Integridad y Sabiduria
Sermones

Tu sufrimiento y el carácter de Dios

Miguel Núñez 3 enero, 2021

El sufrimiento y el carácter de Dios están íntimamente conectados, y la razón principal por la que los creyentes no saben sufrir bien es el desconocimiento de quién es Dios realmente. Falta confianza en su providencia, que orquesta cada circunstancia para nuestro bien; falta confianza en su soberanía, que garantiza que todas las cosas cooperen para bien; falta confianza en su misericordia, que nos recuerda que merecemos algo peor; falta confianza en su gracia, que no solo bendice sino que también sostiene, corrige y disciplina. Job ilustra perfectamente esta verdad: mientras desconocía el carácter de Dios, tenía múltiples preguntas y quejas, pero cuando finalmente lo vio por lo que verdaderamente es, sus únicas respuestas fueron adoración y arrepentimiento.

El apóstol Pablo en Filipenses 3:10 revela cuatro ambiciones que resumen la vida cristiana madura: conocer a Cristo íntimamente, experimentar el poder del Espíritu que lo levantó de los muertos, participar de sus sufrimientos, y llegar a ser semejante a él en su muerte. Este conocimiento no es meramente intelectual sino vivencial, fruto de una comunión íntima. Y el poder del Espíritu no evita el dolor ni lo adormece como anestesia, sino que toma la experiencia de sufrimiento y la convierte en gloria, como ocurrió con Pedro y Juan cuando salieron regocijándose después de ser azotados por predicar a Cristo.

Sufrir es parte del llamado cristiano y, según Filipenses 1:29, es un privilegio concedido como regalo junto con la fe. La diferencia entre el creyente y el no creyente no está en la capacidad de soportar el dolor, sino en la posibilidad de transformarlo en testimonio y adoración. Una teología correcta prepara la mente, un caminar íntimo con Cristo prepara el corazón, un espíritu sumiso prepara la voluntad, y un carácter piadoso nos hace testigos ante quienes observan.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia en adoración, aun desde nuestros hogares, en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio; somos cada uno de nosotros, en quienes mora la presencia del Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

Padre, nosotros acabamos de cantar que tú nos sostendrás. Si sostienes el universo por completo, en toda su enormidad, por el poder de tu palabra, ¿cómo no vas a sustentar, a sostener, a uno de tus hijos comprado a precio de la sangre de tu Hijo? En este primer domingo del año 2021, desconocido para nosotros, pero no incierto, porque tú conoces el futuro y en ti nosotros estamos confiados, en ti nosotros tenemos certidumbre. No tenemos que conocer el futuro; conocemos a quien lo controla para estar en paz.

Pero en este principio de año, yo quiero presentarte a cada iglesia verdadera a lo largo del globo terráqueo y a cada pastor, a cada predicador que predica tu verdad. Yo quiero, probablemente junto con muchos más, levantarlos hasta tu trono y pedirte que tú nos des, por encima de todas las cosas, fidelidad a la proclamación de tu Palabra, a tu causa, a tu nombre, a tu gloria, por encima de toda circunstancia. Que nosotros no seamos contados entre aquellos que se amedrentaron llegada la prueba. Que nosotros no seamos contados entre aquellos que aquí les faltó fe, aquí les faltó confianza en ti, cuando llegó una pandemia que a la luz de toda la historia ni siquiera representa la mayor amenaza que la humanidad haya vivido.

Señor, ayuda a tu iglesia a levantarse con la bandera de la verdad. A cada pastor a proclamarla con denuedo, sin timidez. Y permite que tu pueblo escuche lo que el Espíritu tenga que decir a las iglesias por medio de tu Palabra. Señor, de manera particular, para lo que tiene que ver con nosotros en esta mañana, yo quiero hablar de tu carácter por encima de todas las cosas en medio de esta pandemia. Y hablar de tu carácter es confesar nuestra incapacidad para hacerlo. Como decía alguien, si nosotros llegamos al punto de pensar que hemos llegado a comprenderte, hemos llegado a comprender algo que es completamente diferente a lo que tú eres. Tú eres incomprensible.

Pero yo te pido que por el poder del Espíritu, el poder que creó y sostiene el universo, tú me sostengas ahora en la predicación de tu Palabra. Renueve mi mente, refresque mis pensamientos, me dé soltura de ideas y de palabras, y que aquellos que escuchan puedan no solamente escuchar, sino también entender, y por el entendimiento recibir convicción y poder aplicarlo a sus vidas. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

Bueno, yo creo que para nadie es un secreto que nosotros seguimos en medio de una pandemia. Tampoco es un secreto que muchos de los gobiernos han recrudecido sus medidas y han aumentado obviamente sus restricciones debido a un aumento del número de casos a lo largo de lo que es nuestro planeta. Hoy se habla en muchos medios de una nueva cepa del COVID-19, como se le conoce, cuando en realidad todavía la ciencia no la ha reconocido como una cepa nueva, sino simplemente como una variante. Y las variantes han estado ocurriendo desde enero de este año, cuando la epidemia comenzó en Wuhan, China, y no terminarán. De hecho, en un solo espécimen que se tome de un paciente pueden existir diez, quince variantes diferentes en un mismo tiempo.

Y yo quiero dejar eso sentado simplemente como una forma de decir que el pánico del cual se ha apoderado de las sociedades, no es que no tenga cierta veracidad detrás en cuanto a la prudencia que debemos tener, pero no podemos contribuir a dicho pánico. Y mucho menos como iglesia, y mucho menos como médico en mi caso particular. No hay evidencia de que esta nueva variante sea más virulenta o pueda causar mayor número de muertes, para citar literalmente al Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos.

Sin embargo, hay una emergencia mundial, no lo podemos negar. Hay una pandemia que ha cobrado las vidas de múltiples personas y que no va a terminar en las próximas semanas, aunque tenemos ciertas esperanzas, verdad, con la vacuna que llegue. Pero quién sabe qué más pudiera venir de camino. Y una de las mejores cosas que un pastor puede hacer, y yo hablaba de eso de hecho en mi cuenta de Twitter recientemente, es preparar a la iglesia para el sufrimiento.

