Integridad y Sabiduria
Sermones

Las tres consecuencias de perder la centralidad del evangelio

Pepe Mendoza 20 junio, 2010

Existe una condición médica llamada agnosia visual que impide a quienes la padecen retener información visual: pueden ver a su propio padre frente a ellos y no reconocerlo. Pero hay una agnosia más común y peligrosa: la espiritual. Esa incapacidad de retener las verdades de Dios que nos lleva a salir de un culto preguntándonos de qué trató el sermón, o peor aún, a escuchar con claridad lo que Cristo vino a hacer y rechazar sus implicaciones para nuestra vida.

Los capítulos 8, 9 y 10 de Marcos muestran a Jesús luchando contra esta agnosia en sus propios discípulos. Tres veces les anuncia con absoluta claridad que será entregado, rechazado, muerto y resucitado al tercer día. Y tres veces ellos responden desviándose del mensaje. Pedro lo reprende, queriendo un mesías sin cruz. Los demás callan por miedo y prefieren discutir quién será el mayor. Jacobo y Juan piden los asientos de honor en el reino. Cada vez que Jesús habla claro sobre lo que él vino a hacer, espera que respondamos con claridad sobre lo que haremos nosotros.

La respuesta siempre es la misma: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme. Sé el último, sé servidor de todos. Porque ni aún el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Si entendemos la centralidad del evangelio, lo que corresponde no es buscar privilegios sino acompañar a Cristo en el sufrimiento y el servicio.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hace algún tiempo atrás tuve la oportunidad de estar leyendo un periódico que hablaba acerca de la enfermedad de una persona. Me di con el nombre de un mal que yo no conocía hasta ese momento y que creo que seguramente para muchos de ustedes es absolutamente desconocido, ya que es muy, muy raro. Su nombre es agnosia visual. La agnosia visual se caracteriza, o tiene que ver, con la incapacidad de una persona que la sufre de poder retener toda información visual. ¿Qué significa esto? Que nosotros, cuando vemos algo, lo retenemos en nuestra memoria, en nuestro cerebro, y podemos recordarlo después. Una persona con agnosia visual es incapaz de retener la información visual. Si, por ejemplo, se encuentra con su padre delante, no lo va a reconocer porque no tiene la capacidad de retención visual. Solo lo podrá reconocer cuando la persona hable, porque es capaz de reconocer la voz de manera auditiva, pero no recordar imágenes.

En este periódico salía la historia de una señorita de 18 años que sufrió en la niñez una meningitis viral que le afectó el lóbulo occipital de su cerebro, que es el responsable de la visión y del manejo de la información recibida, de tal forma que la información visual no llega a ser administrada correctamente y, por lo tanto, no es retenida. Esto trajo como consecuencia que, por ejemplo, ella podía leer y escribir, podía salir a la calle, vivir una vida más o menos normal, pero era incapaz de reconocer visualmente todo lo que tenía delante. Cuando ella estaba frente a la fachada de la puerta de su casa, ella no la reconocía, a no ser que leyera el nombre, el número de la casa y el nombre de la calle; de tal manera que así sí podía identificar la casa. Lo mismo con personas, y también con todo aquello que tenía que ver con el elemento visual. Algo que es tan familiar para nosotros era algo imposible para ella.

Sin embargo, averiguando un poco más —porque ahora uno puede leer sobre algo y luego se mete a buscar información acerca de eso mismo— me di cuenta de que no solamente existe la agnosia visual, sino que este daño en el cerebro se puede dar de diferentes maneras. Algunos son incapaces de reconocer o recordar escritura, de recordar notas musicales, de recordar movimientos físicos repetitivos, de recordar colores y muchos otros aspectos que para nosotros forman parte de la vida diaria. O sea, agnosia. La palabra agnosia viene del griego agnosis, es decir, ausencia de conocimiento, la incapacidad de poder recordar.

Pero después de que yo leí todo esto, me pregunté si es que podría existir algún tipo de —¿cómo llamarlo?— algún tipo de agnosia espiritual: la incapacidad de poder retener las cosas de Dios. O sea, que yo las tenga delante y que me olvide. Y saben, por experiencia, yo creo que esta agnosia es un mal bastante común entre nosotros los cristianos. Conocemos algunas personas que, por ejemplo, estuvieron aquí en la reunión hoy día, participaron de la adoración, cantaron con fuerza, escucharon el mensaje, levantaron un par de amenes, salieron realmente cautivados, y en la medida en que empiezan a bajar las escaleras, cruzan la puerta, llegan al estacionamiento, meten la llave y dicen: "¿De qué trató la prédica hoy?" Parece que es algo común. Algunos yo los veo como asintiendo; dicen: "Me acabo de descubrir, acabo de descubrir mi mal."

Este tipo de agnosia no debe alterarnos demasiado, porque básicamente la Biblia nos enseña que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; no las puede entender porque se han de discernir espiritualmente. Entonces, básicamente, todos los seres humanos por defecto son agnósicos —para no decir agnóxicos—, incapaces de poder percibir las cosas de Dios por sí mismos sin la intervención del Señor. Sin embargo, cuando venimos a Cristo sucede un cambio radical: somos guiados por el Espíritu de Dios. Pero al mismo tiempo es evidente que, de una manera u otra, nosotros producimos y vivimos bajo algún tipo de agnosia que nos impide poder retener las cosas de Dios en la medida en que quisiéramos.

