la cruz sufrió el acoso, el ataque de todos los poderes de las tinieblas, forzándolo a rendirse en el último momento. Y si eso no hubiese sido suficiente, experimentó la soledad, no solamente de los amigos que no estaban ahí para confortarle; experimentó la soledad del Padre que lo abandonó y lo dejó, hasta tal punto que Él clamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Si yo puedo entender eso, yo voy a vivir de otra manera. Y como diría alguien, la cruz prueba mi estilo de vida, pone a prueba mi estilo de vida. El entendimiento de la cruz, lo que allí ocurrió, lo que allí hizo por mí, me sirve para yo evaluar si mi estilo de vida es comparable a lo que pasó allí a mi favor. Yo fui redimido de mi condición, y ya entendiste un poco de qué trata esta redención.

Ahora el apóstol Pedro me explica algo más. Me dice que fuimos redimidos de vuestra vana —es la segunda palabra; la primera, redimidos, ya la vimos— de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres. Yo creo que nosotros le hemos hecho... De hecho, cantamos una canción que habla acerca de la vana senda del placer. Cantamos, leemos cosas como esta, y no nos hemos detenido a pensar a qué es que se refiere la vana forma de vivir. Yo quisiera emplear entonces un tiempo en ayudarnos a rumiar algo más, porque eso es lo que me va a permitir aquilatar el valor de la cruz, y quizás te va a permitir vivir de una manera completamente diferente a como quizás hasta hoy estás viviendo.

Una vana manera de vivir. Vana es vacío. Una vana manera de vivir es el estilo de vida que el mundo me ofrece. La vana manera de vivir es el estilo de vida que tú y yo llevamos antes de venir a Cristo. Peor aún, una vana manera de vivir es el estilo de vida que muchos cristianos que pudieron haber sido lavados con la sangre de Cristo han vuelto a vivir. Es la razón por la que el apóstol Pedro en su segunda carta —ahora no la primera, que es la que estamos viendo— nos dice en el capítulo 2, versículo 22, que el perro vuelve a su propio vómito, y la puerca lavada vuelve a revolcarse en el cieno o en el lodo. La puerca lavada es una metáfora para referirse al cristiano que ha sido lavado con la sangre de Cristo y que ha vuelto a revolcarse en el pecado en que vivía antes de que lo lavaran.

Una vana manera de vivir tiene un hablar y un caminar que es trivial y es vacío. Una vana manera de vivir carece de una dimensión trascendental al vivir, al trabajar. Su trabajo no tiene trascendencia; por tanto, su satisfacción está en logros temporales, en títulos, en fama, en posición, en bienes, en salarios, en beneficios, en belleza externa. Ahí es donde está la satisfacción. Esta persona gasta más esfuerzo, más tiempo, más energía persiguiendo las cosas que este mundo valora que persiguiendo los tesoros celestiales. Y tu tesoro está ahí; es una vana manera de vivir.

Una vana manera de vivir carece de un sentido de pertenencia a Dios y un sentido de pertenencia a la familia local donde Dios te ha colocado para que tú contribuyas a su vida y ella, esa familia, contribuya a protegerte y a nutrirte. Una vana manera de vivir carece de un claro sentido de propósito y de significado a la hora de vivir y trabajar. No tiene dirección, no tiene incentivo, no experimenta gozo celestial. Una vana manera de vivir solo disfruta de aquellas cosas que complacen a la carne.

Una vana manera de vivir carece de satisfacción en todo lo que hace. Cuando trabaja, no está satisfecho. Cuando hace vida social, no está satisfecho. Cuando hace familia, no está satisfecho. Cuando hace relaciones sociales —ya mencioné—, no está satisfecho. Cuando va a la iglesia, no está satisfecho. Cuando hace amistad, no está satisfecho. No hay nada debajo del sol que pueda satisfacerlo o satisfacer esa vida, porque solamente una relación íntima con Dios es capaz de producir tal satisfacción después que sus pecados han sido lavados.

Solamente eso puede darte un sentido trascendental de la vida, un sentido profundo de tu existencia, un sentido de pertenencia. Solamente esa relación con Dios puede dar el sentido de propósito y significado hasta en las tareas más cotidianas, las tareas más pequeñas. Y solo eso te puede dar un sentido sobrenatural de gozo mientras nosotros seguimos aquí caminando como peregrinos y extranjeros hasta entrar en gloria, mientras caminamos en esta tierra extraña en la que tú y yo nos encontramos.