No hay dudas de que estamos viviendo tiempos difíciles, y en mi opinión yo creo que nos abocamos a vivir tiempos aún más difíciles. De manera que la predicación de las próximas semanas, meses, de las iglesias, sería mi deseo que aprendamos, que ayudemos a nuestras congregaciones a enfrentar el sufrimiento. Y por eso en esta mañana yo he querido usar este primer domingo del año 2021 para hablar de la conexión que existe entre lo que es el carácter de Dios y tu sufrimiento. O lo podemos invertir: tu sufrimiento y el carácter de Dios.

La Palabra de Dios habla continuamente de esta relación o de esta tensión que existe entre dos grandes realidades: la realidad del dolor humano, del drama humano, del dolor que es inmenso continuamente; y en el otro extremo, la otra realidad que al mismo tiempo la Palabra declara, es el corazón bondadoso de nuestro Dios, que siendo todopoderoso no termina de poner fin a la tragedia humana. Eso parece ser un dilema.

El mismo Dios que declaró al final de seis días de creación que la creación era buena en gran manera, es el Dios que luego de la caída de Adán y Eva le dice a la mujer: "En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, y con dolor darás a luz tus hijos." Es el mismo Dios que le dice al hombre en esa misma ocasión: "Maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida." De manera que Dios proclama su benevolencia, su bondad, al final de los seis días de creación, y luego, tan pronto la caída ocurre, Dios proclama la santidad de su ser que reacciona ante el pecado. Las acciones de Dios no son más que la puesta en despliegue de quién Él es, de su carácter. De la misma manera que las acciones nuestras lo único que hacen es poner de manifiesto nuestro carácter.

El tema del sufrimiento es el tema de la humanidad en estos meses anteriores y por los meses siguientes. Es el tema de mi mensaje en esta mañana. Es uno de los temas principales en la historia redentora de la Biblia, en la historia de la Iglesia. Es uno de los temas más debatidos por académicos, cristianos y no cristianos. Es uno de los temas recurrentes aun a nivel de la sociedad en general. Cuando tú lees la Biblia, tú te percatas de que hay grandes temas que son repetitivos a lo largo de la revelación de Dios. El sufrimiento es uno de ellos.

Déjame leerte un párrafo del autor Tim Keller en su libro "Walking With God Through Pain and Suffering", o "Caminando con Dios a través del dolor y el sufrimiento", para que tengas una idea de cuán frecuente es el tema del sufrimiento, cuán frecuente es el tema de esta pandemia en la Biblia.

Comienzo de la cita: "El libro del Génesis comienza con una explicación de cómo el mal y la muerte entraron en el mundo. El libro del Éxodo, el segundo libro ahora, relata cuarenta años de Israel en el desierto, un tiempo de intensas pruebas y de juicios. La literatura de sabiduría del Antiguo Testamento —Eclesiastés, Proverbios y Salmos— es en gran parte dedicada al problema del sufrimiento. El libro de los Salmos ofrece una oración para cada una de las posibles situaciones en la vida, y lo que es sorprendente es cuán lleno está de gritos de dolor y de preguntas atrevidas a Dios acerca del sufrimiento aparentemente aleatorio e injusto. En el Salmo 44, el autor habla de la devastación de su país y clama a Dios: 'Despierta. ¿Por qué duermes, Señor? Levántate. ¿Por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestra aflicción y de nuestra opresión?' (Salmo 44:23-24). El libro de Job y Eclesiastés están casi totalmente dedicados a una profunda reflexión sobre el sufrimiento injusto y sobre la inutilidad frustrante que caracteriza a gran parte de la vida. Los profetas Jeremías y Habacuc dan una abrasadora expresión a la queja humana del mal que parece gobernar la historia. Los libros del Nuevo Testamento como Hebreos y Primera Epístola de Pedro están casi enteramente dedicados a ayudar a las personas que enfrentan implacables experiencias de dolor y dificultades. Y por encima de todo eso, sobresale la figura central de toda la Escritura, Jesucristo, que es un varón de dolores." La Biblia es tanto acerca del sufrimiento como lo es acerca de cualquier otra cosa. Fin de la cita de Tim Keller en el libro que acabo de citar.

Para iniciar nuestra reflexión esta mañana, que es básicamente sobre un versículo de la Biblia, Filipenses 3:10, yo quisiera introducir el versículo primeramente para luego leerlo. Y en la mañana de hoy voy a estar leyendo de la Nueva Versión Internacional, por una razón de la traducción de una sola palabra básicamente, pero que es apropiada en dicha traducción.

El apóstol Pablo comienza a hablar a los filipenses en su carta y les relata cómo había un tiempo en su vida cuando él era un perseguidor de la Iglesia, cuando él se consideraba verdaderamente justo en sí mismo, cumplidor de la ley. De hecho, él dice: "En cuanto a la ley, intachable." Cómo él tenía confianza en esa tradición o legado religioso cultural del que él venía. Y por eso él hablaba de que era fariseo de fariseos, de la tribu de Benjamín, y esto era considerado lo máximo en el judaísmo.

Como quien dice, si había alguien que llenaba todos los requisitos, ese fui yo. Y sin embargo, llegó un momento en que Cristo interceptó mi vida, y todo eso que yo había ganado, todo eso que yo había considerado como importante, lo considero ahora como basura —el original dice como estiércol, para no usar otra palabra— y luego he cambiado por la ambición de conocer a Cristo.

Escucha ahora el versículo 10, que es el único versículo sobre el cual voy a estar desarrollando todo lo que nos queda: "Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección —escúchame ahora—, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte." Parecería un versículo como corto, pero es un versículo que declara de manera inequívoca y de manera clara cuatro ambiciones del apóstol Pablo, por lo que ha considerado todo lo que adelante le daba importancia como basura. Y Pablo dice: de aquí en adelante yo quiero cuatro cosas y nada más. Yo quiero conocer a Cristo, yo quiero conocer el poder de su resurrección o el poder que se manifestó en su resurrección, yo quiero participar de sus sufrimientos y yo quiero ser semejante a él en su muerte —no en su gloria, en su muerte.