Aunque la agnosia es indolora desde el punto de vista físico, si la queremos expresar desde el punto de vista espiritual, tenemos que señalar que es peligrosa. Porque si nosotros somos incapaces de retener la verdad espiritual, entonces esta verdad espiritual —que para nosotros, de acuerdo a la Palabra, es un asunto de vida o muerte— podría causarnos grandes problemas, grandes desviaciones personales. La agnosia nos podría producir una actitud de rechazo hacia las cosas de Dios tal como han sido estipuladas; podría producirnos un sentido de indiferencia. Esa capacidad de entendimiento parcial puede llevarnos a terrenos equivocados, o puede producir en nosotros una falta de adaptación a lo que realmente el Señor quiere enseñarnos. La agnosia espiritual, la incapacidad de poder retener y poder vivir la Palabra de Dios en nuestra vida, es un problema delicado que nosotros tenemos que aprender a resolver.

Ahora, ¿es esto nuevo? ¿Es esto producto del siglo XXI, una enfermedad nueva? Definitivamente no. Leyendo los Evangelios, uno se da cuenta de que la intención del Señor es tratar de hacernos recordar sus verdades de una manera sumamente clara. Justamente cuando nosotros tenemos un ejemplar de la Biblia que el Señor nos manda a leer una y otra vez, habla de nuestra agnosia espiritual: no basta con leerla una y otra vez, sino que tenemos que meditar en ella continuamente. Continuamente tenemos que volver a los primeros días; continuamente tenemos que volver a la vida de Abraham; continuamente tenemos que volver a leer de Moisés; continuamente tenemos que volver a cantar con David; continuamente tenemos que volver a hablar de la sabiduría de Salomón; continuamente tenemos que volver a llorar con Jeremías, y cuatro veces tenemos que leer la historia del Señor Jesucristo. No hay duda de que el Señor tiene la intención de tratar nuestra agnosia espiritual y ayudarnos a retener más profundamente el mensaje de la Palabra de Dios.

Pero permítanme centrarme básicamente en tres capítulos del Evangelio según San Marcos, en donde vamos a ver pequeños detalles: Marcos capítulo 8, capítulo 9 y capítulo 10, en donde de manera sorprendente el Señor Jesús está tratando la agnosia espiritual de sus discípulos de una manera muy delicada pero muy contundente. Los capítulos 8, 9 y 10 hablan de las últimas semanas del ministerio de Jesús antes de la entrada a Jerusalén y los momentos finales que todos nosotros conocemos. Jesús había empezado a tener un movimiento sumamente exitoso, rodeado siempre de multitudes. Sus discípulos seguramente estaban extasiados con todo aquello que estaban viendo: veían la gloria de Dios, veían hombres y mujeres transformados, veían sanidades, veían alimentación de multitudes, veían al Señor hablándole a las autoridades religiosas con poder, clarificando la verdad, amando y transformando la sociedad de su tiempo.

Pero en medio de todas estas cosas que los discípulos podían palpar, el Señor tenía una sola preocupación: mostrarles a ellos la centralidad del Evangelio, aquello de lo que no podían desviarse, aquello que no podían dejar de recordar, aquello que tenían que mantener fresco en sus mentes en todo tiempo.

Si nosotros vemos —déjenme el capítulo 7, permítanme hacerles solamente unas pequeñas referencias de versículos porque me interesa que nos ubiquemos en la historia en donde está nuestro Señor Jesucristo— las últimas etapas son de un movimiento amplio del Señor a lo largo de toda la región de Galilea, las regiones circundantes, y luego para Él descender hacia Jerusalén. A fin de que veamos el movimiento de nuestro Señor, permítanme señalarles algunos puntos geográficos.

Capítulo 7, el versículo 24 dice: "Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro." El versículo 31 dice: "Volviendo a salir de la región de Tiro, pasó por Sidón y llegó al mar de Galilea atravesando la región de Decápolis." El capítulo 8, el versículo 22 dice: "Llegaron a Betsaida." El 8:27 dice: "Salió Jesús con sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipos." El capítulo 9, el versículo 2 dice: "Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, Jacobo y a Juan, los llevó aparte solos a un monte alto y se transfiguró delante de ellos." Un viaje y una subida a un monte alto. El capítulo 9, el versículo 30 dice: "Saliendo de allí, van pasando por Galilea." El versículo 33 del capítulo 9 dice: "Y llegaron a Capernaum." El capítulo 10, el versículo 1 dice: "Levantándose de allí, Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán." Y terminamos en el 10:32, donde dice: "E iban por el camino subiendo a Jerusalén."

No hay duda de que el Señor estaba realmente ocupado: recorriendo las regiones y sus alrededores, subiendo y bajando, navegando alrededor del mar de Galilea, recorriendo sus ciudades, y no solamente eso, sino yendo hacia los pueblos vecinos, hacia Tiro y Sidón, muy cerca de la costa del mar Mediterráneo, para luego descender nuevamente y finalmente hacer un viaje de más de 100 kilómetros caminando hacia Jerusalén. En medio de todos los viajes se generaban muchas discusiones y muchos tiempos de compartir. Los discípulos estaban atentos a todo aquello que el Señor estaba haciendo.