Esa persona entiende —esta persona que ha encontrado esa relación con Dios entiende— que aquellas cosas que tú haces de este lado de la gloria, por pequeñas que sean, guardan una relación con la vida de allá. Ya no importa si se trata de ver un paciente que va a morir en el tiempo, o de dar una charla sobre COVID, o tener una reunión. Esas cosas de este lado tienen un sentido trascendental cuando tú has entendido verdaderamente tu llamado y lo estás viviendo. Y por tanto, la cruz te dirige en una dirección a vivir cada aspecto de tu vida de tal forma que hay trascendencia en lo que tú haces día a día.

Cuando se tiene una vana manera de vivir, la vida se siente como Salomón la sintió. ¿Tú quieres saber cómo la sintió Salomón? Yo te voy a decir. Pues Salomón se perdió, se perdió en el camino, se perdió en los matorrales, y él escribió un libro de su testimonio de cómo lo hizo, de una vida vana. Escúchame, tú puedes entender mucho mejor si lees a Salomón cómo es que luce una vida vana, la vana manera de vivir que 1 Pedro 1:13 menciona.

Parte de una tarea dolorosa dada por Dios a los hijos de los hombres para ser afligidos con ella. Esa es la vida: la vida es una tarea, es un trabajo, es dolorosa. Dios se lo dio a los hombres para que los hombres sean afligidos. ¿Tú puedes creer eso? ¿Tú puedes creer que eso es cómo la vida es vista por un hombre que verdaderamente perdió su sentido de lo trascendente y su conexión con Dios? Así ven muchos la vida. Pero dolorosamente, muchos de los hijos de Dios todavía ven la vida como dolorosa, simplemente como una tarea dolorosa. Salomón estaba consciente de dicha realidad y no le encontraba sentido a la vida.

En Eclesiastés uno, versículo 12, a capítulo 2, versículo 26, la palabra "trabajo" aparece 15 veces. Todo era un trabajo. Las palabras o frases "bajo el sol", "bajo el cielo", "vanidad de vanidades", "correr tras el viento"... ¿Tú has corrido tras el viento? Todo eso nos da una idea de cuán insípida era la vida de Salomón en un momento dado. ¿Por qué? Porque él estaba en la vana manera de vivir. Si lo que yo hago no tiene ninguna importancia después que yo muera, entonces no debiera estarlo haciendo.

El autor de Eclesiastés, con mucha sabiduría, llegó a entender muchas de estas cosas que estoy hablando, y ese entendimiento le producía mucho más dolor. Porque la vida para él llegó a ser monótona, era una monotonía. No importa lo que hiciera, era así. Si hubiese estado el predicador, ese como él se introduce en Eclesiastés, como "el predicador", si hubiese estado predicando aquí esta mañana, este mensaje hubiese sido algo sin sentido, sin propósito, igualmente monótono.

Esa vida monótona tiene múltiples problemas, pero uno de los problemas es que la vida se vuelve monótona cuando tú no has podido encontrar afuera lo que tú entiendes debiera darte satisfacción y gozo. Y en vez de buscarlo hacia arriba, donde debiste haberlo buscado en primer lugar, comienzas y te vuelves hacia adentro a buscar en tu meditación, en tu reflexión, y en tu soñar, y en tu imaginar cosas que jamás podrán llenarte. Y lo único que eso hace es lo que hizo con Salomón: que lo volvió egocéntrico. Y de ahí en adelante la persona se vuelve incapaz de ver la vida como Dios la ve.

No ha habido un hombre más egocéntrico que Salomón en el momento en que él se pierde. Y en búsqueda del placer, él obtiene, hace un harén de mil mujeres. No cinco, no tres. Mil: setecientas princesas, trescientas concubinas. No sé cómo podía con ellas.

Si tú quieres saber cómo luce una vida egocéntrica, si tú quieres saber cómo luce tu vida de egocentrismo, tú puedes grabar tus conversaciones y luego oírlas después, o leerlas, transcribirlas y verlas después. Eso fue exactamente lo que Salomón hizo. Salomón transcribió cómo él pensaba en un momento dado, y tú puedes leer en Eclesiastés 2, del versículo 1 al 11, once versículos. Yo no te voy a leer los versículos, pero yo te voy a leer cómo luce una vida egocéntrica, cómo escribe, cómo habla. Escucha cómo Salomón escribió en once versículos: "Me dije, mi mente, mi cuerpo, mi mente otra vez, me guiaba, mis obras, me edifiqué, me planté, me hice, me hice otra vez, me precedieron, mi plata y oro, me proveí, me engrandecí, mis ojos, mi corazón, mi corazón otra vez, mi labor, mis manos, me había empeñado." Veinte veces: mi, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me, me. Es una vida vana.