Yo quisiera iniciar entonces con la primera declaración del apóstol Pablo: yo quiero llegar a conocer a Cristo. Pablo lo conocía, Pablo conoció a Cristo, pero Pablo está diciendo: no, yo quiero llegar a conocerlo todavía más. Claro, pero tú fuiste entrenado por él en el desierto de Arabia por tres años, tú estuviste en el tercer cielo como nadie más lo estuvo. Yo te estoy diciendo que yo quiero llegar a conocer a Cristo, yo necesito más de él, todavía hay mucho más que a mí me falta por conocer. En Cristo moraba y mora la plenitud de la divinidad, y si Dios es infinito, no habrá ningún momento ni de este lado de la gloria ni de aquel cuando tú y yo podamos llegar a conocer a Dios completamente. Siempre habrá algo acerca de Dios que yo no podré comprender, porque lo finito —nosotros— no puede contener lo infinito que él es.

El famoso teólogo de los años de 1800 hasta principio de 1900, Herman Bavinck, holandés, lo resumió de esta manera: la distancia entre Dios y nosotros es el abismo entre lo infinito y lo finito, entre la eternidad y el tiempo, entre ser y llegar a ser, entre el todo y la nada. Él es un ser infinitamente exaltado sobre todos nosotros.

La razón por la que estoy enfatizando esa parte de lo que Dios es, antes de lidiar con nuestro tema del sufrimiento, es precisamente porque una gran parte de la dificultad que el cristiano tiene en lidiar con su sufrimiento personal —o el sufrimiento de la humanidad, que algunos de nosotros lo sufrimos también— tiene que ver precisamente con nuestra resistencia, muchas veces, a creer que este Dios que se declara completamente bondadoso y misericordioso es el que ha providencialmente orquestado esta o la otra circunstancia que han llegado a mi vida, y que la Biblia declara que son buenas para mí, que son necesarias para mí. Y si no lo son para mí, serían buenas para la historia redentora. De manera que en esa disyuntiva en la que frecuentemente nos encontramos, de eso yo necesito hablarte a ti y a mí mismo, como ya lo hice toda la semana.

Nosotros no sabemos cómo sufrir, o por lo menos cómo sufrir bien, y hay varias razones directamente relacionadas al carácter de Dios. Número uno: a nosotros nos hace falta confianza en la providencia de Dios. Y la providencia de Dios tiene que ver con cómo Dios ordena de manera activa y pasiva, según el caso, todo cuanto hace acontecer en la historia global o en la historia personal. Como decía, Dios no solamente es el arquitecto de lo que debiera ocurrir; no, él es el ejecutor a la hora de que ocurre. No aceptamos que, no importa la magnitud de la experiencia de dolor que nos toca vivir, dicha experiencia fue personal y providencialmente orquestada para mí, entendiendo Dios con todo lo que él sabe que en dicha experiencia —sobre todo si tiene que ver con uno de los hijos de Dios— estará involucrada no solamente la gloria de su nombre, pero estará también involucrado el bienestar tuyo y mío. Nosotros confiamos más en nuestra propia planificación y organización de los eventos que en la providencia sabia de Dios, que tiene una sabiduría inescrutable, infinita, y un poder por igual. Nosotros confiamos más en lo que nosotros podemos hacer, y por eso continuamente estamos maquinando cómo vamos a arreglar nuestra vida en el presente, en el futuro.

A nosotros nos hace falta confianza en su soberanía, que tiene que ver con el derecho y el poder que Dios tiene de hacer todo cuanto a él le plazca, todo el tiempo ignorando que su soberanía me hace bien. Escúchelo otra vez: su soberanía me hace bien. Es su soberanía que permite que todas las cosas acontecidas en mi vida cooperen para mi bien; de otra manera, Dios no hubiese podido garantizar tal cosa.

A nosotros nos hace falta confianza en su misericordia para entender que no importa el desierto de dolor por el cual yo atraviese —la realidad, si la he de ser conocida— yo merezco algo peor. Quizás algunos están ya apagando el computador o la televisión.

Nos hace falta confianza en su fidelidad. Su fidelidad no es otra cosa que su amor fiel para con los suyos. Bien decía Alistair Begg que se progresa —escúchame— se progresa más espiritualmente a través de fracasos y lágrimas que a través del éxito y la risa. Me gustaría leer eso una vez más, es una cita de Alistair Begg: se progresa más espiritualmente a través del fracaso y las lágrimas que a través del éxito y la risa.

A nosotros nos hace falta confianza en su gracia, que me será suficiente para ser sostenido en medio de la adversidad. Pensamos que la gracia de Dios está relacionada únicamente con las bendiciones que a mí me llegan, y sobre todo cuando las bendiciones no son merecidas. Pero yo no creo que la mayoría de nosotros entendemos a qué nos referimos cuando hablamos de la gracia de Dios, porque es la gracia de Dios que a mí me sostiene, es la misma gracia que a mí me corrige, es la misma gracia que a mí me perdona. La misma gracia que me perdona es la gracia que me disciplina, es la gracia que me reprende, es la gracia que me protege. De manera que nosotros necesitamos mayor confianza en la gracia de Dios; es la gracia que me lleva a su presencia el día que yo muero.

Si nada de eso, si todo eso no fuera suficiente, a nosotros nos hace falta confianza en su poder. Cuando nosotros estamos en medio de la dificultad, en medio del desierto, la forma como nosotros imaginamos su poder es Dios levantando quizás un viento que nos saque del desierto y nos ponga de aquel lado ya de la tierra prometida, y ahí estaríamos disfrutando. Pero no nos gusta el uso que Dios hace de su poder cuando, en vez de levantar el viento y sacarnos del desierto, me sostiene en el desierto por el mismo poder, realizando sus propósitos en mí y eventualmente a través de mí. No nos gusta la manera como Dios parece manejar su poder santo.

La razón principal por la que nosotros tenemos dificultad en lidiar con el dolor y el sufrimiento es el desconocimiento del carácter de Dios. La mejor ilustración bíblica de lo que yo acabo de decir es el personaje Job, uno de mis personajes favoritos, un personaje que Dios declara como un hombre intachable como ningún otro quizás en su tiempo. Ese es el hombre que ilustra lo que yo acabo de decir: que la razón principal por la que nosotros no lidiamos bien con el dolor es desconocimiento del carácter de Dios.