Pero en la visita que ellos hacen a Cesarea de Filipos, que estaba como a 30 kilómetros al norte del mar de Galilea —que era la zona central de trabajo ministerial de nuestro Señor—, dice el capítulo 8, el versículo 27: "Salió Jesús con sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipos."

Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Y le respondieron diciendo: "Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; pero otros, uno de los profetas." Él les preguntó de nuevo: "Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Respondiendo, Pedro le dijo: "Tú eres el Cristo." Y Él les advirtió severamente que no hablaran de Él a nadie.

No hay duda de que para el Señor este es un momento muy importante. Ya en las aldeas de Cesarea de Filipo, Jesús estaba entrando a esta etapa final en donde ya emprendería directamente el camino hacia Jerusalén. Había llegado el momento de poder determinar cuál era la opinión de la gente y cuál era la opinión que de Él tenían aquellos que estaban muy cerca de Él, que habían compartido tres años de su ministerio.

Indudablemente, la ignorancia mundial es evidente en la primera toma de estadísticas planteada por el Señor aquí en Marcos 8. Jesús pregunta: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Las respuestas eran múltiples, pero ninguna de ellas daba en el blanco. "Bueno, Señor, algunos dicen que tú eres un fantasma." "¿Qué eres Juan el Bautista?" "Para otros dicen que tú eres Elías." "Bueno, ¿y por qué?" "Bueno, será por las señales que tú haces." "Y para otros, que no están ocupados en cosas religiosas, bueno, tú eres alguno de los profetas." Sin embargo, nadie daba en el blanco acerca de quién era Jesús.

Tanto tiempo Él hablando con tanta claridad, haciendo señales, hablando en las sinagogas, discutiendo con las autoridades religiosas de su tiempo, sanando y alimentando, y la gente no daba en el blanco acerca de quién era Jesús. Esto es evidente: no podemos encontrar la respuesta de quién es Jesús en el mundo. La respuesta de quién es Jesús la vamos a encontrar en las Escrituras, en donde el Señor se revela a nosotros de manera sobrenatural.

Pero cuando Jesús pregunta: "Bueno, eso dice la gente, pero ustedes, ustedes, ¿quién soy yo para ustedes?", Pedro —nosotros conocemos la historia— Pedro se levanta y dice: "Tú eres el Cristo." Como dice Mateo 16, el Hijo del Dios viviente. El Cristo es la palabra griega para el Mesías hebreo, el esperado Salvador, el liberador del pueblo de Dios, aquel personaje profetizado desde la antigüedad, prometido por el Señor para venir a liberar a su pueblo. "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", el verdadero Hijo de Dios.

Ante esta afirmación tan clara, tan profunda, tan reverente, el mismo Señor Jesucristo reconoce y dice: "Esto no te lo reveló carne ni sangre, porque si hubiera sido carne y sangre, hubiera dicho que era Juan el Bautista, Elías o alguno de los profetas, sino que esto te lo reveló mi Padre que está en los cielos." Esta tremenda verdad que ustedes ahora reconocen demanda de mí que yo les diga exactamente qué cosa he venido yo a hacer a esta tierra.

En el versículo 31 dice: "Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos y los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y después de tres días resucitar." Y dice el principio del versículo 32: "Y les decía estas palabras claramente." O sea, no hay duda de que el Señor quería decirles las cosas tal como eran. "Ahora que ustedes saben quién soy, les voy a decir qué voy a hacer: padecer muchas cosas, ser rechazado, ser muerto, y después de tres días resucitar." Ustedes conocen la historia, ¿verdad? No tengo que contárselas con demasiado detalle.

La segunda parte del versículo 32 dice: "Y Pedro le llevó aparte y comenzó a reprenderle." Mateo nos dice que él exclamó: "¡Señor, el Señor tenga misericordia de ti! Esto de ninguna manera te acontezca." Y saben que el primer signo de que nosotros estamos sufriendo de ignorancia espiritual es cuando nosotros creemos entender la verdad de Dios pero rechazamos su valor y su repercusión en nuestras vidas. Pedro acababa de decir que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, pero cuando el Señor dijo lo que eso significaba en términos prácticos, lo primero que él hizo fue replegarse y decirle: "Señor, esto de ninguna manera te acontezca."

¿Y por qué Pedro podría decir esto? Bueno, es muy obvio. "Señor, mira, ¿no alimentaste hace poco a 4.000 personas hambrientas? ¿Para qué necesitamos una cruz? Señor, ¿no acabas de sanar a este ciego de nacimiento? ¿Para qué necesitamos una cruz? ¿Cómo me vas a decir ahora que tú vas a ir a sufrir, ser muerto y luego resucitar al tercer día? No es necesario; basta con lo que tú ya estás haciendo. La cruz no es necesaria."

Sin embargo, nosotros tenemos claramente establecido en su Palabra cuál es el significado de la cruz. El apóstol Pablo decía con absoluta claridad: "Pero Dios demuestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." El apóstol Juan, siendo ya muy anciano, decía: "En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados."