De ahí me rescató Cristo. Me rescató Cristo de una vida sin propósito, una vida sin significado, sin dirección. Es la vana manera de vivir. El autor de Eclesiastés no podía encontrar la salida, no podía encontrar la solución a su manera de vivir, porque en su búsqueda se centró en su propia observación, su propia razón, su propia experiencia, su propia conciencia, su propio entendimiento, y no podía encontrar su salida.

Lo que uno encuentra a lo largo del libro de Eclesiastés es no simplemente un vacío, es un dolor emocional profundo en necesidad de ser anestesiado. Y sin lugar a duda que el vino de que él habla, las relaciones sexuales que experimentó, las múltiples obras que hizo, los múltiples jardines que plantó, los múltiples viñedos que desarrolló, todas esas cosas no eran más que un intento, un intento fallido de tratar de anestesiar el dolor profundo que la vida vana le había dejado.

Si yo no entiendo de dónde me sacó Cristo, si yo no entiendo que la cruz fue necesaria para sacarme de la vanidad de la vida, yo no voy a valorar adecuadamente la cruz, de tal manera que la cruz misma se constituya en una motivación para mi sana y santa manera de vivir.

"Y por medio de su sangre preciosa, como la de un cordero sin tara y sin mancha." Pedro pudo haberlo dejado ahí, pero no quiso. Como la sangre de Cristo, ese cordero sin tara y sin mancha, era todo lo opuesto de lo que tú y yo somos.

La palabra "pecado", de acuerdo a este académico John Goldingay, citado por otro académico, Derek Tidball, en su libro "The Message of the Cross" (El mensaje de la cruz), esta palabra pecado tiene múltiples connotaciones en la Biblia. Entre los significados más frecuentes, escucha: fracaso, rebelión, transgresión, transgredir, desviarnos del camino correcto, mancha, infidelidad, entre muchos más. De manera que cuando tú leas otra vez, o escuches, que Cristo te redimió, Cristo nos redimió de una vida de fracaso, de una vida de rebelión, de una vida de transgresión, de un andar por un camino torcido, y de una vida marcada por la infidelidad. De ahí nos sacó Cristo.

En Levítico 16 se nos habla justamente de la obra que Cristo vino a hacer en la cruz. Se describe con lujo de detalles el Día de la Expiación, el día más sagrado de todo el calendario religioso del pueblo hebreo. El día en que el sumo sacerdote, tipificando al futuro Cristo que vendría, llegaba al tabernáculo, llegaba al templo con toda su ropa de gloria, su pectoral con las doce piedras preciosas representando las doce tribus de Israel. Se quitaba su ropaje de gloria, simbolizando la encarnación de Cristo que había dejado la gloria. Se quedaba con una especie de bata blanca, lo que en inglés llaman un "ephod", y con esa bata blanca, tipificando la santidad de Cristo, ofrecía sacrificio por el perdón de los pecados de todo el pueblo. Y una vez terminado, volvía a vestirse de gloria, tipificando el regreso a la gloria de Cristo Jesús.

Todo eso para mencionarte que en ese capítulo 16 del libro de Levítico, este mismo académico Derek Tidball habla de que hay cuatro palabras para referirse al pecado que nos ayudan a entender no solamente la gravedad de mi pecado, sino que me ayudan a entender también la belleza de la cruz, la sangre vertida para limpiarme y lavarme de estas cosas.

Yo quiero brevemente mencionarte estas cuatro palabras. "Polución" es una de ellas, que implica una contaminación profunda, dañina e intensa. De esa contaminación me lavó la sangre de Cristo. La segunda palabra es la "rebelión", que es la violación intencional de un mandato con un desafío a la autoridad. Número tres, "iniquidad", que es una maldad grande. Y número cuatro, algo mal hecho o un acto pecaminoso que, no importa, escucha ahora, si es serio o trivial, intencional o no intencional, consciente o inconsciente, visible o invisible, un hecho o una disposición, ya sea de omisión o de comisión. Eso es pecado de acuerdo a Levítico 16.