Ustedes conocen la historia, yo no tengo el tiempo para entrar en los detalles, pero Job tiene una experiencia de dolor como probablemente ningún otro la haya tenido, por lo menos algún otro que yo conozca. Y Job está luchando justamente con el dilema de que yo estoy en esta enorme dificultad, yo he tenido una relación extraordinaria con mi Dios, yo necesito hablar con él, Dios parece escondido, Dios no me habla, yo no entiendo qué es lo que yo he hecho, yo estoy dispuesto a defender mi integridad delante de Dios. Y él comienza entonces un poco como a enorgullecerse de su integridad y a quejarse un poco también de la injusticia que Dios le está dando. Dios, no, yo le he pedido una entrevista, Dios no me la está dando, yo estoy molesto.

Y llega un momento en que Dios se le aparece —ustedes me han oído decir esto otras veces— y en vez de responderle preguntas a Job, Dios cuestiona a Job y le hace 63 preguntas de la creación material. Escucha lo que pasó como al final, cuando Dios le dice: respóndeme. Job respondió entonces al Señor y le dijo: "Yo sé bien que tú lo puedes todo." Escucha, esta es la adoración de Job: "Que no es posible frustrar ninguno de tus planes." Job se cuestiona a sí mismo ahora, dice: "¿Quién es este?" —has preguntado, tú has preguntado eso— "que sin conocimiento oscurece mi consejo." Tú, Dios, me preguntaste eso, me lo reconozco, reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. Dijiste: "Ahora escúchame, yo voy a hablar, yo te cuestionaré y tú me responderás." Es como que Job ahora como que parodia a Dios, se dice: eso es lo que tú dijiste, pero no, oye lo que yo te voy a decir. Es que yo de oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos.

Esa es la adoración de Job al final de su experiencia, cuando él ha llegado a entender mejor el carácter de Dios. Mientras tanto, mientras él desconocía cosas, mientras él desconocía el carácter enormemente bondadoso de Dios que tenía todo a favor de él, él tenía múltiples preguntas. Llegado el momento, Job dice: no, ya yo entendí, yo entendí, es que no te conocía bien, apenas había oído de ti, ahora mis ojos te han visto.

Adoración. Ahora su arrepentimiento, próximo versículo, capítulo 42 versículo 6: "Por tanto me retracto de lo que he dicho y me arrepiento en polvo y ceniza."

Una vez Job llegó a ver a Dios por lo que verdaderamente Él es, estas son sus dos respuestas: adoración y arrepentimiento. Y eso es como es todo el tiempo. Llegar a conocer a Dios te lleva a un espíritu de arrepentimiento continuo y a un estilo de vida de adoración. Es imposible sufrir bien para la gloria de Dios y con gozo, como lo hizo el apóstol Pablo, sin conocer el carácter de Dios.

Y aunque el carácter de Dios se revela de alguna forma en su creación, primer libro, de una u otra forma en la historia de los eventos como su providencia los orquesta, segundo libro, el carácter de Dios es mejor revelado en el libro de los libros que es su Palabra, que nosotros le conocemos como la Biblia. De manera que si vamos a preparar a la iglesia para sufrir bien, nosotros tenemos que enseñar a la iglesia acerca del carácter de Dios, porque es el carácter de Dios que me ayuda precisamente a entender y a tener la actitud que yo necesito para poder atravesar los desiertos de la vida, o poder procesar incluso las experiencias amargas de los desiertos pasados, porque fuera del carácter de Dios el amargo permanece conmigo.

Esa no fue el caso de José, que pasó por la cárcel por años, y al final él dice a sus hermanos en el capítulo del 46 al 50, más o menos ahí está la historia: "Ustedes lo intentaron, lo que hicieron para mal, mas Dios lo quiso para bien."

Déjame decirte algunas cosas. Conocer mucha teología no necesariamente me lleva a sufrir bien, como tampoco lo hace el ser un gran apologista. De manera que el conocimiento que yo necesito, y al que Pablo se está refiriendo aquí cuando dice "yo quiero llegar a conocer a Cristo," no es intelectual. No es ese "Señor, yo te recibo, yo te reconozco como Señor y Salvador." No es vivencial. Es una experiencia de intimidad, de comunión con Él, donde tú llegas a conocer cosas que no podías conocer simplemente leyendo material de lectura, por así decirlo. Eso es lo que Pablo se está refiriendo.

Déjame citarte una vez más las palabras de otro autor, Diane Langberg, en su libro "Suffering and the Heart of God" (El sufrimiento y el corazón de Dios). Y ha dicho: "La adoración tiene que ser primero. De lo contrario, nos vamos a exaltar a nosotros mismos y vamos a llegar a pensar que la terrible situación que vivo no fue orquestada por Dios para mi vida." ¿Escuchaste? La adoración tiene que ser primero, porque sin eso vamos a llegar a pensar que la terrible situación en que me encuentro no fue orquestada por Dios para mi vida.

"Si vas a caminar bien en ella," agrega, "entre aquellos que están sufriendo, entonces comienza en tus rodillas adorando al Dios que debe permear todo tu ser, si tú vas a traer vida a lugares muertos." En otras palabras, si tú vas a participar de los sufrimientos de Cristo y vas a tratar de ayudar y caminar entre aquellos que están sufriendo, que es la humanidad, entre aquellos que están sufriendo los efectos de la pandemia, entonces comienza de rodillas adorando a ese Dios.

Escucha con atención cómo se desarrolla, cómo se da la interacción entre mi sufrimiento y el carácter de Dios. Una teología correcta, vamos a comenzar ahí, una teología correcta prepara mi mente para sufrir para su gloria. ¿Conoces tú esa teología? No si las has leído, si las has rumiado, si las has meditado, si las has llevado a la práctica. Una teología correcta prepara mi mente para sufrir para su gloria.

Un caminar íntimo con Cristo, que es lo que Pablo estaba aludiendo, un caminar íntimo con Cristo prepara mi corazón para experimentar su paz y para experimentar gozo en medio del dolor.