No hay duda de que la centralidad de la cruz es fundamental para que nosotros podamos vivir nuestra vida de fe. La cruz no es accesoria. El sacrificio de Jesucristo en la cruz es fundamental para manifestar la esencia y la dirección de todo aquello que es nuestra fe cristiana. Y Pedro se la saltó. Él pensó que lo que ya veía era el Evangelio, y el Señor Jesús le dice: "Sin la cruz no hay Evangelio." Por eso es que le dice en el versículo 33: "¡Quítate delante de mí, Satanás!, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres."

La semana pasada, nuestro pastor nos estaba hablando acerca de cómo orar de acuerdo a la voluntad de Dios. Y orar de acuerdo a la voluntad de Dios significa, primeramente, centrarnos en la cruz y reconocer lo que la cruz significa y la centralidad del Evangelio, basado en el reconocimiento de que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y que entre los pecadores estaba yo, y que a través de su gracia yo recibía el perdón en esta cruz, y que el Señor tiene demandas para mí. A partir de ese momento yo puedo dejar de pensar en las cosas del mundo para poder centrarme en las cosas de Dios.

Ahora, el versículo 34 dice: "Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo..." Cuando Jesús quiere clarificar el tema de la centralidad de su obra, la centralidad de su obra inmediatamente tiene una repercusión en nuestras vidas. Cuando una persona que ha venido a Cristo entiende el significado de lo que Jesucristo vino a hacer, inmediatamente hay una repercusión personal, una repercusión inmediata y una demanda del Señor sobre nuestras vidas, en donde no basta solamente con decir "yo entiendo", sino que el Señor dice: "¿Y ahora qué vas a hacer con esto?"

Jesús no se conforma con clarificarle a Pedro, sino que inmediatamente dice: "Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo..." Jesús tenía algo que decir con respecto a lo que acababa de decir, con respecto a la centralidad del Evangelio, que tenía una repercusión no sólo sobre Pedro ni sus discípulos más cercanos, sino sobre toda la multitud que quisiera acercarse a Él en algún momento de la historia.

Y nosotros conocemos las palabras: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la salvará." Cuando alguien entiende la centralidad del Evangelio, la repercusión inmediata es sobre nuestra propia vida: en seguir e imitar a Jesús, al Jesús de la cruz.

El apóstol Pedro entendió esta realidad. Siendo ya muy anciano, él dice en su primera carta, en el capítulo 2, versículo 21: "Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas." Cada vez que Jesús habla claro acerca de lo que Él hizo, inmediatamente esperará que nosotros hablemos claro acerca de lo que vamos a hacer con aquello que Él hizo. Cada vez que Él nos muestra con exactitud qué es lo que vino a hacer por nosotros, inmediatamente nos va a hablar con exactitud acerca de lo que nosotros debemos hacer después de haber recibido la bendición de la gracia a través de su obra sustitutoria en la cruz del Calvario.

En el capítulo 9, cuando le damos la vuelta a la página, nos encontramos con un par de sucesos interesantes. Jesús se aparta con Pedro, Juan y Jacobo —que seguramente Pedro todavía estaba golpeado después de este llamado de atención tan severo de parte del Señor— y el Señor se los lleva a un monte. Suben con Él al monte y en el monte sucede un fenómeno extraordinario: el fenómeno de la transfiguración, en donde el Señor resplandece con vestiduras que se vuelven muy blancas, y junto al Señor aparecen Elías y Moisés hablando con Jesús.

Esto sorprende tanto a los apóstoles que inmediatamente ellos desean quedarse allí, pero luego se escucha una voz del cielo que dice: "Este es mi Hijo amado; a Él oíd." Cuando todo esto termina, el Señor les pide que guarden silencio sobre lo que acababan de ver, y ellos descienden del monte hacia la población aldeana que estaba cerca de ellos.

En esa población, los discípulos y los apóstoles que se habían quedado solos sin Jesús no la estaban pasando bien. El versículo 14 del capítulo 9 dice: "Cuando volvieron a los discípulos, vieron una gran multitud que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. En seguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida y corriendo hacia Él le saludaban."

Él les preguntó: "¿Qué discutís con ellos?" Y uno de la multitud le respondió: "Maestro, te traje a mi hijo, que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él lo derriba y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, ¿qué pasó? Pero no pudieron." Jesús entonces hace un llamado de atención con respecto a la generación incrédula que estaba allí. "¿Hasta cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo?" Jesús empieza a preguntar hace cuánto tiempo que le sucede esto. Este problema es desde su niñez, y luego de una serie de discusión el Señor sana a este muchacho.

Sin embargo, esto genera una gran presión de duda entre los discípulos: "¿Qué había pasado, Señor? ¿Por qué es que nosotros no pudimos echarlo fuera?" Y el Señor les dice: "Porque les faltó oración." Y ahora entramos al centro nuevamente, en donde Jesús vuelve a lidiar con la agnosis espiritual de sus discípulos.