De manera que Cristo hubiese tenido que padecer y morir exactamente igual si tú o yo hubiésemos cometido una sola falta trivial. Y la razón es que esa sola falta aparentemente trivial, como morder una fruta en un jardín, es monstruosa a la luz de la santidad de Dios. Pero a nosotros no nos parece de esa manera, porque yo fui concebido en pecado, crecí en pecado, vivo en pecado y necesito todavía ser perdonado de pecado.

Mi polución o contaminación moral tuvo que ser lavada por la sangre de la persona más santa en todo el universo, alguien que Pedro describe como un cordero sin tacha y sin mancha. En toda la vida de Jesús aquí en la tierra, nunca entró en su mente un solo pensamiento pecaminoso, una sola idea que no se conformara a la santidad de su Padre. Y sin embargo, Él cargó con mi polución para llevarme a ser tan limpio como Él.

Mi rebelión le fue imputada o cargada a Cristo. Le fue cargada a la persona más sometida que jamás haya vivido. Nunca hizo lo que Él quiso, nunca hizo lo que Él quiso. Simplemente hizo la voluntad del Padre. A Él le cargaron mi rebelión.

Mi iniquidad fue pagada a base de desnudez, vergüenza, bofetadas, saliva en el rostro, latigazos, clavos en sus manos, en sus pies. Así de grande ha sido mi iniquidad, que requirió un castigo de esta magnitud impuesto sobre la persona más bondadosa que jamás pudiese ser concebida.

Mi pecado más trivial fue grosero y profano a los ojos de Dios, y uno de esos pecados triviales hubiese requerido la cruz de Cristo. El valor de la cruz de Cristo es monumental.

Que el Hijo de Dios, calificado por Pedro como un cordero sin tacha, sin mancha, haya venido al más acá para llevarme al más allá, le agrega trascendencia a mi vida. Porque aquí yo puedo comenzar a experimentar cosas que están conectadas, relacionadas, y que tienen valor incluso, siendo vividas de cierto ángulo, para la vida venidera. La verticalidad de la cruz, cuando fue sembrada en el Gólgota, apuntaba hacia un reino futuro, hacia una dimensión futura de trascendencia. De manera que la cruz le agrega trascendencia a mi vida.

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se encarna, se hace hombre, se hace siervo, y estuvo dispuesto a perdonar mi pecado para hacerme parte de una familia. Y eso entonces le agrega sentido de pertenencia a mi vida, que Adán y Eva perdieron cuando fueron expulsados del jardín del Edén.

Que el Creador del universo, completamente santo, muriera por la criatura rebelde, llevándome de la muerte a la vida, le agrega sentido de propósito y significado. De tal forma que ahora aquellos de nosotros que vivimos, ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que murió por nosotros.

De la misma manera que el esclavo de la antigüedad era libertado, y él que era libertado por un dios pagano, una diosa pagana que no existe, trataba de complacerlo en el resto de su vida porque se consideraba esclavo de esa divinidad, de esa misma manera...

Entonces nosotros debiéramos venir a la cruz, porque la cruz me llama a venir y a morir para vivir. Y de ahí en adelante, entonces, pone que yo viva por y para su causa. ¿Por qué? Porque ya yo no me pertenezco. Así mismo yo he sido comprado, un precio ha sido pagado. Yo tengo un amo, yo tengo un dueño. Ya mi vida entonces ya no se ve vacía, no se siente vacía, tiene propósito, tiene sentido, tiene dirección. Que Dios se haya hecho siervo para liberarme de mi esclavitud y traerme a la libertad me permite entonces tener el gozo que la vana manera de vivir no me puede dar.

Nosotros somos tan cortos de mente que pensamos que cuando estamos disfrutando de estas cosas aquí temporales, como que realmente la vida se trata de eso. Ahora, todo lo que no me producía satisfacción, después que Cristo me ha lavado y me ha colocado la dirección donde yo debo continuar, todo lo que no me producía satisfacción adquiere un sentido completamente diferente. No porque las cosas de este mundo son satisfactorias, porque Él hace la diferencia entre la satisfacción y lo insatisfactorio. Las cosas de este mundo no tienen que ser satisfactorias; de hecho, no serán satisfactorias. Ellas no lo fueron para Cristo.

Las cosas de este mundo no tienen que ser satisfactorias porque este mundo no se trata de mí. Mi vida no se trata de mí. Y si no se trata de mí, ¿por qué tienen que satisfacerme a mí? Lo que tienen que hacer es satisfacer a Dios, y yo lo que necesito es llevar a cabo las cosas que necesito hacer en este mundo de una manera que satisfagan al que dio la vida de su Hijo por mí. Las cosas de este mundo no tienen que ser satisfactorias porque Él es mi satisfacción.