Pregunta, entre tú y Dios. Nada de esto tiene la intencionalidad de acusarte. Tiene la única intencionalidad, en el amor de Cristo y con el corazón pastoral que quiero tener, de ayudarte a vivir como Dios quiere, quiso que vivas, y prepararte para sufrir bien. Esta es la pregunta: ¿Es que estás caminando día a día íntimamente con Cristo, o pasan días cuando ni hablas con Él ni lees de Él?

Un espíritu sumiso, hablamos del aumento del corazón, un espíritu sumiso prepara mi voluntad para sufrir con gratitud, como reconocimiento de la bondad de Dios para conmigo, aun si estuviera clavado en una cruz. Un espíritu sumiso me prepara para sufrir con gratitud. La queja no es gratitud, por definición.

De paso, hablando de que tú puedes sufrir con gratitud aun si estuvieras clavado en una cruz: Dios Padre abandonó a su Hijo en la cruz para que tú y yo no tuviéramos que ser abandonados por Él.

Finalmente, un carácter piadoso. Finalmente en términos de cómo nos preparan para el sufrimiento, no finalmente en términos del mensaje. Un carácter piadoso me prepara para hacer un buen testigo de la cruz de Cristo, como testimonio para aquellos que observan. Hermano, la gente que vive a tu alrededor, que está a tu alrededor, que te escucha, que ve tus acciones, se hace juicios acerca de Dios y de la fe que tú dices profesar cuando te oye, me oye, hablar, actuar. De manera que un carácter piadoso hace de nosotros un buen testigo para aquellos que nos observan. Nada de eso ocurre sin conocer el carácter de Dios.

Déjame decirte esto para que lo atesores ahí en tu corazón, y sobre todo si alguna vez has estado en dolor y sufrimiento significativo: Mi falta de conocimiento íntimo del carácter de Dios convierte mi dolor en un infierno y mi vida en una muerte lenta. Déjame decirte esto otra vez: Mi falta de conocimiento íntimo del carácter de Dios convierte mi sufrimiento en un infierno. Pregúntale a los israelitas en el desierto. Convierte mi dolor en un infierno y mi vida en una muerte lenta.

Pablo dice en el versículo 10, Filipenses 3, que él quiere llegar a conocer a Cristo. "¿Y tú lo conoces, Pablo?" "No, pero tú no entiendes, es que hay tanto más que conocer."

Mi segunda ambición en ese texto, dice Pablo, es que él quiere conocer el poder que se manifestó en su resurrección. ¿Cuál fue el poder que se manifestó en su resurrección? Bueno, este texto no lo dice, pero como la Palabra responde a la Palabra, entonces yo puedo ir a otro texto que me dice cuál fue ese poder. Romanos 8, el apóstol Pablo explica que Cristo fue levantado de entre los muertos por el poder del Espíritu Santo.

Pablo está diciendo: "Ahora que el Espíritu de Dios mora en mí, ahora que yo he decidido conocer a Cristo, además yo quiero conocer la plenitud del Espíritu que moró en Cristo y que lo llenó a toda capacidad todo el tiempo, hasta el punto que aun en la cruz," el texto de Hebreos dice que Cristo se ofreció allí por el Espíritu eterno. Pablo dice: "Yo quiero llegar a conocer el poder de ese Espíritu que se manifestó en su resurrección."

Este es el Espíritu que empodera a cada creyente para vivir una vida digna de su llamado, cerca de Dios y lejos del pecado. Una vez más, el Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos mora en nosotros. Este es el Espíritu que empodera a ti y a mí para ayudarnos a vivir una vida digna de nuestro llamado, cerca de Dios y lejos del pecado. Pablo dice: "Yo quiero llegar a conocer ese poder."

Nosotros fuimos llamados de la mundanalidad a la piedad, y eso tiene que ver con una vida de excelencia moral. El poder de vivir de una manera tan distintiva como acabo de mencionar es a través de nuestro conocimiento de Cristo, que entonces resulta en una llenura del Espíritu, y entonces yo puedo caminar de esa forma.

A la hora de sufrir, es imposible hacerlo de una manera que honra a Dios si no estamos llenos del Espíritu. Ahí está el problema. La mayoría de nosotros, los hijos de Dios, no sabemos sufrir bien, y no sabemos sufrir bien porque nos falta llenura. No nos falta plenitud del Espíritu, nos falta llenura del Espíritu. En otras palabras, el Espíritu mora en mí en toda su plenitud, pero no hay una demostración, una expresión completa del poder que Él quiere hacer evidente en y a través de mí, porque yo no acabo de ceder todo mi control a Él. Esta falta de llenura en nosotros hace que nos resistamos en medio de la dificultad a lo que Dios quería hacer en nosotros y a través de nosotros.

Antes de salir de esa ambición número dos que estoy exponiendo del apóstol Pablo, permíteme decirte un par de cosas más. Experimentar el poder de la resurrección no nos quita el dolor de la experiencia. Yo quiero decir algo, porque yo no quiero ser malinterpretado. Yo no quiero decir que la llenura del Espíritu me evita la experiencia. No. Tampoco quiero decir que la llenura del Espíritu me adormece como una anestesia el dolor de la experiencia. Tampoco.

La realidad es que el dolor, permítanme ser repetitivo, duele, y duele profundamente. Eso es una realidad que no podemos eludir. Ciertamente yo puedo sufrir algo para la gloria de Dios; eso no elimina la realidad del dolor. La llenura del Espíritu no nos evita atravesar por experiencias dolorosas.

Entonces, ¿qué es lo que hace, pastor? Lo que la llenura del Espíritu hace es que toma la experiencia de dolor y la convierte en gloria. Y hay una enorme diferencia entre el cristiano y el no cristiano. Nosotros no fuimos llamados a sufrir con resignación, y ni siquiera a sufrir con aceptación, porque a veces decimos que hay una diferencia entre resignación y aceptación, y la hay. Pero nosotros no fuimos llamados simplemente a sufrir con aceptación. Nosotros fuimos llamados a experimentar gozo en la tribulación.