Dice el versículo 30: "Saliendo de allí, van pasando por Galilea, y Él no quería que nadie lo supiera." Galilea, el centro de su ministerio, en donde Jesús era más conocido que en ningún otro lugar. Multitudes seguían a Jesús en Galilea, pero Jesús entra de manera secreta a Galilea porque tenía, nuevamente, algunos días después, que darle un mensaje a sus discípulos más cercanos, que era muy importante que ellos recibieran. Sin las distracciones de las multitudes, sin las distracciones de los milagros, sin las distracciones de las discusiones con los rabinos y los escribas, era necesario que los discípulos más cercanos al Señor le miraran a los ojos, porque lo que tenía el Señor que decir era sumamente importante.

El versículo 31 dice: "Porque enseñaba a sus discípulos y les decía: 'El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres, y le matarán, y después de muerto, a los tres días resucitará.'" Bueno, ese no es el mismo mensaje de unos días atrás, no es lo mismo del 8:31. ¿Es que acaso es necesario recordarlo nuevamente? Al parecer sí. Al parecer es necesario que nosotros continuamente recordemos con exactitud la razón por la que Jesucristo vino a esta tierra y a este mundo. Es necesario que reconozcamos con exactitud y con precisión profética la razón por la que Jesucristo vino a este mundo.

El Señor no vino por otra razón más que morir en la cruz del Calvario por nuestros pecados y para darnos vida a través de su muerte. Esa es la razón de su venida. Y Jesús está preocupado porque sus discípulos se centren en aquello que Él vino a hacer. Pero al igual que Pedro, el versículo 32 del capítulo 9 nos dice: "Pero ellos, ¿qué pasa con ellos? Ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle."

Y saben, la agnosis espiritual no solo genera, como en Pedro, una actitud de rechazo a la verdad divina, de tal manera que buscan encontrar una salida que no sea tan profunda, ni tan radical, ni tan escandalosa, como diciendo: "Señor, no le digamos a nadie que tú moriste en la cruz, para hacer el cristianismo más fácil para el resto del mundo." De la misma manera, una segunda característica de la agnosis espiritual es cuando nosotros como creyentes simplemente dejamos de percibir y entender exactamente aquello que el Señor nos está diciendo, y lo peor de todo es que nos negamos a preguntar. Es como decir: "Sabes que prefiero no saber, porque si sé me meto en un problema. Yo prefiero desde la distancia, no más así. Dímelo en grande, porque si me dan los detalles me vas a exigir. Así que yo prefiero mantener un pasito atrás, de tal forma que yo tenga mi espacio para poder moverme y que las demandas del Evangelio no sean tan fuertes para mí."

Y eso es lo que estaba pasando en este momento: ellos no entendían lo que Jesús decía y tenían miedo de preguntarle. Pero cuando nosotros no entendemos a cabalidad la verdad del Evangelio, no significa que nos vamos a quedar de la misma manera, como si fuera inocuo no conocer al Señor de manera completa y de manera perfecta. Si nosotros dejamos de entender la verdad de Dios y nos negamos a preguntar, lo que va a suceder es que inmediatamente nos vamos a empezar a desviar de la verdad de Dios y de la centralidad del Evangelio. Cuando el Señor habla con claridad y yo no lo entiendo y no he preguntado, inmediatamente voy a empezar a desviarme y voy a perder de vista aquello que el Señor está queriendo mostrarme.

La falta de entendimiento es pecado, y la falta de confianza en el Señor es pecado, porque en el amor no hay temor, porque el amor verdadero echa fuera el temor. Pero ellos tenían miedo. ¿Dónde se iba a manifestar la distorsión en el Evangelio y en la centralidad del Evangelio? Pues es muy evidente.

El versículo 33 dice: "Y llegaron a Capernaum." Recuerden que ellos están caminando, caminando kilómetros y kilómetros, continuamente con el Señor, discutiendo con uno y con otro, caminando al sol, todos juntos. Y cuando están llegando a Capernaum, estando ya en la casa el Señor con sus discípulos más cercanos, Jesús les pregunta directamente, así, a rajatabla: "¿Qué discutían por el camino? ¿De qué daban hablando? Porque yo los notaba como que muy apasionados. Cuéntenme, ¿qué hablaban?" El versículo 34 dice: "Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor."

La palabra "mayor" es la palabra *mega* en griego. ¿Quién es el *mega* entre nosotros? Jesús había hablado, hermanos, acerca de la centralidad del Evangelio, ellos no entendieron, pero en lugar de discutir acerca de las palabras de Jesús, prefirieron discutir quién de ellos era el mayor. Y yo intento interpretar la razón de esa pregunta, y la verifico quizás con los dos sucesos anteriores que nosotros habíamos encontrado: Pedro, Juan y Jacobo en el monte de la transfiguración, y el resto de los apóstoles solos en esta derrota que tuvieron frente a este muchacho enfermo.