Escucha esta cita, presta atención, no pestañees, mi amor, escucha: la redención es comparable con el precio pagado. ¿Tú crees que el precio pagado, la sangre de Dios enclavado, tú crees que es inmenso? Pues tu redención es así de extraordinaria. Escucha: somos tan libres como merece la sangre de Cristo. Tú piensas que la sangre de Cristo es merecedora de algo enorme, de cosa buena; bueno, pues así se supone que ha sido la libertad que ha sido comprada por ti. Sin embargo, la mayoría de los hijos de Dios no viven dicha libertad, no viven dicha plenitud. "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia", y "yo vengo a darles un yugo que es liviano", que no es pesado. Pero la mayoría de mis hijos piensan que tienen una vida tan pesada.

Escucha: valiosos, nosotros somos valiosos para Dios más allá de nuestra imaginación, de nuestra imaginación más incomprensible. Escucha lo que el texto está diciendo: que el valor que nosotros tenemos para Dios, si tú le das rienda suelta a tu imaginación hasta el punto que tú mismo ni siquiera puedes comprender tu imaginación, tú eres más valioso que eso para Dios. ¿Estás entendiendo? Porque Él murió por nosotros. La razón por la que yo sé que yo soy así de valioso para Dios es porque Él pagó el precio más valioso que Dios pudiera pagar. ¿Te imaginas?

Ahora escucha, escucha, porque esto es importante: Él pagó literalmente el rescate que se paga por un rey. No es ahí donde quiero llegar, pero mi rescate, el precio del rescate mío, es como si en vez de Él esclavizarse, un gran rey estuviese pagando un rescate por mí. Al final, esto es si yo quiero lo entienda: nosotros le costamos a Dios el mismo. Al esclavo que iba a un templo pagano, su libertad le costó un dinero que alguien le dio, alguien le regaló: un tío, un primo, un amigo, alguien le proveyó el dinero y él fue y pagó su libertad. Eso fue lo que le costó. Cuando Dios quiso, y lo pagó Él mismo ese esclavo, cuando Dios quiso comprar mi libertad, a Él le costó. Pero no le costó algo que Él dio como de su bolsillo; le costó Él mismo. Él fue el pago. Dios demandaba un precio por mi libertad. Él lo sabía, Él entendía que el precio por mi libertad era tan alto que solamente Él lo podía pagar, y Él fue y lo pagó. Pero Él fue y lo pagó no solamente por mi perdón; Él lo pagó por mi transformación y por mi libertad.

¿Escuchaste? Dios pagó un precio para que mis pecados fueran perdonados, y ahí es donde se quedan muchos hijos de Dios. No, Dios pagó un precio para que, después que mis pecados fueran perdonados, entonces yo continuara siendo transformado a la imagen de aquel que pagó el precio, y que yo pudiera experimentar la libertad que Él compró, y no que me volviera a amarrar otra vez en patrones de pecados, de volver al modo donde vuelve la puerca al lodo. Para eso no fue que me compró. Él me lavó para que yo pudiera disfrutar de libertad plena.

Dios estaba airado contra el pecado del hombre, y Dios pagó el precio para que la ira de Dios pudiera ser levantada. Por eso es que Juan dice en Juan 3:36 que el que no cree en el Hijo, la ira de Dios permanece sobre él. Claro que Dios estaba airado contra el pecado del hombre. Si Dios no hubiese estado airado contra el pecado del hombre, ¿cómo tú explicas la expulsión de Adán y Eva del Edén? Si Dios no estaba airado con el pecado del hombre, ¿cómo tú explicas que Dios quemara dos ciudades, a Sodoma y Gomorra? ¿Cómo tú explicas el exilio de su propio pueblo a Asiria, a Babilonia? Si Dios no estaba airado, ¿cómo tú explicas que Dios matara a Ananías y a Safira simplemente porque dieron un precio contrario al que ellos habían dicho por el cual obviamente habían vendido el terreno? Y Dios estaba airado, y levantar esa ira iba a costar, y Dios decidió que Él pagaría el precio.

Ahora escucha cómo Pedro trata de concluir con broche de oro el versículo 20-21: "Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros, que por medio de Él sois creyentes en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y esperanza sean en Dios."