¿Y cuál es la razón? En Hechos 5 se nos cuenta brevemente de una historia que nos explica la razón. Pablo y Juan han sido encarcelados por estar predicando a causa de Cristo, y antes de ser sueltos son llamados por los magistrados y les dan una paliza. Imagínate el dolor de los látigos. La ropa era quitada, eran desnudados, y los látigos, no nos dice cuántos, pero la tradición era dar 39 latigazos. Y resulta que cuando ellos se paran de ahí, de haber sido latigados, dice que ellos salieron regocijándose por haber sido encontrados dignos de sufrir por su nombre. Date cuenta que la llenura del Espíritu toma el dolor y lo convierte en gloria.

Esta gente sufrió el dolor, no simplemente lo aceptó, sino que tomó el dolor y lo convirtió en gloria, hasta el punto que al salir de allí salieron regocijándose porque encontraron, entendieron, que ellos habían sido encontrados dignos de sufrir por Su nombre. De manera que cuando te encuentras quizás en una experiencia de dolor diferente, en un desierto como el de Job o en cualquier otro, quizás la manera como debiéramos pensar de alguna manera es: "Dios ha confiado," lo estoy poniendo en comillas, "confiado en mí y me ha encontrado digno de sufrir esta causa, esta dificultad, este desierto, este tiempo, esta pandemia por causa de Su nombre, o esta pérdida." Sin llenura, tú no puedes hacer eso.

Pablo tiene una tercera y una cuarta ambición. La tercera: Pablo desea participar de los sufrimientos de Cristo. Pablo quería vivir en cercanía de su Señor de tal manera que él deseaba experimentar, guardando la distancia, los mismos sufrimientos que su Señor había pasado. Como dice un autor, Pablo es una ilustración. Dice: "Pablo no quería llegar al cielo y encontrarse con Esteban y pensar que tuviera que contarle a Esteban que él murió de otra forma distinta a la que él murió, que fue decapitado, como que hubiese sido medio vergonzoso para Pablo."

Y Pablo entendió algo más que tú y yo necesitamos entender en términos de nuestras vivencias. Sabes qué, Pablo quiere vivir cerca de Cristo y quiere vivir cerca de Cristo a través de la tribulación y la dificultad, no para que Cristo le sea de anestesia. Ese no es el punto, ese no es el deseo. Es que Pablo entiende algo que tú y yo necesitamos entender: es que no hay ninguna cosa, ninguna experiencia que haga más cercanas a dos personas que atravesar un mismo desierto de dolor juntas. No hay nada que haga más cercanas a dos personas que atravesar una experiencia de pérdida, de dolor, de sufrimiento, unidas con un mismo propósito. De manera que Pablo estaba convencido que atravesar, pasar por el dolor en compañía de Cristo, lo uniría de una manera mucho más íntima.

Permítanme, yo tengo hoy un poco más, un número de citas mucho más numerosas que otras ocasiones, pero es a propósito, porque creo que hay alguna gente que ha podido meditar a lo largo de veinte siglos, verdad, la historia de la Iglesia, y ha podido decir algunas cosas en pocas palabras que no pueden quedarse fuera. Decía esta autora, una vez más Diane Langberg en su libro "Suffering and the Heart of God," "Los sufrimientos y el corazón de Dios," que Dios te lleva hacia Él con el sufrimiento para darte más de Él. Dios sabe que la forma de traerte más cerca de Él no es en las buenas, no es en el resort, no es en la sociedad, es en la adversidad. Y Dios usa ese sufrimiento para traerte a Él, pero para darte más de Él.

Pablo sabe, y Pablo dice: "Yo quiero vivir, yo quiero participar de los padecimientos de Cristo porque ellos me van a acercar a Cristo, y ahí, en Su cercanía, yo voy a tener mucho más de Él." Ahora, es obvio en el contexto de la Carta a los Filipenses, y aun de este corto texto, que cuando Pablo habla de participar en los padecimientos de Cristo, el contexto inmediato en su gran mayoría probablemente tenga que ver con dificultades relacionadas a la causa de Cristo. Pero por extensión, y como aplicación, veinte siglos después, no hay duda de que eso es verdad acerca de todas las experiencias de dolor y dificultades, de sufrimiento por las cuales tú y yo atravesamos.

Para participar de los sufrimientos de Cristo, como Pablo está deseando y como es su ambición, no solamente yo necesito el poder de la resurrección que habita en nosotros, sino que yo necesito también entender y tener la perspectiva correcta acerca del tema que estamos tratando. Yo decía en un mensaje de varias semanas atrás, en un contexto en particular: perspectiva lo es todo. Obviamente alguien podría decir: "No, no, Cristo es todo." Yo no estaba hablando desde ese ángulo. Desde el ángulo que estaba hablando, decía: perspectiva. Y esto ahora con relación al sufrimiento, desde el ángulo que lo quiero abordar en este momento: perspectiva es todo.

Porque escucha al mismo apóstol Pablo escribiendo en la misma carta a los Filipenses más tempranamente, en el 1:29, lo que él dice: "Porque a ustedes," nosotros los que me escuchan, ya que hoy no tenemos audiencia, "a ustedes se les ha concedido no solo creer en Cristo, sino también sufrir por Él." Vamos a obtener ahora una opción, una perspectiva correcta de cómo es el dolor y el sufrimiento aquí debajo del sol.

Déjame tratar de llevar esto un poquito más cerca. Ahora, la palabra aquí es "concedido," "a vosotros se les ha concedido." En el original, en el griego, la palabra es "charizomai," y ¿sabes lo que significa esa palabra en su sentido original? Es un don o un regalo. Entonces esto es lo que Pablo está diciendo: a vosotros se les ha regalado, se han dado dos regalos o dones. Uno es creer en Cristo, claro que es un don, y el otro es sufrir por Él, como don, como regalo.

Perspectiva lo es todo, porque ahora, si yo tengo esa perspectiva de los desiertos de la vida, yo voy a entender que parte de mi llamado es llegar a creer, y después de creer, habiendo sido empoderado por el Espíritu del cual ya hablamos, habiendo llegado a conocer a Cristo, ahora yo puedo sufrir por Él. Me equiparon para tal cosa. Primero tú crees, luego tú sufres. Primero tú crees, luego tú sufres. "No, pastor, mejor no creo." Bueno, sufrirás por la eternidad. Si hay algo que prueba cuán genuina es nuestra fe, es la presión a la que somos sometidos. De manera que primero tú crees y luego se prueba cuánto tú has creído, y si verdaderamente has creído. Y no hay nada como el dolor del sufrimiento para hacer tal cosa.