Y yo imagino, quizás, en medio del camino hacia Galilea, Pedro, Juan y Jacobo juntos así: "No podemos decir nada, ¿verdad? No, no, no. Pero ¿con quién estuvimos? ¿Con quién? ¡Con Elías! ¿Y cómo fue eso? ¡Claro! Y dime, Juan, ¿cómo estuvo ahí arriba?" "¡Glorioso, glorioso!" "Y Mateo no pudo ni con el muchacho. Si no estábamos nosotros no hay milagros. Pues si no estamos nosotros... porque están Elías, Moisés, Jesús, Pedro, Juan y Jacobo." Y por el otro lado, Mateo iba caminando más adelante: "¿Has notado? Soberbio completo. ¿Qué habrá estado haciendo en el monte? Tú sabes lo que habrán estado haciendo. No, no quiere contar. Claro que habrán estado haciendo... el que no cuenta, uno no sabe. ¡Claro! Mientras nosotros acá batiéndonos con los escribas, ellos en el monte haciendo nada con el Señor, y ahora se creen lo máximo, la última Coca-Cola del desierto. Ni hablar. Y mira cómo nos mira, se cree el grande. Por eso hay que preguntarnos quién va a ser el mayor. Hay que dejarlo claro en este momento, porque no se trata de los que están arriba en el monte, sino de los que están aquí abajo, aquí en medio, con el milagro, con la cosa."

Y por supuesto, Jesús habla y habla con tanta claridad acerca de la centralidad de su Evangelio, pero ellos no pueden entenderlo, porque están absorbidos en sus circunstancias temporales, enredados en sus propios resultados, sin poder clarificar en realidad lo que el Señor les estaba diciendo. Pero nuevamente el Señor, de manera misericordiosa, dice el versículo 35. Recuerden que Jesús estaba en su casa con su grupo más íntimo, y estos que estaban buscando acerca de quién era el mayor. En realidad, dice el versículo 35: "Sentándose, llamó a los doce y les dijo: 'Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos.'"

Es interesante que los estudiosos señalan que cuando se menciona a Jesús sentándose, esta es una expresión griega que menciona el hecho de los rabinos que se sientan para dar una enseñanza, de tal manera que todos los que están alrededor saben que algo importante se va a decir. Y Jesús, estando en su casa con los doce, se acerca a ellos y les dice: "Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos." Y saben, hermanos, lo vimos en el capítulo 8 y lo vemos ahora en el capítulo 9: como el Señor va clarificando, cada vez que Él habla con claridad acerca de lo que Él hizo, va a hablar con claridad acerca de lo que tú debes hacer. Cada vez que el Señor habla acerca del sacrificio que Él va a hacer en la cruz, Él inmediatamente responde y clarifica a sus discípulos acerca de la parte que ahora les toca a ellos.

Y nuevamente lo hace aquí en el capítulo 9: "Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos." Y el Señor realiza un ejemplo; lo hace ahí delante de todos ellos. Recuerden que Él estaba en una casa en ese momento, por lo tanto tiene que haber sido un niño, un familiar cercano, no alguien de la multitud. Dice: "Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, y tomándolo en los brazos, les dijo: 'El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió.'"

Ahora, esto es algo que tengo que clarificarles. Durante el primer siglo, los niños no eran tratados con el cuidado que nosotros debiéramos imaginar. Los niños del primer siglo no eran muy considerados: no tenían rango, ni estatus, ni derechos; no se les consideraba personas en el total sentido de la palabra, y eran más bien considerados como una propiedad. Eran absolutamente dependientes, vulnerables, ignorantes y completamente sujetos a una autoridad mayor. Las autoridades rabínicas del primer siglo, las autoridades religiosas judías de la sociedad, clasificaban a los niños junto con los sordos, con los tontos, con los esclavos. Por lo tanto, reconocer a un niño era reconocer una insignificancia absoluta.

Y ahora podemos entender lo que ese niño en los brazos de Jesús significaba para los apóstoles. "Ustedes están buscando saber quién es el mayor; pues el mayor es aquel que sirve a este niño insignificante. El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió." No es un asunto de rango, no es un asunto de estatus, no es un asunto de posiciones; es una actitud de servicio. Eso es lo que yo vine a hacer, y eso es lo mismo que ustedes deben hacer.

Cuando Jesús habla con claridad acerca de lo que él vino a ser y lo entendemos, lo primero que el Señor va a buscar es la reciprocidad de nuestra vida, para ver si es que nosotros tenemos nuestra cruz cerca, si nos hemos negado a nosotros mismos y si tenemos a un niño a quien hemos recibido en el nombre del Señor.

Ahora, yo sé que a algunos de ustedes les gusta ser primero, los magna cum laude, entonces yo quiero satisfacer ese deseo de ser primero que algunos tienen, porque en la Biblia te dan la oportunidad de ser primero. No crean que todo se trata de no; en la Biblia hay la oportunidad de ser primero. Primera de Timoteo, capítulo uno, el versículo 15, te da la oportunidad de ser primero. Yo quiero mostrarles, para los que se quedaron con las ganas de ser primero, que ahora les voy a dar esa oportunidad: "Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero."

Ponte atrás, ponte atrás, porque si podemos ser primero en algo, es en nuestra condición de pecadores, hermanos. Después somos últimos y después somos siervos. "Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero."

Cuando el Señor habla con claridad acerca de la cruz, habla con claridad acerca de nuestra responsabilidad: "Yo voy a morir; tú niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme. Yo voy a morir; sé siervo de todos." Y por último, en el capítulo 10, cuando Jesús está entrando a Judea, Jesús vuelve a hablar con claridad con sus discípulos. En el versículo 32 del capítulo 10, pocos días después de este último acontecimiento, Jesús tiene la urgencia de volver a entregar y abrir su corazón delante de sus discípulos, para que no se equivoquen, para que entiendan la centralidad del Evangelio y al mismo tiempo entiendan la centralidad de su responsabilidad como siervos de Dios.