La caída de Adán y Eva y la perdición subsiguiente de la humanidad fue prevista de tal forma que, antes de la fundación del mundo, Cristo fue preparado. Cristo se ofreció voluntariamente para venir y sufrir físicamente, emocionalmente, espiritualmente, para hacer esa ofrenda de libación. Y aunque Él se manifestó hace dos mil años más o menos, y hace dos mil años que Él ofreció el sacrificio, la realidad es que Adán y Eva aún no habían sido creados, el mundo y el universo entero no habían sido creados, y ya la Trinidad se había reunido, había profetizado, por así decirlo, previsto una caída y una redención y el pago de la misma, que sería Cristo mismo. Y lo haría por amor a nosotros.

En el versículo 21, Pedro nos recuerda que nosotros llegamos a creer por medio de Él, por medio de Cristo, por medio de la cruz, porque luego habla de que Él fue resucitado de entre los muertos y recibió luego gloria después de dejar la tumba vacía.

Ahora escucha el broche final con el que Pedro termina, que nosotros fuimos redimidos. Dice Pedro: "De manera que vuestra fe y esperanza sean en Dios." ¿Tú recuerdas cómo nosotros comenzamos leyendo en el versículo 13? Escucha: "Por tanto, preparad vuestro entendimiento para la acción, sed sobrios en espíritu, poned vuestra esperanza completamente en la gracia que se os traerá en la revelación de Cristo." Pedro comienza con esperanza y termina con esperanza. "Pongan," dice Pedro, "su esperanza completamente en la gracia que se les traerá," versículo 13. Y versículo 21: "De manera que vuestra fe y esperanza sean en Dios." Que no pongan su fe en nada que no sea Dios, en nadie que no sea Dios.

Pongan su esperanza. Su esperanza no está en el próximo gobierno, su esperanza no está en el próximo trabajo, su esperanza no está en mejoramiento de las condiciones globales, de las condiciones políticas, de cambios climáticos. Su esperanza está en Dios, quien te creó, te compró, te sacó de la vana manera de vivir, te dio libertad, pagó Él mismo por tu libertad. Es en Dios que está tu esperanza, y en nadie más. En el Dios que sufrió por ti físicamente, emocionalmente, espiritualmente, para pasarte de la vanidad a la gloria vía la cruz.

La cruz fue el puente. La cruz fue el puente que te pasó de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la vanidad a la libertad, de la iniquidad a la santidad, de los placeres de la carne a los deleites de Dios, de la condenación a la absolución, de ser esclavos a ser hijos, del llanto al canto, de la corrupción a la glorificación, y de la destitución en el Edén a la restitución en la cruz, en Cristo Jesús, para su reino, para su gloria, porque reinaremos con Él. Me destituyeron en el Edén, me restituyeron en el Gólgota. Me bajaron de mi posición en la tierra, me suben a los cielos, porque con Él reinaremos. Y todo eso vía la cruz, pasándonos de la vanidad a la gloria.

¿Te imaginas el valor de la cruz? ¿Te imaginas lo que entender, recordar continuamente la belleza de lo que ocurrió allí en la cruz haría para tu estilo de vida, para tu forma de vivir, tu forma de pensar, tu forma de hablar, tu forma de tratar, de relacionarte, para tu vida completa? Por eso es que Pedro nos da tres razones para vivir en santidad hasta el final: el llamamiento santo de parte de aquel que es santo, porque Él es santo, santo; el hecho de que tu Padre es el Juez que juzga imparcialmente, y por tanto todos tenemos cuenta que rendir; y número tres, la redención a precio de sangre de tu vana manera de vivir, para pasar de esa vanidad a la gloria por medio de la cruz de Cristo.

Te doy gracias. Gracias por el sacrificio de tu Hijo, que no acabamos de comprender. Cómo es imposible comprender tal sufrimiento y tan grande amor. Te doy gracias por tu Palabra, que abre los ojos del entendimiento para nosotros aquilatar la obra de Cristo a favor nuestro. Oh Dios, perdónanos cuando nosotros no hemos vivido de una manera que honre el sacrificio de tu Hijo. En esta mañana nosotros quisiéramos, por así decirlo, seguir predicando vía canción, proclamando de qué manera yo he sido lavado, de qué manera yo he sido pasado de una realidad a una mejor realidad. Y después, Señor, ayúdanos a regresar para agradecerte lo que has hecho. En Cristo Jesús te lo pedimos. Si su pueblo dice amén, amén.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.