Yo decía que el Espíritu de Dios que mora en ti, porque ahora Pablo está hablando de que quiere participar de los sufrimientos de Cristo, yo acabo de decir que tú no puedes hacer eso sin conocer a Cristo íntimamente, no puedes hacer eso tampoco sin experimentar el poder del Espíritu que lo levantó de los muertos, pero tampoco puedes hacer eso sin tener la perspectiva correcta. Y yo decía hace un momento atrás que el poder del Espíritu no evita que yo pase por las circunstancias difíciles de la vida ni me anestesia del dolor. E incluso yo podría decir, sin temor a equivocarme, que la habilidad de perseverar bajo grandes experiencias de dolor ni siquiera es exclusivamente cristiana.

Te lo voy a ilustrar. Viktor Frankl fue un psiquiatra en los campos de concentración de Hitler. Él salió de allí, después que salió escribió, escribió más de veinte libros. Uno de sus libros más famosos es "Man's Search for Meaning," o "La búsqueda del hombre por significado," o "La búsqueda de significado por parte del hombre," de cualquier manera que tú quisieras traducirlo. Y él decía, él observó, no fue cristiano, nunca llegó a ser cristiano, que el hombre tiene una inmensa capacidad para resistir el dolor siempre y cuando él pueda permanecer con algo de esperanza.

Entonces la pregunta sería: ¿cuál es la diferencia entre eso y el sufrir cristiano? El cristiano capacitado, lo que establece la diferencia entre ese tipo de modelo de Viktor Frankl y el modelo nuestro, es que el que está lleno del Espíritu ha alcanzado madurez cristiana, y esa madurez, escúchame, permite convertir en gloria lo soportado.

Otra vez, yo quiero volver ahí porque eso es exactamente lo que Cristo hace en la cruz. La diferencia principal entre un cristiano que sufre como Dios nos ha llamado a sufrir y un no cristiano que sufre y soporta es justamente que solamente aquel que ha sido empoderado por el Espíritu y tiene la perspectiva correcta de la viabilidad que la Biblia nos da, tiene la capacidad de tomar la experiencia por la cual él está atravesando y convertirla en gloria.

Y una de las funciones principales, una de las funciones pastorales principales para la iglesia de este siglo, estoy convencido, lo voy a seguir diciendo, van a seguir oyéndolo: prepara tu iglesia para el sufrimiento. Ya sea para la persecución, que está más cerca de lo que te imaginas, para la resistencia, o para las aflicciones generales de este mundo como las estamos enfrentando hoy con esta pandemia. Y que podamos ser de ejemplo y marcar la diferencia entre aquellos que no saben cómo sufrir y los que sufren bien.

Y finalmente, número cuatro, el apóstol Pablo tiene otra ambición en este versículo y dice: "Yo quiero llegar a ser semejante a Él en Su muerte." ¿Qué significa eso? Bueno, Cristo entró en el drama humano del dolor desde el momento de Su nacimiento en un pesebre. Poco tiempo después sus padres tuvieron que salir huyendo a Egipto, justamente porque iban a matar a todos los niños menores de dos años de edad en la región donde Él se encontraba. De manera que si hay alguien identificado con el dolor humano, es el Hijo de Dios que entró en la historia de ese drama, y Él decidió entrar en la historia del drama del dolor humano para sacarnos de dicho dolor y llevarnos a Su gloria.

Pablo quiere ser parte de ese drama humano. Pablo entiende que Cristo, obviamente él no puede sufrir de una manera redentora para redimir pecados como Cristo lo hizo, pero él puede sufrir en la propagación del evangelio para la causa redentora, y en ese sentido él quiere llegar a ser semejante a Cristo en Su muerte. Pablo entendió: mi vida no se trata de mí, mi salvación tampoco. Mi vida, mi salvación, ambas cosas se tratan de la gloria de Dios y de la salvación que otros pudieran alcanzar, que también van a traer mayor gloria a nuestro Dios.

De manera que una vez tú y yo hemos experimentado salvación, nosotros no podemos ser egoístas y quedarnos con el mensaje de la salvación para nosotros, como tampoco podemos ser egoístas y quedarnos en la conveniencia, en la comodidad, pensando: "Bueno, ya yo soy salvo, y Dios es soberano, si Él quiere salvar a alguien no sé dónde, bueno, Él tiene forma de hacerlo," cuando en realidad el apóstol Pablo entendía: "No, no, yo soy una de esas formas de hacerlo."

El mayor sufrimiento que el ser humano puede experimentar no está relacionado a ninguna de las cosas que nosotros llamamos dolor, no está relacionado a enfermedades, no está relacionado a pérdidas, no está relacionado a relaciones, no está relacionado a circunstancias económicas, no está relacionado ni siquiera a hambre. El mayor sufrimiento que el hombre, el mayor dolor que el hombre puede experimentar, está directamente relacionado con su condición interior, su condición de pecado que lo separa de Dios y que potencialmente lo podría separar por toda la eternidad en una ausencia de Dios absoluta, sin ninguna esperanza de salir de allí. No hay mayor dolor que dicha experiencia.

El tiempo ha ido corriendo, yo tengo que ir concluyendo y al mismo tiempo hacer una aplicación final. Yo quiero mencionarte en el tiempo que me queda varias premisas para sufrir bien que la Biblia apoya, aparte ya de todo lo que hemos dicho. Premisa número uno, que ya mencionamos: sufrir es parte de nuestro llamado y a la luz de la Palabra es considerado un privilegio. Sufrir para honrar a Dios por causa de Cristo es parte de tu llamado, y no solamente tu llamado, es un privilegio que Dios pensé que un Job tenía la capacidad, empoderado por Él, para pasar por el desierto y terminar adorándole.