En el versículo 32 dice: "E iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos; y estaban perplejos, y los que le seguían tenían miedo. Y tomando aparte de nuevo a los doce, comenzó a decirles lo que le iba a suceder: 'He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; y se burlarán de él y le escupirán, le azotarán y le matarán, y tres días después resucitará.'"

Jesús está nuevamente entrando a Jerusalén y en esta entrada sabía todo lo que le iba a acontecer. Nuevamente vuelve a reunir a sus discípulos más cercanos y vuelve a decirles: "Por favor, no se equivoquen; por favor, no se desvíen; por favor, no se dejen llevar por las luces; no se dejen llevar por la gente. Esto es lo que va a suceder." Él los reúne antes de entrar a Jerusalén y comienza a decirles algo que no era nuevo, que ya lo había dicho en dos oportunidades anteriores: ya lo había dicho en Cesarea de Filipos, ya lo había dicho en Capernaúm, y ahora lo vuelve a decir con insistencia. "Subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte, le entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, le azotarán, le matarán, y tres días después resucitará."

Pero ¿qué estaba pasando con los discípulos en ese momento? Dice el versículo 32 que ellos estaban perplejos, y los que les seguían tenían miedo. ¿Por qué tenían miedo? Permítanme mostrarles brevemente algunas características de lo que ocurría en este capítulo 10. Entrar a Jerusalén significaba para muchos de ellos la consumación de la esperanza mesiánica, política y mundana que seguramente algunos tenían en mente. Tenían la idea de que el Evangelio se centraba en una realización de privilegios para todos aquellos que habían acompañado a Jesús durante su ministerio terrenal. Pero desde que Jesús pisa Judea, él empieza a destruir todos los privilegios de los hombres.

Al principio del capítulo 10, dice el versículo 2, que se le acercaron algunos fariseos para ponerle a prueba y le preguntaron si era lícito a un hombre divorciarse de su mujer. Cuando él responde a esta pregunta, todos esperaban que el Señor garantizara ese privilegio del cual hombres impíos estaban abusando para deshacerse de sus mujeres por cualquier causa. Pero el Señor responde con tal claridad, con tal seguridad, conforme a la Palabra de Dios: "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre." De un solo plumazo destruyó una injusticia de siglos y un privilegio que los hombres habían usado para aprovecharse a sus anchas de las desventuras de sus propias mujeres. El Señor destruye esa injusticia de un plumazo.

En segundo lugar, dice el versículo 13 que le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían, justamente porque sabemos cuál era la idea que se tenía acerca de los niños en ese tiempo. Pero cuando Jesús vio esto, dice el versículo 14, se indignó y les dijo: "Dejen que los niños vengan a mí; no se los impidáis, porque de los que son como estos es el reino de los cielos." O sea, de un insignificante, de un insignificante es el reino de los cielos. Nuevamente el Señor, de un plumazo, rompe con una idea tradicional acerca de cómo se conquistaría el reino de los cielos, que era a fuerza de sangre, a fuerza de guerra y a fuerza de conocimiento y poder personal. No, le dice el Señor: "El reino de los cielos es de los niños, es de los insignificantes."

Y para colmo de males, en el versículo 17, en esta entrada a Judea tan significativa, dice: "Cuando salía para seguir su camino, vino uno corriendo y arrodillándose delante de él, preguntó: 'Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?'" Delante de él se presenta un joven que las tenía todas: era moralmente intachable, religiosamente puro, rico y bien parecido, y joven. Las tenía todas. Entre los más privilegiados de la Palestina antigua, él era uno de ellos. Moralmente intachable, religiosamente puro, rico materialmente, bien parecido y joven.

Cuando se presenta delante de él con toda esa pompa y confiesa: "Maestro, todo esto que me pides lo he guardado desde mi juventud", ¿qué suele ir bien? "Entonces te falta, así como lo tienes todo, te voy a pedir una cosita más, que seguramente la tienes, porque eres moralmente intachable, religiosamente puro, materialmente rico, joven y bien parecido. Entonces esta que te voy a pedir, una sola cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme." Bum, se acabó. Pero ¿cómo?

Ustedes que han leído el Evangelio se pueden dar cuenta de la repercusión que este acontecimiento tiene para con los discípulos que estaban con el Señor. En el versículo 26 dice: "Ellos se asombraron aún más, diciendo entre sí: '¿Y quién, pues, podrá ser salvo?'" Hasta Pedro se cuestiona haber seguido al Señor, y esto genera una gran duda, porque todo lo que ellos habían imaginado, que era una vida de privilegios de la mano con el Señor, se rompe a la entrada de Judea. Y les dice: "No hay privilegios; no es una vida de privilegios; esta no es una cuestión de privilegios."

Y el Señor habla con claridad ante esta gente perpleja y con miedo, y nuevamente los sienta antes de entrar a Jerusalén, después de haber vivido estas experiencias, y les dice: "He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte, le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él y le escupirán, le azotarán, le matarán, y tres días después resucitará." No son privilegios, no son privilegios.