Premisa número dos: por Génesis tres, nosotros habitamos en un mundo de injusticia y de dolor continuo a niveles que ninguno de nosotros va a experimentar. Yo no sé cuál es tu nivel de dolor y sufrimiento, y yo no quiero minimizar tu dolor y tu sufrimiento porque quizás es inmensamente mayor que el mío, que lo ha sido el mío, puede ser, no lo sé. Pero yo simplemente quiero mencionarte que hay un mundo alrededor de nosotros inmenso que sufre cada segundo. Escucha un par de ilustraciones: simplemente a nivel mundial se estima que hay hasta mil millones de niños, mil millones de niños de la edad de dos a diecisiete años, que han sufrido violencia, ya sea física, sexual o emocional, o negligencia, en el último año. En el último año, en doce meses.

Una segunda ilustración, y continúo: se estima que existen unos cien millones de niños que viven en la calle, cien millones de niños que viven en la calle, de los cuales cuarenta millones viven en Latinoamérica, donde tú y yo vivimos. Estamos hablando de otro nivel de dolor. Nosotros estamos hablando de dolor que nosotros ni siquiera sabemos cómo medir, no solamente en el momento de la experiencia que ellos tienen, es lo que duran después las cicatrices de la experiencia.

Premisa número tres, esto es vital, esto es algo que sale de un libro de Paul David Tripp, se llama "Sufrimiento". Yo creo que es una de las cosas más insightful en inglés, más sabias quizás sería la traducción al español, que tú pudieras como rumiar un poco. Escucha, porque suena como un trabalenguas, pon atención: tú nunca sufres solamente aquello que estás sufriendo. Te lo repito otra vez para que entiendas el trabalenguas después: tú nunca sufres solamente aquello que estás sufriendo. O sea, tú sufres algo más que lo que estás sufriendo, sino que también tú sufres la manera como estás sufriendo eso que estás sufriendo. Espero que se haya entendido. Hay un sufrimiento de algo que tú estás atravesando, tú no simplemente sufres, tú sufres algo más: tú sufres la manera como estás sufriendo aquello que estás sufriendo. Dice Paul Tripp: en otras palabras, no tiene que ser así. Puede ser la manera de José, puede ser la manera de Daniel, puede ser la manera de Pablo, puede ser diferente.

Premisa número cuatro, Paul Tripp de nuevo: tu sufrimiento está más poderosamente influenciado por lo que está en tu corazón que por lo que está en el mundo alrededor de ti. Tu experiencia del desierto, en el éxodo, de los cuarenta años en el éxodo, esa experiencia estuvo más poderosamente influenciada por lo que estaba en el corazón de los israelitas que por lo que estaba ocurriéndoles a ellos en el desierto. Jonás es el mejor ejemplo individual de lo que yo he dicho. El sufrimiento de Jonás, desde su huida, la tirada al mar, el ser tragado por un gran pez, el ser vomitado en Nínive, y luego tener que ir a Nínive a regañadientes, en contra de su voluntad, todo el tiempo quejándose contra Dios, estuvo más relacionado a la condición del corazón de Jonás que a la misión que Dios le había otorgado que llevara a cabo.

Hay otras premisas, el tiempo no me da, que pudiéramos considerar en otros mensajes, pero Pablo conocía estas premisas. Pablo conocía estas premisas también, que por eso decía: "Por tanto, yo me glorío en las tribulaciones." Yo les doy la bienvenida a las tribulaciones. Yo aplaudo la tribulación. Mi cercanía a Cristo, la manera como me empodera, la manera como me consuela, la manera como yo sirvo de testigo a la causa de Cristo, la manera como otros pueden ver mi ejemplo, la manera como yo puedo desplegar el privilegio que es poder mostrar las enormes gracias de Cristo sobre mi vida, me llevan a hacer ninguna otra cosa que no sea gloriarme en la tribulación.

Porque la tribulación me permite poner en despliegue lo que yo siento en mi interior, y es que mi mayor ambición ya no es el tener un nombre, ya no es considerarme fariseo de fariseos, ya no es contar con mi propia justicia. Mi mayor ambición está resumida en el hecho de que yo quiero llegar a conocer a Cristo, número uno. Número dos, yo quiero llegar a conocer el poder que se manifestó en su resurrección. Número tres, yo quiero, después que llegue a conocer el poder que se manifestó en su resurrección, yo quiero participar de sus padecimientos. Y finalmente, yo quisiera llegar a ser como Él en su muerte. Todo lo demás palidece ante lo que pudiera ofrecer la búsqueda de los hombres. Ese es mi deseo, esa es mi ambición, eso es lo que a mí me mueve, como diría en inglés, that's my driving force, eso es lo que a mí me empuja hacia adelante.

Y si tú y yo desarrollamos esa perspectiva, esa dimensión que Pablo tenía acerca del carácter de Dios, acerca de su llamado, de la causa de Cristo, del privilegio que es sufrir por Él, nosotros estaríamos preparados a sufrir bien. No importa si es esta pandemia, la próxima pandemia, otras circunstancias, otras dificultades, o algo que sea más de índole personal.

Que Dios sea contigo, hermano. Que Dios sea contigo, amado pastor, si estás viendo esto ahora o después. Que Dios sea con tu iglesia y que esta sea la hora de la iglesia. Cuando la historia sea contada, que esta sea una hora que se cuente para la gloria de Cristo, de cómo sus iglesias hicieron la diferencia y cómo se confiaron en medio de la dificultad, en medio del dolor. Que nosotros podamos decir cómo nos vamos a confiar en nuestro Dios, en la abundancia pero también en la escasez.

Padre, gracias por tu Palabra de poder, por tu Palabra honesta cuando declaraste a través de tu Hijo en las últimas horas de su vida: "En este mundo tendréis tribulación, pero en mí tendréis paz." Padre, yo te pido en el nombre de Jesús que Tú permitas que la tribulación continúe hasta que finalmente seamos llevados a la cercanía de tu ser, porque ahí encontraremos más de ti, para eso nos llevará. Pero que nuestro conocimiento no sea mental, cerebral, intelectual, que sea de una comunión íntima contigo, que sea de rumiar lo que Tú has puesto en tu Palabra para alimentar la mente, consolar el corazón, entregar la voluntad y vivir apasionadamente por ti. En Cristo Jesús te lo pido. Amén, amén.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo, y mientras, recordemos que dondequiera que estemos, seguimos siendo la iglesia de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes y en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.