Pero ¿qué pasa con nuestros amigos? Versículo 35: "Y se le acercaron Jacobo y Juan, los dos hijos de Zebedeo, diciendo: 'Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos.'" La cosita, Señor. Ahora que estaba por entrar a Jerusalén: "Yo sé que no es una cuestión de privilegio, tú lo has explicado muy bien, pero en el pedir no hay engaño; el que pide y pide poco es un loco. Cosita, Señor." "¿Qué quieren?" Ellos le dijeron: "Concédenos que en tu gloria, uno se siente a tu derecha y otro a tu izquierda." Señor, mira que nadie te lo ha pedido, entonces ya no nos puede decir que no, porque somos los primeros; a nadie se le ocurrió antes. Estamos primero en la lista: derecha e izquierda, Señor.

Nuevamente Jesús había hablado con tanta claridad con respecto a lo que él venía a ser, y nosotros los humanos, a pesar de que queremos seguir al Señor, siempre terminamos dislocándolo, tergiversándolo, cambiando la idea que el Señor quería plantear. Y esto no sucede una vez: sucede con Pedro al principio, sucede con el resto de los discípulos, sucede ahora con Jacobo y Juan, que son parte del círculo íntimo del Señor. ¿Cuánto más nos puede pasar a nosotros, hermanos, si es que no nos centramos y nos focalizamos en la realidad y la centralidad del Evangelio?

¡Cuán importante es que nosotros no nos desviemos ni a derecha ni a izquierda, que tengamos claramente el norte de aquello que el Señor Jesús vino a ser y para qué lo vino a ser! El Señor le tiene que clarificar nuevamente, como le clarificó a Pedro: "Si tú tienes claridad sobre lo que yo he hecho en la cruz, lo que te toca es tomar tu cruz y seguirme."

Lo que le dijo a sus discípulos en Capernaum: si ustedes se entienden con claridad lo que yo voy a hacer en la cruz, lo único que les toca a ustedes es servirme y servir al más necesitado. Y ahora le toca el turno a Juan y a Jacobo: si ustedes se entienden lo que significa lo que yo voy a hacer en la cruz del Calvario, entonces a ustedes les toca saber que los que me siguen no me siguen para obtener privilegios, sino para seguirme en sufrimiento. Yo no vengo a dar privilegios, yo vengo a entregar sufrimiento.

El versículo 38, y ya terminando, dice: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo bebo, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?" Y ellos dijeron: "Podemos." Y Jesús les dijo: "La copa que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no es mío el concederlo, sino que es para quienes ha sido preparado."

Hermanos, nosotros no hemos sido llamados a pedir privilegios delante de Dios, sino a acompañarle en el sufrimiento. El Señor sabe que podemos beber la copa y podemos tener el bautismo de Jesús, que tienen que ver y son símbolos mesiánicos de sufrimiento. Pero los privilegios solamente le corresponden al Padre. Lo que sí es cierto es que el Señor nos llama a compartir con Él una vida de sufrimiento.

Por eso terminamos leyendo lo que dice el Señor a partir del versículo 42. Nuevamente el Señor invita a todos sus discípulos, en medio de este error de opinión e interpretación, los invita a todos junto a sí y les dice: "Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos, porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos."

Capítulo 8, capítulo 9, capítulo 10: Cesarea de Filipo, Capernaum, la entrada a Jerusalén. Jesús clarifica muy exactamente qué es lo que Él viene a hacer en el 8, en el 9 y en el 10. E inmediatamente después, ante el error de sus discípulos, Él clarifica la repercusión que la verdad de la centralidad del Evangelio trae en los creyentes: siempre nuestra disposición a caminar con Él, a tomar nuestra cruz y a seguirle, porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

El Señor nos invita, hermanos, a que cuando nosotros a veces nos jactamos de la claridad que existe en nuestra iglesia con respecto a la verdad del Evangelio, cuando decimos que tenemos una iglesia privilegiada en donde nuestros pastores y sus siervos nos están enseñando la Palabra de Dios tal como ha sido puesta en la Escritura, pues entonces la respuesta fundamental no tiene que ver con ocupaciones teológicas, sino con una vida de servicio. Entonces la pregunta es: ¿dónde está tu cruz? ¿Dónde está el necesitado a quien tú estás atendiendo? ¿En dónde estás desarrollándote como un siervo del Señor? ¿En dónde estás sirviendo con corazón y con negación para la gloria de Dios?

Si entendemos con claridad el Evangelio, si entendemos con claridad la razón por la que Cristo vino al mundo, entonces lo que nos toca inmediatamente es reconocer que el Señor espera de nosotros una vida de servicio. Si eliminamos la agnosia espiritual de nuestras vidas, si tenemos claridad sobre el Evangelio, entonces inmediatamente lo que el Señor reclama de nosotros es que tengamos claridad sobre una vida de servicio, de renuncia, de búsqueda de Él, siguiendo su ejemplo, aprendiendo de su humillación y su sufrimiento para que nosotros también vivamos como Cristo vivió aquí en la tierra. Si hemos gozado del privilegio de la salvación, ahora gocémonos también en el privilegio de su sufrimiento.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.